Capítulo 2 Más se perdió


Me pillaron.

La rubia de la primera fila se quejó a la profesora: le faltaba la pluma, la que le habían regalado por su cumpleaños, y lloriqueaba.

La profesora nos preguntó si alguien sabía algo de esa estilográfica. Nadie contestó, pero algunas niñas se voltearon por mirarme. No saldremos de clase hasta que no aparezca y más vale que aparezca. Pasó un ángel, o dos. Revisaré vuestras carteras una por una, nos amenazó. Entonces, la chivata de turno, que siempre tiene que haber al menos una, me acusó. Fue ella, la nueva, escupió. La profe me preguntó. No contesté, estaba abochornada. Tu bolsa, me pidió. Buscó y pronto encontró la dichosa pluma. Otras nenas aprovecharon entonces para denunciar otros robos míos y todo salió a relucir: la escuadra de esta, el estuche de esa, el compás de aquella. La maestra me exigió que lo devolviera todo todo al día siguiente. Sin falta, recalcó.

Como era de suponer llamaron a mis padres. Menudo rapapolvo.

Mi madre se lo tomó fatal. No se puso en mi piel, sino puso en lo peor. Serás una delincuente, anunció casi triunfal, como si de pronto hubiera descubierto mi vocación precoz, y esta fuera, qué sé yo, primera bailarina o veterinaria, algo así de qué fardar. Mocosa, te vendría bien una temporada en el internado, dijo. Esclava del qué dirán se mortificaba; qué pensarán de nosotros, ni que te faltara de nada.

Mi padre farfulló que de tal palo (sin concretar a cuál de los dos se refería).

Me llevaron a un psicólogo que no me entendió, ni fue capaz de sonsacarme nada. Que se me pasaría. Algo tenía que concluir después de la factura que acababa de endilgarles.

Podría inventarme escenas de noticias, pero para qué. Fuera porque no la debíamos, la sangre no llegó al río –no la nuestra–. No hubo más que lo que presencié. El caso, tuvimos que salir por pies. Me ha costado lo mío superarlo. Ahora que soy mayor, puedo contarlo con distancia, sin acallar a esa desquiciada niña que fui.

Bramó la voz: Nos llevaremos primero las tierras; segundo tu casa; tercero tu coche; después a tu mujer. Ah, y también la radio. Y rieron sus risas contagiosas.

Por ese orden. Así fue ese discurso que parecía un mal chiste, además de otras cosas que no entendí o que ya no recuerdo. Pero eso, lo de “primero tu tierra, segundo tu casa y todo lo demás” se lo escuché tantas veces a mis padres que acabé por sabérmelo de memoria. El padre nuestro del miedo.

A pesar de ser tragedia anunciada, el pronóstico resultó aterrador. Amenaza sin escapatoria. Ahora sí, había llegado el temido momento. Mira, aquella calma chicha no podía durar… De sobra se sabía que tarde o temprano tocaba irse, solo que no encontraban el momento. Nunca era el momento. Tantos intereses creados…

No se atreverán, en el fondo no les conviene. Necesitan de nuestras normas, independizados no sabrán organizarse si solo sirven para obedecer, repetían mis padres. El acomodo con tal de posponer lo inevitable. Claro que la situación era desigual, nuestro minúsculo país los había colonizado; su sed de independencia, un secreto a voces. Pero ¿a qué venían tantas prisas? No estaban preparados… El continente se había dividido a golpe de escuadra y cartabón. Al tuntún. A nosotros nos había tocado aquella tierra frondosa y repleta de diamantes. Y fue que nos había tocado la lotería.

¿Y qué? Bastante tenemos con vivir a tantos kilómetros de nuestro país, solían decir, atribuyéndose méritos. Somos quienes ponemos orden y concierto en este tinglado, ¿no les basta? Visto así, parecía incuestionable.

¿La independencia para qué, si no saben nada de civilización? aventuraban con la ceja levantada. Argumentos para acallar malas conciencias; la cantinela de sus cócteles en los que ya no se hablaba de otras cosas.

