Categoría: Lecturas (ahora Goodreads)

Volver y se acabó la tontería


Qué cosa más tonta, cómo se hace cuesta arriba volver a lo de siempre después de una pausa. Esta mía duró dos meses largos, y ni siquiera me apoltroné o me fui de veraneo. No, ni eso fue. Solo fue una pausa larga, muy larga: once semanas. Pero se acabó, toca volver a mi querida rutina, al tecleo.

Claro, se me hace raro: todo me cambió tanto… Todo menos mi determinación de seguir escribiendo. Suerte que, mientras, leí. Leí mucho, tanto que se me atragantaban los libros. Leí como si no hubiera un mañana o como si el mañana me deparara ceguera (Santa Lucía, eso no lo permitas, por favor). Entonces, leer sin tregua, acallaba mi mala conciencia, al menos eso. Porque si no se escribe, bien se puede leer, ¿no?

Así que, entre letras sí anduve (y también entre cajas y embalajes y papeleos, menesteres que conlleva una mudanza, otra más, de otra revuelta a casa). Pero me desconecté de la escritura por no saber por dónde empezar, qué decir, qué callar. Y más que nada me olvidé de lo virtual: primero, por el móvil que se me fue al traste por causa de un malentendido con la compañía; luego, y por si fuera poco, pasó que el portátil se me batió muerto el día antes de marcharme de donde me fui para volver a mi pueblo. El colmo. Me desdigitalicé de cuajo.

Ya sin ordenador, me fui olvidando del blog, de redes, hasta que el otro día puse en marcha este otro, nuevo flamante, eso sí renqueando (yo, él va como la seda), que ya no estoy para innovaciones, sobre todo ahora que recién perdí contacto con toda referencia de mi hogar dulce hogar, expulsada como estoy de mi entorno confortable por requeteprivado y harto reconocible, aunque ya voy asentándome, ya, que toca volver, dejarse de pavadas.

Lo del ordenador fuera de combate es una excusa de a perrona: bien se puede escribir a mano, ya sé… Pasa que se establecen prioridades, antes que nada armar la casa, el escenario, que en eso tengo alma de gato. Ay, pero habrá que sobreponerse al hábito de la telepatía, volver a las palabras y, ay, las palabras cuesta desenterrarlas. Vaya si cuesta.

Por eso, pobre excusa la de que no me entiendo con esta nueva herramienta, este portátil nuevo flamante que se me resiste (hasta que alguien por aquí, un buen amigo desconocido, me recordó otra gesta mía, la de meter un mono en la despensa, más compleja y delicada que domar una máquina, después de todo cosa suave y manejable. Gracias, amigo desconocido, un toque así vale más que mil palabras, cien estampas).

Cosa de desentumecer el habla, les diré que este verano, tan ausente, tan despedida, tan reencuentro también, me dio hasta para pensar (esa otra tarea imprescindible antes, durante y después del escribir). Pensé sobre cosas que no vienen al caso, detalles de una puesta a punto de cualquier mudanza, de qué manera organizar una nueva etapa, sobre el color de las paredes o dónde colocar la estantería de los libros. Irrelevancias.

Tan de lleno estaba en lo ordinario que, a destiempo, se me ocurrían ideas descabelladas, ideas para escribir, precisamente en esos momentos en los que debía ocuparme de tantas menudencias materiales. Y eran ideas llenas de intriga, algunas medio brillantes. Algo apunté por ahí, en algún cuaderno sobre la marcha, no todo. Todo no pude.

De entre ese batiburrillo, reflexiones descabelladas, destellos medio inspirados, hubo algo que se me quedó bien grabado. Algo que quiero compartir aquí, donde quede a buen resguardo (como así quedaron, bien colocados, calcetines en el cajón de la cómoda, zapatos en el zapatero, menaje en la alacena, felpudo a la entrada, etc.).

Pues estuve reflexionando sobre eso qué diferencia al escritor/a, eso que podría marcar su rasgo diferencial. Y esta fue mi conclusión:

El escritor es alguien capaz de contar lo extraordinario de lo ordinario y lo ordinario de lo extraordinario.

 

 

 

 

 

 

 

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Lecturas para momentos


Yo creo que para escribir hay que leer antes, durante, y hasta después, todo todo lo que se pueda. Todo y hasta más, mucho más. Pero esta no es una creencia propia. Es de cajón.

Casi siempre pasa que ya se es buen lector cuando un buen (¿buen?) día se pone uno a escribir, aunque las cosas no tienen por qué pasar necesariamente así. Hay quien se pone a escribir sin haber leído demasiado, más allá de esas lecturas recomendadas por los profesores de literatura en el bachiller, y no pasa nada, solo quiere decir que le quedan muchos años por leer, por ser un escritor todavía joven. Tampoco los apasionados de la lectura lo hemos leído todo todo. Ni mucho menos. Leer es una afición que se torna casi infinita, máxime ahora que tantos y tantos libros se añaden a esas interminables listas de pendientes que se van formando, desde los clásicos hasta esa última novedad con la tinta todavía fresca… Huy, cuánto infinito…

De todos modos, no me gustaría plantear aquí la lectura como una obligación que produzca zozobra, inquietud o desazón. No, las cosas pasan por otro lado, no es: oh, cuánto me queda por leer, no sé si podré con todo, es que no tengo tiempo, etcétera. No. La lectura es ante todo un placer y, como tal, tenemos el derecho, la libertad, de catar ese manjar, o de abstenernos. Con esto, seamos flexibles. Hay épocas para todo; yo, que leo como una posesa, estuve años sin abrir un libro, un momento contra-cultural, un momento del que no me arrepiento. Ahora, vivo otro momento, un momento en el que los libros me llenan las tardes y me ayudan a conciliar el sueño. Un momento en el que no puedo pasarme sin lectura. Un momento del que tampoco me arrepentiré, lo sé.

También es que ando con la escritura y en el aprendizaje incluyo los libros como parte esencial (esos libros que me han fascinado desde niña, a pesar de mi etapa crítica).

Y es que, como aprendices de escritores, sí tenemos la obligación de leer todo cuanto caiga en nuestras manos, de estar al tanto de lo que se publica (en la medida de nuestras posibilidades, pues el panorama es tan vasto que tomarse esa tarea al pie de la letra da más vértigo que sosiego). Sí, la lectura es un compromiso consustancial al oficio. No queda otra; como dije antes, es de cajón.

Cada cual tiene su manual de instrucciones sobre qué leer en cada momento, aun no siendo del todo consciente de por qué una misma lectura nos cautiva en un momento y nos fastidia en otro.

En mi caso, si estoy escribiendo y estoy bien metida en mi texto, prefiero releer libros ya leídos, de esos pocos que sí admiten una segunda lectura o en otras palabras libros de mis favoritos. No es fácil dar con estos libros tan sumamente fabulosos que permitan esa segunda oportunidad pero los hay. Cada cual tendrá los suyos. Como el argumento no me es desconocido, puedo releer el libro sin dejarme arrastrar por la trama y puedo abandonar su lectura a las pocas páginas porque la historia, ya conocida, no me absorbe, dejándome así tiempo para concentrarme en lo mío.

En esos momentos en los que no estoy escribiendo nada, más allá de mi blog o de algún relato, entonces me permito leer cualquier libro, sin manías. Es cuando descubro otros escritores, otras voces, otras historias y me dejo llevar sin importarme que no pueda dejarlo hasta tener la vista agotada; me lo puedo permitir. Tampoco ahí selecciono géneros: narrativa, teatro, ensayo, poesía, todos me valen. Antes anotaba las reseñas de mis lecturas en fichas (soy muy antigua) pero ahora Goodreads me lleva la cuenta.

