Lo importante era la rosa, vaya


“Guaita, què maco!”, “Sí, qué guay”. Poco más. Hasta que recogió los bártulos y se fue cabizbajo camino de la parada del bus. Aquel día había madrugado. No vivía lejos de Barcelona, pero el pueblo estaba mal comunicado y de mañana solo salía uno. El de vuelta a las siete. Así que se abrió paso a codazos, arrastrando el carro de la compra y zumbando hasta Rambla Universidad. Allí, en la marquesina nueve, se sentó reventado. Atardecía. Una señora le preguntó si esa era la parada del que moría en Cardona. Sí, el mismo que yo espero, le dijo, y ella se le sentó al lado. No llevaba rosa, aunque sí una bolsa de la librería Laia. Por la avenida gente de vuelta a casa con rosas o libros, y también con libros y rosas. Vendedores bengalíes todavía las ofrecían a los rezagados, envueltas en celofán precintado con cintas rayadas. Amarillo y gualda, amarillo y gualda, las cuatro bandas, las cuatro bandas. Rosas rojas, rosas blancas y hasta rosas azules se vieron. Rosas de mezclilla, horrorosas rosas.

Oh, Smok…

Cerró los ojos, sin soltar el carro, deseando que llegara el maldito bus, deseando volver a casa, deseando quitarse las bambas, deseando tumbarse. Tantas esperanzas en ese día y ahora, ya pasado, se sentía un pardillo. Dios, si hasta le dio aliento al boli para que no se le atascara al firmar, y no firmó ni uno. Ni un triste ejemplar. De locos, si hubo quien los hojeó (algo que lo ponía negro por si manchaban las páginas) y alguien le ponderó los dibujos. Otro, que la portada era chula. Pero nadie compró. Él, con tal de estrenarse, insistía en lo de hechos a mano, ejemplares únicos, un buen regalo para el Sant Jordi (con lo de bueno, bonito, barato se contuvo). Los cuatro curiosos que sí se pararon se excusaban: “Ya tenemos”, decían mostrándole su recién comprado.

Smok, cuántas ilusiones.

El bus, un mastodonte de Alsa, aparcó sorteando vehículos y ventoseó. Una bocanada apestosa le revolvió el estómago. Él, que tenía mal cuerpo, escupió. “Oi, que és aquest el que va cap a Cardona?”, le preguntó la señora al chófer. El hombre asintió mientras siguió contando monedas. Ella se encaramó de a poco, y él aprovechó el ralentí para pedirle al chófer que abriera el maletero. Este accionó una palanca y el maletero se abrió con un ruido liberador, hidráulico. Acostó el carro en el fondo y talmente le pareció estar dándole de comer a un dragón, no al suyo, sino a otro más acorazado. Se cercioró de cerrar la solapa para que no se le desparramara en un frenazo. Saltó a la plataforma y metió la tarjeta. Buscó un asiento y tuvo suerte de encontrar uno doble: el autobús, que salía de la estación del Norte, ya iba medio lleno. Arrancaron y atravesaron calles y avenidas a esas horas llenas de tráfico, hasta salir de la ciudad. En Diagonal, otra parada. Subieron chavales y una pareja, todos rosas y libros. Se encogió en el asiento y cerró la cortinilla, sobada, por no ver los edificios, los semáforos y las luces de la ciudad que dejaba atrás. Las rosas, los libros. Rosas libros rosas libros. Rosas libros. Y senyeras. Siempre muchas senyeras, que no faltan las senyeras.

Smok, cuántas ilusiones…

Conseguir un metro cuadrado para el puesto fue un milagro. Un día, que andaba de librería en librería mendigando un hueco, un ángulo muerto del escaparate (hasta la pata coja de una estantería por calzar) y ya desistía, con el ánimo tan pisoteado como el de un testigo de Jehová en domingo, cuando recaló en La rosa de foc. La dueña se hizo cargo y le selló un recibí a mano. Estuvieron un rato de plática, sobre distribuidoras, el sector, el mal momento, el qué sé yo. Un habitual empujó la puerta, y él aprovechó para despedirse y dio las muchas gracias, pero ella lo retuvo un instante y le ofreció instalar el tenderete delante del local por Sant Jordi. “Tengo una mesa de camping en el altillo”, le dijo. Él ya no pensó en otra cosa, concentrado en el gran día. El día de la presentación de su dragón en sociedad.

Smok, ¡tantas ilusiones!

