Categoría: Textos por cortesía

Libera tu mente


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El perro y nosotros

¿Nosotros? Reventar el libro, reventar lo áspero, reventar la fiesta, reventar la vergüenza, reventar el paquete, reventar la mentira, reventar el conflicto, reventar el cambio; cronometrar la verdad,  cronometrar el tren,  cronometrar la electricidad,  cronometrar las semanas, cronometrar la decepción. Reventar el azar olvidado. Cronometrar la estrella. Reventar, reventar lo involuntario. Cronometrarlo.

¿El perro? Reventar el bosque, reventar el hielo, reventar la flor; cronometrar el hueso, cronometrar la lluvia, cronometrar el trombón, cronometrar la estrella. Cronometrar el pañuelo olvidado. Reventar lo áspero, siempre involuntario.

¿Fiesta o decepción?

(El bosque

a reventar.)

La verdad

y la mentira

en paquete.

Nosotros,

en conflicto

por el cambio,

y el perro

como un pañuelo

olvidado.

Semanas sin lluvia

y prenden fuego.

Involuntario, dicen que…

¿Cronometrar el azar?

La electricidad del tren,

tan hielo,

casi áspero

como un trombón.

¿Dónde

la estrella,

el libro,

la flor?

Hueso,

¿adónde, hueso?

Pero falta tanto…

Y

sobra

vergüenza.

(Libera tu mente.)

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Más rompecabezas no, por favor


Hace días no veo a mi hija. El otro día pasé por su barrio y la llamé desde el portal. Me abrió la puerta medio apurada y no me invitó a pasar. Estaban de obras, dijo, el piso manga por hombro. No, si no quiero molestar, solo que pasaba por aquí, dije. Le pregunté si necesitaba que les echara una mano, pero dijo que no, que ya se apañaban, que en un par de días lo tendrían listo. Total, solo estaban pintando el cuarto de estar y, ya puestos, el pasillo. La verdad es que la noté algo azorada. Bueno, lo atribui al estrés del zafarrancho, bah, la casa patas arriba.
Al cabo de unas semanas ya me mosqueó que no me llamara. Ni siquiera me convidaron a verles la casa. Así que llamé yo. Me dijo que estaban bien, que el piso, muy chulo. No quise insistir más, sé cuándo me pongo pesada. Me faltó preguntarle cómo habían quedado los cuadros sobre las paredes recién pintadas, si lucían más que antes, sobre el papel pintado donde no destacaban, ese de florecitas mustias del salón y el otro del pasillo, a rayas.
Pero Eloísa siempre con las prisas ni tiempo me dio a recomendarle que, sobre todo, esperaran unos días antes de colgarlos para que la pintura estuviera bien seca, por mor de los hongos. Me colgó con el pretexto de atender no sé qué urgencia de los chicos, aunque yo no los escuché reclamarle, ni tampoco pelear como otras veces cuando su madre atiende el teléfono.
Ayer sí me pidió que pasara a recoger a los nenes. Yo estaba en el cuarto nivel de la torre de Pisa, pero primero es la obligación. Además, no es que suela abusar de mí con esa clase de favores y, si lo hiciera, tampoco me importaría demasiado: es una delicia llevarles al parque, darles la merienda, cuidarlos mientras juegan al pilla-pilla, o a lo que sea. Ser abuela un rato. Después volver paseando a la vera del río, darles a los patos las migas de los bocatas, que se quedan en las bolas de papel aluminio arrebujadas. Sentirme algo útil. Creer que alguien todavía me necesita.
De vuelta, la Nati llamó al timbre y mi hija dijo que ya va, que suban. Empujé la puerta, pero el Óscar me detuvo. No, abuela, tú no hace falta que subas, ya subimos solos, y mientras me lo decía vi cómo miraba de reojo a su hermana. Está bien, pero al menos un beso, les pedí. Y un beso sí me lo dieron. Mientras se largaban escaleras arriba, me quedé parada viendo el reflejo de mi cara en el cristal de la puerta de entrada. Debería haberles preguntado cómo les había quedado el piso después de las reformas, pero qué saben de esas cosas. Son críos.

