Disculpen las molestias (y el gallo)


Varios artículos sin sacar del borrador, no por dejadez sino porque estoy a tope con esa tercera novela y a todo no llego. Ya sé, si dejara de leer, sí que me alcanzarían los días que crecen, pero dejar de leer, eso no puedo hacerlo. (Soy lectora compulsiva, así son las cosas.) Por eso, porque no penséis que me fui a la Argentina en un transatlántico y estoy leyendo, tirada en una chaise longue tapada con una manta en cubierta, que es algo que me gustaría hacer un día y que tal vez sí que lo haga por qué no, pues aquí, en el escaparate dejo esta nota que dice así:

Cerrado (temporalmente por obras). Disculpen las molestias. Razón, aquí.

Y cuelgo unos cuadros, de cuando pintaba interiores, hace unos 15 años (a veces sufrimos de agorafobia sin saberlo).

No me resisto a contaros dos cosas: acabo de leer mi correo y una desconocida, llamada “Tara”… me dice: “Laura, lea, el tiempo apremia”. ¿Será vidente?

Otra, los dibujinos del gallo y de la gallina del cuadro eran de mi abuelo, Manuel, que siempre fue gran dibujante. Totalmente autodidacta, solo fue a la escuela a aprender las 4 reglas. Los últimos tres años de su vida ya no podía hablar, entonces siempre llevaba un bloc para escribir sus mensajes o hacernos sus dibujos. Así nunca dejó, a su manera, de comunicarse… Cuando se fue, guardamos todos sus apuntes. Yo usé algunos en mis collages, porque él fue quien me inculcó el amor al dibujo. De pequeña yo solía decirle: “Tú dibujas, yo coloreo”. Y así se hacía.

Hablando de gallos, tenía pendiente contar el cuento de El gallo que se fue a la boda de su tío Perico. También, cosecha de Manuel. Era así el cuento que nos contaba (él lo hacía en bable y con mucha gracia):

Había una vez un gallo que se fue a la boda de su tío Perico.

En el camino se topó con un grano de maíz que le apeteció mucho. No quería comerlo por no mancharse el pico, que iba a la boda de su tío Perico. Pero no pudo resistirlo, se lo comió y se manchó el pico. ¡Qué rabia!, pensó, yo que iba tan mudado a la boda de mi tío Perico…

Vio una flor entre la yerba y le preguntó si por favor le limpiaba el pico, que él se iba a la boda de su tío Perico y… Pero la flor no quiso. El gallo, contrariado, siguió su camino.

En un prado pastaba una oveja. El gallo le dijo: Oveja, cómete esa flor que no me quiso limpiar el pico, y yo así no puedo ir a la boda de mi tío Perico. La oveja dijo: No quiero.

Ah, el gallo siguió caminando, y vio cómo un lobo rondaba el rebaño… Lobo, cómete esa oveja que no quiso comer esa flor que no quiso limpiarme el pico. No quiero, aúllo el lobo.

¡Perro!, le dijo al perro del pastor, corre a ese lobo que no quiso comerse a la oveja, que no quiso comer esa flor que no quiso limpiarme el pico. El perro, adormilado, ni se inmutó.

El gallo, fuera de sí, buscó un leño. Leño, dale al perro que no quiso ahuyentar al lobo, que no quiso comerse la oveja, que no quiso comer esa flor que no quiso limpiarme el pico. No quiero, dijo el leño.

El gallo, a punto de romper a llorar, dio con una hoguera. Fuego, quema el leño que no quiso pegarle al perro, que no quiso correr tras el lobo, que no quiso zampar la oveja, que no quiso comer esa flor que no quiso limpiarme el pico. No quiero, dijo el fuego.

Cerca, había una fuente. Al gallo hundió el gañote y bebió.

Y así fue cómo, sin pretenderlo, se limpió el pico. Él solo. Y, hecho un pimpollo, llegó por fin a la boda de su tío Perico.

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