Capítulo 6 Tanto tienes tanto vales


De Madrid solo conocía el barrio y el polígono y no entendía por qué Lucio decía que de Madrid al cielo. ¿Al cielo?, no jodas, le dije. El domador me explicó que era un dicho por la hermosura de los cielos madrileños. Le prometí que los miraría con atención. Los más soberbios son los atardeceres, aunque los amaneceres no se quedan cortos, dijo.

Lucio decía estas cosas por consolarme, y yo ya me conformaba, ya. Lo que no me apetecía era irme por mucho que los cielos de la capital fueran de película. Los daba por vistos.

Juana lo había decidido así y yo no me atrevía a llevarle la contraria. Es hora de que te saques un certificado, no puedes andar por la vida sin tenerlo. A mí no me disgustaba tanto el hecho de estudiar como el de dejar el circo, pero donde hay patrón.

—Te costará, pero tú puedes.

—A ver si soy capaz…

Al principio, intenté zafarme. No tengo carné, le dije por ganar tiempo, sabiendo que eso no la achantaría. Pues ya va siendo hora de arreglar eso, me contestó tajante.

Andábamos por Palencia y me mandaron en tren a Mieres del Camino, mi pueblo natal. Mi primer viaje en tren y mi primer viaje solo, me sentí mayor. De madrugada bajé a un apeadero medio tapado por la niebla y pregunté por el juzgado. Allí me dieron el acta de nacimiento.

Al leerla, sentado en el banco de un jardín, supe que ya no era “Pancracio, el niño”, sino Pancracio Lorenzo Calvo, nacido un once de noviembre de hacía diez y ocho años y por tanto mayor de edad.

Pasé el día por la villa y comí en una sidrería. Al salir, pillé una mojadura. En una confitería compré pastas y me fui en el tren de la noche. Ahora podría sacarme el carné, algo que hasta entonces no me había parecido imprescindible, pero que a Juana la tenía en vilo. Mira que si descubren que te adoptamos por lo bajini… Menos mal que no te nos rompiste la crisma, porque no sé con qué tarjeta te habríamos llevado al médico. Suerte, nadie había dudado nunca de que ella fuera mi madre. Delante de los demás la llamaba “mama”.

Podrás sacarte el permiso de conducir, me dijeron los Valdés cuando les enseñé mi documento con la foto esa en la que salgo con cara de asustado. Yo ya conducía sin él, como los demás del circo, pero tenerlo era un plus.

Ya no tienes excusa, me espetó Juana. Lo he arreglado todo con Estrella para que vivas con ella. Esa parte del plan me gustó, al menos no me meterían de interno como hacían con sus hijos otras familias.

 Y así pruebas la otra vida. Nunca se sabe, igual te gusta insinuó Juana. Yo no cambiaría la errante por nada, pero ella insistía en que no se podía decir de esa agua no beberé.

Te apuntaremos a una escuela de adultos para que eches el graduado, o como se llame eso. Pero ¿cuánto tiempo?, le pregunté. Depende de ti, de si te aplicas, pero échale un par de años por lo bajo. A mí tantas temporadas me sonaron a eternidad, pero callé.

Los veranos te vuelves con nosotros y así no pierdes de entrenar. Al menos es algo, pensé.

Pasé las últimas semanas con el muermo a cuestas, despidiéndome de todo y de todos, como si me fuera a la guerra.

¡Ya verás qué bien te lo pasas, chico!, la vida de la corte tiene sus intríngulis, me animaba Lucio, y me guiñaba el ojo con picardía. Palabras como “intríngulis”, que no entendía, me sonrojaban al intuir que el domador se refería a cosas de chicas.

¡No seas tonto!, me decían los hijos de Valdés, los años pasan volando. Más quisiéramos todos que estarnos quietos un tiempo. Además, hoy en día, ¿adónde vas sin estudios? Mira cómo a los nuestros los hemos mandado a estudiar. Ya tendréis tiempo de coger el relevo y entonces ya no quedan fuerza para nada, todo son responsabilidades, problemas. Aprovecha ahora que puedes, me decían ellos que habían asumido la dirección del circo desde que faltaba el viejo.