Volví caminando despacio hacia mi barrio, disfrutando de la tarde que iba cayendo, del buen tiempo que todavía tenemos (aunque es casi noviembre las tardes son cálidas; por increíble que parezca, los grillos todavía cantan, pero ya roncos, desafinados).
En casa, después de cenar un algo de pie y sin ceremonias, me senté en la mesa del comedor, esa que ya nadie utiliza para comer, y me puse con un Taj Majal. Aunque no es el primer Taj Majal que acometo (hace tiempo ya hubo otro, nocturno), con este, no sé por qué, el reflejo en el agua me está costando.
Ay, esa Eloísa, la noto esquiva, me da que algo le ronda… Ah, pero ella es tan reservada que no me lo diría aunque fuera malo.
Mañana llamaré a mi consuegra, a ver si le sonsaco algo. Con ella tienen más confianza, lo sé y no les culpo: esa mujer se desvive por su hijo, adora a los nietos y a Eloísa la trata como a una hija. No quiero decir que yo, como madre, sea de las que se desentienden, solo que soy de otra pasta. A la nena la crié yo sola, a escape, y así salió la pobre de despegada. Pero entonces yo no tenía tiempo para atenderla como Dios manda…
Ahora que sí ando desocupada, ella tiene su propia familia, su trabajo, su marido, sus amistades, y ¿qué pinto yo en ese entramado? Si no es hacerle de canguro a ratos, poco o nada. Por eso yo voy a lo mío, y no crean que es cosa baladí el reflejo del palacio indio en el agua… Pienso que este, que ya estoy por acabar, les quedaría que ni pintado en el dormitorio. Leí en alguna parte que fue encargo de un enamorado, y se le tiene por símbolo de la fidelidad, o algo por el estilo. Buena estampa de cabecera, ¿no?
La ocurrencia del regalo se me antoja un acierto y, aunque ya es un pelín tarde, llamo a mi hija para decírselo (así, de paso, cuando se lo lleve, se verá obligada a enseñarme cómo les quedó la casa). Eloísa me atiende con voz cansada. De mano, mi propuesta no parece entusiasmarla. Mamá, te lo agradezco, pero no hace falta. Quédatelo tú para tus compromisos. Nosotros ya no sabemos ni dónde colocarlos. Además, por ahora, habíamos pensado guardarlos en el trastero porque nos apetece decorar la casa de otra manera. Más moderna. Que no, que no es que no gusten, siempre quedaron muy originales, pero, ya sabes, mamá, las modas cambian. Ahora resultan algo anticuados.
Así que era eso… Mis puzles, como les dicen ellos, ya no molan…

Me entran los sofocos, abro la puerta del patio y salgo a respirar. Piso las hojas secas que los coletazos del huracán Ofelia soplaron desde el jardín de al lado y que ni me molesté en barrer (me chifla cómo crujen las hojas muertas al pisarlas). La noche es bastante negra y mi bochorno, tremendo. Solo de pensar en esas amistades a quienes debí de saturar con mis paisajes troquelados… Qué espanto. Castillos franceses, catedrales góticas, iglesias románicas, templos budistas, mezquitas cordobesas. Madre mía, qué cansina, se habrán figurado. Porque Eloísa tuvo el cuajo de decírmelo, ya se sabe dónde hay confianza, pero los demás…
Fantasmas en la pared, eso quedará de mis cuadros. Los cercos que el sol haya ido imprimiendo día a día, huellas solo visibles cuando se descuelgan. Esos paisajes tan imposibles, tan relamidos. De postal. Y yo que creía ser generosa con sopas de ajo…
Mi Torre Eiffel, mi estatua de la Libertad, mi Sagrada Familia, mi Louvre, mi Coliseo, mis canales de Venecia, mis pirámides de Egipto, mi Partenón (de día y de noche), mi muralla china (con gente y sin gente ), mi Alhambra (en primavera y nevada), mi plaza Roja de Moscú, mi puerta de Brandeburgo, mi Machu Pichu, mi Zócalo, mi acueducto de Segovia, mis Casas Colgadas, todo al traste pienso.
Me da bajón. Vuelvo a entrar en casa y ajusto bien la puerta. Ya no sé si ponerme con esos dos casi acabados… Pero no tengo sueño y no se me ocurre otra cosa mejor que hacer, así que me siento y me pongo. Me quedan cuatro o cinco piezas de la torre inclinada, otras tantas del otro. Las voy colocando, despacio, mientras pienso que lo mejor será deshacer lo andado, una vez estén terminados. Decido que esta vez no pegaré las piezas a la tabla. Por descontado, tampoco los mandaré a la tienda de marcos, donde además me cobran una pasta por enmarcarlos y para qué.
Está decidido: cuando encastre las últimas piedras, me doy el gusto de destrozarlo. Eso haré: voltear el cuadro, desmigajar el paisaje, mezclar las piezas, cielo con suelo, piedra con agua. El caos.
Y cae la torre, y guardo las piezas en la caja y cierro la tapa (esa donde viene la foto que sirve de modelo, porque ¿quién sabe cuántos pisos tiene la torre de Pisa? Yo no. Yo nunca viajo…)
Luego, hundo las manos en el charco del otro y el mausoleo se inunda al instante. Vale, costó, pero no tanto. Total, lo que yo disfruto del juego es encajar una nube en su retal de cielo, y poco más.

