Té para dos


A Belanda y a mis compañeros/as del Programa 30.

(…) entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta pisábamos más despacio para no molestarnos.                        

                                                                                                                                                          Julio Cortázar

Al volver a casa, encontró una nota bajo la puerta. Escrita en inglés. Aunque su nivel era básico, la entendió. Era solo una frase. La firmaba Safic, pero no hubiera hecho falta. Era el único que le dejaba mensajes así. La frase decía que por favor lo llamara. Era urgente. Telegráfica.

Estela no lo hizo. Al menos, no en seguida. Primero, porque no tenía teléfono a mano. Segundo, por estar demasiado cansada para bajar los seis pisos y, peor, volver a subirlos. Además, venía del trabajo cuando la leyó, y le urgía, más que nada, darse una ducha; desmaquillarse; quitarse las plumas; y tomar una taza de té. Acaso, comer algo.

Cerró la puerta y dejó los artilugios del atrezo sobre una silla del recibidor. En el fregadero de la cocina se enjabonó las manos, y puso agua a hervir. Se quitó la ropa y comprobó que el calentador estuviera encendido. Se metió en la ducha y se restregó con estropajo de cáñamo. Lo más eficaz. Cerró los ojos para aclararse el pelo, rezando en silencio para que no se acabara el butano. La bullidora empezó a silbar. Se puso el albornoz y se recogió el pelo en un turbante. Su melena, antes tan rubia, se estaba tiñendo poco a poco de reflejos verdosos, por culpa del aerosol. Preparó el té y tostó unas rebanadas de pan, que comió con aceite. Un puñado de almendras y una naranja, de postre. El gato entró por la ventana que daba a la azotea, y se restregó contra sus piernas. Ella lo acarició, distraída, y le puso pienso en el bol. Cogió el libro de la mesita al lado de la cama. Solo tuvo que dar cuatro pasos. La casa era un cuarto. Buscó la página en la que se había quedado. De Boris Vian, la novela, La espuma de los días.

A pesar de la reconfortante taza de té caliente, tuvo un escalofrío por haberse quedado con la bata húmeda; el pelo, mojado. Anochecía despacio. Cerró la ventana y se dispuso a ponerse el pijama. Pero desistió. Pensándolo, tenía algo pendiente. Se vistió con el chándal raído, se calzó las bambas y se recogió el pelo con la pinza. El gato se acurrucó en su cojín. Él no tenía asuntos propios que resolver. Pilló unas monedas del bote de la recaudación que guardaba en la alacena, y bajó a la calle.

La palabra ‘urgente’ que remataba el mensaje la inquietaba, y corría el riesgo de desvelarse pensando qué habría querido decirle. ¿Firmar algún papel como otras veces? De ser así, lo anotaría en su agenda que era un cartel de una obra de teatro pegado en la pared, lleno de inscripciones y de tachones.

Para salir de dudas lo mejor era llamar, aunque a estas horas él estaría trabajando, pero le había dado el número del curro para estas eventualidades. Estela lo acababa de apuntar a bolígrafo en el dorso de la mano.

Atravesó el callejón y caminó hacia la plazoleta donde estaba la cabina telefónica. Por suerte, no había nadie llamando, lo que era bastante atípico porque era muy concurrida por los vecinos. Sobre todo, los forasteros, que llamaban y se pasaban horas hablando, a veces a voz en grito por saberse tan lejos de su tierra.

Entró y metió una moneda de cien. A quien le atendió la llamada preguntó por él. No se escuchaba bien. En el bar había ruido de fondo. Se lo tuvo que repetir y a la tercera el camarero pareció entenderla, aunque hubo confusión: cuando ella decía ‘Safic’, él lo traducía por ‘Mohamed’. Estela intentó deshacer el entuerto, pero él chilló que le pasaba con Mohamed, dejándola con la palabra en la boca. Al cabo de unos minutos, que se tragaron su moneda de cien pesetas, oyó su voz (por lo visto, allí, también era Mohamed).

—Hola. Soy Estela. Llamo por la nota.

—Escucha. Muy importante. Quieren dirección para papeles Es para saber, ¿pongo tu casa o mi casa?— le dijo en su castellano correcto aunque desprovisto de artículos; la voz entrecortada en el intento de hacerse entender a pesar del ruido ambiental y de sus dificultades idiomáticas.

Ella se quedó pensativa. Él la interpeló, temiendo que se hubiera cortado la comunicación. Estela le dijo que sí, que seguía ahí, y metió otra moneda porque de hecho estuvo en un tris de cortarse.

