Escritura joven y cómo evitar el glamur


Sé que un escritor es muy joven cuando encuentro dos o tres marcas de productos desde la primera página. Cuando al protagonista le asoman lágrimas por un quítame. Cuando se muestra una actitud desafectada hacia el mundo. Cuando se recortan tanto las frases que no hacía falta seguir escribiendo. Cuando asoma esa pereza innata que transforma el más nimio de los gestos en gesta.

Sí, entre borrones hay frescura. Claro que sí. También. Tanta intrascendencia que… Frases relámpago, no me compliquen con subjuntivos: no me caben en la pantalla. Esos recortes de cuchilla, que me recuerdan los discursos deshilvanados de algunos colegas que se quedaron colgados y que no había quién los entendiera. El habla esquizo, le decíamos. Pues ahora eso mola. Tener o no tener estilo va por ahí o lo como antes se decía: vale más por lo que calla.

Vale, todos hemos sido jóvenes. Más o menos todos.

Y la vida se nos ha ido complicando, más o menos a todos.

Y todo se volvió más pesado. Plomizo, diría. Plúmbeo, si la palabra existe.

Las frases se nos alargaron. Las conjeturas. Tantas hipótesis nos retorcieron la sintaxis, y ahora aquí andamos. Perdidos entre palabras. No tan frescos, no tan livianos, pero extrañamente liberados del complejo de superioridad que sentíamos cuando apresábamos flashes cosmopolitas. La globalización tiene sus retrancas. Sus abismos negros (más que agujeros), los hemos vislumbrado. Nos hemos asomado a sus pozos sin fondo y por poco caemos. Pero no pudimos, ya pesábamos tanto: la ley de gravedad es implacable, aunque casi no comas, da igual, ella se ceba.

Y vale, el mundo es vuestro. Nosotros ya lo disfrutamos. Solo déjennos un rincón al sol. Un libro, la radio encendida… Pero, oh, ¿dónde habré puesto los lentes? ¿Que si el perro es mío? Bueno, vive con nosotros. No, hija, no es de raza: es un siete leches. Ah, pero si me preguntaste de qué marca es… Dios, esta juventud, divino tesoro de la opulencia. Ya, pero se quejan; tienen poca resistencia a la frustración; ellos, cero fallos; ellos, instantáneo; ellos, enredados. Bah, ya vendrán al plato, ya.

Una mujer mayor que yo, una abuela, perdió un poco la memoria, pero canta muy bien. El otro día me grabó “Volando voy” y fue lo mejor que escuché desde hace mucho tiempo. Ella estaba leyendo una revista. Un titular decía: “Cómo evitar el glaucoma” (sí, ya nos van avisando, que a este paso ni digital ni ná: en Braille, nuestra lectura), pero tuvo un lapsus y leyó: “Cómo evitar el glamur”. Mi hermana, que la cuida, me lo contó. Fue lo mejor que oí en mucho tiempo.

En fin, no me lo tengáis en cuenta. Escribir una novela agota, y en algo hay que entretenerse, mientras evitamos el glamur a-toda-costa.

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