Un sombrero menos


Se nos fue al carajo, por meter los huevos en la misma cesta. Cometimos esa torpeza. Cuando el cesto se cayó, se rompieron todos, y ni siquiera pudimos hacer una tortilla con el revoltijo de claras y yemas y cáscaras rotas, aunque se lo dimos a los gatos del descampado. Ya no estaban las cosas para tirar comida, andábamos escasos, no tanto de alimentos como de esperanzas, que íbamos tirando gracias a los restos que Eduardo traía en fiambreras de plástico de casa de su madre: pollo en pepitoria, ensaladilla rusa, lentejas estofadas, pescadilla rebozada, albóndigas en salsa, croquetas de jamón o macarrones a la boloñesa.

«Y ahora, ¿qué hacemos?», me preguntó con esa alarma en la mirada que de pronto se le había encendido y que ya no paró de parpadear. Nunca tuvo resistencia ante los palos que da la vida, Eduardo no estaba curtido. Yo alcé los hombros o dije algo como «no sé» o quizás solo carraspeé. Para él era fácil, cualquier percance y nos consultaba, a mí o a su madre: « ¿Qué le contesto al tipo del presupuesto o cómo arreglo esa tuerca pasada de rosca?» Y ahí estábamos para sacarle las castañas del fuego o para darle una solución, porque no siempre se tienen respuestas para todo, y él lo sabía, pero le resultaba más fácil sacudirse el enredo y que nosotras deshiciéramos el entuerto. Con lo de los huevos rotos, en cambio, no supe improvisar y, esta vez, me quedé en blanco.

El caso, todo se nos había ido por la borda, y no me pidan detalles —¿antes el huevo o la gallina?— que solo se me aparece el vértigo de ver cómo se nos rompía la vida en mil pedazos, sin ni siquiera poder aprovechar los trozos para recomponerla, pues cualquier intento habría sido un rompecabezas sin pies ni cabeza.

Como no le di solución, se fue al punto de partida, a casa de su madre con la que siempre podía contar en caso de desastre. Eso fue lo que me anunció a los pocos días, con la alarma todavía parpadeante en el fondo de sus pupilas: «Me voy a casa de mi madre». No le dije nada, o poca cosa, ¿qué podía decirle si a las claras se veía que no estaba preparado para el menor contratiempo? Y eso que nos estaba pasando no era palo en las ruedas, ni neumáticos pinchados. Era el acabose. «Está bien, será lo mejor», debí decirle —por no llamarle huevón—. Tampoco se me ocurría otra salida, la verdad, aunque quizás habría esperado un poco de imaginación por su parte, qué sé yo, que tuviera un plan B, que hiciera al menos ademán de luchar por lo nuestro, pero no.

Con esas, le ayudé a empaquetar sus cosas, más que nada, sus libros y sus cachivaches, que de los trapos fue él quien se encargó. «Nunca has sabido hacer una maleta como dios manda», me solía decir cuando nos íbamos de vacaciones, y con razón. Soy de las que mezclan calcetines con pasaportes o meto conservas en el neceser, por si acaso nos entra el hambre. Hacer maletas me provoca tal bloqueo que me quedo boquiabierta delante del armario, el tiempo me juega malas pasadas y me pilla desprevenida captándome como lo hace una secta con un incauto. Por eso no me metí en sus maletas, eso no. Suya era la ropa y él solito se la fue doblando y guardando, un poco manga por hombro, pero no le dije nada, ya su madre se encargaría de planchársela.

Me quedé pillada con algún objeto, no por mezquindad, no supe si le tocaba a él o si quedármelo, pues no recordaba su procedencia: la colección de abanicos, ¿era suya o mía?; ¿y los discos? Así nos quedamos un poco rayados con cuatro fruslerías, pero en seguida me di por vencida y le dije que sí a todo, que se lo llevara él, que tenía modo, no por desprendida sino por no saber qué coño hacer con tantos chismes que se habían ido acumulando en tan poco tiempo. Así que se lo llevó todo, o casi, en una mudanza improvisada que embutimos como pudimos en la furgoneta de un colega, que ahora se dedicaba a los portes.

El piso, nuestro piso, quedó medio vacío, solo quedaban los muebles con los cajones entreabiertos y las puertas desencajadas, y también los electrodomésticos. Puse un anuncio en una revista de segunda mano y lo vendí de golpe a otra pareja que, como nosotros habíamos hecho, planeaba irse a vivir juntos. No recuerdo ni lo que me pagaron por el lote, aunque debió ser precio de ganga por mi situación apurada.

