Capítulo 8 Si te he visto, no me acuerdo


De martes

No sé para qué sigo pintando, si no hay manera de colocar nada. Cerré el taller que tenía a dos manzanas por ahorrar el alquiler, así que ahora invado la casa porque esto de la pintura ocupa tanto lugar… Debería dejarlo, pero para hacer qué me pregunto y no encuentro alternativas. ¿Buscar otro empleo? A veces lo intento, pero será que no le pongo empeño porque no me sale nada decente. Abandonar la pintura es tirar la toalla y da rabia después de años con esa cruz a cuestas. Antes me salían clases, algunas ilustraciones, cosas que no eran talmente pintar pero sí del oficio. Más que nada para cubrir gastos. Reconozco que fui pésima en eso de venderme cuando los años de vacas locas; no supe situarme; el mundillo me espantaba; ese tinglado siempre me superó y ahora a buenas horas… No tienes mano izquierda, me diría mi madre. Ni suficiente ambición, me digo yo. Ni fe ni ambición. Y ahí sigo, pintando por costumbre, por no morirme de asco. Los dibujos se almacenan en las carpetas y los lienzos se apilan en los pasillos. La mía es una casa tomada por la pintura. Montar una instalación con ese taller ahora desbarajustado sería una opción, pero ni eso hago. Algunas noches, todavía me apetece salir a pintar a la calle y tampoco lo hago. Los aerosoles, tan tóxicos, se me atragantan, o se me ha pasado el arroz y por qué quemarse los pulmones gratis, buena gana trabajar para el inglés… Además, ahora, está el niño y eso lo cambia todo. Hace  días  vengo retrasando un encargo y eso, dada la situación, es bastante imperdonable, pero es que el encargo es un retrato y los retratos no se me dan. Hoy me dije de hoy no pasa y me puse al lío, pero me puse con recelo y el miedo, ya se sabe, no casa con la soltura. Yo ya sé que la clienta no quedará contenta, lo sé antes de esbozar el primer trazo. Le doy vueltas a la foto de esa desconocida y busco esos bocetos que hice hace días, unos bocetos que ni me convencieron entonces ni me convencen ahora, no por cosas de encaje, que eso está medio resuelto, sino por la sonrisa de la mujer, ya forzada en la foto y que a mí me salió como despectiva. De los ojos ni te cuento. Habrá que echarle un par, no queda otra. La modelo, qué culpa tiene la pobre, es mona, pero poco interesante. Tendré que esforzarme en no cargarle años, un vicio muy recurrente cuando no se tiene maestría en el retrato, así que al tanto. Al poco, suspiro y lo dejo con la excusa de una pausa. Cuando vuelvo de la cocina donde estuve preparando café, me quedo parada: la mujer se convirtió, hopus pocus, en un mono. No entiendo nada. Ahora sí que no se le parece ni a su sombra, aunque tal vez la sonrisa luce más lograda. El primer arrebato es romperlo, pero me contengo y le paso el fijador. ¿Cómo hay que interpretar una cosa así de extraña? Mientras tomo el café, noto que me tiemblan las manos. Esa transformación… en un mono…

Se me viene a la cabeza aquel sueño que tuvo mi hermana cuando éramos pequeñas, el sueño del mono en la despensa. Mirándolo bien hasta se le parece. Con la de vueltas que le di entonces, tantas que conseguí hacerlo famoso entre nosotras. Nuestro mono en la despensa. Hay que decir que yo sí creí verlo cada noche en nuestra despensa, aunque a día de hoy no lo juraría ni pondría la mano en el fuego, pero entonces bien que estuve convencida. Tanto que cada noche abría la puerta de la despensa y le deseaba las buenas noches, un rito secreto que cumplía a raja tabla antes de acostarme. A pesar de no dudar de que hubiera un mono, pues lo veía con mis propios ojos, nunca llegué a soñar con él. Eso no. Sabía que existía y que era más real que otras cosas de las que los adultos intentaban convencerme y que se me escapaban, por abstractas. La primera noche, recuerdo que él me miró asustado; después, al ver que yo no gritaba ni me chivaba, se fue confiando y pasó a mirarme con curiosidad y hasta con familiaridad. No sabría decir cuánto duró aquella visión. ¿Semanas, meses? La portera se quejó del mal olor del patio de luces y eso me pareció una prueba que confirmaba su presencia. Por supuesto, callé. Al poco, dejé de verlo, o me abandonaron las alucinaciones. El caso, la despensa vacía había vuelto a ser un espacio anodino, bastante húmedo y maloliente, en donde guardaban las escobas, el cubo de la basura y cosas sin ningún interés.

