Sin vuelos


Tengo tantas ganas de hablar, y no hay con quien…

                                                                                                                       Antón Chejov

Para mis amigos virtuales. Y para Carlos Jorge que tantas veces me ha invitado al teatro.

Personajes

Mujer

Hombre

Minusválido

Perro tachado

 ACTO 1º

Los servicios de un aeropuerto, nuevos, impolutos. Diseño del caro. Todo bastante desangelado. En los lavabos no hay nadie, pero se oyen dos voces en off.

Hombre: ¡Yujú! ¿Hay alguien ahí?

(No responde nadie. Vuelve a intentarlo…)

¡Eh! Que si hay alguien ahí…

(Sin éxito.)

¡Señor… señorita! ¿Me oye?

Mujer: ¿Es a mí?

Hombre: Sí, a Usted. (¡Por fin, alguien me responde!)

Mujer: ¿Quería algo?

Hombre: Y…, conversar.

Mujer: ¿Nos conocemos?

Hombre: No. Perdone la molestia. No nos hemos presentado. Me llamo Gustavo.

Mujer: Hola, Gustavo.

Hombre: Y ¿Usted?

Mujer: No sé.

Hombre: ¿Cómo que no lo sabe, no sabe su nombre?

Mujer: No. Si lo supe alguna vez, no lo recuerdo. Soy olvidadiza.

Hombre: Ah… Qué curioso. ¿Tiene amnesia?

Mujer: Puede. No sé si se llama así. No recuerdo casi nada. Esas cosas tampoco.

Hombre: ¿Ha sufrido un accidente?

Mujer: ¡Ya se lo he dicho, no recuerdo nada!

Hombre: Entonces tiene amnesia.

Mujer: Lo que Usted diga.

Hombre: Bueno, no he querido molestarla. Se llama así, ‘amnesia’, cuando uno no recuerda. Pero me gustaría tanto saber cómo se llama, para poder dirigirme a Usted. Qué sé yo, decir:”Buenos días, Rosa” o “Buenas tardes, Marina”.

Mujer: Lo siento. No puedo ayudarlo. Pero no me llamo ni Rosa ni Marina. Ah, y tampoco me molesta. Soy así. Áspera.

Hombre: ¿Y cómo sabe que no se llama ni Rosa ni Marina, si no se acuerda de nada?

Mujer: Me sonaría.

Hombre: Ya… Oiga, y si le invento un nombre, solo para que, cuando la llame, sepa que me refiero a Usted y no a otra. ¿Le gustaría, eso?

Mujer: No sé. Si le hace ilusión… De todas formas tampoco habría confusión: aquí no hay nadie, excepto Usted y yo. Creo.

Hombre: Cierto. Estamos más solos que la una. Entonces qué me dice, ¿hace un nombre?

Mujer: Si insiste…

Hombre: A ver… ¿Qué prefiere un nombre de los de toda la vida o uno de esos nuevos, más exóticos, que se ponen ahora? Puede elegir…

Mujer: Soy más bien clásica, le diré.

Hombre: ¿Un nombre de flor?

Mujer: ¿De flor? No lo había pensado.

Hombre: A ver… ¿Margarita?

Mujer: Demasiado fresco.

Hombre: ¿Verónica?

Mujer: Hum… No sé. No me cuadra.

Hombre: ¿Dalia?

Mujer: Suena a vieja.

Hombre: ¿Hortensia?

Mujer: ¡Por favor!

Hombre: Rosa, hemos quedado en que no… ¿Y Violeta?

Mujer: No me pega.

Hombre: Ah, si pudiera verla mejor… Sería más fácil.

Mujer: Déjelo, si tampoco tiene importancia. Dígame “Oiga” o “Señorita”. Ya me va bien.

Hombre: ¿No prefiere ‘señora’?

Mujer: No, lo de señora no me gusta nada.

Hombre: Bueno, pues será ‘señorita’. Pero me hacía ilusión eso de bautizarla.

Mujer: Bueno, si es así, no le quitaré el gusto.

Hombre: A ver, dígame una letra de la A a la Z.

Mujer: ¿Cualquiera?

Hombre: Sí.

Mujer: No sé. ¿La hache?

Hombre: ¿La hache? No me lo pone fácil… Nombres de mujer que empiecen por hache… (Piensa.) ¿Helena con hache?

Mujer: No, Helena de ninguna manera.

Hombre: ¿Y sin hache?

Mujer: Sin hache, peor todavía.

Hombre: ¿Hermenegilda?

Mujer: ¡Por dios, no es Usted nadie bautizando!

Hombre: Es que con hache… Pero la puedo llamar Gilda. Es lindo. Sugerente.

Mujer: Pero ya no es con hache. Además, ¿para qué quiere que sea sugerente?

Hombre: ¡Qué sé yo! ¿Y por qué no? Además, si se empeña en esa letra, Gilda se puede escribir ‘Hilda’ con hache. Queda más alemán, pero…

Mujer: Ya… No me apetece que sea sugerente. Ni alemán.

Hombre: ¿Algo más serio?

Mujer: Sí. Ya le he dicho que soy un poco áspera. Algo seca.

Hombre: ¿Por qué no te olvidás de eso? Yo soy así, yo soy asá… Si no te acordás de nada, ¡cambiá!

Mujer: (…)

Hombre: Vale, vale. Por mí no hay problema. A ver, con hache, ¿seguro que no quiere cambiar de inicial?

