Capítulo 9 Arrieros somos y en el camino


El autobús va devorando kilómetros. Los pasajeros deben de dormir o intentarlo; no se oye nada, a no ser el ruido del motor. La noche es oscura, sin luna, y solo de vez en cuando se ven los destellos de los faros de otros vehículos atravesando la autovía en dirección contraria. Me aflojo los cordones de las zapatillas para estar más cómodo. Quisiera echar una cabezada, desconectarme y que así se me acorte la distancia, pero estoy inquieto y no lo consigo. Me arrellano en el asiento y me tapo con la cazadora. Cierro los ojos y trato de planear cómo me las arreglaré al llegar a Barcelona. Llevo un poco de dinero que fui ahorrando de los últimos bolos en el rastro, poca cosa para como está la vida, así que tendré que estirarlo hasta el día de la prueba. Si no la paso, siempre me quedará el plan B, recoger mi caravana del polígono y engancharme para la temporada de verano.

No sé por qué tienes tantas prisas. Aquí puedes quedarte el tiempo que quieras. Un plato de cocido no te va a faltar, ya lo sabes, me repetía Estrella, arrastrando las zapatillas. Qué se te ha perdido a ti por Barcelona, no paraba de preguntarme mientras me ayudaba a guardar la ropa en la bolsa. Solo quiero probar, le respondía. Si la paso, serán un par de meses como mucho, ya verás, le decía. Volverás, me preguntaba. Claro que sí. Dónde voy a estar mejor que en nuestro circo, la tranquilizaba. Además esto de la película nos conviene, Estrella, nos dará publicidad. Ah, eso sí, reconoció la buena mujer, ladeando la cabeza.

Después de esos cuatro años de estudiante en los que solo pisé la pista los meses de verano, pensé que ya tocaba moverme, aunque mis pasos me habrían llevado de vuelta al circo, ¿dónde si no? Desde luego que yo nunca habría pensado en una película, pero fue Lucía que se enteró de esa prueba por la red y no le hizo falta esforzarse mucho para convencerme: parecía hecha a medida. Así que, al acabar el curso, me saqué un tique solo de ida y me subí al bus con mi bolsa de deporte. Y aquí estoy, viendo como el bus se traga los kilómetros. Estrella, la pobre, me despidió desconsolada, estoy tan acostumbrada ya a tu compañía, Pancracio, que se me hace un mundo perderte. Y es que la despedida a ella le sonó a definitiva por mucho que yo insistiera en que volveríamos a compartir piso en invierno, si no coincidíamos antes en el circo donde de vez en cuando sus hijos la llevaban a pasar unos días si andaban por Toledo, Segovia o en cualquier otra parte cerca de Madrid. Prometo llamar, si ahora tengo hasta móvil. Siendo así…, se conformó. En la estación nos dimos un abrazo y noté que me metía algo en el bolsillo. Cuando el autocar arrancó, vi que era un billete de veinte euros. Te preparé un bocadillo para el viaje, me dijo, sacándolo envuelto en aluminio de su bolso, así no se te hará tan largo el camino. No solo me dio pena dejar a los colegas, sobre todo a Crespo, también a ella, esa Estrella que ya era casi como mi abuela.

En la estación de Zaragoza, el conductor nos anuncia una pausa de veinte minutos. Algunos viajeros se despiertan pero apenas se remueven y otros siguen durmiendo. Yo salgo a estirar las piernas entumecidas de estar tan encogido y me siento en un banco cerca del bus donde me como el bocata. La noche es fresca, para ser una noche casi de verano. Me subo el cuello de la cazadora. No tengo que agobiarme, me presento a la prueba y punto; si me cogen, bien; sino, también; después de todo, siempre puedo volver atrás, a mi circo, pienso.

Ahora sí que me duermo y cuando despierto estamos en un lugar perdido entre bancos de niebla y yo no tengo ni idea de por dónde vamos. Una mujer se sentó a mi lado sin que yo, que iba dormido, me haya dado cuenta. Estamos por Lérida, me dice, como si yo se lo hubiera preguntado. La miro. Ah, le digo. Es alta, tanto que sus piernas chocan con el respaldo del asiento delantero. Me pregunto si será albina… Por sus rasgos parece negra, aunque tiene la tez pálida, pero no tiene los ojos rojos como eso albinos que he visto en fotos ni lleva gafas de sol. Es extraña, negroide pero blanca. Su acento parece extranjero, quizás francés.

— ¿Vas a Barcelona? — me pregunta.

—Sí. ¿Usted también?