 

 

 

Vivo en ciudades ajenas


“Vivo en ciudades ajenas y a veces converso
con gente ajena sobre cosas que me son ajenas.”
Adam Zagajewski

Vivo en ciudades ajenas y a veces converso con gente ajena sobre cosas que me son ajenas. Otras, si las lenguas me son foráneas, me quedo en silencio, viendo cómo pasan las cosas que no me atañen.
De sobra sé que estoy de paso.
De la primera ciudad, solo recuerdo el traqueteo de un tren, fuga de raíles, pero no sé si es recuerdo o me lo habrán contado. Después, el fabuloso alumbrado de la ciudad de las luces que circunvalamos en un carrusel, hasta llegar a la otra ciudad, la que sí habitamos tanto tiempo que, aun extranjeros, la sentimos casa nuestra y los asuntos, propios. Pero de ahí, después, creímos a bien largarnos… Solo era el comienzo de un periplo, raro.
Y hubo, entonces, otras ciudades que me acogieron, ya sola, y recién llegada a sus vecindarios; ciudades que amé con la desesperación que otorga el saber de lo efímero, la inevitable fecha de caducidad de mi estancia. Otras, por qué callarlo, me expulsaron como a un paria porque no supe, o no pude, implicarme. Forastera, me quedé al margen.
De todas, me quedo con sus arrabales. Y con sus lunas, siempre iguales y cambiantes. “Cuando mires a la luna, acuérdate de nosotros, que también la estaremos mirando”, me dijo mi abuelo.
En sueños, todavía me pierdo entre callejones, plazas y soportales. Hay uno, recurrente: ando vagando por una casba y me acerco a un puesto de comida, quiero pedir algo (las ciudades ajenas me dan hambre), pero no entiendo los letreros, de tan exóticos, indescifrables, y me quedo con las ganas.
Ya luego, repuesta con el café de la mañana, escribo cosas propias para gentes que me son ajenas; leo historias ajenas que ocurren en ciudades que me son desconocidas y que tal vez no visitaré; ahora que, según parece, me voy reponiendo de una vida errante. De vuelta a mis ciudades propias donde al fin converso con gente cercana de cosas que, me temo, a veces les son extrañas. Desasosiego del nómada, complejo de Ulises, dudas del repatriado.

Más rompecabezas no


Hace días no veo a mi hija. El otro día pasé por su barrio y la llamé desde el portal. Me abrió la puerta, medio apurada, y no me invitó a pasar. Estaban de obras, dijo, el piso manga por hombro. No, si no quiero molestar, solo que pasaba por aquí, dije. Le pregunté si necesitaba que les echara una mano, pero dijo que no, que ya se apañaban, que en un par de días lo tendrían listo. Total, solo estaban pintando el cuarto de estar y, ya puestos, el pasillo. La verdad es que la noté algo azorada. Bueno, lo atribui al estrés del zafarrancho, bah, la casa patas arriba.

