Dos caminos


Ayer publiqué un nuevo libro para mi colección Libros emplumados. El quinto. Debo decir que la plataforma de Kindle Direct Publishing ha mejorado un montón desde la última vez que me aventuré por esos lares. Ahora ya todo todo está traducido al castellano y todo todo está muy bien explicado y detallado. No tiene pérdida. El servicio de atención al cliente es, además, impecable. Hay que decirlo.

Dos caminos es un relato que en principio había pensado incluir en la próxima recopilación, pero luego cambié de idea y lo transformé en un librito de bolsillo, pues a Jeiler Sorzano, que fue quien me prestó su voz y me contó este episodio de su vida, le hacía ilusión hojearlo y también enviárselo a sus parientes cubanos. Pensé ¿por qué no publicarlo, en vez de esperar a tener más relatos?

Y así se se hizo, en tapa blanda y en ebook, por Amazon, como de costumbre. En breve, lo presentaremos en la Casa de Cultura de Pola de Lena. Dios mediante, el viernes día 3 de abril a las 20 h.

Por aquí dejo el prólogo, que leeré en ese acto, pues supongo que a los lectores a veces les da pereza leerse el prólogo. Al menos a mí me suele pasar. Dice así:

“Hay dos cosas que busco cuando escribo: una historia y una voz. Parece baladí, pero es una combinación difícil de encontrar. O igual no tanto…
Pues cuando una persona tiene voz propia su relato capta nuestra atención, como si la experiencia de lo vivido entonara la voz. Tal vez una voz bien afinada es capaz de darle la vuelta a casi cualquier historia hasta transformarla en una buena historia. No sé…
Algo de eso.
Cuando conocí a Jeiler, cenando en el bar de Lida, en seguida me cautivó su voz y por tanto su historia me embelesó. Ya tenía yo referencias suyas por ser el profesor de boxeo de mi hijo, y notaba cómo él ejercía una influencia muy positiva sobre su alumno, quien ya de niño manifestaba deseos de asistir a clases de boxeo, aunque en casa nos parecía, así de entrada, un deporte algo brutal, y le dábamos largas y él daba la tabarra.
Ahora me doy cuenta de que eran prejuicios.
Boxear no es romperle la cara a nadie ni que te la rompan, si bien son cosas que también
pueden pasar, y pasan, durante los combates.
El boxeo, como disciplina, no predispone a la violencia gratuita, más bien ejercita los reflejos y constituye un excelente entrenamiento para cuerpo y mente.
Hoy soy yo quien le recrimina cuando hace novillos, ¿no tenías boxeo?, le recuerdo, si veo que llega la hora y no se está preparando para ir a clase. Supongo que en el cambio de mi visión hacia esta práctica ha influido mucho el perfil de su monitor, ya que Jeiler posee indudables cualidades, no solo pedagógicas, sino también humanas, imprescindibles para transmitir unos valores de ética y compañerismo, consustanciales al buen ejercicio de una pelea limpia de odios, malos rollos o rencores, más baile en la palestra que enfrentamiento en el ring.
En este pueblo, Pola de Lena, a veces no sabemos ni lo que tenemos, de tanto ansiar lo que nos falta.
Por ejemplo, no sabemos hasta qué punto somos afortunados de contar entre nuestros vecinos con un auténtico campeón de la talla de Jeiler Sorzano, alias “El Asturcón Cubano”. Para quienes todavía no lo conocen, Jeiler es ese “negrín” de buena estampa que camina con soltura, de chándal o de calle, pero siempre como un pincel, brazo de mar, estatua de ébano, y todos los piropos que se os ocurran cuando lo veáis pasar (y que le podéis soltar a cambio de escuchar su risa, única y contagiosa: ¡no hay color!).
Sí, es una suerte convivir con él, no solo por su categoría como deportista, sino también y sobre todo por su validez como monitor de boxeo y entrenador personal en ciernes (ahora que vivimos tiempos en los que todos, o casi todos, ocupamos parte de nuestro tiempo libre cultivando el cuerpo, por mantenerlo a raya, perder o ganar peso, luchar a contratiempo, o simplemente lucir mallas cuando vamos a por el pan).
Suerte, lujo y privilegio, porque nos ha tocado el gordo de que fuera aquí y no en cualquier otro lugar de Europa donde recalara nuestro querido campeón, aunque eso no haya sido puramente fruto del azar, sino gracias al instinto de cazador de talentos de nuestro carismático vecino Tomás.
Ya se sabe que al saber le dicen suerte, y ese tal Indio, animal escénico él también, supo olfatear el duende, aunque él no boxea, por mucho que se haya hecho pasar por boxeador cuando la policía cubana los paró, yendo los dos por las calles habaneras, y el boxeador les dijo lo cierto: «soy boxeador», y el asturiano dijo: «yo también» y se arrancó por demostrarlo con unos ganchos imaginarios. Nunca sabremos si esa pantomima suya convenció al poli o fue que este se quedó noqueado por la osadía del turista.
Nunca lo sabremos… El caso es que los dejó ir.
Y es del encuentro de estos dos personajes, un joven boxeador y un viajero asturiano en La Habana, de lo que trata el relato Dos caminos. De cómo el principio de esa amistad decide la trayectoria del cubano hasta nuestra villa.
Una villa, la nuestra, varada en un pasado minero, ya ni sombra de lo que fue, pero donde a ratos todavía la vida discurre, y hasta donde llegan forasteros, a veces boxeadores cubanos que se vuelven poetas por ensalzar nuestros barrios, mientras los nativos se lamentan de que aquí nunca pasa nada y de que además tampoco hay nada…
Pero algunos boxeadores cubanos metidos a poetas saben que aquí pasa lo que pasa, solo que de otro lado.
También saben que hay salmón y vino y trajes y hasta rosas. Y algunas cosas más que se callan o se escriben. Se pelean y se enseñan.
Dos caminos no es un relato inédito, ya que se presentó el año pasado al Concurso de cuentos Lena, sin éxito. La verdad que fue un chasco pues ya nos habíamos repartido la piel del oso entre él y yo. Jeiler planeaba volver a su isla por ver a los suyos, pero ya se sabe que el hombre hace planes mientras Dios se ríe.

Por eso ahora tenemos el placer de presentarles nuestro relato, para que no se enmohezca en el cajón de mi escritorio, ni en la taquilla del gimnasio.
Las cosas están para compartirse y difundirse en la medida de los posibles, pues solo si cada uno de nosotros aporta algo a la comunidad, por pequeño que sea, es posible mejorar nuestras vidas insulsas y aburridas. Tediosas.
A veces puede ser un buen gancho, un consejo al alumno adolescente y perdido, un puñado de palabras en forma de cuento… Cualquier gesto vale, cualquier acción añade.
Todo suma, todo cuenta, incluso una actitud, una predisposición. Ningún esfuerzo, por absurdo que parezca, debe ser ninguneado.
¿Quién puede predecir su alcance?
Por decir algo, una olla exprés puede echar vapor sin esperar a que hierva el agua. Basta con llenarla de aire, soplando con mucha intención a través del pitorro, como hacía el primo de Jeiler, cuando ambos las reparaban. Pero este ejemplo no se entiende sin leer el relato, así que les invitamos a su lectura.
Todo aporta, concluimos —sin querer decir que todo vale—, todo de alguna forma prospera, excepto no hacer nada y sin embargo quejarse amargamente de que aquí no pasa nada”.

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