¿Y para corregir? Pues en ese trance, poesía. Solo poesía. Poemas que me ayudan a centrarme en las palabras, en el peso de las palabras. Y en su ritmo. Poesía y mucho flamenco del bueno, también. Y otras músicas, a veces. Pero ese es otro cantar…

Aparte, están los estados de ánimo… Si muy de bajón descarto historias oscuras o tenebrosas (algo que, no obstante, suelo vigilar siempre antes de irme a dormir porque soy de carácter algo impresionable y prefiero apartar tormentos y sordideces por evitar las pesadillas). Si me siento medio vacía, desecho historias facilonas y busco anclajes más profundos, me río con Cioran o me atrevo con algún ensayo. También por ahí una obra de teatro me puede ubicar, nunca se sabe.

Para afrontar el rechazo, los rechazos, todos los rechazos, nunca nunca leo las obras de otros, que más talentosos o afortunados que yo, hayan llegado a la meta y estén arañando el cielo con las manos. Evitar las comparaciones que, en esos instantes de frustración, solo inducen al rencor, una emoción poco creativa. No, para esos instantes de fracaso acudo a los grandes grandes de verdad, a los inmensos inmortales, y entonces comprendo que no pasa nada, que solo es que me falta muchísimo por aprender, tanto que hasta suerte tengo de que todavía me quede ese camino tan largo que recorrer.

Y, mientras, también unos tuits por aquí, algunos artículos vuestros por allá; leer leer, siempre palabras. Leer… hasta las etiquetas del champú y los ingredientes de la caja de las galletas. Todo me vale, y lo bueno y lo regular y lo menos bueno. Todo… hasta que mis ojos aguanten.

P.S. de última hora: cuando hay que documentarse antes de escribir algo, entonces toca leer todo todo sobre el tema, o un poco de todo (tampoco exageremos).

 

 

15 minutos platicando con Alejandro Carrillo


Alejandro Carrillo, joven escritor mexicano, escribió, peleó y triunfó, y su novela de iniciación, Adiós a Dylan, ganadora del Premio Mauricio, se editó como dios manda. Su novela sale adelante. Por eso lleva una temporada de bolos. Una temporada de locos, de entrevista en entrevista, tantas que ya debieron hasta de preguntarle sobre el número que calza…

Yo lo conocí por esa página suya, Tinta Chida, donde nos convida, con su talante indudablemente generoso, a catar “ideas y experimentos para ganarse la vida haciendo lo más chingón del mundo: escribir”; un blog aupado por un equipo de colaboradores a cual más talentoso, que nos ampara en esa comunidad de escritores anónimos y dispersos que firmamos su Manifiesto por escribir a pesar de todo y que seguimos sus consejos, siempre alentadores, por escribir un poco mejor. Recién han lanzado convocatorias de talleres, por aquietar nuestras demandas (ya estoy valorando en cuál apuntarme, aunque seguramente gane el de “Escribe y pelea”).

Antes de empezar nuestra plática, quiero agradecerle a Alejandro que me conceda estos instantes. Espero que mis preguntas no le suenen a la misma letanía, supongo algo rayada, aunque será difícil no atascarme en lugares comunes, pero lo intentaré.

¡Ale, carrillo, tira pá lante!

  1. Alejandro, ¿de dónde sacas tanta disciplina?
  2. “Lo mejor es diario” es tu lema. ¿Lo sigues al pie de la letra?
  3. El éxito ¿es tal como te lo figurabas?
  4. ¿Qué entiendes por “carnales”, lectores de carne y hueso, no virtuales?
  5. Ese trato campechano con tus lectores ¿es que estuviste del otro lado y sabes cómo siente un admirador? Y ellos, ¿también te regalan cariño?
  6. ¿Te sientes responsable ante un público a veces muy joven? ¿A qué edad estimas que tu hijo pueda leerte?
  7. Los ídolos, ¿son importantes, aun para… decirles adiós?
  8. Ahora ¿estás escribiendo o tomando notas para un después? ¿Te asusta pasar a otro nivel, más “adulto”?
  9. Tu mayor logro como escritor parece el manejo de la voz. ¿Será ese el rasgo diferencial entre un escritor prometedor y otro del montón?
  10. Tu fabuloso sentido del humor ¿es vital en tu supervivencia?

Clica en la entrevista para escucharlo platicar, son 15 minutos de un buen narrador.

Biografía asexuada


Ando leyendo a la Pizarnik y busco algunos datos de su vida. Algo que suelo hacer cuando la lectura me parece interesante y sé poco o nada del autor. De Alejandra solo sabía que era poeta (¿o debería decir poetisa?, tengo dudas más sonoras que de lenguaje), de nacionalidad argentina, colega de Cortázar y que vivió un tiempo en París. Me apetecía saber algo más, no por cotilleo (no me gustan los cotilleos, aunque sean literarios).

Encontré fotos suyas, en blanco y negro, como corresponde a la época; reseñas que le hiciera Octavio Paz; retazos de su amistad con Aurora Benítez y Julio Cortázar; referencias a su origen judío ruso; curiosidades como que fuera bautizada Flora y se hizo llamar Alejandra; datos bibliográficos de todos sus libros de poemas; y alusiones, no siempre veladas, a su desgraciada existencia. A su suicidio.

Nada fuera de lo común en la biografía de cualquier escritor —escritora, en su caso—, excepto, bien entendido, ese punto final con el que la poetisa decide concluir su vida, ya que el suicidio no es, no puede ser, no debe ser, consustancial al escritor, ni tiene por qué ser el remate a una vida dedicada a la literatura, volcada entre palabras, aun con todo lo incierta y precaria que pueda llegar a convertirse, pero también todo lo febril y apasionada que, de hecho, es. No, no haremos apología del suicidio, quita, quita, que la muerte llega sola sin falta de precipitarse o mentarla.

Sí, Alejandra Pizarnik murió siendo todavía muy joven (demasiado joven), a los 36 años, y es lógico que ese trágico, pero voluntario, desenlace se mencione en sus biografías.

Lo que ya no me parece de recibo es que encabecen la historia de su vida calificando esta de desgraciada por el hecho de una juventud marcada por ¡el acné! El relato amarilloso añade que su tendencia… ¡al sobrepeso! la empujara a la desesperación, amén de una infancia un tanto infeliz (por causas que, afortunadamente aquí, no se desmenuzan). ¡Por dios!, vale, se suicidó; acudía como paciente al psicoanalista; pasó temporadas interna en clínicas psiquiátricas. Una vida, sin duda, atormentada. Pero también escribió como no se puede escribir de bien.

No dudo que sus problemas de salud, físicos o mentales, repercutieran en ese tormento, hasta el extremo de acabar borrándose del mapa. Es posible que no tuviera un cutis de porcelana ni una silueta de sílfide. Todo eso yo no lo dudo. Lo que me disgusta es que se hable de ella priorizando ese aspecto patológico de su vida. ¿Por qué? ¿Solo porque es mujer? Me da la impresión de que jamás se trataría así el caso de un escritor, joven y atormentado, de ser del sexo masculino. Igual es paranoia mía, no sé.

De cualquier manera, la Pizarnik es una muy grande poeta, poetisa. Y si fue tartamuda (algo que también recalcan), pues bien que lo disimuló cuando escribía.

En fin, leedla, vale la pena, y la alegría.

Pero mejor no la busquéis en la red, que la pintan amarilla. Descanse en paz, Alejandra. Lejos ya por siempre de los temidos espejos.

El hombre que dice la verdad


Así como la leí en un tris, comentar La biblioteca de los libros rechazados me está desvelando. En cuanto cerré la última página, este fue el comentario que garabateé en Goodreads:

Una novela que nos invita a reflexionar sobre la puesta en escena del mercado editorial, aunque sin acidez ni acritud, sino en clave de comedia y desde el amor incondicional a los libros.

