Un padre extranjero


Hay un blog, Libros. Instrucciones de uso, que leo porque desde ahí ellos me sugieren lecturas que me suelen gustar. Últimamente, están publicando entrevistas con editores, muy interesantes. (Como no vivo en una ciudad no tengo librerías cerca, así que ese tipo de recomendaciones son una opción.) Hace un mes, hablaban con Enrique Redel, fundador de la Editorial Impedimenta.

Yo, antes, no me fijaba mucho en quién publica qué, porque más que buscar encontraba (era joven, más que nada). Entraba en una librería, curioseaba las estanterías y, si un libro me llamaba la atención, lo abría y leía algún párrafo al azar. Cuando me sugería, por lo que contara o por el estilo, si podía me lo compraba. Pero eso era antes, cuando andaba de librerías. Después pasé años muy contraculturales, literariamente hablando (aunque lo que estaba haciendo era trabajo de campo, sin saberlo), años en los que apenas leí. Luego me entró de nuevo la pasión lectora; me hice asidua a la biblioteca pública y saqué prestado todo lo que encontré (siguiendo el método de abrir un libro hacia donde cayera, para ver de qué iba y cómo me lo contaban). Ahora, otra vez, vuelvo a leer bastante: uso el servicio de préstamo electrónico y, algunas veces, encargo libros que me traen a casa, ¡vaya un lujo! Sin embargo, ya me fijo más en la editorial, entre otras cosas porque se me han acabado los filones de leer de cabo a rabo colecciones completas de escritores preferidos, así que me veo obligada a explorar nuevos horizontes para descubrir nuevos escritores. Por no andar a ciegas, me encomiendo al criterio de la editorial, un camino seguro en apariencia, solo en apariencia, tantas veces minado.

Así, si el editor de Impedimenta me parece interesante, y encuentro un libro publicado en su casa, pues eso me da ciertas garantías. Cuando el libro tiene, además, una portada tan estupenda, que no me canso de mirarla, como es la de Un padre extranjero, entonces me lanzo y me lo pido. (En mi foto no se aprecia toda la belleza de la imagen de cubierta, un cuadro de Kenne Grégoire, porque ya sabéis que soy pésima haciendo fotos. Por eso, añado el enlace de la galería del pintor.)

Dicho y hecho, en un plisplás me lo trae el mensajero (ese chico con barba a lo hipster que siempre me trata como a una marquesa); le firmo el acuse de recibo con un garabato en la pantalla de su móvil; contengo a mi perro que se quiere ir de reparto; y cierro la puerta. Al fin sola con el libro, deshago el envoltorio y es cuando veo esa portada en directo, palpo su tacto verjurado. Qué maravilla de libro, pienso. No, los de Impedimenta no me han defraudado, al menos no con el objeto: está maravillosamente bien editado.

Otro detalle —al margen la credencial de Impedimenta, en sí una garantía— que me impulsó a comprar esta novela —tengo que decirlo— fue su título: “El padre extranjero” (por razones que no vienen a cuento).

Leo en la biografía del autor, la escueta en contraportada, que es argentino. Por lo general, esa también suele ser buena señal.

Pero estoy prejuzgando: la editorial, seria; la factura impecable del libro; la portada, guapísima; el título, sugerente; el escritor, argentino; ¿y la novela?

No nos precipitemos con valoraciones basadas en las apariencias, vayamos a su lectura.

La escritura es correcta; el estilo no es para morir; tampoco la historia.

Sí, lo admito: la lectura me da un poco de bajón. Por supuesto, si fuera el texto de un escritor desconocido, pensaría que es una buena novela, pero no es el caso. El autor ha recibido numerosos premios, incluso se benefició de una beca para escribir este libro.

Visto así, ya no me parece tan fabuloso, sinceramente.

¿Por qué?

Bien, es muy probable que, ante una edición tan cuidada, yo esperara un contenido parejo. También, que me dejara obnubilar por un título que despertó en mí unas expectativas, incumplidas. O tal vez Un padre extranjero sea una historia que no se acaba de contar, que avanza a duras penas, apoyada en otra subtrama, un episodio, algo banal y casero, del escritor polaco, Joseph Conrad, ese gran aventurero. No lo sé. No puedo decir que me haya entusiasmado ni la novela ni la escritura de Eduardo Berti, sin duda gran estudioso y traductor, pero no tanto escritor (en mi opinión). No he leído sus otras novelas, todas muy galardonadas, pero sospecho que pronto se me olvidará hasta su nombre…

Eso sí, gracias a esta lectura, me apetece leer de nuevo a Conrad, descubro a K. Grégoire, ese pintor flamenco contemporáneo, y compruebo que en Impedimenta miman sus libros.

Quizás el error haya sido mío por hacerme ideas previas, por querer que alguien me contara bien la historia de un padre extranjero.

(Por ello, pido disculpas de antemano a Berti por esta reseña mía tan desabrida que bien me podría haber ahorrado, total… Sin embargo, he querido escribirla por dejar constancia que no siempre van emparentadas calidad editorial y calidad literaria, aunque no soy quien para hacer crítica y de sobra sabemos que sobre gustos no hay nada escrito, al menos nada que pueda leerse como verdad absoluta y dogmática.)

Eso sí, gracias al libro, recordé la existencia de Oulipo, colectivo al que pertenece Eduardo Berti (OuLiPo, proceder narrativo muy interesante y que siempre utilicé para escribir mis novelas —aun sin miembro, es decir, al estilo de andar por casa— y del que quiero hablaros en breve). También le debo a esta lectura la presentación del escritor rumano, Mircea Carterescu, sobre el que deposito ciertas esperanzas, no demasiadas por que no me defraude.

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