Capítulo 7 En boca cerrada no entran


Ahora vivo en uno de tapas blandas y no se está tan mal. Sin ser el gran lujo no me quejo, hasta me estoy apoltronando. Claro que en peores garitas, si yo contara todas las incomodidades y estrecheces… Ya me gustaría hacerlo, ya. Pero me lío con los recuerdos, estoy confuso, no soy ni mi sombra.

Echo de menos el verde, rodeado de tanto negro sobre blanco. Además de árboles, también me faltan sonidos, ahora que todo es tan silencioso, tan sin canto de pájaros. No dramatizo, sé que no es para tanto, si hace una eternidad que sufro de nostalgia y debería de haberme acostumbrado. En mis sueños, hay que decirlo, vuelvo al escenario frondoso y eso me basta. Al despertar, me hago cargo y no me achanto: más de lo mismo, pero nunca idéntico.

Ahora, esta otra vida mía, sumándose a las vidas anteriores de mi karma algo sobresaltado, discurre en un decorado urbano.

Me acuerdo poco de mi infancia del zoo, solo de vez en cuando me viene claustrofobia y regusto a cacahuetes. En cambio, sueño mucho que estoy en la pista dando vuelta con el triciclo o en mitad de una acrobacia fallida. Todavía puedo oler el aroma rancio de las palomitas de maíz, eso es morriña del circo. Si cierro los ojos, veo todos los colores del arco iris: rojo, naranja, amarillo, verde, azul y morado y otros tonos más pesados y por ello caídos del espectro, ocres, sienas y grises, colores que yo mezclaba con las manos o con brocha. De la paleta paso al palo de santo, esos caquis que me daban de tentempié al acabar la faena del taller. Es lo que tiene haber vivido una vida de disparates que saltas de recuerdo en recuerdo y tiras porque toca.

Ahora, ya sé, soy un pasmarote que ni siente ni padece. Mi estado tiene ventajas, no paso frío ni calor. Un sinvivir, sin pena ni gloria y de poco sobresalto. Voy tirando. Diría que todo es aséptico, pero no inodoro. Los olores han cambiado y son olor a tinta, papel y pegamento. Olor a hongos. A manos sudadas. En conjunto todo se ve medio desenfocado y algo desteñido. No, no estoy para dar palmas, pero ¿alguien las da? Bah, no echemos leña al fuego.

Ay, el fuego, cuánto me falta, esas barbacoas de sardinas los domingos en el circo. Donde hubo fuego quedan cenizas… También añoro los aplausos, para qué negar, y las canciones en francés. La voz de Beibiyén. Hasta los rugidos de los tigres albinos echo en falta. ¿Qué todo tiempo pasado fue mejor? Puede.

Con los años me estoy volviendo redicho por esas palabras escritas que me rondan y por demasiado tiempo libre para rumiar, que ya solo me faltan unos anteojos para convertirme en erudito. Los refranes se me quedan pegados al paladar y los digo, vengan o no al caso, yo que siempre fui tan parco en palabras, solo gruñidos, después onomatopeyas tipo “ah, eh, oh”, pero eso data de mi prehistoria. Ahora, a falta de todo lo que fui perdiendo, solo tengo palabras. Pasar de los “eh, eh” a los hipotéticos subjuntivos ahí es nada: un salto en el vacío en el que perdí parte de mi animalidad, pero gané en empaque (y en pedantería). Tanto que no sé si me dará por ponerme a escribir…

Si escribiera la historia de mi vida, usaría tinta furtiva. O tinta invisible. Empezaría con esta descripción de la que he meditado cada palabra.

