Capítulo 5 Pintor, que pintas con amor


Mi último día en el circo fue tremendo…

Valdés la palmó.

Llevaba una temporada, el hombre, más para allá que para acá, tan de capa caída, olvidándose de todo y, más que nada, de sí mismo. No se puede llegar a viejo, se quejaba.

Después del invierno en Madrid, donde tenían casa y donde aparcar los carromatos, el director decidió tirar hacia el Norte por empezar la temporada.

Como cada año antes de debutar, llevaron los animales a que los bendijera San Antonio: perros, caballos, elefantes, tigres y leones, todos desfilaron. También yo. Me visitieron con un pulóver a rayas y ya me convertí en la estrella entre los fieles allí congregados, que no pararon de hacerse fotos conmigo. Beibiyén y Valdés, viendo la oportunidad, se decidieron a cobrarles un tanto por derechos de imagen. Esa mañana, al santo se le debió de olvidar bendecir al viejo. Fuera por no ser de su competencia –su especialidad son los animales domésticos–, fuera porque cada año aumentaba la cantidad de mascotas –las había a barrer–, Valdés no gozó de tal protección.

Todavía hacía frío, heladas tenaces y noches gélidas –lo recuerdo y aún me respigo–, a pesar de que los árboles de ribera ya empezaban a verdecer y los pájaros a cantar. El director estaba enfermo, pero eso no lo sabíamos. Cada día que pasaba era un día menos para él. Desmejoraba por momentos.

Una mañana, no salió de su caravana. Preocupados, golpearon su puerta, pero él dormía para siempre.

Se interrumpieron las funciones. Además de propietario del circo, Valdés era querido: siempre había arrimado el hombro cuando hizo falta. A su entierro vinieron familias de toda Europa, gentes con las que había coincidido en otras carpas por esos mundos de dios. Al entierro a mí no me llevaron, ¿cuándo se ha visto un mono en un cementerio?

A mi amo lo incineraron por que al menos siguiera en el circo, aun convertido en un montoncito de cenizas encerradas en una urna.

Esos días Beibiyén y Pancracio me mimaron. Pero era un apaño, yo sabía que no podían hacerse cargo de mí. Lo sabía y eso me tenía en vilo. Preveía un cambio de rumbo ¿hacia dónde? Adivino habría que ser en esta vida…

Al poco vinieron de una protectora para rescatarme. ¿Mi despedida? Miradas y palmadas al aire. Como otras veces no tuve opción. Cerraron la puerta de la furgoneta y con ella el capítulo del circo.

Empezaría así otra etapa, menos azarosa y ya sedentaria; alejado de los escenarios, pero no del arte (detalle que averiguaría después): otro nuevo retal de una vida, la mía, de piezas descosidas.

En el momento de irnos, me sentí como reo camino del patíbulo, por eso les costó un potosí sacarme de la jaula. Hicieron falta engaños y algún zarandeo hasta que lograron empujarme al furgón. Como a un delincuente. Me faltaban las esposas.

No andaban desencaminados en tratarme así, pero eso ellos ni lo sospechaban. El amo se había llevado el secreto a la tumba y Lucio, siempre fascinado por las palabras, esta vez no se había ido de la lengua.

De haber sido expertos como el amo, me habrían puesto música por hacerme salir sin rechistar. Sin necesidad de tantos “venga va, Max”. Pero les faltaba el adiestrador para apuntarles qué canción entendía yo como: “¡Sal, obedece al son que toca, y ya luego comerás!” (Ni un paso en falso, me repetía, de sobra sabía que la ración de pitanza estaba en consonancia con los aplausos recibidos. Con la faena bien hecha.)

Sí, las canciones me marcaban el paso. Las canciones excitan nuestros jugos gástricos; no solo a mí, también a los tigres, camellos y caballos; todos pasamos por ese aro. Trucos para manejarnos al antojo. Viejos trucos, de Paulov le dicen, aunque sean tácticas tan viejas como el hambre.

Para vestirme me bastaba el silbar manso del amo. El amo Valdés siempre silbotea antes de entrar a pista, mientras dispone los cachivaches de la actuación, mientras se va maquillando, por calmarse los nervios, que el miedo escénico no se supera por arte de magia.