Al cabo de unas semanas, me sorprendió que no me llamara, ni que fuera para convidarme a casa, que viera cómo les había quedado. Así que llamé yo. Me dijo que estaban bien, ya todo arreglado. No quise insistir más, sé que me pongo muy pesada. Me faltó por preguntarle por cómo habían quedado los cuadros sobre las paredes recién pintadas, si lucían más que antes, sobre esos papeles pintados donde apenas destacaban, el de florecitas mustias del salón y el otro del pasillo, a rayas.
Pero, Eloísa, siempre con las prisas, que ni tiempo me dio a recomendarle que, sobre todo, se esperaran unos días antes de colocarlos, hasta que la pintura estuviera bien seca, por mor de los hongos. Me colgó con el pretexto de atender no sé qué urgencia de los chicos, aunque yo no los escuché reclamarle, ni tampoco pelear como otras veces cuando su madre atiende el teléfono.
Ayer sí me pidió que pasara a recoger a los nenes. Yo estaba en el cuarto nivel de la torre de Pisa, pero primero es la obligación. Además, no es que suela abusar de mí con esa clase de favores y, si lo hiciera, tampoco me importaría demasiado: es una delicia llevarles al parque, darles la merienda, cuidarlos mientras juegan al pilla-pilla, o a lo que sea. Ser abuela un rato. Después volver paseando a la vera del río, tira las migas de los bocatas, que se quedan en las bolas de papel aluminio arrebujadas, a los patos. Sentirme algo útil. Creer que alguien todavía me necesita.
De vuelta, la Nati llamó al timbre y mi hija dijo que ya va, que suban. Empujé la puerta, pero el Óscar me detuvo. No, abuela, tú no hace falta que subas, ya subimos solos, y mientras me lo decía vi cómo miraba de reojo a su hermana, y me pareció algo azorado. Está bien, pero al menos un beso, les pedí. Y un beso sí me lo dieron. Mientras se largaban escaleras arriba, me quedé parada viendo mi cara de pasmarote que se reflejaba en el cristal de la puerta de entrada. Debería haberles preguntado cómo les había quedado el piso después de las reformas, pero qué saben estos críos de esas cosas, además con el medio desplante hasta se me olvidó.
Volví caminando despacio hacia mi barrio, disfrutando de la tarde que iba cayendo, del buen tiempo que tenemos. Aunque es casi noviembre las tardes son cálidas. Por increíble que parezca, los grillos todavía cantan pero ya medio roncos y desafinados.
En casa, después de cenar un algo de pie y sin ceremonias, me senté en la mesa del comedor, esa que ya nadie utiliza para comer, y me puse con un Taj Majal. Aunque no es el primer Taj Majal que acometo (hace tiempo ya hubo otro, nocturno), esta vez, no sé por qué, el reflejo en el agua me está costando.
¿Estará todo bien en casa de mi Eloísa? La noto tan esquiva, que no sé si algo no estará pasando… Ah, pero ella es tan reservada, que no me lo diría, aunque algo malo les estuviera pasando.
Mañana llamaré a mi consuegra, a ver si le sonsaco algo. Con ella tienen más confianza, lo sé y no les culpo: esa mujer se desvive por su hijo, adora a los nietos y a Eloísa, me consta, la quiere como a una hija. No quiero decir que yo, como madre, sea de las que se desentienden, pero soy de otra pasta. A la nena la crié yo sola, a escape, y la pobre se volvió medio despegada; yo no tenía tiempo entonces para atenderla como dios manda…
Ahora que sí ando desocupada, ella tiene su propia familia, su trabajo, su marido, sus amistades, y ¿qué pinto yo en ese entramado? Si no es hacerle de canguro a ratos, poco o nada. Por eso yo voy a lo mío, y no crean que es cosa baladí el reflejo del palacio indio en el agua… Pienso que este, que ya estoy por acabar, les quedaría que ni pintado en el dormitorio. Leí en alguna parte que ese palacio fue cosa de un enamorado, y se le tiene por símbolo de la fidelidad, o algo por el estilo. Buena estampa de cabecera.
La ocurrencia del regalo se me antoja un acierto y, aunque ya es un pelín tarde, llamo a mi hija para decírselo (así, de paso, cuando se lo lleve, se verá obligada a enseñarme cómo les quedó la casa). Eloísa me atiende con voz cansada. Mi propuesta de regalo, de mano, no parece entusiasmarla. Mamá, te lo agradezco, pero no hace falta. Quédatelo para ti o por si te sale uno de esos compromisos tuyos. Nosotros ya no sabemos ni dónde colocarlos. Además, habíamos pensado guardarlos en el trastero porque, ahora, nos apetece decorar la casa de otra manera. Más moderna. Que no, que no es que no  gusten, siempre quedaban muy originales, pero, ya sabes, mamá, las modas cambian. Ahora resultan algo anticuados.
Así que era eso… Mis puzles, como les dicen ellos, ya no molan… Me entran los sofocos, abro la puerta del patio y salgo a respirar. Piso las hojas secas que los coletazos del huracán Ofelia debieron de traerme desde el jardín de al lado y que ni me molesté en barrer, para qué si me chifla cómo crujen las hojas muertas bajo la suela de las zapatillas. La noche es bastante negra y mi bochorno, tremendo. Solo de pensar en esas amistades a quienes debí de saturar con mis paisajes troquelados… Qué espanto. Castillos franceses, catedrales góticas, iglesias románicas, templos budistas, mezquitas de cordobesas. Madre mía, qué cansina, se habrán figurado. Porque  Eloísa tuvo el cuajo de decírmelo, ya se sabe, dónde hay confianza, pero los demás…
Fantasmas en la pared, eso quedará de mis cuadros. Los cercos que el sol, día a día, haya ido imprimiendo, huellas solo visibles cuando se descuelgan. Esos paisajes míos, tan imposibles, tan de postal. Y yo que creía ser generosa con sopas de ajo, dando lo mejor de de mis días, tan idénticos y vacíos sin esos acertijos panorámicos. Mi pasatiempo favorito, ahora lo veo, es pura obsesión. ¿Cuánta veces se habrán sentido comprometidos a colgar, deprisa y corriendo, algún cuadro mío, si yo estaba, por casualidad, invitada? Parece que los veo. Cuánto disimulo…
Mi Torre Eiffel, mi estatua de la Libertad, mi Sagrada Familia, mi Louvre, mi Coliseo, mis canales de Venecia, mis pirámides de Egipto, mi Partenón (de día y de noche), mi muralla china (con gente y sin gente), mi Alhambra (en primavera y nevada), mi plaza Roja de Moscú, mi puerta de Brandeburgo, mi Machu Pichu, mi Zócalo, mi acueducto de Segovia, mis Casas Colgadas, ¿tanta maravilla arrinconada en el trastero? Pero ¿cómo no me di cuenta antes? No eran los muros de una agencia de viajes, solo viviendas familiares…
Ah, cuando termine el siguiente, ese de unas ruinas mayas, ya no lo pegaré con pegamento (pena, coloca), ni lo fijaré con barniz, y para qué mandarlo a enmarcar, que vale una pasta. No, ya no. Cuando encaje la última piedra, me daré el gusto de destrozarlo: voltear el cuadro, desmigajar el paisaje, mezclar las piezas, cielo con suelo, catarata con volcán. El caos.
Después, guardaré las piezas revueltas en la caja y cerraré la tapa (esa donde viene la foto que sirve de modelo, porque ¿quién sabe cuántos pisos tiene la torre de Pisa? Yo no. Nunca viajo…)
Ay, ojalá supiera de alguien a quien le apetezca rehacer mis rompecabezas. Preguntaré por ahí, si eso a la asociación de alcohólicos del parque. Mientras tanto, iré guardando las cajas en el desván, sin molestarme ya en montar cuadros que el polvo echará a perder.
Además, las cosas como son, prefiero mis paredes lisas. Reconozco que, a mí, no me vuelven loca esos cuadros. Demasiado relamidos… La prueba es que no tengo ninguno colgado en casa (a no ser el de un campo de tulipanes y solo porque le faltaban piezas, que se las debió de comer el gato, y así, con huecos al vacío, no era caso regalarlo). En el fondo, lo que a mí me me gusta es encajar una nube en su retal de cielo. Poco más.

