Tarabita y afuera


La primera vez que vi a un negro dije mira un hombre con la luz apagada. Mi abuelo me dijo calla que te puede oír y me explicó que hay personas de piel oscura. Yo tenía dos años y recién había descubierto la existencia de la luz eléctrica. En casa no había. Mi hermana también estaba súper fascinada con ese milagro. En cuanto podía encendía y apagaba luces y decía: “Tarabita y afuera”, como en el pueblo al cerrar una portilla. Tampoco sabíamos nada del agua corriente y su otra pasión era abrir y cerrar grifos. Más que decir, entonces cantaba lo de tarabita y afuera. Si yo hubiera tenido que elegir habría dicho luz porque chorro de agua sí había en la fuente y salía continuo no como este del grifo que debías cerrar por no dejar correr. La bombilla, darle a la llave y borrarlo todo, hacer oscuridad, volver a la luz, eso sí me deslumbraba. Por eso pensé que aquel hombre oscuro llevaba una lámpara incorporada y que habría apagado su interruptor. Todo era luminoso, irreal y distante desde que habíamos llegado. Todo era asombro y cualquier cosa parecía posible.

Esa tarde del negro en el parque también fue el último día de abuelos. No volvimos a verlos en unos años. No hubo despedida dramática, se fueron a la francesa por ahorrar el mal trago. En seguida comprendimos que se habían ido como se va la luz cuando le das a la llave, como se corta el agua cuando cierras la rosca. Tarabita y afuera. Y ahí nos quedamos con unos padres nuevos.

La casa de la avenue Louise era la sede de Max Factor, prestigiosa marca de cosméticos, donde además de distribuir sus productos ofrecían tratamientos para una selecta clientela. El edificio era una verdadera maison de maître y mis padres trabajaban de conserjes. Antes de que llegara el personal (recepcionistas, oficinistas, peluqueros y esteticienes), encendían las calderas para ambientar las estancias. De mañana recibían pedidos de tés, cafés y sándwiches que colocaban en el montacargas hacia los salones y las oficinas. A las doce comidas, a las cuatro meriendas.

Durante esas jornadas laborales nosotras poco los veíamos a no ser cuando mi madre —a quien nunca dijimos mamá, sino mama— subía a echarnos un ojo o si nos daban carta blanca para bajar a la cocina. El resto del día lo pasábamos en la mansarda. Era por ese contrato que habían firmado donde constaban como pareja de domésticos sin hijos. La omisión nos convertía en clandestinas. Dos niñas silenciosas jugando a juegos mudos. Silencio. Sobre todo, silencio. Ni caminar y menos saltar no fuera que crujieran las tablas de madera del parqué. Mala pata, debajo del desván estaban las oficinas. De haber sido los salones, los zumbidos de los secadores de pelo y el burbujeo del spa habrían amortiguado nuestros pasos. Ay, pero los asuntos de los despachos se llevaban en silencio a no ser por el bendito tecleo de las benditas máquinas de escribir.

Por suerte al atardecer se iban los trabajadores, los clientes más rezagados, y por suerte el atardecer siempre acababa por llegar. Era momento de salir del escondite. Cenábamos sopa de verduras y salchichas. Tengo una tonta en casa, téngola porque sí, mandela a la huerta a fabes, trájome perejil. Botín, botero, tarabita y afuera. (Cuenta mi madre que vaciando una papelera se encontró unos zapatos de mujer. Como estaban en buen estado se los probó y como le venían grandes, eran de la talla 41, se los envió por paquete postal a su tía a quien sí le servirían. A los pocos días le pidieron «Madame, des saucisses, s’il vous plait» y ella, confundiendo la palabra “saucisse” con “chaussure”, pensó que le reclamaban los zapatos que ya iban camino de España. No supo cómo salir del apuro hasta que mi padre, que algo de francés sí había estudiado en el bachiller, le deshizo el entuerto.)

