El hombre que dice la verdad


Así como la leí en un tris, comentar La biblioteca de los libros rechazados me está desvelando. En cuanto cerré la última página, este fue el comentario que garabateé en Goodreads:

Una novela que nos invita a reflexionar sobre la puesta en escena del mercado editorial, aunque sin acidez ni acritud, sino en clave de comedia y desde el amor incondicional a los libros.

Breve y conciso, lo sé, pero pensé: “ya me explayaré después, por aquí”. Esperé unos días, por que se me enfriara la cabeza (demasiado fácil caer en la alabanza, o en lo contrario, cuando se escribe una “crítica” sobre un autor que ya no es un completo desconocido). Así que llevo un par de días debatiéndome entre lo que quiero contar y lo que no; sobre cómo atrapar el agua que se escurre (es historia líquida, esta). A ver, cerremos compuertas…

De entrada es una novela con dos títulos: Le mystère Henri Pick en la versión francesa y La biblioteca de los libros rechazados en la española. Parece ser que el título que nos llega aquí era el que Foenkinos había elegido en un primer momento pero su editor francés lo descartó por el parecido con otro que ya circulaba por ahí. No obstante, que sean títulos tan diferentes revela la disparidad de criterios entre las editoriales según de donde sean (la francesa debe de ser gloria bendita comparada con la nuestra o quizás no, siempre andamos creyendo que da más leche la vaca del vecino).

Al leerla, entiendo que el misterio Pick construye el argumento, mientras la idea de una biblioteca para libros rechazados le sirve de excusa y detonante—biblioteca que de hecho existe en Canadá, fundada por el poeta Brautigan y de cuya existencia se entera Foenkinos leyendo a Vila-Matas—.*

Pese a su título original y aunque la trama se teje sobre un misterio, no es talmente un relato de suspense, sino la fábula de un montaje editorial cuyo argumento podría resumirse tal que así (ya sé, lo haré con pies de plomo por no desvelar el misterio):

“Interpretada por un joven escritor, un tal Frédéric Koskas, que acaba de publicar su primera novela (que pasa sin pena ni gloria), y por su novia, Delphine Despero, inteligente y apasionada editora, que apuesta por su talento, apoyándolo a que escriba la segunda (proyecto este que queda en agua de borrajas); la historia se sale del escenario parisino para extenderse en la costa bretona, donde viven los padres de la editora.

Ahí se enteran de que la biblioteca del pueblo cuenta con una sección un tanto singular, creada por Jean-Pierre Gourvec, bibliotecario enigmático y solitario, con el fin de albergar manuscritos rechazados siempre que sus autores tengan a bien entregarlos en persona. Desde que el emprendedor funcionario fallece es su ayudante, Magali Croze, que no es lectora, quien mal que bien se hará cargo del proyecto.

La joven pareja parisina, seducida por el invento, visita la biblioteca y descubre, fascinada, un manuscrito de incuestionable calidad, firmado por un también fallecido Henri Pick, que regentó la pizzería del pueblo sin que nadie sospechara nunca de sus inclinaciones literarias, ni su viuda Madeleine, ni su hija Joséphine (vendedora de lencería, a la sazón deprimida y separada).

Nuestra brillante y ambiciosa editora puja por el libro, que se edita. La novela, presentada como un insólito descubrimiento literario, consigue un extraordinario éxito y el misterio que rodea el engendro editorial desencadena un tsunami mediático.

Pero hay un crítico literario, Jean-Michel Rouche, de capa caída y escaldado, que no se  traga el cuento de tan inverosímil autoría y decide investigar qué se esconde bajo la cresta de la ola del supuesto misterio Henri Pick, el escritor fantasma.

El fulgurante éxito del libro, entre tanto, desbarata la existencia de la familia del pizzero, a la vez que revitaliza la ocurrencia de Gourvec, esa biblioteca de libros rechazados, a donde vuelven a peregrinar escritores frustrados del país, trastocando al paso la rutina de Magali.

Y mientras, en medio de todo este tifón mediático ¿qué anda escribiendo Frédéric?