De eso y del servicio doméstico. De lo muy desobedientes que eran los negros y de su escabrosa tendencia al canibalismo –comentarios que hacían a deshora, sin reparar en el camarero encargado de servirles el ágape–. De contratiempos, como el retraso del correo o de la escasez de ciertos artículos que ellos estimaban de primera pero bien sabía que eran fruslerías. De remedios contra las plagas de mosquitos o de la falta de quinina, imponiéndose lo cotidiano unos minutos sobre los que en seguida pasaban de puntillas, huyendo hacia otras superficialidades. De cómo fulanita se había echado un amante o de cómo mengano se la pegaba a la misma con su secretaria. Trivialidades así salpimentaban esas tertulias. Ah, y la caza, vanidad del círculo masculino, y tantas frivolidades como fueran capaces de cotorrear las mujeres en esos corrillos del desabrido club que integraban.

Apagaron el transistor y mi padre llamó a la embajada. En vano, la centralita debía de estar colapsada. Gritó, rabioso, que era el colmo, y mi madre que ya se veía venir. Nosotros, calladitos. Los criados conteniendo la respiración. El hombre hizo un último intento de telefonear a sus socios. Para atar cabos y no dejar sus negocios al pairo. Esta vez ni siquiera logró establecer comunicación, al parecer habían cortado la línea. Eso lo sumió en la desesperación y, en lugar de pasar a la acción, se quedó bloqueado mirando el auricular.

Entonces mi madre lo zarandeó, pero viendo su estado medio catatónico, se arremangó y se puso ella a organizar un plan de evacuación.

No hay tiempo que perder, declaró. Y empezó el frenesí. Correr o casi volar, escaleras arriba y abajo, abrir y cerrar armarios. Todo con un nerviosismo impropio en ella –derroche de compostura–. El servicio doméstico a cumplir órdenes como quien concede las últimas voluntades a un moribundo. Difícil tarea para estos infelices, pues al instante ella se contradecía. Y los criados daban en loco de no saber si obedecer o largarse. Histérica les ordenaba empaquetar nuestras pertenencias, ay, pero rectificaba en el acto. Al diablo, las cosas, rezongaba, lo importante era salvar la piel. El instinto de supervivencia cómo establece prioridades… Muertos, de nada nos servirán, las putas cosas.

Traté de imaginarnos a todos nosotros muertos, tirados en una cuneta y rodeados de nuestras cosas. Literales que somos de críos. En medio del caos, no habían reparado en la ropa tendida, algo insólito en ellos, maestros del cuchicheo y del tapujo. Obvio, estaban tan asustados como sorprendidos por el repentino giro de los acontecimientos y no sabían ni por dónde andaban. Que todo apuntaba a una inminente revuelta se veía venir, pero no se lo habían tomado en serio; lo terrible aunque inevitable nunca lo queremos para ya, lo aplazamos para un nunca jamás, imposible-que-a-nosotros-nos-pase-eso. De pronto ahí estaba, y se palpaba, la dichosa rebelión. que prometía ser encarnizada. Habían subestimado las señales, no obstante, bien evidentes.

Nosotros, mi hermano y yo, también estábamos impresionados, pero sin llegar a comprender la gravedad de la situación, ¿qué podíamos entender, tan pequeños?

Habíamos presenciado la escena porque jugábamos en la sala al amparo del calor cuando los mayores, que dormitaban con la radio encendida, nos impusieron silencio. ¡Chute, niños, callaos! Obedecimos y oímos el ultimátum. El estupor de los adultos, la súbita palidez de mi madre, fueron más que nada las señales que nos alarmaron.

Al principio creímos que se trataba de un cuento. La voz del hombre de la radio se parecía a la del lobo de esos teatrillos que veíamos en el parque los sábados por la tarde. Por eso no entramos en seguida en pánico. Al ver el impacto que había provocado en los mayores quedamos aturdidos. Amedrentados, nos arrinconamos. Intentar pasar desapercibidos para no entorpecerles el paso. Sobre todo, no molestar. En fin las precauciones que tomábamos a diario y que aquel día extremamos. Escaldados, expertos en hacernos invisibles, así andábamos cada día y ese día hasta dejamos de andar, fuimos del todo invisibles.