Después de la cena, les tocaba vaciar ceniceros, abrir ventanas y sacar la basura. Empezaba nuestra ronda; mientras supervisaban que todo estuviera en orden, nosotras jugábamos al pilla-pilla. «¡Nenas, despacio!». Cuando cansábamos de subir y bajar tarimas y escaleras nos repantigábamos en aquellos butacones de mimbre mullidos por unos fantásticos cojines estampados con flores tropicales. Pronto cansábamos de estar recostadas y vuelta a correr. Nenas que rayáis el parqué. También era rico patinar sobre el mármol encerado de los pasillos. Descorrer cortinas, enredarse detrás. «Hala, te veo, te asoman los pies». Y vis, veo, ¿qué ves? Subir y bajar escaleras. Descolgar un teléfono. Colgar el teléfono. «¡Venga! me toca a mí». Tirar de la cadena del váter y escuchar el desagüe. La cisterna también era una tarabita y afuera. Descubrirse en los espejos de alto en bajo, hacer muecas, sacar la lengua. Llamar al montacargas. Otra tarabita. Correr, correr hasta que dicen que ya basta, pero vamos a los interruptores. Encender, apagar. Luz, oscuridad. Todo, nada. «Vais a fundir las bombillas, nenas». Entonces a los grifos, azul agua fría, rojo caliente. A ver si dejáis el agua corriendo, nenas, cerrad el grifo ya… «Venga, se acabó, ¡a dormir!» Quedaba por jugar al corro la patata comeremos ensalada como comen los señores patatitas y limones achupé achupé sentadita me quedé, pero no.

¿Dormir? ¿Cómo, si vivíamos noctámbulas con ese toque de queda a la inversa? Pasábamos las tardes amodorradas por el excesivo calor de una calefacción a la que no estábamos acostumbradas. No, no, frío allí encerradas no pasábamos; los radiadores de hierro quemaban al tacto. Claro que fuera hacía un frío de espanto (cuenta la leyenda familiar que ese año las temperaturas bajaron a menos veintidós y se congelaron los estanques y a ratos las tuberías del agua). Pero nosotras, a pesar de que no teníamos anorak ni botas, no corríamos peligro de sufrir aquellos rigores invernales porque no asomábamos la nariz afuera. Si alguna vez nos sacaron a tomar el aire, nos vistieron con varias prendas superpuestas, en realidad todas nuestras prendas, y varios pares de calcetines debajo de nuestras zapatillas de fieltro. Nuestro aspecto debía de ser bastante cutre, pero qué sabíamos de elegancia, nosotras.

Los sábados tocaba bañarnos porque la casa cerraba y teníamos vía libre. Así que, nos remojábamos en la bañera de patas de león, esa donde de semana las clientas recibían tratamientos faciales y corporales, baños de espuma y masajes, los rostros embadurnados de caolín, el pelo recogido en turbantes aterciopelados, con rodajas de pepino sobre los párpados. También era la bañera de Audrey Hepburn (se rumoreaba que la actriz era clienta del salón).

Un domingo nos visitó un amigo de mi padre y nos hizo fotos con su cámara. Habían trabajado juntos en las minas de Charleroi donde habían aprendido a blasfemar en italiano y en turco. En el salón jugaron a las cartas y tomaron coñac. (Se conserva foto en blanco y negro de ellos vestidos con pantalones pitillo y jerséis de pico, muy años sesenta, sentados ante una de las mesas de aquel fastuoso escenario con amplios ventanales de cristaleras emplomadas, alfombras persas y árbol de Navidad decorado con bolas y guirnaldas. Esa foto la debió de tomar el amigo de mi padre con su disparador automático; era muy aficionado a ese tipo de artilugios.) «A ver, nenas, así juntas y sonriendo para que os vean en España». Y así nos retrató, disparando el flash, dos mocosas posando en aquella tramoya de guardarropía. (También se conserva una de mi madre, presumiendo de cocina. Ninguna foto de exteriores.)

Yo lloriqueaba a veces y mi hermana intentaba calmarme. No había modo. «No llores, que nos riñen. Deja de llorar, ya verás cómo vuelven». Pero se equivocaba. Los abuelos, tarabita y afuera. «Anda, vamos con ellos». «No podemos salir, ya lo sabes». «Pues abre la ventana». «No llego, está demasiado alta». Y nos subimos a un taburete y el taburete cayó y mi padre subió y me zarandeó. Conseguí dominar mis pataletas y me mantuve obcecada en escaparme. Volver al pueblo. Claro que, aunque consiguiéramos salir ¿cómo se volvía? ¿Dónde quedaba el pueblo? ¿Cómo deshacer un camino así de largo? (Del viaje desde Asturias a Bruselas en un Seat ranchera 1500 alquilado entre nueve personas de varias familias que nunca habían salido del país ni entendían una sola palabra de francés y con la vaga noción de tirar al norte como única hoja de ruta, mejor no hablo.) Durante aquel horrible y rocambolesco viaje la abuela nos repetía: «ya falta menos, nenas, pronto veréis a mama». «¿Quién es esa mama?», preguntaba yo rabiosa. «Vuestra madre», nos decía ella. «¿Qué es una madre?» pregunté más rabiosa (tenía sed, tenía hambre, tenía pis, tenía miedo). Mi hermana me dijo que una madre era la mujer de la lata de Cola Cao. Ella me llevaba un año y eso cuando solo tienes dos es media vida, así que ella sabría…