Diría así: “La puerta está entreabierta y el aire la golpea, insistente. Sobre los peldaños de la escalera hay un par de zuecos. No son grandes, serán de mujer. Al entrar, te topas con un albornoz de toalla rojo frambuesa que está colgado de una puerta que deja entrever lo que hace las veces de ducha y retrete. El espacio del baño es tan exiguo que seguro que has de lavarte de perfil. Sin mediar transición, te das de bruces con la cocina, reducida también a la más mínima expresión. Enfrente del fregadero, una mesa, podemos decir multifuncional. En estos momentos, parece servir de tocador, pues hay un espejo redondo, una caja de crema Nivea, pañuelos de papel y una cestita con toda clase de pinturas para el maquillaje. Una boa de plumas rosas se descuelga de la silla plegable, dando un inequívoco toque de camerino. Completan esa sensación de vestuario unas perchas colgadas de los armarios empotrados, con unos tejanos terciados y un suéter rayado que parece un tigre dormido. Una capa, azul y brillante, invade casi toda la diminuta estancia. Está hecha con el mismísimo firmamento, bordado con estrellas plateadas. El destello de las lentejuelas se refleja en un punto del techo, al lado de la litera. Sobre la alfombrilla redonda, unos zapatos de tacón, como los de bailaora, con hebilla. El suelo a veces se tambalea y el hule que lo recubre se queja un poco bajo tus pisadas. Un televisor colgado y una foto de cuando actuaban por Cuenca. En ese espacio no hay nada imprescindible. Cualquier cosa que no se use desde hace más de un año no sirve para nada. A ella desde luego no le da por acumular cosas a lo tonto. Ladra un perro guardián, aunque faldero, atado a los bajos de la caravana mientras dura el espectáculo. Vuelve la contorsionista. Dispone de diez minutos para transformarse en la chica del carrito de los helados.”

Sí, a mi Beibiyén la pondría de vendedora de dulces en los entreactos, así ya algo me caería a mí, que soy un goloso de marca mayor.

Lo bueno que tiene escribir es que puedes cambiarlo todo y no tienes por qué contar las cosas como fueron sino como te hubiera gustado que pasaran. Al menos eso creo. Pero para escribir tendría que perfeccionar mucho mucho. Todavía no consigo leer con fluidez, apenas si entiendo las frases largas y complejas. Soy un principiante. Una cosa es la labia y otra la escritura me digo por no venirme arriba. Las perífrasis me asustan con sus rodeos y no me hago con la ortografía, pero todo se andará, Max. Poco a poco todo se andará. Mientras, me contengo y me limito a coleccionar palabras. Escribir ahora sería papel mojado.

En una revista de divulgación leí –con las dificultades de un escolar– una extraña teoría, El teorema de los monos infinitos. Fue su título lo que me atrajo, Monos infinitos. Un mono pulsando teclas al azar durante un periodo de tiempo infinito podría escribir cualquier libro. Algo así decía el enunciado. Más adelante se contradecía o me lo pareció. Sin duda conjeturas demasiado complicadas para mí, pero me quedó esa imagen estimulante del mono escribidor. Claro que ¿quién dispone de un tiempo infinito? El cuento me dio qué pensar…

Hablar sí hablo para mis adentros y en voz alta cuando estoy solo. Mi dicción no es impecable, pero vocalizo y con la ayuda de un logopeda sé que podría progresar. Yo solo ya mejoré lo mío desde aquellos “eh, eh”, dónde va a parar.

En otra época fui artista, como sabéis, y eso me imprimió carácter. Sin exagerar –no deliremos–, quien tuvo retuvo. De esos años de bohemio conservo una pajarita. Nunca me gustó la ropa y la idea de andar embutido en un traje me oprime el ánimo, pero la pajarita es otra cosa, es un símbolo. Sin tener fobia al disfraz, prefiero andar en cueros, aunque confieso que vestido suelo provocar risas. Entre rejas, guardaba con celo cualquier bayeta que me encontrara y jugaba a ser persona, tapándome. ¿Cuál era la diferencia entre ellos y yo, ir desnudos o vestidos? Bah, una insignificancia. Por eso, me apropiaba de trozos de tela y los defendía a capa y espada y ellos a reírse. Pena que fueran solo trapos y no engañaban a nadie. Ah, si me hubiera encontrado alguna prenda como es debido, otro gallo. Esas eran aspiraciones mías, enjaulado, y mira por dónde se cumplieron. Cuidado con lo que deseas. Valdés me disfrazaba de pies a cabeza y yo sin rechistar. De esa indumentaria solo conservo esta pajarita anudada al pescuezo, antes azul celeste y ahora tan desteñida que ni se sabe. Cuándo en la protectora se empeñaron en quitármela, los reté: la pajarita, no. ¿Por qué borrar la única señal, si el escenario no fue escarnio para mí? Al contrario, hacer reír se convirtió en el más serio de mis oficios.

En ese revoltijo de mi vida, tan llena de sobresaltos, me cuesta zurcir los rotos, hilvanar los remiendos y urdir una trama consistente. Por eso divago.