A los criados se los veía desconcertados, como ya dije, pero no tan confusos como sus amos. Por lo visto no tenían tanto que perder, ellos; quién sabe si algo que ganar… Así con todo, procuraban satisfacer las atolondradas demandas de la señora. De natural caprichoso, cualquiera le rechistaba… Entamaban un paquete; lo dejaban inacabado; no resolvían. ¿Esto también, señora? preguntaban blandiendo una sombrilla. Ella no atinaba a concretar… Ah, la sombrilla, y dejaba la respuesta en el aire, se largaba a otro cuarto taconeando con furia. Él, el amo, todavía alelado, intentaba asumir la derrota sin pasar a la acción.

Cerraron las ventanas y corrieron los visillos, las mosquiteras y las contraventanas. Todo a cal y canto. La voz de mi madre sonaba ronca. Su rostro, desencajado. Una máscara grosera, su propia caricatura de súbito envejecida. Siempre tan pendiente de su aspecto, tan coqueta ella, si se hubiera visto le habría dado un pasmo… Pero pasaba delante de los espejos sin hacerse guiños ni atusarse el recogido. Sin mirarse.

A pesar de todo, tomaron té, no en el porche como de costumbre. Nada de pastas o mantelitos. Sin aburridos juegos de mesa. Sin canciones, y a pie firme.

No cayeron en la cuenta de que los niños, los últimos monos, no habíamos siquiera merendado. Por suerte la cocinera se apiadó de nosotros y nos preparó unos bocadillos de mantequilla. Los comimos en silencio, acuartelados en una cocina medio desmantelada, mirando de reojo el desbarajuste de aquella improvisada mudanza. Ah, mis niños, mis pobres niños, se lamentaba Denise, suspirando. Mes enfants, mes pauvres petits.

Mandaron cargar el equipaje en el automóvil. Y esa fue la última orden que dieron. Apenas cuatro bultos elegidos no sin repiques. La vajilla de porcelana de Limoges hay que embalarla, ni hablar de dejarla aquí. Fue un regalo de boda, ¿no te acuerdas? No, mi padre no se acordaba y le contestó sin miramientos que qué diablos quería hacer con esos cacharros mundo adelante. Un incordio, llegarían hechos añicos. La perspectiva pareció desarmarla, pero solo un instante. Comer, digo yo que habrá que seguir comiendo, murmuró. Mejor ir ligeros, vete a saber cómo estarán los caminos hasta el aeropuerto fue lo que terció mi padre, persuasivo. Bien pensado, a la mierda la sopera, admitió mi madre en un asombroso arranque de desinterés.

Y eso fue lo que más nos extrañó, lo más insólito de todo aquel follón, que no se enzarzaran en una negociación interminable, que ella cediera sin más, desprendiéndose de su vajilla, esa que, en verdad, solo usábamos los días de fiestas o si había convidados.

¿No pretenderás que deje las joyas? atinó a decir. Descuida, mujer, las joyas, ni muerto. No ocupan lugar y nos sacarán del apuro, la tranquilizó suavizando el tono, tal vez conmovido por el extraño temblor en la voz de su esposa, siempre tan autoritaria.

Quiso saber si ella había cogido los pasaportes. No los encontraba en el cajón de la mesita, donde debían estar. Mi madre lo tranquilizó, la cartera con los documentos estaba a buen recaudo, en su bolso de mano.

Pues no se hable más, que el tiempo apremia, fue lo que él sentenció, sabiendo quizás que esta sería la última frase que diría al pie de aquella escalera imponente. La última que pronunciaría como señor de la casa.

Un minuto, dame un minuto, que solo tengo dos manos, protestaba mi madre, ella que no solía usarlas a no ser para llevar sortijas.

Así anduvieron, apurados; blasfemando y dando portazos; sacando y guardando bártulos; despidiéndose a la francesa de aquella mansión que había sido nuestro hogar; sin permitirse siquiera un instante de melancolía, una mirada hacia el piano todavía abierto en el ángulo oscuro del salón, un acariciar la barandilla de caoba de la escalera; claudicando hasta del vicio que tenían de discutirlo todo, al fin unidos por la desgracia.