—No sé. Pon mi dirección. Creo que será mejor.

Volvió para casa y se acostó. No era tan urgente, solo papeleo. Siempre papeleo, pensó. Y al día siguiente ya se le había olvidado el incidente.

Una noche, Safic la estaba esperando apoyado en la persiana de un comercio. Estela tardó en reconocerlo, por culpa de la mala iluminación del callejón. Vio que se le acercaba un bulto y aceleró el paso por prudencia. Ya estaba metiendo la llave en la cerradura cuando él la llamó. Entonces, al oír su inconfundible voz, supo que era él.

“Tenían que hablar” fue lo que le dijo, excusándose por no haberla avisado de su visita.

Se vio obligada a pedirle que subiera por no tener esa conversación en plena calle. Recogiéndose el vestido de menina, demasiado ancho para poder pasar por la entrada, pasó con dificultad. Él la siguió sin hacer ningún comentario, y ella notó que estaba nervioso porque no le había dado la mano para saludarla, como era su costumbre.

Llegaron al sexto y ella suspiró para recobrar el aliento.

En casa, preparó té. Por ganar tiempo. “Siéntate”, le dijo. El gato se le subió al regazo y él lo acarició mientras ella trajinaba, tropezándose con los pocos muebles de la sala por culpa de su miriñaque. Sirvió el té, y se pusieron a fumar mientras el té reposaba, y él hacía acopio de valor para plantearle la cuestión.

Suspiró y le dijo que la policía empezaba a controlar. Era mejor hacer las cosas bien para no tener problemas. Tendrían que vivir juntos, un tiempo, hasta que se hiciera la inspección y comprobaran que eran pareja y compartían techo. La pregunta era, ¿en tu casa o en la mía?

Estela no dudó. Él vivía alejado del centro y además compartía piso con su tío y otros parientes, todos hombres, a los que ella apenas había visto un par de veces. El clan al completo, o casi. Faltaban las mujeres y sus niños.

Por su trabajo, no quería alejarse del barrio, coger el metro, disfrazada como iba cada día. No era plan. Como era su dirección, calle Quintana, número 7, la que figuraba en las últimas solicitudes que él mismo había rellenado, tampoco era caso de contradecirse. Razón de peso que les ahorró prolongar el dilema y que le evitó, a Estela, tener que imponer su criterio.

Apremiaba. Safic lo sabía de buena fuente. La cervecería en la que trabajaba, Los cuatro ratones colorados, estaba cerca de la comisaría de la Vía Layetana por lo que algunos policías recalaban ahí para el pincho. Hablaban más de la cuenta, a veces, sin percatarse de que en la barra había alguien con la oreja puesta. Esa mañana que comentaron lo de las inspecciones, le tocaba a Toni poner cañas, y se quedó con la copla. No era ningún chismoso, pero sabía lo del chanchullo de Safic, alias Mohamed. De seguida lo avisó.

Él, el Mojamé, no hubiera podido escucharlos porque no se le permitía salir a la sala, mientras no tuviera sus papeles en regla. Por si las moscas. Escondido en la cocina, peleándose con perolas y platos sucios, pelando cebollas y patatas, pasaba desapercibido.

Es verdad que por su físico no habría saltado la alarma. Aunque cetrino –pero no más que un murciano– no tenía rasgos orientales y su pelo no era lacio como el de la mayoría de sus paisanos, sino crespo. Caso de no abrir la boca, un español cualquier, eso parecía. Al hablar, su acento era marcado. Inequívoco.

“Al loro. Los de la pasma dijeron que harían visitas a domicilio para pillar in fraganti a los falsos matrimonios”, fue lo que le dijo, dejándolo sumido en tremenda inquietud. Dándole vueltas a lo de ‘in fraganti’ que no acabó de entender hasta que pilló a Toni en un descanso y se lo preguntó. El camarero le explicó que eso quería decir ‘con las manos en la masa’, lo que tampoco le aclaró mucho, pues se imaginó amasando la harina para las empanadas y los policías irrumpiendo en la cocina, y él poniendo pies en polvorosa y escapándose por la puerta trasera, esa por donde sacaban las basuras. Toni, entre bromas, se lo explicó mejor.

Claro que Safic no le contó a Estela la anécdota con detalles porque no habría sabido hacerlo. Pena. Ella se hubiera reído. Pero él solo era capaz de comunicar un mensaje con la rigidez de su castellano rudimentario. De momento.