Me dice que vive allí y que ya falta poco para llegar. Rebusca en su bolso y saca un termo. Me convida a café. Nada me apetece más recién despertado que tomar café, así que acepto. Me recuerda esos viajes de antaño de los que nos hablaba Valdés, cuando intimaban con otros pasajeros y nadie probaba bocado sin antes invitar a los demás, aunque fueran desconocidos. ¿Gusta?, se decía entonces al compañero de turno. El café está rico. Ella lamenta no haber traído azucarillos, pero le digo que me gusta así, negro y amargo, y no se lo digo por cumplir, es así cómo a mí me gusta el café. De reojo me fijo en cómo va vestida. Tiene clase, sería una posible clienta de Lucía. Quedamos en silencio y aprovecho para mirar el paisaje por la ventanilla. Es la primera vez que viajo por esas tierras. Esa montaña es Montserrat, me dice, y añade que es mágica. A mí me parece un escenario de cartón piedra.

Al poco nos acercamos a la ciudad y ella dice: Voilà, Barcelona. Yo, por esa palabra, me acuerdo de nuestros leones a los que siempre mandamos en francés, Couchez !, En place ! Ella recoge sus cosas y yo me ato las zapatillas. Miro la ciudad, una ciudad grande, como Madrid pero diferente. No sé nada de los cielos de por aquí, pero veo pintadas parecidas en las vallas y eso me hace sentirme bien. Ella me dice que no la cambiaría por nada, esa ciudad. Yo le digo que es la primera vez que vengo. Me pregunta si de visita. No, por trabajo, le digo. Los jóvenes ahora lo tenéis mal, me dice. Al llegar a la estación la ayudo a sacar su equipaje del maletero y recojo mi bolsa. Me dice que soy muy amable y nos despedimos.

Encuentro una habitación cerca de la estación. Es interior, pero limpia y barata. Me quedan unos días antes de la prueba y sin perder tiempo me pongo en un parque con los malabares y paso la gorra. Son tantos los turistas que no me cuesta recaudar unas monedas. Hacer malabares no es demasiado original, un juego al que se han aficionado muchos chavales que lo hacen estupendamente, pero yo soy un profesional y eso la gente lo nota, así que en seguida reúno un corrillo. El dinero extra lo añado a mis fondos para gastos, como cargar el móvil que es un gasto que nunca antes había tenido. Por supuesto, llamo a los míos. El primero a Crespo que me cuenta sus nuevos planes. Me estoy asociando con la Lucy, que no da abasto, la tía. Hemos pillado un bugata para recoger la ropa, llevarlas a la tintorería y esas cosas. Ahora soy un emprendedor, nada menos… Es lo que toca, Perejil, seguir la tradición familiar, que la cosa no está para inventos. Le digo que me parece lo mejor y que se concentre en eso de la moda. Siempre seré un friki, me dice, pero yo no acabo de entender qué quiere decir con eso de friki. Crespo se ríe de mí y me dice: Y tú me lo preguntas… Antes le decíamos “estar colgado”, ahora es que somos más modernos. En tu caso, Perejil, aplícate el cuento por pintoresco, macho. En el mío está claro que más que ser original es que ando siempre a la última pregunta, ando pelao, pero cuando vuelvas por aquí me encontrarás montao, ya verás, ya, cómo me las gasto, vas a flipar, que lo mío son los bisnes, ya sabes, el compraventa. Pero solo de trapos y limpios, ¿eh? Me gusta hablar con Crespo, aunque sea por teléfono. Me divierte su jerga, su ritmo y cómo se ríe de sí mismo.

No pienso mucho en la prueba (casting, diría él); estoy bastante seguro de mis capacidades; no soy un creído, pero conozco el oficio lo suficiente como para no sentir miedo escénico; si no paso, será porque no tenía que ser, no por no estar a la altura.

Hoy me pinté la cara por probar unos maquillajes nuevos que compré en una tienda donde venden esos potingues y otros artículos para teatreros y así de paso darle una nota de color a mi espectáculo callejero. Estoy pasando la gorra cuando reparo en la señora del autobús. A pesar del maqueo, ella me reconoce y charlamos; se alegra de verme; mi número le ha gustado; parece impresionada de mis habilidades. Me invita a cenar en una pizzería que hay cerca y yo acepto. Al verla he sentido como si viera una cara conocida, la primera desde que llegué a la ciudad. Pedimos unas margaritas y vino de la casa.

—No nos presentamos en el bus… Me llamo Patricia.

—Yo, Pancracio.

Quiere saber dónde he aprendido esos juegos malabares y yo le cuento algo de mi vida del circo. Ella me escucha y se diría que está entusiasmada. Se define como una gran admiradora de nuestro mundo y eso me da pie a contarle más historias. Pide postres y me pregunta si la habitación que alquilé es decente. Casi sin oír mi respuesta me ofrece su casa. No quisiera abusar, le digo. Tengo sitio de sobra y tú te ahorras un dinero. Sería un honor que aceptaras mi invitación, me dice con sus extrañas erres. Un poco aturdido acepto. Queda por aquí, me dice mientras caminamos.

