De San Nicolás a Santa Claus o las metamorfosis de Papá Noel


¿Reyes o Papá Noel?, un dilema que cada Navidades, y desde hace años, se plantea en las casas españolas. Unas familias optan por seguir la tradición de los Reyes de toda la vida, belén incluido; y otras, por abrir los regalos, colocados bajo el árbol de Navidad, con la excusa de que así los niños tendrán más días para disfrutar de los juguetes.

De los Reyes ya conocemos la historia, aunque se nos va nublando y ya la estrella no alumbra tanto. Melchor, Gaspar y Baltasar, los tres reyes, han quedado un poco relegados a figurantes de cabalgata, vestidos de guardarropía, recuerdo de tiempos en los que sí eran los reyes del mambo (si me permiten la expresión), y eso que los juguetes de entonces eran menos ostentosos y al Baltasar lo tiznaban —ahora, es un negro de verdad, aunque todavía hay barrios donde se resisten, y eso que no faltan vecinos de color, y siguen maquillando al Baltasar de turno, pero son los menos, pues esos blancos disfrazados de negros, con los ojos enrojecidos, deslucen bastante el pasacalles y no hay quién se los crea—. Hay que reconocerlo, mal que nos pese, los Reyes Magos de Oriente no son lo que fueron… (Si bien el resto de la cristiandad apenas si celebraba la Epifanía en torno a un roscón trufado con un haba sorteando al afortunado a quien le tocaría ser coronado rey.)

Todo por los tiempos que nos han traído a ese Papá Noel, el figurante que nos topamos en los centros comerciales uniformado con gorro, pantalón y casaca de color rojo, ribeteados de blanco, botas negras, barba canosa y barriga postiza, ono. Papás Noel invariablemente gorditos y que solo dicen “ho, ho, ho”, tan de anuncios y de pelis americanas. O esos otros papanoeles muñecos, de extremidades endebles que aun así trepan a nuestros balcones cual cacos. Ya sabéis, el típico Papa Noel…

Pero ¿qué sabemos de él? Nos lo ubican en Laponia, donde supuestamente se encarga del correo y desde donde sobrevuela nuestro mundo, el occidental, repantigado en su trineo volador, arrastrado por renos, por repartirnos regalos, a nosotros, los privilegiados. Sin embargo, esa es una leyenda urbana. La verdadera historia de Papá Noel o Santa Claus es otra…

Todo empezó en Anatolia, actual Turquía, hacia el año 280, cuando nace un tal Nicolás, que será obispo de Mira y, más tarde, santificado. Cuenta la hagiografía (igual a una biografía, pero de santos) que se distinguió por su compasión y generosidad hacia los niños. También, se le conoce como Santo Nicolás de Bari, ciudad italiana donde, en el año 1087, fueron trasladados sus restos (en realidad, solo una falange). Europa está sembrada de templos y capillas en su honor.

La leyenda cuenta que salvó a tres niñas, sometidas a la prostitución por su padre, extremadamente pobre, con unas monedas que arrojó por la chimenea y que fueron a parar a las medias que las pequeñas habían puesto a secar, aunque otros dicen que se las dejó en los zapatos, en el zaguán de la casa. Ambas versiones explicarían la razón por que se siguen dejando los calcetines sobre la repisa de la chimenea o los zapatos a la entrada en esos días señalados, a la espera de alguna golosina.

También el milagro que realizara el santo admite variaciones, pues hay otra, todavía más sórdida que la del padre proxeneta, que relata cómo el santo se topó con un macabro escenario en el que un carnicero había degollado y descuartizado a unos pobres niños a los que mantenía en salazón. Al obispo solo le bastó una señal sobre el barreño para resucitarlos. Después, encadenaría de por vida al asesino, un tal Pierre Lenoir, obligándolo a seguir sus pasos, atado al burro, con tal de que utilizara su zafiedad para amedrentar y disuadir a los chicos desobedientes. El funesto personaje se convierte en el villano del rito, ennegrecido (no se sabe si por el hollín de las chimenas o porque era de piel negra), lleva un látigo para fustigar a los pequeños, de ahí que se le conoce como Le Père Fouettard, o El Padre fustigador, y también un saco donde llevarse a los chicos rebeldes. Zwarte Piet o Schwartz Peter son otros de los alias del siniestro personaje (según sea la tradición neerlandesa o alemana) al que, a veces, no dudan en dotar de atributos diabólicos como cuernos o cola. Es, sin duda, el contrapunto al bondadoso San Nicolás, vestido este, con hábito episcopal, mitra y báculo.

Las tradiciones difieren un poco en sus detalles, según las regiones (por ejemplo, San Nicolás ¿viaja en burro o desembarca de un navío español cabalgando sobre un caballo blanco?), aunque el denominador común es que la mañana del 6 de diciembre los niños reciban naranjas, golosinas y juguetes (esta fecha solo varía para los ortodoxos, traslada al 19 de diciembre). El mito, esa puesta en escena de Nicolás de Mira, arraigado desde la Edad Media, se extiende por casi toda Europa, y su fiesta se celebra en los Países Bajos, Bélgica, Luxemburgo, parte de Francia y de Italia, Alemania, Austria, Polonia, Rusia, Croacia, Eslovenia, Hungría, República Checa, Lituania, Rumanía, Bulgaria, Ucrania, Eslovaquia, Serbia, Grecia, Reino Unido, Chipre y en algunos cantones suizos.

