Capítulo 3 Ver, oír y chillar


Me podría haber quedado allí toda la vida, pero me largué. Ni siquiera supe bien por qué. Pero ¿ellos sabían por qué me sacaron del cobertizo para encerrarme en un zoo? Tanto trasiego ¿pá qué? De jaula en jaula y tiro porque me toca. Fugarme del zoo igual fue un intento algo desesperado de volver. Volver a la selva.

Hacía un frío de mil demonios, pero esa no fue la razón. El frío no fue la excusa.

El caso es que me abalancé sobre el cuidador, sin motivo. Lo pillé desprevenido y lo empujé contra la puerta cuando el hombre se salía, con el cubo ya vacío. No tenía nada contra ese pobre hombre: nos daba de comer y limpiaba nuestra porquería. Así que debió de ser un ataque de rebeldía. Un impulso descontrolado, ponte.

El pobre chilló y el cubo se le cayó y rodó como una peonza. No me lo pensé (qué tonterías, si yo no pensaba) y, sin darle tiempo a reaccionar, me puse a correr como un poseso (y eso que correr tampoco no es lo mío). El todavía atinó a cerrar la puerta con llave, por los otros. Y llamó con su silbato, silbó silbó,  para dar aviso de mi fuga.

Yo me encaramé al primer árbol y desde ahí observé cómo acudían sus colegas. Él les explicó lo ocurrido, escenificándolo con aspavientos. Hombres desconcertados, daban esa impresión. No me moví de mi escondite, ni respiré (o casi).

Pronto sonaron las sirenas y llegaron varios furgones cargados con más hombres. Estos iban armados. (No los suponía tan puestos en la vigilancia.) Nuestro cuidador, abochornado, se justificaba ante sus superiores que lo tacharon de negligente, cuando ni siquiera había sido un descuido, fui yo quien lo empujé. Él eso lo repetía: que no había podido impedirlo, que no se lo esperaba de mí. Tenía las orejas gachas. Daba pena y los otros también, tan alterados. No había motivo para tal alarma, yo no era más peligroso que un mono con navaja. De momento solo fue una travesura y de pronto se me iba de las manos. Ya me obcequé: pues no me rindo.

Salir… La tentación me daba vértigo. ¿Qué habría más allá del recinto, selva o cobertizo? Ni idea, pero lo desconocido me intrigaba. Cerré los ojos para no seguir viendo cómo se afanaban en la busca. En mi busca. Mientras, procuré pensar en ese paisaje mío que siempre me tranquiliza: la selva. Echar una cabezada y entrar en lo verde por la puerta grande habría sido lo suyo, pero imposible conciliar el sueño por la zozobra. Desde el árbol y entre parpadeos, seguía sus siluetas achicadas. Se veían tan frágiles que me pareció ridículo haber creído tanto tiempo que eran capaces de dominarnos, no solo a nosotros los chimpancés (de relativo buen talante), sino a los leones (más fieros), a las panteras (tan oscuras como impredecibles). Y también al tigre (el más temible). En ese arca de Noé varada, nos hacían convivir entre especies dispares: canguros con ñus o cebras con bisontes. Sin respetar las distancias continentales.

Al oscurecer dejaron de buscarme y ya aproveché para saltar la verja.

El suelo era duro. Los vehículos a todo gas me dieron miedo. Para nada la selva… ¿Hacia dónde ir? Ni idea. Atontado, choqué contra una mujer que gritó despavorida. Su perro me ladró. Yo chillé. Vaya numerito…

Me refugié en una arboleda. Estaba solo. Escuchaba mi respirar agitado. Me encaramé en el árbol más alto y anduve por las ramas, descolgándome. Ese ejercicio me sosegó.

Pronto se acabó el oasis y de nuevo me tocó pisar tierra. Tomé aliento. La cabeza me zumbaba. Me acurruqué. ¿Debilidad? Por mi mala cabeza me había quedado sin cena y ahora lo lamentaba. Buscar algo que llevarme a la boca se volvía urgencia, pero ¿dónde? Hurgué en una papelera y encontré restos. A pesar de su sabor bastante repugnante, me los tragué. No era mucho, pero sí suficiente para engañar el hambre.

Seguí a escape como un fugitivo, escabulléndome. Cuando se hizo noche cerrada, a cuatro patas que me manejo mejor, y a ciegas en la oscuridad. En terreno desconocido.

Tenía sed, el miedo me había resecado la garganta. Buscar agua. Di con agua, pero era tanta que me pasmó.

Entre brumas se mecían bultos sobre unas aguas plomizas. ¿Hipopótamos? Me acerqué a la orilla, por comprender. Bajé unos escalones que se hundían en las profundidades. Y eso, bajar la escalera, se dice pronto, pero eso a mí me zarandeó por dentro. Un sorbo de agua, primero, y luego otros que bebí en la palma de la mano.