Un edificio regio con el suelo de la entrada de baldosas floreadas, las paredes decoradas con guirnaldas, así es de elegante el edificio en el que entramos. Me recuerda una clase que nos dio Guadalupe sobre arte modernista y quiero decírselo, pero no me atrevo. Subimos en un ascensor antiguo, que ronronea y se detiene en el último piso. No te quedes ahí, pasa, me invita. Nunca antes he visto un piso tan amplio (en realidad solo conozco el pisito de Estrella en Carabanchel y el de Crespo en Lavapiés), con razón dijo ella que le sobraba espacio. En las paredes del pasillo hay máscaras. Son africanas, me dice. No te den miedo, protegen contra los malos espíritus, me explica, mientras las roza con la punta de los dedos. En la sala, enorme, me conduce hasta el balcón para que vea las vistas que dan al zoológico.

—Me gusta dormir cerca de los elefantes, son buena compañía para soñar, ¿no crees?

—Igual— le contesto, por decir algo porque yo nunca antes me paré a pensar tal cosa, la verdad.

Cumple sus funciones de anfitriona a la perfección, me enseña la vivienda y mi habitación. Todo es tan lujoso para mí que ni me lo creo. Sin mirar atrás, voy a la pensión a recoger mis cosas y de vuelta llamo a Crespo para contárselo. Se queda alucinado. Parece un cuento, me dice. Esa noche al acostarme pienso en los elefantes y me duermo como un tronco.

Al despertarme tardo un momento en saber en dónde estoy, pero una estatua, de esas africanas, me está mirando y eso de pronto me sitúa. Desayunemos, me propone Patricia, que ha preparado una mesa en la que no falta de nada, ni siquiera zumo de naranja. Todo me sabe a gloria, en especial los gofres que pruebo por primera vez. No te creas, no consigo que me salgan como los que hacía Denise, la cocinera que tuvimos, ella sí sabía de repostería… Y al decirlo se queda pensativa mirando la luz de la mañana que se filtra por el balcón y suspira. Me habla de Denise, de su infancia en el Congo.

Después de ducharme, le hago una llamada a Estrella. Chico, has nacido de pie, llegar y besar el santo y dar con una señora así de estupenda. No te digo que te comportes bien, Pancracito, porque sé que lo harás. Y no te preocupes, que ya se lo digo yo a Juana, que ahora andan por Valencia, en cuanto me llamen hoy mis hijos les doy la voz. Y yo pienso que en cuando pueda le compraré un teléfono a Juana para que no tengan que andarle con recados, pero no se lo digo a Estrella que de tan buen grado hace de mensajera.

Salimos al mercado y le cuento a Patricia mis planes, por si piensa que me vine aquí a buscar empleo a ciegas y que pueda convertirme en un abusón, caso de no encontrarlo. A ella le hace gracia que el escenario de la prueba sea el circo Raluy. Un circo tan poético, dice. Me quedo descolocado con esa palabra, “poético”, que me recuerda a Guadalupe explicándonos la métrica, pero Patricia, que parece leerme el pensamiento, me explica que lo calificó así, de poético, porque no es un espectáculo para nada chabacano, ni vulgar ni estridente. Me describe el encanto de ese circo singular que ha sabido conservar los antiguos carromatos convirtiéndolo en un museo ambulante. Así mismo lo habría ponderado Lucio (incluyendo lo de poético). Me recomienda de paso que tome buena nota de esa filosofía para aplicarla al nuestro. Un artista que sepa manejarse en varias disciplinas para una película que se rodará en el circo es lo que buscan, le explico. Un documental, me pregunta Patricia. No sé, le contesto, decía una película de circo.

Esa tarde, Patricia no me deja salir a la calle con los mazos; quiere enseñarme la ciudad. No puede ser que vengan del mundo entero a verla y tú te quedes sin visitarla. Hoy seremos turistas, declara. Patricia me hace de cicerone, como le hizo Crespo en la capital, aunque sus visitas guiadas son diferentes. Me enseña sus rincones preferidos, desde su barrio hasta el Raval. No escatima en gastos, según me confiesa se lo puede permitir y yo soy su invitado de honor. Nos sentamos en las terrazas como los guiris, cuando el cansancio se apodera de sus pies. Ya tengo una edad, se queja. Comemos en restaurantes, cuando el hambre nos asalta y me hace probar algunos platos del país. Visitamos todo lo que nos pilla de paso, museos y catedrales, acabando el día tan cansados como peregrinos, pero satisfechos de lo mucho que hemos visto, oído y olido. Ser turistas es agotador, reconocemos. Hay tanta gente a nuestro alrededor que marea, pienso. De todo lo que visitamos bien poco podría haber apreciado de no haber sido alumno de Guadalupe. Lo que más me gustó fue esa serie de Picasso, la rosa, que admiré en el Museo y de la que compré unas postales en la tienda para decorar mi caravana, el día de mañana. Me sales más barato que un psicoanalista, me dijo de pronto Patricia, porque esos días además del callejeo nos hacemos confidencias.