Los holandeses son especialmente devotos a su San Nicolás, al que llaman Sinterklaas, (pues él también tiene nombres distintos en función de los países: Saint Nicolas, Sant Nikolaas, Mikołaj, etc.) y lo convierten en patrón de los marineros y de Amsterdam. Cuando colonizan Nueva Amsterdam (la actual Manhattan), le erigen una imagen de culto. Tan pintoresca devoción llama la atención del escritor Washington Irving que la retrata en su libro Knickerbocker’s History of New York, publicado en 1809, y en el que convierte al obispo en un personaje civil, un señorón holandés, mayor, grueso y sonriente, vestido con sombrero de ala, calzón y fumando en pipa; un emigrante holandés como otro cualquiera, solo que con la peculiar afición de arrojar regalos por las chimeneas y sobrevolar en un caballo volador que arrastraba un trineo prodigioso. El hecho de que Irving denominase al personaje “guardián de Nueva York” hizo que su popularidad contagiara a los norteamericanos de origen inglés, que comenzaron también a celebrar su fiesta cada 6 de diciembre. Entre todos, convirtieron el “Sinterklaas” holandés en el “Santa Claus” norteamericano, en un cambio de nombre muy habitual en el registro de los emigrantes en su llegada al Nuevo Mundo. Poco después de la publicación del libro, se publica un poema anónimo, A Visit of St. Nicholas, en un periódico neoyorquino. En esta descripción poética, San Nicolás, caracterizado con rasgos de gnomo, aparecía sobre un trineo tirado por renos y adornado de campanillas. Y lo más importante es que ya no llegaba el día 6 de diciembre sino el 25 de ese mes, dato que influyó en el traslado de la fiesta infantil de los regalos al día de la Navidad.

Otro contribuyente a la representación típica de San Nicolás en el siglo XIX fue un inmigrante alemán, Thomas Nast, prestigioso dibujante y periodista, que en 1863 publicó en el diario, Harper’s Weekly, su primer dibujo de Santa Claus en el momento de entrar por una chimenea. En sus dibujos de los años siguientes fue transformando sustancialmente la imagen de Santa Claus, que ganó en estatura, adquirió una barriga muy prominente, se le ensanchó la mandíbula, y se ciñó la cintura de un ancho cinturón, y se rodeó de ciertos atributos vegetales como el abeto, el muérdago y el acebo. También lo dibujó como viajero desde el Polo Norte, y, cuando las técnicas de reproducción industrial hicieron posible la incorporación de colores a los dibujos publicados en la prensa, Nast le coloreó su abrigo de rojo intenso. No se sabe si fue él el primero en hacerlo, o si fue el impresor de Boston, Louis Prang, quien ya en 1886 publicaba postales navideñas en que aparecía Santa Claus con su característica vestimenta roja. La posibilidad de hacer grandes tiradas de tarjetas de felicitación popularizó aún más la figura de este personaje y algunos comercios comenzaron por entonces a usarla para fines publicitarios.

La segunda mitad del siglo XIX fue trascendental en el proceso de consolidación y difusión de la figura de Santa Claus. Por un lado, quedaron fijados (aunque todavía no definitivamente) sus rasgos y atributos más típicos. Por otra, se profundizó en el proceso de progresiva laicización del personaje. Efectivamente, Santa Claus dejó de ser una figura típicamente religiosa, asociada a creencias específicas de determinados grupos credenciales, y se convirtió más bien en un emblema cultural, celebrado por personas de credos y costumbres diferentes, que aceptaban como suyos sus abiertos y generales mensajes de paz, solidaridad y prosperidad. Además, dejó de ser un personaje asociado específicamente a la sociedad norteamericana de origen holandés, y se convirtió en patrón de todos los niños norteamericanos, sin distinción de orígenes geográficos y culturales. Prueba de ello fue que, por aquella época, hizo también su viaje de vuelta a Europa, donde influyó extraordinariamente en la revitalización de las figuras del Father Christmas británico, o del Père Noël francés, que adoptaron su arquetipo.

El auténtico salto a la fama de Santa Claus tuvo lugar en la Navidad de 1930 cuando la empresa de la Coca-Cola le encargó un cartel para su campaña publicitaria a Nast y en la campaña navideña del año siguiente a un pintor de Chicago, Habdon Sundblom, a quien le encomendaron que remodelara el Santa Claus del dibujante. El artista de origen sueco, que tomó como primer modelo a un vendedor jubilado llamado Lou Prentice, hizo que perdiera su aspecto de gnomo y ganara en realismo. El personaje estrenó su nueva imagen, con gran éxito, en la campaña de 1931, y el pintor siguió haciendo retoques en los años siguientes. Muy pronto se incorporó a sí mismo como modelo del personaje, y a sus hijos y nietos como modelos de los niños que aparecían en los cuadros y postales. Los dibujos y cuadros que Sundblom pintó entre 1931 y 1966 fueron reproducidos en todas las campañas navideñas que la empresa de bebidas realizó en el mundo, y tras la muerte del pintor en 1976, su obra ha seguido difundiéndose constantemente.

Este ha sido el increíble periplo de San Nicolás, desde Anatolia a Italia, pasando por casi todos los países europeos, embarcándose luego a Nueva York, regresando al Viejo Mundo, como un “indiano” triunfador, y retirándose luego a Laponia, sin llegar a jubilarse pese a su avanzadísima edad…

Pronto, Papá Noel cumple 1737 años… No es extraño que en tan larga vida haya cambiado tantas veces de atuendo, de medio de transporte, y que haya cogido algo de sobrepeso. Como ciudadano norteamericano se libró de aquel ayudante, el siniestro Zwarte Piet, aunque este continúa su condena al lado del San Nicolás europeo, por tierras flamencas y holandesas, pero ya no se le permite usar el látigo ni siquiera asustar a los niños.

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