El menosprecio de las ideas


Quiero replicar a esas voces que infravaloran las ideas hasta el punto de afirmar que “las ideas en sí no valen nada”.

Tal vez no expresaría mi desacuerdo, si fuera un caso aislado, pero es que vengo leyendo eso mismo —o parecido— en un montón de sitios. Siempre la misma cantinela, ese total y absoluto desprecio al valor de las ideas, argumentando, además, que, puesto que no valen nada o casi, cualquiera puede apropiárselas impunemente (¿y para qué, me pregunto, si no valen nada o casi nada?)

Lo mismo es que ni se lo creen, pero repiten el argumento porque lo han pillado por ahí (se ve que son propensos) y fueron cayendo en bucle, quién sabe… Diría que fue así (por no pensar mal). Resulta paradógico que esas mismas personas suelen recomendar—con buen criterio— que anotemos esas ideas cazadas al vuelo, en cualquier medio a nuestro alcance (bloc, libreta, móvil… hasta en la palma de la mano, si fuera preciso). Entonces, yo me pregunto en qué quedamos: ¿tienen o no tienen valor? Y si no lo tienen ¿para qué tomarse la molestia de apuntarlas? Algo no me cuadra…

Por intuición desconfío de las personas que, inmersas en algo creativo, se atreven a sentenciar que las ideas ni valen ni le pertenecen a nadie. Tampoco a sus autores. Ahí hay gato encerrado, ¿mala conciencia?

De sobra, sabemos que las ideas no caminan solas y por eso les damos la mano hasta conducirlas a salvo. Hasta verlas materializadas. Pues está claro que una idea, si no se realiza, queda en propósito.

Aun así no me imagino invirtiendo tiempo y energía en recoger ideas nonatas por darles un segundo uso, como quien recicla ropa usada; no concibo escribir una novela partiendo de una idea ajena. No creo que esa idea, por genial que fuese, arraigara en mí de manera tal a poseerme. Porque escribir una novela, incluso un relato, requiere de mucha entrega. De muchísima pasión. Hay que darlo todo. Pero ¿dar qué si ni siquiera el primer impulso me pertenece?

Si no tengo nada que decir, mejor me callo, me dedico a otras cosas y, quién sabe, ya se me ocurrirá algo. O no (y tampoco sería el fin del mundo). Ahora si para publicar algo tengo que andar racaneando ideas de otros, algo anda mal. Es obvio: un creativo sin ideas está muerto (a menos que se apropie de las ajenas, y aun así cuando se mire al espejo, él sabrá que está acabado).

Me sabe mal pensar así de algunos “colegas” escritores; no quiero pensar que estén tan secos de ideas como para.

Entonces, quiero entender, cuando afirman categóricamente que las ideas carecen de valor, que dicha afirmación debe de basarse en un malentendido: la confusión entre idea y ocurrencia. O incluso entre idea y anécdota, o hasta suceso.

Por ejemplo, si leo una noticia en prensa y la tomo como punto de partida para escribir algo, eso para mí no es una idea. O si decido transformar una anécdota —algo que me pasó— en una escena, eso tampoco es una idea.

Pues una idea, entiendo yo, es un plan que se ordena en la imaginación para crear una obra. Es algo de mayor envergadura. Algo que cuesta más de parir. Mientras que una ocurrencia es una idea inesperada, un pensamiento, un dicho agudo, original, que ocurre en la imaginación y que depende del temperamento y hasta del sentido del humor de cada uno (no obstante, tiene dueño, y por eso siempre me parecerá más elegante nombrarlo, con algo del tipo: “como diría Fulanito”). Una anécdota es algo que nos sucedió o que hemos oído y que creemos digno de contarse (por insólito, cómico, truculento, extraordinario, etc.). Un suceso, pasado o de actualidad, yo lo guardaría más bien en las carpetas de documentación y, si bien puede servir de detonante para contar una historia a partir de él, no es una idea propia.