En el merendero del zoo, me cuenta su infancia y el mal trago de la huida. Yo, algo de cuando niño sin recrearme en el mal rollo de mis padres. Lo mejor, las risas que nos echamos con los monos. Me quedo parado al ver los dibujos de chimpancés expuestos en las vitrinas. De haber sabido que los chimpancés son capaces de pintar, no dudo que Valdés se habría encargado de que Max se pusiera manos a la obra. Los minúsculos titís me encantan tanto que me llevaría uno de recuerdo. En el zoo no dejo de acordarme de Max y le hablo a Patricia de nuestro chimpancé amaestrado. Ella me dice que, qué curioso, también ellos tuvieron un cachorro en el Congo. Le envío a Crespo una postal de Copito de Nieve y me gustaría hacerles fotos a esas puertas pintarrajeadas que, apuesto, él cazaría con su cámara.

Tomamos unas cañas en la Plaza Real. En este solar estaba un convento de Capuchinos, me dice Patricia, y me acuerdo de Lucio cuando llamaba “mono capuchino” a nuestro Max, porque decía que ese mono sabía gramática parda. Me siento a gusto en cualquier espacio que puedo abarcar con la mirada, espacios abiertos como en el circo, pero en esta plaza, que es una buena explanada, me parece que no todos andan en son de paz, si no ¿por qué tantos furgones de policía? Por aquí hay mucho malaje, me confirma mi guía, que se arranca contándome su mal paso: de joven cometí algo imperdonable, me confiesa; andaba coqueteando con drogas y me apunté a un atraco; se nos fue de las manos y hubo un muerto; lo pagué con cárcel, pero me sigue pesando, date cuenta ¡una vida!, suspira. Mi familia les echó la culpa a mis malas compañías, pero yo sé que fui responsable de habérmelas buscado. Ya ves, yo no puedo decir eso de que no lamento nada… No soy mejor que esos, reconoció señalando a unos tipos que andaban por ahí trapicheando. Después de esta inesperada confidencia, me parece que le cuesta mirarme a los ojos. Yo no soy de juzgar a los demás; la vida es complicada y nos puede empujar al vacío; un mal cálculo en el impulso y nos caemos desde lo alto sin red; un traspiés y se nos echa el tigre encima en plena función; así es la vida. Esto es lo que le digo, mientras atardece y miro el cielo violeta en el que se dibujan oscuras siluetas de palmeras, sin poder evitar acordarme de Lucio, el hombre más rico en palabras que yo conozco y el más aficionado en cielos también.

Esa noche cenamos arroz negro con judías negras, la especialidad de un mesón que está hasta los topes. Noto que Patricia ya no se muestra tan natural. Intento como puedo trasmitirle confianza, pero la noto en vilo. Cuando está nerviosa, se lía con el español y confunde “ser y estar”. Entonces dice cosas como: “Soy hambrienta o estoy ladrona” y las erres se le resisten un poco más de la cuenta. Aprovechando que se va al lavabo, le doy un toque a Crespo para saber su opinión sobre eso que me acaba de confesar  Patricia. Qué fuerte, me dice, pero en seguida me tranquiliza. Tú asegúrate de que no te meta en ninguna secta y que no ande traficando con órganos, que con lo demás se puede lidiar. Que tiene un pasado, ¿y quién no? Tú, tranqui, en tu línea, Perejil. Tampoco te vas a casar con ella, ¿no? Además, si te lo ha contado es porque es de ley, tío. Ya pagó su condena, ya redimió, punto final.

Volvemos a casa caminando despacio. Algunos sin techo se van recogiendo en los cajeros y yo pienso en mi buena suerte de dormir en una casa donde no falta detalle o de poder pagarme una habitación en un albergue, si hiciera falta. Se lo digo a Patricia que sonríe. Las personas acaban arreglándose, dice. Solo algunos casos perdidos se quedan por el camino y yo pienso en mis padres quemándose vivos en la carretera. Lo que está pasando ahora es punto aparte; ojalá cambie porque no hay por dónde, añade. De todo eso vamos hablando cuando se nos acerca un hombre a pedir, para comer. Patricia saca unas monedas, se las da y le dice: Tenga, para comer o para lo que necesite, le dice, y le desea suerte. Esta noche la veo algo desvalida… Pienso en lo raras que somos las personas. Desde la pista, nosotros, los del circo, tendemos a simplificar al público, pensando que sus vidas son planas y sin requiebros. Ahora me doy cuenta de que cada uno arrastra su historia y que no todos cabemos en el mismo saco. Estoy rota, dice Patricia, ¿o dijo “soy rota”?, y se despide con un hasta mañana.