Al final, después de unos días de incertidumbre y congoja, me quedé sola en el apartamento vacío, y mi voz al blasfemar sonaba hueca. «Y ahora, ¿qué?», grité; « ¡Qué!», me respondió el eco.

El casero aporreó varias veces la puerta y, cansada de esconderme, le abrí, le entregué las llaves y le confesé mi insolvencia. Me fui con lo puesto, dejando un rastro de facturas pendientes.

Sí, nuestro error había sido meter todos los huevos en la misma cesta: Nuestro amor, una vivienda compartida y esa pequeña empresa que, orgullosos de ser emprendedores, habíamos montado. Las cosas no salieron como habíamos previsto y las letras se nos acumularon con la misma rapidez que el polvo en los estantes. Pensamos que se arreglaría, que nos lloverían los encargos, pero no fue así y no pudimos sino aceptar la derrota. Sí, habíamos fracasado, se nos habían caído las pajas del sombrajo, eso fue.

¿A quién se le ocurre montar una sombrerería para vender por internet, en tiempos de crisis? Porque alguien lo tiene que decir, y seré yo: Nuestro pequeño y coqueto negocio iba de sombreros. Un género hermoso, hay que decirlo también, y no porque yo llevara el peso del diseño. Aun así había que ser ingenuos para pensar que una cosa tan fantasiosa pudiera haber funcionado…

Nos habíamos conocido en la escuela de diseño, él y yo, y aunque pudimos habernos apuntado a otros proyectos más sólidos, no lo hicimos. Queríamos montar lo nuestro, a nuestro estilo. Asistimos a su desmorone como otros compañeros, más allegados a la construcción, asistieron al suyo. Así que, bien pensado, la culpa no fue solo nuestra sino de las cosas que ya no funcionaban a nuestro alrededor. Quizás no lo perseguimos con suficiente tesón, nuestro sueño de diseño, y este nos alcanzó de lleno, como suele pasar.

Tampoco lo nuestro, como pareja, parecía marchar viento en popa y por eso se despegó de mí sin tapujos, como quien aparta una mosca molesta o una idea descabellada. Con la cabeza fría y los pies calentitos a casa de su mamá, así dio el paso Eduardo.

Para él fue más liviano el derrumbe, tenía adonde volver, pero yo no sabía ni dónde pernoctar esa noche cuando cerré la puerta de un portazo. Me encontré con la vecina de enfrente, una señora mayor pero coqueta, que bajaba la basura. Iba en bata y creo que le dio rabia toparse conmigo vestida de esa guisa. «¿Se va de viaje?», me preguntó sin deje alguno de ironía. Le expliqué que nos estábamos mudando. «¡Qué pena que se vayan! Le deseo suerte, joven», me dijo. «Falta me hace», pensé, y dejé atrás el edificio donde habíamos tenido nuestra morada y nuestro negocio y donde, a ratos, habíamos sido hasta felices.

Metí mi escaso equipaje en el maletero del coche. El automóvil era mi única pertenencia, el banco todavía no me lo había requisado. Pero tenía los días contados, de sobra sabía que, de ahora en adelante, ya no podría pagar la póliza del seguro, ni todas las puñetas que acarreaba. De hecho, ni siquiera tenía el depósito lleno, así que me dejaría tirada en cualquier momento. «Estoy colgada —pensé— y no sé cómo salir de esta». No quise hundirme ni regodearme, era urgente buscar un refugio para pasar esa noche y las siguientes, hasta que escampara. En el coche parado sentí frío. Eché mano de mi teléfono móvil que se iluminó al tacto y sentirlo vivo me pareció, en ese momento, el colmo de los lujos. ¿A quién pedir socorro? Llamé a un par de colegas, pero los pillé fuera de cobertura. «Estarán en el cine a estas horas o vete a saber…»

Entonces arranqué el coche y me fui a casa de mi hermana, pero antes le hice una llamada para avisarla. Sabía que me echaría una mano, pero no por mucho tiempo. Bastante tenía con bregar con lo suyo, ella y su marido en paro haciéndose cargo de dos niños… Cuando llegué, estaban todos acostados, menos ella que me esperaba en la sala con la tele apagada. La encontré muy desmejorada, hacía un par de meses que no nos habíamos visto y en ese tiempo sus ojeras se habían acentuado tanto que parecía que se las maquillara, a posta. Por lo demás era Susana, tan menuda como siempre con su aspecto juvenil, aunque quizás algo encorvada. A ella también le pareció que yo andaba muy de capa caída, según me dijo. Me dio una manta y me dijo que me acostara en el sofá, que ya nos arreglaríamos como fuera.

