El peso de las letras


Como buena lectora me encantaba atesorar libros. Con el paso de los años y las muchas mudanzas a las que me enfrenté, los libros acabaron pareciéndome una carga, una carga pesada. Tantas veces se me vino a la mente el dicho ese de que el saber no ocupa lugar, rezongando, mientras embalaba los libros que me resistía a abandonar y trasladaba esas cajas a punto de reventar… Ay, la espalda, ¡cuánto pesaban las condenadas cajas! Y es que la bibliomanía, esa afición de guardar libros, es cosa de sedentarios, no de medio nómadas como soy yo. Por eso, hace ya años que desistí de formar una biblioteca deslumbrante. Eso no implica, ni mucho menos, dejar de leer, pues yo diría que leo más que antes, más que nunca, solo que aprendí a deshacerme del libro una vez leído, a pasar más tiempo en la biblioteca que en las librerías, a usar el formato digital en vez del libro de papel.

Dentro de poco, me enfrento a otra mudanza, ¡otra más! No es un cambio de piso dos calles más allá, sino un cambio de país (o casi). El traslado no es inminente, pero conviene ser precavidos, ir embalando cosas, por evitar atragantones de última hora. Así que empiezo a guardar libros, cuadros, objetos decorativos, fotos, y ese tipo de cosas.

Hace unos doce años que vivimos aquí, —diez seguidos en esta última casa—, ¿cómo evitar la nostalgia? (Soy como gata aferrada a la casa.) Con los libros, menos mal, ya no tengo esos apegos de antes, por suerte ya no.

Doy cuatro voces por ahí, buscando quien quiera adoptarlos, pero no es fácil encontrarles un hogar de acogida. Finalmente, encuentro una librería de segunda mano que se hará cargo (a no ser las enciclopedias, que nadie las quiere ya). Vendrán a rescatarlos, me aseguran.

Entonces me toca la difícil decisión: ¿a cuál indultar, a cuál sacrificar? Sentido práctico, me impongo. Primero, los imprescindibles: los diccionarios, el manual de ortografía y el de gramática. Después, esos ejemplares de mi novela, que no vendí, y de los que aparto algunos para el club de lectura de la biblioteca del pueblo —la bibliotecaria, a quien también pedí socorro, me prometió recoger los que sobraran—. Y ya por último, esa pila de libros que adoré, que adoro y que quisiera seguir adorando. Total: cinco cajas, pongamos medio metro cúbico, un volumen asumible (aunque disparatado si se compara con los setenta títulos que debo de tener almacenados en mi lector electrónico, tan extraplano como ligero).

Precinto las cajas, todas las cajas, las que contienen los libros que se irán y las de los libros que me llevo, ¡misión cumplida! Qué bueno haber comprendido que no es el saber lo que ocupa lugar sino los libros; que es ideal que circulen una vez leídos; darles una segunda o tercera o enésima oportunidad de encontrar otras manos, otras estanterías, otras casas (porque ellos también son como gatos aferrados a las casas).

Pero no cantemos victoria, pues todavía queda lo más difícil de la tarea: convencer a mi hijo, lector empedernido desde niño (sí, esas aficiones, a veces, se contagian), de eso que yo tardé años y un montón de traslados en comprender…

Tras largas negociaciones, lo conseguimos, aunque él todavía se resiste y salva alguno sacándolo de la caja. Pero si es un cuento infantil, le digo, apelando a su desdén de adolescente. Pero él me habla de los nombres que les pondrá a sus hijos, augurando que me hará abuela de una prole numerosa, que da por sentado será lectora. Vale, tú ganas, me resigno, ese también se va con nosotros.

Resultado final, unas veinticinco cajas entre ambas bibliotecas. Bueno, no nos hemos pasado tanto, me digo, teniendo en cuenta la advertencia del transportista: No es cuestión de la capacidad del camión, donde caben los muebles y enseres de un piso “normal”. El problema de los libros es que pesan mucho. Si nos pasamos de los kilos que permite el vehículo y tenemos la mala suerte de que nos paren, la multa son 6000 euros…

Lo entiendo, los libros pesan lo suyo… Por eso, en este trance y más que nunca ¡alabado sea mi lector de 200 gramos!

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4 comentarios sobre “El peso de las letras

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  1. Te entiendo. Yo también tuve que deshacerme de casi todos mis libros en mi penúltima mudanza (cuando me cambié de país) y en la última (cuando volví a España otra vez). Me ha parecido precioso que tu hijo quiera conservar sus cuentos infantiles para leérselos a sus hijos… Merece la pena hacer un hueco para esos libros, porque los cuentos infantiles son precisamente de los pocos libros que no pueden leerse en un lector de e-books sin perder todo su encanto.

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  2. Es verdad, Mayte, de momento todavía no podemos disfrutar de los cuentos en e-books. Ya veo que me entiendes, sabes qué se siente al dejar rastros de libros de aquí para allá… En fin, nos queda el consuelo de pensar que otros los leerán. Un abrazo.

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  3. Como lectora empedernida que ha sufrido ya un par de mudanzas te diré que te entiendo perfectamente 😀
    Me gusta esa idea de hacer circular los libros para darles una nueva oportunidad 🙂
    ¡Un saludo!

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  4. Claro que sí, que circulen. Ayer tarde se los llevó el dueño de la librería de segunda mano, feliz de tener género nuevo, y yo encantada de saberlos en buenas manos. ¡Un saludo!

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