Breve y conciso, lo sé, pero pensé: “ya me explayaré después, por aquí”. Esperé unos días, por que se me enfriara la cabeza (demasiado fácil caer en la alabanza, o en lo contrario, cuando se escribe una “crítica” sobre un autor que ya no es un completo desconocido). Así que llevo un par de días debatiéndome entre lo que quiero contar y lo que no; sobre cómo atrapar el agua que se escurre (es historia líquida, esta). A ver, cerremos compuertas…

De entrada es una novela con dos títulos: Le mystère Henri Pick en la versión francesa y La biblioteca de los libros rechazados en la española. Parece ser que el título que nos llega aquí era el que Foenkinos había elegido en un primer momento pero su editor francés lo descartó por el parecido con otro que ya circulaba por ahí. No obstante, que sean títulos tan diferentes revela la disparidad de criterios entre las editoriales según de donde sean (la francesa debe de ser gloria bendita comparada con la nuestra o quizás no, siempre andamos creyendo que da más leche la vaca del vecino).

Al leerla, entiendo que el misterio Pick construye el argumento, mientras la idea de una biblioteca para libros rechazados le sirve de excusa y detonante—biblioteca que de hecho existe en Canadá, fundada por el poeta Brautigan y de cuya existencia se entera Foenkinos leyendo a Vila-Matas—.*

Pese a su título original y aunque la trama se teje sobre un misterio, no es talmente un relato de suspense, sino la fábula de un montaje editorial cuyo argumento podría resumirse tal que así (ya sé, lo haré con pies de plomo por no desvelar el misterio):

“Interpretada por un joven escritor, un tal Frédéric Koskas, que acaba de publicar su primera novela (que pasa sin pena ni gloria), y por su novia, Delphine Despero, inteligente y apasionada editora, que apuesta por su talento, apoyándolo a que escriba la segunda (proyecto este que queda en agua de borrajas); la historia se sale del escenario parisino para extenderse en la costa bretona, donde viven los padres de la editora.

Ahí se enteran de que la biblioteca del pueblo cuenta con una sección un tanto singular, creada por Jean-Pierre Gourvec, bibliotecario enigmático y solitario, con el fin de albergar manuscritos rechazados siempre que sus autores tengan a bien entregarlos en persona. Desde que el emprendedor funcionario fallece es su ayudante, Magali Croze, que no es lectora, quien mal que bien se hará cargo del proyecto.

La joven pareja parisina, seducida por el invento, visita la biblioteca y descubre, fascinada, un manuscrito de incuestionable calidad, firmado por un también fallecido Henri Pick, que regentó la pizzería del pueblo sin que nadie sospechara nunca de sus inclinaciones literarias, ni su viuda Madeleine, ni su hija Joséphine (vendedora de lencería, a la sazón deprimida y separada).

Nuestra brillante y ambiciosa editora puja por el libro, que se edita. La novela, presentada como un insólito descubrimiento literario, consigue un extraordinario éxito y el misterio que rodea el engendro editorial desencadena un tsunami mediático.

Pero hay un crítico literario, Jean-Michel Rouche, de capa caída y escaldado, que no se  traga el cuento de tan inverosímil autoría y decide investigar qué se esconde bajo la cresta de la ola del supuesto misterio Henri Pick, el escritor fantasma.

El fulgurante éxito del libro, entre tanto, desbarata la existencia de la familia del pizzero, a la vez que revitaliza la ocurrencia de Gourvec, esa biblioteca de libros rechazados, a donde vuelven a peregrinar escritores frustrados del país, trastocando al paso la rutina de Magali.

Y mientras, en medio de todo este tifón mediático ¿qué anda escribiendo Frédéric?

Pues Koskas termina su tercera novela, El hombre que dice la verdad…”

Hasta ahí puedo contar…

El argumento nos hace suponer que esta novela es parodia en clave de comedia; una historia entretenida y divertida, como sugiere la cubierta (ilustrada, en Alfaguara, por Alicia Arias).

¿Insinúo que es una novela previsible, fácil? Ni mucho menos, Es ágil, es intrigante y además se lee en un abrir y cerrar, más que nada por esa cadencia suya tan liviana, esa, digamos… ¿delicadeza? (no quisiera emplear el término a la ligera). Un texto bien enfocado, cuidado y trabajado, aunque sin pretensiones; sus notas a pie de página, que a simple vista pudieran confundir, resultan deliciosas, por casuales.

Decir que está bien escrita tampoco es decir gran cosa, si tenemos en cuenta que el escritor, aunque todavía joven no es primerizo; ya carga con un fardo de novelas a sus espaldas, algunas premiadas, como se pregonan en la faja:

(…) Premio Renaudot y Goncourt des Lycéens, con más de 3.000.000 de lectores.

(Un inciso: no quisiera olvidarme de las traductoras, María Teresa Gallego Urrutia y Amaya García Gallego, madre e hija, por su labor, impecable, ¡con lo difícil que es traducir!)

Añadir que es novela de novelas, es algo que ya se presiente desde el título—al menos, en la versión hispana—. Trata de libros rechazados y adoptados; de libros editados también. Y de esos otros libros que se barajan en el embrollo Pick: La bañera, publicación primeriza; La cama, proyecto inacabado; Las últimas horas de una historia de amor, el libro encontrado (que, a su vez, se desdobla en dos subtramas: la agonía Pushkin y la separación forzosa de dos enamorados); y finalmente  El hombre que dice la verdad, ese libro abandonado…

Basta con hojear la novela para percatarse de cómo el texto está trufado de citas y referencias; literarias (Bolaño, Brautigan, Cioran, Duras, Flaubert, Gracq, Houellebecq, Kafka, Kerouac, Kundera, Melville, Proust, Pushkin, Pynchon, Salinger, Verlaine, etc.); y otras, musicales, fotográficas o cinematográficas, (Barbara, Beatles, Bob Dylan, Michel Berger, Alain Souchon, Vivian Maier, Catherine Deneuve, Richard Burton, Langmann, Polanski, etc.). Sin duda con el deseo de homenajear y de paso divulgar conocimientos, un guiño muy cortazariano, escritor a quien Foenkinos (también) admira.

Que un libro nos puede cambiar la vida, como señalan las reseñas de Gallimard y de Alfaguara, es algo de lo que no dudamos, ni Foenkinos ni yo. Supongo que tampoco vosotros. Y esa convicción de la literatura capaz de perturbar, remover y hasta de trastornar es el punto de partida del que arranca el escritor para rescatarnos a lectores y escritores, principiantes o avezados. La lectura, esa pasión casi incombustible que nos empuja a leer sin tregua…, cuando un libro nos lleva a otro, y así un no acabar, siguiendo esos itinerarios, laberintos de referencias entrecruzadas donde tantas veces nos perdemos y volvemos a encontrarnos hasta un infinito tan babélico como inabarcable. Ratones de biblioteca que somos. Ratones de laboratorio, otras veces.

La novela, que cuenta una encuesta literaria, nos concierne directamente a nosotros (por eso, también, la estoy recomendando aquí). Pero nosotros ¿quienes? Nosotros, los escritores anónimos, los huérfanos de editor. Escritores frustrados y/o fracasados (ojo, no son necesariamente sinónimos: uno puede estar frustrado aun a pesar de no haber fracasado o puede haber fracasado y no sentirse frustrado). Escritores rechazados y refugiados en nuestras propias (auto)publicaciones. Sí, me refiero a quienes surtimos las estanterías del inmenso bazar al que deberíamos tachar de “librería de los libros rechazados” (obvio, hablo de Amazon) Escritores, noveles y desconocidos, que andamos entre líneas y tachones. Entre rechazos. Nosotros que acabaremos repitiéndole a Foenkinos eso que él ya teme de antemano: “Nos hemos sentido tan reflejados… como si hablara de nosotros”.