Apuro el café mientras cavilo en eso tan raro que acaba de pasarme y en cómo vuelven algunos recuerdos con la persistencia de las manchas de grasa. Eso lo cuentas por ahí y no se lo cree nadie, pensé. Y Celia, ¿qué dirá, mi hermana? Ella sí me creerá, o quién sabe… Lo normal es que se lo crea: después de todo eso del mono fue cosa suya. A parte de ella, a nadie más, no sea que me den por loca (la culpa, yo sé, es de la trementina y de tanto caminar en la cuerda floja). Mejor me callo, como cuando de pequeña oculté la presencia del mono en la despensa. Vuelvo a la cocina y enciendo la radio, por aturdirme y así sentirme menos sola. Abro la nevera y lavo las verduras de la comida. Lo que acaba de pasarme puede interpretarse de muchas maneras, o de ninguna. ¿Lo habré dibujado yo sin darme cuenta? ¿Sufro desdoblamiento? Bah, ya será menos… ¿Una realidad paralela? Soy escéptica con los fenómenos paranormales; necesito una explicación cabal. La demencia llamando a la puerta ¿tan pronto? Quita, quita, la locura ni mentarla. El perro me reclama y acariciarlo me despeja esa nube oscura que planea sobre mi cabeza. Al niño, ni palabra: podría asustarlo. Por cierto que ya es hora de ir a buscarlo, así que me visto una rebeca. Fuera el cielo está algo encapotado. El perro tirando de la correa me obliga a caminar dando bandazos.

Manu sale cabizbajo arrastrando la mochila. El perro se tira hacia él y le lame las manos. ¿Qué tal?, le pregunto. Esta tarde no voy es lo que me contesta. No lo negocio, no tengo ánimos. Demasiado blanda, me dirán. Puede. Después de comer, se queda dormido en el sofá, el perro a sus pies. Recojo un tebeo del suelo y llamo a Mauricio, para quedar. Si quieres te paso un encargo, es un retrato, le digo. Me va de fábula, me dice. No entiende que los retratos me son punto imposible; a él se le dan de maravilla, aunque también a él le pasan cosas extrañas con esto de los retratos: hay veces que se pone a dibujar una cara sin copiarla de nadie, creyendo que es un rostro desconocido, y luego se encuentra con esa persona a la que ya retrató antes de conocerla. Supongo que la pintura encierra misterios por resolver o ¿será la trementina? De momento no le comento nada de lo mío, por teléfono no me parece propio.

Cuando cuelgo, el niño ya se despertó y me llama. Decido tomarnos la tarde libre tal como quiere Manu, total por unas horas no se acaba el mundo; ese horario partido no me cunde y a él se le hace cuesta arriba. No es tanto por darle el capricho como por evitar enfrentarme con lo mío, con ese milagro del mediodía. Por esta tarde libras, pero no te acostumbres, le digo y le pongo la sudadera, mientras él me cuenta no sé qué sueño raro que acaba de tener. Salimos o nos saca el perro con sus prisas. En el rellano unos chicos con credenciales aporrean la puerta del vecino, carpeta en mano. Deben de ser de alguna compañía de gas, siempre igual. Paso sin decir ni mu, no sea que me aborden, aunque si lo hicieran tengo la frase siempre a punto: “Yo no soy la señora de la casa.” La tarde refrescó y un aire medio otoñal remolinea papeles y algunas hojas amarillentas. El perro arrastra a Manu, que se empeña en sujetarlo de la correa. Atravesamos el parque, desierto a esas horas. El niño, todavía con cara de sueño, parece algo apagado, ¿estará incubando algo? El perro se revuelca en la hojarasca. A Manu le apetece columpiarse, pero suave y sin que me des, me dice. Lo dejo a su aire, me siento en un banco y Roco, más sosegado, se tumba a mi lado. Después bajamos por la calle principal del barrio sin encontrarnos todavía a nadie, los comercios no abrirán hasta más tarde. El perro olisquea las esquinas y nos obliga a detenernos por ir marcando su territorio con esas señales que deja, aquí y allá, misteriosos mensajes; el caso es zigzaguear.

Mauricio ya nos espera en su portal, a tocar de la Ronda San Antonio. Se sorprende al verme con el crío. Tarde libre, le explico. ¿Pasamos por la tienda de dibujo?, ando mal de papel. ¿Sabes que han cerrado la de Petritxol?, me dice. ¿También esa?, le digo. ¿Y qué han abierto, otra tienda de moda? No, si a este paso el barrio parecerá un vestidor… Oye, antes de que se me olvide, la foto del retrato. La tía lo quiere en color, le digo, y se la doy en un sobre que él se guarda en la chaqueta. Vamos tomando atajos por evitar que nos arrastre una nube de turistas, que copan las aceras. El niño sigue tan callado que Mauricio me pregunta si le pasa algo. Parece que no está muy fino, le digo. Al llegar a la plaza del Pi, Mauricio se lo lleva de la mano a mirar el escaparate de la juguetes de la esquina, mientras yo entro en Casa Piera a por papel. Lo pido de la marca que suelo gastar, pero el vendedor me dice que ya no les queda género, pues esa fábrica acaba de cerrar. Cuando salgo veo que Manu lleva un soldado de plástico, seguro que se lo acaba de sonsacar a Mauricio y los reto un poco: en casa ya no cabemos con tantos cachivaches. A Manu de pronto se lo ve menos mustio. Mira qué escudo tan chulo, me dice por venderme la moto. ¿Le habrás dado las gracias al tito Mauricio? Sorteamos más nubes de turistas que, más que mirar, van fotografiando cada rincón. Deshacemos el camino, el niño de la mano, el perro de la correa y el tubo de papel bajo el brazo. Al pasar por la calle del Carmen, el chico se queda mirando a un hombre que anda hurgando en un contenedor. Vamos, Manu, lo apuro.