 

 

Volver a casa y el mirlo


VOLVER A CASA Y EL MIRLO

¿Dónde el mirlo?
No nos ha saludado.
Pero volvimos…

Ay, tantos cuervos
vuelan en desbandada.
Mal agüero da…

Va, caminemos.
Viejo camino real
ya nos arropa.

Subir al monte,
pisando hojarasca.
Sin necesidad.

Los grillos cantan
canciones trastocadas.
Otro verano.

Plañen sequía…
(Allá, puro secano.
Amurallado.)

Por fin el mirlo
sale del escondite.
Eh, bienvenidos.

Cosas que me chiflan de Cataluña y otras que no


Empezaré por las que sí:

  • el clima
  • mucha gente
  • el pan con tomate y ajo
  • la rumba
  • los castellets
  • cierta disciplina
  • cosas buenas que se fabrican allí
  • su capital, esa Barcelona
  • las canciones de Serrat, y otras
  • el barrio judío de Gerona
  • la playa de Els Muntanyans
  • el pueblo de Suria y sus alrededores
  • mis vecinos de la Colonia cuando bailan

Ahora, las que me chirrían:

  • las banderas
  • el gentilicio siempre sobrepuesto a cualquier actividad
  • no saber en cuál de las dos lenguas hablar
  • el nacionalismo
  • la leche “natural”
  • el paternalismo escolar
  • cierta cerrazón mental
  • el odio indiscriminado a lo español
  • las falacias y los mantras repetidos hasta la saciedad
  • el adoctrinamiento de niños y no tan niños
  • lo rancio de tanta hermandad
  • el impulso asociacionista
  • los garbanzos precocinados.