Mujer: ¿Ya se le acabó el repertorio?

Hombre: Es que… con hache. ¿Por fuerza ha de ser?

Mujer: Usted me ha dado la opción. Que yo estaba tan tranquila sin llamarme de ninguna manera, así que…

Hombre: Ya, ya, si la culpa es mía, por entrometerme. A ver, veamos a ver, déjeme que piense… Con hache… ¿Heidi?

Mujer: Habíamos quedado en que fuera un nombre de por aquí…

Hombre: ¿Sí? En eso no caía. Usted solo dijo que era más bien clásica, no hablamos de orígenes… ¿Y Herminia?

Mujer: Suena a animal herido.

Hombre: ¡Ya sé! Honorata. Eso tiene empaque, no me negará…

Mujer: Déjelo, Gustavo, si no merece la pena. ¡Total!

Hombre: Ah, no me lo pone fácil… Pero yo soy muy terco. Le encontraré ese nombre de pila, ya verá cómo al final acierto. ¿Honorina?

Mujer: No está mal… Aunque parece la marca de una medicina.

Hombre: Ya… ¿Hildegarta? No. Suena a lagarta… ¿Hilaria, Hermelinda? Tampoco. Son nombres de solteronas muertas de risa. ¿Halina? Es hermoso, no me negará…

Mujer: No me gusta.

Hombre: ¿Haydee? Yo tuve una vecina que se llamaba así. Una mujer de bandera, aquella Haydee. ¿Qué me dice, lo dejamos en Haydee?

Mujer: No sabría ni pronunciarlo.

Hombre: ¿Henedina?

Mujer: Ay, Usted me mata, Gustavo… ¡Por dios, Henedina, si pensaba que iba sin hache!

Hombre: Bueno, pues no. También tenemos Heloisa o Heliana, que se pueden escribir con o sin hache. Nombres griegos los dos, ¡más clásicos no se puede!

Mujer: Ya, pero yo me refería a otra cosa con lo de ‘clásico’. Yo ya me entiendo. Mire, Gustavo, no pierda su tiempo. No lo encontraremos, mi nombre.

Hombre: ¡Mujer de poca fe! Claro que lo encontraremos. ¿Hadiya?

Mujer: Suena bien. ¿Es árabe, verdad?

Hombre: Sí, es como de Las Mil y una noches. ¿Le gusta?

Mujer: No me disgusta. Lo que pasa que, precisamente aquí donde estamos, un nombre árabe… No creo que sea conveniente, la verdad. Por cierto, eso de las mil y una noches, ¿a qué se refiere?

Hombre: En eso le doy la razón, lo mismo es inoportuno. En parte, porque, bien mirado, ¿quién nos ha pedido algo? ¿A quién le importa?, si ni siquiera existimos, como quien dice.

Mujer: Por si acaso. No sea… ¿Y las mil y no sé cuántas noches, qué es?

Hombre: Ah, un libro hermoso. Por lo del nombre, yo me rindo. No se me ocurren más nombres de mujer con hache. ¡Que me registren! ¿Qué tal si probamos con otra letra, señorita?

Mujer: Venga, que le estoy poniendo en un compromiso. No era mi intención. A ver, uno con la ge.

Hombre: ¿Gisela?

Mujer: ¡Gisela me encanta! ¡Ha dado en el clavo, Gustavo! Ya no busque más.

Hombre: Por fin, ¡aleluya! Ya me estaba empezando a obsesionar, que yo me obsesiono con las cosas, ¿sabe, Gisela?

Mujer: Lo acabo de ver. Es Usted tenaz, Gustavo.

Hombre: Y, sí… Así es. Terco como una mula. Pero al final lo hemos conseguido, su nombre clásico y a medida.

Mujer: Sí, Gisela me va que ni pintado.

Hombre: Qué bueno, ahora podemos platicar sin más, ¿no es cierto, Gisela?

Mujer: De lo que quiera. Soy toda oídos.

Hombre: Es que está uno tan solo, ¿verdad?

Mujer: Pues sí.

Hombre: Y, ¿hace mucho que está acá?

Mujer: Ya le he dicho: no me acuerdo de nada.

Hombre: ¡Qué torpe! Perdone. Ahora era yo el que no me acordaba.

Mujer: Un lapsus lo tiene cualquiera, no se disculpe, Gustavo.

Hombre: ¡Qué maravilla escuchar mi nombre! Me suena a gloria, Gisela.

Mujer: ¿Sí? Bueno, el mío como es recién estrenado pues me suena a nuevo. Claro que si supiera el mío de verdad no sé qué sentiría. Al no acordarme, el de Gisela ya me va bien. Ha dado en el clavo.

Hombre: Me alegro. Oiga, es una mala pasada, eso de no recordar. Claro que para algunas cosas va fenómeno.

Mujer: No lo puedo decir. Y Usted, ¿cuándo llegó?

Hombre: Hoy, hace cinco años, tres meses y seis días. Igual que Usted, Gisela. Aquí todos hemos llegado el mismo día: el día de la inauguración.

Mujer: ¿Lleva la cuenta?

Hombre: ¡Cómo no! ¿Qué otra cosa puedo hacer, aparte de contar los días y hasta las horas!

Mujer: ¿Cómo lo hace, tiene un sistema?