Juana me notaba el reconcome, pero fue inflexible. Es lo que toca, repetía tenaz, ocultando la pena que sentía por quedarse sola. Mientras, te arreglas el carromato del abuelo para que vivas a tu aire, a la vuelta. Eso era un incentivo, pensé, no porque me agobiara compartir el suyo, pero ya tocaba.

Saber que mi casera era de los nuestros me quitaba un peso; nunca había vivido con personas de los otros. Para mí, solo existían dos tipos de personas, nosotros y el público. Así de simple era mi concepto de la gente. Los del circo, los demás.

Después de cuatro cursos esforzándose a tope, ya lo tenía, el dichoso título. El primer diploma que entra en casa, señaló Estrella, cuando lo colgué en la pared de la salita.

La estancia no se me había hecho cuesta arriba como había pensado. Me había adaptado a eso de estarme quieto y hasta pensaba que recordaría con cariño esa época, de lo genial que me lo había pasado.

Según llegué con mi bolso de viaje, Estrella me enseñó mi habitación. No es mucho, pero te las apañarás. Acostumbrado a las estrecheces de la caravana, el cuarto me pareció un palacio. Cama turca, silla y perchero, ¿qué más se podía pedir? Las paredes, empapeladas con nuestros carteles, me envolvieron y me sentí en casa.

La ventana daba a una galería, que la casera había convertido en gallinero. Tenerlas me da seguridad, se excusó, pero de esto ni mu, que está prohibido tenerlas en un piso. Sus cacareos me arropaban al despertar.

Te he puesto dos mantas de lana, aquí refresca y el piso no tiene calefacción, solo brasero. ¿Te gusta la tortilla de patatas y los pimientos verdes fritos?

Me apunté a la escuela del barrio. En secretaría les extrañó que no tuviera certificado escolar. ¿Sabrás leer y escribir, al menos?, porque si no tendrás que matricularte en las clases de alfabetización. Se me vino a la cabeza la expresión de Valdés corrigiendo mis deletreos…

Estaba mirando la lista del material y los horarios, cuando se me acercó un chaval. Así que seremos compis, me soltó a bocajarro. Me llamo Crespo (pronunció, “Crejpo”). ¡Mola que seas del circo!, dijo, dejando claro que estaba al tanto de las explicaciones que les di en ventanilla.

Me fijé en sus tatuajes y lo seguí como si nos conociéramos de toda la vida. Me llevó a una librería que los vendía usados, donde compramos por casi nada un lote de libros de texto. Ando tieso, se justificó.

A mí me haría falta una mochila y algo de ropa, tú no sabrás de un sitio barato, le pregunté. Sin casi darme tiempo a acabar la frase –le habría explicado que quería causar buena impresión el primer día y que me hacía una ilusión enorme tener una de esas mochilas del cole– me prometió que me llevaría a lo más de lo más, y no eran trapejos de los chinos, puntualizó. Te puedes maquear por nada. Si hasta los pijos le compran cosas de marca, que está de moda eso del vintage, como le dicen ahora a lo viejo. Todo es de segunda mano, ¿no te importa? Mis abuelos fueron traperos de los de toda la vida, pero la Lucía, mi hermana, que es una espabilá, le cambió el nombre. Ella dice que le dio un giro al negocio, el caso es que se está forrando.

Anduvimos por callejuelas hasta que llegamos a Lucy en el cielo con diamantes. En la tienda, que olía a guardarropía, me puse mis primeros vaqueros de marca. La chica, con tanto desparpajo como su hermano, me hizo probar no sé cuántas prendas como si jugara a las muñecas. Todo te queda que ni pintado, chico, vaya cuerpazo tienes, me dijo, cuando salí del probador. Por el trapecio, le dije. Al final me quedé un par de camisetas, una sudadera, una cazadora y unos pantalones. La mochila fue regalo de la casa. Cuando venga Juana en invierno, le enseñaré la tienda, me prometí. Seguro que encuentra algo de su gusto entre tanta ropería. A Estrella le compré una pañoleta con unos gatos estampados, para que fuera guapa a ese comedor solidario del que tanto hablaba.

Crespo y yo quedamos en vernos en clase y nos despedimos como colegas con un “nos vemos”.

