Categoría: Cábalas de escritura

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Me gusta cuando Stanis se me aparece en sueños y también cuando sueño que practico parkour. Me gusta la ineludible rutina de sacar al perro a pasear, aun si llueve, truena, o ni me apetece salir de la cama. Me gusta comerme una naranja en ayunas, pelada del tirón con el cuchillo bien afilado, y luego desayunar con dos tazones de café solo, amargo y ligero. Me gusta fantasear con suicidarme después de un atracón de dónuts, churros y bocadillos de calamares, alimentos no aptos para celiacos. Me gusta vestirme con ropa negra y holgada, a pesar de que el atuendo me acentúa la delgadez y la tristeza. Me gusta ver con vista de cazador la bandada de palomas torcaces apostadas en el árbol de palo de santo. Me gusta llenar la despensa de comida y saber que comeré como un pájaro. Me gusta pensar que todavía estoy a tiempo. Me gusta prender el fuego de la estufa y quemar papeles de la papelera de reciclaje. Me gusta ver pelis sin importarme si ya llevan rato empezadas, arrebujada en esa manta de lana del tatarabuelo huérfano. Me gusta releer a Cortázar y descubrir nuevos filones de escritores que no conozco y que de pronto me apasionan tanto. Me gusta cuando salen nubes anaranjadas al atardecer, señal de que al día siguiente soplará viento del Sur. Me gusta el sentido del humor de algunos judíos. Me gusta el flamenco, sobre todo Camarón de la Isla. Me gusta contestar esas enigmáticas cartas de la seguridad social polaca porque no conozco idioma más difícil que ese. Me gusta cazar sombras. Me gusta pensar en cifras antes de dormirme, cosas como: 1 + 2 + 3 = 6; 4 + 5 + 6 = 15 (1 + 5 = 6); 7 + 8 + 9 = 24 (2 + 4 =6); y suma y sigue hasta el infinito (pero me duermo antes). Me gusta mirar dibujos de cuando mi hijo era pequeño y dibujaba sin miedo. Me gusta cavilar sobre la siguiente novela, mientras estoy varada. Me gusta escribir sin faltas y consultar diccionarios en el váter. Me gusta contemplar mi nuevo taller de pintura en el que todavía no conseguí trazar ni solo garabato, y pensar que, algún día ¿por qué no? volveré a pintar. Me gusta liar cigarrillos, algo que llevo haciendo toda la vida sin conseguir que me salgan como Dios manda (pero me saben a gloria, sobre todo trufados). Me gusta echarme el tarot gitano, aunque dicen que eso de echárselo a uno mismo trae mala suerte. Me gusta escribir listas de cosas pendientes para después tacharlas. Me gusta beber Vichy catalán y el tinto, aguado. Me gusta desordenar el arco iris. Me gusta tener visiones premonitorias, pero a veces da mucho miedo. Me gusta mi perro sabio. Me gusta que mi hijo ya estudia en la Universidad. Me gusta darle un beso a la foto de Stanis, cuando llego a casa, aunque ya nunca sentiré cómo mis labios se estampan sobre su pómulo eslavo.
(Me gusta este ejercicio tan sanador porque ahora me cuesta un mundo encontrar cosas que me gustan.)

Si te gustó esta lista, entra en mi blog:
https://lauraescribe.wordpress.com
Cuéntame la tuya, la leeré con mucho gusto.
Laura Antolín

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Volver y se acabó la tontería


Qué cosa más tonta, cómo se hace cuesta arriba volver a lo de siempre después de una pausa. Esta mía duró dos meses largos, y ni siquiera me apoltroné o me fui de veraneo. No, ni eso fue. Solo fue una pausa larga, muy larga: once semanas. Pero se acabó, toca volver a mi querida rutina, al tecleo.

Claro, se me hace raro: todo me cambió tanto… Todo menos mi determinación de seguir escribiendo. Suerte que, mientras, leí. Leí mucho, tanto que se me atragantaban los libros. Leí como si no hubiera un mañana o como si el mañana me deparara ceguera (Santa Lucía, eso no lo permitas, por favor). Entonces, leer sin tregua, acallaba mi mala conciencia, al menos eso. Porque si no se escribe, bien se puede leer, ¿no?

Así que, entre letras sí anduve (y también entre cajas y embalajes y papeleos, menesteres que conlleva una mudanza, otra más, de otra revuelta a casa). Pero me desconecté de la escritura por no saber por dónde empezar, qué decir, qué callar. Y más que nada me olvidé de lo virtual: primero, por el móvil que se me fue al traste por causa de un malentendido con la compañía; luego, y por si fuera poco, pasó que el portátil se me batió muerto el día antes de marcharme de donde me fui para volver a mi pueblo. El colmo. Me desdigitalicé de cuajo.

Ya sin ordenador, me fui olvidando del blog, de redes, hasta que el otro día puse en marcha este otro, nuevo flamante, eso sí renqueando (yo, él va como la seda), que ya no estoy para innovaciones, sobre todo ahora que recién perdí contacto con toda referencia de mi hogar dulce hogar, expulsada como estoy de mi entorno confortable por requeteprivado y harto reconocible, aunque ya voy asentándome, ya, que toca volver, dejarse de pavadas.

Lo del ordenador fuera de combate es una excusa de a perrona: bien se puede escribir a mano, ya sé… Pasa que se establecen prioridades, antes que nada armar la casa, el escenario, que en eso tengo alma de gato. Ay, pero habrá que sobreponerse al hábito de la telepatía, volver a las palabras y, ay, las palabras cuesta desenterrarlas. Vaya si cuesta.

Por eso, pobre excusa la de que no me entiendo con esta nueva herramienta, este portátil nuevo flamante que se me resiste (hasta que alguien por aquí, un buen amigo desconocido, me recordó otra gesta mía, la de meter un mono en la despensa, más compleja y delicada que domar una máquina, después de todo cosa suave y manejable. Gracias, amigo desconocido, un toque así vale más que mil palabras, cien estampas).

Cosa de desentumecer el habla, les diré que este verano, tan ausente, tan despedida, tan reencuentro también, me dio hasta para pensar (esa otra tarea imprescindible antes, durante y después del escribir). Pensé sobre cosas que no vienen al caso, detalles de una puesta a punto de cualquier mudanza, de qué manera organizar una nueva etapa, sobre el color de las paredes o dónde colocar la estantería de los libros. Irrelevancias.

Tan de lleno estaba en lo ordinario que, a destiempo, se me ocurrían ideas descabelladas, ideas para escribir, precisamente en esos momentos en los que debía ocuparme de tantas menudencias materiales. Y eran ideas llenas de intriga, algunas medio brillantes. Algo apunté por ahí, en algún cuaderno sobre la marcha, no todo. Todo no pude.