Yo me quedo un rato en la sala, pensando en mis cosas. La luna entra por el balcón y se escuchan los barridos de los elefantes. Me acuerdo de Yuma, de Aníbal y de Colombo y pienso que la palabra “malaje” es propia de Lucio. Después me acuesto. Debo de soñar con Max, es algo que me pasa a menudo. En mi sueño, bastante estrafalario, veo al mono moviéndose con el frenesí del cine mudo, no obstante me parece oír sus chillidos agudos. Max se rasca debajo de los faldones, enseñando los dientes. Se descuelga de una columna del decorado, tan cómico, vestido con enaguas de puntillas y tocado con palmera. Con su desproporcionado brazo coge una sombrilla y, usándola de palanca, salta. ¡Hale, hop! Después se despereza y me ofrece un tremendo bostezo. Se acurruca a la sombra de un árbol pintado en el telón y se arrebuja con su ridículo vestido de damisela. ¡Ese Max! Me despierto riendo.

Ya queda menos para el día… Subo al terrado para ensayar; no quiero llegar desentrenado. Le pido a Patricia que me ayude, poniéndose de espectadora y haciendo también las veces de entrevistadora, por ver cómo me las apaño. En mi número junté todas las disciplinas, a no ser el trapecio que no puedo montar en la azotea, por ajustarme lo más posible al perfil que piden. Patricia me dice que está bien empastado. Me ayuda a retocar el vestuario, que me había agenciado donde Lucía. Llevo meses rumiando la muestra que en pocos minutos tiene que realzar mis habilidades de mimo, payaso, malabarista, acróbata y trapecista. Patricia me sugiere unas alas. A modo de atrezo, dice. No acabo de entender para qué, pero me estoy acostumbrando a hacerle caso: es una mujer de mundo, que diría Lucio.

Nos vamos a los Encantes donde podremos encontrar esas alas. Allí, rodeado de quincalleros, me siento como en el rastro. Regateo por unas postales antiguas y les escribo una para Guadalupe y otra para Lucía, mientras nos tomamos un refresco en el chiringuito. Le pido a Patricia que por favor me revise la ortografía: no quisiera meter la gamba, sobre todo con la profe. Me pregunta con sorna si esas mujeres son novias mías. Proseguimos a la búsqueda de esas alas con las que está tan obcecada. En un puesto de disfraces y trajes de gala, por fin damos con las dichosas alas. Patricia insiste en que me las pruebe, pero yo antes pregunto cuánto. El vendedor me pide treinta y me parece mucho; regateo como me ha enseñado Crespo y bajamos a la mitad; entonces me las pruebo. El arnés me viene holgado y el hombre me sugiere que un zapatero me lo arregle a medida. Le saco otros cinco euros de rebaja por la tacha. Patricia está maravillada de cómo me las apaño. Tuve buen maestro, le digo, y le cuento de Crespo. En el puesto de un africano le compro un vestido a Patricia porque veo cómo ella mira y toca esos estampados tan coloridos. Al llegar a casa, le da un aclarado y se lo estrena; le queda que ni pintado. A falta de maniquí, le colgamos las alas a una escultura. Los agujeros se los haré yo mismo con una punta y un martillo y así me ahorro el remendón. Patricia me llama apañado. Mentalmente me apunto las palabras “plumaje” y “marabú”, para regalárselas a Lucio. Ya tengo toda una colección de palabras nuevas para él.

El día de la prueba no estoy nervioso, solo tan alerta como para salir a pista. Llego con tiempo de sobra, tanto que creo haberme equivocado con las señas pues soy el primero, a una oficina del paseo Colón, que es donde nos han convocado. Relleno mi ficha y entrego las cintas de mis actuaciones, esas que Juana y Lucio me han ido grabando. Cuando me llega el turno para la entrevista me hacen preguntas, algunas bastante personales que contesto como puedo y también me graban. Para ver cómo das, me dicen. No tengo ni idea de si lo he hecho bien, mal o regular, tampoco si soy de los que enamoran a la cámara. Cuando salgo y veo a los demás aspirantes esperando en el vestíbulo, me siento poca cosa: todos lucen un aspecto más cuidado que yo, dan la impresión de ser carne de gimnasio… Suerte haber obedecido a Patricia en lo de ir al peluquero. Hay que sacarle partido a ese pelo rubio ceniza, insistió.

Vuelve a las dos, me dicen. Colgaremos la lista de los que hayáis pasado para convocaros a las pruebas físicas. Me doy una vuelta por las Ramblas donde me entretengo con las estatuas humanas, como un turista cualquiera. Consulto el reloj del móvil, impaciente por saber si habré pasado el primer filtro. Aleluya, estoy en la lista con otros tres. Nos esperan a las ocho de la mañana del día siguiente en la carpa de los Raluy, que nos dicen está estacionada en el muelle, bajando las Ramblas hacia el mar.

