¿Ónde vas así?


Tamién cómo eres, guapa, siempre llevando la contraria…

Total, ¿qué te costaba callar cuándo el profe preguntó si todos ustedes veían porno? Nada. No te costaba nada haber callado y sumarte al sí colectivo y al jiji que siempre se arrastra cuando se habla de consumir sexo. ¿Pá qué coño levantaste la mano, qué les importaba a ellos?
Es lo de siempre contigo, maja. Lo de siempre.
No hay quién te haga meterte en la porra que siempre siempre hay que pasar desapercibidos. (Ya te lo decía tu padre, esa frase que tanto odiabas de “dónde fueres, lo que vieres hicieres”. Como en la mili, también decía, donde se la cargaban los que destacaban, por tontos o por chulos. Esos, a chupar guardias, sin rechistar.)
Pero tu padre nunca se juntó con la manada. Ja, él no. De sobra sabía que esa era la clave: contemporizar, pero al final él a lo suyo. Igual que tú, o tú igual que él. Y tu hijo, mejor ni hablar: otro que tal baila…
Yo no sé si lo hacéis por orgullo, ese puñetero orgullo que tantos disgustos os trae, o si os falta un fervor. Una cocida. No sé…
El caso es que no hay quién trate con gente como vosotros. Así no se puede. Así no se va a ninguna parte. Onde crees que vas así, siempre a tu puta bola, ¿eh, onde? A- nin-gu-na- par-te. Te lo digo yo, que sé lo que vale un peine y cómo se las gastan todos a una.
No, no. Así no, rica. Eso no hay quién lo aguante.
Como dicen ahora: “Esa no es la actitud”. Y tienen toda la razón. ¿Que toca bailar la sardana? ¡Se baila! Ya, ya. Ya sé lo que me vas a decir… Que a ti esas movidas colectivas te dan grima. Dentera. Que eres incapaz de recordar una coreografía, saber cuándo toca levantar un brazo o una pata. ¡Pues concéntrate, joder, que no es para tanto! Pero bueno vamos a dejar ya lo de los coros y danzas, ya sé que huiste de allí porque tanta hermandad, esa germanor tan rancia, tanta bandera balconeándose y tanto furor patriótico te daban alergia. Sí, directamente alergia, eso dijiste.
Vale, vale, lo reconozco: aquello se vino arriba, se les fue de las manos, pero ¿ahora que hostias te pasa? ¿No estás en casa? ¿No? ¿Tampoco aquí es tu casa? Entonces, dime, ¿de dónde coño eres?
Ah, ya sé, ahora es cuando me vienes con el cuento de ciudadana del mundo. ¿Tú, ciudadana? ¡Pero si eres más de pueblo que una boina, anda ya! ¿Y del mundo, de cuál mundo? Será del tuyo propio, ese personal e intransferible, que se diría, porque vamos a ver… el mundo da para mucho, guapa. El mundo es amplio, por mucho que lo hayamos encogido. Y tú ni te dignas a salir de tu zulo, que ni viajas. Ves eso es otra cosa que haces mal: no viajar. Ahora que bien podrías darte un garbeo, qué digo un garbeo, si podrías dar la vuelta al mundo en ochenta días y quedarte tan pancha, y luego presumir de un Instagram o de un feis fetén. Pero no. La señora sufre agorafobia o no sé con qué coño de síndrome etiquetarte ya, que lo tuyo no tiene nombre. Que te pasas tres pueblos, eso.
De verdad, Dios da dientes a quien no le gustan los garbanzos. Pero qué digo garbanzos si tú ni siquiera comes como la gente normal…
Yo qué sé, debes de ser una tarada o, si no, no me lo explico.
Además, guapina, hay que definirse. Si, a estas alturas hay que definirse de una puta vez. Te pongo por ejemplo, a ver si así te aclaras de una vez por todas: hay que inventarse de dónde se viene, y digo inventarse porque no tienes por qué contar la verdad. La gente fabula que te cagas. Sí, hombre, la gente se lo monta como puede. Pero no, tú siempre con esa puta manía de contar la verdad como si a alguien le importara tu verdad (una verdad, la tuya, que ni siquiera se creen porque, reconócelo, suena un pelín fabulosa). Sí, sí, maja, te crees muy honrada pero a los demás tus orígenes les suenan a cuento chino. Sí, guapa, como lo oyes: a cuento chino. Y ya a tu currículum ni mentarlo… (¿O deberíamos decir “ridículum vitae”?)
Ah, ya, tú lo que buscas es la autenticidad, ¿no es eso con lo que me ibas a salir, a qué sí? Pero si te toman por Antoñita la fantástica, tía, ¡no flipes! Au-ten-ti-ci-dad, ja, ja, ja. ¿Onde vas así, alma cándida?
Ni dios quiere saber nada de la autenticidad. La gente se reinventa (a menos que tengan una trayectoria verdaderamente extraordinaria, lo cual, siento decírtelo, no es tu caso para nada).
La mentira está a la orden del día. Es lo que toca. Y dejarse de mandangas. Miente, coño, miente un poco, que pa eso dices que eres escritora, ¿no? Ah, no dices. Perdón. Que solo escribes, ah.