El personal doméstico no sabía si despedirse o no. Los pillé confabulando en la cocina, cuchicheaban con los ojos en blanco. Callaos delante de la niña, impuso Denise. La ferme, les petits !

En algún momento también vi que mi padre cargaba su revólver. Sus manos temblaban y eso fue lo que me impresionó, porque verlo enredando con armas era lo normal pero siempre con pulso firme, no con esos temblores.

También vi, a través de una puerta entreabierta, que mi madre gastaba ese minuto que había suplicado, su minuto, en pintarse la boca de carmín. Nunca salía de casa sin hacerlo, fuera donde fuera. Pase lo que pase, ella, genio y figura.

Anochecía. Se oían los sonidos propios de la selva, aunque más acolchados por eso de las ventanas cerradas. Se escucharon tiros y voces, a lo lejos.

Mi hermano, que era un miedoso, se cogió a las faldas de mi madre. Yo me hice la valiente, como si nada… Ecos de cacería, fuegos artificiales, quise imaginarme. Por dentro temblaba.

Al pequeñajo y a mí solo nos dejaron coger lo imprescindible, una muda y un peluche. Atrás dejamos libros y juguetes, si bien el señor de la radio no había mencionado interés por los cachivaches de los niños. ¿Para qué los querían? si jugaban con palos, piedras y neumáticos pinchados, ellos.

A medianoche subimos al auto como fugitivos. Seguían los tiros, el rumor de las reyertas. El lloriqueo de mi hermano.

Denise nos abrazó, pero mi madre, impaciente, interrumpió la despedida. No había tiempo para sentimentalismos. En eso del cariño era como el perro del hortelano.

Fue así como dejé mi casa, mi mundo. Casi ni me despedí de la niñera que nos había criado (mis padres siempre ocupados en sus historias no tenían tiempo para dedicarnos, azotados de fiesta en fiesta, diplomáticamente agotados). Allez, soyez sages… Ahora daría mi reino por unas risas de Denise.

Recuerdo el episodio como una película muda, ritmo acelerado, luz y sombra, susurros de drama. Una pesadilla vertiginosa. ¡Qué cosas, todavía se me aparece en sueños!

El trayecto fue sobresaltado, el coche brincando de bache en bache. Tuvimos suerte, ni nos cortaron la cabeza ni violaron a mi madre, como habían sentenciado. De chiripa.

El resto, las tierras, la casa y la radio quedaron atrás. “Más se perdió” en no sé qué guerra concluía mi padre al referirse a ello.

Llegamos maltrechos, aunque sanos y salvos, al aeropuerto, donde nos encontramos con otras familias tan atemorizadas como la nuestra. Todos nos subimos al cochambroso avión sin reparar en su lamentable estado, pues no estábamos para exigencias. Era nuestro rescate.

Ya habíamos tomado asiento cuando me acordé de los animales enjaulados, sobre todo del cachorro que nos festejaba. ¿Qué sería del monito?

Intenté hacerle la pregunta a mi madre, pero estaba consolando a una señora llorosa y no me hizo caso. Nena, ¿no ves que estoy hablando con esta señora? Supuse que los criados los devolverían a la libertad, al mono y a los demás animales.

A esas fieras las traían hombres negros a quien mi padre pagaba. Muchas veces los vi haciendo el trato. Los blancos no hacían esos trabajos, pero sí los encargaban. Porque no estáis preparados para la selva, diría Denise riéndose. Bueno, tú sí, añadiría acariciándome el cogote. Toi, oui, ma p’tite.

Mi hermano y yo teníamos prohibido acercarnos al cobertizo donde los guardaban bajo llave. Hacíamos caso omiso de la norma y al mínimo descuido entrábamos para contemplarlos; nos fascinaban. Falta que te lo prohíban para que… Sus miradas acorraladas nos daban pena, intuíamos algo turbio en aquel encierro. Por tener pocas diversiones, jugábamos con ellos como si fueran muñecos, respetando los barrotes, sin meter las manos por si acaso. Algunas veces los incordiábamos, es verdad, pero no con malas intenciones, cosa de críos.