La señal de mi entrada a escena, siempre La vie en rose. Con los primeros compases me transfiguraba. Disfrazado de cortesana, me disponía a representar el papel. Mi papel de Max, el hazmerreír.

En cuanto la cantante, a la que nunca la vi ni descubrí dónde se escondía, empezaba su letanía, salíamos bailando el amo y yo. Sobre la marcha, yo me escondía detrás de una lona oscura, donde me iba quitando refajos. El público asistía, perplejo, a esas transformaciones; cambios de vestuario que yo hacía en un abrir y cerrar de ojos. (Eso tiene truco, pero no este lugar para desvelarlo.)

Más ligero de ropa, ejercitaba cabriolas, sin dificultades para mí, y otras no tan, como montar en bicicleta.

La actuación, trufada de ritmos salseros –por eso de gustar a todos–cerraba con Ne me quittes pas. La pena del colofón. (Ese gusto afrancesado de Valdés de cuando, joven, anduvo con los Bouglione por toda Francia.)

El amo, ahora travestido con un vestido rosa chicle y con frufrús, –se habían invertido los roles– me suplicaba con su mímica, algo patética, que yo, por favor, no lo abandonara. En ese momento, yo ya estaba como dios me trajo al mundo. La consigna era que debía largarme, desoyendo sus súplicas. Mofarme de su desconsuelo con un pan y pipa. Ganas locas de salir fuera de pista eran las que me entraban con esa frase, la de “no me quites el pan”, machaconamente repetida, –así la interpreté todo el tiempo–, y se me hacía la boca agua soñando con una hogaza, aun cuando no me cayera esa breva. No me culpen de ignorancia; yo no hablaba francés, carajo.

Y ¿qué sentido tiene ahora recordar ese espectáculo si ya se acabó la fanfarria? A rey muerto ni rey puesto ni ná. Ya no más reflejos condicionados, a partir de ahora todo serán “vengavases”. Palmaditas en el hombro. Pobres animales, qué pena dan. Deberían prohibirlo, dicen. Opiniones las hay para todos los gustos, pienso.

La furgoneta se alejaba y yo chillaba y todavía intentaba fisgar algo desde la ventanilla. La silueta de Bebiyén diciéndome adiós fue lo que vi. Agaché la cabeza como cordero que llevan al matadero, cuando ella ya solo fue un punto en el horizonte del baldío. Y después ni eso, luego nada. Por consolarme y que dejara de aullar, me dieron bananas.

Después, fui recuperando algo el apetito. Parecía reconciliarme con la vida, de a poco se fueron el desasosiego y el insomnio. La tiña y la sarna. Comprendí, debía adaptarme. Cuanto antes.

Las pesadillas con el lanzallamas culebrero se espaciaron. También, la nostalgia de Beibiyén. Pasaba el duelo del amo, pero no su recuerdo… ¿Cómo olvidarlo a Valdés? (Sus ocurrencias, como cuando se empeñó en presentarme como el hijo de Chita, esa mona tan famosa de las pelis de Tarzán. Yo no era la Chita y él lo sabía. Solo un truco para enganchar al público. Como si hiciera falta, que todo les hacía gracia, hasta cuando yo derrapaba a posta con el triciclo. Si me rascaba el cogote: “Parece que piensa”, discurrían. Cuando enseñaba los dientes: “Míralo, si sonríe como nosotros.” Si me descolgaba del trapecio, ya eso lo aplaudían a rabiar. El bravo total. Entonces yo saludaba y les regalaba un mortal, ¡hale, hop! “¡Conseguido!” gritaba el jefe de pista. El rey del mambo, eso era yo, pero no el hijo de Chita –que, además, nunca fue hembra sino macho–.)

Claro que hubo momentos chungos, como la noche de la tormenta, cuando perdí los papeles. Y, peor, la congoja del día siguiente. Os lo contaré, pero que no salga de aquí, tiene delito.

