Ese día rayado


La chica del sexto salió del inmueble a media mañana. Llevaba una maleta de ruedas, sí, por eso me asomé, por el traqueteo que hizo al bajar los tres escalones. Se irá de viaje, pensé. Me saludó correcta, como siempre. Llevaba gafas de sol, algo habitual en ella, aunque el día estuviera gris. Naturalmente no me dio explicaciones, no tenía por qué, ni tampoco me pidió, como otras veces, que le regara las plantas de la terraza del ático. Me pareció que llevaba prisa, por lo que tampoco le pregunté nada. Aunque soy portero, puedo ser discreto. En cuanto atravesó el zaguán llegó un taxi al que se subió. Eso es todo lo que pude decirle al marido cuando me preguntó, a pesar de su insistencia para que le diera más detalles, pero ¿qué quiere que le diga?, yo no sé más, le dije. Al hombre se le veía compungido, me habría gustado serle de más ayuda, para eso estoy, además es de lo que nunca se olvida de mi aguinaldo, pero… Habrán reñido otra vez, pensé, dicen que se pelean como perro y gato, aunque no es asunto mío.
La bronca de anoche fue descomunal. A Miguel le duele la cabeza, una barra metálica le atraviesa el cerebro; la boca, de esparto. La mañana en el despacho fue terrible, solo pensaba en que acabara lo antes posible, la resaca le impedía concentrarse en nada. Sabía que no habría explicaciones que valgan, la había cagado. No consigo controlarme, pensó, esta vez tendré que esperar para la reconciliación. Agradece de antemano el forzoso silencio que se instalará entre ellos, un bálsamo, aunque tenso y espeso. Como siempre tendré que ser yo quien lo rompa, se dijo, ¡ella y su puto orgullo!
Nada más entrar en el piso, se dio cuenta de que ella no estaba. Es posible que se haya refugiado en casa de su madre, pensó, quitándole hierro. Se despojó de su disfraz de hombre honorable, se quitó la americana y se aflojó la corbata, tirando las prendas y los zapatos por el cuarto. ¡Que lo recoja ella!, pensó. Se sirvió la ansiada copa y se dejó caer en el sofá. Los estores estaban bajados y la penumbra lo sosegó un poco. Agotado, se quedó dormido y cuando se despertó ya era de noche. Ella no había vuelto… Raro, eso no solía hacerlo, otras veces. Lo normal era que volviera al redil, cabizbaja.
Se fue a la cocina, comer un bocado le iría bien, tenía un hueco en el estómago. Fue entonces cuando vio la nota que ella había garabateado y le había dejado en el panel de la nevera, sujeta por un imán en forma de corazón roto.
Me voy y esta vez no volveré, así que no me busques, es inútil. Eso nuestro ha ido demasiado lejos y ya no tiene solución. Haz con mis cosas lo que quieras, no las quiero para nada. No molestes a mi madre con tus llamadas y procura no contar tus cuentos chinos por ahí, como sueles hacer. Yo, hasta ahora, siempre me he callado, pero podría dejar de hacerlo. Déjame en paz, es lo único que te pido. Lidia
El hombre se quedó de piedra, no esperaba una reacción tan desmedida. No fue para tanto, aunque me rayé más de la cuenta esta vez, admite, pero tanto como para… Registró el piso y comprobó que solo debió llevarse algo de ropa, pues el vestidor no lucía su orden habitual, estaba manga por hombro. También faltaba su maleta de ruedas, la que usaba en los viajes. Pero eso no quería decir que no hubiera vuelta de hoja, también cuando se refugiaba en casa de su madre se llevaba sus efectos personales, algo de ropa y su neceser, aunque solía llevárselo en un bolso grande, no en la maleta. Además, era la primera vez que le dejaba un mensaje tan tajante. Le empezó el ardor de estómago. Un golpe de sangre se le subió a la cabeza, la furia, que sacó dándole un puñetazo al espejo del tocador, rompiéndolo. Se cortó la mano, no mucho, y se chupó la sangre que goteaba en la alfombra color beige.
Cerró la puerta de la habitación de un portazo y se lavó la herida. En el baño, comprobó que faltaban sus cremas y potingues, entonces soltó un aullido de rabia, y blasfemó. Me cagüen sus muertos, chilló. La hipaputa esta se ha largáo, rezongó.
Una raya es lo que necesito, pensó, y se la preparó, ansioso, en la mesita de cristal del salón, donde todavía quedaban vestigios de la pelea de anoche, una silla volcada, los cristales rotos de una foto enmarcada, esa en la que los dos sonríen con el Taj Mahal de fondo. Hostias, sí que la hemos armado, pensó, aunque no recordaba exactamente cómo había sido lo de romper el marco.
Por hacer algo con las manos, marcó su número en el móvil, pero una voz odiosa le respondió que el número marcado estaba fuera de servicio. Entonces, marcó el de Olga, la amiga del alma de Lidia, a quien no podía ver ni en pintura, pero le pareció la única persona, a parte de su madre, que podría informarle de su paradero, si quería, cosa que era improbable pues la antipatía, por no decir el odio, era mutua.