Hombre: Viste, la necesidad agudiza el ingenio. Eso dicen. Me fijo en la luz del sol que recorre la pared, esa que entra por la ventana. Así cuento los días y las noches, y voy sumando. Hasta las horas que pasan, y las que no pasan. Pero qué tonto no habérseme ocurrido antes entablar conversación con Usted, Gisela. Estamos tan cerca…

Mujer: Ya. Yo ni me planteé que supiera hablar, la verdad. Tampoco recordaba que yo misma fuera capaz, ni cómo era mi voz.

Hombre: Es verdad. A mí también me suena rara, mi voz. De no usarla… Al menos ahora ya no estamos tan solos, ¿no es cierto, Gisela?

Mujer: Pues no. Ya somos dos. ¿Habrá alguien más por ahí?

Hombre: No lo sé. Me gustaría averiguarlo.

Mujer: Estaría bien, sí. ¿Pero cómo?

Hombre: Mire, yo lo he estado pensando mucho. Ya sabe, hemos tenido tanto tiempo para pensar, qué digo, nos ha sobrado tiempo para discurrir.

Mujer: ¡Y que lo diga! A mí me dio por pensar en las palabras, a lo tonto.

Hombre: Yo, en la huida.

Mujer: ¿Huir, adónde?

Hombre: ¡A cualquier parte, esto no es vida! Fugarme es mi sueño. Una fuga de película.

Mujer: Ya… Y eso que hablábamos antes, ¿habrá alguien más por ahí?

Hombre: Me da que sí. Me gustaría averiguarlo. He pensado que podríamos…

Mujer: ¿Salir afuera?

Hombre: ¿Por qué no, quién nos lo impide?

Mujer: ¿Solo para ver si…?

Hombre: Sí, solo para echar un vistazo, a ver si…

Mujer: Ya. Suena bien, pero ¿no nos pillarán?

Hombre: ¿Quién si aquí no hay ni dios?

Mujer: ¡Qué sé yo!, ¿guardianes?

Hombre: No los veo por ninguna parte, y eso que yo, desde aquí puedo ver el hall, como han dejado la puerta abierta…

Mujer: Quite, quite. Por alguna parte andarán.

Hombre: No tienen por qué vernos.

Mujer: Ya.

Hombre: Aprovechar la noche, eso es lo que he pensado todo este tiempo, pero hacerlo solo me daba cosa. Ahora que ya somos dos… Porque Usted se atrevería a acompañarme, ¿verdad Gisela?

Mujer: La verdad es que me da miedo, pero yendo con Usted, tal vez…

Hombre: Oiga, Gisela, ¿qué le parece si nos tuteamos?

Mujer: Me parece bien, ya que seremos cómplices.

Hombre: Esta noche nos aventuramos. ¿No me dejarás solo, verdad Gisela?

Mujer: No. Te acompaño. Me da miedo, qué digo miedo, ¡pánico!, pero me arriesgaré. Total, ¿qué puedo perder?

Hombre: Nada. No tenemos nada.

Mujer: Gustavo, ¿qué hora puede ser?

Hombre: La tarde está cayendo. Deben ser sobre las siete. ¿Por qué lo quieres saber?

Mujer: Por nada en particular. Como me dijiste que podías saber la hora por la luz que entra por la ventana… Por saber. Gracias, Gustavo.

Hombre: De nada, Gisela, a mandar.

Mujer: Gustavo…

Hombre: Dime.

Mujer: Antes me puse muy rancia con lo de los nombres. ¿Me perdonas?

Hombre: Bueno, es que era una difícil elección. Lo comprendo. No te preocupes, Gisela. Tampoco era cosa de elegir el primero que se nos ocurriera, ¿no? Si tenemos tanto tiempo… Nos sobra tiempo.

Mujer: Bueno, igual te pido disculpas. Me puse como una niña malcriada. La verdad.

Hombre: Bueno, no pasa nada… Estamos desentrenados. Yo también te entré a saco. Lo mismo no tenías ganas de charla, ¡yo qué sé!

Mujer: No me lo había ni planteado, si quieres que te sea sincera. Sabía que andabas cerca. A veces hasta te oía toser. Pero no pensé que quisieras cháchara.

Hombre: Lo estaba deseando, pero cuanto más me lo pensaba más difícil me parecía. Llegaste a parecerme inalcanzable.

Mujer: ¿Yo?

Hombre: Sí, tú. Me daba por pensar, qué sé yo, no me dará bolilla…

Mujer: ¿Darte el qué?

Hombre: Conversación. Sal al cuento.

Mujer: Ah. No conocía esa expresión. A veces, te noto como un acento…

Hombre: Y sí, yo soy argentino, pero hace mucho que estoy acá.

Mujer: Ya decía yo…

Hombre: ¿Y vos, Gisela, de dónde venís?

Mujer: ¡Gustavo, que parece que el que no tienes memoria eres tú! Ya te he dicho que no recuerdo nada. O casi.

Hombre: Perdonáme. No era mi intención…

Mujer: No importa. Si, total, igual no valían nada esos recuerdos míos, ¿quién sabe, lo mismo hice un esfuerzo por olvidar?

Hombre: Y… nunca se sabe…

Mujer: ¿Entonces esta noche?

Hombre: Bueno, si te parece… Hay luna.

Mujer: ¿También llevas la cuenta de las lunas?

Hombre: Y, ¡claro! ¿Qué querés que haga?