Cataluña a pie de página


Antes, hace años, decías “Cataluña” y era como decir: adelanto, progreso, vanguardia; todo o casi todo nos llegaba de allí, las prendas que vestíamos, la calidad de la enseñanza, el buen teatro. Ahora, y desde hace unos años, dices “Cataluña” y es como decir: retroceso, estancamiento, necedad. Y no era que la vaca de nuestro vecino diera más leche porque sí… No. La fortuna les había sonreído y las fábricas brotaban como setas y los emigrantes llegaban a espuertas. Ellos, los catalanes, supieron convertirse en amos y los otros, los que llegaban, curraron de lunes a lunes. En aquellas fábricas, el ruido ensordecedor dificultaba la comunicación entre nativos y forasteros. Nadie tuvo casi tiempo de escuchar la radio, ni de ir a escuela. Así, los locales siguieron charlando en su lengua y los de fuera en la suya. Todos sabían de sobra quién era, o no, charnego. Después, cuando ya vino la democracia, recién derribadas las últimas chabolas y a punto de precintarse las últimas fábricas, se creyó necesaria la pedagogía lingüística con la intención de enseñar la lengua vernácula a la segunda generación. (…)

(Olé, sigo…)
Fue durante la dinastía Pujol (entrecomíllese) cuando la dichosa inmersión lingüística. La vida, por entonces, ya era otra; la gente, medio liberada de los turnos de las fábricas (trasplantadas a otros lares), miraba TV3. Los yayos recogían a sus nietos de la escuela para cargar con sus mochilas: ahora mandaban ellos, estos nanos que chapurreaban catalán.
Entretanto sumaban los seis millones, pasaron otras cosas, no todas tan gloriosas como las Olimpiadas de la ciudad de los prodigios (las tinieblas de los años duros de la heroína y otros oscuros episodios nacionales que no ha lugar por no alargar el cuento).
Los catalanes, avezados desde la era industrial a ser piña, como individuos estaban algo desamparados. Entonces, se asociaban; se iban de excursión; compartían el arroz de los pobres, la coca, la butifarra y las castañas; escalaban torres humanas; paseaban libros y rosas, o mataban dragones; se volvían masa…
Y se fabulaba, se creaban mitos y dogmas; se redactaba la otra historia; se asoleaban banderas; se celebraban diadas. (…)

España va bien y Cataluña, todavía España, también. Llegan nuevas oleadas de emigrantes, exóticos y necesarios (el país envejece). Además de dar color, compran viviendas, no siempre habitables, en las barriadas.
Pero la alegría dura poco en casa del pobre, y se viene encima la crisis como cielo a ladrillazos.
¿Crisis?, ¡caldo gordo para nacionalismos! Los adoctrinados escuchan cómo otro país es posible, con señas de identidad propias, cánticos de segadores, jaque a los reyes, señeras ondeando. Libres al fin de la depredadora capital, emancipados del estado español…
Pero quedan reductos peleones; habrá que conformarles. Más promesas para perfeccionar la utopía; total hablar, ¿cuánto cuesta?
Otros sufran pesadillas en silencio, por temor a la marabunta estrellada.
El feudo, cada día mejor pertrechado; expoliadas hasta las señales.
En los libros de cono, Cuenca se dice “Conca” y la Mancha, por poco, “la Taca”.
Los turistas invaden ese parque temático con mar y montaña, y también congresistas y feriantes. Barcelona, lo más.
Fuera, nadie parece enterarse… Ese café para todos es tertulia para nadie. (…)

Total, si son unos blandos, no serán tan insensatos de liarla. Además, solo les importa la pela.
Error: se subestima el poder de lo fanático, lo irracional de las emociones colectivas. Y muchos están pelados.
Así es, que nos están dando la temporada, aunque peor es vivir allí mismo, por la incertidumbre siempre pospuesta, el machaque diario…
Ahora, toca arreglarlo.
Pero ¿cómo borrar el odio de las cabezas de esos niños y jóvenes que han sido amaestrados? Ese será el reto. Y ni sé cómo solucionarlo.
Porque el odio, esa emoción tóxica a más no poder, destruye el alma. Empodera y enemista a propios y extraños.
Que tantas empresas muden su sede social (todavía no fiscal) hacia otros confines es alarmante, pero más graves serán los efectos en el puchero de garbanzos. Y la crispación social, oh, en eso ya vale más no pensar: ya estaba servida.
Ninguneos, rifirrafes, exaltaciones, exabruptos…
Bandera va, bandera viene, y las banderas, trapos, que la conviene cuidar es la del tendedero de cada casa.
Y aprender esta lección: lo que se enseña en las escuelas cala, y el odio, la peor de las enseñanzas. (…?…)