De casa se trajo un pareo estampado previendo cubrir la mesita. Barajeó cinco ejemplares sobre la tela. Como cinco arcanos. Abrió uno por realzar las ilustraciones y le posó una piedra de pisapapeles, por si se levantaba aire. Pasaba poca gente, apenas algunos vecinos a sus menesteres. Todavía será temprano, pensó, y se lió un cigarrillo. Un tendero de piel cetrina levantó las persianas de su locutorio, y al poco chirriaron otras y se abrieron los comestibles filipinos. Cada quejido metálico se le antojó un berrido de Smok, hambriento. ¿O sería él con ganas ya de almorzar? Una mora en caftán salió al balcón y terció un cobertor atigrado. Otra mujer, con aires de corista de Bollywood, tendía su colada, y él contó siete pantalones de chándal de varias tallas. Pasaron niños cargados con mochilas, niños como estampas de Unicef. Un butanero se anunció con el clanclán. Una mujer, rubia y despeinada, se le quedó mirando y él, incómodo, fingió interés por la sábana del piso de enfrente que rezaba en letras gruesas: “Volem un barri digne”. Dos gitanas, poderosas, cargadas de ramos, subieron contoneándose hacia la ronda, y ver esas rosas a él lo tranquilizó: sí, era Sant Jordi. Pero la calle donde había ido a parar, la calle Joaquín Costa, de mañana no era la alegría del huerto —aunque ni por asomo la más sombría del barrio— y el sol se hacía de rogar hasta la tarde cuando ya llegaba para quedarse lustrando las mugrosas aceras, tantas veces escenario de barricadas, y por ahí que se acostaba a la hora del rezo.

Ya, Smok, ya va.

A eso de las once pareció como si la cosa se quisiera animar. Unos chavales improvisaron otra parada delante del café Lletraferit, que también tenía algo de librería. Tampoco les vio rastro de venta, pero al ser piña bromeaban. A él le hubiera gustado cruzar la calle por ver qué libros, pero no quiso dejar los suyos al pairo por no tentar al descuido. Smok, el pobre, no tenía malaje. También le habría gustado ir al lavabo y comprarse algo en el colmado paquis, pero no quiso arriesgar… Así que, se le fue encogiendo el ánimo y alguna fuerza telúrica debió de arrastralo porque se puso a pensar en la vampira del Raval, que tampoco era un pensamiento tan descabellado, aunque sí bastante tétrico, teniendo en cuenta que la tal Enriqueta Martí había vivido en el número 29 de la misma calle. Pensó que a lo mejor habría tenido más gancho un cómic sobre esa bruja, secuestradora de niños, celestina de pedófilos, en vez de su historieta, tan tierna (pero bah si eso ya había salido hasta en El Caso). Ese cuento suyo de un dragón que atesoraba todos los chupetes de los bebés en su cueva de Cracovia polacos y esa era la razón por la que los bebés polacos se quedaban un buen día sin chupetes y de nada les serviría llorar. De nada. Nie płacz, nie płacz, niemowlę! No, no hay papás tan atrevidos como para bajar a esa cueva y rescatarlos, que Smok no se anda con chiquitas. Smok no bromea. Y eso es algo que todos los niños polacos comprenden desde la cuna, casi. Y sin pataletas ni pucheros. Una preciosidad de cuento. Claro que él no era quien… A la gente le va el morbo y su dragón morbo no tiene. Además, qué tontería, si al menos Smok fuera el drac, ese monstruo vencido por el mismísimo patrón de la ciudad, Jordi de todos los Jordis, que ya se sabe, la gente esta le chifla su tradición…

En cambio, Smok, tan polski

Otro pitillo y sacudirse de oscurantismos y pensar en algo más, ¿alegre?; al cliente no le gustan las caras largas. Cares de pomes agres dicen. Pero ¿cliente, adónde lector? Ah, sí, ahora se empiezan a ver rostros más pálidos aventurándose por El Chino. Y se percibe como un rumor difuso de calles tomadas, a lo lejos. Una chica, desenvuelta, se le pega a cuatro pasos con un cubo lleno de rosas y otros la ayudan a instalar su tenderete. Los paseantes con sus bolsas impresas con el logo de La Central —despampanante librería que queda a tiro de piedra— pasaban de largo, pero desde que se apalancó la chica al lado, que recoge firmas, muchos frenan delante del puesto abanderado. Y bastantes firman y compran su rosa y acarician distraídos las banderas estrelladas mientras van charlando. Luego, cuando se despiden entre agudos adéus, le dedican si acaso una mirada oblicua y sesgada a Smok, por entonces absolutamente abochornado.

Su pobre Smok

Por distraerlo, quiere contarle de un ilustre de la calle, Terenci Moix —a quien no ha leído—, nacido y criado en el número 37. Solo por borrarle a la monstruosa de la calle Poniente (así se llamaba la calle en 1912 cuando los horrores de la infanticida. El carrer del Ponent, bon carrer i mala gent, quedó como el dicho popular. Esta calle había sido antes la de la noria, La Sínia. Y acabó como el rosario de la aurora, fíjate que de ahí viene la expresión, por una revuelta de 1868 contra esa celebración). De sobra se percata él que estos cuentos chinos a Smok no le interesan. Ni siquiera percibe el más mínimo entusiasmo cuando menciona a Romain Gary —a quien sí lee—, desvelándole, como curiosidad, su parentesco con el dueño del Lletraferit, date cuenta, Smok, hijo de Émile Ajar. “¿Hum?” El dragón resopla, aburrido, y harto del ambiente hostil de la calle Ferlandu dels pobres (como  también se la conocía), le pide volver a la cueva.

Vaya, Smok…

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