Porque La biblioteca de los libros rechazados nos habla del éxito y del fracaso literario, sin escatimar el malestar de la vida que sigue, ni tampoco la belleza de las rosas, y todo eso mientras notamos que, como le pasaba a Bartleby, el escribientepreferiría no hacerlo… Sin rencores, ni dicotomías; por el éxito se paga un precio, peaje del que se dispensa al fracaso (de puro insolvente).

¿Y si entre nosotros se escondiera un Henri Pick, un escritor fantasma (sin ser “negro” ni bretón), al que sí se le habrían detectado incuestionables veleidades literarias?  Ah, pues entonces bien ufano que pagaría el tributo del éxito, o no, ¿pero quién se resiste?

La rabia que da el sistema editorial (sobre todo, para el escritor que se sienta excluido, pues como lectores vamos trampeando la situación) es ese tufo posmoderno que desprende, ya sabéis, el rollo de la seducción (que convierte el discurso en metalenguaje y el acto en simulacro y la realidad en hiperrealidad…) Ya sé, cada cual carga con su cruz y la del negocio es vender cuantos más libros mejor… Aunque no sé por qué me da —pero es solo intuición— que todo esto está por caducar. Hora de soltar lastres, descargarse hasta de la posverdad, ya sabéis, ese rollo de la medio mentira-medio verdad (de cuando importan menos los hechos que las emociones que estos suscitan aun siendo falsedades). Ya, ya, si se comprende…. Tal odisea, ¡menudo coraje! En un sistema que no prioriza honestidad sobre supervivencia eso desemboca en suicidio empresarial. En harakiri profesional. Suerte que los escritores son hábiles mentirosos en aras de la ficción, una baza del oficio que permite eludir la superchería, esa mentira oficiosa que consiste en engañar a alguien con falsas esperanzas.

Volviendo a la novela (que me voy por los cerros…), mientras la devoraba me llamó bastante la atención que los personajes femeninos fueran tan resueltos —aun cuando atravesaran momentos críticos, ellas se sobreponían—, mientras que los masculinos parecían tan perdidos como derrotados. Segundones buscando siempre el amparo femenino, hombres sumisos. Y me llegué a preguntar si no sería la sumisión el tema de la novela. Sumisión del escritor al mandato editorial… Esa habría sido mi pregunta a Foenkinos —caso de haber leído su novela con anterioridad a la presentación del libro, pero como todavía no la había leído no dije esta boca es mía—. En ese acto el escritor contestó las preguntas con serenidad y elocuencia, preguntas que otros sí le hicieron, y demostró el saber estar que da la experiencia del consagrado y las tablas del escenario (según contó, recién volvía del rodaje de una película).

Otra pregunta que no desembuché y que dejo por aquí: ¿es preferible el rechazo de una obra inmadura antes que verla publicada a toda costa? ¿Qué pensáis sobre esto?

Por cierto mola su dedicatoria ¿verdad? Me apetece colgarla cerca del escritorio. MERCI !


*Algo parecido ocurrió en Bellas Artes cuando los artistas rechazados por el jurado del Salón de París deciden allá por 1863 crear otro anexo, le Salon des Refusés, para exponer obras rechazadas. Con el tiempo esas exposiciones alternativas, donde los impresionistas colgaron sus cuadros , llegarían a superar en prestigio a las oficiales. El escritor Émile Zola nos cuenta el escándalo en un episodio de su novela, La obra (1886). Actualmente, y por extensión, “salón de rechazados se refiere a cualquier exposición de obras rechazadas por el jurado de una muestra.

Entre Ulises y yo


Sigo en el intento de leer Ulises y digo “intento” porque no es novela que se lea de corrido. Vive dios que no. Tampoco es mi primer intento, aunque a cada intentona se me hace menos indescifrable y eso que todavía… No se sabe si algún lograré terminar esa lectura o si me quedaré por siempre intentando leer la novela de James Joyce. Esas cosas pueden pasar… Pero no es de mis dificultades como lectora de las que quiero hablar, sino de lo cerca que estaba de Joyce (sin saberlo) a pesar de la lejanía (en espacio-tiempo y en cuestiones de estilo, de rango y hasta de género). Os lo cuento.

Cuando era bachiller (en los años ochenta) me regalaron el Ulises y el libro se me hizo un mundo así que dejé la lectura inacabada. El libro fue a para vete a saber dónde.

Unas décadas más tarde, me pongo a escribir. Al terminar el segundo manuscrito de la novela, Un mono en la despensa, se lo envío a unas cuantas editoriales, entre ellas a Navona, y contacto con su editor, Pere Sureda. Mi libro no pasa el control de calidad aunque el editor me aconseja. Entre otras pautas, me sugiere la lectura de Ulises; consejo que sigo a pies juntos. Y ahí es cuando la novela del irlandés vuelve a mí, no sin sospechar si tal recomendación por parte del buen editor habrá sido un truco para mantenerme ocupada, que bien podría ser…

El caso es que, mientras sigo en el empeño de leerla, comparto un buen día algo sobre el escritor en mi página del Facebook  (tocaya del blog, Sin ti no soy maga).

Al poco recibo un comentario de Luli Reisz (con quien comparto amistad virtual; además de pariente lejano es un encanto), diciéndome desde la Argentina:

No sé si sabías que el suegro de Olga, José Salas Subirat, abuelo paterno de Anahí y demás hermanos, fue el traductor del Ulises al español. Le llevó años por lo difícil que era. Tanto que Jorge Luis Borges, lo declaró en su momento por la complejidad intraducible.
—No, no lo sabía —le contesto. Y, no pudiendo creérmelo, le pido que me aclare si el traductor del Ulises al español fue el consuegro de Justa y Atilano (parientes que se fueron a la Argentina).
—Sí, así es —me contesta Luli (esposo de una nieta de Justa y Atilano)—.
Como es fácil perderse en estos vericuetos familiares, máxime cuando media charco, intentaré explicarme mejor: mi familia materna, asturiana, procede de una aldea, o mejor dicho un lugar, llamado Armada, situado en los montes del concejo de Lena, no tan lejos de Babia. Este lugar —donde yo nací— formado por una docena de casas, por no tener no tiene ni capilla. Mi bisabuelo, Antonio Suárez de la Losa, tenía una hermana, la tía Rosa, madre de Atilano. Por tanto, mi abuelo, Manuel, y él eran primos carnales.
Atilano, casado con Justa, emigró a la Argentina, donde les nació una hija, Olga, quien contrajo matrimonio con Eduardo Salas, a su vez hijo de José Salas, escritor y traductor de la novela que nos ocupa —según me cuenta Luli Reisz (yerno de Eduardo Salas)—.
Pues fue así, gracias al casual comentario de Luli, cómo me enteré de que el primer traductor de Ulises fue José Salas Subirats, consuegro del primo de mi abuelo, Manuel Suárez. Me parece alucinante —no solo por la impensable complejidad de la tarea—, sino por la “proximidad” del parentesco, en lo que a mí concierne.
Sí, otra vez se me revela plausible la teoría de los Seis Grados de Separación (propuesta en 1929 por Frigyes Karinthy, escritor húngaro, en su relato, Chains) según la cual cualquier persona está conectada con cualquier otra a través de una cadena de conocidos con no más de cinco eslabones o puntos de unión, siendo solo seis niveles los que nos separan de cualquier otra persona del planeta. Solo seis pasos…
Entonces de Joyce hasta mí ¿solo seis pasos? Y pensar que yo lo veía tan lejano…
1. James Joyce, escritor irlandés >
2. José Salas, traductor del Ulises, al español >
3. Olga Martínez, esposa de Eduardo (hijo del traductor), nuera de José Salas >
4. Atilano Martínez, padre de Olga, suegro de Eduardo y consuegro del traductor >
5. Manuel Suárez, primo de Atilano >
6. Laura Antolín, nieta de Manuel.
Parece un galimatías pero solo son ¡los seis eslabones de la cadena! (al que podríamos añadir, por comprender mejor el enredo genealógico-literario, a Luli Reisz, marido de Anahí Salas Martínez, nieta de José Salas y de Atilano Martínez).