Pero os hablaba de un libro de tapas blandas… Pues cuando ese libro salió de la imprenta, oliendo a tinta fresca, se lo llevaron a una biblioteca. Allí, le acuñaron páginas al azar. El choque del sello de caucho fue contundente y yo cerré los ojos por miedo a que me tatuaran, pero la bibliotecaria me ahorró el mal trago y se decantó por sellar otras páginas. Mientras hojeaba el libro sí que tropezó conmigo, con mi estampa, y me sonrió. Yo no le enseñé las encías, por si…

Una vez registrado, la bibliotecaria, que me recordaba bastante al personal de la protectora, colocó el ejemplar en el lugar que le correspondía. Aquí cada libro tiene su hueco en su estantería, un sitio para cada libro y un libro para cada sitio. Yo, quieto, parado.

Por aquel entonces, yo todavía no sabía descifrar esos caracteres que me rodeaban, las palabras escritas. Me creía asediado por nubes de insectos y es que la ignorancia siempre fue descarriada. Ahora ya sé que son letras y no bichos y voy aprendiendo cómo suenan. Juego a juntar letras y salen palabras. Una palabra tras otra forma una frase. Las frases se juntan en párrafos. Varios párrafos hacen capítulos. Mi libro tiene varios capítulos, pero todavía no conseguí saber cuál es el mío: están en cifras romanas y a partir del tercer palo me pierdo. Pero todo se andará, Max, todo se andará.

Ahora, al menos sé que soy un dibujo, solo eso, una ilustración recreo del nervio óptico, y también sé que el libro es mi soporte, en cierto modo mi casa. ¿Resurrección o reencarnación?, qué importa.

Sin falsa humildad, pienso que bien podrían haberme elegido para el diseño de portada, pero se decantaron por un garabato que no entiendo, demasiado conceptual para mi gusto. Es un libro de autoayuda, este donde vivo, y se titula: Cómo esconder al animal que llevas dentro. A mí me colocaron en el tema dedicado al control de las emociones en entornos laborales. ¿Caprichos o ironías editoriales?

Sea como sea, yo no parpadeo, ni tampoco me rasco a pesar de los ácaros que campan a sus anchas, respiro hondo y me controlo por mor de la urbanidad, ya no salto ni chillo, no me escapo, no me despiojo ni enseño los dientes a nadie, no aplaudo ni tampoco me aplauden a mí. Ya no me cuelgo de las ramas (de las estanterías sí). Y no hago esas otras cosas que no ha lugar mencionar, la biblioteca es un lugar respetable aunque tampoco se trata de sacralizar pues hay quien escribe unas historias tan promiscuas que habrían escandalizado incluso a los de mi clan en la selva, si supieran leer. ¿Represión? Así es la cultura, dicen. Un plus de inteligencia emocional tampoco sobra, he leído. En fin, que me comporto.

De vez en cuando hay quien hojea el libro y de paso me ojea a mí. A veces se lo toman prestado unos días para casa y de paso me llevan a mí. Al cabo de dos semanas, lo devuelven, y también a mí. Los lectores, ellos son ahora mi público, un público silencioso que ni aplaude ni come palomitas, solo lee lee lee y bosteza bosteza.

Por lo demás, me gusta mi nuevo recinto, esa biblioteca atestada de libros y revistas. En invierno ponen la calefacción a tope y el calor me adormece. Mis huesos, castigados de tanta humedad, se restablecen. En verano, encienden el aire acondicionado. No se le puede pedir a más a una vida- después- de- la- vida. Nunca pediría que me abanicaran ni nada por el estilo. Esto que me ha tocado en suerte, tan parecido a una casa de reposo, es nirvana.

Y el tiempo ¿cómo pasa el tiempo? El tiempo ya no pasa para mí, aunque sé que para los demás no se ha detenido, burlado por la rutina que replica días siempre iguales, a no ser esas pequeñas variaciones de fines de semana que cierran, las noches cuando todos se van y esos días que te llevan de prestado. De lunes a viernes abren por las tardes y los sábados por las mañanas. Yo respeto el horario. Jamás salgo de mi sitio a no ser cuando la biblioteca se cierra y nunca antes de que se hayan ido las señoras de la limpieza. Así que, cuando ellos estudian o buscan en las estanterías, me quedo inmóvil en mi recuadro de la página 167. Si noto que mueven el libro del estante y que lo abren, procuro posar lo mejor que sé, con decoro. Como tampoco es que eso ocurra a menudo, puedo hacerme el muerto el resto del tiempo y hasta dormir (procurando no roncar).

