¿Qué sería de mí sin lector?


Desde hace unos años no puedo conciliar el sueño sin antes leer unas cuantas páginas.

Siendo joven, y ya no tan joven, sufrí de insomnio. Un trastorno que desbarató mi vida cotidiana y repercutió en mi salud y en mi trabajo. Aquello era un tormento. Las noches en vela son los escenarios del espanto y ni siquiera puedes distraerlo con alguna ocupación pues todo es ruidoso cuando los demás duermen. Muy mala consejera, la noche oscura del alma.

Tomaba remedios, caseros y hasta farmacológicos, pero en vano. Nada me ayudaba a dormir como el resto. En fin, un tormento. Hasta que un buen día me aconsejaron tomar melatonina. Fue mi hermana Cecilia y acertó de lleno. Desde entonces duermo.

De cuando no dormía o me dormía allá cerca del amanecer, me quedó el hábito de la lectura: la única actividad silenciosa que yo podía acometer sin causar molestias. Aunque leer me obligaba a salir de mi cuarto y refugiarme en la cocina o en el baño, ya que debía encender la luz si quería leer. Y la luz, aunque sea la bombilla de un flexo, sí puede desvelar al compañero de habitación.

Este detalle también se solucionó gracias a la luz que lleva incorporada mi querido lector electrónico, del que no me cansaré de ponderar. ¡Lo adoro!

Entonces, aunque ahora duermo lo normal y aunque ya no comparto alcoba (por desgracia), me intranquiliza irme a la cama sin mi lector. Por si acaso. ¿Y si me desvelo, y si vuelve aquello del insomnio? Al menos con el lector estoy a salvo: puedo leer y leer y leer hasta quedar rendida.

Confieso que a veces me duermo con esa pantallita encendida y creo que hasta sigo pasando las páginas dormida. De verdad. Tal vez ello explique mis retos lectores que son bastante apabullantes: 150 libros el año pasado, 2018-2019, ahí es nada… Es así, leo como si no hubiera una mañana. Mi ritmo es tan feroz que no siempre compro todos los libros que leo, pues casi me arruinaría. Para eso está el fabuloso servicio de préstamo de la biblioteca electrónica, eBiblio, al que tantas horas de buena lectura le debo. A veces, cuando se avecina un fin de semana largo, compro libros en versión digital a través de alguna plataforma como Kobo.

Sin embargo echo en falta alguna plataforma de lectura donde encontrar esos tesoros literarios de editoriales más pequeñas e independientes… Espero que cualquier día me den la sorpresa de que al fin alguien la haya creado. Cualquier día…

Ya sé que Kindle en eso es imbatible, pero mi lector es de otra casa, y le tengo tanto apego que no quisiera serle infiel, por muchas ofertas y promociones que me brinde Kindle. Además, el problema de Kindle es que sus archivos no son del todo compatibles con otros dispositivos, ya sabéis esa barrera entre mobi y epub, barrera salvable, ya sé, gracias a Calibre, que todo, o casi todo, tiene remedio (menos ese compañero de cuarto que ya no está y ya no volverá, pero esa es otra historia).

A quienes argumentan el olor de los libros, el tacto del papel, y ese tipo de sensaciones, les diré que llevan razón. Incluso añadiría que tengo la impresión de que la experiencia lectora en un soporte digital no puede competir con leer en papel. Hasta me parece que lo leído en papel se graba mejor en la memoria que lo leído en pantalla. Todo eso lo sé. Soy consciente de que son formatos incomparables, y que donde esté un libro de toda la vida que se quiten todos los ebooks del mundo.

Pero lo que a mí me importa es leer. Se ha convertido en una necesidad. Casi casi como respirar, y si tuviera que respirar asistida por una bombona de oxígeno, pues me conformaría. Como ahora me conformo con leer en mi pequeño lector, ese que no pesa ni 200 gramos y que es capaz de almacenar una inmensa biblioteca.

Claro que antes disfrutaba atesorando libros, ordenando las estanterías para luego contemplar mi pequeño botín de “sabiduría”. Mi vida ha sido muy errante y he padecido muchas mudanzas. Entonces los libros, tantos libros, llegaron a parecerme un incordio. Así que ahora ya no acumulo libros. Cuando sucede que compro alguno en papel, lo entrego a la biblioteca del pueblo nada más leerlo (a no ser que piense que algún día puede serle útil a mi hijo, o cuando se trata de un ejemplar especialmente valioso sentimental o literariamente hablando).

Por todo eso, y mucho más, es por lo que adoro a mi lector, mi saetera hacia otros mundos que seguramente nunca visitaré; afortunadamente en el caso de algunos mundos, no siempre luminosos…, pero todos me ayudan a soñar. A dormir.

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