En su casa, también abarrotada de cuadros —aunque solo cuadros, no como la nuestra donde además campan dinosaurios, coches, guerreros y piezas de mecano—, Mauricio prepara café y chocolate a la taza. Este preparado al niño le fascina por su inmediatez, como le fascina todo lo instantáneo, debe de ser por eso de que el tiempo a los críos se les hace eterno, ajenos todavía a nuestras amenazas de caducidad. Le ponemos dibujos animados por entretenerlo mientras charlamos y él, cansado de la caminata, se tumba en el sofá, con los morros embadurnados. Dudo si contarle a Mauricio lo de esa mañana. Me contengo, esperaré hasta ver si el milagro se repite. Le pido que me enseñe lo último que anda pintando y con la taza de café en mano recorremos el taller. Desde el caballete nos mira una mujer. ¿Quién es?, le pregunto. Todavía no la conozco, me dice. Apoyados de cara a la pared un montón de lienzos esperan a que alguien les levante el castigo. ¿Te parece si le doy un toque al tipo de la galería?, le digo. A él le parece bien. Recogemos las tazas en el fregadero y desde la ventana de la cocina, que da a la galería, vemos cómo empieza a llover. Llevaos un paraguas, nos ofrece al irnos.

Manu se espabila según va descargando la tormenta. Me cuenta los dibus con pelos y señales, historias de castillos y dragones y de no sé qué más. No debe de estar incubando nada malo como temí, sino que vuelve a ser el parlanchín de siempre. Nos paramos en el colmado y compro boniatos y manzanas. Justo al llegar al zaguán de casa, arremete la tromba, suerte que ya nos pilla a resguardo. Antes de entrar, Manu salta en un charco, algo que no puede remediar, salpicándome y empapándose las zapatillas. ¡Incorregible! De cabeza a la ducha, le ordeno. Rezonga por no perder la costumbre, pero obedece. Antes, coloca el soldadito nuevo en la estantería con el resto de esa colección. Seco al perro para que no huela tanto a gallina mojada y le echo un ojo al crío por ver si se está desvistiendo. Cierro el grifo de la bañera que ya casi se desborda y lo dejo enzarzado en una lucha de submarinos y patitos de goma; el baño, en seguida convertido en un zafarrancho. Recojo la ropa sucia y le preparo el pijama. Limpio y repeinado, oliendo a colonia Nenuco, se pone a dibujar en la mesa de la cocina mientras yo preparo la cena. Desatado, ya charla por los codos, haciéndome preguntas (es la hora de los porqués…) que yo contesto sin mucha gracia, absorbida como estoy por el misterio del mono. ¿Te gusta mi dibujo?, me pregunta. Me encanta, ¿por qué no lo coloreas?, le digo sabiendo de sobra la respuesta. Manu detesta colorear tanto como hacer caligrafía. A sus lápices de colores los transforma en flechas y rellenar los cuadernos Rubio le parece un castigo. Hora de irse a la cama, recoger el cuarto y preparar ropa y mochila para el día siguiente. Mañana no hay cole, me espeta y, como me suena a trola, llamo a otra madre y compruebo que lo que él quiere es hacer pellas. Lo regaño, poco convencida. Nuestro eterno debate, el para qué ir a escuela. Que por qué no lo dejo en casa o en la biblioteca donde aprende más, mucho más, me camela.  Siempre con el mismo cuento… A veces, ser madre es agotador. Y difícil.

Me ducho y me pongo un chándal. Reviso el contestador y escucho un mensaje de Josep. Dice que está bien y que nos manda un abrazo. Suena lejos, con ese mar embravecido de fondo. Pero es que está lejos, tan tan lejos… Me preparo un té, desenrollo el papel, que no se haga marca y lo guardo en la carpeta. Compruebo a ver si el dibujo del mono sigue ahí. Sí, ahí sigue intacto, el mono sonriéndome, tal como lo dejé a mediodía. Mejor no caer en la paranoia y no buscarle tres patas al gato, o cinco o las que sean. Solo toca ver si el milagro se repite o si fue caso aislado. Mañana veremos, pienso, que ahora ya no son horas de ponerse a dibujar. Enchufo el portátil y abro el correo. Nada pendiente. Le envío un mensaje a Josep. “Nosotros, sin novedad. Cuídate. Muchos abrazos.” Adjunto una imagen con el pie de foto “Tu hijo dibujando”. No le comento nada sobre lo que ya califico como “el milagro del mono”. Josep, tan lejos, no entendería la situación y lo podría acongojar (dado su carácter pragmático, él es muy del tipo de lo que es es y lo que no es no es). Cierro la ventana y me desconecto. Decido que mañana llamaré a Celia. Enciendo la tele y me arrebujo en la manta de cuadros. Sigue lloviendo. Con el mando hago un barrido, pero bajo el volumen por los anuncios, que chillan. No encuentro nada y apago. Antes de dormirme, pienso en esa manía que le agarró a Manuel de negarse a colorear. A mí, de pequeña, me pasaba todo lo contrario. Tú dibujas y yo coloreo, le decía a mi abuelo. Pero él es él y yo soy yo.

De miércoles

Suena el despertador y tengo que hacer teatro con la ayuda de Boris, el imprescindible peluche, para que se levante. Otra vez la milonga de no quiero ir, pero me hago la sueca (aunque a mí me quedaría mejor hacerme, no sé… ¿la islandesa?) Desayunamos y nos tiramos a la calle, Roco como siempre con sus urgencias mañaneras. De vuelta a casa, llamo a la escuela para pedir cita con la maestra, a ver si aclaramos esa desgana del niño… Algunas veces, me pilla sin argumentos y me cuesta horrores arrastrarlo al cole. La tutora tiene libre a las cuatro. Me va perfecto, le digo. Mientras telefoneo me entretengo en dibujar una cara en un bloc. Cuando cuelgo, veo que la cara, que era la de una mujer, se ha cambiado en la un mono. Mi mono.