Resumiendo, una idea sería el equivalente a la estructura y puede que hasta la trama; una anécdota daría cuerpo a una escena; una ocurrencia se traduciría en una expresión o en una frase de diálogo; y un suceso, un destello inspirador o un dato que corrobore una situación, ilustrándola.

Sé que esta reflexión puede parecer un poco tiquismiquis. Todos en algún momento de atolladero habremos dicho eso de “¡Tengo una idea!”, y puede que hasta se nos haya encendido una bombilla al decirlo. Puede, también, que la idea fuera buena, genial incluso, y que gracias a ella hayamos improvisado un camino para salir del paso. Bien podríamos haber dicho: “Eh, se me ocurre algo”, con el mismo efecto. Pero eso, esa luz, es algo puntual que yo incluyo en el terreno de las ocurrencias. También es muy normal recopilar frases, anécdotas y dichos para darles cuerpo: para eso somos escritores. Pero eso tampoco son ideas propiamente dichas. Si hablamos con propiedad, no podemos menospreciar el valor de las ideas, así a la ligera.

Pongamos un ejemplo literario, la novela Moby Dick, esa que nos cuenta la travesía de un barco ballenero, comandado por un capitán, obsesionado con la persecución de un gran cachalote blanco. Imaginémonos ahora que otro escritor, contemporáneo suyo, se hubiera apropiado de la idea, para escribir su novela. No podemos saber si el resultado hubiera sido mejor o peor (aunque yo apostaría que peor), como tampoco podemos adivinar si la novela habría encontrado editor. Pero, puestos a especular, imaginemos que sí hubiera encontrado editor y que este la hubiera publicado antes de la original. Para Melville, honradamente, ¿eso habría sido justo? Y en cuanto a nosotros, lectores, ¿habríamos salido ganando con esa versión, que intuyo descafeinada? (Y digo esto porque Moby Dick es la historia de una obsesión, antes que nada, y por mucho que uno se documente sobre ballenas y cachalotes, sobre pesqueros y bacalao, uno no puede sentir exactamente las pulsiones de un obsesivo, sin serlo.)

Concluyo, las ideas cuanto más genuinas, mejor. Más vale una idea propia, aun mediocre, que una idea ajena, brillante; la propia puede prosperar, mientras que lo único que conseguiremos con las ideas ajenas será pisotearlas y convertirlas en textos falsos y desalmados.

Con todo este sermón (me perdonen) no estoy descartando las influencias que todos tenemos de esos autores a quienes admiramos. Pero ese es otro cantar.

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2 comentarios sobre “El menosprecio de las ideas

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  1. Siempre he entendido que esa frase de que las ideas no valen nada se refiere a que no valen nada si no se desarrollan. Y que el valor está en coger la idea y convertirla en algo real…
    ¡Buena reflexión! 😉
    Un beso.

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  2. Sí, Adella, yo también lo interpretaba así como dices.
    No obstante, quiero insistir: las ideas tienen dueño, pertenecen a quien las ideó, aun cuando no haya podido (o sabido) convertirlas en realidades.
    En el terreno de la escritura, que nos ocupa, piratear ideas parece una práctica habitual y poco cuestionada.
    Pero ¿qué pasa cuando una editorial se adueña de una buena idea, que le haya llegado como propuesta editorial?
    La idea, con remite de un escritor principiante, no es sino un proyecto. Aun así, un proyecto firmado.
    Para un equipo editor, convertirla en libro es pan comido. Este producto, auspiciado por el prestigio editorial, presentará un acabado perfecto, saldrá antes al mercado y gozará de la adecuada difusión.
    Lo normal es que al escritor novel no le den ni las gracias, ni siquiera reciba la consabida carta de rechazo.
    Si este consigue ponerle punto final a su historia e insiste en publicarla por su cuenta, nadie lo tomará en serio. Solo será un subproducto.
    Y eso será tremendamente injusto.
    Un saludo, y mil gracias por comentar.

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