Categoría: Autoficción

Volver y se acabó la tontería


Qué cosa más tonta, cómo se hace cuesta arriba volver a lo de siempre después de una pausa. Esta mía duró dos meses largos, y ni siquiera me apoltroné o me fui de veraneo. No, ni eso fue. Solo fue una pausa larga, muy larga: once semanas. Pero se acabó, toca volver a mi querida rutina, al tecleo.

Claro, se me hace raro: todo me cambió tanto… Todo menos mi determinación de seguir escribiendo. Suerte que, mientras, leí. Leí mucho, tanto que se me atragantaban los libros. Leí como si no hubiera un mañana o como si el mañana me deparara ceguera (Santa Lucía, eso no lo permitas, por favor). Entonces, leer sin tregua, acallaba mi mala conciencia, al menos eso. Porque si no se escribe, bien se puede leer, ¿no?

Así que, entre letras sí anduve (y también entre cajas y embalajes y papeleos, menesteres que conlleva una mudanza, otra más, de otra revuelta a casa). Pero me desconecté de la escritura por no saber por dónde empezar, qué decir, qué callar. Y más que nada me olvidé de lo virtual: primero, por el móvil que se me fue al traste por causa de un malentendido con la compañía; luego, y por si fuera poco, pasó que el portátil se me batió muerto el día antes de marcharme de donde me fui para volver a mi pueblo. El colmo. Me desdigitalicé de cuajo.

Ya sin ordenador, me fui olvidando del blog, de redes, hasta que el otro día puse en marcha este otro, nuevo flamante, eso sí renqueando (yo, él va como la seda), que ya no estoy para innovaciones, sobre todo ahora que recién perdí contacto con toda referencia de mi hogar dulce hogar, expulsada como estoy de mi entorno confortable por requeteprivado y harto reconocible, aunque ya voy asentándome, ya, que toca volver, dejarse de pavadas.

Lo del ordenador fuera de combate es una excusa de a perrona: bien se puede escribir a mano, ya sé… Pasa que se establecen prioridades, antes que nada armar la casa, el escenario, que en eso tengo alma de gato. Ay, pero habrá que sobreponerse al hábito de la telepatía, volver a las palabras y, ay, las palabras cuesta desenterrarlas. Vaya si cuesta.

Por eso, pobre excusa la de que no me entiendo con esta nueva herramienta, este portátil nuevo flamante que se me resiste (hasta que alguien por aquí, un buen amigo desconocido, me recordó otra gesta mía, la de meter un mono en la despensa, más compleja y delicada que domar una máquina, después de todo cosa suave y manejable. Gracias, amigo desconocido, un toque así vale más que mil palabras, cien estampas).

Cosa de desentumecer el habla, les diré que este verano, tan ausente, tan despedida, tan reencuentro también, me dio hasta para pensar (esa otra tarea imprescindible antes, durante y después del escribir). Pensé sobre cosas que no vienen al caso, detalles de una puesta a punto de cualquier mudanza, de qué manera organizar una nueva etapa, sobre el color de las paredes o dónde colocar la estantería de los libros. Irrelevancias.

Tan de lleno estaba en lo ordinario que, a destiempo, se me ocurrían ideas descabelladas, ideas para escribir, precisamente en esos momentos en los que debía ocuparme de tantas menudencias materiales. Y eran ideas llenas de intriga, algunas medio brillantes. Algo apunté por ahí, en algún cuaderno sobre la marcha, no todo. Todo no pude.

De entre ese batiburrillo, reflexiones descabelladas, destellos medio inspirados, hubo algo que se me quedó bien grabado. Algo que quiero compartir aquí, donde quede a buen resguardo (como así quedaron, bien colocados, calcetines en el cajón de la cómoda, zapatos en el zapatero, menaje en la alacena, felpudo a la entrada, etc.).

Pues estuve reflexionando sobre eso qué diferencia al escritor/a, eso que podría marcar su rasgo diferencial. Y esta fue mi conclusión:

El escritor es alguien capaz de contar lo extraordinario de lo ordinario y lo ordinario de lo extraordinario.

 

 

 

 

 

 

 

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Una maleta de palabras en 4 pasos


Esta semana, una pausa en mitad de la novela por entregas (pero continuará…)

La razón es que estuve siguiendo un curso que convocó la UNED, Escritura creativa, Fundamentos de la narración, dirigido por Silvia Bardelás, autora de El lector perdido, entre otras publicaciones.

Silvia Bardelás es doctora por su tesisTeoría de la novela. Ha publicado dos novelas: As médulas y Unha troita de pé en Barbantesa Edicións, la primera traducida al castellano como Las médulas en Pulp Books. Ha sido profesora de Creación Literaria en La Escuela de Letras on line, el Liceo Europeo, la Escuela de Artes Tai. Ha trabajado como traductora y asesora en distintas editoriales como Siruela, Turner o Everest. Dirige un blog de libros: El lector perdido.

Además, es directora de publicaciones de una nueva editorial: De Conatus y dirige un proyecto educativo, Estudios narrativos.

Me enteré del taller por un tuit y no me arrepiento haberle dedicado la semana. El curso acaba el 28/06, pero me pareció entender que es posible apuntarse aun después de la fecha de clausura. Yo ya lo acabé, aunque me queda pendiente la lectura de Matadero 5 de Kurt Vonnegut, que reservo para el finde. Estos cursos son gratis y muy recomendables. Estaré atenta por si se convocan más. Aquí pego la información:

Escritura Creativa: Fundamentos de la narración es un curso orientado a entender la estructura narrativa desde su origen y su peculiaridad. El primer problema que se le plantea a alguien que empieza a escribir es el de saber reconocer los elementos que componen una narración. El tono, la voz narrativa, el punto de vista, la creación de un personaje o de una atmósfera, el trabajo con el recuerdo o la intensidad del diálogo son recursos que, antes de ser trabajados, necesitan ser identificados en su función.