De entre ese batiburrillo, reflexiones descabelladas, destellos medio inspirados, hubo algo que se me quedó bien grabado. Algo que quiero compartir aquí, donde quede a buen resguardo (como así quedaron, bien colocados, calcetines en el cajón de la cómoda, zapatos en el zapatero, menaje en la alacena, felpudo a la entrada, etc.).

Pues estuve reflexionando sobre eso qué diferencia al escritor/a, eso que podría marcar su rasgo diferencial. Y esta fue mi conclusión:

El escritor es alguien capaz de contar lo extraordinario de lo ordinario y lo ordinario de lo extraordinario.

 

 

 

 

 

 

 

Lecturas para momentos


Yo creo que para escribir hay que leer antes, durante, y hasta después, todo todo lo que se pueda. Todo y hasta más, mucho más. Pero esta no es una creencia propia. Es de cajón.

Casi siempre pasa que ya se es buen lector cuando un buen (¿buen?) día se pone uno a escribir, aunque las cosas no tienen por qué pasar necesariamente así. Hay quien se pone a escribir sin haber leído demasiado, más allá de esas lecturas recomendadas por los profesores de literatura en el bachiller, y no pasa nada, solo quiere decir que le quedan muchos años por leer, por ser un escritor todavía joven. Tampoco los apasionados de la lectura lo hemos leído todo todo. Ni mucho menos. Leer es una afición que se torna casi infinita, máxime ahora que tantos y tantos libros se añaden a esas interminables listas de pendientes que se van formando, desde los clásicos hasta esa última novedad con la tinta todavía fresca… Huy, cuánto infinito…

De todos modos, no me gustaría plantear aquí la lectura como una obligación que produzca zozobra, inquietud o desazón. No, las cosas pasan por otro lado, no es: oh, cuánto me queda por leer, no sé si podré con todo, es que no tengo tiempo, etcétera. No. La lectura es ante todo un placer y, como tal, tenemos el derecho, la libertad, de catar ese manjar, o de abstenernos. Con esto, seamos flexibles. Hay épocas para todo; yo, que leo como una posesa, estuve años sin abrir un libro, un momento contra-cultural, un momento del que no me arrepiento. Ahora, vivo otro momento, un momento en el que los libros me llenan las tardes y me ayudan a conciliar el sueño. Un momento en el que no puedo pasarme sin lectura. Un momento del que tampoco me arrepentiré, lo sé.

También es que ando con la escritura y en el aprendizaje incluyo los libros como parte esencial (esos libros que me han fascinado desde niña, a pesar de mi etapa crítica).

Y es que, como aprendices de escritores, sí tenemos la obligación de leer todo cuanto caiga en nuestras manos, de estar al tanto de lo que se publica (en la medida de nuestras posibilidades, pues el panorama es tan vasto que tomarse esa tarea al pie de la letra da más vértigo que sosiego). Sí, la lectura es un compromiso consustancial al oficio. No queda otra; como dije antes, es de cajón.

Cada cual tiene su manual de instrucciones sobre qué leer en cada momento, aun no siendo del todo consciente de por qué una misma lectura nos cautiva en un momento y nos fastidia en otro.

En mi caso, si estoy escribiendo y estoy bien metida en mi texto, prefiero releer libros ya leídos, de esos pocos que sí admiten una segunda lectura o en otras palabras libros de mis favoritos. No es fácil dar con estos libros tan sumamente fabulosos que permitan esa segunda oportunidad pero los hay. Cada cual tendrá los suyos. Como el argumento no me es desconocido, puedo releer el libro sin dejarme arrastrar por la trama y puedo abandonar su lectura a las pocas páginas porque la historia, ya conocida, no me absorbe, dejándome así tiempo para concentrarme en lo mío.

En esos momentos en los que no estoy escribiendo nada, más allá de mi blog o de algún relato, entonces me permito leer cualquier libro, sin manías. Es cuando descubro otros escritores, otras voces, otras historias y me dejo llevar sin importarme que no pueda dejarlo hasta tener la vista agotada; me lo puedo permitir. Tampoco ahí selecciono géneros: narrativa, teatro, ensayo, poesía, todos me valen. Antes anotaba las reseñas de mis lecturas en fichas (soy muy antigua) pero ahora Goodreads me lleva la cuenta.

¿Y para corregir? Pues en ese trance, poesía. Solo poesía. Poemas que me ayudan a centrarme en las palabras, en el peso de las palabras. Y en su ritmo. Poesía y mucho flamenco del bueno, también. Y otras músicas, a veces. Pero ese es otro cantar…

Aparte, están los estados de ánimo… Si muy de bajón descarto historias oscuras o tenebrosas (algo que, no obstante, suelo vigilar siempre antes de irme a dormir porque soy de carácter algo impresionable y prefiero apartar tormentos y sordideces por evitar las pesadillas). Si me siento medio vacía, desecho historias facilonas y busco anclajes más profundos, me río con Cioran o me atrevo con algún ensayo. También por ahí una obra de teatro me puede ubicar, nunca se sabe.

Para afrontar el rechazo, los rechazos, todos los rechazos, nunca nunca leo las obras de otros, que más talentosos o afortunados que yo, hayan llegado a la meta y estén arañando el cielo con las manos. Evitar las comparaciones que, en esos instantes de frustración, solo inducen al rencor, una emoción poco creativa. No, para esos instantes de fracaso acudo a los grandes grandes de verdad, a los inmensos inmortales, y entonces comprendo que no pasa nada, que solo es que me falta muchísimo por aprender, tanto que hasta suerte tengo de que todavía me quede ese camino tan largo que recorrer.

Y, mientras, también unos tuits por aquí, algunos artículos vuestros por allá; leer leer, siempre palabras. Leer… hasta las etiquetas del champú y los ingredientes de la caja de las galletas. Todo me vale, y lo bueno y lo regular y lo menos bueno. Todo… hasta que mis ojos aguanten.

P.S. de última hora: cuando hay que documentarse antes de escribir algo, entonces toca leer todo todo sobre el tema, o un poco de todo (tampoco exageremos).

