Categoría: Novela por entregas

Capítulo 10 Cada mochuelo en su olivo


Un columpio se balancea bajo el enorme cedro. La selva no se calla, pero se encoje. Denise camina derrengada, cargando un abultado fardo. Ya no puede con su cuerpo, demasiados años. Hace camino con otras mujeres. Vuelven del mercado donde han ido a vender cosas y a comprar otras. Les gustaría ir cantando o pararse a descansar, pero las rutas no son seguras.

Un mirlo se posa sobre la tumba de la familia de Patricia. La madre y la abuela tuercen el gesto, mientras el padre se saca un as de la manga ¿o es un diamante?

El cuidador del zoo, ya jubilado, vuelve sobre sus pasos, no sea que se haya dejado la puerta mal cerrada. Un marinero reumático se revuelve en la tumba, el esqueleto de su gato le hace cosquillas. Una portera centenaria olfatea el pasillo del asilo donde la lejía ya no huele como la de antes. Celia le da cuerda a un reloj mientras recuerda un sueño que se le escurre. Unos gitanos le venden cobre al chatarrero.

Valdés dirige a unos ángeles en el trapecio. Lucio echa cuentas de la alfalfa por comprar y se queda prendado de la palabra “alfalfa”.

El gafitas de la bata blanca endereza un dibujo abstracto colgado en la pared del laboratorio. La veterinaria le cura las heridas a un tigre albino. En el folleto de la exposición, Max está que se sale.

Una bibliotecaria pide silencio, mientras forra libros nuevos. Cada día nos mandan menos, piensa. Los medios celebran el segundo aniversario del 15 M, ¿o es el tercero o el cuarto? Y nadie lleva la cuenta… El tiempo vuela, el desierto sube.

Alicia le prepara una fiesta de bienvenida a Josep, mientras Manu corretea con el perro por el parque. Mauricio firma el cuadro, Bailarina y clown, y se pregunta por qué le habrá dado por pintar escenas de circo, si a él el circo no le va demasiado… Fuster le pide a su secretaria que embale el cuadro del mono que está en el escaparate y que acaba de venderse.

Estrella estrena su pañoleta de gatos. Crespo cuelga fotos en la red para su nueva tienda de trapos, lucyenelcielocondiamantes.com. Hay que expandirse, piensa. Lucía pondera a una clienta lo bien que le queda un abrigo de garras. Le sienta de miedo, le dice. Guadalupe corrige unas redacciones. Tema: ¿Querer es poder? Alguien que pasaba por ahí le saca una foto a la pintada de un mono.

Patricia revisa el inventario de sus esculturas, antes de enviárselo a un cliente que parece estar muy interesado en su colección.

Yo releo la carta que acabo de escribir, en francés, para que mi abuela vea que no olvidé la lengua que ella nos enseñó, para que salgáis al mundo sin complejos, nos decía.

Barcelona, 20/06/2014

Querida familia,

Espero que todos estén bien de salud, como yo lo estoy. Hace tiempo que no llamo y pensaréis que me olvidé de vosotros. Todos los días os recuerdo, solo que pasé tiempos difíciles, pero ya pasó y por fin tengo trabajo. Dicho así parece fácil, pero es un milagro. Os cuento…

Gracias al amuleto de la abuela, conocí a una señora, nacida en nuestra tierra en tiempos de los belgas. Se llama Patricia. Cree que la abuela Denise fue su niñera. Fue ella quien me dio trabajo y alojamiento. La foto que os mando es suya, de cuando era pequeña, por si acaso la abuela la reconoce. Dejadle las gafas del primo para que pueda verla. 

Os quiero mucho. Samuel Sidibé

P.S. Pronto envío dinero.

Doblo la hoja y pongo las señas. Cierro el sobre y le doy un beso. Qué lejos queda mi gente, tanto que me parece imposible que les lleguen mis cartas, pero esta tiene que llegar, pues esta noticia le alargará la vida a la abuela, eso creo. Caminando hacia Correos, miro mi sombra tan alargada y le doy vueltas al sobre, orgulloso de ver al fin mis señas en un remite. Si me atreviera, me pondría a bailar de lo feliz que me siento, pero me contengo y me fijo en el sello que es la estampa de un chimpancé rascándose el cogote y pienso que dios es grande y que he tenido suerte, mucha más suerte de la que nunca me atreví a soñar.


Entro en el lavabo para retocarme; quiero que mi Pancracio me encuentre presentable; yo ya sé que pegué un bajón estos últimos tiempos, por cosas de la edad; de hecho, he decidido retirarme de la pista, aunque siga en el circo, pero adiós trapecio y contorsiones, que tengo la espalda rota. Me dedicaré a la videncia, eso es más tranquilito, sí, a leer los posos del café, a echar las cartas, que todo eso a la gente le va mucho y no castiga tanto el cuerpo. No se lo he dicho todavía a nadie, ni siquiera a los Valdés; tampoco a mi Pancracio, ya lo haré, ya, cuando él vuelva y me pueda cubrir el hueco. Ah, qué poco queda de Beibiyén… No somos nada. Tengo muy mala cara, pero es que encima anoche no pegué ojo sabiendo que hoy me esperaba este viaje en tren. Ja, quién lo diría, toda una vida dando tumbos y ahora me desquicia un viaje en tren, Madrid-Barcelona, que son tres horas, que se pasan en ná, si este tren va volando, que parece que acuchilla el paisaje, pero, ya ves tú, saber que me iba de viaje, así sola, me tenía desquiciada. Que yo no quería este tren tan rápido, que con uno de toda la vida iba que chutaba, pero, ea, cosas del chico que me dijo que yo ya había perdido tiempo más que de sobra por los caminos, así que ahora me tocaba elegir entre el AVE o el avión. Lo que más rabia te dé, me dijo, y yo dije que en ese caso el tren. Los del cine le pagan bien, que se lo puedo permitir y que en esto ahora manda él. Madre mía, lo contento que se puso Lucio al ver a nuestro Pancracio en la pantalla… Y anda que los Valdés no se lo podían creer. Les faltó tiempo para darme unos días, tratándose del chico lo que sea, me dijeron. Nuestro Pancracio convertido en estrella, ay, si el abuelo pudiera verlo… Encima ahora se nos ha ennoviado y todo… Ya tengo ganas yo de conocer a esa Julia, ya. Y a esa señora Patricia, también, que le ha dado buena estrella a mi niño. Huy, si ya llegamos. Ahí está, mi Pancracio, ya lo veo esperándome en el andén. Pero… ¡si está hecho un brazo de mar!

— Juana, qué alegría verte, estás como siempre.

—Calla, mentiroso, que estoy destrozá.

Nos abrazamos y salimos de la estación atropellándonos con preguntas. Mi reino por un café, Pancracio, que vengo destemplada. Nos lo tomamos de camino, me propone.

—Así que tu chica es bailarina, ya es un primer paso.

—Sí, sí, y es buena bailando. Ya verás cómo se adapta a lo nuestro.

De pronto el escaparate de una esquina me llama tanto la atención que me paro, mientras él sigue alabando a su chica. Es el cuadro de un mono, un mono disfrazado de ángel. Me acerco por verlo mejor. Supongo que todos lo monos son muy parecidos, pero este, la verdad, es igualito al nuestro, ese que tan bien amaestró el abuelo. Niño, ¿qué habrá sido de nuestro Max? le pregunto a mi Pancracio, y le pellizco el brazo, suave, como solía hacerle de más pequeño para que me hiciera más caso.

 

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Capítulo 9 Arrieros somos y en el camino


El autobús va devorando kilómetros. Los pasajeros deben de dormir o intentarlo; no se oye nada, a no ser el ruido del motor. La noche es oscura, sin luna, y solo de vez en cuando se ven los destellos de los faros de otros vehículos atravesando la autovía en dirección contraria. Me aflojo los cordones de las zapatillas para estar más cómodo. Quisiera echar una cabezada, desconectarme y que así se me acorte la distancia, pero estoy inquieto y no lo consigo. Me arrellano en el asiento y me tapo con la cazadora. Cierro los ojos y trato de planear cómo me las arreglaré al llegar a Barcelona. Llevo un poco de dinero que fui ahorrando de los últimos bolos en el rastro, poca cosa para como está la vida, así que tendré que estirarlo hasta el día de la prueba. Si no la paso, siempre me quedará el plan B, recoger mi caravana del polígono y engancharme para la temporada de verano.

No sé por qué tienes tantas prisas. Aquí puedes quedarte el tiempo que quieras. Un plato de cocido no te va a faltar, ya lo sabes, me repetía Estrella, arrastrando las zapatillas. Qué se te ha perdido a ti por Barcelona, no paraba de preguntarme mientras me ayudaba a guardar la ropa en la bolsa. Solo quiero probar, le respondía. Si la paso, serán un par de meses como mucho, ya verás, le decía. Volverás, me preguntaba. Claro que sí. Dónde voy a estar mejor que en nuestro circo, la tranquilizaba. Además esto de la película nos conviene, Estrella, nos dará publicidad. Ah, eso sí, reconoció la buena mujer, ladeando la cabeza.

Después de esos cuatro años de estudiante en los que solo pisé la pista los meses de verano, pensé que ya tocaba moverme, aunque mis pasos me habrían llevado de vuelta al circo, ¿dónde si no? Desde luego que yo nunca habría pensado en una película, pero fue Lucía que se enteró de esa prueba por la red y no le hizo falta esforzarse mucho para convencerme: parecía hecha a medida. Así que, al acabar el curso, me saqué un tique solo de ida y me subí al bus con mi bolsa de deporte. Y aquí estoy, viendo como el bus se traga los kilómetros. Estrella, la pobre, me despidió desconsolada, estoy tan acostumbrada ya a tu compañía, Pancracio, que se me hace un mundo perderte. Y es que la despedida a ella le sonó a definitiva por mucho que yo insistiera en que volveríamos a compartir piso en invierno, si no coincidíamos antes en el circo donde de vez en cuando sus hijos la llevaban a pasar unos días si andaban por Toledo, Segovia o en cualquier otra parte cerca de Madrid. Prometo llamar, si ahora tengo hasta móvil. Siendo así…, se conformó. En la estación nos dimos un abrazo y noté que me metía algo en el bolsillo. Cuando el autocar arrancó, vi que era un billete de veinte euros. Te preparé un bocadillo para el viaje, me dijo, sacándolo envuelto en aluminio de su bolso, así no se te hará tan largo el camino. No solo me dio pena dejar a los colegas, sobre todo a Crespo, también a ella, esa Estrella que ya era casi como mi abuela.