 

 

Volver y se acabó la tontería


Qué cosa más tonta, cómo se hace cuesta arriba volver a lo de siempre después de una pausa. Esta mía duró dos meses largos, y ni siquiera me apoltroné o me fui de veraneo. No, ni eso fue. Solo fue una pausa larga, muy larga: once semanas. Pero se acabó, toca volver a mi querida rutina, al tecleo.

Claro, se me hace raro: todo me cambió tanto… Todo menos mi determinación de seguir escribiendo. Suerte que, mientras, leí. Leí mucho, tanto que se me atragantaban los libros. Leí como si no hubiera un mañana o como si el mañana me deparara ceguera (Santa Lucía, eso no lo permitas, por favor). Entonces, leer sin tregua, acallaba mi mala conciencia, al menos eso. Porque si no se escribe, bien se puede leer, ¿no?

Así que, entre letras sí anduve (y también entre cajas y embalajes y papeleos, menesteres que conlleva una mudanza, otra más, de otra revuelta a casa). Pero me desconecté de la escritura por no saber por dónde empezar, qué decir, qué callar. Y más que nada me olvidé de lo virtual: primero, por el móvil que se me fue al traste por causa de un malentendido con la compañía; luego, y por si fuera poco, pasó que el portátil se me batió muerto el día antes de marcharme de donde me fui para volver a mi pueblo. El colmo. Me desdigitalicé de cuajo.

Ya sin ordenador, me fui olvidando del blog, de redes, hasta que el otro día puse en marcha este otro, nuevo flamante, eso sí renqueando (yo, él va como la seda), que ya no estoy para innovaciones, sobre todo ahora que recién perdí contacto con toda referencia de mi hogar dulce hogar, expulsada como estoy de mi entorno confortable por requeteprivado y harto reconocible, aunque ya voy asentándome, ya, que toca volver, dejarse de pavadas.

Lo del ordenador fuera de combate es una excusa de a perrona: bien se puede escribir a mano, ya sé… Pasa que se establecen prioridades, antes que nada armar la casa, el escenario, que en eso tengo alma de gato. Ay, pero habrá que sobreponerse al hábito de la telepatía, volver a las palabras y, ay, las palabras cuesta desenterrarlas. Vaya si cuesta.

Por eso, pobre excusa la de que no me entiendo con esta nueva herramienta, este portátil nuevo flamante que se me resiste (hasta que alguien por aquí, un buen amigo desconocido, me recordó otra gesta mía, la de meter un mono en la despensa, más compleja y delicada que domar una máquina, después de todo cosa suave y manejable. Gracias, amigo desconocido, un toque así vale más que mil palabras, cien estampas).

Cosa de desentumecer el habla, les diré que este verano, tan ausente, tan despedida, tan reencuentro también, me dio hasta para pensar (esa otra tarea imprescindible antes, durante y después del escribir). Pensé sobre cosas que no vienen al caso, detalles de una puesta a punto de cualquier mudanza, de qué manera organizar una nueva etapa, sobre el color de las paredes o dónde colocar la estantería de los libros. Irrelevancias.

Tan de lleno estaba en lo ordinario que, a destiempo, se me ocurrían ideas descabelladas, ideas para escribir, precisamente en esos momentos en los que debía ocuparme de tantas menudencias materiales. Y eran ideas llenas de intriga, algunas medio brillantes. Algo apunté por ahí, en algún cuaderno sobre la marcha, no todo. Todo no pude.

De entre ese batiburrillo, reflexiones descabelladas, destellos medio inspirados, hubo algo que se me quedó bien grabado. Algo que quiero compartir aquí, donde quede a buen resguardo (como así quedaron, bien colocados, calcetines en el cajón de la cómoda, zapatos en el zapatero, menaje en la alacena, felpudo a la entrada, etc.).

Pues estuve reflexionando sobre eso qué diferencia al escritor/a, eso que podría marcar su rasgo diferencial. Y esta fue mi conclusión:

El escritor es alguien capaz de contar lo extraordinario de lo ordinario y lo ordinario de lo extraordinario.