La tarde se me hace larga y Patricia, que nota mi ansiedad, me pide ayuda para limpiar el polvo de su colección de estatuas. No hay como ocuparse en algo para que el tiempo pase más deprisa, me dice. Te contaré la historia de mis esculturas. Como ya te dije, son africanas. Te preguntarás qué pintan aquí. En realidad, nada. Son herencia de mi padre, pero no me pertenecen como tampoco le pertenecían a él, aunque comerciara con ellas. Algunas tallas son antiguas, otras no tanto. Todas son valiosas por sagradas. Es por eso que no deberían estar aquí encerradas, ni tampoco en un museo, sino entre sus gentes, allí donde les fueron robadas. Podría pensar que quien roba a un ladrón, en este caso mi padre, tiene cien años de perdón, pero a mí no me lo lleva la conciencia. Por eso, pienso que tendría que venderlas y hacer un donativo a sus legítimos dueños. Cada día me pesa más no haberlas devuelto cuando todavía tenía fuerzas para hacerlo. Lo curioso es que él ni siquiera era mi verdadero padre, pero me dejó a mí este embolado, en vez de dejárselas a mi hermano. Nunca supe si estaba al corriente de que mi madre tuvo un amante congoleño. Mis rasgos me delatan, pero a veces cuanto más cerca, ya se sabe… Tú que pareces honrado, ¿qué harías?, Pancracio. Lo que saques, dáselo a Payasos sin fronteras, le digo sin pensármelo. Eso, algo así o quizás Médicos sin fronteras, ¿no te parece más serio? Hum, no sé, prefiero las risas a las tiritas…

De buena hora voy al solar del circo. En cuanto veo la carpa y los carromatos me siento en casa. Rodeo el recinto sin adentrarme. Falta media hora, tiempo de sobra para curiosear. Las caravanas son de madera, de las antiguas, aunque pintadas y decoradas con primor. En una de ellas reconozco una copia de un Picasso rosa, de los que vi el otro día en el museo. Cuánto daría por que lo viera Valdés, todo esto le entusiasmaría. No encuentro las jaulas; este debe de ser un circo sin fieras, pero con hay una caballeriza. Unos empleados, que andan faenando, me observan. Les explico que vengo a la prueba. Creo que son polacos, pero me entienden porque me indican el carromato donde nos esperan. Les doy las gracias, en polaco como me ha enseñado Niebieski y ellos se ríen. Llamo a la puerta y me dicen que pase. Llegas pronto, muchacho, pero siéntate que no tardarán. Son los hermanos Raluy, los reconozco de haberlos visto en fotos. Me presento y les digo que trabajo para los Valdés. Para mi sorpresa, han conocido al abuelo. Eso me relaja. Cuando llegan los de la productora ya casi se me ha olvidado que me están examinando. Vamos hacia la carpa y cuando apartan la lona, aspiro el olor a serrín húmedo y debo de poner la misma cara que Crespo al fumar sus cigarrillos, porque uno de los Raluy me pregunta si tengo mono de circo. Le sonrío y le digo que un poco, que llevo un tiempo apartado, por estudios y eso. Encienden los focos y empieza el espectáculo. Hago todo lo que me piden, como lo haría Max, ni más ni menos. Te llamamos con lo que sea, me dicen, y uno de los dos hermanos me acompaña a la salida y me desea buena suerte. Saluda a los Valdés de mi parte, me dice.

Al volver a casa, compro sardinas, flores y vino para la comida. Qué celebramos, quiere saber Patricia que está leyendo la prensa en la terraza. Que soy un chico alado, le digo, en tono burlón. Comemos en la azotea y brindamos con Penedés. Yo, poco acostumbrado a tomar y cansado por las emociones, me echo una siesta, como suele hacer Patricia a diario. Lo mejor de este país, dice siempre al despertarse.

Al atardecer, me pruebo las alas y salgo.

— ¿Te vienes?

—Me quedaré leyendo. Eh, chico, y no rompas demasiados corazones…

Hago una llamada a Crespo para comentarle lo de la prueba y lo de las alas. Él me canta su nuevo rap, dedicado a los desahuciados. Lo escucho sentado en un bordillo al pie del Arco de Triunfo. La peña te echa de menos y Lucía ha hecho un conjuro para que llegues hasta Hollywood, me dice de guasa. Bah, bah, con menos me conformo, le digo. Cuelgo. Pillo una bicicleta del apeadero y atravieso la zona pedaleando. Circulo deprisa sorteando los numerosos vehículos. Ni siquiera voy pensando en el tráfico, sino en cómo integrar las alas a mi número. En un momento dado, me subo a la acera por esquivar una camioneta que descarga una mudanza y como voy tan abstraído no me doy cuenta de que alguien se me echa encima.

—Lo siento. No te vi venir.