 

 

15 minutos platicando con Alejandro Carrillo


Alejandro Carrillo, joven escritor mexicano, escribió, peleó y triunfó, y su novela de iniciación, Adiós a Dylan, ganadora del Premio Mauricio, se editó como dios manda. Su novela sale adelante. Por eso lleva una temporada de bolos. Una temporada de locos, de entrevista en entrevista, tantas que ya debieron hasta de preguntarle sobre el número que calza…

Yo lo conocí por esa página suya, Tinta Chida, donde nos convida, con su talante indudablemente generoso, a catar “ideas y experimentos para ganarse la vida haciendo lo más chingón del mundo: escribir”; un blog aupado por un equipo de colaboradores a cual más talentoso, que nos ampara en esa comunidad de escritores anónimos y dispersos que firmamos su Manifiesto por escribir a pesar de todo y que seguimos sus consejos, siempre alentadores, por escribir un poco mejor. Recién han lanzado convocatorias de talleres, por aquietar nuestras demandas (ya estoy valorando en cuál apuntarme, aunque seguramente gane el de “Escribe y pelea”).

Antes de empezar nuestra plática, quiero agradecerle a Alejandro que me conceda estos instantes. Espero que mis preguntas no le suenen a la misma letanía, supongo algo rayada, aunque será difícil no atascarme en lugares comunes, pero lo intentaré.

¡Ale, carrillo, tira pá lante!

  1. Alejandro, ¿de dónde sacas tanta disciplina?
  2. “Lo mejor es diario” es tu lema. ¿Lo sigues al pie de la letra?
  3. El éxito ¿es tal como te lo figurabas?
  4. ¿Qué entiendes por “carnales”, lectores de carne y hueso, no virtuales?
  5. Ese trato campechano con tus lectores ¿es que estuviste del otro lado y sabes cómo siente un admirador? Y ellos, ¿también te regalan cariño?
  6. ¿Te sientes responsable ante un público a veces muy joven? ¿A qué edad estimas que tu hijo pueda leerte?
  7. Los ídolos, ¿son importantes, aun para… decirles adiós?
  8. Ahora ¿estás escribiendo o tomando notas para un después? ¿Te asusta pasar a otro nivel, más “adulto”?
  9. Tu mayor logro como escritor parece el manejo de la voz. ¿Será ese el rasgo diferencial entre un escritor prometedor y otro del montón?
  10. Tu fabuloso sentido del humor ¿es vital en tu supervivencia?

Clica en la entrevista para escucharlo platicar, son 15 minutos de un buen narrador.

Una maleta de palabras en 4 pasos


Esta semana, una pausa en mitad de la novela por entregas (pero continuará…)

La razón es que estuve siguiendo un curso que convocó la UNED, Escritura creativa, Fundamentos de la narración, dirigido por Silvia Bardelás, autora de El lector perdido, entre otras publicaciones.

Silvia Bardelás es doctora por su tesisTeoría de la novela. Ha publicado dos novelas: As médulas y Unha troita de pé en Barbantesa Edicións, la primera traducida al castellano como Las médulas en Pulp Books. Ha sido profesora de Creación Literaria en La Escuela de Letras on line, el Liceo Europeo, la Escuela de Artes Tai. Ha trabajado como traductora y asesora en distintas editoriales como Siruela, Turner o Everest. Dirige un blog de libros: El lector perdido.

Además, es directora de publicaciones de una nueva editorial: De Conatus y dirige un proyecto educativo, Estudios narrativos.

Me enteré del taller por un tuit y no me arrepiento haberle dedicado la semana. El curso acaba el 28/06, pero me pareció entender que es posible apuntarse aun después de la fecha de clausura. Yo ya lo acabé, aunque me queda pendiente la lectura de Matadero 5 de Kurt Vonnegut, que reservo para el finde. Estos cursos son gratis y muy recomendables. Estaré atenta por si se convocan más. Aquí pego la información:

Escritura Creativa: Fundamentos de la narración es un curso orientado a entender la estructura narrativa desde su origen y su peculiaridad. El primer problema que se le plantea a alguien que empieza a escribir es el de saber reconocer los elementos que componen una narración. El tono, la voz narrativa, el punto de vista, la creación de un personaje o de una atmósfera, el trabajo con el recuerdo o la intensidad del diálogo son recursos que, antes de ser trabajados, necesitan ser identificados en su función.

El temario:

  1. Pasión por contar: el material narrativo. La narración tiene en origen el no entendimiento o la vivencia de un cambio de punto de vista. El material de la narración hay que buscarlo desde su capacidad de generar transformaciones.

  2. Encontrar una voz: el punto de vista. El narrador es el único que puede contar lo que cuenta. La voz narrativa es diferencial y hay que encontrarla.

  3. Comunicar narrativamente: creación de una experiencia. Ese narrador tiene que comunicar aquello que ve. Para ello necesita crear una experiencia a través de efectos expresivos. Mostrar y no decir.

  4. El giro narrativo. El carácter performativo de la narración. La narración, desde un plot potente, modifica las disposiciones del lector y de la comunidad.

Y los objetivos:

1. Entender la narración desde la necesidad de contar.

2. Descubrir el sentido de los recursos narrativos en el proceso de la escritura.

3. Identificar la experiencia como forma específica de la comunicación narrativa.

4. Comprender el carácter performativo de la narración.

Y este es mi relato y cómo se fue transformando. Si tienes paciencia y lees las cuatro versiones, dime por favor cuál te parece más acertada (si hay alguna) o si crees todavía admite otras combinaciones. Gracias.

1 La maleta de palabras

Cuando era joven, París me atrajo como un imán. Iba a la facultad, pero me aburría y pasaba el tiempo leyendo novelas: había descubierto a Cortázar. En segundo decidí irme a la ciudad de las luces. A mis padres debió de parecerles una idea peregrina pero tampoco se opusieron. Yo pretexté que me vendría bien refrescar el francés y ese argumento me ayudó a convencerles del beneficio de aquella estancia (entonces, no se había inventado el Erasmus).

Después del verano, preparé la maleta y cogí un tren y después otro (entonces, nada de aves).

Cuando llegué a París, donde no conocía a nadie, me hospedé cerca de la estación. El rótulo del establecimiento decía “hotel” en mayúsculas, pero ya desde la entrada todo indicaba que aquello no era sino un hotelucho de ínfima categoría. Podría haber buscado algo más decente: aunque no llevaba dinero como para derrochar sí había ahorrado lo suficiente para mantenerme hasta encontrar empleo, pero me conformé con aquel alojamiento de cuarta por no despilfarrares; desde mi llegada, todo me parecía escandalosamente caro (nuestras pesetas quedaban en nada, al cambio). Además, estaba demasiado cansada para seguir buscando, con las maletas a cuestas.

