La condición animal


No soy muy de leer cuentos, creo que los únicos que me gustan de verdad son los que escribió Cortázar. Y los que contaba mi güelu. Pero ellos  ya no están, ni Julio ni Manuel…

Sin embargo, a veces, me da por leer relatos cortos, ya sea porque no quiero enfrascarme en una novela, ya por equivocación, como me pasó con La condición animal.

Supe del libro por una entrevista de la radio que le hacían a su autora, Valeria Correa. (Debí de pillar la charla ya entamada por lo que no entendí que eran relatos. De todas formas no me arrepiento del malentendido pues el libro bien vale una lectura.)

Presentaban a Valeria Correa Fiz como a una escritora prometedora y a La condición animal como primera obra publicada. No exageraban en lo de promesa.

Apunté el título en la pizarra donde escribo la lista de la compra —estaba cacharreando por la cocina, mientras de fondo parloteaban en la radio—, por lo sugerente del título, ese tema de la condición animal; por la voz de la escritora con deje argentino pero ya lejano y medio trotado (se ve que vivió en Miami, Milán y Madrid, además de Rosario, su ciudad natal); y, más que nada, por su tono, que me pareció desprovisto de pretensiones. Dijo algo como que ella había escrito sobre ese tema porque había visto cosas desagradables y brutales, por su profesión, y quiso escribir sobre ellas. A mí me sonó como alguien intentando sacar demonios fuera, no tanto propios, como maldades y asquerosidades que haya tenido que presenciar… Me dio morbo.

“Igual lo pillo”, pensé. Lo busqué en el catálogo de la editorial, Páginas de espuma y me lo regalé en digital. El hecho de que fuera primera obra publicada aún me atraía más. Sí, estos últimos tiempos me apetecen las primeras publicaciones, sean de noveles o de autores más conocidos, como si las encontrara más auténticas, aunque quizás más torpes y desaliñadas. En obras venideras y bien asentadas, detecto la labor del corrector de estilo, ese pulido que las hace perfectas, pero que a mí me estorba, como el barniz o el marco de un cuadro. Bah, manías mías de lectora enfermiza y voraz. Ni caso.

Me costó un par de días transferir el libro a mi lector; no sé qué pasaba… Algo relacionado con un DRM que no tenía, en fin, nones tecnológicos que no vienen al caso, ¿o era que todavía no me tocaba leerlo?

La noche del jueves, por fin,  lo tuve parpadeante en mi lector. Me acosté pronto con intención de leerlo. Lo devoré, como suelo hacer con las lecturas que logran captarme desde el principio.

Los primeros relatos me parecieron desde luego “perturbadores”, como anunciaba la reseña de la Editorial Páginas de espuma, al presentarnos a su escritora novel del año. Cuando acabé al tercero, La vida interior de los probadores, me preparé un té con clavo y cardamomo, al que añadí una pizca de canela. “Total, ya no voy a dormir hasta acabar la docena de relatos, así que, de perdidos al río”, pensé. Me sosegué un poco hasta llegar a Los perros , el segundo relato de la tercera parte, enmarcada en el elemento Fuego —la primera pertenece al elemento TIERRA; la segunda, al AIRE; la tercera, al FUEGO; y la cuarta, al AGUA—, pero con el relato siguiente, Nostalgia de la morgue, entré yo también en una espiral de melancolía, culpa del hospitalismo, aunque los brillos plateados de Estrella, y sus acuarelas, me rescataron a tiempo.

Lo peor estaba por venir. Para rematar, me esperaban Las criaturas en el último relato, uno de plagas bíblicas. Pasé miedo, verdadero miedo. Suerte que las palabras, por mucho que nombren las cosas, todas las cosas, también las más repugnantes, no tienen el poder de las imágenes, porque ese mismo relato en cómic o en audiovisual no lo habría soportado. Realmente, La condición animal puede herir la sensibilidad del espectador. Comprendo que su autora, Valeria, ponga en boca de uno de sus personajes, como broche final: “pudiste por fin llorar”. Yo, cuando se apagó la pantalla, no sabía si llorar o gritar o taparme la cabeza con la manta. Opté por esto último, después de tomarme agua con flores de amapola, por miedo a tener pesadillas con esas criaturas, las más viscosas, las más monstruosas. Como no puedo ni seguir pensando en ellas sin estremecerme de horror, por ahí pego la reseña de la editorial, por distraerme y no recordar.

Es imposible que alguien se interne en los doce cuentos que forman La condición animal y no salga de ellos, al menos, sacudido, turbado y, por qué no advertirlo, también conmocionado por la intensidad de estas historias.

¿Qué es lo que nos hace diferentes como especie, en qué consiste la condición humana? ¿Sabernos frágiles, expuestos, mortales? ¿Cómo seríamos  si no temiésemos el mal ajeno? Eso parece preguntarse cada uno de los cuentos que Valeria Correa Fiz ha escrito con una prosa visceral, física y cargada de turbiedades, para conducirnos hasta nuestros propios miedos, nuestras inseguridades, nuestros temblores. El ángulo más oscuro del ser humano –la locura y la muerte, el amor y la enfermedad, la obsesión y la violencia y la ternura inevitables–. Un libro brutal. Un libro que duele, como duele siempre la buena literatura.

Pocas veces nos podemos encontrar con un debut tan deslumbrante como este primer libro de Valeria Correa Fiz, una apuesta rotunda, seria y apasionante, que rebosa calidad y, sobre todo, futuro.

Es evidente que Valeria Correa escribe bien, muy bien, tanto que consiguió aterrorizarme más que cualquier película de miedo, y eso que me tengo por persona valiente. No creo que logre olvidar el asco que sentí con el último relato… Suscribo lo de “un libro brutal. Un libro que duele, como duele siempre la buena literatura”.

Tal vez, tú lo leas y no te transmita estas sensaciones. Ya se sabe que los miedos pueden ser contagiosos pero no compartidos. El miedo, ya se sabe, es libre.

Aquí puedes curiosear las primeras páginas, si te atreves.

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