—La culpa fue mía, que salía azotada— dice la chica.

Se agacha para recoger su bolso y yo le recojo unas gafas de sol. Al dárselas, se echa a llorar. Yo, confuso, le rodeo los hombros (con las alas). Entonces sale disparado un hombre de un bar, blasfemando como un energúmeno, pero se queda parado, ¿por las alas? Al verlo, ella se pone a caminar deprisa y yo la sigo, sujetando el manillar con la mano derecha y rodeándola con la otra. Me olvido de las alas, que están resultando de lo más prácticas.

—No creas que lloro por el atropello. Me acaba de pasar una movida que…

—Tranquila. Lo importante es que no te hayas hecho daño.

Y me escucho invitándola a un helado… Ella acepta y vamos caminando hasta dar con una horchatería de la ronda. Aparco la bicicleta alquilada, que de pronto me estorba. Ella se va directa al lavabo y yo pido dos horchatas. No puedo por menos que acordarme de Juana y de aquellos días manchegos, pero este no es momento para nostalgias. ¿Por qué llevas eso?, me pregunta sentándose en el taburete. Ah, las alas… Por probar, contesto sorbiendo la horchata. Tampoco es que pueda darle más explicaciones, ni yo sé qué pinto con unas alas. Le pregunto por qué ha salido de ese bar tan escopetada. Antes, intercambiamos nuestros nombres y ella sonríe al oír el mío. Yo, Julia, me dice. Me parece un nombre exquisito, porque justo le estoy mirando la boca cuando lo pronuncia y me gusta el dibujo de sus labios. Me cuenta que se presentó a una oferta de trabajo porque vio el cartel de “Se busca camarera”. Solo había trabajado un par de veces detrás de una barra, que yo no soy camarera, pero necesitaba la faena y pensé que para poner cuatro cafés serviría. Así que me presenté y el dueño me dijo que podía empezar ya mismo. Al principio de la jornada, todo normal, me enseñó la cocina y cómo funcionaba la cafetera y lo demás. Después de comer se fue, así que me quedé sola. Hubo poca gente, casi nadie. Estuve echando cuentas de lo que les debía a los colegas y me hice cábalas sobre cuánto me pagaría. No se lo había preguntado, llámame lela. Cuando volvió, el tipo parecía otro, me hablaba a voces y se me acercaba con cualquier disculpa y yo empecé a sentirme mal a gusto. Reuní valor y le pregunté lo del sueldo y también el horario. Me dio largas. Que el sueldo dependía de ciertas cosas, me dijo. No lo entendí o más bien no quise porque el tipo me miraba con tanta lascivia que estaba más claro que el agua, ¡un baboso! Yo ya no sabía ni dónde meterme. Si él se acercaba a la barra, yo huía a la cocina y así anduvimos como gato y ratón. En un momento me descuidé y me acorraló en el fregadero y se quiso propasar arrimando cebolleta, ya me entiendes… Yo le di una patada en los cojones y me fui corriendo. No sé cómo acerté a coger mi bolso. ¡Me dio un asco, el asqueroso ese, guarro, aprovechao! Por eso fue que salí como una estampida.

— ¡Menudo cabrón!

—Sí, como no hay curro, hasta el último mono se cree poderoso.

Salimos del local refrigerado y seguimos caminando despacio por alargar el encuentro y eso solo fue el principio porque charlamos el resto de la tarde y se nos hizo de noche. Al principio, fue pura cortesía, me sentía culpable por haber chocado; al poco, me conmovió su llanto; al tomar el refresco, me chocó su relato; cuando se escondió el sol en la Plaza de la Universidad, fueron sus ojos los que me encandilaron; y cuando la vi alejarse hacia el metro me quedé prendado por sus andares de bailarina. Sin saberlo, me estaba enamorándome. Por primera vez. Es decir, sin remedio. De pronto tan en las nubes, que ni sé cómo llegué a casa. Al verme, Patricia me pregunta cómo me ha ido con las alas. Yo la miro sin verla, estoy ido. Bien, bien, le digo, muy bien.

Al día siguiente, mientras desayunamos, me dice sin rodeos que la invite a comer, está tan segura de no equivocarse que solo le falta llamarla por su nombre, Julia.

— ¿Cómo lo sabes?

—Te leo el pensamiento.

De nuevo bendigo a Crespo y las virtudes de su móvil en el que guardé su número. El número de Julia que ya me sé de memoria porque estoy seguro de que será mi número de la suerte. Julia Julia Julia… De pronto, todo es Julia… La llamo y quedamos sin más. Comemos dentro en la sala porque el día se está nublando. A Patricia, le parece una monada, pero eso me lo dice después cuando ella ya se ha ido. Teatro y danza fue lo que estudié, nos cuenta Julia, en los postres. Ya sé que no tiene salida, pero tengo compañeros que acabaron ingeniería y están igual, o peor.