En la estación de Zaragoza, el conductor nos anuncia una pausa de veinte minutos. Algunos viajeros se despiertan pero apenas se remueven y otros siguen durmiendo. Yo salgo a estirar las piernas entumecidas de estar tan encogido y me siento en un banco cerca del bus donde me como el bocata. La noche es fresca, para ser una noche casi de verano. Me subo el cuello de la cazadora. No tengo que agobiarme, me presento a la prueba y punto; si me cogen, bien; sino, también; después de todo, siempre puedo volver atrás, a mi circo, pienso.

Ahora sí que me duermo y cuando despierto estamos en un lugar perdido entre bancos de niebla y yo no tengo ni idea de por dónde vamos. Una mujer se sentó a mi lado sin que yo, que iba dormido, me haya dado cuenta. Estamos por Lérida, me dice, como si yo se lo hubiera preguntado. La miro. Ah, le digo. Es alta, tanto que sus piernas chocan con el respaldo del asiento delantero. Me pregunto si será albina… Por sus rasgos parece negra, aunque tiene la tez pálida, pero no tiene los ojos rojos como eso albinos que he visto en fotos ni lleva gafas de sol. Es extraña, negroide pero blanca. Su acento parece extranjero, quizás francés.

— ¿Vas a Barcelona? — me pregunta.

—Sí. ¿Usted también?

Me dice que vive allí y que ya falta poco para llegar. Rebusca en su bolso y saca un termo. Me convida a café. Nada me apetece más recién despertado que tomar café, así que acepto. Me recuerda esos viajes de antaño de los que nos hablaba Valdés, cuando intimaban con otros pasajeros y nadie probaba bocado sin antes invitar a los demás, aunque fueran desconocidos. ¿Gusta?, se decía entonces al compañero de turno. El café está rico. Ella lamenta no haber traído azucarillos, pero le digo que me gusta así, negro y amargo, y no se lo digo por cumplir, es así cómo a mí me gusta el café. De reojo me fijo en cómo va vestida. Tiene clase, sería una posible clienta de Lucía. Quedamos en silencio y aprovecho para mirar el paisaje por la ventanilla. Es la primera vez que viajo por esas tierras. Esa montaña es Montserrat, me dice, y añade que es mágica. A mí me parece un escenario de cartón piedra.

Al poco nos acercamos a la ciudad y ella dice: Voilà, Barcelona. Yo, por esa palabra, me acuerdo de nuestros leones a los que siempre mandamos en francés, Couchez !, En place ! Ella recoge sus cosas y yo me ato las zapatillas. Miro la ciudad, una ciudad grande, como Madrid pero diferente. No sé nada de los cielos de por aquí, pero veo pintadas parecidas en las vallas y eso me hace sentirme bien. Ella me dice que no la cambiaría por nada, esa ciudad. Yo le digo que es la primera vez que vengo. Me pregunta si de visita. No, por trabajo, le digo. Los jóvenes ahora lo tenéis mal, me dice. Al llegar a la estación la ayudo a sacar su equipaje del maletero y recojo mi bolsa. Me dice que soy muy amable y nos despedimos.

Encuentro una habitación cerca de la estación. Es interior, pero limpia y barata. Me quedan unos días antes de la prueba y sin perder tiempo me pongo en un parque con los malabares y paso la gorra. Son tantos los turistas que no me cuesta recaudar unas monedas. Hacer malabares no es demasiado original, un juego al que se han aficionado muchos chavales que lo hacen estupendamente, pero yo soy un profesional y eso la gente lo nota, así que en seguida reúno un corrillo. El dinero extra lo añado a mis fondos para gastos, como cargar el móvil que es un gasto que nunca antes había tenido. Por supuesto, llamo a los míos. El primero a Crespo que me cuenta sus nuevos planes. Me estoy asociando con la Lucy, que no da abasto, la tía. Hemos pillado un bugata para recoger la ropa, llevarlas a la tintorería y esas cosas. Ahora soy un emprendedor, nada menos… Es lo que toca, Perejil, seguir la tradición familiar, que la cosa no está para inventos. Le digo que me parece lo mejor y que se concentre en eso de la moda. Siempre seré un friki, me dice, pero yo no acabo de entender qué quiere decir con eso de friki. Crespo se ríe de mí y me dice: Y tú me lo preguntas… Antes le decíamos “estar colgado”, ahora es que somos más modernos. En tu caso, Perejil, aplícate el cuento por pintoresco, macho. En el mío está claro que más que ser original es que ando siempre a la última pregunta, ando pelao, pero cuando vuelvas por aquí me encontrarás montao, ya verás, ya, cómo me las gasto, vas a flipar, que lo mío son los bisnes, ya sabes, el compraventa. Pero solo de trapos y limpios, ¿eh? Me gusta hablar con Crespo, aunque sea por teléfono. Me divierte su jerga, su ritmo y cómo se ríe de sí mismo.

No pienso mucho en la prueba (casting, diría él); estoy bastante seguro de mis capacidades; no soy un creído, pero conozco el oficio lo suficiente como para no sentir miedo escénico; si no paso, será porque no tenía que ser, no por no estar a la altura.

Hoy me pinté la cara por probar unos maquillajes nuevos que compré en una tienda donde venden esos potingues y otros artículos para teatreros y así de paso darle una nota de color a mi espectáculo callejero. Estoy pasando la gorra cuando reparo en la señora del autobús. A pesar del maqueo, ella me reconoce y charlamos; se alegra de verme; mi número le ha gustado; parece impresionada de mis habilidades. Me invita a cenar en una pizzería que hay cerca y yo acepto. Al verla he sentido como si viera una cara conocida, la primera desde que llegué a la ciudad. Pedimos unas margaritas y vino de la casa.

—No nos presentamos en el bus… Me llamo Patricia.

—Yo, Pancracio.

Quiere saber dónde he aprendido esos juegos malabares y yo le cuento algo de mi vida del circo. Ella me escucha y se diría que está entusiasmada. Se define como una gran admiradora de nuestro mundo y eso me da pie a contarle más historias. Pide postres y me pregunta si la habitación que alquilé es decente. Casi sin oír mi respuesta me ofrece su casa. No quisiera abusar, le digo. Tengo sitio de sobra y tú te ahorras un dinero. Sería un honor que aceptaras mi invitación, me dice con sus extrañas erres. Un poco aturdido acepto. Queda por aquí, me dice mientras caminamos.

Un edificio regio con el suelo de la entrada de baldosas floreadas, las paredes decoradas con guirnaldas, así es de elegante el edificio en el que entramos. Me recuerda una clase que nos dio Guadalupe sobre arte modernista y quiero decírselo, pero no me atrevo. Subimos en un ascensor antiguo, que ronronea y se detiene en el último piso. No te quedes ahí, pasa, me invita. Nunca antes he visto un piso tan amplio (en realidad solo conozco el pisito de Estrella en Carabanchel y el de Crespo en Lavapiés), con razón dijo ella que le sobraba espacio. En las paredes del pasillo hay máscaras. Son africanas, me dice. No te den miedo, protegen contra los malos espíritus, me explica, mientras las roza con la punta de los dedos. En la sala, enorme, me conduce hasta el balcón para que vea las vistas que dan al zoológico.

—Me gusta dormir cerca de los elefantes, son buena compañía para soñar, ¿no crees?

—Igual— le contesto, por decir algo porque yo nunca antes me paré a pensar tal cosa, la verdad.

Cumple sus funciones de anfitriona a la perfección, me enseña la vivienda y mi habitación. Todo es tan lujoso para mí que ni me lo creo. Sin mirar atrás, voy a la pensión a recoger mis cosas y de vuelta llamo a Crespo para contárselo. Se queda alucinado. Parece un cuento, me dice. Esa noche al acostarme pienso en los elefantes y me duermo como un tronco.

Al despertarme tardo un momento en saber en dónde estoy, pero una estatua, de esas africanas, me está mirando y eso de pronto me sitúa. Desayunemos, me propone Patricia, que ha preparado una mesa en la que no falta de nada, ni siquiera zumo de naranja. Todo me sabe a gloria, en especial los gofres que pruebo por primera vez. No te creas, no consigo que me salgan como los que hacía Denise, la cocinera que tuvimos, ella sí sabía de repostería… Y al decirlo se queda pensativa mirando la luz de la mañana que se filtra por el balcón y suspira. Me habla de Denise, de su infancia en el Congo.

Después de ducharme, le hago una llamada a Estrella. Chico, has nacido de pie, llegar y besar el santo y dar con una señora así de estupenda. No te digo que te comportes bien, Pancracito, porque sé que lo harás. Y no te preocupes, que ya se lo digo yo a Juana, que ahora andan por Valencia, en cuanto me llamen hoy mis hijos les doy la voz. Y yo pienso que en cuando pueda le compraré un teléfono a Juana para que no tengan que andarle con recados, pero no se lo digo a Estrella que de tan buen grado hace de mensajera.

Salimos al mercado y le cuento a Patricia mis planes, por si piensa que me vine aquí a buscar empleo a ciegas y que pueda convertirme en un abusón, caso de no encontrarlo. A ella le hace gracia que el escenario de la prueba sea el circo Raluy. Un circo tan poético, dice. Me quedo descolocado con esa palabra, “poético”, que me recuerda a Guadalupe explicándonos la métrica, pero Patricia, que parece leerme el pensamiento, me explica que lo calificó así, de poético, porque no es un espectáculo para nada chabacano, ni vulgar ni estridente. Me describe el encanto de ese circo singular que ha sabido conservar los antiguos carromatos convirtiéndolo en un museo ambulante. Así mismo lo habría ponderado Lucio (incluyendo lo de poético). Me recomienda de paso que tome buena nota de esa filosofía para aplicarla al nuestro. Un artista que sepa manejarse en varias disciplinas para una película que se rodará en el circo es lo que buscan, le explico. Un documental, me pregunta Patricia. No sé, le contesto, decía una película de circo.

