Capítulo 4 Aunque la mona se vista de seda


Me paré delante de su jaula. Me lo quedo mirando, al mono, y él también me mira. Quiere sonreír y le sale su mueca torcida. Creo que me quiere, a su manera. A través de los barrotes nos chocamos las manos y yo le prometo una golosina. Le chiflan las golosinas. Pobre Max, lleva tan mala vida como yo. Pienso eso y él se encoge de hombros. Parece que me lee el pensamiento.

No se me olvida, no, aquel día… Hace un calor insoportable así que voy a la caravana por darme una ducha. Antes de entrar, recojo la ropa tendida que ya está medio acartonada. Dejé las chanclas a la entrada y entré descalza, como hago siempre. La puerta no está cerrada con llave, de día siempre la dejamos así. El ruido del televisor, que retransmite un partido de fútbol, es tan fuerte que retumba. Él, repantigado en el sofá. Ni nos saludamos. Voy derecha a ver si queda algo de agua. No queda ni una gota. Bah, me lavo fuera. Este cabrón ya se la ha gastado toda y ni el detalle de pasar la fregona, pá qué, el que venga detrás que arree. Me pongo el bañador y el albornoz y al apretarme el cinturón de la bata me doy cuenta de lo mucho que estoy adelgazando. De refilón me miro en el espejo y me veo crispada. Y flaca. Pillo el gel y salgo sin decir ni media. Cuesta respirar en medio del secano; el aire manchego es polvo caliente.

La boca de riego queda cerca del entoldado de los elefantes. Los animalones, abochornados por esta canícula, solo comen alguna brizna que van sacando de la yerba empacada. Se los ve desganados, y se balancean cargando ese tremendo peso suyo en una pata y después en otra, y ese balanceo, que ellos hacen para no caer rendidos, a mí me hipnotizó.

Me sacudo y bordeo el recinto, casi rozándolos. Tranquilos guapos, les dije, solo quiero ducharme. A pesar de tener las patas traseras sujetas con grilletes podrían aplastarme con solo dar un paso atrás. No hay nadie cerca de la manguera. Abro el grifó, me quito la bata y me ducho. Después le doy unas voces al domador, pero no me responde. Entonces actúo por mi cuenta y les enchufo la manguera, rociándoles los lomos como cuando lavamos los camiones polvorientos. Los elefantes se estremecen de placer. Yuma, la veterana, se sacude dando a entender que para ella ya está bien. Aníbal, en la gloria. Por hoy basta, les digo. Colombo me mira agradecido. Recojo la manguera y pienso que algún día también yo tendré un porche como ese del domador, el rico del circo.

Me pregunto si habrá acabado el partido, pero al pasar delante de la cochambrosa rulot de los búlgaros escucho el inconfundible aullido de un gol. Camino hacia la mía. Vete por la sombra, me digo, pero qué sombra si no hay en el terreno baldío.

Él sigue tomando cerveza y su mirada ya bizquea. Dejo la puerta del baño abierta a modo de biombo y me pongo camiseta y pantalón corto. Él gruñe algo que interpreto como un “qué hay para cenar”, pero ni le contesto.

Salgo a por agua. Cuando no hay función tocan tareas domésticas. El caso, no parar. Ruego que corra algo de aire y me refresco las manos y la cara mientras lleno las garrafas.

Lucio está tomando algo en su porche, con cara de recién levantado de la siesta. Conversamos y me agradece el gesto de antes con la manguera. Se pone a hablar de sus animales como hace siempre. Me gustan las palabras que usa y que desconozco, palabras como mole, pétreo, marfil, paquidermo, mamífero, alfalfa o mastodonte. Palabras de elefantes.

Cuando vuelvo con el agua a cuestas, él ya se largó dejando la tele encendida y un montón de latas vacías y estrujadas.

Preparo cena en el hornillo. Doblo la ropa y la guardo en el placar.