Camúflate, escóndete en la manada. Haz lo que todos.
Y levanta la mano solo cuando toca levantar la mano. De voluntaria ni para comer. ¿Que toca decir que vemos porno? Pues decimos que vemos porno. Disimulamos.
Ah, ¿que no puedes? ¿Eres incapaz? Ya te digo, lo tuyo es para echarte de comer aparte. ¿Por qué no vas a poder, si solo se trata de no levantar la mano?
Ajá, ahora me vienes con el episodio tuyo de tu juventud perdida en el Chino de Barcelona, cuando andabas entre putas y maleantes, ¿es eso? Ya. Ahora me vas a contar esa vez que estabas colgada y no te comías una rosca y no sé quién te habló de un curro donde precisaban una dependienta. Y tú, ni corta ni perezosa, te presentaste en la calle Carretas y resultó que la tienda era un sex shop donde debías vender pollas de látex y caretas de cuero y látigos y consoladores y mierdas de esas, pero donde lo peor no era eso, no no. El plus de insalubridad era tener que limpiar con papel de cocina y líquido desinfectante las putas cabinas donde unos tipos asquerosos y lascivos se hacían pajas compulsivamente mientras veían guarradas en esos vídeos que tenían unas carátulas espantosas de cuyos títulos no quieres acordarte. Ya. Debió de ser un palo para ti, y eso que el curro era seguro y no estaba del todo mal pagado, pero no pudiste con el asco. Reconozco que eran años duros de sida a espuertas, eso sí. En fin, que no dabas el perfil, qué quieres que te diga. Déjalo, pa qué más explicaciones. Ya, ya me contaste que lo dejaste a los tres días y eso que ya debías dos meses de alquiler. Bah, ya sé, fueron años difíciles, pero ya pasó… Ya pasaron, anda, nena, sana sana, culito de rana si no sanas hoy sanarás mañana. Anda.
Y te quedó el trauma. Porno no, por favor. Tampoco es que seas tú muy de mirar que se diga. No, el voyeurismo no va contigo, no.
Pero eso es por la otra tara tuya, ese déficit de atención que te distraes y no te concentras en las cosas en las que las personas normales se suelen concentrar. Tú siempre a mil con tu puta cabeza que no para, que a veces apetece cortártela y meterla en un caldero a reposar. La verdad es esa. O, no sé, tal vez un poco de lobotomía…, porque se te va la pinza con una facilidad que vaya por Dios…
Si al menos te idiotizaras con algo de tele, alguna peli de vez en cuando, algún reality que te sacara de esas tinieblas. Pero no. A la ñora eso tampoco le va. ¡Joder con la paisana!
Y hablando de cine, ni se te ocurra decirles que eres incapaz de ver una película de dibujos animados de Walt Disney sin dormirte. Te lo advierto: ni se te ocurra, que una de las tareas, ya lo sabes, es ver Coco, esa última que estrenaron. Y tú dando largas… Mujer, ¿por qué no vas, si está en chilango y tú ya lo lees de corrido, ¿qué te cuesta? (Bueno, no sé si chilango o caló. Qué raro, allá le dicen “caló” a lo de barrio, pero el caló es lengua de gitanos, variante del romaní por ser exactos, ergo lengua india. Pero punto en boca, ¿eh?, no vaya a ser que si India que si las Indias y la liamos parda… Deja a la gente con sus pedigrís que si tú eres siete leches naide te tiene la culpa, ¿vale?)
Porque me dirás, y ya sé que es pura verdad: con esas pelis me duermo y pá dormir mejor me quedo en casa. Sí, es así, con las pelis del mismo Príncipe oscuro de Hollywood (aunque según la leyenda urbana era oriundo de un pueblo de Almería, ya ves qué cosas) la ñora no puede. Sí, la ñora se duerme. No hay manera, se le va la bola. A los diez minutos ya ronca. Como si hubiera tomado un somnífero de caballo. O caballo, jaco jaco.
Pero, por favor, con esto ni mu. Que te la cuente alguien por ahí, cualquier crío la habrá visto, y no se hable más, ¿oíste? Ni media palabra.
(Pobre tu niño cuando te pedía que lo acompañaras en el sofá a ver la secuencia de Mulán esa que lo aterrorizaba, cuando los hunos se acercaban a las murallas, y tú bostezabas. ¡Mala madre!, bien que te gustó la primera vez que te llevaron a ti al cine a ver La Bella y el Vagabundo. Pero, claro, entonces tenías pocos años y se ve que todavía te daba la cabeza. No como ahora, maja, que vas patinando.)
Ah, y lo mismo te advierto con la lectura de El héroe de las mil caras, que por poco que lo ojeaste ya te dio cien patadas. Ves al Rincón del Vago, anda, o a la wiqui, y punto en boca. Y mientras, sigue leyendo opio en las nubes o nubes de opio, o eso. Eso sí te va. Eso está rico. No da patatús. Sí, tú a lo tuyo, pero no des la brasa. O como dirían ellos: “no mames”.

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