Aquella noche forré los libros con papel y los marqué con mi nombre completo. Los hojeé por saber si no me habría pasado al apuntarme directamente al curso sin pasar por un preparatorio. El caso era que nunca había ido a la escuela, aunque, gracias al abuelo, supiera leer y escribir. Cuando él faltó, Juana recogió el testigo y me impuso unas horas de estudio. Los libros los heredaba de los chicos Valdés cuando volvían del internado. Las matemáticas se me resistían, pero el mago Niebieski me echaba una mano. También me enseñaba inglés. Un profe nativo es un lujo, según decían. No sé por qué le decían así si el mago era polaco, pero por lo visto había pasado varias temporadas actuando en teatros de suburbios londinenses. La poca geografía que sabía me la había aprendido sobre la marcha, los pueblos españoles no tenían secretos para mí (sobre todo sus carreteras secundarias y también los descampados). En una rifa de feria me tocó una lámpara con el globo terrestre que, al encenderse, iluminaba los continentes y, como decía Lucio, “los siete mares”, aunque creo que en esto se equivocaba pues eran más de siete, que yo los había contado. Lo que prefería era el dibujo artístico, pero eso no cuenta, me decían los nietos del director. Bueno, algo contará, les replicaba, pero ellos insistían en que era una maría, como la educación física. Pena, pensé, sobre todo por la gimnasia con la que podría destacar. Para el castellano, nadie como Lucio, decretó Juana. Y el domador me enseñó el secreto de las oraciones y todo lo que él sabía de nuestra lengua a la que adoraba casi tanto como a sus elefantes. Me defenderé, pensé. Lo que no sepas, pregúntalo, que nadie nace aprendido, me recomendó el domador.

Pero al día siguiente estaba como un flan y no pude ni desayunar.

Gracias a que me senté con Crespo, que estaba en su salsa (era repetidor empedernido y de los que se hacen a todo).

La profesora se nos presentó como Guadalupe. Tenía aspecto joven y a Crespo le pareció un pelín roquera. Y eso en una profe era valor seguro, según dijo él (yo qué sabía).

Nos fuimos presentando por turnos. Éramos poco más de una docena. Algunos ya tenían una edad y dijeron que eran parados de larga duración. Otros habían dejado de estudiar para ponerse a currar y, ahora, con eso de la crisis, se encontraban sin oficio ni beneficio por lo que habían decidido sacarse la ESO. Los más, entre ellos Crespo, lo habían dejado por falta de afición, ¿o dijeron ambición? Algunos de los desertores se justificaron con dislexia o hiperactividad. Yo nunca había oído hablar de esas cosas y deseé no padecer ninguna de esas enfermedades, que llamaron síndromes y que impedían rendir en los estudios.

Cuando me tocó, me expliqué como supe y noté que me miraban con curiosidad.

Les faltó tiempo para ponerme mote. Perejil me apodaron (por la rama que se les pone a las figurillas de San Pancracio). La profe fue la Lupe y Crespo se descargó la sintonía de una cantante portorriqueña, un poco por fastidiarla cuando le sonaba el cacharro a destiempo. Pero ella, en lugar de entrar al trapo, nos hizo copiar la letra y analizarla –morfológica y sintácticamente–. Y amenazó con secuestrar móviles. Guadalupe era así, poca broma y mucha letra.

Me lo cantas en clave rapera, decía cuando alguno se trababa en una explicación ya fuera de mates, sociales o lengua. Los raperos son los rapsodas de nuestro tiempo, explicó, claro que hubo que buscar “rapsodas”, pero para eso estaba el diccionario al que acudíamos cada dos por tres por resolver dudas. En eso del vocabulario a veces me sentía poseído por el espíritu de Lucio que me soplaba las definiciones de algunas palabras, un tanto rebuscadas, lo que no dejaba de sorprender a la profe. A mis compañeros, viniendo de mí, ya nada les pillaba desprevenidos. Pareces brujo, me decía Crespo, achinando los ojos y moviendo la cabeza. Parece que no te enteras de ná y estás en todo…

Me gustaban las clases. Quién lo hubiera dicho, si eres un empollón, me decía Crespo por provocarme. Solo soy aplicado. Mi ventaja era que no estaba quemad, no había sufrido ese fracaso que a ellos los había empujado abandono escolar, como lo llamaba Guadalupe. Tener colegas de mi edad, algo normal para ellos, a mí me servía de aliciente.