Me apetece un garbeo, la temperatura de la caravana es asfixiante. De paso, tiraré la basura, pienso. Pillo monedas en el bote y salgo. Rodeo las caravanas. El aire huele a guisos.

Aquí llegamos ayer y al atardecer ya teníamos la carpa montada. Nos acostamos rendidos como siempre después del montaje, pero nadie durmió decente por culpa del calor. Tomaos el día libre, nos dijo el director, y todos se lo agradecimos. Arrastrábamos, además, mucho cansancio por tres funciones diarias. Debutar en la sesión de matiné sería una tontería con esta solana. Le dimos la razón.

El sitio es medio bueno, un terreno bastante decente al que solo faltan árboles que den sombra. El ayuntamiento no tardó en darnos agua y luz, y eso siempre se agradece. Ya ni sé cómo se llama este pueblo, aunque lo habré leído en el cartel de la entrada. A veces pienso en apuntarme los nombres de los sitios y pintar una estrella al lado de los buenos y tachar los de mala muerte para la próxima vez que vuelva, pero nunca lo hago porque nunca sé ni dónde estamos hasta que el director no da la bienvenida al público. En ese momento me esfuerzo en retener el nombre, pero en cuanto me subo al trapecio ya el nombre se me despeña.

Cerca del contenedor fue cuando me tropecé contigo, que ibas en bicicleta.

— ¿Dónde vas, Beibiyén?

—Al pueblo. ¿Te vienes, Pancracio?

Tiré la bolsa al contenedor, torcí el gesto por el tufo y alejé unas moscas molestosas. Me agobian los malos olores, detesto las moscas. La suciedad, ya sabes.

Salimos del descampado y caminamos por aquella carretera perdida en aquella llanura amarilla, tú haciendo zigzags con la bici y yo arrastrando las chanclas. Al pasar delante del cartel te pregunté si sabrías leer el nombre del pueblo, ¿te acuerdas?, y tú me lo deletreaste como pudiste y luego me miraste sonriendo con esa boca que tenías medio desdentada, algo torcida como la de Max.

En la plaza, los viejos tomaban la fresca sentados bajo las moreras. Algunos niños jugaban, tirados a la calle después de tanto calor. Te bajaste de la bici y caminaste a mi lado, sujetándola por el manillar. En un sitio tan tórrido encontraremos una horchatería, pensé. Y en seguida dimos con una.

El local climatizado me pareció el colmo del confort. Nos encaramamos a los taburetes y apoyamos los codos sobre el mostrador. Todo era metálico y daba gusto por frío. ¿Recuerdas aquella heladería? Uno de chocolate en cucurucho, una horchata y una piruleta fue lo que le pedimos a la dueña que nos atendió mientras se secaba las manos en un delantal blanquísimo y pespunteado.  Después de visitar un váter limpio como los chorros del oro, nos dimos aquel banquete que pagué con calderilla. ¿El caramelo es para él? me preguntaste. Qué va. Para Max, se lo he prometido.

Volvimos al campamento caminando despacio. Atardecía. Los lugareños nos miraban con curiosidad, como miran en los pueblos a cualquier forastero, pero a eso nosotros ya estábamos acostumbrados: fuéramos donde fuéramos, siempre éramos extranjeros.

Max, arrinconado en la jaula, al vernos se levantó. Le di lo prometido, después de quitarle el envoltorio. Él se relamió, entrecerrando los ojos. Tú, en cuclillas, –estoy viéndote– hacías girar la rueda de la bici tirada en el suelo. Cuando Max se terminó el caramelo, se puso a dar palmas, esa manera suya de darnos las gracias. Ya sabes, cómo era de tan agradecido. Le tiramos un beso y él nos lo devolvió. Siempre hacíamos eso.

De repente, oímos a tu madre reclamándote a voz en grito, como solía, y tú acudiste veloz: era de poca espera, tu madre. Nos dijimos chao y también yo me largué pitando.

