La prudencia


El miedo a la hoja en blanco a mí me parece un miedo heredado. Herencia de esos tiempos pasados en los que el escritor escribía a mano, ya después a máquina, y sí lo hacía sobre un folio blanco. Pero hoy, que escribimos en pantalla y tenemos otros recursos (borrar, guardar, editar), pues queda un poco tópico ese miedo a la hoja en blanco.

Otra cosa es el bloqueo…

Hace un par de semanas, publicaron un artículo sobre el tema, La puta hoja en blanco. Sí, por el título, algunos ya habréis imaginado que nos llega de puño y letra de Tinta Chida, ¡esos grandes! El enlace para que os curéis en salud y por si hay alguien que todavía no visita esa página, y ya está tardando.

Este fue mi comentario al respecto:

Mi terror, si alguna vez me asalta, coincide con el de Alaa Al-Aswany, “el conflicto entre lo que quieres decir y lo que puedes decir” (y de momento gana la prudencia).

Por lo demás no suele atacarme.

(Me pasaba más pintando; las hojas de papel de dibujo eran caras, y yo que andaba a la última no estaba para desperdiciar, así que respira hondo… Aunque podía borrar, según cómo un borrón no siempre se iba a la primera. Entonces decidí trabajar sobre soportes baratos y reciclados, por soltarme.)

Pues el miedo a la hoja en blanco se parece al miedo que nos han inculcado de niños a ensuciarnos, recién mudados. La hoja en blanco es inmaculada, es decir no tiene mancha, y nosotros de sobra sabemos que nuestras palabras, esos torpes borrones, acabarán manchándola.
Cuando ese temor nos cohíbe hasta paralizarnos (un poco a lo tonto, total escribimos en pantalla, otro gallo era cuando se mecanografiaba y sin típex…), como acción directa propongo: escupir una palabra cualquiera o una palabrota por qué no, y teclearla hasta llenar un párrafo, para que la página ya no esté en blanco.
Entonces, ya puestos, salpicados de barro y con bronca asegurada, ya podemos jugar sin congojas.

Un abrazo, un borrón.

Además de este recurso, un poco burdo, que propongo por ahí, hay otros disparaderos que ayudan a superar esa timidez que nos detiene a la hora de romper a escribir. Por ejemplo:

  • teclear al azar unas cuantas palabras y eligir tres, por centrarse.
  • esbozar un pequeño guion de lo que se quiere contar.
  • copiar una cita de un autor que se admira, por inspirarse.
  • usar el método del “collar de acciones”, que consiste en seleccionar una docena de verbos que sirvan para empujar la escena.
  • describir lo que sugiera una foto o una imagen.
  • revisar notas, páginas de nuestro diario.
  • etcétera, etcétera.

Como sabes, son muchos los disparaderos con tal de emborronar un poco esa “hoja en blanco” y así seguir escribiendo sin complejos. La escritura automática me parece, sin duda, la más liberadora y, bajo su apariencia caótica y absurda, siempre encierra tesoros del inconsciente que, más tarde, se pueden rescatar y pulir.

Lo que está claro es que no se puede emprender una obra de la importancia de una novela, en sí un microcosmos, sin un periodo de reflexión, aunque eso no presuponga que todo el proceso de escritura deba ser forzosamente planificado, pero sí que de un imprescindible entrenamiento previo. Como si dijéramos un calentamiento. Pues lo que , más que nada, produce vértigo es lanzarse del trapecio sin red.

Sobre el miedo que a mí me paraliza, el de no saber hasta dónde contar sin ofender o sin exponerme innecesariamente, llevo tiempo meditando… Llego a estas conclusiones:

  1. No soy periodista ni trabajo para los medios, por tanto no tengo por qué arriesgar mi integridad (y la de los míos) o enfrentarme a una denuncia por publicar sobre ciertas realidades, incómodas. Sé que esta precaución parece paranoica, pero si me atreviera a escribir sin tapujos sobre algunas cosas que vi, sí que podría correr estos riesgos. Así que, soy prudente.
  2. Me gusta mucho el género de autoficción. En mi primera novela, Callejón con salida partí de experiencias personales y retraté algunos amigos (a quienes envié el borrador antes de publicarlo). No fue una experiencia fácil, es más, las pasé canutas, esa impresión de que estaba siendo indiscreta… Tuve que eliminar gran parte del contenido. Luego pensé que, si bien podría inspirarme a grandes rasgos en conocidos, a partir de entonces mis personajes serían ficticios. De nuevo se impuso la prudencia. En uno de los capítulos de mi segunda novela, Un mono en la despensa, sin embargo aparece mi hijo —entonces pequeño —, y me contradigo… Ahora, con la tercera novela en curso, estoy trabajando a un doble nivel: por una parte escribo un diario íntimo y por otra la novela. En ambos casos estoy tratando el mismo tema, pero reservo los aspectos personales para el diario (que no publicaré). A ver si de esta manera me libro de la congoja que supone la autoficción, ese desnudarse en público. De si resulta, o no, ya os contaré…

Concluyo que no basta con advertir que “toda coincidencia con la realidad es meramente fortuita” para prever intromisiones de la realidad (tantas veces, de manera inconsciente) en nuestro relato y que es necesario tomar una decisión sobre si queremos, o no, trabajar con ese material propio, de primera mano, o dejarlo en simples alusiones.

En cuanto al miedo a la página en blanco, al bloqueo en sí, más genérico (y puede que hasta legendario) insisto en la receta de escupir el folio antes de.

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2 comentarios sobre “La prudencia

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