Mujer: Ya, esto es tan aburrido. Nunca viene nadie… Sin nada que hacer. No es que yo sea muy activa que se diga, pero esto de estar mano sobre mano, hay veces que…

Hombre: ¡Es una tortura! ¡No se puede aguantar! Yo no puedo, qué querés que te diga…

Mujer: Ya sé, es duro. Pero, bueno, al menos ahora somos dos. Ya sabemos que no estamos solos. Tuviste buena iniciativa en eso de abordarme, que si es por mí… Soy una pánfila.

Hombre: No digás eso, Gisela, yo también me lo requetepensé, no creás… Capaz que no te escuche, capaz que ni te entienda, y mil boludeces.

Mujer: Ya, estuve a punto de mandarte a paseo. Después pensé, “total… ¿qué pierdo?”

Hombre: Al menos que nos dejen la palabra.

Mujer: ¡Qué menos!

Hombre: ¿Te gusta el baile, Gisela?

Mujer: Sí. Creo que sí.

Hombre: Ah, si tuviéramos música…

Mujer: Nos marcaríamos unos bailes, es verdad.

Hombre: Lo mismo encontramos algún transistor por ahí, esta noche.

Mujer: ¿Tú crees?

Hombre: Y… ¡cualquiera sabe!

Mujer: ¿Habrá alguien por ahí?

Hombre: No creo… Se han ido, los muy pendejos.

Mujer: Ya, los primeros días pasaban a hacer la ronda, los guardias, ¿te acuerdas?

Hombre: Claro que me acuerdo, ¡qué tiempos!

Mujer: También pasaban algunas veces las señoras de la limpieza, ¿no?

Hombre: Y sí… Era lindo oírlas charlar…

Mujer: Es verdad. Como no tenían casi nada que limpiar, si por aquí no pasaba casi nadie, siempre se paraban y hablaban de sus cosas. “¡Qué chollo de trabajo!”, decían. Pero pronto se les acabó.

Hombre: Apenas unos vuelos y luego ¡si te vi no me acuerdo!

Mujer: Igual han dejado una radio olvidada en el cuarto de los bártulos, ese que está justo aquí. ¿Miramos a ver?

Hombre: Veo que la idea de bailar no ha caído en saco roto, ¿no es cierto, Gisela?

Mujer: ¡Que lo digas, bailar me gustaría más que nada en el mundo!

Hombre: Pues no se hable más… Andiamo.

Mujer: ¿Sales tú primero, Gustavo? Se te ve más echado para adelante…

Hombre: ¡Las mujeres, primero!

Mujer: Vale. Que no se diga…

(Gisela sale del lavabo muy despacio, mirando hacia los lados por temor a ser descubierta. Se topa de repente con Gustavo que sale por la puerta de al lado y, asustados, chillan a dúo. Los dos personajes están vestidos con ropas blancas, de pies a cabeza. También están pintados con maquillaje blanco, cara, cuello y manos. Llevan el pelo vaporizado de aerosol, blanco.)

Hombre: Un placer conocerla, Gisela.

(Se abrazan, primero con timidez, después más efusivos. Al moverse, los personajes van desprendiendo un polvillo blanco, harinoso, que se queda en el suelo que es negro y brillante.)

Mujer: Encantada. Ven, el cuarto está aquí.

(Abren la puerta contigua a la de los váteres, una puerta que lleva un rótulo que dice ‘No pasar’ Será la primera vez que salgan de los retretes, para entrar por la puerta de al lado. Si en la primera parte del Acto 1º había luz, las luces bastante deslumbrantes de unos lavabos, ahora el escenario se ha quedado por un momento en una oscuridad casi total.)

Hombre: Carajo, esto está como boca de lobo.

Mujer: Chute, que nos pueden oír.

Hombre: ¿Quién? Si no hay nadie…

Mujer: Por si acaso.

Hombre: Ah, ahí está el interruptor. Capaz que haya luz…

(Lo acciona y sí, hay luz. La estancia se ilumina, pero con una luz mucho menos potente que la de los lavabos. Es un cuarto anodino donde se guardan los carritos que transportan los enseres de limpieza. También hay taquillas. Todo igual de nuevo que las instalaciones de los lavabos, aunque menos aparente.)

Mujer: Ahora sí que se ve algo.

Hombre: ¡Hágase la luz!

(Gisela abre una taquilla. Está vacía. Las abren todas, una a una, y se produce una secuencia de ruidos metálicos. Todas, vacías. )

Mujer: Me parece que no vamos a encontrar gran cosa por aquí…

Hombre: Y… todo está vacío… ¡Qué pena, un transistor, qué sé yo, con lo que me hubiera gustado echar un bailecito!

Mujer: Nada, aquí no hay nada que se le parezca… Escobas, fregonas y productos de limpieza. ¡Qué chasco! Ni siquiera han dejado las batas, al menos me podría cambiar, que llevo toda la vida con el mismo vestido, creo.

Hombre: Vos estás linda así, por eso no te preocupés, Gisela…

Mujer: ¿Te parece? Voy a verme.

(Sale de la despensa y vuelve a entrar en los lavabos —con el consiguiente cambio de iluminación— donde se mira al espejo. Gesto de aprobación. Se ahueca un poco el pelo. Se mira desde todos los ángulos y esboza una reverencia. Gustavo aparece y se refleja en el espejo. También se observa. Hace muecas.)

Hombre: ¿No estamos tan mal, no es cierto?

Mujer: Bueno, supongo que se puede mejorar, pero es lo que hay…

Hombre: ¿Habrá agua?

(Abre un grifo del que sale agua.)