A lo tonto me azoté: no había vuelto. Me senté en la escalera y miré cómo los pájaros volaban bajo, cazaban moscas y chillaban. Empezaba a correr un poco de brisa. Como no volvía, cené sola mientras hojeaba un periódico atrasado. Yo tampoco leía muy de corrido. La noche se comió la tarde, y recogí la mesa. Me recosté en la banqueta sin abrir la cama y me quedé roque.

A medianoche me despertaron unos aullidos tan espantosos que me sobresaltaron. Encendí la luz. Estaba sola. Corrí la cortina y miré por el ventanuco. Fuera todo parecía en orden. Bebí un vaso de agua. Vi la cena intacta. No me intranquilicé, acostumbrada a esos desplantes. Plegué la mesa y abrí la cama. Me estiré y dormí a pierna suelta. Soñé contigo, con Max y con los elefantes. Por suerte, no soñé con él. Con él no soñé.

Me desperté con la boca seca. Alguien golpeaba a la puerta. Salí, atusándome el pelo. Pensé si sería él que no atinaba ni a abrir, pero era el director, dando la voz de alarma: amenazaba tormenta. Urgente reunirnos para cavar una zanja, por evitar inundaciones.

—Ahora voy. Pero estoy sola, no sé ni dónde anda…

—Ya, me imagino.

Y se largó apurado, sin entretenerse más en echar pestes contra “el gandul”, como él le decía. Ay, el abuelo ya no está para tanto ajetreo, pensé, pero cualquiera lo jubila… Y ese mangante, ¿dónde coño se habrá metido? Ya me puedo espabilar. Si el viejo dice que va a ser de agárrate mejor hacerle caso, que el viejo nunca habla por hablar.

Pancracio, ¿te acuerdas de las historias que nos contaba el viejo? Esclavos, eso éramos entonces, que ahora os quejáis por nada, ¡qué sabéis vosotros lo que era montar y desmontar un circo de madera! Pues con ese entramado hemos recorrido todos los pueblos de España, claro que entonces los pueblos tenían gente, gente y miseria, sobre todo miseria. El viejo Valdés dedicó toda su vida al circo, de sol a sol y de lunes a lunes y fue un buen director, te aseguro. A ti te adoraba, siempre decía que llegarías lejos. El niño Pancracio llegará lejos, decía. Estaba en todo, aquel hombre. Y no paró hasta que ya no tenía ni por los pantalones, pero él, erre que erre. Lo estoy viendo con ese traje de pana, su camisa de franela hiciera el tiempo que hiciera, que no sé ni cómo aguantaba el calor sin quitarse el chaleco. Lo único que alternaba según fuera verano o invierno era el calzado, alpargatas o Chirucas, y el sombrero, de paja o fieltro. Eso sí, cuando salía a la pista con su traje frac parecía otro. Adiestrando perros era un as, a sus animales solo les faltaba hablar, y con Max, ni te cuento, eso era para verlo.

Pero sigo con el día de la tormenta… Preparé café y me vestí deprisa con el mono de faena. Hoy no tocaba ensayar, pero eso no me importaba pues de sobra confiaba en mi número de contorsión –tanto tiempo ensayan que podría haberlo hecho con los ojos vendados– y no necesitaba entrenar a diario. Tampoco en el trapecio.

Me calcé las katiuskas y pillé unos guantes para no hacerme polvo al echar una mano. No estaba preocupada por su ausencia, solo contrariada. Nunca estaba cuando hacía falta. ¿Dónde andará? ¡Siempre igual ese imbécil! Sabía que solo volvería después de pulir la pasta, segura de que habría arramplado con los cuatro duros que teníamos: el señorito lo necesita para sus golferías.

No se me escapaba que me era infiel a la mínima, pero eso tampoco me desvelaba. Corrían rumores de su último lío con Gina, la benjamina de las hijas de Lucio, esa malcriada. ¿Y qué? Mi sueño, ¿te lo cuento? Que desapareciera de una vez por todas y me dejara en paz. Ese era mi sueño por entonces.

