Una maleta de palabras en 4 pasos


Esta semana, una pausa en mitad de la novela por entregas (pero continuará…)

La razón es que estuve siguiendo un curso que convocó la UNED, Escritura creativa, Fundamentos de la narración, dirigido por Silvia Bardelás, autora de El lector perdido, entre otras publicaciones.

Silvia Bardelás es doctora por su tesisTeoría de la novela. Ha publicado dos novelas: As médulas y Unha troita de pé en Barbantesa Edicións, la primera traducida al castellano como Las médulas en Pulp Books. Ha sido profesora de Creación Literaria en La Escuela de Letras on line, el Liceo Europeo, la Escuela de Artes Tai. Ha trabajado como traductora y asesora en distintas editoriales como Siruela, Turner o Everest. Dirige un blog de libros: El lector perdido.

Además, es directora de publicaciones de una nueva editorial: De Conatus y dirige un proyecto educativo, Estudios narrativos.

Me enteré del taller por un tuit y no me arrepiento haberle dedicado la semana. El curso acaba el 28/06, pero me pareció entender que es posible apuntarse aun después de la fecha de clausura. Yo ya lo acabé, aunque me queda pendiente la lectura de Matadero 5 de Kurt Vonnegut, que reservo para el finde. Estos cursos son gratis y muy recomendables. Estaré atenta por si se convocan más. Aquí pego la información:

Escritura Creativa: Fundamentos de la narración es un curso orientado a entender la estructura narrativa desde su origen y su peculiaridad. El primer problema que se le plantea a alguien que empieza a escribir es el de saber reconocer los elementos que componen una narración. El tono, la voz narrativa, el punto de vista, la creación de un personaje o de una atmósfera, el trabajo con el recuerdo o la intensidad del diálogo son recursos que, antes de ser trabajados, necesitan ser identificados en su función.

El temario:

  1. Pasión por contar: el material narrativo. La narración tiene en origen el no entendimiento o la vivencia de un cambio de punto de vista. El material de la narración hay que buscarlo desde su capacidad de generar transformaciones.

  2. Encontrar una voz: el punto de vista. El narrador es el único que puede contar lo que cuenta. La voz narrativa es diferencial y hay que encontrarla.

  3. Comunicar narrativamente: creación de una experiencia. Ese narrador tiene que comunicar aquello que ve. Para ello necesita crear una experiencia a través de efectos expresivos. Mostrar y no decir.

  4. El giro narrativo. El carácter performativo de la narración. La narración, desde un plot potente, modifica las disposiciones del lector y de la comunidad.

Y los objetivos:

1. Entender la narración desde la necesidad de contar.

2. Descubrir el sentido de los recursos narrativos en el proceso de la escritura.

3. Identificar la experiencia como forma específica de la comunicación narrativa.

4. Comprender el carácter performativo de la narración.

Y este es mi relato y cómo se fue transformando. Si tienes paciencia y lees las cuatro versiones, dime por favor cuál te parece más acertada (si hay alguna) o si crees todavía admite otras combinaciones. Gracias.

1 La maleta de palabras

Cuando era joven, París me atrajo como un imán. Iba a la facultad, pero me aburría y pasaba el tiempo leyendo novelas: había descubierto a Cortázar. En segundo decidí irme a la ciudad de las luces. A mis padres debió de parecerles una idea peregrina pero tampoco se opusieron. Yo pretexté que me vendría bien refrescar el francés y ese argumento me ayudó a convencerles del beneficio de aquella estancia (entonces, no se había inventado el Erasmus).

Después del verano, preparé la maleta y cogí un tren y después otro (entonces, nada de aves).

Cuando llegué a París, donde no conocía a nadie, me hospedé cerca de la estación. El rótulo del establecimiento decía “hotel” en mayúsculas, pero ya desde la entrada todo indicaba que aquello no era sino un hotelucho de ínfima categoría. Podría haber buscado algo más decente: aunque no llevaba dinero como para derrochar sí había ahorrado lo suficiente para mantenerme hasta encontrar empleo, pero me conformé con aquel alojamiento de cuarta por no despilfarrares; desde mi llegada, todo me parecía escandalosamente caro (nuestras pesetas quedaban en nada, al cambio). Además, estaba demasiado cansada para seguir buscando, con las maletas a cuestas.