Salté sobre uno de los bultos que se balanceaba. No me atacó (no era un hipopótamo). Era una embarcación, pero yo qué sabía. Ojo con el agua que no sabemos nadar, hubiera advertido mi madre; a los hondos, no.

Vi que no estaba solo, por ahí merodeaba un felino. Solo era un gato y se erizó al verme. ¿Tan feo soy? Le enseñé los dientes para que supiera con quién se las gastaba. Escuché pasos de humano y me escondí a lo polizón.

El hombre se subió a la barca. Respiraba con dificultad. Anduvo trajinando y puso el motor en marcha. Aquello zumbó. Zarpamos, sin posibilidad de volver atrás. Cuando ya navegábamos río abajo –aquella infinitud se había estrechado–, el marinero sacó una pipa y fumó mirando al horizonte. Su mascota se le acurrucó mientras maullaba, rastrero. ¿Intentaba delatarme? Su dueño se limitó a acariciarlo con una mano pesada y enrojecida. El felino se calló, resignado, pero siguió moviendo la cola con furia contenida. El viejo se puso a canturrear –los humanos son de parloteo; si están solos, acostumbran a silbar o cantar–. Yo miraba las ondas que se iban formando. Me fueron hipnotizando y casi consigo adormecerme, exhausto como estaba después de esa noche de fatigas. Procuré mantenerme alerta: dormir sería mi perdición. Sentía el alma abandonándome de a ratos y pensé: Voy a marearme. Pero mantuve el tipo.

Por fin aquella pesadilla se acabó y llegamos a buen puerto –un decir–. Seguí escondido hasta que vi cómo el tipo se alejaba, balanceándose sobre sus piernas, abrasadas de reuma (todas estas apreciaciones las cavilo ahora, entonces yo no sabía nada de nada). El viejo entró en la taberna del puerto. De adentro salían unas risas gruesas y estremecedoras. Al cerrarse la puerta del bar fue cuando ya salí de mi escondite. Al gato lo espanté con gestos contundentes, era necio. Tuve que esforzarme.

En tierra firme, anduve vagando más allá del embarcadero, quién sabe cuánto tiempo. Hurgando en las basuras. Asustando a los transeúntes. Huyendo, siempre. Buscando cobijo para dormir. Cuánto agobio. El reto era que no me pillaran.

En medio de tanta incertidumbre, ¿añoré la seguridad del zoo? Creo que no. A pesar de ser una vida regalada, me parecía tan tediosa.

En la calle, más que nada, pesaba la soledad. Soledad que ya había conocido en el cobertizo –si no fuera por aquellos niños–, pero que olvidé en el zoo gracias a la compañía de otros de mi misma especie, ese triste clan encarcelado que formábamos. Todos a una, sí, nos desperezábamos; cogíamos a sabor de boca; nos rascábamos unos a otros; y, cómo no, nos desparasitábamos. A veces, enseñábamos los dientes a aquellos visitantes cuando estos nos trataran con insolencia –de no ser por la valla, más de uno se hubiera llevado un susto–. Sobrellevar todo eso, sintiéndonos observados, era difícil. Se sobreactúa. En ocasiones, de puro hastío, le dábamos la espalda a la vida, comportándonos como los tres monos de la sabiduría: ese trío de uno que se tapa los ojos por no ver, el otro se tapa los oídos por no oír y el tercero se tapa la boca por callar. El alarde de la resignación. Al momento se nos pasaban las rabias. Sin rencores, nos descolgábamos casi como si fuéramos libres.

De cualquier modo, aquel parque era un sinsentido y por eso tuve que fugarme. (Una suposición que saco ahora: entonces ni pensaba.)

La selva, nada que ver con el cobertizo. Ni con el zoo. La selva es otro mundo. La vida, un dejarse fluir, imitar a los mayores, comer y protegerse. Rascarse sin complejos no está mal visto. Saltar para pillar lo que fuera, todo al alcance de la mano. Coger sin tapujos. Sin manías. Las disputas, cuando salen a relucir, se resuelven enseñando dientes. A mordiscos. A zarpazos. Al momento borrón y cuenta nueva, sin resabios. Yo me descolgaba, sin disimular mi torpeza de cachorro, entre aquellos enramados tan fabulosos. Me acuerdo tanto de aquellas ramas. O me caía de bruces y volvía a levantarme como si tal cosa, sin pizca de sentido del ridículo. Eso era la selva. Y su banda sonora: millones de pájaros reclamando y otros sonidos impensables. Claro que había peligros… Por todas partes y a todas horas. Pero estaban los demás al tanto. Nunca te alejes del grupo era lo que me repetía mi madre.

Pero un día me descuidé y esa fue mi perdición. Me lució el pelo por desobediente. Por mucho que chillé, nadie pudo ayudarme. Me habían cazado.