Y ya por darle cierto matiz de realismo mágico —o naturalista—, transcribir el relato de mi madre, Cecilia (hija de Manuel Suárez):

“En uno de sus viajes al pueblo, Justa y Atilano me trajeron una pulsera de oro. A esa pulsera le debemos mucho, sobre todo tú —me dice— que gracias a ella que te salvamos… Ya sabes que estabas tan mala de pequeña que no tolerabas ningún alimento y el médico nos mandó una leche de farmacia, muy cara. Pero fue cuando tu padre quebró en eso de construir escuelas, antes de tener que emigrar a Bélgica, y no teníamos ni con qué pagar esos botes de leche, así que tu padre empeñaba la pulsera para poder comprar esa leche en polvo. Ya después, cuando podía la desempeñaba. Sí, por eso quise que fuera para ti, la pulsera argentina, porque te salvó.” 

(No me la pongo casi nunca por miedo a perderla, más que joya es talismán.)

Y para no dejarles con sabor amargo y volver a las letras, ahí les dejo un artículo de Juan José Saer publicado en El País, el 12/06/2004, reivindicando la figura del insigne traductor José Salas (consuegro del primo de mi abuelo, como ahora ya sabemos).
 
El 16 de junio de 1904, James Joyce dio con Nora su primer paseo nocturno por Dublín, que le inspiró el recorrido de Leopoldo Bloom para Ulises (1922), jornada conocida como Bloomsday. Un libro que renovó la literatura moderna y se convirtió en un reto para los traductores. Ésta es la historia de su primera versión en español.
Una tarde de 1967, el autor de este artículo asistió a la escena siguiente: Borges, que había viajado a Santa Fe a hablar sobre Joyce, estaba charlando animadamente en un café antes de la conferencia con un grupito de jóvenes escritores que habían venido a hacerle un reportaje, cuando de pronto se acordó de que en los años cuarenta lo habían invitado a integrar una comisión que se proponía traducir colectivamente Ulises. Borges dijo que la comisión se reunía una vez por semana para discutir los preliminares de la gigantesca tarea que los mejores anglicistas de Buenos Aires se habían propuesto realizar, pero que un día, cuando ya había pasado casi un año de discusiones semanales, uno de los miembros de la comisión llegó blandiendo un enorme libro y gritando: “¡Acaba de aparecer una traducción de Ulises!”. Borges, riéndose de buena gana de la historia, y aunque nunca la había leído (como probablemente tampoco el original), concluyó diciendo: “Y la traducción era muy mala”. A lo cual uno de los jóvenes que lo estaba escuchando replicó: “Puede ser, pero si es así, entonces el señor Salas Subirat es el más grande escritor de lengua española”.

El Ulises de J. Salas Subirat (la inicial imprecisa le daba al nombre una connotación misteriosa) aparecía todo el tiempo en las conversaciones, y sus inagotables hallazgos verbales se intercalaban en ellas sin necesidad de ser aclaradas: toda persona con veleidades de narrador que andaba entre los 18 y los 30 años, en Santa Fe, Paraná, Rosario y Buenos Aires, los conocía de memoria y los citaba. Muchos escritores de la generación de los cincuenta o de los sesenta aprendieron varios de sus recursos y de sus técnicas narrativas en esa traducción. La razón es muy simple: el río turbulento de la prosa joyceana, al ser traducido al castellano por un hombre de Buenos Aires, arrastraba consigo la materia viviente del habla que ningún otro autor -aparte quizá de Roberto Arlt- había sido capaz de utilizar con tanta inventiva, exactitud y libertad. La lección de ese trabajo es clarísima: la lengua de todos los días era la fuente de energía que fecundaba la más universal de las literaturas.

Aunque el hecho de haber sido el primero en algo no debe darle a la hazaña realizada más mérito del que posee intrínsecamente, es cierto que quien la lleva a cabo se expone a dos peligros que a menudo son las caras de la misma moneda: la crítica prejuiciosa y el saqueo. Tal ha sido el destino -que algunos, hay que reconocerlo, se empeñan desde hace algún tiempo en corregir- del extraordinario trabajo de Salas Subirat. Sería inadmisible que quien se abocase a una segunda traducción de Ulises al castellano pretendiese ignorar que existe ya la primera y tal parece haber sido la actitud del profesor Valverde, quien en las 46 páginas de su prólogo, rinde un elogio (justificado) a la versión del Retrato por Dámaso Alonso, pero no dice una palabra de la traducción de Salas Subirat, aunque cuando se comparan las dos versiones se entiende a menudo que las opciones de Valverde tienen como único justificativo la obsesión de no parecerse a la traducción anterior. Ningún traductor serio de Ulises puede ya ignorar que existen la primera y la segunda traducción (tal es el honesto principio adoptado por los autores de la tercera, Francisco García Tortosa y María Luisa Venegas), y semejante conocimiento implica que esas traducciones funcionarán siempre como referencias inevitables. Cuando apareció la de Valverde, en cambio, un clima de desdén justiciero daba a entender que la segunda traducción llegaba por fin para reparar la inepcia incalificable de la primera.

En Internet, que es la patria natural del dislate, entre varias aberraciones relativas a la primera versión de Ulises, se menciona también el colmo en la materia, producto de una vulgar operación comercial: la masacre que un tal Chamorro cometió en 1996, corrigiendo “hasta un 50%” de la versión de Salas Subirat, a la que acusa de caer, entre otras cosas, ” en localismos propios del habla porteña”, como si un inglés de Londres pretendiese traducir los localismos populares de Dublín que figuran a granel en el original de Joyce al habla de Oxford. De ese acto de piratería, 51 años después de la aparición del libro en Buenos Aires, hasta quien lo comenta favorablemente no puede dejar de observar que “es en cierto modo una reedición de la traducción de Salas”.

José Salas Subirat no era ni catalán ni chileno como la vaguedad usual de cierto periodismo literario pretendió revelar más de una vez; nació en Buenos Aires el 23 de noviembre de 1900 y murió en Florida, una localidad bonaerense, el 29 de mayo de 1975. Está enterrado en el cementerio de Olivos. Fue autodidacta y trabajó, entre otras cosas, como agente de seguros, oficio sobre el que escribió un manual: El seguro de vida, teoría y práctica. Análisis de la venta, que publicó en 1944, es decir, un año antes de que saliera la traducción de Ulises. En los años cincuenta publicó libros de autoayuda, como La lucha por el éxito y El secreto de la concentración, y una Carta abierta sobre el existencialismo, que Santiago Rueda incluyó en su catálogo. Pero había escrito novelas sociales y artículos en la prensa anarquista y socialista de los años treinta, y un libro de poemas, Señalero.

De su obra literaria, probablemente la traducción de Ulises sea la más perdurable realización. Pero sus libros de autoayuda y su tratado sobre la venta de seguros no resultan ni risibles ni indiferentes para quien ha leído a Joyce: Leopold Bloom hubiese podido escribirlos. El primer traductor de Ulises debe haber sentido lo que siente cada lector de verdadera literatura: que el libro que está leyendo habla sobre todo de él, del lector, y no de un mundo extranjero y lejano. Esa intensa revelación ha de haber sido el motor de su trabajo, que le permitió expresar su propia vida a través de un texto ajeno. Porque algo es seguro: dejando de lado las discusiones teóricas y técnicas sobre la traducción, es imposible no reconocer que el mundo de Ulises se parece más al de J. Salas Subirat que al de sus sucesores académicos.

