La viuda no tiene quien la lea


No, no me lo probaré, le dijo a la vendedora, que arqueó las cejas. La idea de desvestirse en el probador se le vino grande. Pagó y salió de la lencería con el pijama envuelto en una bolsa de papel, segura de que tampoco se lo probaría en casa hasta estrenarlo. Un pijama holgado, de felpa, color gris presidiario. La ropa de andar por casa, las únicas prendas en las que aún reparaba si de pasada le daba por ojear algún escaparate. De por ella saldría en pijama a la calle, pero no era caso y mientras se conformaba con vestir un chándal que no apeaba. Sobreponerse, no venirse abajo, seguir adelante, tirar del carro, resolver papeleos, tantos trámites, agradecer pésames, aguantar pesares. Ay, solo de pensarlo le entraron ganas de llorar en plena calle.

Así que atajó por la avenida, sin ver casi nada del gentío que ya concurría las terrazas, solo las sombras de las cosas que un sol casi primaveral proyectaba, y pensó en el dicho de que cuando marzo mayea, y dio gracias a que las flores de Bach aunque no milagrosas sí la sacaban a los recados. Al pasar delante de la pizzería sorteó un grupo que hacía cola para entrar y desde la puerta entornada vio cómo el pizzero manipulaba la masa, estirándola y lanzándola al aire y recogiéndola al vuelo con destreza de malabar. Recordó que en el barrio se rumoreaba que el chaval era autor de boleros. Pero se decían tantas cosas, porque boleros a estas alturas, la verdad… Y del bolero en suspense llegó a otras cavilaciones suyas, también en pausa.

Pensó que cuando todo pasara, se pondría a escribir su tercera novela, esa que ya tenía medio perfilada. Pero, escribir ahora, con toda esa negrura y esa pena y ese zumbido, ¿sería capaz? ¿Y escribir sobre qué, sobre el zumbido y la pena y la negrura? ¿Sobre la muerte? Sí, ¿por qué no?; la vida y la muerte ¿no eran las únicas grandes expectativas? Podría servirle de terapia, rescatarla del trance de mañanas tristes, tardes vacías, noches oscurísimas. Además, de no intentarlo, peligraba convertirse en una de esas figuras que tanto temía, la del escritor fracasado. Dios, pero si le faltaba tanto hasta encontrar su propia voz, porque esa voz suya… Bien claro y sin rodeos se lo había dicho la editora cuando leyó aquel otro manuscrito: “Pena, no me gusta cómo está escrito”. Crítica razonable, al tiempo que demoledora.

Suerte que, entonces, él todavía andaba por ahí, y supo consolarla con sus pocas palabras y una taza de té: “¿La voz, qué problema tu voz, si tú no eres cantante?” (Ya se sabe, él no tenía pretensiones de crítico literario.)

Pero desde que la “u” se le coló entre las dos sílabas de la vida convirtiéndola en viuda, cuando cree reconocer su alma transmutada hasta en un colibrí que se le cuela por la ventana, ¿cómo se recompondrá ahora de otro rechazo?

Este es el relato que presenté al concurso exprés de Alfaguara, que había de inspirarse en el tema del rechazo de manuscritos y tener como punto de partida alguno de los seis personajes (la vendedora de lencería, el autor, la editora, el crítico literario, el escritor frustrado y la viuda) que figuran en la cubierta de La biblioteca de los libros rechazados, la última novela del escritor francés David Foenkinos, publicada en español por Alfaguara. Según la convocatoria el texto no sobrepasaría las 500 palabras, y esas fueron exactamente las que utilicé para mencionar a los seis personajes (aunque la viuda lleva la voz cantante) en este relato que titulé La viuda no tiene quien le escriba —inspirándome en el título de esa novela de García Márquez, El coronel no tiene quien le escriba—.

Como sabréis, me dieron el premio y me hizo mucha ilusión. Gracias a todos los amigos que me apoyaron en la red; los votos que fui coleccionando sin duda fueron decisivos para una primera criba, si bien fue el propio Foenkinos quien eligió el ganador (a partir de las traducciones de esos relatos preseleccionados) como así me lo aseguró en esa distendida charla que tuvimos ocasión de mantener en el terrado, momentos previos al acto de presentación de su libro en el Instituto francés de Barcelona. La verdad es que el escritor, buen anfitrión, se mostró muy cortés y generoso al tratarme como a una colega (de profesión, sen entiende). También agradezco la presencia de Gerardo Marín, que fue encantador (encargado de comunicación por parte de la editorial en su sede madrileña).

Ahora me toca leer la novela de Foenkinos, de la que prometo reseña en breve.

Anuncios

3 comentarios sobre “La viuda no tiene quien la lea

Agrega el tuyo

Comenta, no te cortes.

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: