Leen mucho, poco o nada


Cada poco salen noticias sobre lo poco que se lee en España. La media siempre algo por debajo de la europea, las mujeres más lectoras que los hombres y el papel antes que el lector electrónico son, a grandes rasgos, las conclusiones de estos informes centrados en nuestros hábitos de lectura.

No entraré en valoraciones. (Obvio, preferiría un país más lector.)

Sí me gustaría analizar algunas razones del porqué nos cuesta tanto leer.

La lectura quiere silencio, busca el  aislamiento y precisa de soledad. Y este país, tan ruidoso, tan de tirarnos a la calle (nuestro clima lo favorece) y tan tendentes a lo gregario, no es país para lectores.

Sin embargo, detecto otras razones más allá del entorno. Algo de lo que quiero hablaros.

En nuestro sistema educativo los niños estudian con libros de texto durante toda la etapa escolar, desde primero de primaria hasta el final de la educación secundaria obligatoria y, si continúan, hasta acabar el bachillerato.

Son los padres los que tienen que comprar los libros, al empezar el nuevo curso, allá por septiembre.

Como la lista es larga, pues son muchas las materias, y los libros no son baratos —sino que son ediciones a todo color con fotos, dibujos, gráficos, fichas y cedés—, el desembolso es importante. Los padres se rascan el bolsillo y se quejan. (En Cataluña, entre otras comunidades, se va imponiendo el hábito de socializarlos, es decir, alquilarlos en vez de comprarlos, lo que resulta más económico y sostenible, pero conlleva otros inconvenientes: obliga a los padres a supervisar el cuidado de los libros prestados, y al final de la escolaridad los chicos no tienen libros.)

¡Encima toca forrarlos! Los críos, fuera de onda después de casi tres meses de vacaciones, lo perciben: los libros son un rollo que ponen de mal humor a los padres.

Por si fuera poco, pesan una barbaridad, lastre que sufren sus espaldas cuando los acarretan cada mañana-tarde en las mochilas. Los libros son tochos que pesan como piedras, siguen anotando esas mentes inocentes.

Algunos pensaréis que este método no es exclusivo de España, pero os extrañaría saber que sí lo es. Al menos en muchos países europeos, y no hablaré de la excelencia pedagógica finlandesa que desconozco pero intuyo sobrevalorada —¿cómo, si no, apenas destacan talentos fineses?—, los chavales estudian sin libros de texto, si acaso un diccionario y un atlas. Poco más. Sí, casi como nuestros abuelos que aprendían las cuatro reglas con la Enciclopedia Álvarez.

Yo, que estudié en Bruselas, puedo aseguraros que nunca tuve que cargar la cartera con libros. En clase, íbamos confeccionando nuestros propios apuntes, copiando textos en las libretas y pegando cosas que recortábamos al más puro estilo scrapbook, ahora de moda. Nos recomendaban un diccionario, y cada aula disponía de su pequeña biblioteca con libros, algo usados, compartidos. A final del curso, entregaban un libro, de cuentos o de divulgación, a los alumnos más destacados. Como premio. Así los niños identificábamos libro con acto creativo, hecho con tus propias manos, y con regalo, eso que recibes por tu buen rendimiento.

Hace poco, lo consulté con mi sobrina, que estudia en un liceo de París, pensando que, tal vez, ese sistema habría cambiado con los años. Pues no. Me dijo que en septiembre solo tenían que comprarle un par de libretas. ¿Y libros?, le dije. “Solo el diccionario de francés, y el de inglés, que los tienes para siempre. De vez en cuando, en clase de lengua y literatura, leemos algún libro, cuentos, novela o poesía. Nada más.”

Sé de otros países donde también funcionan así, por ejemplo en Polonia.

Comprendo que los libros de texto les facilitan la tarea a los maestros, imponiendo una rutina diaria que consiste en abrir el libro de la materia que toque; explicar el tema conforme viene en el libro, bien masticado; hacer las actividades al final de cada tema; mandar otras fichas como deberes para casa; corregirlas al día siguiente. Todo sin moverse del libro. Sin tijeras ni pegamento, sin borrones (¡en el libro se escribe a lápiz!)