Lo importante era que Estela comprendiera la gravedad de la situación. Dadas las circunstancias. No, no era un rumor. Tampoco una amenaza, sino una posibilidad con la que contaban cuando hicieron el trámite de la boda en el registro civil. No se podían llamar a engaño, estaban avisados. Pasa que lo que puede suceder, a veces sucede. Aunque lo sabemos, llegado el momento, nunca nos parece el oportuno. Se habían relajado. ¿Les ahorrarían el trance, por qué a ellos? ¡Tantas irregularidades que controlar en una ciudad tan grande, no repararían en ellos! Pero, ¿y sí…?

Hasta entonces los trámites legales se iban resolviendo con la lentitud propia de la burocracia. De vez en cuando, él la solicitaba para firmar algún documento –servicio que siempre le retribuía con dinero–; y después cada cual se iba por su camino. Cada mochuelo en su olivo y Dios –o Alá– en casa de todos. Eran esos breves y espaciados encuentros los únicos que se producían entre ellos. Luego cada uno se olvidaba de la existencia del otro, del compromiso adquirido (de derecho).

Estela conocía a otras parejas que estaban en el mismo intríngulis, y se daba cuenta de que compartían la misma sensación de irrealidad. De papel mojado. De impunidad. Nada malo podía haber en ese trueque, convenían. ¿Qué podían recriminarles? ¿Casarse por interés, no era lo que tantos venían haciendo, por unos lindes, por engordar un patrimonio y hasta por intereses diplomáticos? Esas uniones desparejas, ¿alguien las cuestionaba? (Viejos con chicas, casi chiquillas; bodas por poderes; personas incompatibles forzadas a guardar las apariencias ‘hasta que la muerte os separe’, como dicen los sacerdotes, etc.)

¿Falsedad documental? Sí, ese sería el delito. Porque había delito. Cuestionable, pero delito. Si contraer matrimonio era la unión voluntaria de dos personas, la definición respondía, literal, a lo que habían hecho. Otra cosa, distinta, que cumplieran con las obligaciones conyugales, pero eso, Estela lo relacionaba con el sacramento católico. No iba con ella. Vivían en un estado laico, ¿no? Habían convertido la soltería en un producto que decidían intercambiar. Unos, por dinero y otros, por derecho a residencia.

No era que ella tuviera escrúpulos morales, ¡tontería! Total, solo era prostitución burocrática. Escuchaba, y anotaba, esas justificaciones, esos argumentos, por si los necesitara en su defensa. Llegado el caso.

Había quien lo había hecho a cambio de nada, por solidaridad. Una colega de Estela se había casado con un senegalés porque sí. Sin cobrar nada a cambio, que él no tenía ni un duro. No era un caso aislado. Conocía algunos más.

Entre los compatriotas de Safic, en cambio, los arreglos se cumplían con dinero y con la mediación de gestores y de abogados.

También conocía a otras mujeres que, como ella, habían respondido a un anuncio de prensa y se habían presentado a la convocatoria pensando que era una prueba. Un castin. El despacho de un abogado, español. La primera pregunta: ¿casada? Para filtrar. Si la respuesta era no, soltaban el rollo, sino pasaban a la siguiente. Nadie obligaba a nada, también es verdad.

Cuando el paquistaní se fue, Estela se quedó dándole vueltas al forzado reajuste. Era una invasión a su vida privada, a su cuarto que no gustaba de compartir con nadie. A no ser el gato. “Tendré que proteger mi territorio, que no haya confusiones”, pensó. Al menos parecía que el gato no le daba repelús. Hasta lo había acariciado. Esa impresión la tranquilizó un poco y consiguió dormirse.

Safic también meditó de camino al piso de Besós, sentado en el vagón del metro.

Nunca había compartido espacio con ningún español, a no ser con sus colegas del trabajo, esas interminables horas en la cocina grasienta con cena incluida. Excepto eso, no tenía idea de nuestras costumbres ni de nuestros modales. Siempre había vivido en familia, y la suya era una tribu numerosa regida por normas musulmanas.

Su tío lo riñó por no haberla convencido. Era ella quien debía instalarse en el piso de la

Gran Vía, y no viceversa. “Mal empiezas si no sabes mandarla”, sentenció.