La noche la pasé en vela a pesar del cansancio, por culpa de un indeseable, también huésped del “hotel”, que me abordó a la entrada, cuando yo volvía de cenar un sándwich, y me hizo proposiciones deshonestas. Me asustó, ese baboso. Le di largas y me encerré en mi cuarto, pero llamó a la puerta y hasta la aporreó y estuvo un buen rato susurrando obscenidades mientras yo colocaba la mesita de noche, la silla y la maleta delante de la puerta por bloquearla. Era una puerta tan endeble que cualquiera la hubiera podido abrir de una patada y la cerradura por dentro se atascaba. Al final, el tipo desistió y me dormí, agotada y de los nervios por el mal trago.

Así pasé mi primera noche en París, ¡la ciudad de mis sueños!

Lo normal era haber informado del desagradable incidente a la mañana siguiente, pero no hice nada; el portero tampoco me ofrecía confianza. En aquellos años, una chica joven, viajando sola a la aventura, tenía que apechugar con las consecuencias, entre ellas el acoso. Así que, callé.

Sabía de una dirección donde ofrecían empleos de au pair. Allí me contactaron con una familia y quedamos en vernos esa misma tarde a las cinco en el número 174 de la rue de Rivoli. Muy ufana, regresé al hotel.

Antes, telefoneé desde una cabina (los móviles no existían ni en nuestra imaginación) y vi cómo desaparecieron un montón de francos (el euro no había llegado). Por supuesto, en casa les ahorré el lamentable episodio de la noche en blanco.

Cuando pedí la cuenta, el recepcionista me puso pegas y me hizo pagar también la noche venidera, pretextando que mi obligación era haber avisado antes del mediodía. Pagué a regañadientes y subí a por mis cosas. Bien podría haberlas dejado en el cuarto que acababa de pagar en balde, pero la posibilidad de toparme con el individuo de anoche por aquel pasillo lúgubre y de paredes sobadas me disuadió. Cuanto antes me largara de aquel lugar infecto, mejor.

 Al rato bajé aquellas escaleras estrechas, cubiertas por una moqueta raída, burdeos, arrastrando mi pesada maleta y el bolso de viaje, más manejable. Llegar a la cita cargada con todo ese equipaje me parecía inapropiado. Además, tendría que ir en metro, desde Gare de Lyon hasta Palais Royal, y aquella maleta pesaba lo suyo…

Opté por preguntarle al tipo de la recepción, ese portero huraño y sudoroso, cetrino y desaseado, si había inconveniente en que dejara mi maleta el tiempo justo de unas gestiones. Aceptó a la primera: “pas de problèmes, pas de problèmes, mademoiselle, vous n’avez qu’à la laisser là” me dijo señalándome un cuartucho detrás del mostrador. Se lo agradecí y me fui con mi bolso de viaje en bandolera, a pesar de su insistencia en que también lo dejara junto a la maleta. Le dije que no era necesario.

Si la cita salía bien, vendría en taxi a por la maleta. Si no, buscar antes otro hotel menos mugroso (—pero de eso Cortázar me había advertido—), dejar ahí mi bolso, tomar el metro y rescatar la maleta. Por mucho que pesara, libre del bolso, me las arreglaría.

Hacía calor en París aquel septiembre de 1981, más del que había imaginado. La luz, dorada, chorreaba por las aceras de aquellos bulevares sin fin.

Cuando volví a buscar la maleta en taxi —me habían aceptado—, atardecía casi.

La recepción estaba desierta y tuve que alzar la voz para preguntar si alguien me atendía. Una mujer, pálida, fofa y oxigenada, salió del cuartucho y me preguntó de malas maneras que qué quería. Yo le dije que venía a buscar mi maleta. ¿Qué maleta?, dijo. Le expliqué que había estado alojada la noche antes y que había dejado mi maleta. Pues es raro, dijo, porque a mí nadie me ha dicho nada de su maleta. Está ahí, le dije señalando el cuartucho, pero ella me dijo que yo estaba equivocada pues ahí no había ninguna maleta. Eso no es posible, le dije, yo misma la dejé ahí. De pronto, me sentí muy abatida y resonaron las advertencias de los míos: “¿París? ¿Qué piensas hacer tú ahí?, si te puede pasar cualquier cosa, ¡déjate de tonterías, ya tendrás tiempo!” Insistí, la maleta tenía que estar ahí o tal vez alguien la habría guardado en otra parte… Era una maleta grande, no se podía no ver, era verde y con una etiqueta con mi nombre y mis señas. Mire, me dijo aquella tipa, yo tengo más que hacer, así que no me haga perder tiempo. Esa maleta que dice que dejó, ahí no está. Además, es imposible que le hayan permitido dejar su equipaje, así como así: va contra las normas de la casa. Así que, ya se está largando. Yo no daba crédito y volvía a la carga con que tenía que tratarse de un error puesto que yo misma la había dejado ahí, el dueño me lo había permitido. ¿El dueño, qué dueño, si la dueña soy yo?, dijo ella. Usted que lo habrá soñado. Lárguese. Vaya a los objetos perdidos, a ver si la encuentra allí, me soltó la muy arpía. Ah, y ya que estamos, por un casual, ¿no será precisamente usted la que se largó sin pagar, que me dijo el portero de noche que una chica se fue sin pagarle? Porque, ya puestos, también podemos llamar a la policía… No, no, yo pagué, se lo aseguro, dije mientras rebuscaba en la factura en mi bolso de mano.

La idea de que ella pudiera llamar a la policía me alarmó. A lo tonto (entonces, todavía necesitábamos pasaporte para salir de España, aunque fuera, como en este caso, al país vecino, y permiso de residencia si preveíamos alargar nuestra estancia más allá del límite permitido para un turista: tres meses. No, todavía no éramos europeos). Me sentí ilegal. Está bien, está bien, la creo, me dijo, de pronto conciliadora, medio perdonavidas.

Y yo me largué como una primavera. Con las manos vacías.

Aquel otoño me las apañé con las cuatro cosas del bolso, que se habían salvado. Por suerte, la señora que me contrató, Madame Dalmasso, me regaló algunas prendas suyas que ya no usaba. Éramos de la misma talla, Sylvie y yo —aunque ella lucía un estilo bastante más chic que el mío—.

Cuando llegaron las primeras lluvias eché en falta ese paraguas plegable por estrenar y un día que me sorprendió un chaparrón me vi pillando uno en el paragüero de un café y, de paso, un buen resfriado porque no pude secarme el pelo de vuelta a casa: también me faltaba mi secador de pelo, el de viaje.

Me da hasta vergüenza, pero una mañana reconozco que fui a la oficina de los objetos perdidos (entonces existía; ahora, supongo que ya no). Allí rellené una ficha con el inventario de todos mis objetos desaparecidos —el contenido—, sin olvidar la maleta —el continente—. (Entonces, viajábamos sin seguro.) Redacté esa penosa lista con mi caligrafía inglesa y apretada, sobre un mostrador de madera desgastada por otros ingenuos o despistados, como yo.

