Botellas rotas


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Como en eso que contaba mi padre, su primer negocio (fallido) como vendedor de cascos de botellas. Un día llegó al pueblo un turronero. Instaló en la plaza su parada, una mesa grasienta con dos barras de turrón: uno duro y otro blando, además de un cuchillo y una resma de papeles de estraza. Como cualquier novedad, se corrió la voz entre la chiquillada. ¡Que vino el turronero, el turronero!, gritaban los chavales. Los chicos se arremolinaron alrededor de los dulces, pero pronto se dieron cuenta de que estos no estaban a su alcance. El confitero los vendía en porciones, pero ni esas onzas podían permitirse esos niños (de posguerra). Algunas señoronas, con más posibles, sí compraban, apartando a los chavales como si fueran moscas. El hombre partía el género y, al hacerlo, se desmenuzaban cachitos de almendras, enteras o molidas. El turrón duro, en especial, era el que más migajas dejaba. El turronero recogía con mucho cuidado esas migas almibaradas y las metía, raspándolas con el cuchillo, en los cucuruchos de papel marrón. A los chavales les caía la baba. Ese mismo día llegó otro forastero con un cajón de madera mugriento y un par de sacos. Los críos le rondaron, curiosos. ¿Queréis sacaros unas perras, muchachos?, les preguntó. ¡Vaya una pregunta, no querían otra cosa! Eso y las migas de turrón, que a una onza no aspiraban. El paisano les propuso un trato. Buscadme cascos de botellas, que las pago. ¡Que el hombre de los dos sacos paga perronas por botellas!, pregonaron. Dicho y hecho, al momento se organizó un revuelo de chavales corriendo por las callejuelas, buscando botellas en las alacenas, en las bodegas, en los descampados, ¡donde fuera! Mi padre, que ya tenía espíritu emprendedor, fue el primero en apuntarse. Pasaron el día rebuscando entre escombros hasta dar con alguna botella abandonada. El vidrio era, por entonces, escaso y apreciado pues no existía, como ahora, el plástico. Al atardecer, hicieron cola delante del recoge vidrios para revender su mercancía. Los mayores, más hábiles, se habían hecho con el mejor botín, así que se colocaron primero. Conforme iban saliendo de la fila, más chulos que un ocho con su moneda en la mano, se iban derechitos al puesto del turronero que les vendía sus migas en cucuruchos de papel. El negocio parecía redondo. Cuando le tocó a mi padre, el pequeño Isaac de apenas cinco años, el  hombre le preguntó: A ver, ¿qué me traes, tú? Mi padre le enseñó sus trozos de cristales rotos, también algunos envases enteros, todo lo que hubiera reunido no sin esfuerzo y con alguna bronca por haberse hecho un tajo en la rodilla. Según entregaba los cascotes de cristal, el hombre los miraba al trasluz, torcía el gesto, y los tiraba a uno de los sacos, desdeñoso. Caso de que el envase aún estuviera entero (alguno había), se rompía en mil pedazos. Esto ya no vale nada, decía el muy ladino, está roto. Ese tampoco sirve, es de color y yo lo quiero del transparente, dijo. Total que le dio una perra de las más chicas, que no le alcanzó ni para un cucurucho entero, solo mediado. El chico se fue pensativo, masticando esas cuatro migajas, que le supieron a almendras amargas. ¿Si no le servían mis cristales de colores, para qué se los quedaba? Desde luego que no se empachó de turrón, pero se quedó con la copla. Me aplico el cuento. Pintar cansa, como recoger cascotes. No es bufar i fer ampolles, que dirían los catalanes. Si la obra no vale, me la devuelves, y aquí paz y después nada.

Y por eso, aunque nuestros escritos, a veces, sean de colores (cuando se prefieren transparentes), o vidrios rotos (cuando se quieren de una sola pieza), más vale pasarlos por un registro.

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12 comentarios sobre “Botellas rotas

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  1. Magnífica moraleja, aunque en esta época digital sea bien difícil ponerla en práctica. Creo que hay que preocuparse menos del qué damos (porque ese terreno lo conocemos por naturaleza) y más a quién se lo damos. Se dice que cuanto más da el maestro, más le queda, pues la obra de Dios es infinita, pero hay que saber muy bien hacia dónde orientar esa generosidad. Conocerse a uno mismo profundamente, y gastarse prudencia con los demás.

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  2. Muy hermoso relato…me gustó mucho Laura..te felicito, logras textos humanos y conmovedores con un lenguaje sencillo, cotidiano y muy atractivo.
    Saludos y un abrazo

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  3. He sonreido leyendo la historia, he visto al pequeño Isaac con sus vidrios… y he comprendido muchos aspectos de la persona que conocí de adulto. Fue un emprendedor y alguien con espíritu independiente en un entorno que no siempre era favorable. Creo que a él le “resbalaban”las envidias y las traiciones y por eso siempre lo admiré. En mi mundo hay dos huecos irreemplazables, uno es Manolín (y Carmen) y el otro es Antolín, porque para nosotros era Antolín más que Isaac.
    Abrazos.

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  4. Gracias a todos ellos, que nos han transmitido tantas cosas, tenemos algo que contar. No solo nos han contado, también nos han dado las posibilidades para seguir ampliando horizontes. Y como somos agradecidos sabremos corresponder. O lo intentamos. Abrazos.

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  5. Que bello Laura. Me ha recordado a las historias que me contaba mi abuela de su juventud. Cierto es que hay que tener mucho cuidado a la hora de dar las cosas, sobre todo nuestros textos que tanto esfuerzo nos cuesta escribir. Un abrazo.

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  6. Soy tía de Laura pero a pesar de ello y como una Lola Flores (q.e.p.d) cualquiera, todo lo que mi sobrina escribe me fascina, me encanta y me emociona. En este relato, más de una lágrima se coló en el teclado del ordenador. Y es que, escuché a lo largo de los años compartidos con mi queridísimo más-que-hermano Antolín, ¡tantas veces contar esta historia! Laura la transmite de una manera tan real, tan sincera! me siento realmente orgullosa de ser tu tía (única, por cierto) Laury. Por favor, aunque los cristales de colores no sirvan y los cascotes se aprovechen para el bieb de los oportunistas, NO DEJES DE ESCRIBIR NUNCA:

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  7. Gracias, Isabel. Me encanta ver que te has metido en mi “periodiquín”. Tú bien sabes que me quedan tantas historias por contar (solo tirando de las cosas que nos han contado en casa…) Espero poder hacerlo. Un abrazo. Tenemos muchas ganas de veros.

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