Cosas de viento


A veces, el viento tiene mala fama. Como cuando arrancó de cuajo el viejo tilo, que se nos quedó patas arriba como un animal malherido y hubo que cortarle las raíces, que imploraban al cielo, y trocearle el tronco con la sierra eléctrica en unas rodajas tan gruesas como ruedas de los Picapiedras, que para transportarlas las echamos a rodar por la pendiente. Daba gusto verlo en pie con sus hojas en forma de corazón, tan brillante el haz y el envés tan mate, pero le sopló un mal viento y le llegó la hora. Así fue.

Peor lo de la abuela cuando, de nena, se le quemó la aldea una noche de mucho aire y desde entonces apenas basta un soplo para incomodarla, tanto que ella ni le dice viento, sino “airón” y al decirlo suena como si nombrara lo monstruoso. “Parece que se va a levantar” y tuerce el gesto y se ajusta la pañoleta o “esta noche no pegué ojo por culpa de él”. “No, si sigue así, habrá que retejar… Ni se os ocurra salir afuera, a ver si os cae algo encima, una teja, una rama o un canalón, cualquier cosa puede daros en la cabeza”.

Ya sé, los hay indomables, menudos son. Conozco la sensación de amparo al encontrar refugio cuando le da por ventar a lo loco, como un ventilador descontrolado que los ángeles pusieran a tope; el susto de la galerna que te pilla a traición, te zarandea y te destempla. Y ¿qué me dices de la tramontana? Esa sí que se las trae, levanta dolor de cabeza, y encrespa los ánimos. Se cuenta que a algunos hasta los enloquece…

Una vez vi cómo unos contenedores de basura caminaban solos por una calle desierta y asolada, que en estos páramos cosas así pasan. Y, entonces, también las noches se desvelan, el aullido del viento que no cesa, el bandeo de los picaportes, pum, pum, pum. Pero luego va pasando, luego ya pasa, y llega la calma. Y apenas si quedan señales, papeles y hojarasca, mucha faena para barrenderos y algunos requiebros para las aseguradoras, pero ya pasó… Reina luego el silencio de lo quieto.

Y, vale, por qué no recordar aquel viaje cuando el cierzo bandeaba los automóviles, obligándolos a hacer eses por esa autopista como si los conductores anduvieran borrachos, invadiendo casi la calzada de las adelfas, tanto que fue imposible salir a repostar, despeinándonos como después de topar al oso si, en vano, intentábamos abrir las puertas del coche. Pero en seguida se me viene la risa loca, el fin del trayecto de cuando llegamos a salvo.

Tal vez, me quedo con los buenos, como ese tan delicioso, el aire de las castañas… Pero qué sabré yo de miedos, si me embeleso con el molinillo de viento, ese que mis vecinos colocaron en el balcón y al que se le ven todos los colores del arco iris cuando está quieto y cuando gira se vuelve amalgama y nos advierte del levante. Tampoco de vientos en popa, ni calmosos ni frescachones, qué sé yo de navegación.

Ya no sé si seguir nombrando los vientos, todos los vientos, el viento entero, aunque pena me da callarme palabras como alisios o gregal; dejar atrás al lebeche y su calima; no mentar el poniente; pasar del mistral o del siroco que nos trae ese polvo del desierto; cómo olvidarme del solano, del viento blanco… Suerte que del ábrego (el de las castañas) y del levante (el del molinillo de mis vecinos) ya dije. Y del cierzo. Pero me callé el etesio y ni media del maestral.

Sí, todos estos, y alguno más que no recuerdo o que desconozco por lejanos, caben en nuestra rosa de los vientos, cada uno en su punto de partida, su punto cardinal. Todos con su porqué. En su momento preciso, como resultado de aleatorias combinaciones entre temperaturas y presiones, vaya usted a saber de tales misterios… El mío, de siempre, el que prefiero, es el del Sur. Le dicen sosegador, y le gusta anunciarse con nubes naranjas el día antes. Bah, ya se sabe, en este mundo cada cual cuenta el viento cómo le sopla.

Y así, cuando golpea las persianas de la galería donde el sol da de mañana o cuando tamborilea los vidrios de las habitaciones que dan a la calle que nortea; si te levanta las faldas te voltea el paraguas; no se le tenga en cuenta. Cosas de la atmósfera, efectos especiales de allá arriba en los cielos. No, no. No son cosas de viento, aunque pareciera…

 

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4 comentarios sobre “Cosas de viento

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  1. Estoy impactada, Laura. Me encanta. La verdad es que estoy alucinando con esto de los blogs (a los que soy una casi recién llegada): más que por la posibilidad de poder contar todas las chorradas que se me ocurran (y tener la suerte de que alguien las lea de vez en cuando), por la calidad de algunos de los blogs que voy visitando. ¡Cuéntame entre tus rendidas admiradoras!

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