El Gran Nicolás


Para mi padre que, tal día como hoy de hace cincuenta y tres años, llegó a Bélgica en busca de una vida mejor.

Para ti era un día cualquiera porque no sabías que era San Nicolás. Así que llegaste esa mañana a la escuela sin saber lo que te esperaba.

En seguida te diste cuenta de que algo pasaba por el nerviosismo poco habitual de tus compañeros en el patio donde cada día formábamos filas siguiendo órdenes casi marciales. Pero hoy nadie las cumplía. ¿Se habrían puesto al fin de acuerdo esos niños en desobedecer, empujarse y hasta chillar? Las maestras procuraban mantener la calma, por eso de las formas, aunque tampoco parecían molestas por la insólita algarabía. Ellas, siempre severas, habían bajado la guardia.

Cuando por fin consiguieron contener algo del entusiasmo, entrasteis en el aula, y ¡oh, sorpresa! la clase estaba engalanada con guirnaldas. Sobre cada pupitre había un paquete envuelto en papel de regalo.

Tú nunca habías recibido un regalo así ni habías visto nunca esas guirnaldas. El recuerdo que te ha quedado es acerca de lo brillante.

Los chiquillos, que sí sabían lo que pasaba, desembalaron sus regalos.

Aparecieron unas muñecas con los brazos, las piernas y el cuello sujetos por alambres al fondo de la caja de cartón. Parecían pequeñas locas atadas a la cama, piensas ahora.

Tú no desembalabas la tuya, intimidada como estabas por no entender ni papa.

A los chicos les había tocado otro tipo de caja, más plana. Dentro: piezas de madera pintadas de colores, mecanos —pero eso tampoco lo sabías—, que te parecieron piezas de carpintero

A tu lado estaba Mohamed, otro recién llegado, tan apabullado como tú.

La maestra, Madame Lefranck, se dio cuenta de vuestro bloqueo y os animó con gestos a que abrierais los vuestros.

Al poco, se te acercó otro niño que te ofrecía su mecano a cambio de la muñeca. Notaste que intentaba negociar, por su mímica, ya que de su parloteo ni media. Tú alzaste los hombros, ¿qué podías hacer? Y él se fue con tu muñeca, más feliz que un ocho. No te importó: esa muñeca. un poco repipi. te miraba demasiado fijamente con sus ojos vidriosos. ¿Y si se ponía a charlar en esa lengua extraña?, ¡buena gana! En cambio, las piezas de madera te daban confianza.

Así que os quedasteis, Mohamed y tú, con vuestros mecanos, de brazos caídos, acostumbrados como estabais a jugar con palos y piedras y bichos y latas de conserva.

Aquella mañana, que era 6 de diciembre (San Nicolás cae siempre en ese día), salíais en filas más desordenadas que de costumbre, cargados con esos paquetes, enormes para vuestras pequeñas manos de párvulos.

De pronto, una voz imperativa interrumpió la fila. Es curioso cómo, aunque no entiendas un idioma, sabes cuándo te dan el alto o si te insultan. Había sido una de las profesoras, una tan autoritaria que llevaba a los niños como velas; una que vestía como un Pimpollo, con unos moños cardados y con postizos y que se pintaba una raya en los ojos que le hacían la mirada terrible. Además de profesora, era madre de un niño de tu clase, casualmente el niño que te había hecho el cambalache de la muñeca. Lo sacó por los pelos de la fila y le chilló, señalando la muñeca. Tú quisiste desaparecer bajo las baldosas, por si te salpicaba el chorreo. Si te quitaba el mecano, te daba un poco igual, tampoco contabas con él, pero te daba horror si te chillaba como una histérica sin siquiera poder defenderme.

La directora dio la orden de que siguierais caminando, dejando atrás la trifulca. Mohamed, protector, te cogió de la mano y salisteis a la calle, saltando las escaleras de dos en dos. El frío era intenso, como siempre.

Al llegar a casa, te entró la duda: ¿y si a ti también te reñían? Algo grave debimos hacer con el trueque, pensaste. Por si acaso escondiste el juego en el desván, no fuera el demonio. Tus padres, que no estaban al día con la fiesta, no te preguntaron nada.

Años más tarde, ya familiarizados con San Nicolás y lo que representaba, al tanto de que eran los padres y los maestros quienes compraban esos regalos,  Mohamed me confesó que él tampoco había disfrutado del regalo por miedo a que le acusaran de haberlo robado.

Tú, algunas veces abrías la caja y jugabas a ensamblar alguna pieza suelta, si te mandaban al desván a buscar algo.

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