Sabía que no encontraría mis cosas en aquel almacén de las cosas huérfanas; ya al salir de aquel hotel infame de sobra había entendido que de lo perdido al río.

Ni mi paraguas plegable ni mi secador de viaje, que ya suplía usando el de Sylvie cuando me duchaba en el baño familiar —en mi cuarto de la buhardilla, el de la criada, no había baño, aunque sí lavabo y retrete en el rellano—.

No, no eran mis cosas las que más echaba en falta. Lo que me faltaban eran mis diarios, y me carcomía pensando si alguien los habría leído.

2 Cuando me robaron la maleta y perdí todos mis diarios

De joven, París me atrajo como un imán: había descubierto a Cortázar. Decidí irme como si la ciudad me estuviera esperando. A mí.

Preparé una maleta, desoyendo advertencias, y cogí un tren que empalmé con otro. No recuerdo nada del viaje solo que viajé en un compartimento con negros que desaparecían en los túneles, a no ser cuando sonreían.

Me hospedé cerca de la estación, a quién se le ocurre, pero es que tampoco conocía a nadie. El cartel ponía “hotel”, pero se notaba que era un tugurio. Podría haber buscado algo más decente, pero el delirio de ruina me persigue y ya en la cantina el café me pareció escandalosamente caro, además hacía bastante calor y no me veía con fuerzas de seguir buscando nada mejor con los bultos a cuestas.

Pasé una noche perra por culpa de otro huésped, un imbécil que me abordó a la entrada cuando yo volvía de cenar un sándwich, que llaman croque-monsieur. Tonta, ¿no te dijeron mil veces que no se habla con desconocidos? Este era un asqueroso y me entró la paranoia cuando lo oí susurrar guarradas detrás de la puerta. Tuve que calzarla con la silla y así con todo me costó dormir.

Esa fue mi primera noche parisina.

Lo normal era haberle rociarle la jeta con desodorante o ponerme a chillar como una loca. Pero me tapé con la sábana y me acordé del cuento de los siete cabritos. Tendría que haberlo denunciado al día siguiente, pero el portero también me daba repelús, así que no hice nada. No es disculpa, pero en aquella época viajar sola era exponerse al acoso. Hablo de 1981.

Busqué trabajo de au pair, en un sitio donde te conectaban con familias. Me dieron una dirección y me dijeron que esa tarde me pasara por allí; me esperaban a las cinco.

Llamé a casa y les dije que todo bien. Les ahorré el bochorno de la noche en blanco.

Cuando pedí la cuenta, el portero puso pegas y me cobró dos, por una que casi ni dormí: hay que avisar antes del mediodía. Pagué y subí a por mis cosas.

Podría haberlas dejado en el cuarto que acababa de abonar en balde, pero me dio miedo toparme con el de anoche, al ir a recogerlas. Cuanto antes me largara, mejor.

 Bajé aquellas escaleras de moqueta podrida, arrastrando esa maleta que pesaba más que yo. Y, encima, el bolso.

Pregunté si podía dejar la maleta un rato. El tipo dijo que la metiera en un cuartucho detrás del mostrador. El bolso también, si quería. Le dije que el bolso no, y me lo puse de bandolera.

Volvía buscar la maleta en taxi —me habían aceptado en el curro, así que me permití ese despilfarro—. Caía la tarde.

No había nadie en recepción, y carraspeé. Salió una tipa, fofa y oxigenada, y me preguntó qué quería. Le dije que venía a buscar mi maleta. ¿Qué maleta?, dijo. Le expliqué que la mía, la que había dejado ahí y señalé el cuartucho. Ella dijo que ahí no había ninguna maleta. Que no se hacían cargo del equipaje de nadie. Que dejar maletas ahí, que era zona privada, iba contra las normas de la casa.

Me subió una nube roja. Tenía que ser un error; yo misma la había dejado ahí; el dueño me lo permitió. ¿Qué dueño, si la dueña soy yo?, dijo ella. No lo habrá soñado, ¿eh?, que dejó ahí una maleta. Ande, que tengo más que hacer, vaya a los objetos perdidos a ver si la encuentra.

Y así tal cual me largué. Con las manos colgando y sin maleta.

Esa temporada me apañé con las cuatro cosas del bolso y cuando empezó a llover sí que eché de menos el paraguas plegable sin estrenar y pillé uno al salir de un café. Compré cuatro trapos en Tati con los cuartos que me pagaban por cuidar a los niños.

Me da vergüenza, pero reconozco que fui a la oficina de los objetos perdidos y rellené una ficha con la lista de mis objetos perdidos.

Sabía de sobra que no estaban en aquel almacén de cosas huérfanas; fue puro trámite.

No eran tanto las cosas las que echaba en falta, eran mis diarios, esas libretas que llevaba escribiendo desde los quince. Me moría de vergüenza solo con pensar que alguien las habría hojeado.

3 Cuando me robaron la maleta y me quedé con lo puesto

París me llamó: había descubierto a Cortázar. A ratos me quedaba mirando la foto de un canal que pegué en la pared y me atrapó.

 No escuché a nadie y preparé la maleta. Un bus, un tren y después otro. Del viaje solo recuerdo las sonrisas de unos negros del compartimento, que relucían en la oscuridad de los túneles a la vez que ellos desaparecían. Pequetréf, pequetréf, pequetréf, quetreife, quetreife, quetreife, y así llegamos.

Me hospedé cerca de la estación, a quién se le ocurre si en los alrededores suelen merodear al acecho, pero yo qué sabía. Ni conocía a nadie. El cartel decía “hotel” como podía haber puesto “burdel”. Era un tugurio. Por causa del delirio de ruina (el café de la cantina ya me pareció escandalosamente caro) no busqué nada mejor. París eran hongos, París eran cucarachas, París eran cuartos miserables. Lo tomas o lo dejas.

No saqué más que el neceser para lavarme como un gato en el lavabo del cuarto. También había bidé, pero a ese ni lo rocé. Hacía calor, casi canícula, algo que no me habría imaginado nunca cuando soñaba con París, pero era finales de verano y la luz dorada chorreaba las aceras.

Pasé una noche perra por culpa del huésped de al lado, un asqueroso que me abordó cuando yo volvía de comerme un sándwich y se quiso propasar. Le di con la puerta en los morros, pero él insistió y arañó la puerta y se puso a decirme guarradas. Yo atiné a calzar la puerta con una silla.