A vuelo pluma


Si te azota la ola de frío y pillas un resfriado lo mejor que puedes hacer es leer algo (siempre que esos ojos dejen de lagrimear). No, un escritor griposo no puede dejarse amilanar por unos cuantos estornudos; la vida sigue, los discursos fluyen, y las imágenes, tantas palabras por atrapar…

La novela que a mí me sirvió de bálsamo para combatir el catarro fue Ciudad abierta.

Open City —en su título original, de Teju Cole; publicada por la editorial Acantilado, en su colección Narrativa; 296 páginas; traducida del inglés al español por Marcelo Cohen; y su reseña desde Acantilado:

Julius, un joven psiquiatra nigeriano residente en un hospital neoyorquino, deambula por las calles de Manhattan. Caminar sin rumbo se convierte en una necesidad que le brinda la oportunidad de dejar la mente libre en un devaneo entre la literatura, el arte o la música, sus relaciones personales, el pasado y el presente. En sus paseos explora cada rincón de la ciudad. Pero Julius no sólo recorre un espacio físico, sino también aquel en el que se entretejen otras muchas voces que le interpelan. Ciudad abierta, novela bellísima y envolvente, supone el descubrimiento de una voz tan original y sutil como extraordinaria.

Yo diría que el tema de la novela es el desarraigo. El argumento se centra en el devenir de un joven africano, de prácticas en un hospital psiquiátrico de Nueva York; su adaptación a esta ciudad, con un paréntesis de vacaciones en Bruselas. La trama se entreteje sobre el monólogo interior del protagonista que deambula por las calles buscándose, otea los horizontes, observa las migraciones de las aves, cavila sobre música, describe con precisión fotográfica los edificios, comparte conclusiones sobre salud mental, convirtiéndose en nuestro excepcional guía. Un canto a sí mismo y un canto al cielo, ese que acabamos sobrevolando, escapando de la jungla de asfalto, de tanto mogollón globalizado, planeando sobre la inevitable sensación de déjà vu que provoca en nosotros, espectadores sumamente familiarizados con el urbanismo neoyorquino, esos itinerarios de película que él patea, peinando esa manzana de película, levitando sobre los tópicos, picoteando conciencias… Hay algo del existencialismo en el razonar del joven, fogonazos de Camus; a veces, hasta picados a lo Cioran; otras, medio Borges, por erudito; señales cortazianas; y otros ramalazos de Faulkner, y vete a saber, porque estamos ante un escritor con mayúsculas a quien le deseamos larga vida y feliz año pues suponemos que seguirá por ahí caminando, y queremos que nos lleve de la mano, como ese padre enseñándonos el nombre de las plantas o ese abuelo descubriéndonos un nido de arrendajos. Ese filósofo  de a pie, siempre preguntándose… Por suerte, Teju Cole no es pedante —y bien que podría permitírselo— solo un pelín talentoso, pero cuando se va por las ramas, en seguida aterriza y se peina el plumaje.

Y ¿quién es Teju Cole?

Teju Cole es escritor, historiador del arte y fotógrafo. Es escritor distinguido en residencia en Bard College y crítico de fotografía de la revista New York Times. Nació en los EEUU en 1975 de padres nigerianos, y creció en Nigeria. Actualmente vive en Brooklyn. Es autor de novelas. Cada día es para el ladrón fue nombrado libro del año por el New York Times y otros diarios, y preseleccionado para el premio PEN. Premio, el PEN / Hemingway, que sí consigue con Open City, novela que también aparecerá en varias listas de libros del año y será galardonada con el New York City Book Award de ficción, el Rosenthal de la Academia Americana de Artes y Letras y el Internationaler Literaturpreis, y preseleccionada para otros premios. También escribe una colección de ensayos, Cosas conocidas y extrañas, con el mismo éxito de premios y nombramientos que obtiene con su narrativa. Su columna de fotografía en la revista New York Times fue finalista de un Premio de la Revista Nacional en 2016. Teju Cole ha colaborado con el New Yorker, Granta, Brick, y otras revistas. Su próximo libro es Blind Spot, de fotografía y textos, un cruce de géneros. Sus fotos han sido expuestas en la India, Islandia y los Estados Unidos, publicada en varias revistas, y fue objeto de una exposición individual en Italia en la primavera de 2016. Da conferencias, desde la Harvard Graduate School of Design hasta la sede de Twitter, pasando por varias universidades como Kenan, Indiana o Ámsterdam. Fue galardonado con el Premio Windham Campbell 2015 en categoría “Ficción”, y con el premio de Artistas de los Estados Unidos. Esta es su web, donde también publica sus fotos.

Teju Cole me parece un escritor honrado y sólido, así que le seguiré la pista.

(Esta novela la leí prestada por eBiblio. No será la primera vez que alabe este servicio, el préstamo electrónico de libros, ebooks que podemos leer, durante 15 días y gratis, desde cualquiera de nuestros dispositivos. Basta con tener un carné de usuario de biblioteca municipal —si no lo tienes, ¡sácatelo ya!, es gratuito, pero no olvides llevarte el documento y dos fotos—, pues serán tus datos de usuario los que proporcionarás a la cuenta de Adobe Digital Editions, aplicación que descargarás a tu ordenador para servir de enlace entre la plataforma de la eBiblio y tu casa. Parece lioso, pero es refácil. Como siempre en estos casos, si te pierdes, te ayudan. Desde aquí me ofrezco a guiarte, si lo necesitas. En este enlace, te explican los pasos a seguir. Por lo que sé, además de eBiblio Catalunya, el préstamo electrónico existe también en Madrid, en Andalucía y en La Rioja.)

Un padre extranjero


Hay un blog, Libros. Instrucciones de uso, que leo porque desde ahí ellos me sugieren lecturas que me suelen gustar. Últimamente, están publicando entrevistas con editores, muy interesantes. (Como no vivo en una ciudad no tengo librerías cerca, así que ese tipo de recomendaciones son una opción.) Hace un mes, hablaban con Enrique Redel, fundador de la Editorial Impedimenta.

Yo, antes, no me fijaba mucho en quién publica qué, porque más que buscar encontraba (era joven, más que nada). Entraba en una librería, curioseaba las estanterías y, si un libro me llamaba la atención, lo abría y leía algún párrafo al azar. Cuando me sugería, por lo que contara o por el estilo, si podía me lo compraba. Pero eso era antes, cuando andaba de librerías. Después pasé años muy contraculturales, literariamente hablando (aunque lo que estaba haciendo era trabajo de campo, sin saberlo), años en los que apenas leí. Luego me entró de nuevo la pasión lectora; me hice asidua a la biblioteca pública y saqué prestado todo lo que encontré (siguiendo el método de abrir un libro hacia donde cayera, para ver de qué iba y cómo me lo contaban). Ahora, otra vez, vuelvo a leer bastante: uso el servicio de préstamo electrónico y, algunas veces, encargo libros que me traen a casa, ¡vaya un lujo! Sin embargo, ya me fijo más en la editorial, entre otras cosas porque se me han acabado los filones de leer de cabo a rabo colecciones completas de escritores preferidos, así que me veo obligada a explorar nuevos horizontes para descubrir nuevos escritores. Por no andar a ciegas, me encomiendo al criterio de la editorial, un camino seguro en apariencia, solo en apariencia, tantas veces minado.

Así, si el editor de Impedimenta me parece interesante, y encuentro un libro publicado en su casa, pues eso me da ciertas garantías. Cuando el libro tiene, además, una portada tan estupenda, que no me canso de mirarla, como es la de Un padre extranjero, entonces me lanzo y me lo pido. (En mi foto no se aprecia toda la belleza de la imagen de cubierta, un cuadro de Kenne Grégoire, porque ya sabéis que soy pésima haciendo fotos. Por eso, añado el enlace de la galería del pintor.)