Al anochecer cierran el local y se esponja el silencio. Entonces, salgo del libro y me doy una vuelta por ahí. Entro en los váteres y bebo agua. A veces me baño en el lavamanos con agua templada; ahora que mi tamaño se ha reducido tanto como el de un tití, el lavabo me sirve de bañera; el jabón del dispensador huele a lavanda o a pino y es muy rico enjabonarse y darse un baño de espuma. Después me coloco cerca del secador de manos pero no tanto como para que me aviente por los aires.

Para comer me las arreglo con restos envueltos en papel de aluminio de la papelera a la entrada, normalmente bocadillos o galletas.

Podría desentenderme de estos aspectos tan terrenales, pues ya no tengo necesidades, pero ¿por qué privarme de esos pequeños placeres, mientras pueda? Y por eso de mente sana en cuerpo sano, hago ejercicio a diario; las estanterías me sirven de gimnasio.

Tampoco descuido mi formación. Aquí, entre tanto saber enciclopédico, no faltan recursos para estudiar. Poco a poco, la lectura se ha convertido en mi afición; de momento, me conformo con cuentos infantiles con los que descubro lo muy presentes que estamos todos los animales en las historias para niños. Leo titulares del periódico pero me ponen triste y entonces miro revistas. Pronto pienso leer algún libro y he decidido que será Moby Dick.

A veces pienso en lo diferente que habría sido mi vida de antes, mi vida vida, de haber tenido tanta información como ahora; otras, dudo si no serán solo pájaros en la cabeza. Creo que si Valdés y Beibiyén me vieran, estarían orgullosos de mí, aunque todavía no soy un mono sabio, pero casi. Pena que tanta letra me llegue tarde, aunque mejor tarde que nunca, o eso se dice.

Mi alma se va forjando, episodio tras episodio, como los capítulos del libro en el que ahora encontré refugio. Un libro de bolsillo que cabe en el bolso de una americana, esa es mi casa. Gracias a su tamaño, tan pequeño, me sacan por ahí y salir a la calle me permite escuchar los ruidos del mundo que tanto me gustan.

Ya viene siendo hora de navegar pensé un día, viendo cómo los chavales se pasaban horas muertas delante de las pantallas. ¿Qué sería eso tan interesante que tanto los embobaba? No llegué a descubrirlo, mi estancia tenía las horas contadas.

La encargada de la biblioteca seleccionó libros que estuvieran estropeados para descatalogar. Entre ellos, el mío.

— ¿Cómo lo ves, a ese? — le preguntó en voz baja a su ayudante.

—Un poco manoseado sí que está. Deséchalo. Total…

Bah, total, ya no era gran cosa ni aun flamante, pero además estaba bien roñoso. Esta vez sí que me estampó el sello partiéndome la jeta por la mitad. “Descatalogado”, decía el sello.

Debía de ser un trámite cualquiera, quise engañarme. Pero me dio un pálpito: se avecinaban cambios. Me parecía bien salir de aquel letargo, pero me entró algo de ansiedad: a mi edad ya no se está para zarandeos.

Dejaron los libros descatalogados en una cesta a la entrada. Alguien pilló mi libro. No cunda el pánico, es un préstamo como otro, quise convencerme. Pero el protocolo era otro y sí había motivos para estar alerta. El lector no lo devolvió, por lo que yo tampoco pude volver. Se me leyó en el metro, un invento ese que me pareció una pasada pero solo para un rato: sufro de claustrofobia. Después se me dejó en un banco y me cayó un aguacero. Aun así, a pesar de la cubierta hecha un asco, alguien volvió a adoptarlo y se me puso a secar en el alféizar de la ventana. La mojadura arruinó la cubierta y a mí me arrugó.

A renglón seguido, otras manos, otros bolsillos y así fuimos, el libro y yo, de banco en marquesina haciendo de libro abandonado y de libro encontrado. Qué guay, dijo alguien, intercambiándolo por un Madame Bovary, ajado. Libros liberados. Y yo patrás y palante. Se había acabado el duermevela, por eso mis neuronas se engrasaron como las de un becario.

Estos amos provisionales solían ser jóvenes y eso yo lo notaba por el tacto suave de sus manos. Andaba en vilo entre tanta encrucijadas, tanto azar, pero ellos sonreían al descubrirme entre esas páginas, sería por la pajarita porque con esta cara de susto que se me está quedando ya no sé yo dónde me ven la gracia.