Esa tarde, Patricia no me deja salir a la calle con los mazos; quiere enseñarme la ciudad. No puede ser que vengan del mundo entero a verla y tú te quedes sin visitarla. Hoy seremos turistas, declara. Patricia me hace de cicerone, como le hizo Crespo en la capital, aunque sus visitas guiadas son diferentes. Me enseña sus rincones preferidos, desde su barrio hasta el Raval. No escatima en gastos, según me confiesa se lo puede permitir y yo soy su invitado de honor. Nos sentamos en las terrazas como los guiris, cuando el cansancio se apodera de sus pies. Ya tengo una edad, se queja. Comemos en restaurantes, cuando el hambre nos asalta y me hace probar algunos platos del país. Visitamos todo lo que nos pilla de paso, museos y catedrales, acabando el día tan cansados como peregrinos, pero satisfechos de lo mucho que hemos visto, oído y olido. Ser turistas es agotador, reconocemos. Hay tanta gente a nuestro alrededor que marea, pienso. De todo lo que visitamos bien poco podría haber apreciado de no haber sido alumno de Guadalupe. Lo que más me gustó fue esa serie de Picasso, la rosa, que admiré en el Museo y de la que compré unas postales en la tienda para decorar mi caravana, el día de mañana. Me sales más barato que un psicoanalista, me dijo de pronto Patricia, porque esos días además del callejeo nos hacemos confidencias.

En el merendero del zoo, me cuenta su infancia y el mal trago de la huida. Yo, algo de cuando niño sin recrearme en el mal rollo de mis padres. Lo mejor, las risas que nos echamos con los monos. Me quedo parado al ver los dibujos de chimpancés expuestos en las vitrinas. De haber sabido que los chimpancés son capaces de pintar, no dudo que Valdés se habría encargado de que Max se pusiera manos a la obra. Los minúsculos titís me encantan tanto que me llevaría uno de recuerdo. En el zoo no dejo de acordarme de Max y le hablo a Patricia de nuestro chimpancé amaestrado. Ella me dice que, qué curioso, también ellos tuvieron un cachorro en el Congo. Le envío a Crespo una postal de Copito de Nieve y me gustaría hacerles fotos a esas puertas pintarrajeadas que, apuesto, él cazaría con su cámara.

Tomamos unas cañas en la Plaza Real. En este solar estaba un convento de Capuchinos, me dice Patricia, y me acuerdo de Lucio cuando llamaba “mono capuchino” a nuestro Max, porque decía que ese mono sabía gramática parda. Me siento a gusto en cualquier espacio que puedo abarcar con la mirada, espacios abiertos como en el circo, pero en esta plaza, que es una buena explanada, me parece que no todos andan en son de paz, si no ¿por qué tantos furgones de policía? Por aquí hay mucho malaje, me confirma mi guía, que se arranca contándome su mal paso: de joven cometí algo imperdonable, me confiesa; andaba coqueteando con drogas y me apunté a un atraco; se nos fue de las manos y hubo un muerto; lo pagué con cárcel, pero me sigue pesando, date cuenta ¡una vida!, suspira. Mi familia les echó la culpa a mis malas compañías, pero yo sé que fui responsable de habérmelas buscado. Ya ves, yo no puedo decir eso de que no lamento nada… No soy mejor que esos, reconoció señalando a unos tipos que andaban por ahí trapicheando. Después de esta inesperada confidencia, me parece que le cuesta mirarme a los ojos. Yo no soy de juzgar a los demás; la vida es complicada y nos puede empujar al vacío; un mal cálculo en el impulso y nos caemos desde lo alto sin red; un traspiés y se nos echa el tigre encima en plena función; así es la vida. Esto es lo que le digo, mientras atardece y miro el cielo violeta en el que se dibujan oscuras siluetas de palmeras, sin poder evitar acordarme de Lucio, el hombre más rico en palabras que yo conozco y el más aficionado en cielos también.

Esa noche cenamos arroz negro con judías negras, la especialidad de un mesón que está hasta los topes. Noto que Patricia ya no se muestra tan natural. Intento como puedo trasmitirle confianza, pero la noto en vilo. Cuando está nerviosa, se lía con el español y confunde “ser y estar”. Entonces dice cosas como: “Soy hambrienta o estoy ladrona” y las erres se le resisten un poco más de la cuenta. Aprovechando que se va al lavabo, le doy un toque a Crespo para saber su opinión sobre eso que me acaba de confesar  Patricia. Qué fuerte, me dice, pero en seguida me tranquiliza. Tú asegúrate de que no te meta en ninguna secta y que no ande traficando con órganos, que con lo demás se puede lidiar. Que tiene un pasado, ¿y quién no? Tú, tranqui, en tu línea, Perejil. Tampoco te vas a casar con ella, ¿no? Además, si te lo ha contado es porque es de ley, tío. Ya pagó su condena, ya redimió, punto final.

Volvemos a casa caminando despacio. Algunos sin techo se van recogiendo en los cajeros y yo pienso en mi buena suerte de dormir en una casa donde no falta detalle o de poder pagarme una habitación en un albergue, si hiciera falta. Se lo digo a Patricia que sonríe. Las personas acaban arreglándose, dice. Solo algunos casos perdidos se quedan por el camino y yo pienso en mis padres quemándose vivos en la carretera. Lo que está pasando ahora es punto aparte; ojalá cambie porque no hay por dónde, añade. De todo eso vamos hablando cuando se nos acerca un hombre a pedir, para comer. Patricia saca unas monedas, se las da y le dice: Tenga, para comer o para lo que necesite, le dice, y le desea suerte. Esta noche la veo algo desvalida… Pienso en lo raras que somos las personas. Desde la pista, nosotros, los del circo, tendemos a simplificar al público, pensando que sus vidas son planas y sin requiebros. Ahora me doy cuenta de que cada uno arrastra su historia y que no todos cabemos en el mismo saco. Estoy rota, dice Patricia, ¿o dijo “soy rota”?, y se despide con un hasta mañana.

Yo me quedo un rato en la sala, pensando en mis cosas. La luna entra por el balcón y se escuchan los barridos de los elefantes. Me acuerdo de Yuma, de Aníbal y de Colombo y pienso que la palabra “malaje” es propia de Lucio. Después me acuesto. Debo de soñar con Max, es algo que me pasa a menudo. En mi sueño, bastante estrafalario, veo al mono moviéndose con el frenesí del cine mudo, no obstante me parece oír sus chillidos agudos. Max se rasca debajo de los faldones, enseñando los dientes. Se descuelga de una columna del decorado, tan cómico, vestido con enaguas de puntillas y tocado con palmera. Con su desproporcionado brazo coge una sombrilla y, usándola de palanca, salta. ¡Hale, hop! Después se despereza y me ofrece un tremendo bostezo. Se acurruca a la sombra de un árbol pintado en el telón y se arrebuja con su ridículo vestido de damisela. ¡Ese Max! Me despierto riendo.

Ya queda menos para el día… Subo al terrado para ensayar; no quiero llegar desentrenado. Le pido a Patricia que me ayude, poniéndose de espectadora y haciendo también las veces de entrevistadora, por ver cómo me las apaño. En mi número junté todas las disciplinas, a no ser el trapecio que no puedo montar en la azotea, por ajustarme lo más posible al perfil que piden. Patricia me dice que está bien empastado. Me ayuda a retocar el vestuario, que me había agenciado donde Lucía. Llevo meses rumiando la muestra que en pocos minutos tiene que realzar mis habilidades de mimo, payaso, malabarista, acróbata y trapecista. Patricia me sugiere unas alas. A modo de atrezo, dice. No acabo de entender para qué, pero me estoy acostumbrando a hacerle caso: es una mujer de mundo, que diría Lucio.

Nos vamos a los Encantes donde podremos encontrar esas alas. Allí, rodeado de quincalleros, me siento como en el rastro. Regateo por unas postales antiguas y les escribo una para Guadalupe y otra para Lucía, mientras nos tomamos un refresco en el chiringuito. Le pido a Patricia que por favor me revise la ortografía: no quisiera meter la gamba, sobre todo con la profe. Me pregunta con sorna si esas mujeres son novias mías. Proseguimos a la búsqueda de esas alas con las que está tan obcecada. En un puesto de disfraces y trajes de gala, por fin damos con las dichosas alas. Patricia insiste en que me las pruebe, pero yo antes pregunto cuánto. El vendedor me pide treinta y me parece mucho; regateo como me ha enseñado Crespo y bajamos a la mitad; entonces me las pruebo. El arnés me viene holgado y el hombre me sugiere que un zapatero me lo arregle a medida. Le saco otros cinco euros de rebaja por la tacha. Patricia está maravillada de cómo me las apaño. Tuve buen maestro, le digo, y le cuento de Crespo. En el puesto de un africano le compro un vestido a Patricia porque veo cómo ella mira y toca esos estampados tan coloridos. Al llegar a casa, le da un aclarado y se lo estrena; le queda que ni pintado. A falta de maniquí, le colgamos las alas a una escultura. Los agujeros se los haré yo mismo con una punta y un martillo y así me ahorro el remendón. Patricia me llama apañado. Mentalmente me apunto las palabras “plumaje” y “marabú”, para regalárselas a Lucio. Ya tengo toda una colección de palabras nuevas para él.

El día de la prueba no estoy nervioso, solo tan alerta como para salir a pista. Llego con tiempo de sobra, tanto que creo haberme equivocado con las señas pues soy el primero, a una oficina del paseo Colón, que es donde nos han convocado. Relleno mi ficha y entrego las cintas de mis actuaciones, esas que Juana y Lucio me han ido grabando. Cuando me llega el turno para la entrevista me hacen preguntas, algunas bastante personales que contesto como puedo y también me graban. Para ver cómo das, me dicen. No tengo ni idea de si lo he hecho bien, mal o regular, tampoco si soy de los que enamoran a la cámara. Cuando salgo y veo a los demás aspirantes esperando en el vestíbulo, me siento poca cosa: todos lucen un aspecto más cuidado que yo, dan la impresión de ser carne de gimnasio… Suerte haber obedecido a Patricia en lo de ir al peluquero. Hay que sacarle partido a ese pelo rubio ceniza, insistió.

Vuelve a las dos, me dicen. Colgaremos la lista de los que hayáis pasado para convocaros a las pruebas físicas. Me doy una vuelta por las Ramblas donde me entretengo con las estatuas humanas, como un turista cualquiera. Consulto el reloj del móvil, impaciente por saber si habré pasado el primer filtro. Aleluya, estoy en la lista con otros tres. Nos esperan a las ocho de la mañana del día siguiente en la carpa de los Raluy, que nos dicen está estacionada en el muelle, bajando las Ramblas hacia el mar.

