Un día triste


Ayer tuve un día perro, un día triste triste triste. No entraré en detalles, no vienen al caso, ni siquiera mentaré el frío: ya sabemos cómo se las gasta enero por estas latitudes. Quejarse de estos contratiempos me parece ridículo, ofensivo cuando se dispone de calefacción, té o sopa caliente y ropa de abrigo, sabiendo como sabemos que hay quien no tiene techo, ni siquiera donde caerse muerto (con perdón). Así que, cero quejas. Solo diré que fue un día triste, de esos que solo quieres que pasen, que llegue la noche para dormir y olvidarte. “Mañana será otro día”, pensé. Como así fue.

Y no es que el día de hoy haya sido para dar palmas (motivos, hoy, precisamente hoy, no hay), pero no fue un día triste (podríamos ponerle otros calificativos, qué sé yo: aberrante, obsceno, alucinante, aunque no referidos a mi pequeña persona ni a mi corta jornada, sino a otros asuntos que me superan y me exceden y que tampoco vienen al caso, ya que no cargo con el mundo a cuestas, que el mío es un mundo casi microscópico y yo de lo grandioso ni sé ni quiero saber. Ni tampoco anticipar, ni siquiera especular, que lo malo ya llega solo sin que tengamos que invocarlo, ¡lagarto, lagarto!, que ya se sabe que deberíamos poner nuestras barbas a remojo o quizás ahogar nuestras premoniciones, pero no por mucho anticipar amanece más sereno, ni hay mal que dure cien años, sobre todo, porque nadie sobrevive tanto en medio del vendaval).

Seguimos en la tristeza…

La tristeza es molesta, no lleva a ninguna parte, más que a la negrura. La tristeza es mala comerciante (suerte que no tengo género que vender). Hay veces, ay, que no se puede evitar, y solo es posible intentar conservar la calma, pensar que ya pasará, si todo lo demás también pasa, ¿por qué, entonces, la tristeza iba a ser diferente, eterna?

A la tristeza, cuando es solo eso: tristeza, hay que retarla, plantarle cara. Sacarle el unto. Al menos eso es lo que yo intento. Y cuando me da por pintar algo, ahí salen esos tintes desangelados, porque, ya se sabe, la energía no desaparece por arte de magia, sino que se transforma. El arte, eso tan inútil y que explica el mundo, sirve para sublimar. Dicho con otras palabras, el arte sana, ayuda a recomponer el espíritu torturado. Para eso es para lo que todavía sirve el arte.

Entonces, cuelgo por aquí, en esta bitácora mía, este escaparte de cristales empañados, uno de mis últimos cuadros, La tregua (que titulé así porque lo acabé de pintar el día que firmaron la tregua de Alepo, allí donde sí tienen motivos para quejarse y hasta para aullar).

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