Me agencié una estantería, que encontré tirada al lado de un contenedor, para mis libros de clase y otros, usados, que pillaba en lo de compraventa. También me hice socio de la biblioteca; me estaba aficionando a leer.

Los deberes solía hacerlos en la mesa de la cocina, mientras Estrella trasteaba.

No todo eran obligaciones, también hubo diversión. Algunas noches salíamos a pintar vallas. Crespo había sido muy grafitero, pero lo estaba dejando, lo que no le impedía recaer de vez en cuando para estampar su firma. La mía era un mono, que de tanto repetirlo ya me salía a la primera. Es una pasada, me decía Crespo cuando lo veía acabado. Le gustaba tanto que le pinté uno en la puerta de su habitación.

Callejeábamos y nos pillaba el atardecer por ahí. Entonces, yo solía mirar el cielo que se teñía de colores anaranjados y violetas y pensaba cuánta razón llevaba Lucio en eso de los cielos. No solo por eso lo recordaba, al domador, también cuando tocaban redacciones. Usaba sus palabras, aunque no vinieran muy a cuento. Tienes un vocabulario muy rico, pero no siempre lo usas con propiedad, opinaba la profe. ¿Algún día me dirá “conseguido”? Bah, no creo.

La familia de Crespo me apreciaba; creían que era una buena influencia para su hijo (al que consideraban un poco bala perdida). Algunos domingos me invitaron a comer paella y yo cogía el metro para ir de Carabanchel a Lavapiés donde vivían.

Desde el primer momento, a Crespo, lo consideré mi guía en esa ciudad que se me ensanchaba a medida que la iba conociendo, tanto que tuve que reducirla a mi barrio y al suyo, por miedo a perderme en esa otra inmensidad. El resto, esas barriadas periféricas que atravesaba para llegar a Móstoles, donde teníamos la nave, o esas calles por las que paseábamos al azar, lo borraba de mi mapa mental mirando solo cielos y vallas.

Una mañana de domingo, Crespo me llevó al rastro. En el mercadillo, donde se vendía lo que no estaba escrito, lo conocía a todo quisqui. Por eso le salían chapuzas: descargar furgonetas, cubrir bajas o lo que se terciara. A él no se le caían los anillos, con tal de sacar unos cuartos. Yo me ponía a hacer malabares y llenaba la gorra. De paso les servía de reclamo a los vendedores que se me rifaban. Con la pasta nos íbamos de conciertos, al cine y a tomar cervezas.

Intenté darle algo a Estrella para los gastos de casa, pero ella se negó. Estás en edad de merecer y necesitas las perras para cortejar, me decía. Yo no tengo novia, Estrella, pero ella no se bajaba de la burra. Que si quieres arroz. Era verdad que no tenía ligues, aunque sí alguna admiradora, pero era tímido. Crespo, en cambio, se las sabía todas y su único problema era elegir cuál molaba más.

Y así fueron pasando esos años de estudiante, interrumpidos por los veranos en el circo y los meses de invierno, cuando volvían a Madrid y aprovechaba para ir al polígono donde me arreglaba mi caravana. Crespo a veces me ayudaba, era mañoso.

Cuando se lo presenté, a Juana le gustó. Se rio de sus ocurrencias. Es un hechicero, tiene gancho y nobleza, opinó. Me quedo tranquila sabiendo que me lo cuidas, le dijo, y eso me dio apuro: daba a entender mi poca experiencia del mundo.

Estaba orgullosa de mis progresos escolares, aunque no me lo dijo por si me confiaba. Pero lo supe por Estrella: la profesora le había dado buenos informes. Un alumno educado y estudioso, aprovecha bien las clases. Ya. Que no se duerma en los laureles, debió de contestar Juana.

El último verano me llevé a Crespo al circo, quería enseñarle cómo era nuestra vida. Esto es de puta madre, decidió en cuanto llegó. Estrenamos la caravana que habíamos dejado tan niquelada que no quedaba rastro del ruinoso carromato.

Cuando subí al trapecio se quedó mudo. Tú sí que sabes, me dijo.

Se desternillaba con Lucio, con quien alargábamos las tertulias a la fresca. Los nietos de Valdés se unieron a la pandilla y juntos arrasamos en las romerías.