 

 

 

 

 

 

 

Más sobre el viento y Manos de piedra


Recién publiqué mi relato, ese donde advertía que no eran cosas de viento, y como suelo hacer lo pregoné a los cuatro vientos (valga la), por esas redes que nos conectan enredándonos y que a mí se me antojan más aéreas que subacuáticas. También lo colgué en el muro de mi feis, porque me gusta que los míos sepan que no me paso las tardes muertas y se vea lo mucho que tecleo. Algunos, amigos, conocidos o parientes, hasta me leen y yo, así, gano lectores, mientras ventilo lo que voy escribiendo.

 Y así fue cómo mi relato le llegó a uno de mis parientes argentinos, Luli, que es de los que leen, antes de opinar si le gusta, le divierte, le asombra o le entristece. Tengo que puntualizar que en persona no nos conocemos, pero yo suelo ponderarle las fotos de sus nietos, no por dar coba, sino porque son muy divinos, ellos. La nena, además, apunta maneras de actriz de carácter.

Sí, siempre que me leen por allá a mí me sube la moral, por qué negarlo. No en vano la literatura, o quizás la aventura, yo la asocio con esas tierras, no lo puedo remediar, y no solo por lo mucho que supuso para mí el descubrimiento cortazariano, sino por otros mitos familiares, ya arraigados en la tribu mucho antes de que yo naciera.

La Argentina, como se sabe, fue mucho tiempo la única salida honrosa para combatir la pobreza que asolaba los montes asturianos, aledaños de Babia. Embarcarse entonces en el puerto de Gijón era casi como apuntarse hoy a un viaje al espacio. Una odisea de la que podías regresar, hecho un indiano, o perderte por la Pampa. Había entonces pocas oportunidades y tanta valentía como desconocimiento. Algunos de mis antepasados cruzaron pues el charco y regresaron sin fortuna, como mucho un reloj de cadena o más bien las manos colgando, aunque, eso sí, algunas palabras nuevas y ciertas costumbres de ultramar; otros, más espabilados o afortunados, no regresaron y se volvieron, de a poco, argentinos.

Hoy, sus descendientes, de una parte y otra del charco, todavía nos comunicamos y vamos viendo cómo las familias van medrando y nos gusta sacar parecidos, aires de familia que, acá o allá, fueron quedando. A veces, un gesto, una mirada, una risa que sorprende, mirá vos. A veces, nada; si acaso, figuraciones nuestras, que somos algo dados a fantasear, cafeteando. Cosas de la raza le decimos, ahora que estamos todos y por suerte bien entreverados.

Pues a lo que iba, que Luli me envía un mensaje privado, no sin antes decirme lo lindo que le pareció mi relato (nosotros, los del lado de acá, somos más ásperos). En su mensaje dice, textualmente: “Más sobre el viento. Hace muchos años aquí en Mar del Plata, vino a hacer una pelea el famoso Manos de piedra Durán, un muy afamado boxeador de la década de los 80. Ya estaba bastante mayor para boxear, sin embargo, seguía. Un periodista le preguntó: ¿Ya no está viejo para pelear? Él lo miró fijo y respondió: El viento es viejo y aun así sigue soplando. Esta frase me encantó, es por eso que la comparto siempre. Cariños.”

A mí la frase de Durán directamente me entusiasma, así que le pido permiso para tomarla prestada. Él me dice: “Pero ni que hablar, aparte no es mía, es de todos”.

Claro ahora me toca saber algo de ese tal Manos de piedra… Y leo que tuvo una vida de película que, de hecho, y cómo no, se llevó a la gran pantalla, y que también se escribió un libro con la biografía de esa gran estrella panameña que salió de la miseria y ejerció no sé cuántos empleos antes de subir al ring, que ganó no sé cuántos combates, que noqueó a no sé cuántos contrincantes, que conoció más victorias que derrotas, que se agenció no sé cuántos autos de lujo, que peleó con el “Roña”, con el “Locomotora” y hasta contra un caballo, hasta que dijo “no más”…

Pero de todos esos datos de una vida tan dura como bien peleada, yo, igual que Luli, me quedo con esa frase suya bien grabada; esa respuesta, casi gancho verbal, que le dio al periodista cuando este le preguntó si no estaba ya viejo para pelear y cómo él, Roberto Durán, boxeador pero no atontado, le soltó eso de que el viento también era viejo y aun así seguía soplando.

(Por cierto, mañana, 16 de junio, es su cumpleaños. Por muchos años, Manos de piedra.)