La tarde se me hace larga y Patricia, que nota mi ansiedad, me pide ayuda para limpiar el polvo de su colección de estatuas. No hay como ocuparse en algo para que el tiempo pase más deprisa, me dice. Te contaré la historia de mis esculturas. Como ya te dije, son africanas. Te preguntarás qué pintan aquí. En realidad, nada. Son herencia de mi padre, pero no me pertenecen como tampoco le pertenecían a él, aunque comerciara con ellas. Algunas tallas son antiguas, otras no tanto. Todas son valiosas por sagradas. Es por eso que no deberían estar aquí encerradas, ni tampoco en un museo, sino entre sus gentes, allí donde les fueron robadas. Podría pensar que quien roba a un ladrón, en este caso mi padre, tiene cien años de perdón, pero a mí no me lo lleva la conciencia. Por eso, pienso que tendría que venderlas y hacer un donativo a sus legítimos dueños. Cada día me pesa más no haberlas devuelto cuando todavía tenía fuerzas para hacerlo. Lo curioso es que él ni siquiera era mi verdadero padre, pero me dejó a mí este embolado, en vez de dejárselas a mi hermano. Nunca supe si estaba al corriente de que mi madre tuvo un amante congoleño. Mis rasgos me delatan, pero a veces cuanto más cerca, ya se sabe… Tú que pareces honrado, ¿qué harías?, Pancracio. Lo que saques, dáselo a Payasos sin fronteras, le digo sin pensármelo. Eso, algo así o quizás Médicos sin fronteras, ¿no te parece más serio? Hum, no sé, prefiero las risas a las tiritas…

De buena hora voy al solar del circo. En cuanto veo la carpa y los carromatos me siento en casa. Rodeo el recinto sin adentrarme. Falta media hora, tiempo de sobra para curiosear. Las caravanas son de madera, de las antiguas, aunque pintadas y decoradas con primor. En una de ellas reconozco una copia de un Picasso rosa, de los que vi el otro día en el museo. Cuánto daría por que lo viera Valdés, todo esto le entusiasmaría. No encuentro las jaulas; este debe de ser un circo sin fieras, pero con hay una caballeriza. Unos empleados, que andan faenando, me observan. Les explico que vengo a la prueba. Creo que son polacos, pero me entienden porque me indican el carromato donde nos esperan. Les doy las gracias, en polaco como me ha enseñado Niebieski y ellos se ríen. Llamo a la puerta y me dicen que pase. Llegas pronto, muchacho, pero siéntate que no tardarán. Son los hermanos Raluy, los reconozco de haberlos visto en fotos. Me presento y les digo que trabajo para los Valdés. Para mi sorpresa, han conocido al abuelo. Eso me relaja. Cuando llegan los de la productora ya casi se me ha olvidado que me están examinando. Vamos hacia la carpa y cuando apartan la lona, aspiro el olor a serrín húmedo y debo de poner la misma cara que Crespo al fumar sus cigarrillos, porque uno de los Raluy me pregunta si tengo mono de circo. Le sonrío y le digo que un poco, que llevo un tiempo apartado, por estudios y eso. Encienden los focos y empieza el espectáculo. Hago todo lo que me piden, como lo haría Max, ni más ni menos. Te llamamos con lo que sea, me dicen, y uno de los dos hermanos me acompaña a la salida y me desea buena suerte. Saluda a los Valdés de mi parte, me dice.

Al volver a casa, compro sardinas, flores y vino para la comida. Qué celebramos, quiere saber Patricia que está leyendo la prensa en la terraza. Que soy un chico alado, le digo, en tono burlón. Comemos en la azotea y brindamos con Penedés. Yo, poco acostumbrado a tomar y cansado por las emociones, me echo una siesta, como suele hacer Patricia a diario. Lo mejor de este país, dice siempre al despertarse.

Al atardecer, me pruebo las alas y salgo.

— ¿Te vienes?

—Me quedaré leyendo. Eh, chico, y no rompas demasiados corazones…

Hago una llamada a Crespo para comentarle lo de la prueba y lo de las alas. Él me canta su nuevo rap, dedicado a los desahuciados. Lo escucho sentado en un bordillo al pie del Arco de Triunfo. La peña te echa de menos y Lucía ha hecho un conjuro para que llegues hasta Hollywood, me dice de guasa. Bah, bah, con menos me conformo, le digo. Cuelgo. Pillo una bicicleta del apeadero y atravieso la zona pedaleando. Circulo deprisa sorteando los numerosos vehículos. Ni siquiera voy pensando en el tráfico, sino en cómo integrar las alas a mi número. En un momento dado, me subo a la acera por esquivar una camioneta que descarga una mudanza y como voy tan abstraído no me doy cuenta de que alguien se me echa encima.

—Lo siento. No te vi venir.

—La culpa fue mía, que salía azotada— dice la chica.

Se agacha para recoger su bolso y yo le recojo unas gafas de sol. Al dárselas, se echa a llorar. Yo, confuso, le rodeo los hombros (con las alas). Entonces sale disparado un hombre de un bar, blasfemando como un energúmeno, pero se queda parado, ¿por las alas? Al verlo, ella se pone a caminar deprisa y yo la sigo, sujetando el manillar con la mano derecha y rodeándola con la otra. Me olvido de las alas, que están resultando de lo más prácticas.

—No creas que lloro por el atropello. Me acaba de pasar una movida que…

—Tranquila. Lo importante es que no te hayas hecho daño.

Y me escucho invitándola a un helado… Ella acepta y vamos caminando hasta dar con una horchatería de la ronda. Aparco la bicicleta alquilada, que de pronto me estorba. Ella se va directa al lavabo y yo pido dos horchatas. No puedo por menos que acordarme de Juana y de aquellos días manchegos, pero este no es momento para nostalgias. ¿Por qué llevas eso?, me pregunta sentándose en el taburete. Ah, las alas… Por probar, contesto sorbiendo la horchata. Tampoco es que pueda darle más explicaciones, ni yo sé qué pinto con unas alas. Le pregunto por qué ha salido de ese bar tan escopetada. Antes, intercambiamos nuestros nombres y ella sonríe al oír el mío. Yo, Julia, me dice. Me parece un nombre exquisito, porque justo le estoy mirando la boca cuando lo pronuncia y me gusta el dibujo de sus labios. Me cuenta que se presentó a una oferta de trabajo porque vio el cartel de “Se busca camarera”. Solo había trabajado un par de veces detrás de una barra, que yo no soy camarera, pero necesitaba la faena y pensé que para poner cuatro cafés serviría. Así que me presenté y el dueño me dijo que podía empezar ya mismo. Al principio de la jornada, todo normal, me enseñó la cocina y cómo funcionaba la cafetera y lo demás. Después de comer se fue, así que me quedé sola. Hubo poca gente, casi nadie. Estuve echando cuentas de lo que les debía a los colegas y me hice cábalas sobre cuánto me pagaría. No se lo había preguntado, llámame lela. Cuando volvió, el tipo parecía otro, me hablaba a voces y se me acercaba con cualquier disculpa y yo empecé a sentirme mal a gusto. Reuní valor y le pregunté lo del sueldo y también el horario. Me dio largas. Que el sueldo dependía de ciertas cosas, me dijo. No lo entendí o más bien no quise porque el tipo me miraba con tanta lascivia que estaba más claro que el agua, ¡un baboso! Yo ya no sabía ni dónde meterme. Si él se acercaba a la barra, yo huía a la cocina y así anduvimos como gato y ratón. En un momento me descuidé y me acorraló en el fregadero y se quiso propasar arrimando cebolleta, ya me entiendes… Yo le di una patada en los cojones y me fui corriendo. No sé cómo acerté a coger mi bolso. ¡Me dio un asco, el asqueroso ese, guarro, aprovechao! Por eso fue que salí como una estampida.

— ¡Menudo cabrón!

—Sí, como no hay curro, hasta el último mono se cree poderoso.

Salimos del local refrigerado y seguimos caminando despacio por alargar el encuentro y eso solo fue el principio porque charlamos el resto de la tarde y se nos hizo de noche. Al principio, fue pura cortesía, me sentía culpable por haber chocado; al poco, me conmovió su llanto; al tomar el refresco, me chocó su relato; cuando se escondió el sol en la Plaza de la Universidad, fueron sus ojos los que me encandilaron; y cuando la vi alejarse hacia el metro me quedé prendado por sus andares de bailarina. Sin saberlo, me estaba enamorándome. Por primera vez. Es decir, sin remedio. De pronto tan en las nubes, que ni sé cómo llegué a casa. Al verme, Patricia me pregunta cómo me ha ido con las alas. Yo la miro sin verla, estoy ido. Bien, bien, le digo, muy bien.

Al día siguiente, mientras desayunamos, me dice sin rodeos que la invite a comer, está tan segura de no equivocarse que solo le falta llamarla por su nombre, Julia.

— ¿Cómo lo sabes?

—Te leo el pensamiento.

De nuevo bendigo a Crespo y las virtudes de su móvil en el que guardé su número. El número de Julia que ya me sé de memoria porque estoy seguro de que será mi número de la suerte. Julia Julia Julia… De pronto, todo es Julia… La llamo y quedamos sin más. Comemos dentro en la sala porque el día se está nublando. A Patricia, le parece una monada, pero eso me lo dice después cuando ella ya se ha ido. Teatro y danza fue lo que estudié, nos cuenta Julia, en los postres. Ya sé que no tiene salida, pero tengo compañeros que acabaron ingeniería y están igual, o peor.

— ¿Vives con tus padres? — le pregunta Patricia.

—No. Ellos se volvieron al pueblo. Aquí, sin curro, ya aguantaban. Yo estoy de ocupa.

Patricia sirve café. No soy anti-sistema, nos confiesa Julia, pero estuve en las acampadas de la Plaza de Cataluña. No sirvió de mucho, ya me lo decía mi madre, no te metas en follones, vas a perder más de lo que ganes. No le hice caso y tenía razón mi madre porque, ya ves, tenía razón, perdí mi macuto, nos dice riéndose. Alargamos la sobremesa y se nos hace tarde, así que la acompaño. Me pesa tener que dejarla en esa fábrica tan destartalada. No te preocupes por mí, aquí también hay buena gente y entre todos nos ayudamos, me tranquiliza.

Desde entonces nos estamos viendo todos los días, aunque por las noches nos separamos. Sigo con mi espectáculo en la calle. Además ahora ella me acompaña, no solo pasa la gorra, también improvisa unos bailes con mucha gracia. Tiene pocas tablas pero le sobra duende y no se le caen los anillos por nada. Cada día, la convidamos a comer en casa. Por decisión de Patricia, se instala en casa. Están a punto de desalojarnos, nos confiesa, así que no se haré de rogar. Mientras tanto, yo sigo esperando la llamada de la productora y por eso consulto mi móvil cada dos por tres. La tarde que pasamos por la fábrica ya medio abandonada a recoger sus bártulos, por fin suena mi teléfono. ¡Conseguido! Me dan el papel y debo presentarme en la oficina de Colón para firmar el contrato. Cuando cuelgo, me pongo a saltar de alegría, ¡mil veces hale hop!