Mujer: ¡Donde hay agua, hay vida! Mira por donde, me voy a refrescar.

(Se lava las manos y los antebrazos. Se echa un poco de agua en la nuca y salpica, jugando, a Gustavo. Al haberse lavado las manos, estas se despintan un poco.)

Hombre: ¡Qué rica, qué fresca!

(También se lava en otro lavamanos.)

Mujer: Pues, habrá que bailar sin música, Gustavo…

Hombre: ¿Por qué no?

(Empieza a tararear una canción, La cucaracha, y saca a bailar a su compañera. Se enlazan y salen bailando del baño.)

Mujer: Eres buen bailarín, ¡qué suerte la mía!

Hombre: Pena la música.

Mujer: Tú, sigue cantando…

Hombre: (Canta.) “La cucaracha, la cucaracha ya no quiere caminar, porque no tiene, porque le faltan… las dos patitas de atrás…”

Mujer: Fíjate, ¡cuánto espacio solo para nosotros, esto sí que es una pista de baile! (Invaden el hall desierto, bailando.) Anda que, ¡cualquiera que no vea!

Hombre: No te preocupés, Gisela, no hay nadie.

FIN DEL PRIMER ACTO

ACTO 2º

En el hall vacío del desierto aeropuerto siguen bailando. Cae el crepúsculo y el cielo que vemos detrás de enormes ventanales se oscurece. El paisaje panorámico estará proyectado sobre el telón de fondo del escenario. Será una visión casi nocturna de un páramo. Los colores pueden estar alterados, produciendo una impresión fantasmagórica.

Los bailarines van dejando un rastro blanquecino sobre el suelo oscuro, el polvo de talco que los cubre íntegramente que se va soltando al rozarse los cuerpos. La danza que interpretan tiene gestos algo dramáticos, pero también grotescos.

Poco a poco empezamos a oír una música, ¿un clarinete? Que acompaña la canción de La cucaracha.

Gisela: ¡Gustavo, calla! ¿Has oído eso?

Gustavo: ¿El qué?

(Sigue tarareando su cancioncita: “ya no puede caminar…”)

Gisela: ¡Calla!

(La mujer se para, deteniendo el baile.)

Gustavo: ¿Qué pasa, Gisela?

Gisela: Hay alguien que anda por ahí…

Gustavo: Figuraciones tuyas. Acá no hay nadie.

(La melodía sube de tono y podemos escucharla con nitidez. Es La cucaracha tocada con algún instrumento de viento, ¿clarinete?)

Gisela: ¿Lo oyes ahora?

Gustavo: Y sí… tenemos banda sonora.

(Se ríe.)

Gisela: ¿Quién será? Ay, yo me voy…

Gustavo: ¿Quién vive?

(Pregunta, alzando la voz, pero nadie le responde.)

Gisela: ¡Calla, que igual son los guardias!

Gustavo: ¿Y qué? ¿Acaso está prohibido estirar las piernas?

(Una extraña sombra se les acerca. Ya no se oye el clarinete, pero se distingue el chirrido de una rueda oxidada.)

Gustavo: ¿Quién va?

Gisela: Dinos quién eres…

El minusválido: No teman, soy un compañero.

Gustavo: Acercáte.

El minusválido: Ya voy.

(Se les acerca impulsando con los brazos su silla de ruedas. Él está, igual que sus compañeros, pintado de blanco. Su silla de ruedas, también. )

Gisela: Hola. ¡Qué susto nos has dado!

El minusválido: No era mi intención. Oí cómo cantábais y me apeteció acompañaros.

Gustavo: ¿La música, eras vos?

El minusválido: Sí. No sé cómo sonaría. Estoy desentrenado. ¡Tanto tiempo sin tocar!

Gisela: Sonaba divino. Tocás bárbaro.

El minusválido: Gracias por el cumplido. Soy Edgar.

Gisela: Yo, Gisela. Él es Gustavo.

Edgar: Mucho gusto. Bonito nombre, Gisela.

Gisela: (entusiasmada) ¿A qué sí?

(Los tres se agrupan en el centro del hall.)

Gustavo: ¿Y el instrumento?

(Edgar les enseña un clarinete que tiene posado en el regazo.)

Edgar: Me parecía que podías ser vosotros, pero tampoco estaba seguro. En mi estado, no estoy para echarme a correr, pero me dije, “total, qué más da si me pillan, al menos que ocurra algo, ¿no?”

Gustavo: Y, claro…

Gisela: ¿Tú también llevas aquí desde la inauguración?

Edgar: Me temo que sí. Pero, ¿cómo no se no habrá ocurrido conocernos antes?

Gisela: Ya ves, los tres tan cerca y ni media palabra… Si no llega a ser por él (señala a Gustavo).

Gustavo: Me estaba volviendo loco. Pensé: de hoy no pasa. Si me mandan al carajo, ya estoy ahí, así que…

Edgar: ¿Habéis inspeccionado el lugar?

Gustavo: Todavía no. Si recién hemos salido.

Gisela: Habíamos pensado darnos una vuelta esta noche. ¿Te atreves?

Edgar: Lo estoy deseando. Lo he pensado mil veces, pero solo no me atrevería. Con vuestra compañía, sí.

Gisela: Gustavo dice que habrá luna.

Gustavo: Está al salir.

(Los tres se giran hacia el ventanal y se quedan mirando cómo la noche se va tragando el atardecer. En el horizonte vemos salir una luna inmensa, ligeramente sonrosada.)

