Mancha en dedo corazón


¿Escribir?, de eso no se vive, chico. Dedícate a otra cosa, haz algo de provecho, ¿cómo coño piensas que tú vas a vivir del cuento?, me dijo mi padre cuando les comuniqué mi decisión. A él, de natural tranquilo, se ve que esa declaración mía lo sulfuró (de lo contrario, no sacaba el coño a relucir). Estábamos de sobremesa, tomando café, fumando. Mi madre dejó su pocillo, se levantó y se puso a fregar los platos. Quedamos en silencio, escuchando la loza y el agua del grifo. Mi padre, pensativo. Yo, por quitar hierro, dije que me buscaría un curro de lo que fuera. Mi padre tosió. Mi madre se secó las manos, enrojecidas, con el delantal, y dijo: nosotros de eso no sabemos, solo queremos lo mejor para ti… Mi padre dijo: en una obra, que están haciendo enfrente de mi taller, buscan un vigilante, preséntate, nunca se sabe… Después nos fuimos a acostar y yo le di vueltas al asunto. Ahora que ya lo había dicho en voz alta me parecía que no había vuelta atrás. Así son las cosas, pensé, si las callas no existen, pero en cuanto las dices tienes que hacerte cargo, no queda otra.

De mañana me presenté en la obra donde me atendió un hombre rojo, gordo y cuadrado. Le dije que venía de parte de mi padre, el mecánico de enfrente. Eso pareció darle confianza pues enseguida me dio por contratado. Me explicó de qué iba el curro, que si me interesaba me presentara esa misma noche. Acepté.

A la hora de la comida, mi padre se puso contento al saber de mi empleo, aunque dijo que podría aspirar a algo mejor, que para eso había estudiado. Que me lo tomara como algo pasajero, hasta que se me aclararan las ideas. Porque eso de escribir, dijo, no me parece serio. Un buen oficio, eso es lo que hay que tener, me dijo, mirándose las uñas de las manos, siempre negras por la grasa de los coches. Pensé en decirle que escribir era un oficio como otro, pero no se lo dije, después de todo no estaba tan seguro de que fuera un oficio como otro. ¿Algún día podría decirles: escribo ahora y vivo de mi oficio? Empezaría por escribir esa novela que me rondaba, y luego ya se vería… ¿Qué perdía por intentarlo?

Mi madre sugirió que me acostara un rato para aguantar la noche en vela. (Quizás venía siendo hora de vivir por mi cuenta, pensé, tantos paños calientes no han de ser buenos para eso de escribir…)

Empecé a vigilar la obra por las noches. Escribía, tomaba té caliente del termo y escribía un poco más. Nadie me daba la vara, más que vigilar una construcción me parece que vigilaba mi obra, esa primera novela que me empeñaba en escribir, ocupando las noches en domar la letra muerta, la que con sangre sale.

Llevaba mi novela bastante avanzada cuando acabó lo de la obra; el edificio ya terminado no necesitaba de mi custodia. Busqué otro empleo, esta vez me cogieron para hacer encuestas, puerta a puerta. Dejé la novela un poco aparcada, pero tomé muchas notas de algunas frases que me decían los que me abrían la puerta, cuando me la cerraban en las narices o si no me la abrían. A los cuatro meses, por suerte, volvieron a llamarme para vigilar otra obra.

Mis padres, de vez en cuando, me insistían en que preparara una oposición. Para estar tranquilo, tener un sueldo fijo, un horario estable, y después, ya si eso, dedicarme a lo que quisiera, y si era escribir lo que me gustaba, pues a escribir. Ya veré, les decía, ya veré.

La madre de mi padre, la abuela Inma, se nos murió de vieja y yo me mudé a su casa. Repinté las habitaciones y me instalé. Donde ella tenía la salita, coloqué la mesa de comedor a modo de escritorio. Me compré un ordenador y un buen diccionario. Di una fiesta, y me sentí como un escritor dando una fiesta.

Seguía visitando a mis viejos cada tres por cuatro. Mi madre me llenaba fiambreras con restos de macarrones, pollo frío o empanadillas. También, aprovechaba para hacerme la colada. Al despedirme, solía darme un billete de veinte euros, para tus gastos, decía. Yo no me hacía de rogar (al principio, sí).

Y es que vivía un poco a salto de mata; el sueldo no daba para muchas alegrías y me lo gastaba en cigarrillos, en maría y en alternar por ahí. Precario, iba tirando, más que nada, agarrado al impulso de mi sueño.

 Pero, mi hijo, ¿tú ya tienes lo que se necesita para ser escritor?, me dijo una mañana mi madre, mientras trajinaba por la cocina preparándome café. Mama, para ser escritor solo necesito escribir, le dije, pero mi respuesta no debió de tranquilizarla porque se me quedó mirándome como a un infeliz, con la cafetera ya humeando en la mano y me dijo: ya, ya… Después se puso a charlar de otras cosas. Cuando nos despedimos me dio el billete de siempre. Toma para tinta, me dijo, y yo estuve a punto de decirle que ya no usábamos, pero desistí. Salí al rellano y bajé las escaleras gastadas, rozando la pared desconchada con la mano, como solía hacer de niño. Mi madre todavía alcanzó a decirme “cuídate”. Yo la miré, tan pequeña y arrugada, despidiéndome, ni que me fuera a la guerra, pensé, y le dije adiós con la mano y, también, que no se preocupara tanto por mí…

Ese mismo día me compré un frasco de tinta y una estilográfica, barata. En la papelería dijeron que apenas se vendían, que ya casi nadie las usaba. Me enseñaron cómo cargarla, y la probé trazando unos garabatos en un papel de estraza. Después la guardé en el bolsillo de mi chupa y no volví a usarla.

Me tiré más a la calle. Me sentaba en los bancos de los parques y leía. A veces, me permitía un café. En la casa de la abuela, instalé una mesa de campin en el jardincito. Fumaba y escribía. Leía y fumaba. Tomaba y escribía. Escribía y tachaba. Corregía a trompicones. Por las noches, llevaba mi portátil al tajo, estar de vigilante nocturno me daba ese respiro. La novela avanzaba como es debido. Escribo todos los días, pensaba, esto va de puta madre…

A la semana siguiente, subí a casa de mis padres. Encontré a mi madre trajinando, como siempre; mi padre hacía extras y llegaría más tarde, dijo. Haces mejor cara, también me dijo. Será que salgo más a tomar el aire, le dije. Será eso, me dijo. Sentados a la mesa de la cocina, me tomó la mano derecha y después de mirarla, sonrió. Ahora sí tienes manos de escritor, me dijo. Y yo le pregunté: ¿Y cómo son las manos de un escritor? Me dijo que ella de eso no sabía, pero suponía que las tendrían manchadas de tinta, como la mancha que yo ya tenía en el dedo corazón.

Esa tarde escribí el último capítulo de mi novela y la firmé con la pluma que todavía dormía en el bolso de mi chupa.

lasedenko

#cuentoschidos

Este es el enlace donde aparece publicado el relato: https://sweek.com/#/read/3234/1400000162

Y aquí para leer a los ganadores de cuentos chidos y de poemas chidos http://tintachida.com/los-ganadores-del-primer-concurso-tinta-chida/

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