El tipo –el asqueroso de las serpientes– se me acercó con su chulería barata. Yo, chupeteando mi palito del caramelo sin rastro ya de azúcar. Noche cerrada, el calor había amainado. El circo dormía. Se me acercó, digo, y me escupió sin venir a cuento. Me pareció intolerable, ¿cómo se puede ser tan ruin? Me levanté y le enseñé los dientes, que dejara de molestarme. Pero él siguió y me insultó. Mono asqueroso me llamó. De nuevo le enseñé los dientes y hasta gruñí. Él, ni caso. Se creía a salvo por los barrotes y ese fue su error.

Me dio la espalda, repantigándose. Encendió un cigarrillo y me tiró la cerilla encendida, por amedrentarme. Y lo consiguió. Temí por la paja del jergón que a punto estuvo de arder.

Entonces, chillé. Pero nadie salió a auxiliarme. Todos roncaban. Todos, menos él, ese sinvergüenza que no tenía una buena ocurrencia en todo el santo día sino hacerle la vida imposible a mi Bebiyén del alma. Una nube roja me nubló la cabeza. Sin pensarlo (que eso no es lo mío) alargué el brazo. Dicho y hecho. Aprisionado, lo asfixié. Resopló y jadeó. Seguí apretando y sentí que se ahogaba. Oí cómo sus cervicales se rompían, crac, crac. Después, aflojé. Él se desplomó como un saco de patatas y resbaló hasta caer al suelo, y yo entonces ya me calmé. Respiré hondo y me refugié en el camastro. Me tapé los ojos, ojos que no ven. Pero me costó un rato dormirme, hasta que por fin caí en el túnel que todo lo borra. Un sueño sobresaltado y a trompicones. Poco reparador.

Me desperté de madrugada, todavía estresado, y vi por el rabillo del ojo cómo Valdés intentaba arrastrar el cuerpo desmadejado. Viendo que pesaba demasiado para sus pocas fuerzas, buscó la ayuda de Lucio, el domador de elefantes. Y entre los dos lo cargaron en el carretillo y se lo llevaron.

No quise saber dónde. ¿Carroña para los leones? Puede… Esas fieras devoran un cerdo abierto en canal en menos que canta un gallo.

Los días del después anduve en vilo, sí. Ya luego se me fue pasando. Pero no del todo, nunca del todo, a pesar de que su pérdida no era irreparable: nadie lo lloró, a no ser la gilipollas de Gina, con quien andaba de escarceos a espaldas de Beibiyén.

¿Y qué otra cosa podía haber hecho yo, quedarme de brazos cruzados mientras él me humillaba? ¡Hasta ahí podíamos llegar! Ojo por ojo y diente por diente. ¡Cooonseguido!, exclamaría el director –alargando mucho la o inicial–, micrófono en ristre y pidiendo en el acto un aplauso.

En este nuevo paradero, me da por pensar si no me habrán arrestado por haber perdido los papeles. Si fuera así, tampoco hay queja: vivo a cuerpo de rey.

El centro, sin tacha. Patio con árbol, porche y cuarto para dormir o pasar el rato. Limpieza diaria. Comida, de primera: frutas de temporada completan mi dieta (elaborada por nutricionistas). Una pequeña cascada dispensa agua de manantial.

Tal lujo da que pensar. Esto ¿será Jauja o me habré muerto como el amo, y recalé por error en el paraíso? No, no. Todo esto es tan real como la sandía que devoro a bocados. Nadie me apabulla. Recibo cuidados de balneario, masajes y mascarillas de barro. Dicen que pronto mi aspecto lucirá envidiable.

Me gustaría agradecerles tantos desvelos, pero no sé cómo. Lo único que puedo ofrecer: mis numeritos de mono sabio. No te motives, Max, que esto no es la pista, me digo, por cortarme. Por no venirme arriba, que es una tendencia que tengo yo.

En observación, ellos toman notas sin parar. También, fotos. Yo, si me disparan, sonrío como un imbécil, acostumbrado a las de polaroid que hacíamos en los descansos con los niños del público.

Por mi tendencia a la imitación me estoy volviendo tan serio ellos, como mis cuidadores de bata blanca.

Recién, empecé a meditar; quedarme mirando una nube y pensar en los caniches de Valdés (por ejemplo), y después en nada.