Pero él volvía. Y la pesadilla seguía… ¡Que se fuera ya! ¡Él y sus bichos! Pero regresaba hecho unos zorros y pedía perdón. Hablaba de cambiar. Intentaba engatusarme otra vez. Al poco las malas palabras, los insultos cuando algo se torcía. A la mínima contrariedad, los empujones. Al principio no era así, faltaría. Ya ves, a mi familia ni de pretendiente les había gustado. Pero yo, necia, me empeciné en esa relación, tan absurdo todo que no sé dónde tendría yo la cabeza, hasta acabamos fugándonos. Y ahora ¿cómo habíamos llegado a este punto de pelea diaria? Recordarlo me dio una pereza horrorosa, me sujeté las greñas con un prendedor y salí.

Fuera el aire estaba cargado de esa energía antes de la tormenta. Los hombres enfaenados cavaban un foso para evitar el encharcamiento del terreno, que era arcilloso. Miré al cielo donde los vencejos chillaban histéricos. Encaramados sobre la carpa, los empleados retiraban los focos de la torre de luz para aligerarla y evitar así el desplome de la lona por el peso del agua. Trabajadores y artistas iban y venían en un trajín ansioso, mientras el cielo se encapotaba por instantes y se volvía panza de burro. Impensable celebrar el espectáculo de la tarde; lo importante era ponerlo todo a salvo. Las mujeres nos afanamos en proteger el mobiliario. Los niños cumplían con pequeños encargos. Los animales resoplaban y se agitaban. Todos como pollos sin cabeza y Valdés dando órdenes.

Al pasar delante de la jaula de Max, bien vi que estaba enfurruñado. La tormenta le da miedo, pensé. Cerca andabas tú, fascinado con un hormiguero. Se parecen a nosotros cargando cosas, observaste, y me seguiste. No me importó, tú nunca estorbabas, Pancracio. Y nos pusimos a la cola para recoger las sillas de plástico del público cuando nos cruzamos con Gina. ¿La recuerdas a esa zaina? Se pavoneó y escupió cascos de pipas, ajena al trasiego, mientras me echaba esa mirada tan maliciosa y cargada de intenciones. Si supieras lo poco que me importa, guapa, todo tuyo, te lo regalo y no te arriendo la ganancia, le escupí para mis adentros. Recogí el tendedero, la palangana, las sillas plegables, la mesita y la sombrilla. Cuatro chismes, y los zuecos, que nunca dejábamos a la intemperie. Tú, tan chico y ya tan voluntarioso, me ayudabas como podías.

En agradecimiento te invité a compartir mi comida y no te hiciste de rogar. Recalenté la cena de la víspera, que supo a gloria.

El sopor era inaguantable cuando sonó el primer trueno y la lluvia descargó con una furia impresionante. Resguardados en la caravana, por pasar el tiempo te puse a leer los titulares de un periódico viejo. Nos reímos con los errores que cometías, todavía te trababas. Me está enseñando Valdés y yo lo ayudo con el baño de los perros, dijiste. La lluvia ya era una cortina de agua anegándolo todo.

Entonces caí en la cuenta de que ni siquiera había echado un vistazo al camión de los bichos. Me repugnaban, por eso los borraba de mi cabeza. Podían estarse varios días sin comer, pero ¿cuándo habría sido su última comida? Él era quien se ocupaba de eso, su único cometido que pregonaba hasta la saciedad: Estoy reventado, acaban conmigo. Formaban parte del mismo tándem, el odioso y sus monstruos, el monstruo y sus odiosos bicharracos. Tampoco es que esos hicieran grandes proezas sino estarse aletargados en sus cajas, aquellos sarcófagos transparentes, y consumir luz sin duelo: precisaban del calor de las bombillas para sobrevivir. Él los sacaba a la pista y se hacía el poderoso colocándolos sobre sus hombros; un espectáculo lamentable y viscoso que me resultaba insufrible. Dios me perdone, ¡eran tan asquerosos! Y el olor, esa peste que desprendían… Un tufillo enfermizo que lo impregnaba todo. ¿Cómo no lo había detectado antes? Increíble. Él olía tan mal como sus serpientes. Que el amor fuera ciego, vale, pero que se perdiera hasta el olfato, ¡menudo enajenamiento!

