Error y horror


Cuando ya crees que tienes el texto listo, viene lo peor: corregir.

Si lo has escrito en el ordenador, se entiende que has pasado el corrector, ¡qué menos!

Pero no es suficiente.

El corrector detecta los errores ortográficos más evidentes. También los gramaticales más obvios. (Siempre que lo tengas bien configurado, con el idioma predeterminado. Terminado el trabajo, lo seleccionas todo y se lo le pasas.)

Normalmente, al menos en Word, las palabras subrayadas en rojo, errores ortográficos; en verde, defectos de puntuación, espacios de más o de menos, y dudas gramaticales; en azul, llamadas de atención posibles errores.

Lo que el corrector no puede detectar es el uso de la tilde diacrítica, por ejemplo.

Como recordatorio: en español las palabras monosílabas (esas que pronunciamos abriendo una sola vez la boca) NO se acentúan. Pero hay excepciones, y son muy comunes. Las principales son: tú/tu; él/el; mí/mi;sí/si; té/te; dé/de, sé/se; más/mas. El corrector de nuestra computadora no detectará el matiz. Por ejem.:

debes repasar tu texto.

Él se sabe todas las reglas, pero le falla el estilo.

A me pasa igual con mi escritura.

No es que le  mal, de mayor aprenderá.

Te ofrecería un , pero sé que no te gusta.

Más que nada prefieres el café, mas no tengo.

Si estudias, lo conseguirás.

Naturalmente, un ejemplo de los muchos que hay.

Conviene ponerse al día con las normativas de la RAE.

No hace tanto la palabra “solo” se acentuaba si era sinónimo de “solamente”, es decir, un adverbio. Si era un adjetivo, no se acentuaba. Por ejem.:

Sólo sé que estoy solo.

En cambio, ahora lo correcto es no acentuarla en ambos casos.

Lo mismo pasa con los pronombres demostrativos. Antes los acentuábamos.

Por ejem.: Ésta es tu casa. Esta luna es roja. 

Ahora, se ha simplificado: no se acentúan en ambos casos.

¿Y qué me dicen de los porqués, que hay cuatro nada menos?

¿Por qué no te callas? Porque no me da la gana. El porqué de tu temor me inquieta, razón por que te tranquilizo.

Tanta normativa asusta, pero controlarla es necesario para que el texto presente un aspecto pulido y correcto.

Esto, y mucho más que no cabe en una entrada pero sí en un manual de ortografía, es lo que debemos hacer manualmente. El segundo paso, después de haber pasado, una y otra vez, el corrector automático.

Queda la puntuación, tan importante para la gramática y la sintaxis, pero también para el ritmo.

Y cuando todo eso esté, el estilo. Leernos en voz alta, si podemos. Limpiar, quitar, eliminar. Desprendernos de palabras engorrosas, de frases fuera de lugar, de párrafos enteros. Liquidar a ciertos personajes o algunas escenas que no aportan nada, aunque sea con dolor de nuestro corazón.

Ese trabajo no se le puede pedir al corrector. A nosotros nos costará lo suyo. Quizá más tiempo y dedicación que la redacción.

Supongamos que lo hemos, más o menos, conseguido. La cosa no acaba ahí.

Ahora saldremos a cazar gazapos, esas erratas, esas palabras mal tecleadas, por ejemplo “harta” cuando quisimos decir “hasta”, pequeños fallos que el escritor ya no puede detectar porque conoce su texto casi de memoria y, al repasarlo y releerlo por enésima vez, leerá la palabra que tiene en su cabeza, no la que ha escrito. Por eso se habla de “cazarlos”, porque es a la caza y captura del del desliz por la simple velocidad que pillamos al teclear.

En definitiva, creo que es un error monumental no corregirse para evitar el horror. 

Preferible, tener medios para pagar un corrector profesional. Por descontado.

¿Es un horror tener que hacerlo uno mismo? No.

Es duro y laborioso, pero no horrible pues se aprende mucho con ese ejercicio. A usar más la goma de borar que la tinta.

El estilo no se compra. Hay que currárselo, a menos que contrates a un negro literario.

Mi consejo: consultar y repasar las normas ortográficas, la gramática y la de puntuación, aunque suene a tarea escolar.

Porque si difícil es encontrar lectores, fácil es espantarlos con una mala ortografía.

Algo así como acudir a una cita sin asearse.

ERRARE HUMANUM EST, se decía. Y rectificar, de sabios.

Corregir, tarea de profesionales, pero en su defecto algo que tenemos que hacer nosotros mismos.

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11 comentarios sobre “Error y horror

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  1. Hola Laura.