Cada capítulo tan prolíjamente ilustrado que muchos de estos libros son una gozada, para nuestros ojos adultos, no para los críos que los consideran, no sin razón, su herramienta de trabajo —o de tortura, si no son buenos estudiantes—, asociando el objeto “libro” con el concepto “obligación”. (Si, además, sus libros del cole son los únicos libros que entran en casa, en un futuro les será más difícil deshacer la falacia.)

Me hago cargo de las ganancias que estos libros de texto generan en la industria editorial, intereses seriamente afectados si se eliminaran esas ventas, llevando a la ruina a muchas librerías de barrio. Por eso sé que sería un despropósito, hacerlo a la tremenda.

Cuando llegan a la secundaria, los intentos de fomento a la lectura recaen sobre las áreas de lengua y literatura en forma de lecturas obligadas. ¡Otro error garrafal! Aunque con la mejor intención, me temo que estas lecturas recomendadas lo único que consiguen es aburrir y hasta disuadir.

Los chavales deben leer, se entiende, pero sin esa presión de tener que demostrar que sí han leído la obra. Debería ser algo más natural: leer en clase, en voz alta; asignar ratos de lectura; dejar un margen de libertad para escoger el libro; dar opción a saltarse un examen canjeando, por ejemplo, prueba por lectura… Qué sé yo, cualquier invento más allá de redactar ficha técnica, resumen de cada capítulo, retrato de personajes, y todo ese rollo que a ellos, que están en otra onda más inmediata, les aburre mortalmente.

Además, sería urgente adecuar el tipo de lectura al momento vital que les toca, para que comprendan que leer ayuda y hasta te saca del atolladero, si hace falta.

Sobre el fomento a la lectura, me hizo gracia el artículo de Alejandro Gándara Prohibido leer, del que copio un extracto. (A leer con muchas comillas, no al pié de la letra…)

“Creo que si las autoridades y los poderes tuvieran la más mínima intención de promover la lectura, prohibirían los libros. Por alguna razón, el producto encuadernado e impreso no disfruta de las ventajas de la proscripción, capaz de multiplicar aquello mismo que repudia (léase drogas, tabaco, infracciones de tráfico, botellones, etc.). Prohibir engendra expansión. Se realza el objeto, se le recubre de secreto, se le inocula esa dosis de peligro sin la cual la mercancía no fluye suave y ampliamente por la civilización de la libertad de consumo. La condnación es la publicidad de nuestro tiempo y, junto al castigo que apareja, el estímulo del deseo.

En cambio, el libro goza de toda la peste de lo anodino. Sometido al imperio de las buenas intenciones y consagrado oficialmente como un bien, no deja de comportarse como una de esas abstracciones huecas e incumplidas que el ciudadano acepta, pero en las que no cree: justicia, solidaridad, libertad, igualdad de oportunidades, distribución de la riqueza…”

Por descontado, no puedo olvidar la mención de ese impuesto, el dichoso IVA, grabado sobre lo cultural, libros incluidos, disparando su precio. Este plus afecta, sobre todo, al comercio librero. Por lo demás, las bibliotecas públicas brindan la posibilidad de leer en préstamo, algo que, si eres lector empedernido, agradecerás a pesar de que los fondos disponibles no están muy actualizados.

Por último, parece que a los españoles nos han tomado por conejillos de Indias por nuestra docilidad al adoptar cualquier moda, compra compulsiva de cachivaches varios; un estar a la última que nos debe de restar tiempo, dinero y energías que bien podríamos gastar leyendo. Pero somos así… No hay pueblo perfecto.

¿Y a ti, te han preguntado si lees mucho, poco o nada?

Presupongo que no formas parte de ese 42,3% que no le gusta o no le interesa leer; tampoco del 36,1% que reconoce no leer casi nunca o nunca. Me extrañaría que el tuyo fuera el sector del 40,7%, de los que aseguran haber leído solo dos libros el último año…

Si no me equivoco, formas parte del 28,6% que sí lee todos o casi todos los días (?), así que te dejo el enlace de mi última novela, Un mono en la despensa, por sí.

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