Un relámpago iluminó el cielo y te pregunté si tenías miedo. Tú negaste con la cabeza. Yo sí que tenía, pero procuraba disimularlo. Te di un beso. Te sobresaltaste; no estabas acostumbrado al cariño. La lluvia no paraba de caer. El ruido de la tormenta era ensordecedor, todo rayos y centellas y, aun así, se escuchaban los rugidos de las fieras atemorizadas. Por matar el tiempo me puse a dibujarte cosas en el reverso de esos carteles ya inservibles que guardaba para apuntarme la lista de la compra. Después te tocó el turno a ti. Me asombró la destreza con la que retratabas animales. El del mono te quedó chulísimo y te lo ponderé. Me confesaste, entonces, ese proyecto tuyo de retocar los carteles del circo. Los de ahora están hechos un asco. No molan, dijiste. Cuando sea mayor, lo haré.

Pasaba la tarde y la tormenta devoraba hasta el crepúsculo. Sin noticias del indeseable…

Me dio por pensar que tus padres tampoco daban señales de vida. Claro que con el aguacero cualquiera se atrevía a salir… Y tú, que como Max también parecía que me leyeras el pensamiento, dijiste que te importaba un pepino si no volvían. La verdad que no encontré argumentos para recriminarte. Un par de inconscientes, eso eran tus padres. Queda feo decirlo, pero esa era la pura verdad.

Del color plomizo el cielo pasó a una oscuridad húmeda. La lluvia torrencial amainó. Poco a poco, la gente empezó a salir de sus escondites por ocuparse de los animales y para reparar los desperfectos del temporal.

Te sugerí ir a tranquilizar a tus padres, que supieran que estabas a salvo, y tú me obedeciste a regañadientes. Al poco regresaste diciendo que no los encontrabas y que la furgoneta tampoco estaba en el sitio.

Fuimos a decírselo a Valdés. El pobre andaba coordinando todas las tareas de reparación y no daba abasto. El estado del recinto era catastrófico. Con el terreno convertido en un lodazal se hacía cuesta arriba caminar, los pies se hundían en el barro y al sacarlos pesaban toneladas. Todo hecho un asco, echado a perder.

Nadie sabía de tus padres, nadie recordaba haberlos visto. Eso tampoco era tan raro, ya sabes que los dos empinaban el codo y desvariaban, que tan pronto iban como se perdían por el camino. Pero de eso mejor no te acuerdes; malos para ellos, solo eso.

Al gandul ya ni se lo mencionó.

Esa noche nos acostamos embarrados y tú te me acurrucaste como perro sin amo.

Al día siguiente debutamos con poco público. La función quedó algo recortada por la ausencia de tu padre que hacía de payaso –de verlo de payaso te acordarás, supongo– y sin los reptiles del inombrable.

Al acabar esa función, se convocó quedada urgente para debatir cómo suplirlos. Niebieski propuso estirar su número de magia con nuevos trucos de palomas o cochinillos saliendo de su chistera, de ases en la manga o zanahorias detrás de las orejas, y los búlgaros ofrecieron alargar el suyo con acrobacias más arriesgadas a redoble de tambores en esa búsqueda sin fin del más difícil todavía. Nos apañaríamos. Siempre nos apañábamos.

El director dio su conformidad y nos dispersamos para descansar, todos desanimados por la hecatombe. Por tanto que nos quedaba por recomponer.

