El retraso


Didier Sidibé arrastra su voluminosa maleta, que por suerte lleva ruedas, con desenvoltura. Dakar − París, con escala en Barcelona. Comprueba que su avión tiene unas horas de retraso. No se agobia, al contrario, le parece una oportunidad única para pasar unas horas en esta ciudad de la que hablan maravillas. La tentación de darse un garbeo es grande pero valora la situación, y calcula los gastos de consigna y taxis, así que, decide ser cauto y quedarse en el aeropuerto.
Antes que nada, busca los lavabos. Como no sabe español, agradece los iconos, no obstante, duda unos instantes, ambos son un poco andróginos. El baño es tan amplio que en él podrían vivir varias familias. Cómodamente. Está limpísimo. Reluciente. No se sienta en el retrete, sabe que también aquí hay enfermedades contagiosas. El chorro de la cisterna ruge como una pequeña catarata. Se lava las manos, cuidadosísimamente. Al enjabonarse se acuerda de su ayudante, siempre preocupada por la escasez de desinfectantes. Se lava la cara para despejarse. Se mira al espejo y, mojado, sonríe. Parece todo un señor con ese traje, el que siempre se pone en las ocasiones especiales, y este viaje, sin duda, lo es. Se seca las manos con unas generosas toallas de papel, que le ofrece el dispensario, y, al hacerlo, muestra las palmas de las manos sonrosadas, con las líneas del destino y del corazón muy marcadas. Duda si beber del grifo, y se convence, finalmente. En estas latitudes el agua es potable, por fuerza. Así que, haciendo un cuenco toma un sorbo. Lo hace con la mano derecha, que la izquierda está reservada a otros menesteres más impuros. Así lo quiso Alá, y así sea. El agua, sin embargo, no sabe rica, pero no contraerá ni el cólera ni la malaria. Piensa en la permanente y tenaz sequía de su tierra, en el agua siempre turbia y revuelta, siempre escasa. Sale, empujando la puerta con cierta dificultad por causa del volumen de su equipaje, que no se ha atrevido a dejar fuera, pues aquí, aunque parezcan ricos, también roban.
Se encamina hacia el panel informativo para cerciorarse, otra vez, del retraso. Consulta su reloj de pulsera para calcular la pausa. “París relayed” parpadea intermitentemente para advertir a los viajeros. Unos turistas franceses, visiblemente contrariados, comentan el contratiempo. Le gusta escuchar ese acento silbante y onomatopéyico, que le recuerda su época de estudiante en la Sorbona. En vano intenta comprender el porqué del permanente enfado de ese pueblo, que tiene garantizada la libertad, la igualdad y la fraternidad (además del agua corriente y los cruasanes). De hecho, este fue el indicio que le alertó de la profunda imperfección de aquel mundo cartesiano. Una flecha que le indicó el camino de vuelta a casa cuando, recién licenciado, optó por ayudar a los suyos, que lo necesitaban mucho más y que no habían olvidado el secreto de la sonrisa para agradecer sus desvelos. Cierto que el sueldo es ridículo y que malvive; los recursos, casi inexistentes; pero sentirse útil, la mejor recompensa.
Mientras deambula con su abultada carga observa a los demás, intentando averiguar sus procedencias. No le resulta fácil. Los occidentales le parecen muy parecidos entre sí, crispados y afligidos. Apresurados. Desalmados. Tristes.
El edificio, reconoce, es deslumbrante, con sus pavimentos lustrosos y sus enormes cristaleras. Todo tan pulido. Su imagen se refleja por doquier y capta muchas perspectivas de su propia imagen.
En la zona del centro comercial los escaparates ostentan artículos de regalo lujosos, prescindibles. Se entretiene en el kiosco, donde venden revistas y prensa, y un mundo de chucherías. Un niño manosea un horrible dinosaurio de plástico. Sidibé le sonríe por deformación profesional o por costumbre, pero él le hace una mueca torcida, enseñando una dentadura con ortodoncia. El doctor se pregunta para qué tanta corrección buco-dental si ni siquiera logran sonreír.
Busca una cabina para llamar a su hermano, informarle del retraso. No la encuentra, pero piensa que no tiene mucha importancia pues él sabrá esperarle. Son expertos en esperas y sobrados de esperanzas. Hace unos años ya que no se han visto, y le lleva regalos y muchos encargos de parte de toda la familia. Al pensar en Malik, en el abrazo que seguro se darán, Didier se estremece.
Entra en una perfumería atraído por el olor embriagante de las fragancias. Cientos de frascos, con sugerentes nombres franceses. No están a su alcance, por supuesto, pero le gustaría comprarle uno a Odile, su ayudante, que se lo merece tanto. Le compraría uno de esos que dicen “Eau”, ¡palabra mágica!
Desde los altavoces suena la canción del mundial de fútbol, la de Shakira, y Didier sonríe abiertamente al oír lo de “Waka-Waka”. Lo interpreta como un buen augurio, pues quiere decir que “tú puedes, que vas a ganar” −en el idioma universal africano, el swahili−, y piensa que su viaje con destino a París será un éxito, que Malik y los suyos estarán fantásticos, que conseguirá recaudar ayudas para la consulta, que sí, ¡que waka-waka!
Todavía le queda un buen rato (unas dos horas), así que busca un lugar tranquilo para echarse una siesta, costumbre que le resulta vital. Sale del recinto acristalado y accede a un patio donde la visión de unas palmeras le reconforta. Algunos viajeros, con aspecto desamparado y furtivo, fuman en torno a un gran cenicero. Busca un banco libre y se estira cuan largo es, la maleta a sus pies. El cielo está radiante y hace calor, casi bochorno. Pudiera caer una tormenta. Los zapatos le muerden los pies, así que se incorpora y se los quita. Se acuesta de nuevo, cierra los ojos y se duerme, plácidamente y a conciencia, la mano derecha sobre el corazón.
El Doctor Sidibé sueña con edificios de cristal, con dinosaurios que se comen palmeras, con manantiales de agua de colonia. Sueña que su alma es un insecto- palo. Y con la dulce Odile, que le sonríe mientras baila y lo hace incluso mejor que Shakira.
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