—No se lo digas a Patricia, a ver si también esto me lo adivina…

— ¿Lo dudas? —me dice Julia que en seguida se ha dado cuenta de que nuestra anfitriona nos lee el pensamiento.

Julia recoge sus cosas en una mochila, mientras se despide de sus compañeros, que ya andan planeando otra ocupación. A Samuel, un gigante congoleño que me presenta como “su guardaespaldas”, le deja el hornillo, los cacharros de cocina y su saco de dormir, que ya no le harán falta. Él se lo agradece con una espléndida sonrisa. ¡Cuídala! Buena chica, me dice, y se quita un colgante que lleva atado al cuelo para dárselo.

—Para ti. Da suerte. Porte-bonheur.

—No puedo aceptarlo. Ahora te hace más falta a ti que a mí, Samuel.

El gigante nos cuenta cómo su abuela se lo dio cuando él se vino a Europa, con la condición de que él se lo diera a la primera persona generosa con la que se encontrara. Y esta persona eres tú, le dice a Julia. Siendo así, ella sí lo acepta y se ata el cordel con la figurita de ébano al cuello. Se parece a las estatuas de Patricia, me dice. Le dejamos nuestro número de teléfono a Samuel, por si nos necesita.

En casa, Patricia ha puesto cava en la nevera, para darle la bienvenida a mi chica. Enséñale la casa, Pancracio, que solo conoce el comedor y la terraza. Esto es el Ritz, nos dice Julia, entusiasmada. Cuando Julia sale del baño, donde se estuvo aseando, Patricia repara en su amuleto. ¿De dónde lo has sacado?, le pregunta. Se lo contamos y ella insiste en conocer a Samuel. Parece tan intrigada con la historia del amuleto que no dudamos en llamarlo. Él se muestra bien sorprendido de que nuestra amiga cree haber reconocido el colgante, pero la comunicación no es fluida, así que quedan para aclararlo en persona y en francés. Ese amuleto fue de Denise, estoy segura, nos dice Patricia, y le explica a Julia que Denise fue su aya allá en el Congo.

Sobra decir que esa noche, tan llena de emociones, Julia y yo aprovechamos para intimar, pero del cómo fue nuestra primera noche solo podrían hablar las imágenes de madera, que son mudas, y quién sabe so los elefantes y otros animales del zoo de enfrente, que tampoco hablan.

Por la mañana me presento en la oficina de Colón. Dudo si ponerme las alas, que tanta suerte me están dando, pero pienso que igual queda poco profesional. De camino, aprovecho para anunciarles la buena a Crespo, que se pone como una moto, y a Estrella, que se me pone a llorar. Ya doy yo la voz a los del circo, los llamo ahora mismo. Con todo lo que hicieron por ti es la mayor satisfacción que puedes darles, me dice entre hipos.

En una semana empezamos el rodaje; mientras, ensayaremos con el director en la pista que los Raluy ponen a nuestra disposición. Me dan un guion para que me lo vaya mirando. A pesar de no llevar ya las alas, volando voy y Julia que me espera.

Capítulo 8 Si te he visto, no me acuerdo


De martes

No sé para qué sigo pintando, si no hay manera de colocar nada. Cerré el taller que tenía a dos manzanas por ahorrar el alquiler, así que ahora invado la casa porque esto de la pintura ocupa tanto lugar… Debería dejarlo, pero para hacer qué me pregunto y no encuentro alternativas. ¿Buscar otro empleo? A veces lo intento, pero será que no le pongo empeño porque no me sale nada decente. Abandonar la pintura es tirar la toalla y da rabia después de años con esa cruz a cuestas. Antes me salían clases, algunas ilustraciones, cosas que no eran talmente pintar pero sí del oficio. Más que nada para cubrir gastos. Reconozco que fui pésima en eso de venderme cuando los años de vacas locas; no supe situarme; el mundillo me espantaba; ese tinglado siempre me superó y ahora a buenas horas… No tienes mano izquierda, me diría mi madre. Ni suficiente ambición, me digo yo. Ni fe ni ambición. Y ahí sigo, pintando por costumbre, por no morirme de asco. Los dibujos se almacenan en las carpetas y los lienzos se apilan en los pasillos. La mía es una casa tomada por la pintura. Montar una instalación con ese taller ahora desbarajustado sería una opción, pero ni eso hago. Algunas noches, todavía me apetece salir a pintar a la calle y tampoco lo hago. Los aerosoles, tan tóxicos, se me atragantan, o se me ha pasado el arroz y por qué quemarse los pulmones gratis, buena gana trabajar para el inglés… Además, ahora, está el niño y eso lo cambia todo. Hace  días  vengo retrasando un encargo y eso, dada la situación, es bastante imperdonable, pero es que el encargo es un retrato y los retratos no se me dan. Hoy me dije de hoy no pasa y me puse al lío, pero me puse con recelo y el miedo, ya se sabe, no casa con la soltura. Yo ya sé que la clienta no quedará contenta, lo sé antes de esbozar el primer trazo. Le doy vueltas a la foto de esa desconocida y busco esos bocetos que hice hace días, unos bocetos que ni me convencieron entonces ni me convencen ahora, no por cosas de encaje, que eso está medio resuelto, sino por la sonrisa de la mujer, ya forzada en la foto y que a mí me salió como despectiva. De los ojos ni te cuento. Habrá que echarle un par, no queda otra. La modelo, qué culpa tiene la pobre, es mona, pero poco interesante. Tendré que esforzarme en no cargarle años, un vicio muy recurrente cuando no se tiene maestría en el retrato, así que al tanto. Al poco, suspiro y lo dejo con la excusa de una pausa. Cuando vuelvo de la cocina donde estuve preparando café, me quedo parada: la mujer se convirtió, hopus pocus, en un mono. No entiendo nada. Ahora sí que no se le parece ni a su sombra, aunque tal vez la sonrisa luce más lograda. El primer arrebato es romperlo, pero me contengo y le paso el fijador. ¿Cómo hay que interpretar una cosa así de extraña? Mientras tomo el café, noto que me tiemblan las manos. Esa transformación… en un mono…

Se me viene a la cabeza aquel sueño que tuvo mi hermana cuando éramos pequeñas, el sueño del mono en la despensa. Mirándolo bien hasta se le parece. Con la de vueltas que le di entonces, tantas que conseguí hacerlo famoso entre nosotras. Nuestro mono en la despensa. Hay que decir que yo sí creí verlo cada noche en nuestra despensa, aunque a día de hoy no lo juraría ni pondría la mano en el fuego, pero entonces bien que estuve convencida. Tanto que cada noche abría la puerta de la despensa y le deseaba las buenas noches, un rito secreto que cumplía a raja tabla antes de acostarme. A pesar de no dudar de que hubiera un mono, pues lo veía con mis propios ojos, nunca llegué a soñar con él. Eso no. Sabía que existía y que era más real que otras cosas de las que los adultos intentaban convencerme y que se me escapaban, por abstractas. La primera noche, recuerdo que él me miró asustado; después, al ver que yo no gritaba ni me chivaba, se fue confiando y pasó a mirarme con curiosidad y hasta con familiaridad. No sabría decir cuánto duró aquella visión. ¿Semanas, meses? La portera se quejó del mal olor del patio de luces y eso me pareció una prueba que confirmaba su presencia. Por supuesto, callé. Al poco, dejé de verlo, o me abandonaron las alucinaciones. El caso, la despensa vacía había vuelto a ser un espacio anodino, bastante húmedo y maloliente, en donde guardaban las escobas, el cubo de la basura y cosas sin ningún interés.

Apuro el café mientras cavilo en eso tan raro que acaba de pasarme y en cómo vuelven algunos recuerdos con la persistencia de las manchas de grasa. Eso lo cuentas por ahí y no se lo cree nadie, pensé. Y Celia, ¿qué dirá, mi hermana? Ella sí me creerá, o quién sabe… Lo normal es que se lo crea: después de todo eso del mono fue cosa suya. A parte de ella, a nadie más, no sea que me den por loca (la culpa, yo sé, es de la trementina y de tanto caminar en la cuerda floja). Mejor me callo, como cuando de pequeña oculté la presencia del mono en la despensa. Vuelvo a la cocina y enciendo la radio, por aturdirme y así sentirme menos sola. Abro la nevera y lavo las verduras de la comida. Lo que acaba de pasarme puede interpretarse de muchas maneras, o de ninguna. ¿Lo habré dibujado yo sin darme cuenta? ¿Sufro desdoblamiento? Bah, ya será menos… ¿Una realidad paralela? Soy escéptica con los fenómenos paranormales; necesito una explicación cabal. La demencia llamando a la puerta ¿tan pronto? Quita, quita, la locura ni mentarla. El perro me reclama y acariciarlo me despeja esa nube oscura que planea sobre mi cabeza. Al niño, ni palabra: podría asustarlo. Por cierto que ya es hora de ir a buscarlo, así que me visto una rebeca. Fuera el cielo está algo encapotado. El perro tirando de la correa me obliga a caminar dando bandazos.

Manu sale cabizbajo arrastrando la mochila. El perro se tira hacia él y le lame las manos. ¿Qué tal?, le pregunto. Esta tarde no voy es lo que me contesta. No lo negocio, no tengo ánimos. Demasiado blanda, me dirán. Puede. Después de comer, se queda dormido en el sofá, el perro a sus pies. Recojo un tebeo del suelo y llamo a Mauricio, para quedar. Si quieres te paso un encargo, es un retrato, le digo. Me va de fábula, me dice. No entiende que los retratos me son punto imposible; a él se le dan de maravilla, aunque también a él le pasan cosas extrañas con esto de los retratos: hay veces que se pone a dibujar una cara sin copiarla de nadie, creyendo que es un rostro desconocido, y luego se encuentra con esa persona a la que ya retrató antes de conocerla. Supongo que la pintura encierra misterios por resolver o ¿será la trementina? De momento no le comento nada de lo mío, por teléfono no me parece propio.