El temario:

  1. Pasión por contar: el material narrativo. La narración tiene en origen el no entendimiento o la vivencia de un cambio de punto de vista. El material de la narración hay que buscarlo desde su capacidad de generar transformaciones.

  2. Encontrar una voz: el punto de vista. El narrador es el único que puede contar lo que cuenta. La voz narrativa es diferencial y hay que encontrarla.

  3. Comunicar narrativamente: creación de una experiencia. Ese narrador tiene que comunicar aquello que ve. Para ello necesita crear una experiencia a través de efectos expresivos. Mostrar y no decir.

  4. El giro narrativo. El carácter performativo de la narración. La narración, desde un plot potente, modifica las disposiciones del lector y de la comunidad.

Y los objetivos:

1. Entender la narración desde la necesidad de contar.

2. Descubrir el sentido de los recursos narrativos en el proceso de la escritura.

3. Identificar la experiencia como forma específica de la comunicación narrativa.

4. Comprender el carácter performativo de la narración.

Y este es mi relato y cómo se fue transformando. Si tienes paciencia y lees las cuatro versiones, dime por favor cuál te parece más acertada (si hay alguna) o si crees todavía admite otras combinaciones. Gracias.

1 La maleta de palabras

Cuando era joven, París me atrajo como un imán. Iba a la facultad, pero me aburría y pasaba el tiempo leyendo novelas: había descubierto a Cortázar. En segundo decidí irme a la ciudad de las luces. A mis padres debió de parecerles una idea peregrina pero tampoco se opusieron. Yo pretexté que me vendría bien refrescar el francés y ese argumento me ayudó a convencerles del beneficio de aquella estancia (entonces, no se había inventado el Erasmus).

Después del verano, preparé la maleta y cogí un tren y después otro (entonces, nada de aves).

Cuando llegué a París, donde no conocía a nadie, me hospedé cerca de la estación. El rótulo del establecimiento decía “hotel” en mayúsculas, pero ya desde la entrada todo indicaba que aquello no era sino un hotelucho de ínfima categoría. Podría haber buscado algo más decente: aunque no llevaba dinero como para derrochar sí había ahorrado lo suficiente para mantenerme hasta encontrar empleo, pero me conformé con aquel alojamiento de cuarta por no despilfarrares; desde mi llegada, todo me parecía escandalosamente caro (nuestras pesetas quedaban en nada, al cambio). Además, estaba demasiado cansada para seguir buscando, con las maletas a cuestas.

La noche la pasé en vela a pesar del cansancio, por culpa de un indeseable, también huésped del “hotel”, que me abordó a la entrada, cuando yo volvía de cenar un sándwich, y me hizo proposiciones deshonestas. Me asustó, ese baboso. Le di largas y me encerré en mi cuarto, pero llamó a la puerta y hasta la aporreó y estuvo un buen rato susurrando obscenidades mientras yo colocaba la mesita de noche, la silla y la maleta delante de la puerta por bloquearla. Era una puerta tan endeble que cualquiera la hubiera podido abrir de una patada y la cerradura por dentro se atascaba. Al final, el tipo desistió y me dormí, agotada y de los nervios por el mal trago.

Así pasé mi primera noche en París, ¡la ciudad de mis sueños!

Lo normal era haber informado del desagradable incidente a la mañana siguiente, pero no hice nada; el portero tampoco me ofrecía confianza. En aquellos años, una chica joven, viajando sola a la aventura, tenía que apechugar con las consecuencias, entre ellas el acoso. Así que, callé.

Sabía de una dirección donde ofrecían empleos de au pair. Allí me contactaron con una familia y quedamos en vernos esa misma tarde a las cinco en el número 174 de la rue de Rivoli. Muy ufana, regresé al hotel.

Antes, telefoneé desde una cabina (los móviles no existían ni en nuestra imaginación) y vi cómo desaparecieron un montón de francos (el euro no había llegado). Por supuesto, en casa les ahorré el lamentable episodio de la noche en blanco.

Cuando pedí la cuenta, el recepcionista me puso pegas y me hizo pagar también la noche venidera, pretextando que mi obligación era haber avisado antes del mediodía. Pagué a regañadientes y subí a por mis cosas. Bien podría haberlas dejado en el cuarto que acababa de pagar en balde, pero la posibilidad de toparme con el individuo de anoche por aquel pasillo lúgubre y de paredes sobadas me disuadió. Cuanto antes me largara de aquel lugar infecto, mejor.

 Al rato bajé aquellas escaleras estrechas, cubiertas por una moqueta raída, burdeos, arrastrando mi pesada maleta y el bolso de viaje, más manejable. Llegar a la cita cargada con todo ese equipaje me parecía inapropiado. Además, tendría que ir en metro, desde Gare de Lyon hasta Palais Royal, y aquella maleta pesaba lo suyo…

Opté por preguntarle al tipo de la recepción, ese portero huraño y sudoroso, cetrino y desaseado, si había inconveniente en que dejara mi maleta el tiempo justo de unas gestiones. Aceptó a la primera: “pas de problèmes, pas de problèmes, mademoiselle, vous n’avez qu’à la laisser là” me dijo señalándome un cuartucho detrás del mostrador. Se lo agradecí y me fui con mi bolso de viaje en bandolera, a pesar de su insistencia en que también lo dejara junto a la maleta. Le dije que no era necesario.

Si la cita salía bien, vendría en taxi a por la maleta. Si no, buscar antes otro hotel menos mugroso (—pero de eso Cortázar me había advertido—), dejar ahí mi bolso, tomar el metro y rescatar la maleta. Por mucho que pesara, libre del bolso, me las arreglaría.

Hacía calor en París aquel septiembre de 1981, más del que había imaginado. La luz, dorada, chorreaba por las aceras de aquellos bulevares sin fin.

Cuando volví a buscar la maleta en taxi —me habían aceptado—, atardecía casi.