Fue cuando me metieron en la jaula y ¡al cobertizo! No sé cuánto tiempo duró aquel encierro. No pensaba en nada, solo maldecía mi mala pata. Hola, guapo, ¿cómo te va? me preguntaba la nena. ¿Para qué le dices nada, si no sabe ni hablar? se burlaba el niño y me sacaba la lengua. Pero un día los dos dejaron de venir y yo me hundí.

Al poco –¿días o algún otro tiempo que no conocía? –, me sacaron a la luz y me transportaron en un jeep. El sol me cegó después aquel tiempo de penumbra. Del resto no recuerdo bien, entre dormido y desmayado (debieron de pincharme algo para que no diera la lata). Y fue mejor así porque, de haber sabido que viajaba en la bodega de un avión, la habría palmado de puro espanto. (Estas reflexiones son de ahora, que entonces, como ya dije, ni papa. Que entonces yo solo sabía de selva, no selva. Libertad, cautiverio. Madre, no madre. Luz, sombra. Jaula quieta, jaula se mueve. Silencio, ruido. Niños que vienen a verme, niños que ya no vienen a verme. Poco más.)

La impronta del paraíso perdido, selva y hasta cobertizo, se va diluyendo cada amanecer lechoso de esas otras vidas que voy coleccionando, como sueños. Como pesadillas. Recuerdo lo de coger, descolgarme, como si fuera ayer. Pero es recuerdo. Solo eso.

La fuga del zoo, de la que no me arrepiento aunque haya sido un sinvivir hasta dar con el cobijo de esa bendita despensa, fue mi mayor osadía.

Pero poco dura la alegría en casa del pobre y poco me duró a mí el refugio aquel de la despensa. Cuando ya me creía a salvo, me tocó largarme.

Culpa de la portera que mangoneaba el edificio —para eso la pagaban, a la señora—. Andaba mosca, ese tufo era bien raro… ¿Alguien andaba rebuscando en las basuras? ¿No se habrá colado algún mendigo? ¡El colmo! De seguir el hedor, avisaré al propietario del inmueble, advirtió.

Abandonar la despensa ya mismo, decidí de pronto. Lástima, ahora que ya tenía mis rutinas establecidas. Me había encariñado con esa nena de ojos tristes que me visitaba al anochecer, una nena que no decía palabra pero me miraba muy seria y me deseaba las buenas noches y yo se lo agradecía de corazón. Algunas noches me pareció que esa nena, la triste, olía como la niña del cobertizo, pero debían de ser figuraciones mías. Sí, rutinas, rutinas que convertían aquel encierro pasajero en la despensa en algo parecido a una vida. En mis rondas ya tenía localizados los mejores cubos de basura próximos a los restaurantes de lujo o en apuros también revolvía en los del inmueble –de sobra lo sabía la portera–.

Para mí, Bruselas fue esa despensa, un parque vacío a medianoche, el olor a fritanga, los tranvías amarillos. Una contención pasada por agua. La imposibilidad de comerme todas las chocolatinas del mundo. El empedrado de adoquines cuadrados siempre resbaladizos. La lluvia, siempre la lluvia.

Pasaron otros días, ya fuera de mi escondite, otra vez de vagabundo. Y en seguida volvieron a pillarme… Fue que me quedé dormido en un banco del parque, por descuido, y cuando desperté estaba atrapado en una red. Hasta al mono más listo se le cae el zapote. No avisaron a la policía ni me devolvieron al zoo, como temí.

Esa gente me secuestró con idea de venderme.

No les fue tan fácil encontrar comprador y el viaje se nos alargó en un sinfín de carreteras, con paradas en terrenos baldíos o bajo los puentes. Así debimos de atravesar Francia, país que podría resumir en paisajes fragmentados por la ventanilla, pues casi ni me sacaban de la furgoneta. Solo en lugares apartados y por las noches.

A medida que nos acercábamos al Sur, sentía cómo mis huesos se secaban gracias a la tibieza del sol que recalentaba la chapa, pero que yo agradecía. En los improvisados campamentos, nadie se acercaba a mí a no ser para incordiarme. Eso me sorprendía, en especial de los niños. Se ve que estaba mal acostumbrado con los críos: risas y cacahuetes y escondites, eso creía yo que eran siempre los niños. (El feo que me hacía algún mocoso sacándome la lengua nunca se lo tuve demasiado en cuenta ni tampoco las burlas de algunos visitantes del zoo: eran hechos aislados.) En cambio estos niños, desarrapados, tiraban a darme con latas o pedruscos. Y tenían buena puntería. Yo estaba atado con grilletes así que solo podía gruñir y lo de siempre: enseñar los dientes. Aquellas gentes de las furgonetas, siempre de acá para allá, malvivían con desperdicios de los arrabales. A salto de mata. Imagino que yo para ellos no era más valioso que chatarra, un objeto de cambalache cualquiera. ¡Qué bajo había caído!

Finalmente consiguieron venderme a un hombre de circo, que me miró los dientes antes de pagarles cuatro perras. No lo mordí porque supo cómo abrirme la boca y me pasó el guante por los hombros.

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