Capítulo 1 Los sueños, sueños


Una vez mi hermana soñó con un mono en la despensa. El sueño debió de impresionarla porque al despertar me lo contó.

A mí me fascinó, y en seguida fantaseé con la posibilidad de que esa visión no fuera un sueño, pero ella me pinchó el globo. Yo solía creerme todo lo que me decía, pues me llevaba un año y eso le daba autoridad. Incluso en materia de sueños.

Esa imagen, la de un mono en nuestra despensa, se me antojó tan poderosa que no pude por menos que desmentirle, ¿por qué no podía ser de verdad y no un sueño?; la despensa ¿no era el mejor escondite?

Ay, pero no sé si se escondía o si estaba ahí sin más, atajó para no darme más brío, dejándome a solas con tantos porqués: escondido de quién o de qué, cómo habría llegado hasta nuestra despensa…

Insistí. Pesada me llamó. Pero me dio igual. Quería a toda costa saber más, que hiciera un esfuerzo por recordar. Para eso era su sueño y no el mío. Que le echara sal al cuento, qué le costaba… Que se inventara los detalles de la fábula. Pero nones, ella solo recordaba lo que me había contado ¡y en buena hora! Al abrir la puerta de la despensa se lo había encontrado ahí, y punto.

Entonces le pedí que me lo describiera y reconozco que se explayó un poco más, aunque no tanto como me habría gustado. Pronto se cansó del retrato y desapareció detrás del tazón por no seguir la charla. Siempre tan obsesiva, plomo que soy al querer saberlo todo…

—Anda, cuéntame más.

—Si lo sé, ni te lo digo

Mientras, mi madre trajinaba por la cocina haciendo varias cosas a la vez como suelen hacer las madres. Venga, nenas, que se hace tarde, nos avisó. Mi hermana se quejó, no tengo ganas, pero mi madre la apuró sin contemplaciones. Celia puso cara de asco, y yo remoloneé dándole vueltas a la cucharilla. La leche caliente a mí tampoco me gustaba.

Abrigaos, nos gritó como un soniquete. Abrocharse el anorak, sin olvidar gorro ni bufanda, así embutida cuesta moverse. Recoger la cartera y a la espalda, con torpeza por culpa de las manoplas. Gato con guantes no caza (diría nuestro padre).

Salir a la calle, enfurruñadas, ella por su habitual dolor de barriga, la leche que no le sienta; yo por el agobio de tantas capas de ropa. El rellano oliendo a lejía, como cada mañana.

Fuera el frío nos abofeteó, a pesar de ir embozadas. Atravesamos la calle no sin antes mirar, mi hermana tiene miedo de cruzar hasta por el paso de cebra.

Giramos a la derecha para enfilar la avenida y entonces ya me desentendí hasta del tráfico, cavilando como iba con el sueño, ese sueño que ni era mío pero del que me empeñé en atesorar hasta el último resquicio, inventándomelo ya por suplir ese relato suyo, tan soso.

Y tan enfrascada iba que me quedé embobada en mitad de la calzada y por poco me pilla un tranvía. Alcancé a ver las chispas azules del frenazo que dio en seco, a punto de descarrillar. Mi hermana me agarró de la mano y me zarandeó. Yo, hipnotizada mirando los raíles.

Alicia, ¡ten más cuidado!, ¿en qué vas pensando? No le dije que en el mono de la despensa por no cabrearla más.

Esa mañana imposible concentrarme en clase. Solo pensaba en el mono. Tengo que dibujarlo, decidí para mis adentros. Lo hice en una esquina de la libreta, pero no me quedó bien. La maestra me pilló distraída y, aunque no me riñó, me sacó a la pizarra para que se me quitara la tontería. Lo de salir al estrado y borrar el encerado me gustaba, pero todavía no llegaba a la parte de arriba con el borrador, por enana.