La recepción estaba desierta y tuve que alzar la voz para preguntar si alguien me atendía. Una mujer, pálida, fofa y oxigenada, salió del cuartucho y me preguntó de malas maneras que qué quería. Yo le dije que venía a buscar mi maleta. ¿Qué maleta?, dijo. Le expliqué que había estado alojada la noche antes y que había dejado mi maleta. Pues es raro, dijo, porque a mí nadie me ha dicho nada de su maleta. Está ahí, le dije señalando el cuartucho, pero ella me dijo que yo estaba equivocada pues ahí no había ninguna maleta. Eso no es posible, le dije, yo misma la dejé ahí. De pronto, me sentí muy abatida y resonaron las advertencias de los míos: “¿París? ¿Qué piensas hacer tú ahí?, si te puede pasar cualquier cosa, ¡déjate de tonterías, ya tendrás tiempo!” Insistí, la maleta tenía que estar ahí o tal vez alguien la habría guardado en otra parte… Era una maleta grande, no se podía no ver, era verde y con una etiqueta con mi nombre y mis señas. Mire, me dijo aquella tipa, yo tengo más que hacer, así que no me haga perder tiempo. Esa maleta que dice que dejó, ahí no está. Además, es imposible que le hayan permitido dejar su equipaje, así como así: va contra las normas de la casa. Así que, ya se está largando. Yo no daba crédito y volvía a la carga con que tenía que tratarse de un error puesto que yo misma la había dejado ahí, el dueño me lo había permitido. ¿El dueño, qué dueño, si la dueña soy yo?, dijo ella. Usted que lo habrá soñado. Lárguese. Vaya a los objetos perdidos, a ver si la encuentra allí, me soltó la muy arpía. Ah, y ya que estamos, por un casual, ¿no será precisamente usted la que se largó sin pagar, que me dijo el portero de noche que una chica se fue sin pagarle? Porque, ya puestos, también podemos llamar a la policía… No, no, yo pagué, se lo aseguro, dije mientras rebuscaba en la factura en mi bolso de mano.

La idea de que ella pudiera llamar a la policía me alarmó. A lo tonto (entonces, todavía necesitábamos pasaporte para salir de España, aunque fuera, como en este caso, al país vecino, y permiso de residencia si preveíamos alargar nuestra estancia más allá del límite permitido para un turista: tres meses. No, todavía no éramos europeos). Me sentí ilegal. Está bien, está bien, la creo, me dijo, de pronto conciliadora, medio perdonavidas.

Y yo me largué como una primavera. Con las manos vacías.

Aquel otoño me las apañé con las cuatro cosas del bolso, que se habían salvado. Por suerte, la señora que me contrató, Madame Dalmasso, me regaló algunas prendas suyas que ya no usaba. Éramos de la misma talla, Sylvie y yo —aunque ella lucía un estilo bastante más chic que el mío—.

Cuando llegaron las primeras lluvias eché en falta ese paraguas plegable por estrenar y un día que me sorprendió un chaparrón me vi pillando uno en el paragüero de un café y, de paso, un buen resfriado porque no pude secarme el pelo de vuelta a casa: también me faltaba mi secador de pelo, el de viaje.

Me da hasta vergüenza, pero una mañana reconozco que fui a la oficina de los objetos perdidos (entonces existía; ahora, supongo que ya no). Allí rellené una ficha con el inventario de todos mis objetos desaparecidos —el contenido—, sin olvidar la maleta —el continente—. (Entonces, viajábamos sin seguro.) Redacté esa penosa lista con mi caligrafía inglesa y apretada, sobre un mostrador de madera desgastada por otros ingenuos o despistados, como yo.

Sabía que no encontraría mis cosas en aquel almacén de las cosas huérfanas; ya al salir de aquel hotel infame de sobra había entendido que de lo perdido al río.

Ni mi paraguas plegable ni mi secador de viaje, que ya suplía usando el de Sylvie cuando me duchaba en el baño familiar —en mi cuarto de la buhardilla, el de la criada, no había baño, aunque sí lavabo y retrete en el rellano—.

No, no eran mis cosas las que más echaba en falta. Lo que me faltaban eran mis diarios, y me carcomía pensando si alguien los habría leído.

2 Cuando me robaron la maleta y perdí todos mis diarios

De joven, París me atrajo como un imán: había descubierto a Cortázar. Decidí irme como si la ciudad me estuviera esperando. A mí.

Preparé una maleta, desoyendo advertencias, y cogí un tren que empalmé con otro. No recuerdo nada del viaje solo que viajé en un compartimento con negros que desaparecían en los túneles, a no ser cuando sonreían.

Me hospedé cerca de la estación, a quién se le ocurre, pero es que tampoco conocía a nadie. El cartel ponía “hotel”, pero se notaba que era un tugurio. Podría haber buscado algo más decente, pero el delirio de ruina me persigue y ya en la cantina el café me pareció escandalosamente caro, además hacía bastante calor y no me veía con fuerzas de seguir buscando nada mejor con los bultos a cuestas.

Pasé una noche perra por culpa de otro huésped, un imbécil que me abordó a la entrada cuando yo volvía de cenar un sándwich, que llaman croque-monsieur. Tonta, ¿no te dijeron mil veces que no se habla con desconocidos? Este era un asqueroso y me entró la paranoia cuando lo oí susurrar guarradas detrás de la puerta. Tuve que calzarla con la silla y así con todo me costó dormir.

Esa fue mi primera noche parisina.

Lo normal era haberle rociarle la jeta con desodorante o ponerme a chillar como una loca. Pero me tapé con la sábana y me acordé del cuento de los siete cabritos. Tendría que haberlo denunciado al día siguiente, pero el portero también me daba repelús, así que no hice nada. No es disculpa, pero en aquella época viajar sola era exponerse al acoso. Hablo de 1981.

Busqué trabajo de au pair, en un sitio donde te conectaban con familias. Me dieron una dirección y me dijeron que esa tarde me pasara por allí; me esperaban a las cinco.

Llamé a casa y les dije que todo bien. Les ahorré el bochorno de la noche en blanco.

