Más sobre el viento y Manos de piedra


Recién publiqué mi relato, ese donde advertía que no eran cosas de viento, y como suelo hacer lo pregoné a los cuatro vientos (valga la), por esas redes que nos conectan enredándonos y que a mí se me antojan más aéreas que subacuáticas. También lo colgué en el muro de mi feis, porque me gusta que los míos sepan que no me paso las tardes muertas y se vea lo mucho que tecleo. Algunos, amigos, conocidos o parientes, hasta me leen y yo, así, gano lectores, mientras ventilo lo que voy escribiendo.

 Y así fue cómo mi relato le llegó a uno de mis parientes argentinos, Luli, que es de los que leen, antes de opinar si le gusta, le divierte, le asombra o le entristece. Tengo que puntualizar que en persona no nos conocemos, pero yo suelo ponderarle las fotos de sus nietos, no por dar coba, sino porque son muy divinos, ellos. La nena, además, apunta maneras de actriz de carácter.

Sí, siempre que me leen por allá a mí me sube la moral, por qué negarlo. No en vano la literatura, o quizás la aventura, yo la asocio con esas tierras, no lo puedo remediar, y no solo por lo mucho que supuso para mí el descubrimiento cortazariano, sino por otros mitos familiares, ya arraigados en la tribu mucho antes de que yo naciera.

La Argentina, como se sabe, fue mucho tiempo la única salida honrosa para combatir la pobreza que asolaba los montes asturianos, aledaños de Babia. Embarcarse entonces en el puerto de Gijón era casi como apuntarse hoy a un viaje al espacio. Una odisea de la que podías regresar, hecho un indiano, o perderte por la Pampa. Había entonces pocas oportunidades y tanta valentía como desconocimiento. Algunos de mis antepasados cruzaron pues el charco y regresaron sin fortuna, como mucho un reloj de cadena o más bien las manos colgando, aunque, eso sí, algunas palabras nuevas y ciertas costumbres de ultramar; otros, más espabilados o afortunados, no regresaron y se volvieron, de a poco, argentinos.

Hoy, sus descendientes, de una parte y otra del charco, todavía nos comunicamos y vamos viendo cómo las familias van medrando y nos gusta sacar parecidos, aires de familia que, acá o allá, fueron quedando. A veces, un gesto, una mirada, una risa que sorprende, mirá vos. A veces, nada; si acaso, figuraciones nuestras, que somos algo dados a fantasear, cafeteando. Cosas de la raza le decimos, ahora que estamos todos y por suerte bien entreverados.

Pues a lo que iba, que Luli me envía un mensaje privado, no sin antes decirme lo lindo que le pareció mi relato (nosotros, los del lado de acá, somos más ásperos). En su mensaje dice, textualmente: “Más sobre el viento. Hace muchos años aquí en Mar del Plata, vino a hacer una pelea el famoso Manos de piedra Durán, un muy afamado boxeador de la década de los 80. Ya estaba bastante mayor para boxear, sin embargo, seguía. Un periodista le preguntó: ¿Ya no está viejo para pelear? Él lo miró fijo y respondió: El viento es viejo y aun así sigue soplando. Esta frase me encantó, es por eso que la comparto siempre. Cariños.”

A mí la frase de Durán directamente me entusiasma, así que le pido permiso para tomarla prestada. Él me dice: “Pero ni que hablar, aparte no es mía, es de todos”.

Claro ahora me toca saber algo de ese tal Manos de piedra… Y leo que tuvo una vida de película que, de hecho, y cómo no, se llevó a la gran pantalla, y que también se escribió un libro con la biografía de esa gran estrella panameña que salió de la miseria y ejerció no sé cuántos empleos antes de subir al ring, que ganó no sé cuántos combates, que noqueó a no sé cuántos contrincantes, que conoció más victorias que derrotas, que se agenció no sé cuántos autos de lujo, que peleó con el “Roña”, con el “Locomotora” y hasta contra un caballo, hasta que dijo “no más”…

Pero de todos esos datos de una vida tan dura como bien peleada, yo, igual que Luli, me quedo con esa frase suya bien grabada; esa respuesta, casi gancho verbal, que le dio al periodista cuando este le preguntó si no estaba ya viejo para pelear y cómo él, Roberto Durán, boxeador pero no atontado, le soltó eso de que el viento también era viejo y aun así seguía soplando.

(Por cierto, mañana, 16 de junio, es su cumpleaños. Por muchos años, Manos de piedra.)

 

 

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8 comentarios sobre “Más sobre el viento y Manos de piedra

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  1. Sí que la vi y me gustó tanto en su momento que se la compré en DVD a mi abuelo para que pudiera disfrutarla. Mi abuelo creció escuchando historias argentinas que le contaba su padre. Me gusta tanto, además, uno de los actores de la serie, pero no recuerdo su nombre; creo que hacía el papel de un arquitecto. Un abrazo.

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  2. No, ahora mismo no estoy escribiendo nada porque estoy de mudanza, deshaciendo una casa en la que llevábamos viviendo 12 años. Estoy yo sola embalando todos los bártulos, desmontando muebles, en fin, algo así como una hormiga enfrentada a los elementos, ella sola sin apoyo del hormiguero, ni te cuento… Pronto estaré de nuevo en mi tierra y entonces volveré, si sobrevivo. Eso sí, sigo leyéndote y leyendo como si no hubiera mañana, pero eso es solo cuando llega la noche y ya no doy más. Agotadita que estoy. Un abrazo.

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