Pues Koskas termina su tercera novela, El hombre que dice la verdad…”

Hasta ahí puedo contar…

El argumento nos hace suponer que esta novela es parodia en clave de comedia; una historia entretenida y divertida, como sugiere la cubierta (ilustrada, en Alfaguara, por Alicia Arias).

¿Insinúo que es una novela previsible, fácil? Ni mucho menos, Es ágil, es intrigante y además se lee en un abrir y cerrar, más que nada por esa cadencia suya tan liviana, esa, digamos… ¿delicadeza? (no quisiera emplear el término a la ligera). Un texto bien enfocado, cuidado y trabajado, aunque sin pretensiones; sus notas a pie de página, que a simple vista pudieran confundir, resultan deliciosas, por casuales.

Decir que está bien escrita tampoco es decir gran cosa, si tenemos en cuenta que el escritor, aunque todavía joven no es primerizo; ya carga con un fardo de novelas a sus espaldas, algunas premiadas, como se pregonan en la faja:

(…) Premio Renaudot y Goncourt des Lycéens, con más de 3.000.000 de lectores.

(Un inciso: no quisiera olvidarme de las traductoras, María Teresa Gallego Urrutia y Amaya García Gallego, madre e hija, por su labor, impecable, ¡con lo difícil que es traducir!)

Añadir que es novela de novelas, es algo que ya se presiente desde el título—al menos, en la versión hispana—. Trata de libros rechazados y adoptados; de libros editados también. Y de esos otros libros que se barajan en el embrollo Pick: La bañera, publicación primeriza; La cama, proyecto inacabado; Las últimas horas de una historia de amor, el libro encontrado (que, a su vez, se desdobla en dos subtramas: la agonía Pushkin y la separación forzosa de dos enamorados); y finalmente  El hombre que dice la verdad, ese libro abandonado…

Basta con hojear la novela para percatarse de cómo el texto está trufado de citas y referencias; literarias (Bolaño, Brautigan, Cioran, Duras, Flaubert, Gracq, Houellebecq, Kafka, Kerouac, Kundera, Melville, Proust, Pushkin, Pynchon, Salinger, Verlaine, etc.); y otras, musicales, fotográficas o cinematográficas, (Barbara, Beatles, Bob Dylan, Michel Berger, Alain Souchon, Vivian Maier, Catherine Deneuve, Richard Burton, Langmann, Polanski, etc.). Sin duda con el deseo de homenajear y de paso divulgar conocimientos, un guiño muy cortazariano, escritor a quien Foenkinos (también) admira.

Que un libro nos puede cambiar la vida, como señalan las reseñas de Gallimard y de Alfaguara, es algo de lo que no dudamos, ni Foenkinos ni yo. Supongo que tampoco vosotros. Y esa convicción de la literatura capaz de perturbar, remover y hasta de trastornar es el punto de partida del que arranca el escritor para rescatarnos a lectores y escritores, principiantes o avezados. La lectura, esa pasión casi incombustible que nos empuja a leer sin tregua…, cuando un libro nos lleva a otro, y así un no acabar, siguiendo esos itinerarios, laberintos de referencias entrecruzadas donde tantas veces nos perdemos y volvemos a encontrarnos hasta un infinito tan babélico como inabarcable. Ratones de biblioteca que somos. Ratones de laboratorio, otras veces.

La novela, que cuenta una encuesta literaria, nos concierne directamente a nosotros (por eso, también, la estoy recomendando aquí). Pero nosotros ¿quienes? Nosotros, los escritores anónimos, los huérfanos de editor. Escritores frustrados y/o fracasados (ojo, no son necesariamente sinónimos: uno puede estar frustrado aun a pesar de no haber fracasado o puede haber fracasado y no sentirse frustrado). Escritores rechazados y refugiados en nuestras propias (auto)publicaciones. Sí, me refiero a quienes surtimos las estanterías del inmenso bazar al que deberíamos tachar de “librería de los libros rechazados” (obvio, hablo de Amazon) Escritores, noveles y desconocidos, que andamos entre líneas y tachones. Entre rechazos. Nosotros que acabaremos repitiéndole a Foenkinos eso que él ya teme de antemano: “Nos hemos sentido tan reflejados… como si hablara de nosotros”.