Si Denise nos pillaba, nos reñía. Pero burlábamos su atención. Un día tendremos un disgusto, nos advertía. Son animales salvajes, no mascotas. C’est pas n’importe quoi, c’est des bêtes, pas des joujoux !

Pero Denise, la pobre, siempre tan ocupada con las innumerables tareas de la casa, no daba abasto, y aunque nos vigilaba tampoco tenía cuatro ojos. No paraba desde el amanecer hasta entrada la noche, Denise, que se dormía sobre la mesa de la cocina.

Mis padres la levantaban de madrugada al volver de sus cuitas con cualquier pretexto, prepararles un baño o una tisana. Tenían ese cuajo. Y ella, que dormía vestida, se levantaba como si tal cosa, ahora mismo señor, por supuesto señora, les decía arrastrando los pies descalzos. Mais oui, M’sieur, tout de suite. Ça vient Madame ! A sus espaldas les hacía muecas y burlas. Si yo la pillaba, me guiñaba un ojo. No hacía falta que me hiciera mutis porque no me pensaba chivar. A Denise yo la adoraba.

Un día, que llovía tanto como si fueran a ahogarse las casas de nuestra calle, llegó un hombre chorreando. Recuerdo que dejó su paraguas en el paragüero y que se formó un reguero que llegó hasta la mitad del pasillo. Lo recorrí a la pata coja y mi hermano, que era peor que un mono, no tardó en imitarme.

El hombre de la gabardina mojada estuvo hablando con mi padre y supimos que discutían porque sus voces se oían hasta detrás de la puerta cerrada. El hombre amenazó a mi padre con encerrarlo como él hacía con los animales. Tráfico ilegal, especies protegidas, secuestro, gritaba. Se las verá conmigo, acuérdese, y no tardando. A mi padre se ve que esas palabras le resbalaron; no lo amilanaron y siguió con la trata hasta el último día como si aquel hombre nunca hubiera irrumpido en medio del diluvio para chorrearle.

Cuando años más tarde, cuando se vio envuelto en problemas con la justicia por otros tejemanejes, comprendí que sus maniobras de contrabando con los animales habían sido un ensayo para pasar a mayores. (Pero esa es otra historia, que se dice.)

Sus actividades, siempre rentables y sin miramientos, al margen de la ley y de manías morales, estimulaban su carácter aventurero –y de paso pagaba nuestras letras–. Trapicheaba, aunque a mamá le gustaba decir que su marido era un importante hombre de negocios. Ella, con tal de medrar y de aparentar, hacía la vista gorda y de tripas corazón.

Aquella huida fue mi primer viaje en avión y eso, a pesar del acento trágico, fue toda una aventura.

Miraba por la ventanilla, siguiendo el larguísimo río que serpenteaba partiendo en dos la inmensa selva esmeralda. Después, todo se volvió aridez. Luego, el interminable océano plateado, demasiado azul para mi gusto, que me intranquilizó más que la selva, por peligrosa que fuera.

Mi hermano se mareó. Yo, no. Estaba entusiasmada descubriendo el mundo desde esa nueva perspectiva y había acumulado demasiada adrenalina como para vomitar en un saquito de papel. Mi madre se abanicaba con un folleto. Mi padre se quitaba el sudor de la cara con un pañuelo ya sucio. Nunca lo había visto sudar de aquella manera. Con esa pinta de azorados parecían borrachos de los que rondaban por el pueblo los sábados de paga.

Dijeron que había turbulencias, pero no tormenta. Por suerte, lo peor ya pasó, mascullaban…

Creo que lo peor fueron esos soldados que nos apuntaron con metralletas al llegar al aeropuerto. Aunque los negros nunca me habían asustado, reconozco que esos nos miraban mal, que hasta yo me di cuenta, tanto que mi madre agachó la cabeza al pasar como si la hubieran pillado in fraganti y la fueran a castigar.

Después de unas horas, llegamos “al país”, como llamaron a ese paisaje de maqueta. Desde la ventanilla vimos las casas, los campos, los bosques y las carreteras, todo tan ordenado que parecía de juguete.