    Por eso es bueno pensar que lo que acabamos de escribir es un preborrador, desde ahí, empezar a pulir y a pulir, después dejarlo reposar, y volverlo a leer cuántas veces se pueda. Eliminar y eliminar porque a veces menos es más. Creo que siempre van a resultar cosas que pulir y mejorar, por lo que en algunos casos una misma se tiene que decir: Ya, hasta aquí. También ayuda que otra persona te lo lea, te de su impresión sincera y a quema ropa, y detecte errores de toda índole.
    Muy buenos tus sabios consejos. Me encantó. Gracias por ello.
    Un abrazo,

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  2. Excelente post, Laura. A mí me cuesta deshacerme de algunas viejas costumbres: sigo escribiendo sólo y solo y tildando este/esta cuando se usan como pronombres 🙂 Como experiencia te diré que es cierto cuando comentas que llega un momento en el cual no se ven los propios gazapos. No pocas veces “cazo” alguno de escritores que revisan mil veces sus textos y los dejan a punto de caramelo. Es por la razón que expones, porque llega un momento que ya ni siquiera se lee… se “escanea”. ¡Lo más fuerte es que a mí también me pasa! Es difícil que se me escapen erratas en escritos de otros, pero en los míos se me van. Curioso pero cierto. Un saludo!

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  3. Hl Laura. Muy buen post. Yo tengo que reconocer que me encanta lo de corregir, soy así de rara. Para mi no es un trauma y no lo llevo muy mal. Creo que es precisamente por lo que has comentado de eliminar cosas. Me encanta cuando veo que sobra algo y lo borro. Siento una satisfacción muy grande. Además, tengo la suerte se contar con dos hermanos que me echan una mano y una de ellas es especialista en cazar gazapos. Pero es cierto que una vez terminado de pulirlo tu, el texto debería pasar por la manos de profesionales. Un abrazo.

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  4. Supongo que por eso se inventó el oficio del corrector. Corregirse a sí mismo -en ese momento en el que ya se ha interiorizado el texto de tal manera que el distanciarse se hace imposible- viene a ser como intentar cortarse el pelo a uno mismo. Por muy peluquero que seas, es difícil.
    Para los de los demás, soy un lince. Para mí, vista cansada.

    En tu “controvertido” escrito sobre el eneagrama aplicado a la escritura he cazado uno muy divertido: “tarta” por “trata”. Te lo pensaba mencionar pero se me pasó, tal vez porque preferí la palabra “tarta” a la de “trata” (que tú empleabas como la perífrasis verbal de “tratar de…”)
    En mi novela, la del callejón, y mira que la revisamos, se me colaron 3 o 4. ¡Qué rabia da! Tanta que es un consuelo de bobos cuando te topas con alguno, y ocurre, en textos amparados por un sólido y nutrido equipo editorial.

    Sobre las adaptaciones de la RAE, hay que estar al día y cambiar el chip, pues o no cambian en siglos o lo hacen de pronto. ¡Qué solo se nos ha quedado el “solo”!
    Yo, a veces, sigo echando de menos la “b” de oscuro, la “p” de setiembre, y otras hormigas que se han ido perdiendo por el camino… Pero hay que adaptarse, no queda otra..
    .
    Un detalle (entre otros muchos) que se me ha pasado en la entrada es mencionar el hecho de que muchos escritorios en los que trabajamos no entienden la obligada puntuación de palabras esdrújulas y sobreesdrújulas (sin ir más lejos, ahora mismo me las está subrayando como erróneas). Pero habrá más entradas. A seguir.

    Gracias por tu valoración. ¿Nos veremos por San Jordi?

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  5. Pues sí, Rosa, te pasa como a mí. Claro que yo soy bien rara. También tengo una hermana cazadora, que se dedica a ello en el Instituto Cervantes de París, entre otros sitios, y se me pone mala cuando viene a España de veraneo, y ve algunos subtítulos en la televisión, cuajados de leísmos y de otros horrores.
    Decir que yo perdono la mala ortografía si el texto es valiente y vivido, sobre todo, si el escritor no ha podido recibir una formación académica como dios manda. ¡Faltaría!

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  6. Claro, Laura, es muy difícil cazarlos todos. Una curiosidad: cuando los libros se imprimían de forma mecánica se colaban menos erratas. Al ser un proceso que pasaba por más manos (editor, correctores, varios linotipistas e impresores…), en cada paso se detectaba algún gazapo. En la edición digital, al ser un archivo que pasa de mano en mano y ninguno se lo queda, como dice la canción, se cuelan más 🙂

    Si bajas a Barcelona por Sant Jordi claro que nos vemos! Yo voy a estar todo el día arriba y abajo, a la caza de curiosidades para el blog. Un abrazo!

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  7. En lo personal no me cuesta corregir… me cuesta dejar de hacerlo. Leo y releo hasta el punto que mejor lo dejo que si no… uff, pa’que te cuento. En cuestiones de gramática, ortografía y demás pues el uso de correctores automáticos (como en el mencionado Word) son una bendición a la hora de corregir, retocar, editar y reeditar, pero en las otras, si un personaje tiene peso en la historia, si una escena vale la pena o hay que modificarla, si va antes o se deja para después, eso, solo uno que escribe lo sabe (me encantan tus entradas por cierto)

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