Cuando cuelgo, el niño ya se despertó y me llama. Decido tomarnos la tarde libre tal como quiere Manu, total por unas horas no se acaba el mundo; ese horario partido no me cunde y a él se le hace cuesta arriba. No es tanto por darle el capricho como por evitar enfrentarme con lo mío, con ese milagro del mediodía. Por esta tarde libras, pero no te acostumbres, le digo y le pongo la sudadera, mientras él me cuenta no sé qué sueño raro que acaba de tener. Salimos o nos saca el perro con sus prisas. En el rellano unos chicos con credenciales aporrean la puerta del vecino, carpeta en mano. Deben de ser de alguna compañía de gas, siempre igual. Paso sin decir ni mu, no sea que me aborden, aunque si lo hicieran tengo la frase siempre a punto: “Yo no soy la señora de la casa.” La tarde refrescó y un aire medio otoñal remolinea papeles y algunas hojas amarillentas. El perro arrastra a Manu, que se empeña en sujetarlo de la correa. Atravesamos el parque, desierto a esas horas. El niño, todavía con cara de sueño, parece algo apagado, ¿estará incubando algo? El perro se revuelca en la hojarasca. A Manu le apetece columpiarse, pero suave y sin que me des, me dice. Lo dejo a su aire, me siento en un banco y Roco, más sosegado, se tumba a mi lado. Después bajamos por la calle principal del barrio sin encontrarnos todavía a nadie, los comercios no abrirán hasta más tarde. El perro olisquea las esquinas y nos obliga a detenernos por ir marcando su territorio con esas señales que deja, aquí y allá, misteriosos mensajes; el caso es zigzaguear.

Mauricio ya nos espera en su portal, a tocar de la Ronda San Antonio. Se sorprende al verme con el crío. Tarde libre, le explico. ¿Pasamos por la tienda de dibujo?, ando mal de papel. ¿Sabes que han cerrado la de Petritxol?, me dice. ¿También esa?, le digo. ¿Y qué han abierto, otra tienda de moda? No, si a este paso el barrio parecerá un vestidor… Oye, antes de que se me olvide, la foto del retrato. La tía lo quiere en color, le digo, y se la doy en un sobre que él se guarda en la chaqueta. Vamos tomando atajos por evitar que nos arrastre una nube de turistas, que copan las aceras. El niño sigue tan callado que Mauricio me pregunta si le pasa algo. Parece que no está muy fino, le digo. Al llegar a la plaza del Pi, Mauricio se lo lleva de la mano a mirar el escaparate de la juguetes de la esquina, mientras yo entro en Casa Piera a por papel. Lo pido de la marca que suelo gastar, pero el vendedor me dice que ya no les queda género, pues esa fábrica acaba de cerrar. Cuando salgo veo que Manu lleva un soldado de plástico, seguro que se lo acaba de sonsacar a Mauricio y los reto un poco: en casa ya no cabemos con tantos cachivaches. A Manu de pronto se lo ve menos mustio. Mira qué escudo tan chulo, me dice por venderme la moto. ¿Le habrás dado las gracias al tito Mauricio? Sorteamos más nubes de turistas que, más que mirar, van fotografiando cada rincón. Deshacemos el camino, el niño de la mano, el perro de la correa y el tubo de papel bajo el brazo. Al pasar por la calle del Carmen, el chico se queda mirando a un hombre que anda hurgando en un contenedor. Vamos, Manu, lo apuro.

En su casa, también abarrotada de cuadros —aunque solo cuadros, no como la nuestra donde además campan dinosaurios, coches, guerreros y piezas de mecano—, Mauricio prepara café y chocolate a la taza. Este preparado al niño le fascina por su inmediatez, como le fascina todo lo instantáneo, debe de ser por eso de que el tiempo a los críos se les hace eterno, ajenos todavía a nuestras amenazas de caducidad. Le ponemos dibujos animados por entretenerlo mientras charlamos y él, cansado de la caminata, se tumba en el sofá, con los morros embadurnados. Dudo si contarle a Mauricio lo de esa mañana. Me contengo, esperaré hasta ver si el milagro se repite. Le pido que me enseñe lo último que anda pintando y con la taza de café en mano recorremos el taller. Desde el caballete nos mira una mujer. ¿Quién es?, le pregunto. Todavía no la conozco, me dice. Apoyados de cara a la pared un montón de lienzos esperan a que alguien les levante el castigo. ¿Te parece si le doy un toque al tipo de la galería?, le digo. A él le parece bien. Recogemos las tazas en el fregadero y desde la ventana de la cocina, que da a la galería, vemos cómo empieza a llover. Llevaos un paraguas, nos ofrece al irnos.

Manu se espabila según va descargando la tormenta. Me cuenta los dibus con pelos y señales, historias de castillos y dragones y de no sé qué más. No debe de estar incubando nada malo como temí, sino que vuelve a ser el parlanchín de siempre. Nos paramos en el colmado y compro boniatos y manzanas. Justo al llegar al zaguán de casa, arremete la tromba, suerte que ya nos pilla a resguardo. Antes de entrar, Manu salta en un charco, algo que no puede remediar, salpicándome y empapándose las zapatillas. ¡Incorregible! De cabeza a la ducha, le ordeno. Rezonga por no perder la costumbre, pero obedece. Antes, coloca el soldadito nuevo en la estantería con el resto de esa colección. Seco al perro para que no huela tanto a gallina mojada y le echo un ojo al crío por ver si se está desvistiendo. Cierro el grifo de la bañera que ya casi se desborda y lo dejo enzarzado en una lucha de submarinos y patitos de goma; el baño, en seguida convertido en un zafarrancho. Recojo la ropa sucia y le preparo el pijama. Limpio y repeinado, oliendo a colonia Nenuco, se pone a dibujar en la mesa de la cocina mientras yo preparo la cena. Desatado, ya charla por los codos, haciéndome preguntas (es la hora de los porqués…) que yo contesto sin mucha gracia, absorbida como estoy por el misterio del mono. ¿Te gusta mi dibujo?, me pregunta. Me encanta, ¿por qué no lo coloreas?, le digo sabiendo de sobra la respuesta. Manu detesta colorear tanto como hacer caligrafía. A sus lápices de colores los transforma en flechas y rellenar los cuadernos Rubio le parece un castigo. Hora de irse a la cama, recoger el cuarto y preparar ropa y mochila para el día siguiente. Mañana no hay cole, me espeta y, como me suena a trola, llamo a otra madre y compruebo que lo que él quiere es hacer pellas. Lo regaño, poco convencida. Nuestro eterno debate, el para qué ir a escuela. Que por qué no lo dejo en casa o en la biblioteca donde aprende más, mucho más, me camela.  Siempre con el mismo cuento… A veces, ser madre es agotador. Y difícil.

Me ducho y me pongo un chándal. Reviso el contestador y escucho un mensaje de Josep. Dice que está bien y que nos manda un abrazo. Suena lejos, con ese mar embravecido de fondo. Pero es que está lejos, tan tan lejos… Me preparo un té, desenrollo el papel, que no se haga marca y lo guardo en la carpeta. Compruebo a ver si el dibujo del mono sigue ahí. Sí, ahí sigue intacto, el mono sonriéndome, tal como lo dejé a mediodía. Mejor no caer en la paranoia y no buscarle tres patas al gato, o cinco o las que sean. Solo toca ver si el milagro se repite o si fue caso aislado. Mañana veremos, pienso, que ahora ya no son horas de ponerse a dibujar. Enchufo el portátil y abro el correo. Nada pendiente. Le envío un mensaje a Josep. “Nosotros, sin novedad. Cuídate. Muchos abrazos.” Adjunto una imagen con el pie de foto “Tu hijo dibujando”. No le comento nada sobre lo que ya califico como “el milagro del mono”. Josep, tan lejos, no entendería la situación y lo podría acongojar (dado su carácter pragmático, él es muy del tipo de lo que es es y lo que no es no es). Cierro la ventana y me desconecto. Decido que mañana llamaré a Celia. Enciendo la tele y me arrebujo en la manta de cuadros. Sigue lloviendo. Con el mando hago un barrido, pero bajo el volumen por los anuncios, que chillan. No encuentro nada y apago. Antes de dormirme, pienso en esa manía que le agarró a Manuel de negarse a colorear. A mí, de pequeña, me pasaba todo lo contrario. Tú dibujas y yo coloreo, le decía a mi abuelo. Pero él es él y yo soy yo.

De miércoles

Suena el despertador y tengo que hacer teatro con la ayuda de Boris, el imprescindible peluche, para que se levante. Otra vez la milonga de no quiero ir, pero me hago la sueca (aunque a mí me quedaría mejor hacerme, no sé… ¿la islandesa?) Desayunamos y nos tiramos a la calle, Roco como siempre con sus urgencias mañaneras. De vuelta a casa, llamo a la escuela para pedir cita con la maestra, a ver si aclaramos esa desgana del niño… Algunas veces, me pilla sin argumentos y me cuesta horrores arrastrarlo al cole. La tutora tiene libre a las cuatro. Me va perfecto, le digo. Mientras telefoneo me entretengo en dibujar una cara en un bloc. Cuando cuelgo, veo que la cara, que era la de una mujer, se ha cambiado en la un mono. Mi mono.

El milagro se repite, no hay duda. Comprobarlo me reafirma. Llama ya mismo a Fuster, en caliente, me digo. Marco y me atiende su secretaria, que le pasará el recado. Faltaría, para eso te pagan, pienso malhumorada. Debo de estar de suerte: al poco suena el teléfono y yo casi me tambaleo al oír la voz del propio Fuster. Alabado marchante. Quedamos el viernes a las doce. Entonces mismo llamo a Mauricio, al que seguramente despierto. No se lo puede creer, al fin el tipo de la galería nos hace caso. Yo tampoco me lo puedo creer y suelto como un aullido y Roco se pone a ladrar. Segundo café del día, ligerito por la taquicardia, y ya puesta llamo a mi hermana para contarle lo del mono. Necesito decírselo a alguien, con urgencia. ¿Quién mejor que ella?

—Te juro, Celia, es nuestro mono.

—Anda ya, Alicia, no alucines.