Pero Valdés me atajó porque quería hablar conmigo en privado, así que nos fuimos al carromato del abuelo. ¿Te acuerdas de cómo todos le decíamos así, “el abuelo”, nosotros que no éramos sus nietos? Abordó el tema sin rodeos. No era partidario de avisar a la policía (por tantos trabajadores sin papeles y todos los vehículos pendientes de revisión). Al margen, como manda nuestra tradición. A mí esa opción, la de dar parte, ni se me había pasado por la cabeza. ¿Por qué preocuparnos si ya volvería cuando le diera el punto, lo habitual? El director de sobra sabía que esta vez sería diferente, pero se lo calló. En cambio, sí me habló de las serpientes: habría que pensar en ellas. Pero a qué viene tanto agobio, abuelo, si ellas aguantan carros y carretas… Ya se ocupará de darles su comida, aquellos ratones, aquellos polluelos, cuando vuelva, por la cuenta que le trae. Vale, no me hagas caso, niña, estoy cansado. Una cosa sí te quiero pedir: Hazte cargo del chico hasta que vuelvan sus padres a dormir la mona. Cómo no, le dije sin pensarlo. Solo espero que “el otro” no esté demasiado colocado al volver, ya sabes, por el crío… Bah, por eso no has de preocuparte… Como si el rapaz no estuviera curado de espantos… Y siguió un rato calentándose con lo de tus padres. Esos zascandiles, los insultó. Pocas veces lo había visto tan fuera de sí. Cálmese, Valdés, le dije. Temí que le diera algo de tan encolerizado, te lo juro. Desvié el tema hacia el gandul.

—Ese ya no vuelve a darte guerra. Muerto el perro.

— ¿Muerto? ¡Qué dices!

Él me dijo que sí, que muerto, y me pidió que le ahorrara detalles. Yo comprendí que mi deseo se había cumplido. No quise saber más, mejor así sin pormenores.

Volvimos de lleno al asunto de las culebras, la verdadera cuestión, y acordamos darle instrucciones a uno de los empleados para que se ocupara de ellas. Por supuesto di mi consentimiento para ponerlas en venta, yo no quería ni olerlas.

Después salí a buscarte. La noche estaba estrellada, pero sin luna. Tanteé en la oscuridad sorteando cables y mangueras, rodeando algunos charcos, recuerdos de la tromba. Al pasar delante de la jaula del mono, me topé contigo, pobre niño, recostado contra los barrotes. Te desperté y te llevé de la mano, adormilado. Mañana aparecerán, ya verás, te dije. Alzaste los hombros. Nos despedimos de Max que había salido de su rincón y que todavía agarraba el palo de la piruleta que nos mostró como un trofeo, enseñando las encías. Su sonrisa, ya sabes, tan fea que daba risa.

Abrí la puerta de la caravana con temor, aunque ahora sabía que no habría nadie, pero era por la costumbre (tanta que al cerrarla hasta la bloqueé con la silla). Tú, pegado a mis talones, me preguntaste si tenía miedo. Creo que solté una risa nerviosa. ¿Miedo? Ya no. Nos aseamos como gatos y nos metimos en el catre. Me gustó arroparte y a ti te encantó que lo hiciera. Corrí la cortina y apagué la lamparita. Me tomé un vaso de agua y me quedé velando tu sueño. En paz.

Cavilé sobre cuánto podría tirar de mis ahorros, esos que guardaba en el doble fondo del costurero. Por alto, aguantaría hasta la venta de las bichas siempre que el asunto no se eternizara. En la cuenta de la vieja no te olvidé, te ampararía hasta que aparecieran tus padres (sin saber entonces que no ya volverían). Esa posibilidad ni se me pasó por la cabeza, demasiado trastocada por la desaparición, tantas veces deseada, del otro. No me puedo creer que se me haya cumplido, pensé. No sentí ni asomo de culpabilidad, me las había hecho pasar tan putas y ahora yo solo quería una vida nueva. Estuve de dándole vueltas a esa perspectiva. Soñando despierta. Algo que hacía siglos no me permitía.