Antes, me calentó una taza de leche que rebajó con agua, «por si no queda para el desayuno», se justificó, y estuvimos cuchicheando en la cocina. «Ya te lo dije que ese tipo no era de fiar, se notaba a la legua que era un pijo», me dijo refiriéndose a Eduardo. Nunca le había gustado y ahora, al ver que había huido como un cobarde, el tiempo le daba la razón. «Tampoco podíamos quedarnos, nos iban a embargar cualquier día de estos», le dije, no por excusarlo, sino que era la pura verdad. «Ya sé, pero otro te habría llevado consigo a casa de su familia, ¿no?» «No creas que me hacía ninguna ilusión el irme con los suyos», le dije, y nos reímos un poco de su madre, que era una estirada. Nos fuimos a dormir, ella a su cuarto y yo a la sala. Tuve que recurrir al truco de calcular bobadas para que me entrara el sueño. Conté los días que habíamos durado mi novio y yo en el piso, con los sombreros a cuestas, y me salieron mil treinta y cuatro días con sus mil treinta y cuatro noches. En dos meses habríamos cumplido los tres años.

Durante aquellos días en el piso de mi hermana me di cuenta hasta qué punto la familia vivía en precario. Susana invertía toda su energía en sacar adelante a su pequeña tribu, yendo de aquí para allá, buscando alimentos, siempre los mismos —arroz, pastas y conservas— y recogiendo ropa para los chicos que no paraban de crecer, nadie sabía cómo. Carlos salía cada mañana a buscar trabajo y volvía a medio día abatido, y por las tardes, más de lo mismo. El tiempo se le había echado encima, como si una fiera lo hubiera pillado desprevenido y lo estuviera atacando por la espalda. Se estaba quedando calvo. Algunos días le daban bajones y se quedaba postrado en el sofá mirando al televisor apagado. Los tres comíamos en el comedor social del barrio, suerte que los niños tenían un plato asegurado en la cantina de la escuela. Todo escaseaba en la casa, cualquier cosa parecía de pronto un lujo: ducharse con agua caliente, el café de media tarde, unos rotuladores para la nena, zapatillas de deporte para el chico… Mi hermana apenas se quejaba: «Otros están peor, nosotros tenemos un techo», reconocía, y se aferraba a su techo con desesperación, pagando el alquiler religiosamente con lo que apenas quedaba para las demás facturas: el agua o la luz, pero nunca las dos. Había que elegir. El resto, se las ingeniaba para hacerlo surgir de la nada. Su actitud me parecía admirable, aunque no sé si se lo dije, creo que no. Ella era la mayor y siempre me llevó la delantera en todo, para mí era lo natural que se las apañara así de bien en cualquier situación. La serenidad de Susana, pese a todo, me llamaba la atención, pues siempre había sido nerviosa y yo no recordaba haberla visto tan entera, como de vuelta de todo. «Por la dieta sin proteínas —decía— ya ves, no hay mal que por bien no venga».

Ella nunca habría sospechado verse en esa tesitura, ni por descontado tampoco mi cuñado. Hasta entonces habían vivido bien, sin lujos pero sin estrecheces. De pronto, se habían visto sin trabajo, casi al mismo tiempo. A tomar por el saco la casa, casi pagada, por no poder hacer frente a la hipoteca. Ahora vivían de alquiler y lo que más les dolía era pasar cerca de la antigua vivienda cuando iban con el carrito a buscar alimentos a Cáritas. Pero Susana y Carlos eran una piña y por lo que pude ver no se achantaban, claro que tenían la responsabilidad de su prole. «Menos mal que no habéis tenido hijos», me decía Susana. «Sí, menos mal», admitía yo. «Hijos, no; pero sombreros, sí», pensaba para mis adentros.

Echaba de menos mis sombreros. Los prototipos que habíamos logrado confeccionar quedarían guardados en las cajas de cartón, que yo había decorado con primor.  «Entonces él, ¿de qué se encargaba?», me habría preguntado Susana. «De la parte administrativa», le habría respondido sin saber muy bien a qué me estaría refiriendo.

«Mejor te los llevas todos a casa, ¿qué te parece?», le había pedido a Eduardo. Y él pretextó que no tendría sitio, pero le sugerí dejarlos en el trastero de su madre y aceptó, a regañadientes. Ahora los echaba de menos a mis sombreros y pensaba que irían cogiendo polvo, a pesar de los envoltorios, y que pronto serían inservibles. Pena, me gustaban, sobre todo, la colección de otoño, para mi gusto la más lograda, la más estilosa.

