Sin ti no soy maga


Me cuesta arrancar, pero hay que seguir. La vida es eso: seguir adelante. Salgo de un susto enorme, la muerte que anduvo por mi casa y se ha llevado a Stanislaw, mi compañero. Mi protector. La vida que sigue y no te deja arrinconarte: demasiados trámites kafkianos por resolver (que alguien redacte un Manual de instrucciones para saber qué nos espera después de la muerte —y no me refiero al Más Allá sino al más acá, al más rancio y burocrático, que todo son papeles y negro sobre blanco y temblorosas y carísimas firmas notariales y certificados médicos oficiales que no llegan y últimas voluntades extraviadas, ¡por dios!—).

Mientras, replegada entre fiebres de extraños virus gripales, imposible concentrarme en las palabras, ni siquiera en la lectura. Si acaso, y con desgana, algún clic por aquí, otro, blando, por allá. Las palabras se menean y se echan a volar como mariposas negras, las de los malos augurios.

Una tarde, al despertar de una siesta de animal herido (más que nada), enciendo el lector y me atrevo a seguir con esa lectura fatalmente inacabada. Y las palabras, esta vez, ya no huyen por la ventana, la del cristal ahumado. Se quedan y me consuelan. De a poco van aliviando como una cataplasma sobre la herida.

Busco esos libros de la biblioteca para rebanarlos sin apetito, solo porque el préstamo está a punto de caducar. Como la vida. ¿Por qué no llevamos tatuada en la frente, aun con tinta invisible, nuestro punto final? Mejor al revés, para poder verla en el espejo, como el rótulo de las ambulancias. O quizás no sea buena idea: la certeza, insoportable.

Pero los libros me rescatan con sus historias de otras vidas. De otras muertes que me hacen olvidarme (un poco) de la tan cercana. La muerte, oh, lagarto, lagarto… Ese animal embelesado por las palabras, según se dice. Como yo. Por eso los libros repletos de palabras, mariposas blancas, hormigas o sapos, qué importa, pero pasar páginas y regresar al mundo lejos de los certificados (horrendos) de defunción, sin olvidar que desde alguna parte un ángel de la guarda me sigue cuidando como lo hizo en estos últimos diez y siete años. Con devoción. Soportando hasta mis encierros detrás de esos libros sin dibujos. Solo palabras.

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