¿Por qué no salí y le rocié con el desodorante, no pedí socorro a voces? No. Me tapé con la sábana y pensé en los siete cabritos. El neón iluminaba la habitación con una luz rojiza. Hotel, hotel, hotel, y yo mordisqueaba una chocolatina medio derretida. Bebí agua del grifo sin acercarme al caño. En el pasillo sonaron tacones, voces cazalleras y puertas cerrándose. La tela de araña intermitente atrapaba moscas entre ese rótulo que parpadeaba: hotel, hotel, hotel.

Al día siguiente no dije nada. El portero era de los que desvisten con la mirada y ni se lían con el corchete del sujetador.

Hui como una gacela sarnosa. Y me fui a buscar trabajo a esa dirección que llevaba garabateada en un papel sudado. Allí, me dieron otra dirección donde me esperaban a la tarde y me dijeron tiene suerte, son gente bien.

Llamé a casa y les dije que todo bien y me ahorré el bochorno de la noche en blanco.

Cuando pedí la cuenta, el portero me cobró dos, por esa que ni dormí: haber avisado antes del mediodía. Pagué sin rechistar y subí a por mis cosas.

¿Por qué no las dejé en ese cuarto que acababa de pagar de balde? Por miedo a toparme con el tipo de anoche al recogerlas. Mejor largarme, por si acaso.

Bajé las escaleras de moqueta estampada con floripondios y podrida, arrastrando esa puñetera maleta que pesaba más que yo. Y el bolso golpeándome los muslos.

Pregunté si podía dejar la maleta. Él dijo en el cuartucho detrás del mostrador. El bolso también, si quería. Le dije que el bolso no, y me lo puse de bandolera.

Volvía a buscar mi maleta en un taxi —me habían aceptado de au pair y me permití el lujo—. Caía la tarde.

No había nadie en recepción. Carraspeé. Apareció una mujerona fofa y oxigenada. Le dije que venía a buscar mi maleta. Ella dijo que ahí no había ninguna maleta. Nunca se hacían cargo del equipaje de nadie. Iba en contra de las normas de la casa.

Pero, el dueño me dejó, le dije. ¿Qué dueño, si la dueña soy yo?, dijo ella. No lo habrá soñado, ¿eh?, porque yo aquí no veo ninguna maleta. Ande, vaya a los objetos perdidos a ver si la encuentra, que tengo más que hacer.

Así me despachó y yo me fui con la nube roja y sin maleta.

Me da vergüenza, pero admito que un día fui a la oficina de los objetos perdidos y rellené la ficha con mi lista. Por el trámite.

Más que nada, me jodía por esos diarios míos que escribía con tanta obstinación desde los quince. Solo pensar que alguien podría haberlos ojeado me espantaba. Solo la imagen de mis libretas en la basura me tranquilizaba. Otras veces, imaginaba mi maleta llena de palabras que chillaban por escaparse.

4 La maleta y lo puesto

París me llamó por Cortázar y por una foto que pegué en la pared y me atrapó.

Preparé la maleta y me fui. Un bus, un tren y después otro. Del viaje recuerdo cómo desaparecían los negros del compartimento en la oscuridad del túnel. Nada más.

Pequetréf, pequetréf, pequetréf, quetreife, quetreife, quetreife, y llegamos.

Me hospedo cerca de la estación, a quién se le ocurre. A mí que soy de pueblo y no conozco a nadie. El cartel dice hotel por burdel. Un tugurio. Puedo buscar algo mejor, pero me quedo. Todo me parece escandalosamente caro, aunque de momento solo tomé café en la cantina. París hongos, cucarachas y cuartos miserables. Lo tomas o lo dejas, ¿qué quieres?

Saco el neceser y lo sujeto entre las rodillas por no posarlo. Me lavo a lo gato en el lavabo. Intento ignorar el bidé. Me daría una ducha, pero ese baño en el rellano me espanta. Hace calor, canícula. Nunca me lo habría imaginado así, París con calor.

Paso una noche perra por el de al lado que me aborda, cuando yo vuelvo de comerme un sándwich, y busca compañía. Como no entiende un no le doy con la puerta en las narices. Él insiste, como si yo me hiciera de rogar. Calzo la puerta con una silla.

Si supiera kárate, saldría a darle una paliza. Tengo miedo, pero no lo admito. Pienso en la pata del lobo de los siete cabritos. El neón se enciende y se apaga y me va a dar un ataque epiléptico si sigo mirando cómo ilumina de rojo negro rojo negro la pared. Qué triste es el empapelado. Hotel, hotel, hotel. Como una chocolatina medio derretida, pero me da sed y tengo que beber del grifo, aunque me dé asco.

¿Qué habrán cenado hoy los de casa? Seguro que mi madre preparó algo rico. El sándwich que devoré y la chocolatina no me quitaron el hambre. Me comería un puñado de cerezas. Oigo cómo se masturba el tipo de al lado.

Al día siguiente me cobran dos noches porque aviso pasadas las doce. Lo barato sale caro, tiene razón mi madre. Tengo una entrevista de trabajo y no quiero llegar cargada, así que dejo la maleta en recepción. Ojalá me den el trabajo que va con alojamiento y comida. Llamo a casa y coge mi hermana pequeña, le digo que en París hace sol y que todo me va bien. Oigo de fondo la sintonía del telediario.

Tengo suerte, me dan el trabajo. Seré tres meses cuidadora de niños. La casa es de revista y desde la ventana del cuarto, que me tienen asignado en la buhardilla, se ven tejados. Ellos parecen majos y los tres niños, niños.

Vuelvo en taxi al hotel a recoger mi maleta. Dicen que no está. Cae la tarde y a mí se me caen los palos del sombrajo.

Me dicen que la busque en los objetos perdidos. Huyo como gacela herida perseguida por nube roja y despacho al taxista, que parece un buen hombre, con el pretexto de que acaban de robarme. Volveré a pie, tengo que vigilar los cuatro duros que me quedan, quién sabe cuándo cobraré, si no me tangan.

Me da vergüenza admitir que un día fui a la oficina de los objetos perdidos y rellené la ficha con mi lista. Por el trámite. Que quedara constancia.

Más que nada, me jode por esos diarios que escribo desde los quince. Con obstinación. Quién me mandaría a mí cargar con ese fardo. Pensar que alguien pueda ojearlos me mata. Solo la imagen de mis libretas en la basura me tranquiliza. Otras veces, imagino mi maleta llena de palabras que chillan por escaparse.