Dijeron que era nuestra patria, que se habían acabado las preocupaciones. Mintieron, o se engañaban, siempre tan cínicos. ¿Ilusos, inconscientes? No sabría decir…

Los hombres cantaron el himno nacional y alguien descorchó una botella para brindar. Algunas mujeres lloraron. Por la emoción, justificó mi madre impostando su voz de soprano.

Me puse a canturrear una canción del repertorio de Denise, esa que ella cantaba al hacer la colada, sin saber por qué, supongo que por descargar la tensión acumulada. Mi madre me fulminó con la mirada como hacía cuando me consideraba inoportuna (casi siempre).

Al bajar del chárter todo fue bruma.

Intenté respirar hondo y sentí vaho en vez de aire. Tuve frío y mi madre se reprochó –raro en ella poco dada a la autocrítica– no haber previsto unas chaquetas. En seguida se justificó, se acabó el padecer aquellos calores infernales. Yo estaba acostumbrada al clima ese, al que ella llamaba infernal: el único que conocía, pero ella insistía en tachar aquellas temperaturas de insoportables. Cierto que en el avión echamos en falta ventiladores como los de casa, esos que colgaban de los techos y funcionaban día y noche, hipnotizando con su runrún. Por eso, por no haber ventilación –el aire acondicionado llegó después– fue por lo que llegamos empapados, con la ropa pegada al cuerpo. Por eso y por el terror que les hizo sudar como pollos. Ni siquiera mi madre se había librado, ella también apestaba. Un olor agrio, desagradable, que por una vez le había vencido el pulso a su perfume caro.

Volví a pensar en las bestias que olían a amoniaco y a paja mojada. Qué peste, soltaba siempre el renacuajo de mi hermano, tapándose las narices al entrar en el cobertizo. No van a oler a rosas, encerrados como están, le recriminaba. A mi mono lo adoraba y no admitía la más mínima crítica. Antes habría preferido que mi hermano se metiera con cualquiera de mis muñecas. Pauvre bête ! era mi lema.

Subimos a un taxi y mis padres empezaron a discutir –ya tardaban–. No sabían si ir a casa de la madre de mi madre o a la de mi padre. Se decidieron por la de mi madre. Por la cuenta, tenía más habitaciones, aunque sospecho que, de no haber sido así, ella se habría salido igual con la suya. Era de las que siempre se lleva el gato al agua.

Nos explicó con su voz acaramelada, la que reservaba para los invitados, que por fin conoceríamos a la abuela. Hasta ese momento nunca se me había ocurrido pensar que tuviéramos una abuela.

El auto se detuvo frente a una casa con jardín y nos recibió una señora que era como mi madre, pero arrugada. Por lo visto era la abuela.

Hablaron sobre nuestra forzosa huida. Una situación inaceptable. Inadmisible, exclamaban separando mucho las sílabas.

Desde que salió del coche, mi padre se quedó apartado –y así, se mantendría, siempre disminuido, mientras duró aquella convivencia–. Su suegra, que parecía haberle quitado el aplomo, apenas le dirigía la palabra. El tono de reproche (por cosas del pasado que solo ellos entendían) fue una constante entre ellos, creándose tales tensiones que mi padre acababa largándose dando un portazo. Mi madre se hacía, entonces, la víctima, y la abuela aprovechaba para recriminarle no haberle hecho caso en casarse con un tal René, todo un caballero, un buen partido, no como ese fracasado. Así lo tildaba a su yerno, de fracasado. Un raté.

La casa olía a mantequilla rancia, a apio cocido y al petróleo de la estufa. En la cocina ni rastro de criados. En seguida eché de menos a Denise. Mi hermano la llamaba; primero con su vocecita de malcriado; después con rabia al ver que no acudía; ¡Denise! ¿dónde estás? Denise, ¡ven o te vas a enterar! chillaba el muy infeliz. Pero Denise ya no dijo nunca: j’arrive, j’arrive.