Incapaz de estarse quieto, mi amigo vendió palomitas en los entreactos y se estrenó en la pista con los payasos. Metió mano en el equipo y nos actualizó la música. Del año pun dijo que era.

Cuando acabó el verano, todos lo despidieron diciéndole que ahí tenía las puertas abiertas. Él sonreía y luego hizo un chiste con las puertas de nuestras caravanas y con el telón de la carpa.

Nos graduamos, pero no como en las pelis americanas. Nos conformarnos con leer apto al lado de nuestros nombres en una lista. Por el título, ya os avisamos, nos dijeron en secretaría.

Entre los compañeros sí lo festejamos y le pedimos a Lupe que se uniera a nosotros. Ella aceptó. Tapeamos, charlamos, bebimos y fumamos. ¡Conseguido!, dije en un brindis que le dediqué por lo bajo a Valdés. Acabamos en un parque donde nos fumamos unos canutos (la profe ya se había retirado). Al principio me resistí, después me reí como un loco y luego me dio bajón. Me habría puesto a llorar, pero me contuve por temor a que Crespo me llamara “niñato”. Él se mostró comprensivo y lo llamó pájara.

Madrid se me acababa… Me daba palo despedirme, aunque volviera a pasar los inviernos. Ya no sería lo mismo.

Al amanecer, Crespo me acompañó a casa. No me lo perdonaría si te pasara algo, Pancracio –solo me llamaba así cuando se ponía trascendente–, que no estás acostumbrado a tomar ni a nada y vas puesto. No sea el demonio…

En el portal me dio un abrazo y sacó una bolsa de plástico de su mochila. Dentro llevaba un móvil que se había agenciado, para que estemos conectados, tío, que no te pierda el rastro, dijo, y esta gorra es de parte de la Lucía. Le di unas gracias muy torpes y subí las escaleras por no ponerme sentimental, pero en el rellano me detuve.

—Ya te llamo, Crespo. Y no te metas en líos, ¿eh?

—Descuida, Perejil. Nos vemos con los turrones.

Por mí ya me habría quedado todo el verano en Madrid, yendo con ellos de terraza en verbena. Esos cuatro años había cambiado mi forma de hablar, me sentía de la peña y ya Crespo decía de mí que era un auténtico, que habían roto el molde cuando nací. Ese Crespo, ¡qué tío!

Pero tenía un plan y mi plan no era apalancar sino irme a Barcelona. Lo hablé con Juana y ella me dijo que le parecía bien, que todo enriquece. De volver hay tiempo, tu sitio no te lo quita nadie, que mientras yo esté, tú no te quedas sin silla. Y yo pensé en el juego de las sillas que hacemos con los payasos.

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10 comentarios sobre “Capítulo 6 Tanto tienes tanto vales

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  1. Si, Claudia, es así como sucede: en cada capítulo hay un narrador. Primero, una niña en Bruselas; segundo, una niña en el Congo; tercero, el mono que huye; cuarto, Beibiyen; quinto, el mono pintor; sexto, Pancracio joven. El séptimo, en la próxima entrega. Esta fue una de las mayores dificultades de este relato que escribí en 2014 y no estoy segura de haber sabido diferenciar bien las voces, pero lo intenté. Eso sí, más de una vez me pregunté: ¿quién me mandará meterme en camisas de once varas? Un abrazo y gracias por tus comentarios, siempre animan.

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  2. De acuerdo con Claudia. Es una buena técnica que cada personaje vaya contando su punto de vista como en “el cuarteto de Alejandría”. Y de acuerdo en que es muy difícil y un tanto esquizofrénico para el autor, meterse dentro (me imagino!). También de acuerdo en que es (Claudia) una buena crítica, suelo leer sus comentarios a otros blogueros y siempre me parecen acertados y estimuladores.

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  3. Hum, “El cuarteto de Alejandría”, cuánto me gustó, sobre todo, “Baltasar” y otro con nombre de mujer que no recuerdo (lo leí hará 30 años). Sí, con el mono me metí en un reto seguramente superior a mis fuerzas, como saltar del trapecio con los ojos vendados, un poco circense… Sé que no está del todo cooonseguido, pero se intentó. La próxima no me vendo los ojos por si. Suerte que cuento con vuestra benevolencia, la tuya, la de Claudia y la de otros que saben de la dificultad de escribir sin editor.

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