Algunas tardes, yo ayudaba a mis sobrinos con sus tareas o pasábamos el rato haciendo casas de muñecas y otros chirimbolos con cajas de cartón, por entretenerlos y que se olvidaran de la merienda sin crema de cacao, que tanto echaban en falta. De paso, seguía fabricando cosas con las manos. A los niños les encantaban mis muñecas recortables y las viñetas que dibujábamos. La creatividad es lo bueno que tiene: Ni en época de vacas flacas te la pueden quitar de la cabeza. Por no perder la mano seguí haciendo sombreros: uno con el gorro de baño y algodones de colores para Lula y otro con plumas, para Ariel (que mi sobrino bautizó como su gorro de planear). Con restos de lanas tricoté gorras y boinas para todos, para que el invierno no nos enfriara los ánimos. También los hice de ganchillo para dormir previendo la ausencia de calefacción.

Naturalmente, me apunté a la oficina para buscar empleo, a la que fui con mi cuñado que se movía por el edificio como Pedro por su casa. Rellené mi ficha y esperé turno para que sellaran mi cartilla del paro y para solicitar un subsidio (que no me dieron por no tener cargas familiares). Pensé en decirle a la empleada que buscaba trabajo «en lo mío», pero me pareció una desfachatez y le dije que en cualquier cosa. Sí, tenía carné de conducir y vehículo propio; inglés, avanzado; ofimática, nivel usuaria; mi diploma de Artes y Oficios; cursillos de bailes de salón, de Pilates y hasta de feng shui; y un título de Corte y Confección que me había sacado a distancia. Disponibilidad inmediata, por supuesto. ¿Estaría dispuesta a desplazarse o a cambiar de residencia? ¡También! Me habría apuntado a un bombardeo… Nadie me llamó nunca por lo que ni siquiera pude poner en práctica los consejos que nos dieron en una charla sobre cómo afrontar una entrevista de trabajo. Me apunté a todos los cursos de formación, por adornar mi perfil.

Íbamos tirando, de milagro, pero sin duda era Carlos el más afectado, la casa se le venía literalmente encima, y tuvo que acudir al centro de salud donde le recetaron antidepresivos y ansiolíticos. No estaba acostumbrado a estarse de brazos cruzados y, aunque de natural manso, se estaba poniendo de los nervios. Sus hijos procuraban no molestarlo, intuyendo que el horno no estaba para bollos. Aquella temporada me ocupé mucho de ellos, llevándolos al parque o a cualquier actividad que hubiera por ahí, de las que hacen gratis.

Un día recibí un mensaje en el móvil, de Eduardo, de quien no había vuelto a saber nada desde nuestra ruptura. Quedamos en vernos, pero no se lo dije a Susana pues sabía de antemano cuál habría sido su reacción: «¿Qué quiere ahora, ese? ¡A buenas horas te llama!»

Lo encontré muy repuesto, hasta animado, y físicamente en forma. Me dijo que se había apuntado al gimnasio y que andaba muy activo por las redes. Desde luego era evidente que su madre lo cuidaba porque estaba hecho un brazo de mar. No sentí, sin embargo, ningún impulso hacia él, todo lo contrario. Me pareció verlo por primera vez como era, como tal vez siempre había sido aunque yo no me hubiera dado cuenta: un egocéntrico más pendiente de su ombligo que del resto.

«¿Qué era eso tan urgente?», le pregunté por salir del paso. «Necesito que recojas tus sombreros», me dijo. «Hemos hecho obras y mi madre ha cambiado los muebles del salón. Nos falta espacio en el trastero para meter los viejos —dijo— y tus sombrereras lo invaden todo». ¡Qué gracia, ahora eran «mis» sombreros, y estorbaban! Cierto que yo había puesto toda la carne en el asador y lo había llevado a cabo prácticamente sola. Yo los había dibujado, cortado, cosido y encolado, pero el proyecto Sin cabeza.com nos había pertenecido a los dos a partes iguales, o eso creía yo. Por lo visto no era así. ¿Qué habría pasado si la clientela se hubiera encaprichado de nuestras viseras o de nuestras pamelas de bodas? ¿También serían mi carga? Como no tuve ganas de entrar al trapo, le dije que me diera unos días hasta que encontrara dónde meterlos.

Cuando se lo comenté a mi hermana, esta salió de sus casillas, a pesar de la pachorra que últimamente demostraba (producto de la forzosa dieta de verduras medio podridas y de carbohidratos a tutiplén). Lo tildó de cretino, entre otras lindezas. De pronto interrumpió sus improperios y dijo que se le acababa de ocurrir una idea: «¿Sabes dónde puedes guardarlos, mientras tanto? ¡En el hórreo!», anunció triunfal como quien saca una paloma de la chistera. Después de su ocurrencia todavía se entretuvo un rato poniendo verde a mi ex, a quien le hizo cruz y raya para siempre.