El milagro se repite, no hay duda. Comprobarlo me reafirma. Llama ya mismo a Fuster, en caliente, me digo. Marco y me atiende su secretaria, que le pasará el recado. Faltaría, para eso te pagan, pienso malhumorada. Debo de estar de suerte: al poco suena el teléfono y yo casi me tambaleo al oír la voz del propio Fuster. Alabado marchante. Quedamos el viernes a las doce. Entonces mismo llamo a Mauricio, al que seguramente despierto. No se lo puede creer, al fin el tipo de la galería nos hace caso. Yo tampoco me lo puedo creer y suelto como un aullido y Roco se pone a ladrar. Segundo café del día, ligerito por la taquicardia, y ya puesta llamo a mi hermana para contarle lo del mono. Necesito decírselo a alguien, con urgencia. ¿Quién mejor que ella?

—Te juro, Celia, es nuestro mono.

—Anda ya, Alicia, no alucines.

Vivimos separadas por mil kilómetros, pero seguimos muy unidas, por telepatía o por teléfono. Con todo, no sé si acaba de creerme. “Dibujé una figura de mujer, me fui a la cocina y cuando volví se había transformado en un mono.” Dicho así resulta increíble. Lástima que Celia no haya presenciado el prodigio y tenga que decirme: “Si no lo veo no lo creo”. ¿Y si se lo grabara con cámara? Yo dibujando un boceto, yéndome disimuladamente, volviendo y oh milagro el dibujo se va mutando… La idea me tienta, sobre todo, por ver cómo ocurre todo cuando yo no estoy mirando, cómo una cara se cambia por otra. Por asistir a esa metamorfosis. Pero no lo hago, al final la tecnología siempre me sobrepasa. A Celia, claro, le suena a cuento chino, ¿a qué si no? Recordamos… ¿Qué tendríamos ocho o nueve cuando lo del mono?, le pregunto. Por ahí andaríamos, me dice. Qué tiempos, los de Bruselas… ¿Te acuerdas de cuando nos mudamos?, me pregunta. Cómo olvidar aquel trago en la aduana cuando requisaron el camión y nos obligaron a desembalar las cajas… Ya y total no encontraron el puto televisor en color, que era lo que andaban buscando y lo único que nosotros no traíamos… Yo bien pensé que el mono se nos hubiera colado y apareciera escondido en el rollo de alguna alfombra. Pero, qué va, si él ya se había marchado mucho antes de la mudanza. Oye, Alicia, no sé por qué te empeñas en llamarle mono, que el de mi sueño no era un mono sino una mona. Bah, y qué más da mono que mona… Bueno, era una mona. Quede claro, me recalca.

Me lavo las manos algo emborronadas más que nada de limpiar la mesa de trabajo, sacar punta a los lápices, lavar pinceles; a parte de las llamadas, hoy no di palo al agua. Como me desvivo por saber si después del segundo intento habrá un tercero (contando el apunte del bloc, ya van tres), pruebo con el retrato imaginario de un joven de labios carnosos, bastante vulgar. Cuando vuelvo del lavabo, un mono me hace morritos. La magia se repite y mis manos vuelven a temblar. Es tan insólito… Nunca dibujar me había resultado tan fácil, es la verdad. Lo extraordinario, además, es que lo hago con destreza, una maestría, tú, que ni en sueños… El trazo firme, el encuadre perfecto, el punto de acabado exacto, no necesita ni retoques, si acaso la firma y ¿qué tal un borrón, así medio aguado, por añadir algo de mi cosecha? Preparo otro papel y ya vamos con el cuarto. Ahora le toca a Josep. Lo copio de esa foto suya que tengo enmarcada al lado del teléfono y no creo nada que mi dibujo le gustara: más bien parece un robot. Me vuelvo a la cocina (ya se está convirtiendo en un rito eso de desaparecer a la cocina, ahora casi es la recámara) y preparo la comida mientras escucho las noticias, resumidas en la corrupción de cada día y no sé qué de unos balones en otros tejados. Mientras se cuece la lombarda, me da tiempo de pedirle al Google imágenes de monos. Guardo algunas en una carpeta que llamo “Documentación monos”. Dudo si imprimirlas, pero desisto: desde que sé que la tinta de los cartuchos es más cara que la sangre humana me cuido de no despilfarrarla. Aso boniatos y manzanas y en seguida un delicioso aroma invade la casa. Saco al perro a pasear y me pongo a pensar, mientras le tiro un palo y él lo recoge y me lo trae, de qué manera aliñar lo que ya preveo que será mi nueva serie, cómo elaborar un discurso que respalde el trabajo (no puedo decir, sin más, que me puse a pintar monos porque me dio por ahí). Detesto toda esa palabrería metafísica, parece más importante lo que se dice de una obra que la obra en sí, pero eso toca, así que habrá que improvisar una lluvia de ideas. O contar la verdad, pero ¿qué verdad? Llegamos a la escuela cuando ya Manu sale.