Cuando pedí la cuenta, el portero puso pegas y me cobró dos, por una que casi ni dormí: hay que avisar antes del mediodía. Pagué y subí a por mis cosas.

Podría haberlas dejado en el cuarto que acababa de abonar en balde, pero me dio miedo toparme con el de anoche, al ir a recogerlas. Cuanto antes me largara, mejor.

 Bajé aquellas escaleras de moqueta podrida, arrastrando esa maleta que pesaba más que yo. Y, encima, el bolso.

Pregunté si podía dejar la maleta un rato. El tipo dijo que la metiera en un cuartucho detrás del mostrador. El bolso también, si quería. Le dije que el bolso no, y me lo puse de bandolera.

Volvía buscar la maleta en taxi —me habían aceptado en el curro, así que me permití ese despilfarro—. Caía la tarde.

No había nadie en recepción, y carraspeé. Salió una tipa, fofa y oxigenada, y me preguntó qué quería. Le dije que venía a buscar mi maleta. ¿Qué maleta?, dijo. Le expliqué que la mía, la que había dejado ahí y señalé el cuartucho. Ella dijo que ahí no había ninguna maleta. Que no se hacían cargo del equipaje de nadie. Que dejar maletas ahí, que era zona privada, iba contra las normas de la casa.

Me subió una nube roja. Tenía que ser un error; yo misma la había dejado ahí; el dueño me lo permitió. ¿Qué dueño, si la dueña soy yo?, dijo ella. No lo habrá soñado, ¿eh?, que dejó ahí una maleta. Ande, que tengo más que hacer, vaya a los objetos perdidos a ver si la encuentra.

Y así tal cual me largué. Con las manos colgando y sin maleta.

Esa temporada me apañé con las cuatro cosas del bolso y cuando empezó a llover sí que eché de menos el paraguas plegable sin estrenar y pillé uno al salir de un café. Compré cuatro trapos en Tati con los cuartos que me pagaban por cuidar a los niños.

Me da vergüenza, pero reconozco que fui a la oficina de los objetos perdidos y rellené una ficha con la lista de mis objetos perdidos.

Sabía de sobra que no estaban en aquel almacén de cosas huérfanas; fue puro trámite.

No eran tanto las cosas las que echaba en falta, eran mis diarios, esas libretas que llevaba escribiendo desde los quince. Me moría de vergüenza solo con pensar que alguien las habría hojeado.

3 Cuando me robaron la maleta y me quedé con lo puesto

París me llamó: había descubierto a Cortázar. A ratos me quedaba mirando la foto de un canal que pegué en la pared y me atrapó.

 No escuché a nadie y preparé la maleta. Un bus, un tren y después otro. Del viaje solo recuerdo las sonrisas de unos negros del compartimento, que relucían en la oscuridad de los túneles a la vez que ellos desaparecían. Pequetréf, pequetréf, pequetréf, quetreife, quetreife, quetreife, y así llegamos.

Me hospedé cerca de la estación, a quién se le ocurre si en los alrededores suelen merodear al acecho, pero yo qué sabía. Ni conocía a nadie. El cartel decía “hotel” como podía haber puesto “burdel”. Era un tugurio. Por causa del delirio de ruina (el café de la cantina ya me pareció escandalosamente caro) no busqué nada mejor. París eran hongos, París eran cucarachas, París eran cuartos miserables. Lo tomas o lo dejas.

No saqué más que el neceser para lavarme como un gato en el lavabo del cuarto. También había bidé, pero a ese ni lo rocé. Hacía calor, casi canícula, algo que no me habría imaginado nunca cuando soñaba con París, pero era finales de verano y la luz dorada chorreaba las aceras.

Pasé una noche perra por culpa del huésped de al lado, un asqueroso que me abordó cuando yo volvía de comerme un sándwich y se quiso propasar. Le di con la puerta en los morros, pero él insistió y arañó la puerta y se puso a decirme guarradas. Yo atiné a calzar la puerta con una silla.

¿Por qué no salí y le rocié con el desodorante, no pedí socorro a voces? No. Me tapé con la sábana y pensé en los siete cabritos. El neón iluminaba la habitación con una luz rojiza. Hotel, hotel, hotel, y yo mordisqueaba una chocolatina medio derretida. Bebí agua del grifo sin acercarme al caño. En el pasillo sonaron tacones, voces cazalleras y puertas cerrándose. La tela de araña intermitente atrapaba moscas entre ese rótulo que parpadeaba: hotel, hotel, hotel.

Al día siguiente no dije nada. El portero era de los que desvisten con la mirada y ni se lían con el corchete del sujetador.

Hui como una gacela sarnosa. Y me fui a buscar trabajo a esa dirección que llevaba garabateada en un papel sudado. Allí, me dieron otra dirección donde me esperaban a la tarde y me dijeron tiene suerte, son gente bien.

Llamé a casa y les dije que todo bien y me ahorré el bochorno de la noche en blanco.

Cuando pedí la cuenta, el portero me cobró dos, por esa que ni dormí: haber avisado antes del mediodía. Pagué sin rechistar y subí a por mis cosas.

¿Por qué no las dejé en ese cuarto que acababa de pagar de balde? Por miedo a toparme con el tipo de anoche al recogerlas. Mejor largarme, por si acaso.

Bajé las escaleras de moqueta estampada con floripondios y podrida, arrastrando esa puñetera maleta que pesaba más que yo. Y el bolso golpeándome los muslos.

Pregunté si podía dejar la maleta. Él dijo en el cuartucho detrás del mostrador. El bolso también, si quería. Le dije que el bolso no, y me lo puse de bandolera.

Volvía a buscar mi maleta en un taxi —me habían aceptado de au pair y me permití el lujo—. Caía la tarde.

No había nadie en recepción. Carraspeé. Apareció una mujerona fofa y oxigenada. Le dije que venía a buscar mi maleta. Ella dijo que ahí no había ninguna maleta. Nunca se hacían cargo del equipaje de nadie. Iba en contra de las normas de la casa.