Fueron días confusos, los días después, tanto que no me percaté de cómo Max andaba de alicaído, tan ocupada con lo mío y con lo tuyo. Porque tú te convertiste en mi responsabilidad y yo no tenía ninguna experiencia en eso de hacer de madre. Además, andaba con la cabeza llena de pájaros por eso de mudarme de piel –como lo había visto hacer a las serpientes–.

Y tus padres, ¿dónde tenían ellos la cabeza? Tanta tardanza ya nos mosqueó, así que Valdés fue a la Guardia Civil por saber de su paradero, creyéndolos en el calabozo.

Los guardias le dijeron que se había encontrado una furgoneta carbonizada con dos cadáveres calcinados. Por las averiguaciones todo indicaba a que eran ellos.

¿Qué si tenían familia? Valdés negó por miedo a que se hicieran cargo de ti los servicios sociales.

Hubo que improvisar un entierro y costearlo entre todos.

Al gandul no se lo enterró, porque no apareció ni vivo ni muerto. Bien pensado eso tendría que haberme extrañado, puesto que Valdés me había asegurado que estaba muerto y bien muerto. No me digas por qué, fue algo que pasé por alto. Notaba, cuando se hablaba del tema, así de pasada, que Valdés daba por zanjado el asunto, y una vez hasta dijo que con ese nos ahorrábamos el nicho y entonces intercambió una mirada sombría con Lucio. Sí, tres bajas en una sola noche, se dice pronto, aunque solo dos bajo tierra, remató el domador.

A ti no recuerdo la versión que te dimos, si culpamos a la lluvia del accidente de tus padres o si no te dijimos ni eso, visto que tampoco preguntabas más por ellos. Ya sabes, además, cómo somos en el circo de pocas palabras, que nos sobra trajín

Desaparecieron tragados por aquella memorable tormenta que hubo de descargar sobre aquel pueblo de cuyo nombre ese sí que me acordaría, aunque quisiera olvidarlo (así lo hubiera narrado Lucio). Pensaba que sería provisional, y ya ves, Pancracio, la de años que nos hemos tirado juntos.

Convertida en dueña de las serpientes, mi herencia, cobré unos dineros por su venta. Viuda oficial, reconozco que no lloré una sola lágrima. Todas las lágrimas, las únicas lágrimas, se las quedó Gina que anduvo ojerosa sin parar de comer pipas de forma compulsiva, dejando a su paso un reguero de cascos pegajosos.

Hice planes para mi nueva vida, algo que no había hecho desde que en mala hora me juntara con aquel tipo. Primero, cambiar la banda sonora del espectáculo que me traía malos recuerdos. Segundo, reciclar el vestuario. Como sabes, me las apaño como costurera y con cuatro lentejuelas transformo un trapo cualquiera en un modelito de pista. Tercero, eliminar las chabacanadas que él me había impuesto: ese cigarrillo que simulaba fumar en boquilla, esas flores de plástico que recogía con el pie y algunos ejercicios peliagudos que me machacaban las cervicales. Quería algo nuevo, mi número hasta a mí me parecía más visto que el tebeo.

Recuerdo que fue cosiendo unas enaguas cuando rumié sobre retocarme el nombre, ese nombre que arrastraba, tan absurdo. Pero deseché la idea, porque por muy absurdo era lo único que me quedaba de mi madre. El botarate me ridiculizaba con eso, tienes nombre de telenovela venezolana, me decía, solo por el placer de mortificarme. Reconozco que no me hacía falta inventarme un apodo artístico, llamándome así. En eso le daremos la razón, al lanzallamas –también se empeñaba en escupir fuego, con el efecto de un aliento infumable–. Mi madre, que era inglesa, me decía “baby Jane”. Por desgracia tuvo un accidente mortal (hacía de mujer bala), así que fue mi padre el que me crio, y me siguió llamando como se lo había escuchado a mi madre, solo que todo junto como si fuera un nombre, lo que degeneró en “Beibiyén”, con pronunciación a la española. Anunciado en la pista sonaba exótico, para qué negarlo. Con el tiempo tendría que ir quitándome lo de baby y ser solo Jane, como habría querido mi madre.