Comemos y como sobra tiempo coloreamos a cuatro manos un dibujo de una castañera. Porque nunca puedes salirte de la raya, por eso odio colorear, me dice, y porque tantos colores me ponen nervioso. No aprietes tanto el lápiz, le aconsejo. Resopla. ¿Es negra la castañera?, le pregunto al ver que le pinta la cara muy oscura. No te rías, mamá, que me quedó como si fuera un chimpancé. Miro la figura de la castañera con su pañoleta y su falda de retales, pero ya no es la castañera, es el mono. Dejamos los lapiceros y volvemos a la escuela, esta vez sin Roco, que se queda contrariado. No quiero saber si pasó algo más en mi mesa de trabajo, ¿cómo habrá quedado Josep, de mono? Ahora no, después… El cielo nos da una tregua y esta vez no nos mojamos. Con la castañera, ya van cinco, cuento. Despido a Manu y me voy a la cafetería donde pido un té con limón. Cojo un diario y un suplemento dominical atrasado. Ojeo las noticias, tan desalentadoras que desisto. Me entretengo con la revista donde se alternaban comentarios sobre la crisis con reportajes sobre moda, gastronomía y hoteles con encanto, tan irreales como anacrónicos, una mezcla dispar que me provoca una desagradable sensación de vértigo. El doble vínculo. ¿En qué quedamos, nos hundimos o nos vamos de balneario? ¿Mendigar la sopa boba en un comedor social o dejarnos untar la espalda con chocolate? Ay, las dos Españas… Apuro el té y llamo a Josep desde el móvil. Su voz suena cansada. Hace muchísimo frío, dice, pero el trabajo bien. Nosotros todo bien, le digo sin entrar en más detalles. Pronto serán Navidades, ¿tendrás unos días? Creo que sí, ya te lo confirmo. Besos. Besos. Vuelvo a la esquizofrenia del papel cuché y doy con unas fotografías (de autor) que me gustan. No puedo leer el nombre del fotógrafo, me olvidé las gafas de vista cansada. Me adentro en unos ambientes captados con visión de ojo de pez, de tintes desvaídos. Así son las secuencias: una puerta entreabierta dejando entrever el interior de una caravana (visión panorámica), sobre los peldaños de una escalera un par de zuecos de mujer (detalle, primer plano), un albornoz de color frambuesa colgado de la puerta del baño (detalle), una cocina, pequeñísima y muy ordenada (plano general), un tocador con un espejo redondo, una caja de crema Nivea, pañuelos de papel y una cestita con pinturas y maquillaje (plano general), una boa rosa fucsia sobre una silla plegable. (detalle), una capa azul y brillante con estrellas bordadas (primer plano), unos destellos de lentejuelas reflejándose en un punto del techo al lado de una litera (detalle), unos zapatos de tacón, tipo bailaora colocados sobre una alfombrilla redonda (general), un televisor colgado y una foto de grupo en un camerino (detalle), y una mujer en mallas que sube la escalera (plano americano). Como la revista está bastante manoseada, arranco sin más la página y me la guardo en el bolso. No sé para qué. Pago y salgo, dispuesta a reunirme con la profesora de Manu.

Coincide el cambio de clases y las aulas abiertas dejan salir el guirigay de los críos. La tutora, una maestra joven, me espera con los brazos cruzados. Vamos al despacho donde podemos charlar a gusto, me dice, señalándome una puerta del vestíbulo. Ahí nos sentamos y ella saca sus gafas y abre una libreta. Yo no sé por dónde empezar, así que carraspeo.

—¿Quería hablarme de Manuel? —me pregunta arqueando las cejas.

—Sí. Últimamente no hay manera de traerlo a escuela y cada día la tenemos. Era por saber si pasó algo…

—No, nada importante. Solo que es muy cabezota y le cuesta mucho seguir las normas, por ejemplo, se niega a colorear y si yo digo que toca colorear ¡toca colorear!  —dice, elevando un poco la voz—. Entonces, cuando me lo emborrona todo de negro, me veo obligada a castigarle sin patio. Mire esto —me dice enseñándome una lámina que saca de una carpeta que está sobre el escritorio—. Yo me restriego las palmas sudorosas sobre las rodillas y la cojo. Está un poco arrugada. Es el típico dibujo infantil con casa y figuras humanas, un dibujo cualquiera aunque intuyo que el tema de la familia debió de ser impuesto, o al menos sugerido, ya que Manu ahora está erre que erre con castillos y dragones y de ahí no lo sacas. Lo único que choca, para ser el dibujo de un chico, es que está coloreado en gamas de grises, como a carboncillo. Por lo demás, reconozco nuestra calle, nuestra casa, nuestra familia, y veo que tampoco se ha olvidado de nuestro Roco.

—El otoño, tan lluvioso, no es tan raro que lo pinte en grises —digo en voz muy baja.