La noche la pasé en vela a pesar del cansancio, por culpa de un indeseable, también huésped del “hotel”, que me abordó a la entrada, cuando yo volvía de cenar un sándwich, y me hizo proposiciones deshonestas. Me asustó, ese baboso. Le di largas y me encerré en mi cuarto, pero llamó a la puerta y hasta la aporreó y estuvo un buen rato susurrando obscenidades mientras yo colocaba la mesita de noche, la silla y la maleta delante de la puerta por bloquearla. Era una puerta tan endeble que cualquiera la hubiera podido abrir de una patada y la cerradura por dentro se atascaba. Al final, el tipo desistió y me dormí, agotada y de los nervios por el mal trago.

Así pasé mi primera noche en París, ¡la ciudad de mis sueños!

Lo normal era haber informado del desagradable incidente a la mañana siguiente, pero no hice nada; el portero tampoco me ofrecía confianza. En aquellos años, una chica joven, viajando sola a la aventura, tenía que apechugar con las consecuencias, entre ellas el acoso. Así que, callé.

Sabía de una dirección donde ofrecían empleos de au pair. Allí me contactaron con una familia y quedamos en vernos esa misma tarde a las cinco en el número 174 de la rue de Rivoli. Muy ufana, regresé al hotel.

Antes, telefoneé desde una cabina (los móviles no existían ni en nuestra imaginación) y vi cómo desaparecieron un montón de francos (el euro no había llegado). Por supuesto, en casa les ahorré el lamentable episodio de la noche en blanco.

Cuando pedí la cuenta, el recepcionista me puso pegas y me hizo pagar también la noche venidera, pretextando que mi obligación era haber avisado antes del mediodía. Pagué a regañadientes y subí a por mis cosas. Bien podría haberlas dejado en el cuarto que acababa de pagar en balde, pero la posibilidad de toparme con el individuo de anoche por aquel pasillo lúgubre y de paredes sobadas me disuadió. Cuanto antes me largara de aquel lugar infecto, mejor.

 Al rato bajé aquellas escaleras estrechas, cubiertas por una moqueta raída, burdeos, arrastrando mi pesada maleta y el bolso de viaje, más manejable. Llegar a la cita cargada con todo ese equipaje me parecía inapropiado. Además, tendría que ir en metro, desde Gare de Lyon hasta Palais Royal, y aquella maleta pesaba lo suyo…

Opté por preguntarle al tipo de la recepción, ese portero huraño y sudoroso, cetrino y desaseado, si había inconveniente en que dejara mi maleta el tiempo justo de unas gestiones. Aceptó a la primera: “pas de problèmes, pas de problèmes, mademoiselle, vous n’avez qu’à la laisser là” me dijo señalándome un cuartucho detrás del mostrador. Se lo agradecí y me fui con mi bolso de viaje en bandolera, a pesar de su insistencia en que también lo dejara junto a la maleta. Le dije que no era necesario.

Si la cita salía bien, vendría en taxi a por la maleta. Si no, buscar antes otro hotel menos mugroso (—pero de eso Cortázar me había advertido—), dejar ahí mi bolso, tomar el metro y rescatar la maleta. Por mucho que pesara, libre del bolso, me las arreglaría.

Hacía calor en París aquel septiembre de 1981, más del que había imaginado. La luz, dorada, chorreaba por las aceras de aquellos bulevares sin fin.

Cuando volví a buscar la maleta en taxi —me habían aceptado—, atardecía casi.

La recepción estaba desierta y tuve que alzar la voz para preguntar si alguien me atendía. Una mujer, pálida, fofa y oxigenada, salió del cuartucho y me preguntó de malas maneras que qué quería. Yo le dije que venía a buscar mi maleta. ¿Qué maleta?, dijo. Le expliqué que había estado alojada la noche antes y que había dejado mi maleta. Pues es raro, dijo, porque a mí nadie me ha dicho nada de su maleta. Está ahí, le dije señalando el cuartucho, pero ella me dijo que yo estaba equivocada pues ahí no había ninguna maleta. Eso no es posible, le dije, yo misma la dejé ahí. De pronto, me sentí muy abatida y resonaron las advertencias de los míos: “¿París? ¿Qué piensas hacer tú ahí?, si te puede pasar cualquier cosa, ¡déjate de tonterías, ya tendrás tiempo!” Insistí, la maleta tenía que estar ahí o tal vez alguien la habría guardado en otra parte… Era una maleta grande, no se podía no ver, era verde y con una etiqueta con mi nombre y mis señas. Mire, me dijo aquella tipa, yo tengo más que hacer, así que no me haga perder tiempo. Esa maleta que dice que dejó, ahí no está. Además, es imposible que le hayan permitido dejar su equipaje, así como así: va contra las normas de la casa. Así que, ya se está largando. Yo no daba crédito y volvía a la carga con que tenía que tratarse de un error puesto que yo misma la había dejado ahí, el dueño me lo había permitido. ¿El dueño, qué dueño, si la dueña soy yo?, dijo ella. Usted que lo habrá soñado. Lárguese. Vaya a los objetos perdidos, a ver si la encuentra allí, me soltó la muy arpía. Ah, y ya que estamos, por un casual, ¿no será precisamente usted la que se largó sin pagar, que me dijo el portero de noche que una chica se fue sin pagarle? Porque, ya puestos, también podemos llamar a la policía… No, no, yo pagué, se lo aseguro, dije mientras rebuscaba en la factura en mi bolso de mano.

La idea de que ella pudiera llamar a la policía me alarmó. A lo tonto (entonces, todavía necesitábamos pasaporte para salir de España, aunque fuera, como en este caso, al país vecino, y permiso de residencia si preveíamos alargar nuestra estancia más allá del límite permitido para un turista: tres meses. No, todavía no éramos europeos). Me sentí ilegal. Está bien, está bien, la creo, me dijo, de pronto conciliadora, medio perdonavidas.

Y yo me largué como una primavera. Con las manos vacías.

Aquel otoño me las apañé con las cuatro cosas del bolso, que se habían salvado. Por suerte, la señora que me contrató, Madame Dalmasso, me regaló algunas prendas suyas que ya no usaba. Éramos de la misma talla, Sylvie y yo —aunque ella lucía un estilo bastante más chic que el mío—.

Cuando llegaron las primeras lluvias eché en falta ese paraguas plegable por estrenar y un día que me sorprendió un chaparrón me vi pillando uno en el paragüero de un café y, de paso, un buen resfriado porque no pude secarme el pelo de vuelta a casa: también me faltaba mi secador de pelo, el de viaje.

Me da hasta vergüenza, pero una mañana reconozco que fui a la oficina de los objetos perdidos (entonces existía; ahora, supongo que ya no). Allí rellené una ficha con el inventario de todos mis objetos desaparecidos —el contenido—, sin olvidar la maleta —el continente—. (Entonces, viajábamos sin seguro.) Redacté esa penosa lista con mi caligrafía inglesa y apretada, sobre un mostrador de madera desgastada por otros ingenuos o despistados, como yo.

Sabía que no encontraría mis cosas en aquel almacén de las cosas huérfanas; ya al salir de aquel hotel infame de sobra había entendido que de lo perdido al río.

Ni mi paraguas plegable ni mi secador de viaje, que ya suplía usando el de Sylvie cuando me duchaba en el baño familiar —en mi cuarto de la buhardilla, el de la criada, no había baño, aunque sí lavabo y retrete en el rellano—.

No, no eran mis cosas las que más echaba en falta. Lo que me faltaban eran mis diarios, y me carcomía pensando si alguien los habría leído.

2 Cuando me robaron la maleta y perdí todos mis diarios

De joven, París me atrajo como un imán: había descubierto a Cortázar. Decidí irme como si la ciudad me estuviera esperando. A mí.

Preparé una maleta, desoyendo advertencias, y cogí un tren que empalmé con otro. No recuerdo nada del viaje solo que viajé en un compartimento con negros que desaparecían en los túneles, a no ser cuando sonreían.

Me hospedé cerca de la estación, a quién se le ocurre, pero es que tampoco conocía a nadie. El cartel ponía “hotel”, pero se notaba que era un tugurio. Podría haber buscado algo más decente, pero el delirio de ruina me persigue y ya en la cantina el café me pareció escandalosamente caro, además hacía bastante calor y no me veía con fuerzas de seguir buscando nada mejor con los bultos a cuestas.

Pasé una noche perra por culpa de otro huésped, un imbécil que me abordó a la entrada cuando yo volvía de cenar un sándwich, que llaman croque-monsieur. Tonta, ¿no te dijeron mil veces que no se habla con desconocidos? Este era un asqueroso y me entró la paranoia cuando lo oí susurrar guarradas detrás de la puerta. Tuve que calzarla con la silla y así con todo me costó dormir.

Esa fue mi primera noche parisina.

Lo normal era haberle rociarle la jeta con desodorante o ponerme a chillar como una loca. Pero me tapé con la sábana y me acordé del cuento de los siete cabritos. Tendría que haberlo denunciado al día siguiente, pero el portero también me daba repelús, así que no hice nada. No es disculpa, pero en aquella época viajar sola era exponerse al acoso. Hablo de 1981.

Busqué trabajo de au pair, en un sitio donde te conectaban con familias. Me dieron una dirección y me dijeron que esa tarde me pasara por allí; me esperaban a las cinco.

Llamé a casa y les dije que todo bien. Les ahorré el bochorno de la noche en blanco.

Cuando pedí la cuenta, el portero puso pegas y me cobró dos, por una que casi ni dormí: hay que avisar antes del mediodía. Pagué y subí a por mis cosas.

Podría haberlas dejado en el cuarto que acababa de abonar en balde, pero me dio miedo toparme con el de anoche, al ir a recogerlas. Cuanto antes me largara, mejor.

 Bajé aquellas escaleras de moqueta podrida, arrastrando esa maleta que pesaba más que yo. Y, encima, el bolso.

Pregunté si podía dejar la maleta un rato. El tipo dijo que la metiera en un cuartucho detrás del mostrador. El bolso también, si quería. Le dije que el bolso no, y me lo puse de bandolera.

Volvía buscar la maleta en taxi —me habían aceptado en el curro, así que me permití ese despilfarro—. Caía la tarde.

No había nadie en recepción, y carraspeé. Salió una tipa, fofa y oxigenada, y me preguntó qué quería. Le dije que venía a buscar mi maleta. ¿Qué maleta?, dijo. Le expliqué que la mía, la que había dejado ahí y señalé el cuartucho. Ella dijo que ahí no había ninguna maleta. Que no se hacían cargo del equipaje de nadie. Que dejar maletas ahí, que era zona privada, iba contra las normas de la casa.

Me subió una nube roja. Tenía que ser un error; yo misma la había dejado ahí; el dueño me lo permitió. ¿Qué dueño, si la dueña soy yo?, dijo ella. No lo habrá soñado, ¿eh?, que dejó ahí una maleta. Ande, que tengo más que hacer, vaya a los objetos perdidos a ver si la encuentra.

Y así tal cual me largué. Con las manos colgando y sin maleta.

Esa temporada me apañé con las cuatro cosas del bolso y cuando empezó a llover sí que eché de menos el paraguas plegable sin estrenar y pillé uno al salir de un café. Compré cuatro trapos en Tati con los cuartos que me pagaban por cuidar a los niños.

Me da vergüenza, pero reconozco que fui a la oficina de los objetos perdidos y rellené una ficha con la lista de mis objetos perdidos.

Sabía de sobra que no estaban en aquel almacén de cosas huérfanas; fue puro trámite.

No eran tanto las cosas las que echaba en falta, eran mis diarios, esas libretas que llevaba escribiendo desde los quince. Me moría de vergüenza solo con pensar que alguien las habría hojeado.

3 Cuando me robaron la maleta y me quedé con lo puesto

París me llamó: había descubierto a Cortázar. A ratos me quedaba mirando la foto de un canal que pegué en la pared y me atrapó.

 No escuché a nadie y preparé la maleta. Un bus, un tren y después otro. Del viaje solo recuerdo las sonrisas de unos negros del compartimento, que relucían en la oscuridad de los túneles a la vez que ellos desaparecían. Pequetréf, pequetréf, pequetréf, quetreife, quetreife, quetreife, y así llegamos.

Me hospedé cerca de la estación, a quién se le ocurre si en los alrededores suelen merodear al acecho, pero yo qué sabía. Ni conocía a nadie. El cartel decía “hotel” como podía haber puesto “burdel”. Era un tugurio. Por causa del delirio de ruina (el café de la cantina ya me pareció escandalosamente caro) no busqué nada mejor. París eran hongos, París eran cucarachas, París eran cuartos miserables. Lo tomas o lo dejas.