Pero, el dueño me dejó, le dije. ¿Qué dueño, si la dueña soy yo?, dijo ella. No lo habrá soñado, ¿eh?, porque yo aquí no veo ninguna maleta. Ande, vaya a los objetos perdidos a ver si la encuentra, que tengo más que hacer.

Así me despachó y yo me fui con la nube roja y sin maleta.

Me da vergüenza, pero admito que un día fui a la oficina de los objetos perdidos y rellené la ficha con mi lista. Por el trámite.

Más que nada, me jodía por esos diarios míos que escribía con tanta obstinación desde los quince. Solo pensar que alguien podría haberlos ojeado me espantaba. Solo la imagen de mis libretas en la basura me tranquilizaba. Otras veces, imaginaba mi maleta llena de palabras que chillaban por escaparse.

4 La maleta y lo puesto

París me llamó por Cortázar y por una foto que pegué en la pared y me atrapó.

Preparé la maleta y me fui. Un bus, un tren y después otro. Del viaje recuerdo cómo desaparecían los negros del compartimento en la oscuridad del túnel. Nada más.

Pequetréf, pequetréf, pequetréf, quetreife, quetreife, quetreife, y llegamos.

Me hospedo cerca de la estación, a quién se le ocurre. A mí que soy de pueblo y no conozco a nadie. El cartel dice hotel por burdel. Un tugurio. Puedo buscar algo mejor, pero me quedo. Todo me parece escandalosamente caro, aunque de momento solo tomé café en la cantina. París hongos, cucarachas y cuartos miserables. Lo tomas o lo dejas, ¿qué quieres?

Saco el neceser y lo sujeto entre las rodillas por no posarlo. Me lavo a lo gato en el lavabo. Intento ignorar el bidé. Me daría una ducha, pero ese baño en el rellano me espanta. Hace calor, canícula. Nunca me lo habría imaginado así, París con calor.

Paso una noche perra por el de al lado que me aborda, cuando yo vuelvo de comerme un sándwich, y busca compañía. Como no entiende un no le doy con la puerta en las narices. Él insiste, como si yo me hiciera de rogar. Calzo la puerta con una silla.

Si supiera kárate, saldría a darle una paliza. Tengo miedo, pero no lo admito. Pienso en la pata del lobo de los siete cabritos. El neón se enciende y se apaga y me va a dar un ataque epiléptico si sigo mirando cómo ilumina de rojo negro rojo negro la pared. Qué triste es el empapelado. Hotel, hotel, hotel. Como una chocolatina medio derretida, pero me da sed y tengo que beber del grifo, aunque me dé asco.

¿Qué habrán cenado hoy los de casa? Seguro que mi madre preparó algo rico. El sándwich que devoré y la chocolatina no me quitaron el hambre. Me comería un puñado de cerezas. Oigo cómo se masturba el tipo de al lado.

Al día siguiente me cobran dos noches porque aviso pasadas las doce. Lo barato sale caro, tiene razón mi madre. Tengo una entrevista de trabajo y no quiero llegar cargada, así que dejo la maleta en recepción. Ojalá me den el trabajo que va con alojamiento y comida. Llamo a casa y coge mi hermana pequeña, le digo que en París hace sol y que todo me va bien. Oigo de fondo la sintonía del telediario.

Tengo suerte, me dan el trabajo. Seré tres meses cuidadora de niños. La casa es de revista y desde la ventana del cuarto, que me tienen asignado en la buhardilla, se ven tejados. Ellos parecen majos y los tres niños, niños.

Vuelvo en taxi al hotel a recoger mi maleta. Dicen que no está. Cae la tarde y a mí se me caen los palos del sombrajo.

Me dicen que la busque en los objetos perdidos. Huyo como gacela herida perseguida por nube roja y despacho al taxista, que parece un buen hombre, con el pretexto de que acaban de robarme. Volveré a pie, tengo que vigilar los cuatro duros que me quedan, quién sabe cuándo cobraré, si no me tangan.

Me da vergüenza admitir que un día fui a la oficina de los objetos perdidos y rellené la ficha con mi lista. Por el trámite. Que quedara constancia.

Más que nada, me jode por esos diarios que escribo desde los quince. Con obstinación. Quién me mandaría a mí cargar con ese fardo. Pensar que alguien pueda ojearlos me mata. Solo la imagen de mis libretas en la basura me tranquiliza. Otras veces, imagino mi maleta llena de palabras que chillan por escaparse.

 

Escritura joven y cómo evitar el glamur


Sé que un escritor es muy joven cuando encuentro dos o tres marcas de productos desde la primera página. Cuando al protagonista le asoman lágrimas por un quítame. Cuando se muestra una actitud desafectada hacia el mundo. Cuando se recortan tanto las frases que no hacía falta seguir escribiendo. Cuando asoma esa pereza innata que transforma el más nimio de los gestos en gesta.

Sí, entre borrones hay frescura. Claro que sí. También. Tanta intrascendencia que… Frases relámpago, no me compliquen con subjuntivos: no me caben en la pantalla. Esos recortes de cuchilla, que me recuerdan los discursos deshilvanados de algunos colegas que se quedaron colgados y que no había quién los entendiera. El habla esquizo, le decíamos. Pues ahora eso mola. Tener o no tener estilo va por ahí o lo como antes se decía: vale más por lo que calla.

Vale, todos hemos sido jóvenes. Más o menos todos.

Y la vida se nos ha ido complicando, más o menos a todos.

Y todo se volvió más pesado. Plomizo, diría. Plúmbeo, si la palabra existe.