Le recordó que, aparte de toda esa historia rocambolesca de la boda blanca, era un hombre comprometido que, no tardando, se casaría –esta vez de verdad– con una chica que ya bordaba el ajuar. La chavala le había enviado su foto, lo único que tenía de ella. Vestida y maqueada para la ocasión, cuando la pedida se hizo oficial, así estaba en la fotografía que su tío había enmarcado. A Safic le parecía una muñeca folklórica. No sabría decir si guapa. En la foto, lo parecía. ¿O solo fotogénica? Los fotógrafos de su país, además, los retocaban tanto, esos retratos, que al final eran poco fiables. Tampoco era esa cuestión, que tuviera belleza, la más importante. ¿Se gustarían o solo se soportarían? ¿Conseguiría adaptarse al ritmo occidental? Esas dudas lo acechaban en las raras ocasiones en que pensaba en ello, en su auténtica boda. De habérsela topado en el bazar de su tío tal vez ni la hubiera reconocido.

Al día siguiente, se mudó a la buhardilla del callejón.

Llevaba poco equipaje, su vida cabía en una bolsa de deporte. Práctico, teniendo en cuenta las dimensiones de la vivienda, unos treinta metros cuadrados distribuidos en una sola pieza en la que se comía, se dormía, se leía y se soñaba, o lo que fuera. Solo el lavabo estaba en un aparte. Y, por supuesto, la terraza. Lo mejor de la casa.

Esa mañana, la del traslado, se sentaron en la mesa redonda y con un té debatieron y pactaron las condiciones de la forzosa convivencia de marido y mujer.

No tendrían por qué coincidir, sus horarios eran dispares. Safic entraba para dar el servicio del mediodía y se quedaba hasta tarde, las doce o la una de la noche. A veces, más. Estela salía temprano para pillar sitio y trabajaba hasta el atardecer.

Los primeros días, anduvieron con pies de plomo, alertas para no confundirse.

Estela, acostumbrada a vivir sola con el gato, debía adecuar su rutina al cambio. Un nuevo personaje, como quien dice, se le había colado en el escenario. Se lo tomó como un ensayo de teatro, eso de convivir con un extraño.

Safic procuraba no molestar. Con eso se conformaba. Para él fue un alivio comprobar que ella no comía cerdo ni tomaba cerveza, al menos no lo hacía a todas horas como le habían contado que hacían los cristianos.

Fabricaron un biombo, con grandes cajas de cartón, de las que dejaban en frente de la tienda de electrodomésticos, para preservar cierta intimidad.

Él dormía en una improvisada cama a ras del suelo. La colchoneta que, antes, ella utilizaba para sus ejercicios de yoga. Al madrugar más, ella tenía que saltar por encima del camastro para llegar al baño. Literalmente. Por suerte él tenía el sueño profundo y seguía dormido, inmóvil como una estatua de madera, los brazos cruzados sobre el pecho, mientras ella se acicalaba para salir.

Cuando regresaba de las Ramblas, él ya no estaba.

Por las noches, cuando él volvía del bar, ella dormía, o hacía ver que lo hacía, y él se movía, sigiloso como el gato, para no incordiarla.

Estela se las arregló para presentárselo a la vecina del tercero, la más curiosa de la finca.

“No sabía que tuvieras novio, como siempre te veo sola. Te lo tenías bien callado,

¿eh?”, le espetó la mujer. Estela le contestó cuatro vaguedades.

Ventilar así su vida privada era algo contrario a su carácter, pero le pareció la mejor manera de difundirlo. En boca de su vecina, evitaba tener que hacerlo puerta a puerta.

Seguro que la mujer se encargaría de transmitir la noticia a los demás vecinos. “¿Sabes que la chica de arriba se nos ha casado”, diría. “¡Con un moro! Pero parece buen chico, ¿eh?, que yo no tengo nada contra esa gente, que hay de todo. Como en botica”, y blablablá.

Buena idea, su ocurrencia, pues a los pocos días la señora salió a su encuentro en el rellano. Lo hizo tan de sopetón que se notó que la estaba aguardando.

—¡Hola, maja! ¿Qué tal?

—Bien, ¿y Usted?

—Ah, hija, no me puedo quejar. Oye, escucha una cosa, han venido a preguntar por vosotros. ¿No estaréis metidos en algún lío?

—¿Nosotros? ¡Qué va! ¿Quién ha preguntado?