Porque La biblioteca de los libros rechazados nos habla del éxito y del fracaso literario, sin escatimar el malestar de la vida que sigue, ni tampoco la belleza de las rosas, y todo eso mientras notamos que, como le pasaba a Bartleby, el escribientepreferiría no hacerlo… Sin rencores, ni dicotomías; por el éxito se paga un precio, peaje del que se dispensa al fracaso (de puro insolvente).

¿Y si entre nosotros se escondiera un Henri Pick, un escritor fantasma (sin ser “negro” ni bretón), al que sí se le habrían detectado incuestionables veleidades literarias?  Ah, pues entonces bien ufano que pagaría el tributo del éxito, o no, ¿pero quién se resiste?

La rabia que da el sistema editorial (sobre todo, para el escritor que se sienta excluido, pues como lectores vamos trampeando la situación) es ese tufo posmoderno que desprende, ya sabéis, el rollo de la seducción (que convierte el discurso en metalenguaje y el acto en simulacro y la realidad en hiperrealidad…) Ya sé, cada cual carga con su cruz y la del negocio es vender cuantos más libros mejor… Aunque no sé por qué me da —pero es solo intuición— que todo esto está por caducar. Hora de soltar lastres, descargarse hasta de la posverdad, ya sabéis, ese rollo de la medio mentira-medio verdad (de cuando importan menos los hechos que las emociones que estos suscitan aun siendo falsedades). Ya, ya, si se comprende…. Tal odisea, ¡menudo coraje! En un sistema que no prioriza honestidad sobre supervivencia eso desemboca en suicidio empresarial. En harakiri profesional. Suerte que los escritores son hábiles mentirosos en aras de la ficción, una baza del oficio que permite eludir la superchería, esa mentira oficiosa que consiste en engañar a alguien con falsas esperanzas.

Volviendo a la novela (que me voy por los cerros…), mientras la devoraba me llamó bastante la atención que los personajes femeninos fueran tan resueltos —aun cuando atravesaran momentos críticos, ellas se sobreponían—, mientras que los masculinos parecían tan perdidos como derrotados. Segundones buscando siempre el amparo femenino, hombres sumisos. Y me llegué a preguntar si no sería la sumisión el tema de la novela. Sumisión del escritor al mandato editorial… Esa habría sido mi pregunta a Foenkinos —caso de haber leído su novela con anterioridad a la presentación del libro, pero como todavía no la había leído no dije esta boca es mía—. En ese acto el escritor contestó las preguntas con serenidad y elocuencia, preguntas que otros sí le hicieron, y demostró el saber estar que da la experiencia del consagrado y las tablas del escenario (según contó, recién volvía del rodaje de una película).

Otra pregunta que no desembuché y que dejo por aquí: ¿es preferible el rechazo de una obra inmadura antes que verla publicada a toda costa? ¿Qué pensáis sobre esto?

Por cierto mola su dedicatoria ¿verdad? Me apetece colgarla cerca del escritorio. MERCI !


*Algo parecido ocurrió en Bellas Artes cuando los artistas rechazados por el jurado del Salón de París deciden allá por 1863 crear otro anexo, le Salon des Refusés, para exponer obras rechazadas. Con el tiempo esas exposiciones alternativas, donde los impresionistas colgaron sus cuadros , llegarían a superar en prestigio a las oficiales. El escritor Émile Zola nos cuenta el escándalo en un episodio de su novela, La obra (1886). Actualmente, y por extensión, “salón de rechazados se refiere a cualquier exposición de obras rechazadas por el jurado de una muestra.

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3 comentarios sobre “El hombre que dice la verdad

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  1. Laura, te felicito por este análisis crítico literario y reseña. De verdad me enganchaste…tengo que leer La Biblioteca de los Libros rechazados…
    Y enseña toda la dedicatoria, no seas envidiosa, jajaja
    un abrazo Laura…

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  2. Ay, que yo no escondo nada, m’hija, que lo que se ve es lo que hay nomás… Sí, si puedes léelo. Tiene una lectura superficial liviana pero otra profunda que da qué pensar. Un abrazo, reina.

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