 

Manuscritos ventilados


No soy una gran cuentista. El cuento tiene sus leyes que recién estoy descubriendo. Pero a veces escribo relatos, textos breves, y les digo cuentos por no decir “redacciones” (que tiene connotaciones entre escolares y de periódico). Para que no se desperdiguen, las voy publicando aquí, que ando como por casa.

A veces, pero pocas, algún poema (hace un tiempo borré unos cuantos)…

Una obrita de teatro, con la que disfruté mucho, aunque bien sé que le faltan tablas.

Algunas efemérides.

Un puñado de entrevistas.

(Durante un tiempo escribí tímidas reseñas de algunas lecturas, pero ahora prefiero hacerlo desde Goodreads donde apunto el recuento de los libros que voy leyendo y, si acaso, una valoración.)

Esos vienen siendo los textos que ofrezco por cortesía, con el deseo de que este sitio no sea un páramo de renglones medio torcidos sobre escritura, sino que florezca algún yerbajo de vez en cuando, aquí y allá.

Con ese espíritu de sacar libretos del cajón, voy publicando mis novelas por entregas, y lo hago también por aquí sin andar pidiendo permiso a nadie. Las novelas, el caso es que se lean, que para eso se escriben, así que ¿por qué no en Sin ti no soy maga?

Metaescritura y algo más


También por aquí se habla de escritura…

Dile cavilar, que para sentenciar no soy quien.

Si doy consejos es con la humildad del aprendiz.  Y la pasión del saber.

Sí, divago sobre misterios del sector editorial. Por ahí, meras especulaciones.

No me apalanco en la  metaescritura (ese discurso teórico sobre cómo escribir bien o mejor o menos mal).

Escribo a diario. Corrijo de a poco. Leo bastante.

Todavía insatisfecha de mi voz, de mi falta de estilo; mis dos grandes retos.

En cambio, sé por qué escribo, para qué escribo y sobre qué escribo. No es poco.

Ahora ando en si decirlo alto y claro, bajo y oscuro, entreverado, ya se verá…

No sufro bloqueos, no le temo al folio en blanco. Escribo sin expectativas.

El material de mi trabajo es siempre de cosecha propia: antes me dediqué a vivir.

Por tanto, las carencias de inspiración no me afectan.

Por eso, tampoco necesito pillar ideas ajenas, ni tropelías por el estilo.

Decidí escribir porque me dio la gana. Sin pretensiones. Sin expectativas.

Tengo la suerte de no verme obligada a competir con nadie (algo que detesto).

Aprender a escribir es un proceso largo y complicado, lo sé.

Soy paciente, soy tenaz. De ley.

No sé si me dará tiempo… ¿Y quién?

Este oficio creativo requiere disciplina, honradez y destreza. Por ahí ando.

Y es del camino de lo que te hablo por aquí.

Sin ti no soy maga, mi casa en la red.

Una libreta de escribidora, sin más.

Solo dime


No es queja. No es ni demanda. Te cuento lo que pasa. Lo que me pasa. Estoy sola, y eso no es novedad. (No te hablo de mi vida privada.) Te hablo de escribir, de estar sola frente a la escritura. Escribo sola. Todos estamos solos, eso ya sabemos. Pero lo que quiero decir es que no todos escriben solos. Hay quien sí. Yo, por ejemplo. Y seguramente tú también. No me refiero a estar sola ante el escritorio; podría escribir en un café donde hay gente. Es una posibilidad. Me refiero a otro tipo de soledad.

Soledad al elegir cada tontería que escribo: ¿lo escribiré o bah es tontá, y cómo? La soledad al discurrir. Soledad al decidir si lo publico aquí, si lo dejo en la libreta, si lo tacho, si rompo esa página de la libreta, si tiro la libreta al cubo. Si tiro la casa por la ventana y lo mando editar como dios manda. Pero antes, si lo corrijo como pueda, si lo envío a corregir como quien manda un traje a la tintorería, y si solo ortografía y puntuación o si también estilo, que sí, el estilo nos cojea… Y tanto dinero ¿de dónde? ¿Me lo saco de la manga o me pongo a pedir (ahora se le dice crowdfunding, pedir a lo hipster, pero pedir al fin). Si no, dejarlo todo quieto, porque no valga la pena. Si vale la pena, si valen alabanzas… Si en digital, enigmáticos metadatos. Si en papel de toda la vida. Sin olvidar la portada, las cubiertas, las páginas de cortesía, las citas, las dedicatorias, los índices, los registros, los depósitos legales. Si eso, si todo eso o si nada y dejarlo estar. Y después, ya después, si presento el libro y dónde y cómo y con qué cara. Él solo no se difunde, ya sé. Entonces por qué vías, de qué maneras, cuánto tiempo le dedico a esta tarea, ¿merecerá la pena, tú? Ah, y la sinopsis y las reseñas y las categorías. Un no parar.

No, no me digas que todos los escritores están así de solos, tanto como nosotros. Solos como tú y yo. Que algunos tienen, detrás y delante y por todos lados, un equipo editor: personas que corrigen, diseñan, maquetan, difunden, organizan, coordina y venden.

Tú, yo, nosotros, nada de eso. Todo a pelo, siempre solos.

Perfecto no sale. A veces ni sale. Se hace lo que se puede.

Por eso, no pidan peras al olmo. No me digas que lo haga de otra manera. Solo dime que aprenda a escribir mejor. De otra manera no sé. Todavía no sé.

El menosprecio de las ideas


Quiero replicar a esas voces que infravaloran las ideas hasta el punto de afirmar que “las ideas en sí no valen nada”.

Tal vez no expresaría mi desacuerdo, si fuera un caso aislado, pero es que vengo leyendo eso mismo —o parecido— en un montón de sitios. Siempre la misma cantinela, ese total y absoluto desprecio al valor de las ideas, argumentando, además, que, puesto que no valen nada o casi, cualquiera puede apropiárselas impunemente (¿y para qué, me pregunto, si no valen nada o casi nada?)

Lo mismo es que ni se lo creen, pero repiten el argumento porque lo han pillado por ahí (se ve que son propensos) y fueron cayendo en bucle, quién sabe… Diría que fue así (por no pensar mal). Resulta paradógico que esas mismas personas suelen recomendar—con buen criterio— que anotemos esas ideas cazadas al vuelo, en cualquier medio a nuestro alcance (bloc, libreta, móvil… hasta en la palma de la mano, si fuera preciso). Entonces, yo me pregunto en qué quedamos: ¿tienen o no tienen valor? Y si no lo tienen ¿para qué tomarse la molestia de apuntarlas? Algo no me cuadra…

Por intuición desconfío de las personas que, inmersas en algo creativo, se atreven a sentenciar que las ideas ni valen ni le pertenecen a nadie. Tampoco a sus autores. Ahí hay gato encerrado, ¿mala conciencia?