—Unos señores. Querían saber si vivías sola. Y eso ¿por qué lo quieren saber?, les pregunté yo, porque, claro, no los conocía de nada, y como pasan tantas cosas… Entonces me enseñaron la placa. De la policía. Pero ellos venían de paisanos. Me asusté, la verdad. ¿Ha pasado algo?, les pregunté. Ellos me dijeron que no, que estuviera tranquila. Una inspección de rutina, lo llamaron. Que si vivías sola o acompañada, eso era lo que querían que les dijera. Mira, chica, un compromiso, porque no sabía qué tenía que decirles, como tu chico es moro pues me daba cosa por si no está legal o algo. Por otra parte, mentir, qué quieres que te diga, no me apetecía… Chica, me acobardaron. Les dije que estabas casada y que él parecía buena persona. Y trabajador. Ay, pero llevo todo el día rumiándolo. No sé si hice bien o si metí la pata.

—Estese tranquila, Teresa. Usted hizo lo que tenía que hacer: decirles la verdad. Ellos hacen su trabajo, tienen que saber, ¿no cree? Será cosa de los papeles de mi marido, que los está arreglando…

Después de alargar un poco la conversación con otros comentarios, que si la primavera venía tardía, que si le dolían las piernas por el reuma, culpa de la humedad, que si la vida estaba tan carísima, que si esto, que si aquello, Estela se despidió de la comadre y subió los tres pisos con la conciencia aligerada. Su estrategia había funcionado.

Pronto su vida volvería a la normalidad, o eso esperaba.

La visita de la policía era una señal. No había que confiarse, ¿volvieran para hacer una inspección más rigurosa? Tendría que hablar con Safic. Sin falta.

Esa noche lo esperó despierta, y se lo contó todo. Le explicó quién era la señora Teresa y el rol que podría llegar a desempeñar en el embrollo. Le recomendó que se mostrara amable con ella. “Si te la encuentras y va con el carrito de la compra, ofrécele tu ayuda. Es muy sensible a esos detalles”, le aconsejó.

Safic tomó nota y a la primera ocasión que se le presentó le brindó su ayuda, y hasta le aguantó un momento de cháchara. Caballero, él.

Teresa, siempre al tanto de las idas y venidas de los demás, hizo coincidir sus salidas al mercado con el momento en el que el chico marchaba al mediodía. Si no le tocaba bajarle el carro vacío, le tocaba subírselo cargado. La señora, encantada. “Qué hombre más guapo y ¡tan atento! Pena que sea moro”, pensaba.

Los lunes tenían fiesta; día de descanso en el bar para él y el que ella normalmente se tomaba libre; el único de la semana en el que coincidían.

Las primeras semanas, después de hacer juntos el zafarrancho de la limpieza, se dispersaron cada cual a sus asuntos.

En cuanto Teresa los puso al tanto de su plática con la policía, acordaron quedar para ensayar.

Escribió una especie de guión con todas posibles preguntas a las que tendrían que responder sin errores. Se había asesorado con una amiga que ya había pasado por ese interrogatorio. Como aficionada al teatro que era, se metió de lleno en el papel.

Un cuestionario en el que no faltaba detalle. Hasta el más insignificante. Datos personales, entorno familiar, descripción de perfiles, itinerario vital y profesional, gustos y preferencias, manías y fobias. Todo lo que se supone que debemos saber de nuestra pareja. Supuestos.

Lo rellenaron. Lo estudiaron. Ensayaron.

—A ver, ¿cuándo es mi cumpleaños?

—20 de mayo, tauro. Ahora, tú. ¿Cuántos hermanos tengo?

—Cinco. Tú eres el segundo y las demás son todas chicas.

—¿Tengo alguna cicatriz?

—Sí, tienes una en la pierna derecha que te has hecho jugando con una navaja. Ahora, a ti. ¿Cómo se llaman mis dos hermanos?

—Miguel y Serafín. Están casados y tienes cuatro…

—¡Sobrinos! Bien. ¿A qué le tengo pánico?

—A las arañas. ¿Cómo se llama mi madre?

—¿Era Leila? Ay, espera, ¡no! Esa es tu hermana mayor… Así hasta que se lo supieron al dedillo. Sin fallos.

Él, con tanto ensayo y tanta simulación, estaba perfeccionando su español. Ella mejoraba su inglés con palabras sueltas y expresiones que él utilizaba para traducir lo que no conseguía entender a la primera.

Fabularon la historia del encuentro. También. Decidieron que había sido en Londres, en la primavera del 91, fecha en la que ambos habían coincidido en la ciudad aunque, naturalmente, sin llegar a encontrarse. Lo supieron al hojear sendos pasaportes y comprobar la casualidad de que estuvieran sellados en la misma fecha y en el mismo lugar. Quién sabe si se habrían cruzado, sin mirarse siquiera. Él, tan clásico, y ella, algo punki; él, en casa de parientes; ella, haciendo camas en un hotel. Allí habría surgido el amor, relación que habían mantenido a distancia, hasta reunirse, aquí, en Barcelona.