— ¿No estará depre? — pregunta la veterinaria.

—Habría que buscarle una ocupación— sugiere el de gafas.

Ay, esos científicos cómo se toman la vida a la tremenda… El gafitas se me presentó con una caja y una carpeta bajo el brazo. Se sentó sobre la piedra, esa en la que da el primer rayo de sol, y me invitó a acompañarlo. Obedecí, como siempre sin rechistar.

Entonces ahora pinto. Al final, yo siempre enredado en el artisteo. Pero, no crean, echo de menos el circo, será que todavía tengo serrín en las venas… Ya, si me preguntaran (pero no preguntan) yo les diría que es todo. El circo es todo. Y es que el que es de circo a esa vida no la cambia por ná. Que no digo que la viva mejor, que no digo que la viva peor, solo digo que no la cambia por ná. Eso digo.

Y mira que yo sí puedo comparar, que tuve siete como el gato. Contando por lo bajo.

En este nuevo asilo, me fumigaron por desparasitarme y también me ducharon. Todo no son más que atenciones. Los nuevos cuidadores, con sus batas blancas, son muy considerados y su hospitalidad, impecable. Con las vacunas me distraen de los pinchazos con cariños, como a un bebé. Frases hechas tipo: “Ya pasó, ya pasó. Buen chico”. ¡Buen chico!, si supieran…

Yo camino medio desorientado y resbalo sobre esos suelos tan encerados como espejos.

Los primeros días, me tienen en observación: minucioso chequeo, con toda clase de análisis. De vez en cuando, fruncen el ceño preocupados. Me embadurnan con pomadas y me aplican cataplasmas sobre tantas pupas que cubren mi cuerpo. Ante semejante desvelo, no sabría si reír o llorar… Entonces sonrío, se me da mejor.

Me darán tiempo para reponerme físicamente. Lo anímico seguirá su curso, más de a poco. Eso dicen. Tratado como un enfermo, mi espíritu se sosiega conforme se van cicatrizando las heridas y repoblando las calvas. Ellos traducirán cualquier indicio como mejoría. La convalecencia dura unas semanas.

Os contaba cómo me volví pintor, ah y me fui por los cerros… Pues en aquella caja que me trajo el gafitas había unos tarros y yo pensé que si serían purés de sabores porque cada tarro era de un color. El chico se sacó unas escobillas del bolso de la bata, que parecían escobas de barrer pero en miniatura. Las papillas no olían a comida, lo comprobé por esa costumbre mía de olfatearlo todo. Más bien a medicamento o a limpiacristales del que usan para mantener la vidriera como el jaspe. El chaval me miró a los ojos como cuando quiere decirme algo importante y me explicó: “Esto es pintura y esto, brochas”. Siempre habla así resumiendo los conceptos, y va y  lo repite. ¿Me tomará por tonto? (No se lo reprocho.) Cogió una brocha y la metió en el mejunje, barrió el papel blanco, como si apartara hormigas detrás de los arbustos. Me acerqué a la libreta, pero no vi insecto alguno. ¿Serían de esos invisibles, tan molestos? El joven de la bata blanca observaba mi reacción. Yo no sabía qué cara poner que no lo decepcionara. Así que, hice lo que siempre hago: imitar. Cogí yo también una brocha y barrí el papel. Después, unos par de saltos y un par de chillidos, ¡hale, hop! Él, exultante, le brillan los ojos y me ofrece su mejor sonrisa. Palmadita en el hombro y galletita de premio, de las de vainilla, mis preferidas. Palmada, galleta; yo sigo. Barrido sobre papel, mordisco de galleta, las migas mezclándose con aquellos colores y su aliento soplándome en la nuca. Ojos pasmados, oh, el asombro: ¡milagro, el mono pinta!

Golpea el cristal para llamar a sus colegas, que aparecen en tropel, y foto va foto viene. La parafernalia habitual, pero a lo loco, que hasta con aplausos me regalaron los oídos ese día. Me vine arriba, no lo pude evitar, y saludé como en la pista. Y ellos, carcajadas y más galletas. Alguien dijo: Parece que la terapia funciona. Hasta la veterinaria se sumó a la algarabía y se puso a pintar, para que viera que sabía hacer más cosas además de pinchar y vendar, pero usó el colorado… ¿Deformación profesional? Eso no me gustó. Gruñí. Tuvieron que tranquilizarme con el color verde, yerba sobre papel, árboles, selva, ya pasó, ya pasó, buen chico…

Aquella mañana de gloria, sin saberlo, había nacido como pintor.