Olga sí que atendió a su llamada, aunque se hizo un poco de rogar, tres toques que le parecieron eternos. Contesta, tía, rezó. Al oírla decir “¿Sí?”, pudo ver su ceja levantada y percibió tanto escepticismo cuando le dijo estar preocupado por Lidia que su desprecio era palpable.
—Tú, ¿preocupado por Lidia? Pues ya va siendo hora, majo…
—No te cachondees. Si está ahí contigo o si sabes algo, dímelo, que estoy en vilo.
—Conmigo no está, pero si estuviera, tampoco te lo diría.
—¿Seguro? Mira que estoy a punto de llamar a su madre, y no quiero.
—¿También te ha calado la suegra? Pero si la tenías engatusada…
—No es eso, a Lidia no le hace gracia que la preocupe.
—Huy, y ¿ahora le haces caso a lo que te pida Lidia? ¡Eso sí que es nuevo! ¿Qué pasa que las has liado parda, otra vez? ¡Que te zurzan, guapo!
Miguel colgó enfurecido, haciendo pucheros de niño consentido, incapaz de soportar que sus deseos no sean órdenes. ¡Maldita sea su estampa!, juró. Esa bruja no me dirá nada, pensó. Otra raya y otra copa para darse ánimos, y marcar el número de la madre de Lidia, que tampoco le contestó. La madre que la parió, rugió, ¡la madre que las parió a todas! Cogió un centro de mesa que esta les había regalado cuando se instalaron en el piso, un cachivache con forma de elefante que nunca le gustó (desdecía con el ambiente de diseño) –qué carajo, hay que tener poca clase, le había dicho a Lidia– y lo estampó contra la pared. ¡Ah!, aulló. El vecino de al lado aporreó la pared. ¡Ya basta o llamo a la policía!, advirtió. Miguel se quedó parado, mirando el desconchón que acababa de hacer en la pared. No puedo perder los papeles de esta manera, pensó, ese maricón es capaz de llamar y todo. Otra raya y me tranquilizo, y se la preparó.
El autobús se come la carretera y cae la tarde. Te quitas las gafas oscuras, solo un momento para restregarte los ojos doloridos. Te las vuelves a calar, aunque quede raro llevar gafas al atardecer. Más tranquila, ya no tiemblas. Falta poco para llegar, crees. ¿Cómo será la ciudad, como un pueblo grande?, te preguntas. Sea como sea, será mejor que irte a casa de tu madre o al apartamento de Olga y que te localice a las pocas horas, cuanto se le haya pasado el enfado y te necesite para barrer los platos rotos, al momento, vuelta a las andanzas. No, esta vez, has pedido ayuda como dios manda y te envían a un piso de acogida donde le será imposible encontrarte. Después, ya arreglaremos el resto, te dijo esa chica tan simpática del centro. Pediremos una orden de alejamiento, y todo eso, tú no te preocupes, que estamos aquí para ayudarte. Te dio apuro llorar, pero no pudiste contenerte, y ella te acercó una caja de pañuelos. Todo irá bien, ya lo verás. Desde ahí llamaste a tu madre, para tranquilizarla, aunque no le diste la nueva dirección por si se iba de la lengua. Aunque algo sabe de lo vuestro, el muy cabrón es capaz de comerle la cabeza y ella, ya se sabe, con tal de mantener las apariencias… Ahora no aguantáis nada, hija, los principios no son fáciles, pero es hasta que os acostumbréis el uno al otro, te dice. Lo que más la disgusta es saber que dejas “un partido tan bueno”, como diría ella suspirando. También llamaste a Olga, que te dijo: Ya era hora, Lidia. Tampoco a ella le dijiste tu paradero, por no comprometerla. De sobra sabes que es capaz de sonsacárselo a base de amenazas o poniéndose bravo, si se resiste. En cuanto me instale y las cosas se calmen, quedamos para vernos, no te preocupes, le dijiste para que se quedara tranquila. Tu teléfono lo tiraste en la papelera de la estación antes de que empezara a ladrar, muerto el perro…Te ayudaremos a buscarte otro empleo, te dijeron, pero tendrás que ser paciente, ya sabes cómo está todo. Serás paciente. Y prudente. Cuando firmaste la denuncia, te preguntaron si tenías algo que añadir. Pensaste en decirles lo de la coca, que él se estaba enganchando aunque dijera que controlaba, pero no quisiste añadir más leña al fuego, y dijiste que eso era todo. Ahora solo quieres olvidarte de esa pesadilla y empezar de nuevo.
Sonríes para tus adentros –si lo hicieras de verdad te dolería la boca que tienes rota–, por la leyenda que diera fama a tu nueva ciudad de acogida. La de los amantes, “tonta ella y tonto él”. ¡Qué ironía!, siendo novios nos llamaban “los amantes de Teruel”, por su familia que no me aceptaba. Puedes aspirar a algo mejor, le recriminaban a su hijo, es mona pero no te llega ni a la suela de los zapatos, ¿es que no lo ves? Los compañeros de la facultad también nos habían apodado así porque no vivíamos el uno sin el otro, siameses parecíamos… Ay, el amor, a contrapelo y absorbente, qué letal puede llegar a ser, piensas, y sacas la polvera de tu bolso para retocarte la cara, que parece un cuadro.

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