Gustavo: Linda, la vista.

Edgar: Un placer ver el cielo. Desde ahí solo podía ver un trozo pero tenía que girar mucho la cabeza para poder mirar por la ventana. Me entraba tortícolis.

Gisela: Yo, ni eso. La persiana de mi ventana se quedó cerrada. Ah, ¡qué maravilla, qué espectáculo, el cielo! ¿Está un poco rosada, la luna, o me lo parece a mí?

Edgar: No, está casi roja.

Gustavo: Por ahí que será un eclipse…

Gisela: ¡Tócanos algo, por favor, Edgar!

Edgar: Hecho.

(Entona “Blue moon”.)

Gustavo: ¿Otro baile?

Gisela: No, ahora no. (Mira de reojo a Edgar.)

Edgar: (Interrumpiendo la música.)Por mí no se corten. Tampoco podría tocar y bailar a la vez, así que…

Gisela: ¡Oh, no pares! Es preciosa tu música.

Edgar: Gracias. Hacía tanto que no tocaba…

(Reanuda la melodía.)

(Gisela baila sola —una improvisada coreografía en la que quedan patentes sus habilidades de bailarina— en el centro del hall, es decir en el centro del escenario. Gustavo contempla, embelesado, el eclipse.)

(Nuestro músico, Edgar, deshace la melodía y empieza a improvisar. Su música le sale con toques de acid jazz. Gisela se para y después empieza a girar sobre ella misma como un derviche.)

Edgar: Ah, perdonen, amigos. Necesitaba liberarme. Tanta tensión…

Gisela: (Dejándose caer y estirándose en el suelo.) Yo también. Estaba agarrotada. ¿Son muchos días y muchas noches de guardia!

Gustavo: ¿Y qué, hacemos esa ronda?

Edgar: Por mí…

Gisela: (Levantándose y estirando los brazos.)¡Venga!

Gustavo: ¡Síganme!

Gisela: (Acercándose a la silla de Edgar.)

¿Me permites que te ayude, Edgar?

Edgar: ¡Por qué no! Solo tienes que empujar un poco, con este suelo tan pulido casi va sola.

Gisela: ¡Vamos de excursión!

(Los tres personajes recorren el escenario en penumbra, tan solo iluminado por la inmensa luna del fondo. Gustavo encabeza la comitiva, caminando a pasos firmes y deteniéndose de vez en cuando delante de algún mostrador vacío para fisgonear. Gisela empuja la silla de Edgar que ha dejado el instrumento sobre sus rodillas. La ronda les aclara lo que ya sospechaban: están solos.)

Gustavo: Viste, acá no hay nadie…

Edgar: ¡Qué despilfarro, un espacio así y casi ni lo usan!

Gustavo: ¿Casi? ¡Yo diría que no lo usan para nada! ¡Al pedo!

Edgar: Bueno, a veces sí que vienen vuelos…

Gisela: ¿Sí? Nunca los he visto. Solo al principio, y pocos.

Edgar: No, no. Ahora también llegan.

Gisela: ¿Estás seguro?

Edgar: Sí, totalmente. De noche los oigo.

Gisela: ¿No serán sueños, Edgar?

Edgar: No creo.

Gisela: Como estamos tan solos… Yo, por ejemplo, he perdido la memoria.

Edgar: ¿Del todo?

Gisela: Sí. No me acuerdo de nada. Solo del día de la inauguración, de los primeros meses cuando todavía andaban circulando por aquí y yo me pensaba que tenía un trabajo de verdad. Pero de antes, de cómo llegué hasta aquí y del resto, ¡nada! Un agujero negro.

Edgar: Casi te diría que tienes suerte. Yo me cambiaba por ti.

Gisela: No te creas. Es angustioso. Pero, eso de que llegan vuelos, ¿estás seguro?

Edgar: Absolutamente. Siempre llegan de noche. Hacia las cuatro de la madrugada.

Gustavo: ¿Vós tenés reloj?

Edgar: Sí.

Gustavo: Sos un fenómeno, vos.

Gisela: ¡Qué ilusión, un reloj! ¿Qué hora es?

Edgar: Las diez y veinte.

Gisela: Ah. Oye, ¿y cada cuánto vienen, esos aviones?

Edgar: De vez en cuando. No tienen un día fijo. Podría ser esta noche. Por ejemplo.

Gustavo: Y… ¿decís que no entran acá?

Edgar: No. Solo aterrizan. Desde mi ventana los puedo ver. Claro que tengo que girarme mucho, pero los veo.

Gustavo: Es bien raro… que no entren acá…

Edgar: Es que no hay pasajeros. Solo los pilotos y el personal.

Gustavo: Ajá…

FIN DEL SEGUNDO ACTO

ACTO 3º

(La panorámica del fondo, ese cielo nocturno con luna rosada, se ha ido cambiando de color. Ahora, es un cielo de tonalidades bastante irreales. El espacio aéreo se va llenando de aviones que van al revés, es decir que en lugar de avanzar van marcha atrás, en un efecto de moviola.)

(Los tres compañeros dan la espalda al ventanal, ajenos al insólito espectáculo de nubes en vertiginoso movimiento y aviones al revés. Charlan.)

Como música de fondo, muy tenue, “Ambient for airports” de Brian Eno.

Gustavo: ¡Qué extraño!, ¿no les parece?

Edgar: Sí, es raro.