Pronto, me acostumbré a esas sesiones de barrer bichos (invisibles).

En los márgenes de los dibujos ellos anotaban signos que sí parecían insectos, hormigas en hilera que salían de sus lápices.

Agradecido por la nueva rutina que me devolvía a mi habitual disciplina, yo producía sin pausa. A medida que los trazos se soltaban, las manchas cobraban vida –como en esos test– y achinando los ojos podía ver lo que quisiera. (Por ejemplo, la selva en un manchón verde, a mi madre en un borrón pardo, el ojo del amo en una gota negra, la silueta de Beibiyén en un trazo morado o la rueda de la bici de Pancracio en el cerco que dejaba un vaso de agua sucia.)

Me recreaba en esos pormenores y el tiempo se encogía o se estiraba, depende. Mientras, perfeccionaba la técnica, depuraba el estilo y expresaba emociones que creía por siempre anegadas. Pintar me curaba la podrida melancolía y otras heridas que todavía supuraban. Y eso aunque yo ni fuera consciente de que lo que hacía era pintar, ¿no era barrendero de lo invisible, acaso domador de hormigas?

A ratos, me sacaban al patio con los demás y observaban nuestras reacciones. Mezclarse con otros así porque sí y hacerlo sin sin encontronazos no es fácil. Cada cual arrastra su pasado a cuestas y hay ese resabio que degenera en agresividad por un quítame ahí esas pajas. Yo por eso me mantenía a distancia, sin demasiadas confianzas. Las peleas me asustaban, había perdido la capacidad de reaccionar, llevaba demasiado entre humanos. No es que fuera huraño, pero tampoco me mezclaba. Contactos los justos, en el marco de la estricta cortesía, que donde hay confianza da asco. Respiraba hondo si tenía que ser testigo forzoso de alguna pelotera, procurando no inmiscuirme ni que me salpicara, que a mono viejo no se le hace la morisqueta.

Ellos atribuían mi desapego al grupo a un estado postraumático y, gracias a ese diagnóstico, pronto desistieron de integrarme. La verdad, había olvidado cómo era eso del clan… El recuerdo de los míos en la selva, pura algarabía, y el de los compañeros del zoo, hacinamiento. Estaba desentrenado en lo social y me había vuelto descastado.

Evitaba contrariar a la veterinaria; sobre todo, no rascarme en su presencia para que no me sometiera a sus rigurosas desparasitaciones. Poca sarna que rascar era lo que tenía. Intentaba no tener que llegar a enseñarle los dientes por disuadirla. Mi deteriorada dentadura ya no impresionaba a nadie ni era plato de gusto verla.

¿Por qué no me emparejé? No faltaban ocasiones, había donde elegir, pero no sentía el impulso. Desnaturalizado debía de andar o igual me habían castrado para no dar más guerra de la cuenta, ¿fue en el zoo o fue en el circo? Siempre a merced de los demás, ellos dispusieron de mi vida y también decidieron sobre mi sexualidad –supongo que incómoda, por desbocada y cerril–.

Ahora en la madurez, los asuntos de la procreación ya no me perturban. Había perdido la gracia para los rollos sin más –ni siquiera un ahí te pillo como los polvos en la selva, donde follábamos sin juicio, como Pedro por su casa–. Fuera de onda andaba y de paso me ahorraba alguna reyerta. Haya paz, imponía en medio de las escaramuzas, pero ellos siempre compitiendo, a las manos. Cuánta tenacidad. Seguro que a mí, por pasar de todo, me tachaban de extravagante o de tarado. Qué sabrán ellos de amores plátonicos, esos imposibles y sin salida que acaban en agua de borrajas y la cara de tonto que se te queda. También hubo los de juventud, pero ya ha llovido tanto que es agua pasada. Los caballeros como yo no fardamos de amoríos.