Dicho y hecho, en un plisplás me lo trae el mensajero (ese chico con barba a lo hipster que siempre me trata como a una marquesa); le firmo el acuse de recibo con un garabato en la pantalla de su móvil; contengo a mi perro que se quiere ir de reparto; y cierro la puerta. Al fin sola con el libro, deshago el envoltorio y es cuando veo esa portada en directo, palpo su tacto verjurado. Qué maravilla de libro, pienso. No, los de Impedimenta no me han defraudado, al menos no con el objeto: está maravillosamente bien editado.

Otro detalle —al margen la credencial de Impedimenta, en sí una garantía— que me impulsó a comprar esta novela —tengo que decirlo— fue su título: “El padre extranjero” (por razones que no vienen a cuento).

Leo en la biografía del autor, la escueta en contraportada, que es argentino. Por lo general, esa también suele ser buena señal.

Pero estoy prejuzgando: la editorial, seria; la factura impecable del libro; la portada, guapísima; el título, sugerente; el escritor, argentino; ¿y la novela?

No nos precipitemos con valoraciones basadas en las apariencias, vayamos a su lectura.

La escritura es correcta; el estilo no es para morir; tampoco la historia.

Sí, lo admito: la lectura me da un poco de bajón. Por supuesto, si fuera el texto de un escritor desconocido, pensaría que es una buena novela, pero no es el caso. El autor ha recibido numerosos premios, incluso se benefició de una beca para escribir este libro.

Visto así, ya no me parece tan fabuloso, sinceramente.

¿Por qué?

Bien, es muy probable que, ante una edición tan cuidada, yo esperara un contenido parejo. También, que me dejara obnubilar por un título que despertó en mí unas expectativas, incumplidas. O tal vez Un padre extranjero sea una historia que no se acaba de contar, que avanza a duras penas, apoyada en otra subtrama, un episodio, algo banal y casero, del escritor polaco, Joseph Conrad, ese gran aventurero. No lo sé. No puedo decir que me haya entusiasmado ni la novela ni la escritura de Eduardo Berti, sin duda gran estudioso y traductor, pero no tanto escritor (en mi opinión). No he leído sus otras novelas, todas muy galardonadas, pero sospecho que pronto se me olvidará hasta su nombre…

Eso sí, gracias a esta lectura, me apetece leer de nuevo a Conrad, descubro a K. Grégoire, ese pintor flamenco contemporáneo, y compruebo que en Impedimenta miman sus libros.

Quizás el error haya sido mío por hacerme ideas previas, por querer que alguien me contara bien la historia de un padre extranjero.

(Por ello, pido disculpas de antemano a Berti por esta reseña mía tan desabrida que bien me podría haber ahorrado, total… Sin embargo, he querido escribirla por dejar constancia que no siempre van emparentadas calidad editorial y calidad literaria, aunque no soy quien para hacer crítica y de sobra sabemos que sobre gustos no hay nada escrito, al menos nada que pueda leerse como verdad absoluta y dogmática.)

Eso sí, gracias al libro, recordé la existencia de Oulipo, colectivo al que pertenece Eduardo Berti (OuLiPo, proceder narrativo muy interesante y que siempre utilicé para escribir mis novelas —aun sin miembro, es decir, al estilo de andar por casa— y del que quiero hablaros en breve). También le debo a esta lectura la presentación del escritor rumano, Mircea Carterescu, sobre el que deposito ciertas esperanzas, no demasiadas por que no me defraude.

La condición animal


No soy muy de leer cuentos, creo que los únicos que me gustan de verdad son los que escribió Cortázar. Y los que contaba mi güelu. Pero ellos  ya no están, ni Julio ni Manuel…

Sin embargo, a veces, me da por leer relatos cortos, ya sea porque no quiero enfrascarme en una novela, ya por equivocación, como me pasó con La condición animal.

Supe del libro por una entrevista de la radio que le hacían a su autora, Valeria Correa. (Debí de pillar la charla ya entamada por lo que no entendí que eran relatos. De todas formas no me arrepiento del malentendido pues el libro bien vale una lectura.)

Presentaban a Valeria Correa Fiz como a una escritora prometedora y a La condición animal como primera obra publicada. No exageraban en lo de promesa.

Apunté el título en la pizarra donde escribo la lista de la compra —estaba cacharreando por la cocina, mientras de fondo parloteaban en la radio—, por lo sugerente del título, ese tema de la condición animal; por la voz de la escritora con deje argentino pero ya lejano y medio trotado (se ve que vivió en Miami, Milán y Madrid, además de Rosario, su ciudad natal); y, más que nada, por su tono, que me pareció desprovisto de pretensiones. Dijo algo como que ella había escrito sobre ese tema porque había visto cosas desagradables y brutales, por su profesión, y quiso escribir sobre ellas. A mí me sonó como alguien intentando sacar demonios fuera, no tanto propios, como maldades y asquerosidades que haya tenido que presenciar… Me dio morbo.

“Igual lo pillo”, pensé. Lo busqué en el catálogo de la editorial, Páginas de espuma y me lo regalé en digital. El hecho de que fuera primera obra publicada aún me atraía más. Sí, estos últimos tiempos me apetecen las primeras publicaciones, sean de noveles o de autores más conocidos, como si las encontrara más auténticas, aunque quizás más torpes y desaliñadas. En obras venideras y bien asentadas, detecto la labor del corrector de estilo, ese pulido que las hace perfectas, pero que a mí me estorba, como el barniz o el marco de un cuadro. Bah, manías mías de lectora enfermiza y voraz. Ni caso.

Me costó un par de días transferir el libro a mi lector; no sé qué pasaba… Algo relacionado con un DRM que no tenía, en fin, nones tecnológicos que no vienen al caso, ¿o era que todavía no me tocaba leerlo?

La noche del jueves, por fin,  lo tuve parpadeante en mi lector. Me acosté pronto con intención de leerlo. Lo devoré, como suelo hacer con las lecturas que logran captarme desde el principio.

Los primeros relatos me parecieron desde luego “perturbadores”, como anunciaba la reseña de la Editorial Páginas de espuma, al presentarnos a su escritora novel del año. Cuando acabé al tercero, La vida interior de los probadores, me preparé un té con clavo y cardamomo, al que añadí una pizca de canela. “Total, ya no voy a dormir hasta acabar la docena de relatos, así que, de perdidos al río”, pensé. Me sosegué un poco hasta llegar a Los perros , el segundo relato de la tercera parte, enmarcada en el elemento Fuego —la primera pertenece al elemento TIERRA; la segunda, al AIRE; la tercera, al FUEGO; y la cuarta, al AGUA—, pero con el relato siguiente, Nostalgia de la morgue, entré yo también en una espiral de melancolía, culpa del hospitalismo, aunque los brillos plateados de Estrella, y sus acuarelas, me rescataron a tiempo.

Lo peor estaba por venir. Para rematar, me esperaban Las criaturas en el último relato, uno de plagas bíblicas. Pasé miedo, verdadero miedo. Suerte que las palabras, por mucho que nombren las cosas, todas las cosas, también las más repugnantes, no tienen el poder de las imágenes, porque ese mismo relato en cómic o en audiovisual no lo habría soportado. Realmente, La condición animal puede herir la sensibilidad del espectador. Comprendo que su autora, Valeria, ponga en boca de uno de sus personajes, como broche final: “pudiste por fin llorar”. Yo, cuando se apagó la pantalla, no sabía si llorar o gritar o taparme la cabeza con la manta. Opté por esto último, después de tomarme agua con flores de amapola, por miedo a tener pesadillas con esas criaturas, las más viscosas, las más monstruosas. Como no puedo ni seguir pensando en ellas sin estremecerme de horror, por ahí pego la reseña de la editorial, por distraerme y no recordar.