Estuvieron unos días ocupados en bañarnos. Vete a saber qué enfermedades raras traíamos de ese horrible país, decía la abuela. Qué tontería, si teníamos una salud de hierro, habíamos sobrevivido a la hepatitis y a todas las fiebres imaginables.

Aun así, nos llevaron al médico para una revisión y de paso unas cuantas vacunas. ¿Son hermanos? le preguntó el doctor a mi madre. Ella le contestó –muy digna– que por supuesto.

También nos arrastraron de compras para rehacer nuestro vestuario. No teníamos ropa de abrigo. Además, les parecía que no podíamos andar por la ciudad con esas pintas de granjeros, como calificaba la abuela a nuestros atuendos.

A mi hermano todo lo que probaba le sentaba como un guante. Una monada, este niño es una monada, admiró la dependienta de esa fabulosa tienda en la que descubrimos con asombro las escaleras mecánicas.

La niña no es tan agradecida; los tonos beis o marrones no le sientan bien; los oscuros, tampoco; y los vivos la hacen tan vulgar, tan ordinaria, añadía mi madre acongojada. Ese tipo de comentarios eran los que yo escuchaba mientras me probaba no sé cuántos vestiditos y un montón de absurdos complementos que hasta entonces, gracias al clima ecuatorial, me había ahorrado, que si rebecas, que si cardiganes, que si abrigos, que si leotardos… Hasta zapatitos de charol y unas botas de piel, calzado que hasta entonces nunca había usado y que sentí como una garduña en los pies. Un tormento.

Otro día visitamos al peluquero. Esta niña tiene un cabello intratable, protestó al intentar peinarme. Al mocoso le hicieron un corte a lo paje que lo afeminaba, pero del que quedaron muy satisfechas.

Estáis hechos unos salvajes, no paraba de repetir esa réplica arrugada de mi madre. No nos queda nada que pulir, decía. Yo pensaba que solo a los negros se les podía llamar salvajes, por eso me sorprendió. Cuando pienso, qué ideas tan tremendas nos inculcaban…

Sin duda, nuestra abuela nos encontraba impresentables y nos aislaba de su círculo en una especie de cuarentena (de la que, me temo, no hemos conseguido zafarnos nunca, al menos yo).

Mi hermano se adaptó mejor porque era un calco de mi madre. Esas cosas de la genética cuentan mucho, pero yo entonces no lo sabía y me mortificaba pensando no estar a la altura. No tenía ni el desparpajo de mi madre ni la arrogancia de mi padre. Notaba cómo la abuela me observaba con suspicacia y se preguntaba en voz alta que de dónde habría salido yo, tan tosca.

No me gustaba esa abuela. No me gustaba su casa. No me gustaba mi nuevo país. Anduve como alma en pena, enferma de morriña. Por las mañanas amanecía con mala cara y se empeñaban en darme vitaminas, aunque yo era bastante alta para mi edad y no creo que las necesitara para nada, esas vitaminas.

Mi madre decía que era una niña incomprensible, que cualquiera estaría contenta de haber vuelto a casa, a nuestro país, pero yo no, yo siempre tenía que mortificarla. Y cuando decía esto se quedaba muy pensativa. Y suspiraba. Le había salido rana la nena.

Por fin adecentados, una mañana nos acompañaron a la nueva escuela. Se tienen que adaptar, decía. No pueden seguir encerrados. Cuanto antes, mejor. Creo que la agobiábamos porque ya no nos podía encasquetar con Denise.

Cuando entré en la clase todas me miraron. La maestra me indicó un pupitre vacío y me presentó. Entonces una niña me preguntó: ¿De dónde vienes? Le dije que del Congo.

Yo estaba tan asustada como las fieras enjauladas de nuestro cobertizo. Me sentía como un mono de feria. No sabía dónde meterme. No se me ocurrió otra cosa que preguntarles si tenía monos en la cara (pero eso ya fue en el recreo, en clase no levanté la mirada del suelo).

Como a cualquier recién llegada me hacían preguntas. Normal, la novedad. Querían saber. Me enfurecían por estúpidas, esas preguntas. ¿En África teníais casa? ¿Y tele? Yo ni respondía de tan ofendida que me sentía.

