Margaritas para desdentados


Comprendo: leer cansa. Por obligación, disuade. Cuando el texto es mediocre da sopor (en verano, por la calor; en invierno, por la calefacción; el caso, cabeceo). Si el autor resulta ser un desconocido, terreno minado (?) que muchos pisarán con la ceja levantada. Y ese gesto escéptico y desconfiado sumado al calor y al tedio… cuesta mantenerlo. Todo eso se comprende. Que hay exceso de escritos, letras engarzadas por doquier, auténticas epidemias literarias, comprobado. Nadie, o casi nadie, puede permitirse el lujo de trabajar gratis, ¡obvio! Pero, aun así, me disgusta leer (podría no hacerlo, también yo…) a ciertas personas de alguna manera involucradas en el quehacer editorial, incluso en el literario, y ver cómo se quejan de lo mucho que cansineamos los escritores de tres al cuarto, escribidores o lo que quieran que seamos. ¿Tan difícil les resulta comprender que buscamos lectores, que lleguemos incluso a mendigarlos?

A mí me cuesta leer en la pantalla, lo reconozco. No por pereza, sino por vista cansada (años y paños leyendo, garabateando, escarabajeando, y no siempre con buenas luces). Por eso me supone cierto esfuerzo leer lo que escriben otras personas, casi siempre desconocidas (al menos para mí), pero hipnotizadas por el mismo embrujo que padezco. O parecido.

Sin embargo hago un esfuerzo. Pongo la lupa, y leo.

Es cierto que no me piden consejo (ventajas del anonimato). De eso me libro, al menos.

Hace años aprendí la técnica de la lectura rápida. Lo hago casi a la velocidad de aquel personajillo de ciencia ficción, el pobre E.T., ¿recuerdan? Tal vez exagero, pero no tanto. Eso me permite escanear un texto, relato, poema o lo que sea, a velocidad de vértigo. Mi lectura no es por ello superficial: esta ojeada a vista de pájaro me permite hacerme una primera impresión, casi animal (si los animales pudieran leer). Intuitiva. Creo que no por ello engañosa ni fatua. Hago mi radiografía de esa escritura que abordo como quien lee un rótulo en la calle. Si el estilo falla (porque me chirríe a mí, lo cual no quiere decir que sea ni bueno ni malo), en seguida soy capaz de establecer un diagnóstico. Siempre he tenido ojo clínico, también para las letras, ¿por qué no? Si, por el contrario, me atrapa, entonces disminuyo la velocidad; me sosiego; me pongo cómoda para disfrutar de la lectura. Porque me gusta leer, verdaderamente me gusta (tal vez por no ser lectora profesional, ni depender mis garbanzos de nada relacionado con algo en el fondo tan sofisticado, ¿tan vano?, como las cosas escritas que a nadie le interesan.

No sé qué pensaría si anduviera en el negocio y me avasallaran con súplicas de reseñas y manuscritos no deseados. No puedo saberlo. Supongo que, si fuera tan importante mi opinión, me permitiría contratar otros ojos que se desgastaran por mí. Si eso fuera un lujo que no pudiera permitirme, tiraría de mi técnica de lectura rápida, apenas un parpadeo para intuir si hay posibilidad de flechazo, de amor a primera vista. O de rechazo… Tendría redactadas unos prototipos de respuestas, en ningún caso hirientes, que enviaría según fuera mi apreciación. Algo así como esos “evoluciona favorablemente, pero necesita mucha lectura para el verano”, esas anotaciones de los boletines académicos que no quieren decir gran cosa más que lo que ponen, pero que tampoco le quitan al alumno las ganas de jugar al cascajo.

En cualquier caso, nunca sería de esos profesores que catean, porque no creo en la voz de autoridad y porque respeto demasiado el esfuerzo mismo de la tarea hecha, bien, mal o regular (matices que, en este caso, decidirá el lector… si aparece).

¿Qué sentido tiene escribirle al vacío? ¿Margaritas a los saturados de bellas letras? ¡Tanta gente analfabeta y, sin embargo, tan sedienta de historias y, por contra, tan poco eco, tanta malcrianza, en nuestro alrededor! Dios da garbanzos (o sopas de letras) a quien no tiene ojos… ni dientes para hincarlos en palabras escritas (bien, mal o regular), ni valentía para opinar… a no ser previo pago, que entonces todo son mieles y caries. Gotas de colirio para vistas ruborizadas.

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