Las frases se nos alargaron. Las conjeturas. Tantas hipótesis nos retorcieron la sintaxis, y ahora aquí andamos. Perdidos entre palabras. No tan frescos, no tan livianos, pero extrañamente liberados del complejo de superioridad que sentíamos cuando apresábamos flashes cosmopolitas. La globalización tiene sus retrancas. Sus abismos negros (más que agujeros), los hemos vislumbrado. Nos hemos asomado a sus pozos sin fondo y por poco caemos. Pero no pudimos, ya pesábamos tanto: la ley de gravedad es implacable, aunque casi no comas, da igual, ella se ceba.

Y vale, el mundo es vuestro. Nosotros ya lo disfrutamos. Solo déjennos un rincón al sol. Un libro, la radio encendida… Pero, oh, ¿dónde habré puesto los lentes? ¿Que si el perro es mío? Bueno, vive con nosotros. No, hija, no es de raza: es un siete leches. Ah, pero si me preguntaste de qué marca es… Dios, esta juventud, divino tesoro de la opulencia. Ya, pero se quejan; tienen poca resistencia a la frustración; ellos, cero fallos; ellos, instantáneo; ellos, enredados. Bah, ya vendrán al plato, ya.

Una mujer mayor que yo, una abuela, perdió un poco la memoria, pero canta muy bien. El otro día me grabó “Volando voy” y fue lo mejor que escuché desde hace mucho tiempo. Ella estaba leyendo una revista. Un titular decía: “Cómo evitar el glaucoma” (sí, ya nos van avisando, que a este paso ni digital ni ná: en Braille, nuestra lectura), pero tuvo un lapsus y leyó: “Cómo evitar el glamur”. Mi hermana, que la cuida, me lo contó. Fue lo mejor que oí en mucho tiempo.

En fin, no me lo tengáis en cuenta. Escribir una novela agota, y en algo hay que entretenerse, mientras evitamos el glamur a-toda-costa.

Un día triste


Ayer tuve un día perro, un día triste triste triste. No entraré en detalles, no vienen al caso, ni siquiera mentaré el frío: ya sabemos cómo se las gasta enero por estas latitudes. Quejarse de estos contratiempos me parece ridículo, ofensivo cuando se dispone de calefacción, té o sopa caliente y ropa de abrigo, sabiendo como sabemos que hay quien no tiene techo, ni siquiera donde caerse muerto (con perdón). Así que, cero quejas. Solo diré que fue un día triste, de esos que solo quieres que pasen, que llegue la noche para dormir y olvidarte. “Mañana será otro día”, pensé. Como así fue.

Y no es que el día de hoy haya sido para dar palmas (motivos, hoy, precisamente hoy, no hay), pero no fue un día triste (podríamos ponerle otros calificativos, qué sé yo: aberrante, obsceno, alucinante, aunque no referidos a mi pequeña persona ni a mi corta jornada, sino a otros asuntos que me superan y me exceden y que tampoco vienen al caso, ya que no cargo con el mundo a cuestas, que el mío es un mundo casi microscópico y yo de lo grandioso ni sé ni quiero saber. Ni tampoco anticipar, ni siquiera especular, que lo malo ya llega solo sin que tengamos que invocarlo, ¡lagarto, lagarto!, que ya se sabe que deberíamos poner nuestras barbas a remojo o quizás ahogar nuestras premoniciones, pero no por mucho anticipar amanece más sereno, ni hay mal que dure cien años, sobre todo, porque nadie sobrevive tanto en medio del vendaval).

Seguimos en la tristeza…

La tristeza es molesta, no lleva a ninguna parte, más que a la negrura. La tristeza es mala comerciante (suerte que no tengo género que vender). Hay veces, ay, que no se puede evitar, y solo es posible intentar conservar la calma, pensar que ya pasará, si todo lo demás también pasa, ¿por qué, entonces, la tristeza iba a ser diferente, eterna?

A la tristeza, cuando es solo eso: tristeza, hay que retarla, plantarle cara. Sacarle el unto. Al menos eso es lo que yo intento. Y cuando me da por pintar algo, ahí salen esos tintes desangelados, porque, ya se sabe, la energía no desaparece por arte de magia, sino que se transforma. El arte, eso tan inútil y que explica el mundo, sirve para sublimar. Dicho con otras palabras, el arte sana, ayuda a recomponer el espíritu torturado. Para eso es para lo que todavía sirve el arte.

Entonces, cuelgo por aquí, en esta bitácora mía, este escaparte de cristales empañados, uno de mis últimos cuadros, La tregua (que titulé así porque lo acabé de pintar el día que firmaron la tregua de Alepo, allí donde sí tienen motivos para quejarse y hasta para aullar).

Des jours et des poussières


Carnales y carnalas, esto nos llegó a la bandeja de Tinta Chida, es una convocatoria para mandar a volar los poemas de toda la banda, está muy chido, imaginen que sus escritos se lean en el viejo continente por un francés o una francesita bien guapa.
A darle pues!

Yo al maestro Alejandro Carrillo lo respeto y cumplo con las tareas que nos encomienda. Este fue el poema que les envié. También me ofrecí de traductora, pero nadie me solicitó (tal vez me faltó decirles que lo haría gratis…)

Des jours et des poussières

Je sais que les jours à venir seront encore tristes.

Hélas, tu demandais le noir ?

Le voici, il arrive,

Apportant, aux uns les blues, aux autres les soucis,

Les milles et une nuits, et des poussières…

Oh ma douleur, va-t’en !

Malgré tout, tu sais qu’il faut tenter de vivre,

Alors, je t’en prie, arrête !

Parfois, je reste en silence la journée entière,

C’est à peine si je bavarde en sourdine

Avec un lézard qui vient flâner chez moi,

Quoique souvent lui-aussi il me quitte,

Son corps glissant et des poussières.

Le renard me guète,

Malgré je le sens déjà vain,

Se promenant dans des forets, lointaines,

Son poils roux, cendré de poussières,

Pour y cueillir des mûres

Que sa pauvre petite gourmande adore.

(Même des framboises et aussi des fraises.)

Je n’ai plus le droit de le distraire.

Je ne l’ai jamais eu, d’ailleurs,

C’est moi qui l’ai chipé, ce droit, voilà tout.