En el trapecio formaba parte de un trío apodado Los voladores y con ellos mi nombre no salía a relucir. Ahí iba disfrazada de rubia con una peluca que me traía de cabeza, ay que se me cae por muchas horquillas que me clavaba para sujetarla.

Con el tiempo, sí, Jane a secas, o mejor tirar por el camino de en medio y Juana. Pero, qué te cuento, Pancracio, como si importara cómo nos llamamos.

Lo que tal vez sí recuerdes fue cuando te compramos ropa porque te habías quedado con lo puesto. Hicimos una colecta, ya sabes cómo somos de piña los del circo y tiramos hasta el mercadillo. Tú encantado de estrenar aquel chándal rojo, un niño con zapatos nuevos.

Esos días de calma después de la tormenta, el circo se quedó estancado y todos aprovechamos para arreglar asuntos propios; nosotros, adaptándonos el uno al otro, con lo dócil que eras, fue coser y cantar.

El director consiguió vender los reptiles y el circo pudo al fin emprender el camino. Así fue cómo salimos de aquel atolladero y te prometo que respiramos aliviados cuando dejamos atrás aquella calma chicha para seguir de pueblo en pueblo, peinando La Mancha y más allá.

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6 comentarios sobre “Capítulo 4 Aunque la mona se vista de seda

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  1. La vida del circo es vida de contrastes y también tiene su punto de gloria, que en este capítulo no se refleja (pero la novela sigue…) Comprendo que no te guste el circo, Claudia, pues es algo que te gusta o no, sin intermedios. Yo pasé una temporada en uno, porque era algo que quería vivir. De eso hace ya muchos años, pero aún recuerdo sensaciones. Lecciones de vida que no olvido. Encontrar su lugar en el mundo, qué cosa tan baladí para algunos, tan cuesta arriba para otros… Quizás por eso al final me puse a escribir, porque las palabras están en todas partes y en ninguna. Esta novela la escribí en 2013 y ahora que la reviso le encuentro puntos débiles y sombras, pero hay algo que me sigue gustando. Así que disfruto al saber que la lees. Gracias.

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  2. Me ha gustado mucho este capítulo. Logras llevar al sentimiento de una mujer maltratada y de cómo ella misma ha elegido vivir con un canalla. Yo hubiera hecho que las serpientes se comieran al malhombre, incluido descripción de los pormenores de la “deglución”¡en plan gore ! Menos mal que eres tú la que mueve los hilos de esta historia y la escribes bien.

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  3. Al malhombre le llega su San Martín, ya verás que sí. Soy poco gore yo: la casquería me espanta…
    Mover los hilos de esta historia fue como probar encaje de bolillos con la torpeza de unas manos demasiado grandes, impacientes (las mías). ¡En fin!
    Sí, el enamorarse es un estado de enajenamiento transitorio que nubla el entendimiento. A veces, con consecuencias nefastas, si se da el caso de que el partenaire (o la partenaire) es un individuo turbio o hasta psicópata. Para cuando se despeja el entendimiento y medio caduca la pasión, ya estás enredado en una trama de la que es difícil zafarse: no solo por la autoestima tan dañada sino porque el miedo paraliza. A la víctima se le pide que salga de una situación “buscada”, atolondrada como está, en estado de shock postraumático, y aislada por una relación así de tóxica. Hay que echarle valor y aveces no se vive para contarlo. Otras, la suerte acompaña.

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