No saqué más que el neceser para lavarme como un gato en el lavabo del cuarto. También había bidé, pero a ese ni lo rocé. Hacía calor, casi canícula, algo que no me habría imaginado nunca cuando soñaba con París, pero era finales de verano y la luz dorada chorreaba las aceras.

Pasé una noche perra por culpa del huésped de al lado, un asqueroso que me abordó cuando yo volvía de comerme un sándwich y se quiso propasar. Le di con la puerta en los morros, pero él insistió y arañó la puerta y se puso a decirme guarradas. Yo atiné a calzar la puerta con una silla.

¿Por qué no salí y le rocié con el desodorante, no pedí socorro a voces? No. Me tapé con la sábana y pensé en los siete cabritos. El neón iluminaba la habitación con una luz rojiza. Hotel, hotel, hotel, y yo mordisqueaba una chocolatina medio derretida. Bebí agua del grifo sin acercarme al caño. En el pasillo sonaron tacones, voces cazalleras y puertas cerrándose. La tela de araña intermitente atrapaba moscas entre ese rótulo que parpadeaba: hotel, hotel, hotel.

Al día siguiente no dije nada. El portero era de los que desvisten con la mirada y ni se lían con el corchete del sujetador.

Hui como una gacela sarnosa. Y me fui a buscar trabajo a esa dirección que llevaba garabateada en un papel sudado. Allí, me dieron otra dirección donde me esperaban a la tarde y me dijeron tiene suerte, son gente bien.

Llamé a casa y les dije que todo bien y me ahorré el bochorno de la noche en blanco.

Cuando pedí la cuenta, el portero me cobró dos, por esa que ni dormí: haber avisado antes del mediodía. Pagué sin rechistar y subí a por mis cosas.

¿Por qué no las dejé en ese cuarto que acababa de pagar de balde? Por miedo a toparme con el tipo de anoche al recogerlas. Mejor largarme, por si acaso.

Bajé las escaleras de moqueta estampada con floripondios y podrida, arrastrando esa puñetera maleta que pesaba más que yo. Y el bolso golpeándome los muslos.

Pregunté si podía dejar la maleta. Él dijo en el cuartucho detrás del mostrador. El bolso también, si quería. Le dije que el bolso no, y me lo puse de bandolera.

Volvía a buscar mi maleta en un taxi —me habían aceptado de au pair y me permití el lujo—. Caía la tarde.

No había nadie en recepción. Carraspeé. Apareció una mujerona fofa y oxigenada. Le dije que venía a buscar mi maleta. Ella dijo que ahí no había ninguna maleta. Nunca se hacían cargo del equipaje de nadie. Iba en contra de las normas de la casa.

Pero, el dueño me dejó, le dije. ¿Qué dueño, si la dueña soy yo?, dijo ella. No lo habrá soñado, ¿eh?, porque yo aquí no veo ninguna maleta. Ande, vaya a los objetos perdidos a ver si la encuentra, que tengo más que hacer.

Así me despachó y yo me fui con la nube roja y sin maleta.

Me da vergüenza, pero admito que un día fui a la oficina de los objetos perdidos y rellené la ficha con mi lista. Por el trámite.

Más que nada, me jodía por esos diarios míos que escribía con tanta obstinación desde los quince. Solo pensar que alguien podría haberlos ojeado me espantaba. Solo la imagen de mis libretas en la basura me tranquilizaba. Otras veces, imaginaba mi maleta llena de palabras que chillaban por escaparse.

4 La maleta y lo puesto

París me llamó por Cortázar y por una foto que pegué en la pared y me atrapó.

Preparé la maleta y me fui. Un bus, un tren y después otro. Del viaje recuerdo cómo desaparecían los negros del compartimento en la oscuridad del túnel. Nada más.

Pequetréf, pequetréf, pequetréf, quetreife, quetreife, quetreife, y llegamos.

Me hospedo cerca de la estación, a quién se le ocurre. A mí que soy de pueblo y no conozco a nadie. El cartel dice hotel por burdel. Un tugurio. Puedo buscar algo mejor, pero me quedo. Todo me parece escandalosamente caro, aunque de momento solo tomé café en la cantina. París hongos, cucarachas y cuartos miserables. Lo tomas o lo dejas, ¿qué quieres?