Le renard étranger m’aimait, à la folie.

Je me suis laissée faire, c’était trop beau,

Très doux, ces jours pleins de poussières.

Alors, quoi, il me reste qui ?

Mon chien, toujours fidèle,

Comme la voix de son maître.

À part ça, des jours sans poussières.

Souvent tristes. Calfeutrés.

Tant pis, ma faute après tout

Si je guettais le soir, il est finalement descendu.

Demain matin, au cas où,

J’ouvrirai le cahier des soucis,

Pour écrire un mot à l’encre bien noire,

Sur les nuits qui restent

Les poussières qui voltigent,

Ce renard qui nous a quittés,

Un lézard qui doit à jamais disparaitre,

Sur mon chien qui reste à mes côtés.

Les jours qui sont à venir seront tristes,

Mais il faudra les dépasser

Et balayer les poussières

Qui envahissent mon corps et tous nos esprits.

(N’oublies pas, Monsieur le Renard :

Nous aussi on adore les fraises et les framboises, et les mûres, aussi.)

Laisse-moi embrasser ton museau roux et cendré,

Dans un rêve sans poussières.

La taza rota


 

  • Tinta chida me incita a pelearme con la escritura

    (…) ESCRITURA PELIGROSA: ESCRIBE DE LO QUE TE DUELE, DE LO QUE TE HACE HUMANO

    PASO UNO

    Conéctate con un momento de tu vida después del cual no fuiste el mismo. Túmbate en el piso, cierra los ojos y con la llave recién encontrada abre el candado de tu dolor. No lo pienses. Siéntelo. No lo analices. Deja que el dolor o el amor o lo que haya sido, te sacuda las células sabroso.

    PASO DOS

    Con ese ardorcito a flor de piel, con esa huella fresquita en tu sistema nervioso, pon en un cronómetro 15 minutos y empieza a escribir. ¡Sin pensar! Sólo trayendo al presente la aparición de tu recuerdo.

    PASO TRES

    No te claves en la veracidad de los hechos. Si no estás seguro de algo, si no te acuerdas bien, no te tientes el corazón e invéntalo todo. Si a ti te duele un chingo pero piensas que al decirlo no transmite la fuerza de lo que sientes, exagéralo, ínflalo, píntalo hasta que retrate el nivel verdadero de tu sentir. Altera la trama. Métele más tensión. Usa todo los recursos para que con tus mentiras alcances el nivel emocional de tu recuerdo.

    PASO CUATRO

    Métele mano. Edita. Corta. Pega. Exagera más, si quieres. Métele más acción, si hace falta. Mándalo a la luna o a Marte o al fondo de la tierra; vuélvelo fantástico, de ciencia ficción o costumbrista, no importa, sólo asegúrate de que el nudo emocional, tu visión original, siga ahí: más clara y ardiente que nunca.

    RÓLALO

    Los invito a compartir, al que se atreva, sus Escritos Peligrosos. Única regla: ¡No se pasen de verga con los comentarios! Para compartir este tipo de escritos se necesitan muchos huevos y ovarios; si alguien se pasa de lanza y pone algún comentario mamón o manchado, lo voy a mandar directito a la verga, o sea, voy a borrar su comentario y añadirlo a la lista de no deseables de la Tinta Chida. La vez anterior en el artículo de Bradbury hasta me dijeron que el inconsciente del tipo que escribió el artículo estaba muy chafa. No hay pedo, yo aguanto vara, pero nomás no se metan con el resto de la banda Tinta Chidera, que ahí si me esponjo.

    (Cualquier coincidencia con la realidad es la puta verdad.)

    Era viernes 29 de enero cuando a las siete de la mañana me despertó mi hijo y me dijo: Mamá, ¡levántate!, hay dos cosas muy raras: una que papá no fue a trabajar y la segunda que no se despierta. Me levanté del tirón y busqué mis zapatillas tanteando las baldosas frías. Solo veía su silueta, larga y flaca, en el marco de la puerta, no su cara. El tono no era broma. Que mi marido no hubiera bajado a la mina fue lo que más me extrañó; nunca faltaba al tajo.

    Stanislaw yacía en la butaca. Le noté el rigor mortis, a punto de caerse. Está muerto, debí de decir. Nada de histeria, por el niño, recuerdo que me ordené. Sí, no te lo quise decir de sopetón, pero le puse un espejo y no hizo vaho, me dijo, señalando un espejito azul encima de la mesa donde también estaba el café entamado, un cenicero y un paquete de cigarrillos. (Cuánta capacidad de reacción tienen estos chavales de hoy, pensaría después, a mí ni se me hubiera ocurrido.)

    Apagué el televisor. Daban noticias de los enfrentamientos de Ucrania.

    Corrí hacia el teléfono y a la desesperada llamé a emergencias.

    Me avasallaron con preguntas y datos y que por favor deletreara el apellido de mi esposo, que es polaco y yo sé que es como dejar caer una mano en el teclado y que te salgan todas las zetas y doblesuves pero, por dios venga ya.

    Sobre todo, no pierdas el control, me dije. Por el niño.

    No sé cuánto tardaron los de la ambulancia y los médicos y los policías. Entre tanto yo dando órdenes de sargento: ahora nos vestimos, rápido; recogemos las habitaciones; cuando lleguen, tú saca al perro.

    El chico obedecía como un autómata, él tan remolón. Rocky estaba acurrucado cerca del amo. Llamaron al timbre y empezaron a desfilar por el pasillo. Yo quise decirle a mi hijo que se despidiera de su padre, pero ya no hubo ocasión: la casa estaba tomada, y ya ellos lo tumbaron y lo chequearon, y yo corrí la cortina por no verlo y mi hijo se fue con el perro a la calle. Un enfermero me dijo: no hay nada que hacer.