—Pero podría pintar el cielo de azul, al menos eso, qué le cuesta…

Llegados a ese punto, ¿para qué seguir, cómo explicarle que el cielo no es siempre necesariamente azul? Por suerte suena el timbre y respiramos aliviadas. Me levanto como un resorte, recojo bolso y paraguas, y farfullo algo a modo de despedida. Ella se reajusta las gafas y también se incorpora. No resolvimos nada, me parece… Cruzo el vestíbulo y espero en la entrada a que salga mi niño. Me consuelo pensando que el año que viene ya no le tocará esta relamida, dios, a saber cómo reaccionaría ante un caso de daltonismo. A mi chico lo tendrá que gastar como es y ahí aparece él como una exhalación y nos vamos medio corriendo. ¿Por qué no vino Roco?, me pregunta. Tenía entrevista con tu profe, ¿no te acuerdas? ¿Te riñó?, me pregunta inquieto. Qué va, solo está molesta porque no coloreas. Vamos por la cuesta canturreando Paquito, el chocolatero, que siempre da ánimos. En casa, Roco ya se nos sube por las paredes. Manu se lava las manos y deja la mochila en su cuarto. Pillo unas manzanas para la merienda y salimos al parque. Mientras baja el tobogán me pregunta si me ha gustado su profe. Hum, le digo. Al atardecer lo ayudo con los deberes. Como premio por la tarea que hoy cumple sin rechistar, lo dejo ver una película en el vídeo. Me pide Sopa de ganso, su preferida de los Hermanos Marx. ¡Mamá, mira!, me grita desde el salón, cuando sale su escena favorita. A estas alturas me las sé de memoria, esas cintas que él mira sin descanso. Por suerte ya no imita al mudo con sus tijeras, que hubo un tiempo en que recortó cortinas y las trenzas de algunas compañeras, pero eso ya fue en preescolar. Mientras preparo emparedados de queso y ensalada de zanahoria con aceitunas negras, recuerdo que durante el embarazo un amigo me había prestado todas las películas de Chaplin. Estuve viéndola sin hacer otra cosa una semana seguida. ¿Será por eso que Manu lo prefiere todo en blanco y negro o porque está saturado de tanta pintura, de mi pintura que invade el piso? Cenamos, se ducha y se acuesta con el perro. Se me duerme con el cuento a medias. Recojo la cocina a cámara lenta por no despertarlo y me pongo a trabajar otro poco. En el dibujo de Josep, que ahora es un mono mirando con seriedad al frente, anoto un cuatro y lo firmo sin complejos, yo siempre tan escrupulosa con la obra ajena, pero es que estos dibujos, qué caray, son de “mi mono”. Busco la página de la revista que mangué en la cafetería y la aliso con la mano. Enciendo la impresora. Aprovecho mientras para una ducha rápida y luego caliento el agua del té. Entonces miro la fotocopia que la máquina escupió y me quedo de piedra. Otra vez, el mono se ha colado. Hasta en las fotos se me aparece… Contrasto la copia con el original, tipo juego de los siete errores; en la página de la revista no hay ningún mono, solo escenarios de circo y esa mujer subiendo la escalerilla. Guardo la foto en una carpeta que etiqueto como “Fotos monos”. Vamos a por el quinto (sin contar el de la castañera). Copio el careto de Harpo de la portada del vídeo que quedó tirada cerca del televisor. Sorbo té, ya frío. Estoy cansada. Mañana, otro día.

