Lagarto lagarto


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“Bah, total, aquí no” dicen muchos. Que si solo hubo 3 casos, dizque dijeron no sé dónde. Incluso hay quien afirma que en la Pola no lo hay. Bueno, es discutible y caso de que fuera cierto (que no lo es) sería un milagro digno de estudio. De Guiness, vaya. Es verdad que, hasta ahora, afortunadamente, no debió de haber casos graves y si hubo algún paciente hospitalizado salió bien parado. Eso no significa que no lo hubo, que no lo hay o que no lo habrá.
Me parece que el error está en la palabra “asintomático”, es decir, posible infectado por coronavirus (sospechoso de contagio o no) que no ha desarrollado ningún síntoma (de los conocidos) de la enfermedad covid 19.
Ese detalle, harto explicado pero no siempre bien comprendido, es clave para concienciar a toda la población de extremar todas las medidas de precaución. A saber: higiene de manos, desinfección (ropa, calzado, móvil, gafas, llaves, compra, etc.), uso de mascarilla y guantes, mantener distancia física recomendada (aprox. 2 m) entre personas y mascotas.
¿Necesitamos pregonero que lo grite más alto? ¿Falta información clara? ¿Sobran tertulianos?
Cualquiera de nosotros puede ser un peligro en potencia para cualquiera de vosotros. Y viceversa.
Recuérdese: ASINTOMÁTICO NO ES = A SANO
lagarto lagarto 2 ª entrega
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“Asturias lo está haciendo muy bien”, se dice y se repite hasta la saciedad. Las cifras (¡otra vez!) hablan solas, y a nosotros se nos llena la boca y ya vamos (¡como siempre!) de grandones. Vale, hubo pocos casos; vale, la sanidad de aquí funcionó; y también (¿o sobre todo?) nuestro consabido aislamiento, esas montañas que hicieron de parapeto, el no AVE, el ningún avión (ya sé que algún vuelo llegaría, pocos). Vale. Hemos de añadir al “milagro” que somos 4 gatos y que, por suerte o desgracia, contamos con poca población activa. Es lo que hay. Lo que nos han dejado, lo que nos hemos dejado dejar. Cierto que también somos población muy envejecida, tanto que por una vez hasta les ganamos a los nórdicos y, si te apuras, al resto de los europeos (y, por ende, al resto del mundo). Este factor, el envejecimiento demográfico, no jugaba a favor nuestro. Tampoco el hecho de que son muchas las casas de aldea, mar y montaña, propiedad de madrileños, vascos, y demás. Se sabe que algunos burlaron el confinamiento o escaparon antes, por ocupar su casita, segunda residencia. No les culpo. Probablemente yo habría hecho otro tanto. Aun así, aun así, hemos tenido suerte. Pero… no nos confiemos… Ojito con convertir nuestros barrios y pueblos en sucursales de Benidorm. Y me refiero al contrasentido de tremar la plaza con terrazas, como si beber y tomar algo fuera algo prioritario. Inaplazable. En fin, el mensaje que se les da a los críos, a los adolescentes es bastante cuestionable: escuela no, biblioteca tampoco, pero silla caliente en el bar sí. Francamente, ¿qué queréis que saquen en claro de semejante contradicción? Que los chigreros tienen que hacer caja se entiende, pero no veo por qué a cualquier precio. ¿O es que estábamos en el barrio de Salamanca y yo no me había enterado? Pues, crispaciones aparte, vivimos un momento delicado y decisivo. No me parece normal, ni justo, que se usen varias varas para medir el grado de insensatez y frivolidad de unos cuantos (que ponen en riesgo a transeúntes y vecinos del pueblo) solo porque tienen sed, cuando en otro barrio se ha amonestado y dispersado a un grupo que charlaba y jugaba debajo de casa. ¿Solo porque no estaban consumiendo nada? Ah, dadle de beber al sediento, y luego luego critiquen el botellón. Y después, ya si eso, entonen el “Asturias, patria querida”, himno de ese “paraíso natural”. Ahí donde lo están haciendo tan requetebien.
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A ratos se me olvida; mi vida de antes tampoco era una fiesta, así que ¿qué cambia? Bah, si no fuera por el bozal, los cuidados al volver y ese olor a lejía que ya no detecto, la verdad poca cosa. Sobre todo desde que nos apoltronamos en fase 2 (o donde quiera que estemos, que ya ni sé). Claro que si prendiera el televisor se me activaría la adrenalina. Pero no quiero. De pasada, ojeo titulares, me pierdo en las cifras y la estampa de Simón me rescata: seguimos ahí, ¿al borde de la nueva normalidad? (por no decir “abismo”). Que mañana es día de luto, ¿lo leí o lo soñé? Será.
Y muchos, sobremanera amigos y familiares, extrañaremos ese artículo-esquela (como en el periódico de Nueva York) que les ponga nombre a tantos difuntos. Nombre y si acaso una frase por homenajear sus memorias. Pues todo el que se va deja algo. A veces, solo un rastro; otras, una estela.
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Son buenas noticias que el virus se debilita, que son muchos menos los contagiados y que no hay más muertos. Debemos creer a los mensajeros que así nos las retransmiten y dan fe de ello. ¿Debemos creérnoslo a ciegas? ¿No estamos ya un tanto escarmentados de bulos y noticias falsas, tendenciosas y amañadas? No sé vosotros, pero a mí me suena un poco a milagro, y ya se sabe que milagros ni a Lurdes… Es que tanto tanto y de repente, zas, levántate y camina sobre las aguas y ves al chiringuito de la playa, me huele un poco a chamusquina. A chapuza ibérica. Como si dijéramos: al verano no se lo come el coronavirus, y aquí turismo y después rebrote, que ya nos las apañaremos, total, ellos ni se enteran, que lo que quieren es salir salir salir y veranear veranear veranear, y los que caigan pos que caigan, si además, qué carajo, la mitad sobramos. ¿Recuerdan la fábula de la hormiga y la cigarra? Pues eso.
Mientras, en esta operación bikini (que no te lo encogió la lavadora, que fue la nutella), sospecho que la consigna sanitaria haya sido del tipo: sanitarios, toménse un respiro, de sobra merecido; atiendan solo emergencias; y nada de pruebas. Ya si eso de cara al otoño, cuando se mezclen churras con estornudos, ya tal. ¿La culpa? La culpa de los guiris que son unos guarros y de los españoles que son unos paletos y se empeñan en vivir por encima de sus posibilidades, como si la vida fuera un anuncio de cerveza. La culpa del chachachá, ¿o quedará alguien que se atreva a arrojar la primera mascarilla? Ja. Démosles libertad, pero no tanta: una de cal, otra de arena. Mascarilla sí, pruebas no; terrazas sí, clases no. Confusión, confusión, que la realidad los confunda, eso funciona (como cuando emiten un documental desgarrador sobre hambrunas e interrumpen la programación con anuncios de jamón o bombones). El doble vínculo, un valor seguro para manipular culpabilizando. Dejarnos, o no, infantilizar es nuestra responsabilidad. Igual que usar mascarilla, o no. Que nadie se lave las manos por nosotros, pues al menos ese gesto tan elemental sí que lo habremos aprendido, ¿o tampoco?
(Cuentan que estaba un rey caleciendo junto a la chimenea y se le cayó encima una brasa que saltó. Él se la sacudió de inmediato, sin llamar a su criado a quien tenía por costumbre acudir por solicitar su ayuda ante el menor contratiempo. Pero esa braza al rojo vivo, ajá, se la sacudió él solito.)

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