La taza rota


 

  • Tinta chida me incita a pelearme con la escritura

    (…) ESCRITURA PELIGROSA: ESCRIBE DE LO QUE TE DUELE, DE LO QUE TE HACE HUMANO

    PASO UNO

    Conéctate con un momento de tu vida después del cual no fuiste el mismo. Túmbate en el piso, cierra los ojos y con la llave recién encontrada abre el candado de tu dolor. No lo pienses. Siéntelo. No lo analices. Deja que el dolor o el amor o lo que haya sido, te sacuda las células sabroso.

    PASO DOS

    Con ese ardorcito a flor de piel, con esa huella fresquita en tu sistema nervioso, pon en un cronómetro 15 minutos y empieza a escribir. ¡Sin pensar! Sólo trayendo al presente la aparición de tu recuerdo.

    PASO TRES

    No te claves en la veracidad de los hechos. Si no estás seguro de algo, si no te acuerdas bien, no te tientes el corazón e invéntalo todo. Si a ti te duele un chingo pero piensas que al decirlo no transmite la fuerza de lo que sientes, exagéralo, ínflalo, píntalo hasta que retrate el nivel verdadero de tu sentir. Altera la trama. Métele más tensión. Usa todo los recursos para que con tus mentiras alcances el nivel emocional de tu recuerdo.

    PASO CUATRO

    Métele mano. Edita. Corta. Pega. Exagera más, si quieres. Métele más acción, si hace falta. Mándalo a la luna o a Marte o al fondo de la tierra; vuélvelo fantástico, de ciencia ficción o costumbrista, no importa, sólo asegúrate de que el nudo emocional, tu visión original, siga ahí: más clara y ardiente que nunca.

    RÓLALO

    Los invito a compartir, al que se atreva, sus Escritos Peligrosos. Única regla: ¡No se pasen de verga con los comentarios! Para compartir este tipo de escritos se necesitan muchos huevos y ovarios; si alguien se pasa de lanza y pone algún comentario mamón o manchado, lo voy a mandar directito a la verga, o sea, voy a borrar su comentario y añadirlo a la lista de no deseables de la Tinta Chida. La vez anterior en el artículo de Bradbury hasta me dijeron que el inconsciente del tipo que escribió el artículo estaba muy chafa. No hay pedo, yo aguanto vara, pero nomás no se metan con el resto de la banda Tinta Chidera, que ahí si me esponjo.

    (Cualquier coincidencia con la realidad es la puta verdad.)

    Era viernes 29 de enero cuando a las siete de la mañana me despertó mi hijo y me dijo: Mamá, ¡levántate!, hay dos cosas muy raras: una que papá no fue a trabajar y la segunda que no se despierta. Me levanté del tirón y busqué mis zapatillas tanteando las baldosas frías. Solo veía su silueta, larga y flaca, en el marco de la puerta, no su cara. El tono no era broma. Que mi marido no hubiera bajado a la mina fue lo que más me extrañó; nunca faltaba al tajo.

    Stanislaw yacía en la butaca. Le noté el rigor mortis, a punto de caerse. Está muerto, debí de decir. Nada de histeria, por el niño, recuerdo que me ordené. Sí, no te lo quise decir de sopetón, pero le puse un espejo y no hizo vaho, me dijo, señalando un espejito azul encima de la mesa donde también estaba el café entamado, un cenicero y un paquete de cigarrillos. (Cuánta capacidad de reacción tienen estos chavales de hoy, pensaría después, a mí ni se me hubiera ocurrido.)

    Apagué el televisor. Daban noticias de los enfrentamientos de Ucrania.

    Corrí hacia el teléfono y a la desesperada llamé a emergencias.

    Me avasallaron con preguntas y datos y que por favor deletreara el apellido de mi esposo, que es polaco y yo sé que es como dejar caer una mano en el teclado y que te salgan todas las zetas y doblesuves pero, por dios venga ya.

    Sobre todo, no pierdas el control, me dije. Por el niño.

    No sé cuánto tardaron los de la ambulancia y los médicos y los policías. Entre tanto yo dando órdenes de sargento: ahora nos vestimos, rápido; recogemos las habitaciones; cuando lleguen, tú saca al perro.

    El chico obedecía como un autómata, él tan remolón. Rocky estaba acurrucado cerca del amo. Llamaron al timbre y empezaron a desfilar por el pasillo. Yo quise decirle a mi hijo que se despidiera de su padre, pero ya no hubo ocasión: la casa estaba tomada, y ya ellos lo tumbaron y lo chequearon, y yo corrí la cortina por no verlo y mi hijo se fue con el perro a la calle. Un enfermero me dijo: no hay nada que hacer.

    Entonces les pedí que se fueran al cuarto de al lado por encender una vela. Hubiera querido un poco de silencio, el alma no es cualquier cosa, pero ellos como si nada, a vueltas con sus cacharros, sí, ouarg, policía local, ouarg, positivo, un difunto, en domicilio. Casi grité, pero me contuve. Tampoco lloré; tan solos, ahora que él nos había dejado al niño y a mí, mejor no mostrar debilidad.

    Le abrí la ventana por si podía aprovecharse mientras ellos charlaban y escaparse. Amanecía.

    La jueza dice que habrá que hacerle autopsia. Protesté. El protocolo, dijeron, y supe que Staszek ya no era nada mío… Intenté calzarle una zapatilla que se le habría caído al manipularlo. Ni me dejaron. No hace falta, señora. Y así descalzo se lo llevaron, con aquella helada.

    Entretanto vino el de la funeraria, y yo tuve que preparar café por no desfallecer. Incapaz si no de rellenar los formularios. Me temblaban tanto las manos que se me cayó la taza y se rompió. Al recoger los trozos de loza supe que barría mi corazón roto.

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      Laura. Ya lo leí. No manches. Si que es escritura peligrosa. Gracias por compartir el dolor. Por supuesto que pude sentirlo. Además de que narras muy bien, sientes. Lo que más me dolió, que supongo que tiene que ver con mi historia, es ese querer que haya silencio, ese querer despedirse cuando la casa está tomada, y todavía mucho más, me metí en los zapatos del chico y en cómo se sentía ahí solo afuera, sacando al perro mientras los demás despachaban el asunto… por ahí, creo que, estrictamente hablando de literatura, sería una gran oportunidad explorar este texto con el hijo como narrador… me impactó una cosa tan común como sacar al perro en medio de la tormenta.

      Abrazos fuertes.

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        Alejandro, quien sabe escribir, como tú, también sabe leer y, si hace falta, ponerse en los zapatos de un crío.
        La clave narrativa que me sugieres es la que andaba buscando.
        Mil gracias por estar ahí.
        (Estos días me peleo con Scrivener, otra de vuestras recomendaciones. Creo que me ayudará, cuando lo controle.)
        Bueno, dejémonos de chingadas (como decís) y café para todos, que sin café no somos naide.

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