De jueves

Otro día lluvioso. Mientras me visto, el niño descubre el dibujo en mi mesa de trabajo. Mamá, ¡qué chulo te quedó ese chimpancé con pajarita! ¿Pajarita, cómo que pajarita?, me pregunto en voz alta. No sabía que te gustara dibujar animales, pues lo haces bien, opina. Todo es ponerse, le digo con la boca chica. ¿Vamos yendo?, le propongo cogiéndolo de la mano. Al pasar miro de reojo y veo que es un buen dibujo. Un mono con pajarita, ¡dónde se ha visto tal cosa! Nos vamos protegidos con paraguas, el perro sacudiéndose. Al despedirnos le encomiendo que no se agobie, si toca colorear. Nada de correr, si no lo acabas en clase, te lo traes para casa, como el de la castañera. Vale, mamá, me dice. Paso por la plaza de abastos donde compro huevos, verduras y carne de potro para el perro. De postre, dátiles. Afuera, apresuramos el paso por la lluvia que no cesa. En casa, nos secamos, enciendo la radio y preparo café. Llamo a Mauricio para quedar al día siguiente. Sigo sin contarle nada del milagro del mono. Todavía no. Ahora ya sé que no fue un hecho aislado, no fue que estaba en racha, pero decirlo así en voz alta me da miedo por si el mono se me espanta. Con Celia es diferente, no solo por esa confianza total de hermanas sino porque se trata del mono de su sueño, mientras que con Mauricio, a pesar de lo muy amigos que somos, tendría que contarle esa rocambolesca historia de nuestro mono en la despensa. También sé que si no le desvelo el misterio acabará sospechando que esas figuras no son mías. Le pregunto si tiene ya la carpeta preparada y me dice que se lo llevará todo grabado en un lápiz, que está harto de cargar con bártulos. Tienes razón, buena idea. Cuelgo. Preparo otro papel por ampliar el muestrario todo lo que pueda (o hasta donde me lo permita el mono). Dibujo al pequeño Manu de memoria y lo dejo reposar sobre el tablero. Mientras se opera el conjuro, coloco el resto de los dibujos en el suelo, las pruebas del milagro, y busco la palabra mágica “mono” en el diccionario de símbolos. “Fuerza interior, sombra o actividad del inconsciente. Ojo con su doble cara, peligro o ayuda. En China se les concede el poder de otorgar la salud, el éxito y la protección.” La explicación viene en la misma página que “mirada” y “monstruo”. ¿El mono es la mirada del monstruo? Vuelvo al retrato del chico. Y, como era de suponer, se ha mutado. Tratándose de Manu no me sorprende, le cuesta tanto estarse quieto… Esta vez el retratista imaginario se ha superado, tal vez porque la distancia entre infante y simio debe de ser más corta. Rebusco álbumes familiares, que están guardados en la cómoda. Ahí hay material suficiente para unos cuantos retratos, por si el encantamiento se estropea a base de repetir con los mismos modelos. Las cosas me están saliendo a pedir de boca así que debo extremar las precauciones, no matar a la gallina de los huevos de oro. Esbozo más retratos, la familia entera desfila, esto es soplar y hacer botellas, los antepasados volviendo al mono. Manu, entretenido con un mecano, y la tarde se nos pasa en un santiamén. ¿Puedo cenar viendo la tele?, me pregunta irrumpiendo en la cocina donde yo pelo una calabaza. Le digo que sí por lo bien que se está portando dejándome trabajar. Mientras llevo la bandeja, le echo un vistazo de pasada a la mesa. Varias generaciones, hasta la de los bisabuelos, en plena regresión; el mono siempre el mismo. Mi mono. ¡Mamá!, ponen un documental de animales y no te dormirás porque va de chimpancés. Ah, de monos, digo. No, mamá, no es lo mismo monos que chimpancés, dice. ¿No me digas?, digo. No, ¡qué va!, luego te lo explico. Ahora concéntrate, mamá. Vale, Manu, digo, y le obedezco. (A veces también nos toca a nosotros obedecerlos.) Tomo notas en mi libreta. Normal que no te enteres de nada, me reprocha Manu. Es por el doblaje, me excuso, que si no hago algo me entra sueño. Pero esta vez es Manu el se queda dormido. Me sorprenden algunas cosas, como que los chimpancés no saben nadar. Descubro que no todas las tribus son iguales; los hay cazadores, guerreros, hábiles en el uso de herramientas y dominados por machos; otros, más enanos, son vegetarianos, pacíficos, muy promiscuos y mandados por las hembras. Me horrorizo cuando mencionan la relación entre estos animales y el ébola. Apago la tele y llevo a Manu en brazos hasta su cuarto donde lo acuesto, mientras pienso en nuestra avaricia de occidentales y en mi cabeza se me mezclan diamantes, frutas, virus, chimpancés, oro, maderas y murciélagos. Envío el mensaje de turno a Josep y me voy a la cama no sin antes contemplar mi fabulosa galería de retratos, ese árbol genealógico de monos que va desde el sepia a los rabiosos tonos de los años setenta.

De viernes

Preparo la fiambrera de Manu que hoy se quedará en la cantina. En el trayecto al cole, él se empeña en explicarme la diferencia entre monos y chimpancés. Resulta de lo más didáctico. Me pregunta: ¿Eso que dibujas crees que son monos? Le digo que sí. Error, es un chimpancé, me aclara. Se nota a la legua, ¿no ves que no tiene la cola larga? Tienes que estudiar más esos temas, mamá, no tienes ni idea. Tienes razón, Manu. Paso a recogerte por la tarde. Saco a Roco, a escape. Repaso los dibujos y los fotografío. Los cuento, son treinta y tres. Escaneo las fotos y las envió al lápiz digital. En ese pequeño objeto, más pequeño que un mechero, podré transportar todos los monos (que eran el mismo mono) sin necesidad de carpetas. Ni de jaulas. Me arreglo sin esmero, incapaz de ir como un pimpollo, como mucho aseada. Llamo a Mauricio y quedamos en la boca del metro San Jaime, salida calle Argentería, en media hora. Corre una brisa que anuncia frío. Voy pensando en cómo abordar a Fuster, el dueño de la galería Art i Manya, pero desisto, que salga el sol por donde quiera, con esa gente nunca sabes a qué atenerte. Llego puntual y me resguardo de una desapacible corriente bajo el quiosco de periódicos. El semáforo de la Vía Layetana se pone en verde y veo cómo Mauricio con su chaqueta de cuadros rojos y negros cruza el paso de peatones. Nos saludamos desde lejos y al encontrarnos nos damos un abrazo. Estamos bastante emocionados, son meses esperando esa cita. Bajamos la calle Carders, sorteando alguna furgoneta de reparto estacionada en mitad de la calle.

— ¿Café o tila? — me pregunta, irónico. Tenemos tiempo de tomarnos algo.

— Americano, siempre.

Entramos en un bar y pedimos cafés. Qué sea lo que tenga que ser, concluimos. La suerte está echada y depende del puro azar o quién sabe ya de qué. Bajamos Princesa y atajamos para llegar al Borne. En una callejuela perpendicular al paseo, en chaflán, ahí aparece, imponente, el escaparate de la galería. Antes de entrar, respiramos hondo y hasta impostamos la voz. La secretaria nos recibe con cara interrogante. Tenemos entrevista con Fuster a las doce, le decimos. Sin mediar palabra nos indica que pasemos. Cuando entramos en su despacho, “nuestro marchante” está hablando al teléfono. Se despide de su interlocutor y cuelga. ¿Cómo andamos? Sin esperar respuesta, entra en materia.

—Tengo un hueco, ¿tenéis obra?

—Sí— decimos a la vez y dejamos los lápices sobre la mesa.