Cuando sonó el timbre busqué a Patricia que ya guardaba sus cosas en el pupitre. Patricia era la nueva, llegó con el curso ya empezado. No era nada popular: no por nueva, sino por haberse ganado fama de ladrona, y a pulso. Como a mí no todavía me había quitado nada, me caía bien. Me parecía especial. Por eso pensé que era la más indicada para compartir mi obsesión del día.

Le enseñé mi dibujo. Qué monada, ¿lo has copiado de algún libro? Le dije que no, que lo había hecho de memoria. Para mí era fácil porque en casa teníamos uno, alardeé. No me creyó y me retó a que se lo enseñara. Otro día, le prometí. Nosotros sí que tuvimos uno, dijo. Yo a ella sí la creí. Y por cómo se puso de mustia entendí lo mucho que lo extrañaba.

A partir de aquel día nos hicimos amigas.

Creo que siempre esperó a que la invitara a casa, para verlo, aunque seguía diciendo que no me creía. De momento yo me limitaba a enseñarle los dibujos del mono, mi tema favorito.

Cada vez te salen mejor, me animaba. Se los regalaba y ella los guardaba en un cuaderno. Para hacer un álbum de cromos, me explicó. Me parecía justo dárselos, ya que ella había perdido su mono –según me contó– y yo en cambio tenía uno. Suerte tienes, me decía Patricia, que a veces dudaba si sería verdad eso de que en la despensa de mi casa había un mono escondido viendo cómo me superaba con las poses del animal, cada vez más logradas.

Una tarde me invitó a su casa para enseñarme su tesoro, esas cosas robadas en la escuela que guardaba en una caja en el fondo de su armario ropero. Puedes coger lo que te apetezca, me convidó. Yo dudé entre un libro de cuentos y una diadema de carey.

No las necesito para nada, esas cosas, dijo. Le pregunté que por qué las cogía, entonces. Por fastidiar, por eso lo hago. En ese momento no la entendí, pero cuando me contó su historia comprendí su rabia. Claro que no me la contó de golpe, sino por episodios sueltos que acabé recopilando, como hilvanamos un relato de aventuras por entregas.

A pesar de que nuestros pequeños dramas poco tuvieran en común, compartíamos desarraigo y también al mono, ese que ella daba por perdido y yo por bienhallado.

Cuando jugábamos en el recreo, inventándonos personajes, las dos sabíamos que volvíamos a nuestros escenarios remotos, el suyo colonial y el mío más montuno, y ese era el punto de unión, sabernos desenraizadas, aunque si decíamos “árbol” cada una veía el suyo, baobab o cerezo, pero no el castaño de Indias del patio de la escuela, al que tardamos en reconocer como nuestro, aunque, con el tiempo, se convertiría en nuestro tótem.

Fueron sus hojas, como manos, las que nos conquistaron, manos verdes de dedos gordos. En otoño, amarilleaban y las recogíamos para convertirlas en abanicos o para fustigarnos. En primavera, le salían flores, llamas blancas. Pena que sus frutos, esas castañas redondas, no fueran comestibles. Como proyectiles, servían, o para guardarlas en el bolso de la bata y acariciarlas. Bolas de madera que cortan la sangre.

Anuncios

5 comentarios sobre “Capítulo 1 Los sueños, sueños

Agrega el tuyo

  1. Hola Laura.

    Lo primero, bienvenida al taller de la biblioteca. Y lo segundo… ¡ya te tengo vigilada! 😉 La novela ha empezado bien. Enhorabuena.

    Le gusta a 1 persona

  2. Ay, ay, ay, la vigilancia… Yo también te doy la bienvenida a mi página y espero que no te quedes solo en el primer capítulo. Gracias por tu enhorabuena (ya sabes cuánto se agradecen esos toques…) El taller de la biblioteca me vendrá muy bien, creo, para reintegrarme un poco; además, el grupo me ha parecido estupendo. Gracias de nuevo por pasarte por aquí.

    Me gusta

Comenta, no te cortes.

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Crea un sitio web o blog en WordPress.com

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: