Yo me quedo en casa


Cuando ya tienes una edad recuerdas otras alarmas sanitarias del estilo de esta que nos está tocando vivir. Gripes aviares y otras aparte, las más graves fueron sin duda la del SIDA y ya luego luego el espanto del ébola.

Ayer o anteayer, ya no recuerdo, salió la buena noticia de que un enfermo de VIH se había sanado, pero la noticia quedó diluida entre el maremagnum de las compras compulsivas de víveres no perecederos, papel higiénico y geles desinfectantes que ya no hay. ¿Quién lo hubiera dicho a finales de los ochenta, que tal notición pasaría finalmente desapercibido?

No somos nadie…

Las pesadillas se borran o las borramos de a poco, pero si hago memoria todavía puedo recordar cómo aquel síndrome de inmunodeficiencia adquirida segó nuestras esperanzas y frenó nuestra desenfrenada manera de vivir. Puedo recordar la temible estigmatización a la que se sometía a todo aquel que fuera portador del virus y ya ni te cuento si el enfermo había desarrollado ya la terrorífica enfermedad…

Lo viví en primera línea, entre uno y otro, pero esa es otra historia y por suerte eso ya es historia. Perdí, como tantos, a muchos amigos y compañeros en el camino. A mi mejor amiga perdí y eso fue lo peor. Irremediable.

Recuerdo aquellos tiempos como un compás de espera perpetuo de análisis en resultados, que tardaban meses en llegar. Entretanto, nos mirábamos con lupa, traspasábamos los espejos buscando señales: ese lunar ¿no te parece que está creciendo? y esa mancha oscura en la frente ¿desde cuándo? Tanto que hasta temblábamos cuando una pestaña se nos metía en el ojo, y un amigo y yo acabamos por llamarlo “la pestaña”. Hasta nombrarlo por sus siglas daba pavor. Las siglas malditas. La vida entera se volvió tabú. Y el sexo, más. Y las drogas, culpa. Y el rock and roll, macabra banda sonora. En fin, tiempos duros, aquellos. Duros, feroces y festivos de tan jóvenes que éramos. Plaga bíblica, peste moralizante, castigo divino.

Pero yo tuve suerte, la suerte de la ruleta rusa, y no me tocó. Puro azar, nada más. Sin embargo, aquello me imprimió carácter. Fue un después, y el antes ya nunca volvió. Llegaron, eso sí, los retrovirales y las terapias para frenar el avance de la enfermedad, y las campañas divulgativas. Cierta normalización, al dejar de ser letal y corrosivo. El diezmo de población drogodependiente, la muerte de esa triste vanguardia de chavales que desconocían el precio de la experimentación. De la libertad. Y ya el paso de las jeringas compartidas al papel de plata de los chinos, el uso del preservativo y otros hábitos que se asentaron a la par que se probaban remedios y medicinas. Murieron jóvenes. Pasaron décadas…

Los brotes de gripes aviares, asiáticas y lejanas, me dejaron indiferente: supongo que me pillaron criando a mi hijo y con otros gatos que apalear. Solo una vez intenté vacunarme contra la gripe pero casi no lo cuento pues me dio una reacción tan virulenta que nunca más. Es verdad que yo entretanto fui diagnosticada, tarde mal y nunca, de una enfermedad autoinmune, patología que explicaba mi proverbial mala salud de hierro, mi sistema de defensas permanentemente deprimido, y mis continuas infecciones respiratorias y gastrointestinales, además de osteopatía, dermatitis, y un etcétera que te ahorro, por que no pienses que soy la pupas, que lo soy.

Mi celiaquía absoluta y mi intolerancia a la lactosa me obligan desde entonces a seguir una dieta muy estricta: hace 21 años que no pruebo un helado, un trozo de queso, un café con leche, un bocadillo de calamares, un donuts, un pastel etc., etc. Ya sé, me dirás que en el mercado ahora ya hay muchos productos sin gluten y también sin lactosa. Tienes razón, aunque no todos los etiquetados son fiables, pero sí, hay muchos productos. Otra cosa es que suelen venderse a un precio bastante superior al de los productos “normales”, prohibitivo a veces; otra cosa es que te ves obligada a leer cada etiqueta, si logras descifrar la letra diminuta, de cada producto que compras; otra cosa es que no siempre encuentras estos productos al alcance. Pero haberlos, haylos.