— ¿Vives con tus padres? — le pregunta Patricia.

—No. Ellos se volvieron al pueblo. Aquí, sin curro, ya aguantaban. Yo estoy de ocupa.

Patricia sirve café. No soy anti-sistema, nos confiesa Julia, pero estuve en las acampadas de la Plaza de Cataluña. No sirvió de mucho, ya me lo decía mi madre, no te metas en follones, vas a perder más de lo que ganes. No le hice caso y tenía razón mi madre porque, ya ves, tenía razón, perdí mi macuto, nos dice riéndose. Alargamos la sobremesa y se nos hace tarde, así que la acompaño. Me pesa tener que dejarla en esa fábrica tan destartalada. No te preocupes por mí, aquí también hay buena gente y entre todos nos ayudamos, me tranquiliza.

Desde entonces nos estamos viendo todos los días, aunque por las noches nos separamos. Sigo con mi espectáculo en la calle. Además ahora ella me acompaña, no solo pasa la gorra, también improvisa unos bailes con mucha gracia. Tiene pocas tablas pero le sobra duende y no se le caen los anillos por nada. Cada día, la convidamos a comer en casa. Por decisión de Patricia, se instala en casa. Están a punto de desalojarnos, nos confiesa, así que no se haré de rogar. Mientras tanto, yo sigo esperando la llamada de la productora y por eso consulto mi móvil cada dos por tres. La tarde que pasamos por la fábrica ya medio abandonada a recoger sus bártulos, por fin suena mi teléfono. ¡Conseguido! Me dan el papel y debo presentarme en la oficina de Colón para firmar el contrato. Cuando cuelgo, me pongo a saltar de alegría, ¡mil veces hale hop!

—No se lo digas a Patricia, a ver si también esto me lo adivina…

— ¿Lo dudas? —me dice Julia que en seguida se ha dado cuenta de que nuestra anfitriona nos lee el pensamiento.

Julia recoge sus cosas en una mochila, mientras se despide de sus compañeros, que ya andan planeando otra ocupación. A Samuel, un gigante congoleño que me presenta como “su guardaespaldas”, le deja el hornillo, los cacharros de cocina y su saco de dormir, que ya no le harán falta. Él se lo agradece con una espléndida sonrisa. ¡Cuídala! Buena chica, me dice, y se quita un colgante que lleva atado al cuelo para dárselo.

—Para ti. Da suerte. Porte-bonheur.

—No puedo aceptarlo. Ahora te hace más falta a ti que a mí, Samuel.

El gigante nos cuenta cómo su abuela se lo dio cuando él se vino a Europa, con la condición de que él se lo diera a la primera persona generosa con la que se encontrara. Y esta persona eres tú, le dice a Julia. Siendo así, ella sí lo acepta y se ata el cordel con la figurita de ébano al cuello. Se parece a las estatuas de Patricia, me dice. Le dejamos nuestro número de teléfono a Samuel, por si nos necesita.

En casa, Patricia ha puesto cava en la nevera, para darle la bienvenida a mi chica. Enséñale la casa, Pancracio, que solo conoce el comedor y la terraza. Esto es el Ritz, nos dice Julia, entusiasmada. Cuando Julia sale del baño, donde se estuvo aseando, Patricia repara en su amuleto. ¿De dónde lo has sacado?, le pregunta. Se lo contamos y ella insiste en conocer a Samuel. Parece tan intrigada con la historia del amuleto que no dudamos en llamarlo. Él se muestra bien sorprendido de que nuestra amiga cree haber reconocido el colgante, pero la comunicación no es fluida, así que quedan para aclararlo en persona y en francés. Ese amuleto fue de Denise, estoy segura, nos dice Patricia, y le explica a Julia que Denise fue su aya allá en el Congo.

Sobra decir que esa noche, tan llena de emociones, Julia y yo aprovechamos para intimar, pero del cómo fue nuestra primera noche solo podrían hablar las imágenes de madera, que son mudas, y quién sabe so los elefantes y otros animales del zoo de enfrente, que tampoco hablan.

Por la mañana me presento en la oficina de Colón. Dudo si ponerme las alas, que tanta suerte me están dando, pero pienso que igual queda poco profesional. De camino, aprovecho para anunciarles la buena a Crespo, que se pone como una moto, y a Estrella, que se me pone a llorar. Ya doy yo la voz a los del circo, los llamo ahora mismo. Con todo lo que hicieron por ti es la mayor satisfacción que puedes darles, me dice entre hipos.

En una semana empezamos el rodaje; mientras, ensayaremos con el director en la pista que los Raluy ponen a nuestra disposición. Me dan un guion para que me lo vaya mirando. A pesar de no llevar ya las alas, volando voy y Julia que me espera.

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2 comentarios sobre “Capítulo 9 Arrieros somos y en el camino

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