Se decía que la policía podía hacer preguntas íntimas para comprobar que había vida conyugal. ¿Leyenda urbana? Por si acaso, se contaron las pecas y los lunares de los sitios más íntimos.

Ella le habló de su mancha de nacimiento, una estrella roja tatuada en la espalda, extraño antojo de su madre que acaso no sabía que las estrellas de mar no son comestibles. También le reveló un secreto que la acomplejaba: tenía seis dedos en los pies. Hasta en verano usaba calzado cerrado o se veía obligada a llevar calcetines con las sandalias como los guiris.

Él, a no ser la cicatriz, no parecía tener taras. O no las dijo.

Entre ensayo y confidencia descubrían con asombro que tenían cosas en común. Más de lo que hubieran sospechado. A primera vista, eran polos opuestos. Blanco y negro.

Pero profundizando encontraban más semejanzas que diferencias.

El té, más que nada, los había unido. Adictos a esa bebida, la compartían con cualquier excusa. Safic solía prepararlo con leche y canela. Estela, depende. Solo, con limón, al estilo moruno. Pero siempre té. Alrededor de la mesa redonda. En la azotea. Té para ensayar. Té para conversar. Contra el frío. A veces, contra el tedio.

Con el gato no hubo problemas, como ella había intuido. Safic que ya lo tenía medio camelado acabó de conquistarlo trayéndole raspas de pescado del bar. También a Estela le traía fiambreras repletas de ensaladilla o de tortilla. Ella se desentendió de la cocina que no era su punto fuerte. Los lunes, días de ensayo, él preparaba sus arroces especiados y ella, a veces, su tarta de queso. Por cortesía. El té no fallaba.

Una noche que habían salido a pasear se encontraron una alfombra tirada al pie de un contenedor del callejón. La subieron a casa –estaba como nueva– y cubrieron el suelo de la terraza donde cada vez hacían más vida por la primavera que se estaba instalando de lleno en la ciudad. “Así, me recuerda a mi casa, en Rawalpindi”, dijo Safic entornando los ojos. Estela sacó el radiocasete y puso un poco de música, bajito porque era tarde.

—Me gusta esa música.

—Es Camarón. http://youtu.be/9Ry2dC4OYrw

—Ahora, te pongo. De mi país. A ver si te gusta.

Sacó una cinta de su bolso y le puso, un tanto expectante, “si no te gusta, me lo dices”. http://youtu.be/obw_uThmtF4  A Estela le encantó, y se la pidió para sus sesiones de meditación. Él le dijo que se la quedara para siempre, y sirvió el té.

Pasaron las semanas y llegaban los pegajosos calores del verano.

Un día, llegó la carta con la citación. Confirmada la validez del matrimonio, quedaban pendientes un par de firmas para que le dieran, por fin, la residencia.

La inspección domiciliaria, que tanto habían temido, no tendría lugar, certificada la convivencia quien sabe si gracias a la providencial ayuda de Teresa, tan dada al parloteo, o por haber representado la función de manera impecable, la de una pareja bien avenida. Sin encontrarse, o casi, pero sin encontronazos.

Tocaba despedirse. Hicieron el ritual del té. Intercambiaron regalos. Un traje de seda, típico del Pakistán, para Estela que, a su vez, le había comprado una camiseta con ‘I love BCN’. “Para andar por casa”, dijeron a la vez. Hubo risas.

Cobró la segunda parte del trato, una suma considerable, suficiente para dar un giro a su vida. Se dieron el único abrazo.

Su proyecto: abrir un salón de té. Ya no, más bolos. No volvería a disfrazarse de estatua, ni duende ni menina. Tantas horas, inmóvil; a la intemperie, con frío o con calor; dependiendo de la generosidad de los transeúntes, o de sus impertinencias. Todo eso, agua pasada. El maquillaje, un mal sueño. Contar las monedas y hacer cábalas para pagar gastos, ¡nunca más!

Su última actuación fue contarle a la vecina los porqués de la separación. La pobre

Teresa no se lo quería creer. “Hacías tan buena pareja”, dijo. Diferencias culturales, esa fue la explicación. Algo había que decir.

http://youtu.be/AmlfxY17Y7Y  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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