Más problema encuentras al viajar o si te ves obligada a comer fuera de casa, por aquello de la contaminación cruzada, coña marinera donde las haya. ¿Que qué es eso de la contaminación cruzada? Ya te lo explico. Verás, aun cuando comas alimentos exentos de gluten, no te libras de ingerir gluten y por tanto de contaminación si estos han sido manipulados y preparados en un entorno donde sí hay gluten. Por ejemplo, tienes una comida, pongamos ineludible, de trabajo, un convite, qué sé yo, y acudes al restaurante concertado por la empresa o la tribu. Previamente has llamado para exponer tu caso (algo que debes hacer sí o sí, y que la mayor parte de las ocasiones te quita las ganas de reunirte entorno a una mesa con tus colegas, amigos o familiares). El jefe de cocina te sugiere preparate algo a la plancha con una ensaladita. En fin un menú que él considera adecuado. Algo ligero. Aceptas (la presión social y laboral es persistente). Pero… esa comida se prepara en una cocina donde el gluten campa a sus anchas: en los paños, cacharros, sartenes, hornos, en las manos de los cocineros, etc.

Tú te pondrás enferma. No enseguida, al cabo de varios días o semanas.

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Ya sé, la celiaquía es una patología minoritaria y que tal vez, y por suerte, no te incumba. Pero aprovecho estos momentos de emergencia para contarte mi experiencia y confinamiento social, pues, dadas las circunstancias, es posible que sientas un mínimo de empatía hacia mi sinvivir cotidiano. Que te hagas cargo. Mi aislamiento social en un país en el cual toda reunión que se precie se resuelve alrededor de una mesa. No en vano la palabra compañero (copain en francés; company en catalán) significa “aquel con el que se comparte el pan”, y yo me pregunto ¿compañero, qué compañero? Y mastico el pan libre de gluten, que no sabe a pan, o las tortas que parecen de porespán. Afronto mi soledad en la mesa del comedor desierto, de la cocina vacía. Soledad impuesta como es la tuya, la de todo quisqui en estos días de pandemia.

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Por tanto la situación actual, mucho más grave y alarmante, como pandemia, colectiva y descontrolada, se asemeja bastante a mi día a día, si bien mis restrincciones son culinarias y gastronómicas, aunque también debo evitar besuqueos por si el otro acaba de zamparse un cruasán, y en la medida de lo posible restrinjo el contacto corporal con los demás, pues mis defensas siempre andan bajas y debo cuidarme de no pillar resfriados, gripes comunes y otras vainas. No debo eliminar del todo el contacto social, pero sí dosificarlo. Eso de vamos a tomar un café o quedamos para cenar yo no puedo hacerlo alegremente. Preparar un viaje me supone un estrés tremendo y muchas veces lo cancelo con la maleta hecha. Compartir espacios comunes con otros, sobre todo cocina y comedor, me resulta angustioso y ademas siempre pago las consecuencias. En fin, c’est la vie y no me quites el pan. Què farem?

Pero mira que yo venía a convencerte de que te quedes en casa y ya voy tarde, pues hace un par de horas que nuestro presidente anunció las medidas a seguir en estado de alarma, y ya solo toca obedecer. Ser ciudadanos ejemplares en tiempos de cólera. Todos nosotros tan idiotizados e infantilizados que tienen que darnos órdenes para concienciarnos de lo que es puro sentido común. Algo lentos ellos, que bien podrían haber pensado eso de que cuando veas las barbas de tu vecino cortar, pon las tuyas a remojar. Dicho ladino, dicho certero.

Aquí dejo el decreto del BOE por si se quiere consultar:

Real Decreto 463/2020, de 14 de marzo, por el que se declara el estado de alarma para la gestión de la situación de crisis sanitaria ocasionada por el COVID-19.

Ojalá estemos a tiempo. Ojalá todo esto nos sirva y reflexionemos, ¿quién sabe, igual hasta aprendemos?

En fin, os dejo mi recomendación sobre manos y pantallas por cortesía de Mari Paranoïas; un refrito de tuits y retuits que refleja algo de la tarea que algunos tuiteros hemos desempeñado estos días por concienciar de quedarse en casa con almohadilla; las recomendaciones de redacción al uso y mi regalo para tu encierro: Un mono en la despensa, mi novela por entregas desde aquí, gratis y sin compromiso. Solo para ti. Que te sea leve y cuídate (nos) mucho. Cuidate (nos) todo. ¡Salud!

Y ahora, el popurrí del tuiteo, donde topas sentido común, bastante inconsciencia, noticias falsas y otras veraces. De todo, como en botica.

 

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