Es imposible que alguien se interne en los doce cuentos que forman La condición animal y no salga de ellos, al menos, sacudido, turbado y, por qué no advertirlo, también conmocionado por la intensidad de estas historias.

¿Qué es lo que nos hace diferentes como especie, en qué consiste la condición humana? ¿Sabernos frágiles, expuestos, mortales? ¿Cómo seríamos  si no temiésemos el mal ajeno? Eso parece preguntarse cada uno de los cuentos que Valeria Correa Fiz ha escrito con una prosa visceral, física y cargada de turbiedades, para conducirnos hasta nuestros propios miedos, nuestras inseguridades, nuestros temblores. El ángulo más oscuro del ser humano –la locura y la muerte, el amor y la enfermedad, la obsesión y la violencia y la ternura inevitables–. Un libro brutal. Un libro que duele, como duele siempre la buena literatura.

Pocas veces nos podemos encontrar con un debut tan deslumbrante como este primer libro de Valeria Correa Fiz, una apuesta rotunda, seria y apasionante, que rebosa calidad y, sobre todo, futuro.

Es evidente que Valeria Correa escribe bien, muy bien, tanto que consiguió aterrorizarme más que cualquier película de miedo, y eso que me tengo por persona valiente. No creo que logre olvidar el asco que sentí con el último relato… Suscribo lo de “un libro brutal. Un libro que duele, como duele siempre la buena literatura”.

Tal vez, tú lo leas y no te transmita estas sensaciones. Ya se sabe que los miedos pueden ser contagiosos pero no compartidos. El miedo, ya se sabe, es libre.

Aquí puedes curiosear las primeras páginas, si te atreves.

Adiós a Dylan


No sé si conocéis al escritor mexicano, Alejandro Carrillo. Puede que sí, si estáis como yo enganchados a Tinta chida, ahí donde propone: “Ideas y experimentos para ganarse la vida haciendo lo más chingón del mundo: escribir”. (Soy muy fan de los tintachideros, siempre que entro a leer sus propuestas, salgo liberada, rejuvenecida casi, y eso no tiene precio. Recién, convocaron un concurso muy chulo por celebrar su primer cumple, por si os interesa aquí pego las bases.) También es bien posible que no sepáis quién es Alejandro Carrillo, ya que Adiós a Dylan es su primera novela publicada, hace tan solo unas semanas.

Ahí va la ficha técnica, tal como aparece en la página de Me gusta leer

  • Título: Adiós a Dylan
  • Autor: Alejandro Carrillo Rosas
  • Traductor:
  • Sello: LITERATURA RANDOM HOUSE
  • Precio sin IVA: 9.49 €
  • Fecha publicación: 11/2016
  • Idioma: Español
  • Formato, páginas: E-BOOK EPUB, 232
  • Medidas:   mm
  • ISBN: 9786073150453
  • Temáticas: Contemporánea
  • Colección: Random house
  • Edad recomendada: Adultos
  • Premio Mauricio Achar 2016.

    La reseña:

    “Una novela iniciática con influencia de la beat generation, un libro sobre los ídolos, los papás y los ideales a los que nos colgamos para crecer.”

    Y la sinopsis:

    “Me quedé así un buen rato, contemplando al nuevo personaje del espejo, pensando que esta versión se parecía más a mí mismo que ninguna otra, y que si Sara también veía a este personaje guapo y misterioso, esta iba a ser una buena historia.”

    Sara, la chava de la que se enamora Omar, un obsesionado fan de Bob Dylan de 19 años. Sara, la Diosa Trágica que coincidentemente tiene el mismo nombre que la primer esposa de su ídolo. Sara, el ideal de la pureza y la sordidez que lleva a Omar a un viaje a través de la obsesión y la orfandad. Sara, la encarnación de todas las historias que el protagonista quiere vivir para tener “una vida de verdad”, llena de mierda y alegría, virtud y dolor, amor y hambre; una vida afuera de su mente, lejos de su existencia clase mediera.

    “…para mí de su boca salen figuras de humo, poemas que puedo moldear según me convenga”, dice Omar en algún momento. Y ese transformar la realidad en ficción lo lleva a enfrentarse a sí mismo, lejos de la Ciudad de México, en Nueva York.

    Como suelo hacer cuando un conocido mío, real o virtual, publica algo, compré la novela (en formato ebook porque ya no quiero llenar más las estanterías). La leí del tirón la noche esa de la luna espectacular, un acierto pues, aunque me desvelé hasta las cuatro de la mañana, la gente reconoce haber dormido mal esa noche, se ve que por influencia de la lunaza enorme y dorada.

    Me gustó mucho. ¿Cómo no sentirme identificada con el protagonista? (Yo fui muy así como él, de joven… ¿Ven por qué digo que los chidos me son túnel del tiempo?) También me gustaba Dylan, y aplaudo su Nobel, aunque no con el fervor de Omar. El rollo mitomaníaco lo enfoqué hacia Cortázar. Yo también me fui, no a Nueva York, pero sí a París en busca de mi ídolo… Tuve mi Sara de turno (chavo, no chava), y cometí las mismas osadías y me arriesgué hasta tener “una vida de verdad”. Y cuando me supe viviéndola, también me asusté, y tuve frío, y me perdí. Pero de eso hace ya mucho, mucho tiempo, tanto que ni lo recuerdo casi… (Por eso, esta novela me sirve de recordatorio, ya ves tú.) Y en un momento dado también me tocó decirle adiós a mi Dylan de turno, por crecer, mal y tarde, pero crecer.

    Imagino que, para Alejandro Carrillo, ver publicada esta primera novela suya debe de ser de esas cuentas pendientes que toca saldar consigo mismo, con ese Ale que quiso ser escritor, y ya es escritor. Por crecer y tirar adelante. Estoy casi segura de que ahora le resulta primaria, como corresponde a cualquier obra primeriza, pero no porque Adiós a Dylan sea para nada un libro chapucero, sino porque él ya andará más allá, como persona y como escritor.

    La novela está muy cuidada, no busquen gazapos, no hay, en todos los aspectos. Basta con ver el book trailer del autor para darse cuenta de que Alejandro pelea con ganas, canta si toca, y no le hace ascos a la vida. Sabe que para ser escritor solo tiene que escribir, como bien dice su manifiesto. Si acaso, salir a vivir, por si fallan las musas, esas escurridizas.

    Para que nadie piense que estamos conchabados, y porque siempre tendrá que haber un pero, el mío va del capítulo This Land is Your Land que, no sé bien por qué, me suena añadido, pero no me hagáis caso; el pobre Omar salía de un mal viaje, así que no se lo tendremos en cuenta.

    Otra tontería, cuando un tipo, español, bastante patético, dice “bote” para decir “cubo de basura” —contenedor, si está en la calle—, un pequeño fallo idiomático (ver página 161 del ebook). Un quitameallá, sin más.

    Por último, tal vez eché en falta un poquito de traducción del inglés, pero esto es fallo mío que ando como Víctor Manuel, el que no sabe inglés. También es verdad que me esforcé y acabé entendiéndolo todito (por tanto, la novela, además de muy recomendable para cualquier apasionado de la literatura actual, de Dylan, de la beat y de todas las generaciones presentes y venideras, también es un punto para practicar un poco ese idioma que solemos tener en suspense).

    Ah, perdón, se me olvidaba esta sugerencia suya: “Acompaña esta novela oyendo la canción de cada capítulo en www.adiosadylan.com “, que hasta banda sonora tiene este fabuloso libro. A huevo, claro.

    Ahora le envío un correo a Alejandro, solo por leer su respuesta, siempre chida.

    P.S. ¿Por qué este corrector obtuso me subraya como falta esta palabra tan linda?

    chido, da

    1. adj. coloq. Méx. bonito (‖lindo).

    2. adj. coloq. Méx. Muy bueno.