Tomamos asiento. Se produce un silencio, pasa un ángel o quizás sea un mirlo. Fuster inserta uno de los cacharritos en la ranura de su portátil. Algo de esto es lo que ando buscando, le dice a Mauricio que sonríe con timidez. No lo recordaba así, murmura entre dientes, sorprendido de su propio despiste. Después llega mi turno. Ruego que los monos no se hayan ido tal y como han venido. Me tranquiliza ver que asiente y se rasca el cogote. Todo en orden, pienso aliviada.

—La última serie— me atrevo a decir.

—Es potente, me gusta— sentencia.

Encarrila el discurso. Os propongo una exposición colectiva, para sondear; sin grandes esperanzas, ¿eh? Pensad una idea que aglutine vuestras propuestas. Después de todo son retratos y del hombre al mono tampoco hay un abismo, ¿no? A ver, podríamos organizarla para el mes que viene. No es que se venda, no os engaño, el momento es el que es, pero por intentarlo tampoco perdemos nada. Después se pone a hablar de los rusos, que son los que cortan el bacalao, los únicos que invierten en arte y blablablá. Al menos los cuadros saldrán a tomar el fresco, pienso. Fuster llama a su secretaria para que copie las imágenes y nos coja los datos. Os llamo, dice. Salimos contentos como unas pascuas: hemos encontrado un resquicio. Nos sentamos en una terraza para disfrutar del sol del mediodía y de paso fumar. Charlamos sobre nuestro proyecto, más ocupados en concretar el enfoque que en hacernos cábalas al estilo del cuento de la lechera. Si vendemos algo, bienvenido, y si no, virgencita, que nos quedemos como estamos, dice Mauricio. Después de todo, somos de los que lloramos de un solo ojo, digo. Pedimos un bocadillo y dos vasos de vino para brindar por nuestro futuro éxito en Art i Manya. Ahora pintas monos y salta la liebre, bromea, y se pone a liar un cigarrillo muy concentrado. Me parece raro que todavía no se haya mostrado sorprendido por esa repentina destreza mía, él que conoce mi habitual torpeza con los retratos. ¿Se lo digo ahora o más tarde? Dudo, no sé por dónde empezar, no es como con Celia que sabe el trasfondo (fue su sueño, es su mono). Mejor que se venga a casa y lo vea con sus ojos, decido.

— ¿Te gusta Pintamonas de lema?

—Nunca mejor dicho, Alicia.

Mauricio y yo estamos en ese punto en el que nos da por pensar que todo ya da un poco lo mismo, que nada o casi nada depende del cómo lo hagamos. A veces nos esforzamos y las cosas se tuercen o salen por peteneras. Dábamos palos de ciego medio sin esperanzas y, de pronto, suena la flauta, así que no nos comemos la cabeza y echamos mano de lo primero que se nos ocurre, como ahora con lo de Pintamonas. A un tris de confesar la verdad, todavía no me decido. Así que, Pintamonas, por qué no y casar tus mujeres estilizadas con mis monos, que ni son míos… Ahora sí, ahora voy y se lo cuento. Mauricio quiere verlo. Espero que no se acobarde, le digo. A ver si pasa como con esos niños que te dejan mal con las visitas, negándose a tocar el Para Elisa. Vamos hablando de enriquecer y de que no se sabe nunca de dónde la debes y el tiempo se nos pasa volando y se acerca la hora de ir a buscar a Manu. Nos separamos en las Ramblas donde cojo el metro. Esa tarde merendamos los mazapanes que han hecho en el cole. Están divinos, le digo. Me explica con paciencia todo lo que yo tengo por aprender sobre monos. (Por la sala, ya invadida de dibujos esparcidos, todos de monos, debió de quedarle claro que se han convertido en el tema de mis pinturas.) Lo primero que tienes que saber es que todos son primates, desde un pequeño lémur hasta un gorila, dice. Nosotros también, eso ya lo sabes, ¿no?, me pregunta dudoso. Los monos tienen cola, son más pequeños que los simios y no tienen los brazos tan largos, pero los simios tienen el cerebro mayor, dice. A ver si te enteraste, ¿un orangután es un mono o un simio?, me pregunta. Un simio, creo. Bien, y ¿un babuino? Eso, no sé… Pues un mono, mamá, ¡está claro!, como los mandriles o los macacos, me dice. Ya voy captando, Manu. El perro nos reclama atención; tiene que salir. Los deberes ya los harás mañana, que es sábado, le propongo al niño. O pasado, pospone él… Me pregunta si iremos después a la biblioteca como parece que le prometí. Ya sabes que necesito darle de comer a mi cabeza, dice mientras lucha por atarse los cordones de las bambas.

 

 

 

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6 comentarios sobre “Capítulo 8 Si te he visto, no me acuerdo

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  1. Otra vez de acuerdo con Claudia. Un trabajo excelente este capítulo con la voz de la autora y el caso de los colores y la maestra que me recuerda un poco a una escena en La Familia Adams con Morticia y una maestra también sin mucha amplitud de miras en arte. Bravo!

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  2. No vi la película (debo de ser las pocas personas que no la hayan visto), pero la escena está basada en hechos, ay, rigurosamente reales. Me encanta ahora cuando corrijo esta novelita saber que me leen personas como Claudia y como tú, así me esmero más. Gracias.

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