Gustavo: ¿Y se bajan del avión nomás y ya está?

Edgar: Bueno, primero esperan a que llegue la furgoneta o el camión. A veces es un camión.

Gustavo: ¿Con las luces del avión encendidas?

Edgar: No, las luces las apagan después de aterrizar. Al poco ya llegan los de la furgoneta, bajan tres o cuatro personas del avión, y entre todos descargan y cargan la mercancía en la camioneta. Eso lo he podido ver algunas noches de luna llena. Otras veces, más que verlos los intuido.

Gisela: ¿Qué descargarán?

Gustavo: ¡Cualquiera sabe!

Edgar: Yo solo he podido unas cajas.

Gisela: ¿Cajas?

Edgar: Sí, cajas, paquetes… No siempre es la misma mercancía o al menos no siempre viene empaquetada de la misma manera.

Gustavo: ¡Contrabando, seguro!

Edgar: ¿Quién sabe?

Gisela: ¿Lo cargan en la furgoneta y se van?

Edgar: Sí. Lo hacen en un plis-plas. Visto y no visto.

Gustavo: Y yo sin darme cuenta de nada… ¡Qué pelotudo!

Gisela: Ni yo. Aunque igual sí que los vi y se me olvidó, aunque no creo porque la ventana de mi cuarto no da a la pista.

Edgar: Yo he pensado muchas noches en qué serán esos bultos.

Gustavo: Cualquier cosa, qué sé yo, ¿armas?

Edgar: ¿Órganos?

Gisela: ¡Qué grima! Y nosotros aquí sin enterarnos de nada…

Edgar: Si fueran órganos como vos decís, los llevarían en esas neveritas de picnic, pero vos decís que son cajas. Lo mismo, ¿droga?

Gisela: ¿Droga?

Edgar: ¿Por qué no? Aquí nadie les dará el alto. Ni siquiera nosotros.

Gisela: Claro que no. Nosotros no existimos.

Gustavo: Yo no me meto en sus cambalaches. Lo que quiero es irme de aquí.

Gisela: Pero ¿dónde?

Gustavo: Donde sea. Al pedo.

Edgar: Yo también sueño con eso, pero no me atrevo… en mi condición…

Gisela: Ahora no estás solo. Estamos contigo. Por eso no te apures.

Gustavo: Y… somos un equipo.

Edgar: En ese caso, me apunto.

Gisela: A mí me da cosa dejar mi puesto de trabajo, pero visto lo visto, contad conmigo.

Gustavo: ¡Qué bueno, así se habla! Tu puesto de trabajo… pero si ni siquiera hemos cobrado el primer mes, no me vengás con esas, un laburo sin plata ni es laburo ni es nada.

Gisela: Ya. Tienes razón. A veces soy tan responsable…

Gustavo: Pues cambiá.

Edgar: Que habías pensado, ¿irnos hoy mismo?

Gustavo: ¿Por qué no?

Gisela: Ay, ¡qué nervios!

Edgar: ¿Tenéis controlada alguna salida?

Gustavo: Sí. Antes he visto un respiradero. Me parece que podríamos colarnos.

Gisela: ¿No nos pillarán?

Edgar: ¿Quiénes?

Gisela: Los jefes. Yo tenía contrato indefinido, como vosotros, supongo.

Gustavo: Decile cadena perpetua, querida.

Edgar: No les interesará darnos el alto, aunque nos pillaran con las manos en la masa, que también sería mucha casualidad. Solo vienen de Pascuas a ramos y, ya os dije, aquí ni entran. Ni siquiera a nuestros lavabos, que los he visto mear entre los arbustos, allá.

(Edgar señala con el brazo un punto imaginario del paisaje. Se giran y es cuando ven que el cielo se ha ido convirtiendo en un cuadro insólito: la luna rosa; aviones que vuelan al revés; bandadas de pájaros entrecruzándose; nubes a velocidad de vértigo. Los tres se quedan pasmados.)

Gustavo: ¡Qué lindo!

Gisela: Hermoso, pero ¡tan irreal!

Gustavo: Pero si vos no te acordás de la realidad…

Gisela: No creas, me vienen retazos. Esto me parece un poco de pesadilla. ¿Nos vamos ya?

Gustavo: ¡Quién te ha visto y quién te ve! Eras vos la que no querías ni salir del lavabo…

Gisela: Ya. Prefiero no pensar. Si me entra la duda puedo estarme días que si me voy, que si me quedo.

Edgar: ¡Larguémonos!

Gustavo: No se hable más.

Edgar: Parece el Apocalipsis, ¿no?

Gustavo: Capaz…

Gisela: ¿El fin del mundo?

Gustavo: Y… puede…

Edgar: Va, no tengas miedo, ¡vamos!

(De pronto se escuchan los ladridos de un perro. Ha cesado oírse la música de Eno.)

Gisela: ¿Habéis oído eso?

Gustavo: Un chucho nomás.

Gisela: Es la primera vez que lo oigo. ¿No nos atacará al salir?

Edgar: No, ¡qué va! Es mi amigo.

Gustavo: ¿Lo conocés?

Edgar: Sí. También lo veo desde mi ventana.

Gustavo: Ché, tu ventana es mágica.

Edgar: Bueno…

Gisela: ¿También trabaja aquí?

Edgar: Sí. Está encargado de que no entren con sus mascotas, a no ser que vayan a embarcarlas, pero en ese caso encerradas en cestas.