Era primavera y yo estaba en el fondo de una mochila. Su dueña me llevó a una acampada que me recordó al circo. Así que estaba en mi salsa con tantos tambores, menuda algarabía. A estos les pasa como a mí en el zoo, pensé. Recuerdo que gritaban: Democracia real, ya. ¿Democracia?, no conozco esa palabra, pero, si estuviera en la biblioteca, la buscaría en el diccionario. Demasiado tarde para los diccionarios, a los que tanto me había aficionado… También rotulaban carteles y ahí yo tenía que contenerme y no dar mi toque maestro. Los perros que pululaban por ahí me disuadían de salir de mi escondite. Con lo raquítico que te has quedado de un mordisco te zampan, pensé. Las noches refrescaban y se encendían hogueras. Me aficioné a las patatas fritas de bolsa y a los refrescos de cola, también. La tienda de campaña, gran invento, pensaba. Ojalá esto dure siempre…

—Anda, que salimos en la prensa— gritó uno.

—Joder, sí que la estamos liando parda— le contestó otro.

Un día los desalojaron. Yo no llevé ningún porrazo de la policía, por estar dentro de la mochila. ¡Leña al mono que es de goma!, habrían gritado si yo me hubiera asomado. Claro que las páginas del libro me habrían acolchado y las tapas, aunque blandas, habrían hecho de chaleco antibalas. Otros no tuvieron la misma chance y se llevaron palos.

La chica que me había arrastrado a tan insólita aventura huyó despavorida, como huyen las gacelas de sus depredadores, dejando la mochila por ahí tirada entre restos de la batalla, con el libro y conmigo dentro, tembloroso y encogido. La vi alejarse, sálvese quien pueda, sin mirar atrás con sus zancadas de bailarina. Alguien le gritó: Julia, espera, pero ella no debió de oír porque no esperó.

Después, los hombres de la limpieza barrieron la plaza y retiraron los escombros con palas. Regaron y fumigaron, por las pulgas, dijeron que había plaga, y yo, de oírlos, empecé a rascarme, sin reparo ahora que lo daba todo por perdido.

Nunca supe en qué quedó todo aquello. El hombre propone, el sistema dispone…

Sé que al libro lo tiraron en el contenedor de papel, lo normal para un libro viejo. El camión de la basura lo trituró y llevó el engrudo a una planta de residuos. Y así fue cómo se acabó con el libro y como yo me desintegré con él: reciclado como mandan las buenas prácticas. Todo acaba, tarde o temprano, ya se sabe.

Siguió un verano, tedioso… Convertido en pasta de papel, me quedé tirado en aquel almacén. Un espacio desangelado donde hacía un calor infernal, pero esas incomodidades ya no me afectaban. Había pasado a otro nivel, más allá de la conciencia, más allá de la representación gráfica de mi ser. Me dio tiempo de pensar. Repasé los episodios de mi vida.

Imposible rascarse sin manos, ni arrebujarse sin brazos, ni enseñar ¿qué dientes?, ni saltar sin impulso, ni descolgarse ¿de dónde? ¿Coger?, bah. Ni desperezarme puedo. Con lo que queda de mí, que es menos que nada, harán papel.

Papel blanco para… Quién sabe, para tantas cosas sirve el papel: escribir cartas, copiar apuntes, hacer cuentas, dibujar planos, firmar sentencias, redactar contratos, imprimir textos. Papiroflexia. Papel del váter, servilletas. Celulosa, celulosa, mucha celulosa. Papel de estraza, y de regalo. Papel cebolla. Papel pinocho, de seda o de charol. Papel de liar. Papelito que no vales ná.

Saldré a relucir como aquellas misteriosas caras de Vélmez. Traspasaré el papel de dibujo, ese de textura rugosa que tanto me gusta acariciar. Apareceré como un holograma flotando en los cielos nocturnos, azul de Prusia. Me impondré sobre unos paisajes tan encantadores como irreales, mi careto enorme como una estatua de la isla de Pascua. No podrán ignorarme, como nadie puede ningunear a King Kong emergiendo detrás de los rascacielos. Eso será lo que haré.

No soy de los que se rinden.

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4 comentarios sobre “Capítulo 7 En boca cerrada no entran

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  1. Fíjate que me tuvo en vilo y estuve a punto de cerrar la boca por que no entraran moscas, pero a la vez no podía prescindir de este capítulo. Ahora, más respiro tranquila al saber que sí os ha gustado. Y seguimos así, expandiéndonos… Gracias.

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