Esa mansión de Bruselas, donde nuestros padres tenían asignada la buhardilla por vivienda además de un sueldo y que nosotras habitábamos de okupas, olía a café, a tabaco rubio, a laca. A perfumes caros que me parecían rancios y también a sopa de apio, al penetrante combustible de la calefacción. Echaba en falta otros olores más ásperos, leña quemándose, vacas en la cuadra, leche derramándose. Pero más que olores me faltaba el fuego de la cocina de carbón. El aire que despeina. Perseguir gatos, andar en saya, comer pan con manteca cocida, ir a grillos, hablar a voces. Soñar con la mosquitera de la ventana de la cocina de casa, cazar moscas, zas, aplastarlas. Provocar a la gata.

Nos portábamos bien para ser tan pequeñas, pero hubo algún episodio de rebeldía. Una vez pillamos un queso Kraft en su envoltorio que se abría como un acordeón y lo agujereamos con un tenedor; esos cuatro agujeritos se replicaron desde la primera loncha al resto. Habíamos descubierto el prodigio del zigzag. De la trastada nadie se dio cuenta hasta el día siguiente cuando pidieron sándwiches de queso y vieron el queso echado a perder. Mi padre salió al colmado a comprar otro paquete y luego nos hizo comernos el agujereado porque con la comida no se juega. También estropeamos una baraja escarabajeándola con monigotes. Los cuatro palos quedaron tocados y también las sotas, los caballos y los reyes. Mi padre se enfureció y libramos escondiéndonos en una gigantesca caja de cartón.

Por entretenernos —no podíamos seguir solo con la vista fija en el cuadrado de luz que se proyectaba en el suelo desde la mansarda del techo esperando a que menguara conforme pasaba la tarde hasta desaparecer— a mi padre se le ocurrió la idea de las revistas. Nos subió un montón de magazines ya manoseados y también un par de tijeras, papel usado y un tubo de Pritt. Podéis jugar a mariquitas, nos dijo la madre. Descubrimos el Vogue, el collage. El misterio de los papiers collés. Recortábamos figuras, las pegábamos y creábamos personajes. Historietas. Todo sin decir ni mu. Yo todavía no manejaba las tijeras como mi hermana que no se salía de la raya del vestido de la modelo, por eso desgarraba el papel cuché.

«Tú dibujas, nosotras coloreamos», le decíamos al abuelo. Y él nos dibujaba animales de corral y también alimañas en el pizarrín. Gallinas, zorros, caballos, lobos y gatos de un solo trazo. Sin vacilar y con maestría. Mis preferidos eran los guacamayos porque admitían todos los colores en el plumaje. Otras veces él colocaba una peseta bajo el papel y le pasaba el lápiz por encima del papel hasta que salía el careto de Franco. Luego nos dejaba a nosotras “hacer dinero”.

Allí, en el lugar, andábamos en zapatillas por las caleyas embarradas, jugando con otros guajes, cazando lagartijas, comiendo flores de paniqueso. Persiguiendo gatos. Mear y cagar al monte y limpiase el culo con recortes de periódico, con helechos, con la hoja del avellano. Escupir sobre los hormigueros y coleccionar caracoles. Decodín, decodán, con la mano capellán, zapatero viajero ¿cuántos dedos tengo en medio? ¡Tres! Si hubieras dicho dos, en vez de tres, y era el cuento de nunca acertar.

Después de pocos meses (la cronología familiar difiere) salimos por la puerta giratoria de Max Factor, la más tarabita de todas las tarabitas ¡una puerta giratoria!, y se acabó el encierro.

Sin duda, desde entonces mi hermana y yo arrastramos alguna señal del síndrome de Estocolmo que a ratos combatimos evitando a toda costa el glamur y también el destierro (aunque no siempre, aunque no del todo). Y qué tontería, a qué recordar, si ya pasó. Sí, ya todo pasó. Todo ya va que tarabita y afuera.

2 comentarios sobre “Tarabita y afuera

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  1. Me “prestó” mucho este relato, a medida que lo iba leyendo, en mi cabeza se formaban las imágenes de lo que contabas, como escenas de una película, con personajes para mí muy familiares… Muy bueno.

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