    Entonces les pedí que se fueran al cuarto de al lado por encender una vela. Hubiera querido un poco de silencio, el alma no es cualquier cosa, pero ellos como si nada, a vueltas con sus cacharros, sí, ouarg, policía local, ouarg, positivo, un difunto, en domicilio. Casi grité, pero me contuve. Tampoco lloré; tan solos, ahora que él nos había dejado al niño y a mí, mejor no mostrar debilidad.

    Le abrí la ventana por si podía aprovecharse mientras ellos charlaban y escaparse. Amanecía.

    La jueza dice que habrá que hacerle autopsia. Protesté. El protocolo, dijeron, y supe que Staszek ya no era nada mío… Intenté calzarle una zapatilla que se le habría caído al manipularlo. Ni me dejaron. No hace falta, señora. Y así descalzo se lo llevaron, con aquella helada.

    Entretanto vino el de la funeraria, y yo tuve que preparar café por no desfallecer. Incapaz si no de rellenar los formularios. Me temblaban tanto las manos que se me cayó la taza y se rompió. Al recoger los trozos de loza supe que barría mi corazón roto.

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      Laura. Ya lo leí. No manches. Si que es escritura peligrosa. Gracias por compartir el dolor. Por supuesto que pude sentirlo. Además de que narras muy bien, sientes. Lo que más me dolió, que supongo que tiene que ver con mi historia, es ese querer que haya silencio, ese querer despedirse cuando la casa está tomada, y todavía mucho más, me metí en los zapatos del chico y en cómo se sentía ahí solo afuera, sacando al perro mientras los demás despachaban el asunto… por ahí, creo que, estrictamente hablando de literatura, sería una gran oportunidad explorar este texto con el hijo como narrador… me impactó una cosa tan común como sacar al perro en medio de la tormenta.

      Abrazos fuertes.

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        Alejandro, quien sabe escribir, como tú, también sabe leer y, si hace falta, ponerse en los zapatos de un crío.
        La clave narrativa que me sugieres es la que andaba buscando.
        Mil gracias por estar ahí.
        (Estos días me peleo con Scrivener, otra de vuestras recomendaciones. Creo que me ayudará, cuando lo controle.)
        Bueno, dejémonos de chingadas (como decís) y café para todos, que sin café no somos naide.

Buena gente


 

Cuando ocurre una catástrofe vital se sufre una intoxicación de emociones negativas. El miedo te atenaza. El pánico te devora. Por momentos, la ira. ¿Habría podido evitarlo? (Ay, la culpa…) Los días se encojen, ya nada te satisface. Te resientes: No es justo, ¿por qué a mí, por qué ahora, por qué, por qué? Pero no hay respuestas. La vida es así, y en un instante se prepara la tragedia.

La muerte de tu mejor amigo. Te zumba la cabeza desde que amanece y eso que al despertar todavía no acabas de creértelo. Pero ya la realidad te explota en plena cara. Si no te lo crees, la burocracia se encargará de recordártelo a cada paso que des recorriendo pasillos y ventanillas como en tus peores pesadillas. Kafka en estado puro. Dios, apetece inmolarse y que te dejen en paz. No puedes, hay que seguir porque la vida no se para ni espera. Hay plazos que cumplir.

En medio de ese maremoto suenan las llamadas de los buenos amigos, los abrazos sinceros, las personas queridas que te rescatan. A veces un detalle, una cena, una charla, una libreta, un café, un mensaje, un estoy aquí para lo que necesites. Un no te hundas, vuelve a la vida. Una llamada.

Y dices, ya voy (a pesar del zumbido, del desamparo). Ya vengo,

Y sales del mundo de los laberintos y cierras las carpetas y te despejas la cabeza y piensas: Suerte la mía de tener tan buenos amigos.

Y sabes que él, Stanislaw, se queda en paz al saberte acompañada.

Sin ti no soy maga


Me cuesta arrancar, pero hay que seguir. La vida es eso: seguir adelante. Salgo de un susto enorme, la muerte que anduvo por mi casa y se ha llevado a Stanislaw, mi compañero. Mi protector. La vida que sigue y no te deja arrinconarte: demasiados trámites kafkianos por resolver (que alguien redacte un Manual de instrucciones para saber qué nos espera después de la muerte —y no me refiero al Más Allá sino al más acá, al más rancio y burocrático, que todo son papeles y negro sobre blanco y temblorosas y carísimas firmas notariales y certificados médicos oficiales que no llegan y últimas voluntades extraviadas, ¡por dios!—).

Mientras, replegada entre fiebres de extraños virus gripales, imposible concentrarme en las palabras, ni siquiera en la lectura. Si acaso, y con desgana, algún clic por aquí, otro, blando, por allá. Las palabras se menean y se echan a volar como mariposas negras, las de los malos augurios.

Una tarde, al despertar de una siesta de animal herido (más que nada), enciendo el lector y me atrevo a seguir con esa lectura fatalmente inacabada. Y las palabras, esta vez, ya no huyen por la ventana, la del cristal ahumado. Se quedan y me consuelan. De a poco van aliviando como una cataplasma sobre la herida.

Busco esos libros de la biblioteca para rebanarlos sin apetito, solo porque el préstamo está a punto de caducar. Como la vida. ¿Por qué no llevamos tatuada en la frente, aun con tinta invisible, nuestro punto final? Mejor al revés, para poder verla en el espejo, como el rótulo de las ambulancias. O quizás no sea buena idea: la certeza, insoportable.

Pero los libros me rescatan con sus historias de otras vidas. De otras muertes que me hacen olvidarme (un poco) de la tan cercana. La muerte, oh, lagarto, lagarto… Ese animal embelesado por las palabras, según se dice. Como yo. Por eso los libros repletos de palabras, mariposas blancas, hormigas o sapos, qué importa, pero pasar páginas y regresar al mundo lejos de los certificados (horrendos) de defunción, sin olvidar que desde alguna parte un ángel de la guarda me sigue cuidando como lo hizo en estos últimos diez y siete años. Con devoción. Soportando hasta mis encierros detrás de esos libros sin dibujos. Solo palabras.