Gisela: ¿No ladra cuando llegan esos aviones?

Edgar: No. A mí también me ha extrañado. Lloriquea como si tuviera miedo, pero no ladra.

Gustavo: Capaz que olfatee peligro, qué sé yo… Lo mismo impregnan los bultos con orina de tigre…

Gisela: ¿Orina de tigre, para qué?

Gustavo: Y, para espantar a los perros, les entra la pavura.

Gisela: Sabes muchas cosas.

Gustavo: ¿Vos creés? ¡Ese pobre can, todo este tiempo, atado, a la intemperie, qué feo!

Edgar: Sí. Es un perro tachado. Se llama Bob.

Gisela: ¿Lo has bautizado tú?

Edgar: Pues sí.

Gisela: A mí me ha bautizado Gustavo.

Edgar: Ah, no sabía… ¿Os importa si nos llevamos también a Bob? Solo espera que alguien lo suelte.

Gisela: Por mí, no hay problema, ¡pobrecito, el animal!

Edgar: Tendréis que ayudarme a liberarlo y a quitarle el tachón.

Gisela: ¿De qué tachón hablas?

Edgar: Del signo ese que le ponen para decirle a la gente que no pueden entrar con sus mascotas, a no ser que vayan a embarcar, ya sabes…

Gisela: Creo que entre todos podremos hacer algo. No será tan difícil. Ahora lo vemos.

Gustavo: Qué ¿nos vamos?

Gisela: Ya va, ya va. No te impacientes, después de tanto tiempo ¿qué son unos instantes?

Edgar: Vayamos en silencio, por si…

Gustavo: ¡Ni que fuéramos fugitivos! Solo nos largamos de este laburo que ni es laburo ni es nada.

Gisela: ¿Y si vienen y se encuentran con que no saben a qué puerta llamar?

Edgar: La mía está bastante clara, por eso no tendrán problemas: es un váter adaptado.

Gustavo: Las letrinas de los hombres se huelen a distancia. Al entrar, ya se ven los urinarios para hacer pipí de pie. No hay lugar a confusiones. Además, ¡si acá no entra nadie!

Gisela: Ya sé. Tenéis razón. ¡Ah!, ese sentido del deber que me agarrota…

Edgar: Tengo una idea. ¿Y si les dejamos nuestras credenciales, las de Bob también, por si acaso?

Gisela: ¿Engañarlos como ellos han hecho con nosotros? ¡Me gusta!

Edgar: Claro, dejamos el uniforme colgado en la puerta y ¡ya está!

Gisela: Una idea genial, así nos verán tal cual sin sospechar que hemos abandonado el puesto…

Gustavo: ¡Y dale con el puesto, Gisela, por dios! Pero sí, tu idea es bárbara, Edgar.

Edgar: Un trampantojo…

Gisela: ¿Un qué?

Gustavo: Y…, no nos liemos con las palabras…

Gisela: Vale, vale. ¡Qué carácter el tuyo, Gustavo!

Gustavo: Perdonáme, es la impaciencia…

Edgar: ¿Me ayudáis con lo mío? Por ganar tiempo.

Gustavo: ¡Faltaría!

(Gisela y Gustavo entran en los lavabos, dispuestos a colgar sus uniformes y, de paso, también el de Edgar. Se escucha cómo Gisela canturrea La cucaracha. Al cabo de unos instantes salen y se dirigen resueltos y bailoteando hacia Edgar que ha empezado a tocar con su clarinete la citada melodía. Al acabar la canción, la pareja se separa y la mujer empuja la silla de Edgar. Los tres se dirigen hacia el extremo opuesto de la puerta del váter, hacia el lateral derecho del escenario donde hay una puerta pintada de negro con rejilla: el respiradero.)

Edgar: ¡No habéis tardado nada en hacerlo!

Gisela: Un abrir y cerrar de ojos.

Gustavo: Y…, visto y no visto. ¿Qué querés?, ¡los signos estaban vacíos!

 (Los tres salen del escenario por la puerta negra. Primero lo hace Gustavo y entre él y Gisela pasan la silla de Edgar. Por último sale Gisela. )

Gustavo: (Al salir.)¡Chao!

(El escenario se oscurece un instante. Después volvemos a ver la panorámica del cielo del paisaje exterior. Está amaneciendo. Oímos los ladridos amistosos del perro y vemos cómo corre un perro por la yerba. Pasa una bandada de pájaros.

Se proyectan las imágenes de una cámara que sigue a nuestros actores mientras los cuatro se pierden en el horizonte, caminando por una carretera desierta.

Se ilumina el escenario, anegando la pantalla, y aparecen las cuatro siluetas de los signos, tamaño figura humana, recortadas en cartón pluma, sujetas por detrás por una estructura de cartón rígido que las mantiene en pie. Suena de manera insistente y machacona una puerta mal cerrada (¿del váter?) que da portazos. La voz en off de una azafata locutora nos informa de que todos los vuelos han sido cancelados, en inglés y en español. La voz se acelera y se distorsiona.)

CIERRE DEL TELÓN.

APERTURA DEL TELÓN.

(Los actores saldrán a saludar, apareciendo detrás de sus siluetas. Gisela sujeta al perro, Bob, por la correa. Gustavo lleva un listón pintado de rojo sobre el hombro. Edgar, su clarinete. Tras el saludo de rigor, este entonará los primeros compases de “Que viva España”, melodía que enseguida distorsionará.)

                                                                   FIN

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