¿Cómo pasaba el tiempo libre? Me descolgaba entre las ramas del olivo y meditaba sobre el color plateado de sus hojas. Saltaba entre los recuerdos de mis otras vidas, y así pasaban las tardes. Las noches eran profundas y mis sueños, dulces. El momento más importante de día eran los ratos de pintar, algo que no consideraba ocio sino trabajo. Algunas veces hasta preparaba bocetos, escarabajeando en la tierra con ayuda de un palo, a falta de papel. Así era de concienzudo.

Ser aplasta manchas tampoco estaba al alcance de cualquiera, así que me esforzaba en prepararme lo mejor posible, que para eso era yo el elegido. Me tenían por genio –el que no conoce a dios ante cualquier mono se arrodilla–, y me concedían algunos privilegios, entre ellos la soledad de un recinto convertido en taller.

Me trataban como a un artista, cosa que les agradecía con sinceridad. Aun consciente de la responsabilidad otorgada, ese estatus colmaba mis aspiraciones de paz y tranquilidad. Entre sesión y sesión, me desperezaba o hasta dormía una siesta, arrebujado bajo la manta o a la sombra de tu árbol. Comer cuando me entraba algo de apetito: estaba haciéndome mayor y por lo tanto frugal. A parte de eso, poco más.

Una mañana yo también amanecí muerto.

Abatidos me dieron sepultura. Yo descansé, al fin. (Antes de morir, vi esa luz de la que todos hablan, el túnel, y una película vertiginosa, la historia de mi vida. Todos desfilaron por ahí: mi madre y el clan, los hermanos del cobertizo, la tribu del zoo, la nena de la despensa, todos los del circo y también el público. Por supuesto, los de la protectora. Que nadie faltó a la cita. Ni siquiera faltó el asqueroso, aunque bastante redimido.)

Recopilaron mis bocetos para una exposición. No era un caso único, pero sí peculiar por mi edad avanzada. Según parece, los demás chimpancés, al hacerse adultos, perdían la afición. Mis cuadros, dentro del expresionismo abstracto, poseían, a decir de los expertos, la armonía cromática y la espontaneidad de Basquiat. Ya será menos… Como mucho un Pollock de resaca y un Basquiat muy, pero que muy colocao, y va que chuta. No dejaban de ser garabatos y borrones, fruto del impulso descontrolado, pero los entendidos lo elevaron a la categoría de pintura gestual, lo etiquetaron como “arte bruto” y unas cuantas pamplinas más, martingalas de la crítica siempre en búsqueda de referentes.

Fuera como fuera, la muestra resultó un éxito de un público intrigado por la creación plástica de un animal, siendo inevitables las comparaciones con obras de pintores consagrados, tan abstractos como yo, o más. También la prensa celebró el experimento, como lo hizo en otros casos, cuando ese mono artista apadrinado por Picasso. Y hubo quien se volvió a indignar ante la supuesta farsa, como ya había ocurrido, sin ocurrírseles pensar que yo había embadurnado unas cuantas telas a la manera de cualquier pintor, pero que el mérito se debía a la iniciativa de esos muchachos que me habían incitado. Esos chicos de bata blanca, tan sensibles, que se tomaron la molestia de seleccionar los mejores para la muestra (había mucho tachón indecente).

Se escribieron páginas basadas en las observaciones que habían anotado. Visionaron las películas que protagonicé, cortando y empalmando los mejores fotogramas para un documental emitido por muchas televisiones. Revelaron las fotos en las que salía más fotogénico: yo, pintando; mis dibujos, acabándose; mis cuadros, secándose; los pinceles, desperdigados; la paleta, salpicada; otra vez yo, pero descansando de una sesión. Qué saturación, cuando les da por algo… Con todo ese material gráfico se imprimió un catálogo en papel cuché, como los de las galerías de arte.

Sin buscarlo, había conseguido la inmortalidad. Para la eternidad yaceré bajo una lápida que reza “Max, chimpancé y artista polifacético” y el consabido descanse en paz, condolencia que cumplo a pies juntos, como tierra mojada después de la lluvia, sin saber qué cielo me tocará pisar.

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