Saco el neceser y lo sujeto entre las rodillas por no posarlo. Me lavo a lo gato en el lavabo. Intento ignorar el bidé. Me daría una ducha, pero ese baño en el rellano me espanta. Hace calor, canícula. Nunca me lo habría imaginado así, París con calor.

Paso una noche perra por el de al lado que me aborda, cuando yo vuelvo de comerme un sándwich, y busca compañía. Como no entiende un no le doy con la puerta en las narices. Él insiste, como si yo me hiciera de rogar. Calzo la puerta con una silla.

Si supiera kárate, saldría a darle una paliza. Tengo miedo, pero no lo admito. Pienso en la pata del lobo de los siete cabritos. El neón se enciende y se apaga y me va a dar un ataque epiléptico si sigo mirando cómo ilumina de rojo negro rojo negro la pared. Qué triste es el empapelado. Hotel, hotel, hotel. Como una chocolatina medio derretida, pero me da sed y tengo que beber del grifo, aunque me dé asco.

¿Qué habrán cenado hoy los de casa? Seguro que mi madre preparó algo rico. El sándwich que devoré y la chocolatina no me quitaron el hambre. Me comería un puñado de cerezas. Oigo cómo se masturba el tipo de al lado.

Al día siguiente me cobran dos noches porque aviso pasadas las doce. Lo barato sale caro, tiene razón mi madre. Tengo una entrevista de trabajo y no quiero llegar cargada, así que dejo la maleta en recepción. Ojalá me den el trabajo que va con alojamiento y comida. Llamo a casa y coge mi hermana pequeña, le digo que en París hace sol y que todo me va bien. Oigo de fondo la sintonía del telediario.

Tengo suerte, me dan el trabajo. Seré tres meses cuidadora de niños. La casa es de revista y desde la ventana del cuarto, que me tienen asignado en la buhardilla, se ven tejados. Ellos parecen majos y los tres niños, niños.

Vuelvo en taxi al hotel a recoger mi maleta. Dicen que no está. Cae la tarde y a mí se me caen los palos del sombrajo.

Me dicen que la busque en los objetos perdidos. Huyo como gacela herida perseguida por nube roja y despacho al taxista, que parece un buen hombre, con el pretexto de que acaban de robarme. Volveré a pie, tengo que vigilar los cuatro duros que me quedan, quién sabe cuándo cobraré, si no me tangan.

Me da vergüenza admitir que un día fui a la oficina de los objetos perdidos y rellené la ficha con mi lista. Por el trámite. Que quedara constancia.

Más que nada, me jode por esos diarios que escribo desde los quince. Con obstinación. Quién me mandaría a mí cargar con ese fardo. Pensar que alguien pueda ojearlos me mata. Solo la imagen de mis libretas en la basura me tranquiliza. Otras veces, imagino mi maleta llena de palabras que chillan por escaparse.

 

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4 comentarios sobre “Una maleta de palabras en 4 pasos

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  1. El segundo texto es el que más me convence: su primer párrafo es el más contundente de las cuatro opciones. La frase “A mí” es un completo acierto, y la de la sonrisa de los negros dentro del túnel también. El número 2 es un texto sobrio, directo: llega mucho más profundo. Explica mejor (o al menos yo he entendido con más facilidad) por qué la protagonista no vuelve a dejar las maletas en la habitación. Como una posible combinación, incluiría la mención a la misma talla en la ropa con Sylvie (si no recuerdo mal, pertenece al relato 1) y también la amenaza de la dueña con llamar a la policía, porque en el 1 ese largo párrafo tiene más peso, cala más hondo.

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  2. Oh, muchas gracias, Vagabundo, por tu lectura tan atenta. Primero soltar el material sobre la mesa al tuntún; segundo, afinar la voz (que aquí se corresponde con el texto que más te ha gustado); tercero, hacer del cuento una experiencia; y cuarto, darle esa vuelta de tuerca. A estos cuatro pasos hay que añadirle el quinto, no sé si el más importante, que es la reescritura del texto. Este remate es delicado porque se tienen que tomar un montón de decisiones, que mayormente consisten en borrar borrar, pero quizás también retomar párrafos de aquí y de allá, como bien me indicas. Aquí es donde radica la importancia de contar con buenos lectores (esos que llaman “lectores cero”), a falta de editor. Y eso mismo es lo que hiciste al leer y comentar este experimento. Mil gracias, y no dudes en pedirme el favor, estaré encantada.

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