Vivimos separadas por mil kilómetros, pero seguimos muy unidas, por telepatía o por teléfono. Con todo, no sé si acaba de creerme. “Dibujé una figura de mujer, me fui a la cocina y cuando volví se había transformado en un mono.” Dicho así resulta increíble. Lástima que Celia no haya presenciado el prodigio y tenga que decirme: “Si no lo veo no lo creo”. ¿Y si se lo grabara con cámara? Yo dibujando un boceto, yéndome disimuladamente, volviendo y oh milagro el dibujo se va mutando… La idea me tienta, sobre todo, por ver cómo ocurre todo cuando yo no estoy mirando, cómo una cara se cambia por otra. Por asistir a esa metamorfosis. Pero no lo hago, al final la tecnología siempre me sobrepasa. A Celia, claro, le suena a cuento chino, ¿a qué si no? Recordamos… ¿Qué tendríamos ocho o nueve cuando lo del mono?, le pregunto. Por ahí andaríamos, me dice. Qué tiempos, los de Bruselas… ¿Te acuerdas de cuando nos mudamos?, me pregunta. Cómo olvidar aquel trago en la aduana cuando requisaron el camión y nos obligaron a desembalar las cajas… Ya y total no encontraron el puto televisor en color, que era lo que andaban buscando y lo único que nosotros no traíamos… Yo bien pensé que el mono se nos hubiera colado y apareciera escondido en el rollo de alguna alfombra. Pero, qué va, si él ya se había marchado mucho antes de la mudanza. Oye, Alicia, no sé por qué te empeñas en llamarle mono, que el de mi sueño no era un mono sino una mona. Bah, y qué más da mono que mona… Bueno, era una mona. Quede claro, me recalca.

Me lavo las manos algo emborronadas más que nada de limpiar la mesa de trabajo, sacar punta a los lápices, lavar pinceles; a parte de las llamadas, hoy no di palo al agua. Como me desvivo por saber si después del segundo intento habrá un tercero (contando el apunte del bloc, ya van tres), pruebo con el retrato imaginario de un joven de labios carnosos, bastante vulgar. Cuando vuelvo del lavabo, un mono me hace morritos. La magia se repite y mis manos vuelven a temblar. Es tan insólito… Nunca dibujar me había resultado tan fácil, es la verdad. Lo extraordinario, además, es que lo hago con destreza, una maestría, tú, que ni en sueños… El trazo firme, el encuadre perfecto, el punto de acabado exacto, no necesita ni retoques, si acaso la firma y ¿qué tal un borrón, así medio aguado, por añadir algo de mi cosecha? Preparo otro papel y ya vamos con el cuarto. Ahora le toca a Josep. Lo copio de esa foto suya que tengo enmarcada al lado del teléfono y no creo nada que mi dibujo le gustara: más bien parece un robot. Me vuelvo a la cocina (ya se está convirtiendo en un rito eso de desaparecer a la cocina, ahora casi es la recámara) y preparo la comida mientras escucho las noticias, resumidas en la corrupción de cada día y no sé qué de unos balones en otros tejados. Mientras se cuece la lombarda, me da tiempo de pedirle al Google imágenes de monos. Guardo algunas en una carpeta que llamo “Documentación monos”. Dudo si imprimirlas, pero desisto: desde que sé que la tinta de los cartuchos es más cara que la sangre humana me cuido de no despilfarrarla. Aso boniatos y manzanas y en seguida un delicioso aroma invade la casa. Saco al perro a pasear y me pongo a pensar, mientras le tiro un palo y él lo recoge y me lo trae, de qué manera aliñar lo que ya preveo que será mi nueva serie, cómo elaborar un discurso que respalde el trabajo (no puedo decir, sin más, que me puse a pintar monos porque me dio por ahí). Detesto toda esa palabrería metafísica, parece más importante lo que se dice de una obra que la obra en sí, pero eso toca, así que habrá que improvisar una lluvia de ideas. O contar la verdad, pero ¿qué verdad? Llegamos a la escuela cuando ya Manu sale.

Comemos y como sobra tiempo coloreamos a cuatro manos un dibujo de una castañera. Porque nunca puedes salirte de la raya, por eso odio colorear, me dice, y porque tantos colores me ponen nervioso. No aprietes tanto el lápiz, le aconsejo. Resopla. ¿Es negra la castañera?, le pregunto al ver que le pinta la cara muy oscura. No te rías, mamá, que me quedó como si fuera un chimpancé. Miro la figura de la castañera con su pañoleta y su falda de retales, pero ya no es la castañera, es el mono. Dejamos los lapiceros y volvemos a la escuela, esta vez sin Roco, que se queda contrariado. No quiero saber si pasó algo más en mi mesa de trabajo, ¿cómo habrá quedado Josep, de mono? Ahora no, después… El cielo nos da una tregua y esta vez no nos mojamos. Con la castañera, ya van cinco, cuento. Despido a Manu y me voy a la cafetería donde pido un té con limón. Cojo un diario y un suplemento dominical atrasado. Ojeo las noticias, tan desalentadoras que desisto. Me entretengo con la revista donde se alternaban comentarios sobre la crisis con reportajes sobre moda, gastronomía y hoteles con encanto, tan irreales como anacrónicos, una mezcla dispar que me provoca una desagradable sensación de vértigo. El doble vínculo. ¿En qué quedamos, nos hundimos o nos vamos de balneario? ¿Mendigar la sopa boba en un comedor social o dejarnos untar la espalda con chocolate? Ay, las dos Españas… Apuro el té y llamo a Josep desde el móvil. Su voz suena cansada. Hace muchísimo frío, dice, pero el trabajo bien. Nosotros todo bien, le digo sin entrar en más detalles. Pronto serán Navidades, ¿tendrás unos días? Creo que sí, ya te lo confirmo. Besos. Besos. Vuelvo a la esquizofrenia del papel cuché y doy con unas fotografías (de autor) que me gustan. No puedo leer el nombre del fotógrafo, me olvidé las gafas de vista cansada. Me adentro en unos ambientes captados con visión de ojo de pez, de tintes desvaídos. Así son las secuencias: una puerta entreabierta dejando entrever el interior de una caravana (visión panorámica), sobre los peldaños de una escalera un par de zuecos de mujer (detalle, primer plano), un albornoz de color frambuesa colgado de la puerta del baño (detalle), una cocina, pequeñísima y muy ordenada (plano general), un tocador con un espejo redondo, una caja de crema Nivea, pañuelos de papel y una cestita con pinturas y maquillaje (plano general), una boa rosa fucsia sobre una silla plegable. (detalle), una capa azul y brillante con estrellas bordadas (primer plano), unos destellos de lentejuelas reflejándose en un punto del techo al lado de una litera (detalle), unos zapatos de tacón, tipo bailaora colocados sobre una alfombrilla redonda (general), un televisor colgado y una foto de grupo en un camerino (detalle), y una mujer en mallas que sube la escalera (plano americano). Como la revista está bastante manoseada, arranco sin más la página y me la guardo en el bolso. No sé para qué. Pago y salgo, dispuesta a reunirme con la profesora de Manu.

Coincide el cambio de clases y las aulas abiertas dejan salir el guirigay de los críos. La tutora, una maestra joven, me espera con los brazos cruzados. Vamos al despacho donde podemos charlar a gusto, me dice, señalándome una puerta del vestíbulo. Ahí nos sentamos y ella saca sus gafas y abre una libreta. Yo no sé por dónde empezar, así que carraspeo.

—¿Quería hablarme de Manuel? —me pregunta arqueando las cejas.

—Sí. Últimamente no hay manera de traerlo a escuela y cada día la tenemos. Era por saber si pasó algo…

—No, nada importante. Solo que es muy cabezota y le cuesta mucho seguir las normas, por ejemplo, se niega a colorear y si yo digo que toca colorear ¡toca colorear!  —dice, elevando un poco la voz—. Entonces, cuando me lo emborrona todo de negro, me veo obligada a castigarle sin patio. Mire esto —me dice enseñándome una lámina que saca de una carpeta que está sobre el escritorio—. Yo me restriego las palmas sudorosas sobre las rodillas y la cojo. Está un poco arrugada. Es el típico dibujo infantil con casa y figuras humanas, un dibujo cualquiera aunque intuyo que el tema de la familia debió de ser impuesto, o al menos sugerido, ya que Manu ahora está erre que erre con castillos y dragones y de ahí no lo sacas. Lo único que choca, para ser el dibujo de un chico, es que está coloreado en gamas de grises, como a carboncillo. Por lo demás, reconozco nuestra calle, nuestra casa, nuestra familia, y veo que tampoco se ha olvidado de nuestro Roco.

—El otoño, tan lluvioso, no es tan raro que lo pinte en grises —digo en voz muy baja.

—Pero podría pintar el cielo de azul, al menos eso, qué le cuesta…

Llegados a ese punto, ¿para qué seguir, cómo explicarle que el cielo no es siempre necesariamente azul? Por suerte suena el timbre y respiramos aliviadas. Me levanto como un resorte, recojo bolso y paraguas, y farfullo algo a modo de despedida. Ella se reajusta las gafas y también se incorpora. No resolvimos nada, me parece… Cruzo el vestíbulo y espero en la entrada a que salga mi niño. Me consuelo pensando que el año que viene ya no le tocará esta relamida, dios, a saber cómo reaccionaría ante un caso de daltonismo. A mi chico lo tendrá que gastar como es y ahí aparece él como una exhalación y nos vamos medio corriendo. ¿Por qué no vino Roco?, me pregunta. Tenía entrevista con tu profe, ¿no te acuerdas? ¿Te riñó?, me pregunta inquieto. Qué va, solo está molesta porque no coloreas. Vamos por la cuesta canturreando Paquito, el chocolatero, que siempre da ánimos. En casa, Roco ya se nos sube por las paredes. Manu se lava las manos y deja la mochila en su cuarto. Pillo unas manzanas para la merienda y salimos al parque. Mientras baja el tobogán me pregunta si me ha gustado su profe. Hum, le digo. Al atardecer lo ayudo con los deberes. Como premio por la tarea que hoy cumple sin rechistar, lo dejo ver una película en el vídeo. Me pide Sopa de ganso, su preferida de los Hermanos Marx. ¡Mamá, mira!, me grita desde el salón, cuando sale su escena favorita. A estas alturas me las sé de memoria, esas cintas que él mira sin descanso. Por suerte ya no imita al mudo con sus tijeras, que hubo un tiempo en que recortó cortinas y las trenzas de algunas compañeras, pero eso ya fue en preescolar. Mientras preparo emparedados de queso y ensalada de zanahoria con aceitunas negras, recuerdo que durante el embarazo un amigo me había prestado todas las películas de Chaplin. Estuve viéndola sin hacer otra cosa una semana seguida. ¿Será por eso que Manu lo prefiere todo en blanco y negro o porque está saturado de tanta pintura, de mi pintura que invade el piso? Cenamos, se ducha y se acuesta con el perro. Se me duerme con el cuento a medias. Recojo la cocina a cámara lenta por no despertarlo y me pongo a trabajar otro poco. En el dibujo de Josep, que ahora es un mono mirando con seriedad al frente, anoto un cuatro y lo firmo sin complejos, yo siempre tan escrupulosa con la obra ajena, pero es que estos dibujos, qué caray, son de “mi mono”. Busco la página de la revista que mangué en la cafetería y la aliso con la mano. Enciendo la impresora. Aprovecho mientras para una ducha rápida y luego caliento el agua del té. Entonces miro la fotocopia que la máquina escupió y me quedo de piedra. Otra vez, el mono se ha colado. Hasta en las fotos se me aparece… Contrasto la copia con el original, tipo juego de los siete errores; en la página de la revista no hay ningún mono, solo escenarios de circo y esa mujer subiendo la escalerilla. Guardo la foto en una carpeta que etiqueto como “Fotos monos”. Vamos a por el quinto (sin contar el de la castañera). Copio el careto de Harpo de la portada del vídeo que quedó tirada cerca del televisor. Sorbo té, ya frío. Estoy cansada. Mañana, otro día.

