Lecturas para momentos


Yo creo que para escribir hay que leer antes, durante, y hasta después, todo todo lo que se pueda. Todo y hasta más, mucho más. Pero esta no es una creencia propia. Es de cajón.

Casi siempre pasa que ya se es buen lector cuando un buen (¿buen?) día se pone uno a escribir, aunque las cosas no tienen por qué pasar necesariamente así. Hay quien se pone a escribir sin haber leído demasiado, más allá de esas lecturas recomendadas por los profesores de literatura en el bachiller, y no pasa nada, solo quiere decir que le quedan muchos años por leer, por ser un escritor todavía joven. Tampoco los apasionados de la lectura lo hemos leído todo todo. Ni mucho menos. Leer es una afición que se torna casi infinita, máxime ahora que tantos y tantos libros se añaden a esas interminables listas de pendientes que se van formando, desde los clásicos hasta esa última novedad con la tinta todavía fresca… Huy, cuánto infinito…

De todos modos, no me gustaría plantear aquí la lectura como una obligación que produzca zozobra, inquietud o desazón. No, las cosas pasan por otro lado, no es: oh, cuánto me queda por leer, no sé si podré con todo, es que no tengo tiempo, etcétera. No. La lectura es ante todo un placer y, como tal, tenemos el derecho, la libertad, de catar ese manjar, o de abstenernos. Con esto, seamos flexibles. Hay épocas para todo; yo, que leo como una posesa, estuve años sin abrir un libro, un momento contra-cultural, un momento del que no me arrepiento. Ahora, vivo otro momento, un momento en el que los libros me llenan las tardes y me ayudan a conciliar el sueño. Un momento en el que no puedo pasarme sin lectura. Un momento del que tampoco me arrepentiré, lo sé.

También es que ando con la escritura y en el aprendizaje incluyo los libros como parte esencial (esos libros que me han fascinado desde niña, a pesar de mi etapa crítica).

Y es que, como aprendices de escritores, sí tenemos la obligación de leer todo cuanto caiga en nuestras manos, de estar al tanto de lo que se publica (en la medida de nuestras posibilidades, pues el panorama es tan vasto que tomarse esa tarea al pie de la letra da más vértigo que sosiego). Sí, la lectura es un compromiso consustancial al oficio. No queda otra; como dije antes, es de cajón.

Cada cual tiene su manual de instrucciones sobre qué leer en cada momento, aun no siendo del todo consciente de por qué una misma lectura nos cautiva en un momento y nos fastidia en otro.

En mi caso, si estoy escribiendo y estoy bien metida en mi texto, prefiero releer libros ya leídos, de esos pocos que sí admiten una segunda lectura o en otras palabras libros de mis favoritos. No es fácil dar con estos libros tan sumamente fabulosos que permitan esa segunda oportunidad pero los hay. Cada cual tendrá los suyos. Como el argumento no me es desconocido, puedo releer el libro sin dejarme arrastrar por la trama y puedo abandonar su lectura a las pocas páginas porque la historia, ya conocida, no me absorbe, dejándome así tiempo para concentrarme en lo mío.

En esos momentos en los que no estoy escribiendo nada, más allá de mi blog o de algún relato, entonces me permito leer cualquier libro, sin manías. Es cuando descubro otros escritores, otras voces, otras historias y me dejo llevar sin importarme que no pueda dejarlo hasta tener la vista agotada; me lo puedo permitir. Tampoco ahí selecciono géneros: narrativa, teatro, ensayo, poesía, todos me valen. Antes anotaba las reseñas de mis lecturas en fichas (soy muy antigua) pero ahora Goodreads me lleva la cuenta.

¿Y para corregir? Pues en ese trance, poesía. Solo poesía. Poemas que me ayudan a centrarme en las palabras, en el peso de las palabras. Y en su ritmo. Poesía y mucho flamenco del bueno, también. Y otras músicas, a veces. Pero ese es otro cantar…

Aparte, están los estados de ánimo… Si muy de bajón descarto historias oscuras o tenebrosas (algo que, no obstante, suelo vigilar siempre antes de irme a dormir porque soy de carácter algo impresionable y prefiero apartar tormentos y sordideces por evitar las pesadillas). Si me siento medio vacía, desecho historias facilonas y busco anclajes más profundos, me río con Cioran o me atrevo con algún ensayo. También por ahí una obra de teatro me puede ubicar, nunca se sabe.

Para afrontar el rechazo, los rechazos, todos los rechazos, nunca nunca leo las obras de otros, que más talentosos o afortunados que yo, hayan llegado a la meta y estén arañando el cielo con las manos. Evitar las comparaciones que, en esos instantes de frustración, solo inducen al rencor, una emoción poco creativa. No, para esos instantes de fracaso acudo a los grandes grandes de verdad, a los inmensos inmortales, y entonces comprendo que no pasa nada, que solo es que me falta muchísimo por aprender, tanto que hasta suerte tengo de que todavía me quede ese camino tan largo que recorrer.

Y, mientras, también unos tuits por aquí, algunos artículos vuestros por allá; leer leer, siempre palabras. Leer… hasta las etiquetas del champú y los ingredientes de la caja de las galletas. Todo me vale, y lo bueno y lo regular y lo menos bueno. Todo… hasta que mis ojos aguanten.

P.S. de última hora: cuando hay que documentarse antes de escribir algo, entonces toca leer todo todo sobre el tema, o un poco de todo (tampoco exageremos).

 

 

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