De sobra, sabemos que las ideas no caminan solas y por eso les damos la mano hasta conducirlas a salvo. Hasta verlas materializadas. Pues está claro que una idea, si no se realiza, queda en propósito.

Aun así no me imagino invirtiendo tiempo y energía en recoger ideas nonatas por darles un segundo uso, como quien recicla ropa usada; no concibo escribir una novela partiendo de una idea ajena. No creo que esa idea, por genial que fuese, arraigara en mí de manera tal a poseerme. Porque escribir una novela, incluso un relato, requiere de mucha entrega. De muchísima pasión. Hay que darlo todo. Pero ¿dar qué si ni siquiera el primer impulso me pertenece?

Si no tengo nada que decir, mejor me callo, me dedico a otras cosas y, quién sabe, ya se me ocurrirá algo. O no (y tampoco sería el fin del mundo). Ahora si para publicar algo tengo que andar racaneando ideas de otros, algo anda mal. Es obvio: un creativo sin ideas está muerto (a menos que se apropie de las ajenas, y aun así cuando se mire al espejo, él sabrá que está acabado).

Me sabe mal pensar así de algunos “colegas” escritores; no quiero pensar que estén tan secos de ideas como para.

Entonces, quiero entender, cuando afirman categóricamente que las ideas carecen de valor, que dicha afirmación debe de basarse en un malentendido: la confusión entre idea y ocurrencia. O incluso entre idea y anécdota, o hasta suceso.

Por ejemplo, si leo una noticia en prensa y la tomo como punto de partida para escribir algo, eso para mí no es una idea. O si decido transformar una anécdota —algo que me pasó— en una escena, eso tampoco es una idea.

Pues una idea, entiendo yo, es un plan que se ordena en la imaginación para crear una obra. Es algo de mayor envergadura. Algo que cuesta más de parir. Mientras que una ocurrencia es una idea inesperada, un pensamiento, un dicho agudo, original, que ocurre en la imaginación y que depende del temperamento y hasta del sentido del humor de cada uno (no obstante, tiene dueño, y por eso siempre me parecerá más elegante nombrarlo, con algo del tipo: “como diría Fulanito”). Una anécdota es algo que nos sucedió o que hemos oído y que creemos digno de contarse (por insólito, cómico, truculento, extraordinario, etc.). Un suceso, pasado o de actualidad, yo lo guardaría más bien en las carpetas de documentación y, si bien puede servir de detonante para contar una historia a partir de él, no es una idea propia.

Resumiendo, una idea sería el equivalente a la estructura y puede que hasta la trama; una anécdota daría cuerpo a una escena; una ocurrencia se traduciría en una expresión o en una frase de diálogo; y un suceso, un destello inspirador o un dato que corrobore una situación, ilustrándola.

Sé que esta reflexión puede parecer un poco tiquismiquis. Todos en algún momento de atolladero habremos dicho eso de “¡Tengo una idea!”, y puede que hasta se nos haya encendido una bombilla al decirlo. Puede, también, que la idea fuera buena, genial incluso, y que gracias a ella hayamos improvisado un camino para salir del paso. Bien podríamos haber dicho: “Eh, se me ocurre algo”, con el mismo efecto. Pero eso, esa luz, es algo puntual que yo incluyo en el terreno de las ocurrencias. También es muy normal recopilar frases, anécdotas y dichos para darles cuerpo: para eso somos escritores. Pero eso tampoco son ideas propiamente dichas. Si hablamos con propiedad, no podemos menospreciar el valor de las ideas, así a la ligera.

Pongamos un ejemplo literario, la novela Moby Dick, esa que nos cuenta la travesía de un barco ballenero, comandado por un capitán, obsesionado con la persecución de un gran cachalote blanco. Imaginémonos ahora que otro escritor, contemporáneo suyo, se hubiera apropiado de la idea, para escribir su novela. No podemos saber si el resultado hubiera sido mejor o peor (aunque yo apostaría que peor), como tampoco podemos adivinar si la novela habría encontrado editor. Pero, puestos a especular, imaginemos que sí hubiera encontrado editor y que este la hubiera publicado antes de la original. Para Melville, honradamente, ¿eso habría sido justo? Y en cuanto a nosotros, lectores, ¿habríamos salido ganando con esa versión, que intuyo descafeinada? (Y digo esto porque Moby Dick es la historia de una obsesión, antes que nada, y por mucho que uno se documente sobre ballenas y cachalotes, sobre pesqueros y bacalao, uno no puede sentir exactamente las pulsiones de un obsesivo, sin serlo.)

Concluyo, las ideas cuanto más genuinas, mejor. Más vale una idea propia, aun mediocre, que una idea ajena, brillante; la propia puede prosperar, mientras que lo único que conseguiremos con las ideas ajenas será pisotearlas y convertirlas en textos falsos y desalmados.

Con todo este sermón (me perdonen) no estoy descartando las influencias que todos tenemos de esos autores a quienes admiramos. Pero ese es otro cantar.

Esos escribidores…


Algunos escritores se quejan (amargamente) de que hay demasiados aspirantes. Debe de haber más escritores —casi se puede oír cómo entrecomillan la palabra— que lectores. Y así no hay quien pueda…, se lamentan los elegidos.

Pero ¿qué quieren, si amanecemos con un teclado pegado a las uñas? Algo habrá que hacer, ¿no? Ni que sean ejercicios digitales; terapia ocupacional. A escribir ya se nos enseña en la escuela (más o menos), así que tampoco es de extrañar que nos ocupemos en juntar palabras. ¿O acaso para eso también tenemos que pedir permiso?

Por si fuera poco, se nos brinda la posibilidad de abrir nuestro propio espacio, ¡un blog! Ya puestos, le damos a unas cuantas teclas y, ¡ale, a difundir por el ancho mundo! Después, las dudas: ¿me seguirán, me compartirán, me comentarán? Pero pronto nos sobreponemos. Tenemos la piel dura.

Flotando todos en la misma burbuja, a veces ocurre que nos saludamos de lejos, aunque no volvamos a encontrarnos. Otras tantas, ni eso… Pura travesía en el desierto. Luego,  entonces, momentos de desánimo, ¿para qué si a nadie le interesa?

Pero ahí seguimos intentándolo… Somos tercos, nosotros, los anónimos. Sí, perfectos desconocidos; ya, huérfanos de editor. Junta letras, azote de la buena literatura, se admite. Nos faltan tablas. Nos falta oficio. Lo sabemos.

Ah, pero nos sobra valentía.

Y la perseverancia de las hormigas.