Entonces les robaba algo, cualquier chirimbolo sin ningún valor. Por preguntonas, hale. Me lo guardaba en los bolsillos y lo almacenaba en el fondo de mi armario. Mi botín. Insignificancias: una goma mordisqueada; medio lápiz; un prendedor de pelo; con suerte, un bolígrafo. Cosas que no necesitaba, yo que, además, detestaba casi todas las cosas, excepto mi columpio, esa tabla sujeta con una cuerda que se había quedado colgando del árbol. Robar era porque las chicas de la clase me miraban mal; lo hacía cuando sus sonrisas me parecían forzadas o si no entendía algo. Por sentirme tan forastera.

Nos habían educado para ser los jefes y aquí me situaban al mismo nivel de las españolas y las marroquíes (en contra de las que no tenía nada, al contrario, las toleraba mejor), pero eso me descolocaba. Me obsesionaba con indicios maliciosos, y a pillar. Como si con eso yo cambiara algo…

Me pusieron un mote: “Patricia, la ladrona”. Los niños no son nadie endosando sambenitos…

En casa les atosigaba con preguntas, pero me respondían que todo eso era agua pasada. ¿Seguro que no volveríamos nunca? les preguntaba. Ellos, implacables, me contestaban: Nunca más. Y al decirlo espaciaban las sílabas como cuando decían “inadmisible”.

¿Nunca más? Suplicaba una aclaración. Un bufido, me soltaban. Deja de dar la brasa con eso, nena, me decía mi padre. Del agobio me costaba respirar. La idea de la muerte –como final de las cosas– me parecía intolerable. Cuando el árbol cae los monos se dispersan. Así pensaba de mis padres: unos cobardes.

Algunas noches que no conseguía dormir pensaba en la idea de morirme. Denise me había contado algo sobre no sé qué de un paraíso. ¿Y si eso del paraíso fuera volver al Congo? Al final me quedaba dormida y soñaba con mi columpio, y esa idea, la de morirme, se me pasaba.

No te hagas ilusiones con recuperar nada, lo hemos perdido todo, le repetía mi padre a mi madre que se consolaba leyendo su revista preferida, Point de vue (de la que yo recortaba las fotos de ecos de sociedad para pintarles bigotes a los personajes).

 A mí tanta derrota no me caía en saco roto. Aprovechaba para volver a la carga con el mono y ellos decían: Vaya una cosa baladí, un mono…

— ¿Adónde se lo habrán llevado?

—Al zoo. Un día iremos, si te portas mejor.

No debí de portarme del todo bien porque mi padre nunca me llevó. Sí fuimos al de Amberes de excursión con la clase. Allí vimos animales increíbles y monos del mundo entero. Pero al mío no lo vi.

A Denise le envié un par de cartas que me devolvieron con la anotación de “destinatario desconocido o dirección equivocada”, no recuerdo. Imposible, me sabía las señas de memoria y el cartero a ella la conocía de sobra. Eran medio parientes. Supuse que Denise habría abandonado la casa. Desde entonces siempre imaginé nuestra casa deshabitada y a ella vagando por los descampados. No supe más de su destino.

A veces llegué a pensar que ojalá me hubiera escondido en el cobertizo con el mono. Denise se habría ocupado de mí, estoy segura. Va, sors de ta cachette, Patricia !

Se lo dije a mi padre, pero él me contestó que habría sido una idea descabellada. Que no estuviera tan segura sobre la buena voluntad de aquella gente, pues les habría faltado tiempo para malvender todas nuestras cosas, para echarlo todo a perder.

Sí, también al mono, añadió dando el tema por zanjado, y sumergiéndose de lleno en su periódico, Le Soir.

Esos últimos recuerdos de mi tierra me persiguieron mucho tiempo: la casa cerrada, mis juguetes tirados en el cuarto, Denise limpiándose los mocos en el mandil, la voz cortante de mi madre, la oscuridad de la selva, la débil luz de los faros del coche zigzagueando por el camino, mi columpio colgado del inmenso árbol de nuestro jardín. El mono abandonado.

 Qué extraño, los apegos…

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