Ese fin de semana nos fuimos de excursión al pueblo. El coche, después de tanto tiempo aparcado, tardó en arrancar, pero se portó. Pensamos que a los niños les sentaría bien un cambio de aires, un ver otro horizonte más allá de los raquíticos árboles de la ciudad. Hacía años que yo no iba a nuestra aldea, e imaginé que el hórreo —lo único que nos quedaba— estaría medio derruido. «Habrá que pedirle la llave a Maruja», me dijo mi hermana, siempre práctica. «No sabía ni que la tuviera», dije. «Mujer, alguien tiene que hacerse cargo de esas cosas, y quién mejor que ella».

Maruja, muy dispuesta, nos puso una merienda de chuparse los dedos. Tuvimos que contener a los nenes de no lamer los cuencos del arroz con leche. Después Ariel y Lula se quedaron jugando con unos gatitos, mientras los mayores fuimos a inspeccionar el hórreo.

El inmueble de madera, antes granero y despensa, estaba igual que la última vez que lo había visto, en vida de mis padres. Al menos por fuera… Por dentro estaba pistonudo, convertido en desván donde —con los tiempos— habíamos amontonado una mezcolanza de bártulos: aperos de labranza de cuando los abuelos recogían la yerba para el ganado, el baúl del bisabuelo que volvió de Cuba, cestos de todos los tamaños, palanganas, cacerolas rotas, una bacinilla, madreñas agujereadas, una maleta de cartón del tío que emigró a Alemania, el candil de la mina que había sido de mi padre, nuestras sillitas pintadas de azul donde nos sentábamos Susana y yo de pequeñas, un caballo de plástico tuerto, y un flotador deshinchado de cuando fuimos a la playa en Perlora. Ahí estaba encerrada parte de nuestra infancia y un muestrario de las fatigas de nuestros antepasados. Solo faltaban mis sombreros.

«Habrá que darle un buen repaso», dijo Carlos, y nos pusimos manos a la obra, apartando lo inservible porque estuviera apolillado y seleccionando lo que queríamos conservar. Le pedimos a Maruja una escoba y nos llenamos de polvo y telarañas hasta las cejas, pero al final del día lo habíamos adecentado y quedaba sitio de sobra para guardar, de momento, mis sombrereras.

A los pocos días volví con el coche cargado hasta los topes con las cajas cilíndricas. Cuando me despedí de Maruja, ella me volvió a cargar el maletero, esta vez de avellanas, patatas, berzas y chorizos. «Que lo de pueblo sabe mejor», dijo. «Maruja, si eso, la llave que la tenga mi hermana, por si vienen a dar una vuelta y, por casualidad, no estuvieras», le dije. «Di que sí, que hoy estamos aquí y mañana, allí», me dijo. «Oye, lleva también esta docena de huevos, que son de casa, pero vamos a envolverlos en papel de periódico para que no te lleguen en tortilla», me avisó. Al embalarlos, miré un titular, deformado por el volumen del huevo, en el que creí descifrar la palabra «interrupción» ¿o era «corrupción»?

Fue de regreso cuando lo decidí: emigraría. Las palabras de Maruja me resonaban: «hoy aquí y mañana allí»… ¿Por qué no irme al extranjero, qué sé yo, a Londres, a Suiza o a Canadá…? El mundo se me apareció como un lugar lleno de cabezas deseosas de ser coronadas por mis sombreros. Sin expectativas, yo sí que estaba perdiendo la cabeza. ¿Hasta cuándo me aguantaría así, dormida en los laureles, y qué laureles?

Largarme o sepultarme en el hórreo y tirar la llave al ortigal: esas eran las únicas expectativas que machaconamente se me planteaban mientras bajaba por la carretera tomando con cuidado las curvas. No lo dudé, me iría. ¿No se habían atrevido el bisabuelo y el tío, y en peores condiciones? Me palpé el bolso de la chaqueta para asegurarme de haber cogido la llave, y hasta la toqué con la mano izquierda, notando el frío del hierro. «Que no se me olvide dársela a Susana, a ver si me la llevo mundo adelante», pensé.

«Una boca menos», echaría cuentas mi hermana, sin embargo dolida por lo cutre de tener que contar hasta los puñados de garbanzos. «Las maletas te las hago yo con la gorra», parecía que la estaba viendo afanarse…

¿Fuga de cerebros? ¡Qué va!, mi cabeza está hueca —o llena de pájaros pero no de logaritmos— por lo tanto no suma. Total, ¿quién echará en falta un sombrero?

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