De jueves

Otro día lluvioso. Mientras me visto, el niño descubre el dibujo en mi mesa de trabajo. Mamá, ¡qué chulo te quedó ese chimpancé con pajarita! ¿Pajarita, cómo que pajarita?, me pregunto en voz alta. No sabía que te gustara dibujar animales, pues lo haces bien, opina. Todo es ponerse, le digo con la boca chica. ¿Vamos yendo?, le propongo cogiéndolo de la mano. Al pasar miro de reojo y veo que es un buen dibujo. Un mono con pajarita, ¡dónde se ha visto tal cosa! Nos vamos protegidos con paraguas, el perro sacudiéndose. Al despedirnos le encomiendo que no se agobie, si toca colorear. Nada de correr, si no lo acabas en clase, te lo traes para casa, como el de la castañera. Vale, mamá, me dice. Paso por la plaza de abastos donde compro huevos, verduras y carne de potro para el perro. De postre, dátiles. Afuera, apresuramos el paso por la lluvia que no cesa. En casa, nos secamos, enciendo la radio y preparo café. Llamo a Mauricio para quedar al día siguiente. Sigo sin contarle nada del milagro del mono. Todavía no. Ahora ya sé que no fue un hecho aislado, no fue que estaba en racha, pero decirlo así en voz alta me da miedo por si el mono se me espanta. Con Celia es diferente, no solo por esa confianza total de hermanas sino porque se trata del mono de su sueño, mientras que con Mauricio, a pesar de lo muy amigos que somos, tendría que contarle esa rocambolesca historia de nuestro mono en la despensa. También sé que si no le desvelo el misterio acabará sospechando que esas figuras no son mías. Le pregunto si tiene ya la carpeta preparada y me dice que se lo llevará todo grabado en un lápiz, que está harto de cargar con bártulos. Tienes razón, buena idea. Cuelgo. Preparo otro papel por ampliar el muestrario todo lo que pueda (o hasta donde me lo permita el mono). Dibujo al pequeño Manu de memoria y lo dejo reposar sobre el tablero. Mientras se opera el conjuro, coloco el resto de los dibujos en el suelo, las pruebas del milagro, y busco la palabra mágica “mono” en el diccionario de símbolos. “Fuerza interior, sombra o actividad del inconsciente. Ojo con su doble cara, peligro o ayuda. En China se les concede el poder de otorgar la salud, el éxito y la protección.” La explicación viene en la misma página que “mirada” y “monstruo”. ¿El mono es la mirada del monstruo? Vuelvo al retrato del chico. Y, como era de suponer, se ha mutado. Tratándose de Manu no me sorprende, le cuesta tanto estarse quieto… Esta vez el retratista imaginario se ha superado, tal vez porque la distancia entre infante y simio debe de ser más corta. Rebusco álbumes familiares, que están guardados en la cómoda. Ahí hay material suficiente para unos cuantos retratos, por si el encantamiento se estropea a base de repetir con los mismos modelos. Las cosas me están saliendo a pedir de boca así que debo extremar las precauciones, no matar a la gallina de los huevos de oro. Esbozo más retratos, la familia entera desfila, esto es soplar y hacer botellas, los antepasados volviendo al mono. Manu, entretenido con un mecano, y la tarde se nos pasa en un santiamén. ¿Puedo cenar viendo la tele?, me pregunta irrumpiendo en la cocina donde yo pelo una calabaza. Le digo que sí por lo bien que se está portando dejándome trabajar. Mientras llevo la bandeja, le echo un vistazo de pasada a la mesa. Varias generaciones, hasta la de los bisabuelos, en plena regresión; el mono siempre el mismo. Mi mono. ¡Mamá!, ponen un documental de animales y no te dormirás porque va de chimpancés. Ah, de monos, digo. No, mamá, no es lo mismo monos que chimpancés, dice. ¿No me digas?, digo. No, ¡qué va!, luego te lo explico. Ahora concéntrate, mamá. Vale, Manu, digo, y le obedezco. (A veces también nos toca a nosotros obedecerlos.) Tomo notas en mi libreta. Normal que no te enteres de nada, me reprocha Manu. Es por el doblaje, me excuso, que si no hago algo me entra sueño. Pero esta vez es Manu el se queda dormido. Me sorprenden algunas cosas, como que los chimpancés no saben nadar. Descubro que no todas las tribus son iguales; los hay cazadores, guerreros, hábiles en el uso de herramientas y dominados por machos; otros, más enanos, son vegetarianos, pacíficos, muy promiscuos y mandados por las hembras. Me horrorizo cuando mencionan la relación entre estos animales y el ébola. Apago la tele y llevo a Manu en brazos hasta su cuarto donde lo acuesto, mientras pienso en nuestra avaricia de occidentales y en mi cabeza se me mezclan diamantes, frutas, virus, chimpancés, oro, maderas y murciélagos. Envío el mensaje de turno a Josep y me voy a la cama no sin antes contemplar mi fabulosa galería de retratos, ese árbol genealógico de monos que va desde el sepia a los rabiosos tonos de los años setenta.

De viernes

Preparo la fiambrera de Manu que hoy se quedará en la cantina. En el trayecto al cole, él se empeña en explicarme la diferencia entre monos y chimpancés. Resulta de lo más didáctico. Me pregunta: ¿Eso que dibujas crees que son monos? Le digo que sí. Error, es un chimpancé, me aclara. Se nota a la legua, ¿no ves que no tiene la cola larga? Tienes que estudiar más esos temas, mamá, no tienes ni idea. Tienes razón, Manu. Paso a recogerte por la tarde. Saco a Roco, a escape. Repaso los dibujos y los fotografío. Los cuento, son treinta y tres. Escaneo las fotos y las envió al lápiz digital. En ese pequeño objeto, más pequeño que un mechero, podré transportar todos los monos (que eran el mismo mono) sin necesidad de carpetas. Ni de jaulas. Me arreglo sin esmero, incapaz de ir como un pimpollo, como mucho aseada. Llamo a Mauricio y quedamos en la boca del metro San Jaime, salida calle Argentería, en media hora. Corre una brisa que anuncia frío. Voy pensando en cómo abordar a Fuster, el dueño de la galería Art i Manya, pero desisto, que salga el sol por donde quiera, con esa gente nunca sabes a qué atenerte. Llego puntual y me resguardo de una desapacible corriente bajo el quiosco de periódicos. El semáforo de la Vía Layetana se pone en verde y veo cómo Mauricio con su chaqueta de cuadros rojos y negros cruza el paso de peatones. Nos saludamos desde lejos y al encontrarnos nos damos un abrazo. Estamos bastante emocionados, son meses esperando esa cita. Bajamos la calle Carders, sorteando alguna furgoneta de reparto estacionada en mitad de la calle.

— ¿Café o tila? — me pregunta, irónico. Tenemos tiempo de tomarnos algo.

— Americano, siempre.

Entramos en un bar y pedimos cafés. Qué sea lo que tenga que ser, concluimos. La suerte está echada y depende del puro azar o quién sabe ya de qué. Bajamos Princesa y atajamos para llegar al Borne. En una callejuela perpendicular al paseo, en chaflán, ahí aparece, imponente, el escaparate de la galería. Antes de entrar, respiramos hondo y hasta impostamos la voz. La secretaria nos recibe con cara interrogante. Tenemos entrevista con Fuster a las doce, le decimos. Sin mediar palabra nos indica que pasemos. Cuando entramos en su despacho, “nuestro marchante” está hablando al teléfono. Se despide de su interlocutor y cuelga. ¿Cómo andamos? Sin esperar respuesta, entra en materia.

—Tengo un hueco, ¿tenéis obra?

—Sí— decimos a la vez y dejamos los lápices sobre la mesa.

Tomamos asiento. Se produce un silencio, pasa un ángel o quizás sea un mirlo. Fuster inserta uno de los cacharritos en la ranura de su portátil. Algo de esto es lo que ando buscando, le dice a Mauricio que sonríe con timidez. No lo recordaba así, murmura entre dientes, sorprendido de su propio despiste. Después llega mi turno. Ruego que los monos no se hayan ido tal y como han venido. Me tranquiliza ver que asiente y se rasca el cogote. Todo en orden, pienso aliviada.

—La última serie— me atrevo a decir.

—Es potente, me gusta— sentencia.

Encarrila el discurso. Os propongo una exposición colectiva, para sondear; sin grandes esperanzas, ¿eh? Pensad una idea que aglutine vuestras propuestas. Después de todo son retratos y del hombre al mono tampoco hay un abismo, ¿no? A ver, podríamos organizarla para el mes que viene. No es que se venda, no os engaño, el momento es el que es, pero por intentarlo tampoco perdemos nada. Después se pone a hablar de los rusos, que son los que cortan el bacalao, los únicos que invierten en arte y blablablá. Al menos los cuadros saldrán a tomar el fresco, pienso. Fuster llama a su secretaria para que copie las imágenes y nos coja los datos. Os llamo, dice. Salimos contentos como unas pascuas: hemos encontrado un resquicio. Nos sentamos en una terraza para disfrutar del sol del mediodía y de paso fumar. Charlamos sobre nuestro proyecto, más ocupados en concretar el enfoque que en hacernos cábalas al estilo del cuento de la lechera. Si vendemos algo, bienvenido, y si no, virgencita, que nos quedemos como estamos, dice Mauricio. Después de todo, somos de los que lloramos de un solo ojo, digo. Pedimos un bocadillo y dos vasos de vino para brindar por nuestro futuro éxito en Art i Manya. Ahora pintas monos y salta la liebre, bromea, y se pone a liar un cigarrillo muy concentrado. Me parece raro que todavía no se haya mostrado sorprendido por esa repentina destreza mía, él que conoce mi habitual torpeza con los retratos. ¿Se lo digo ahora o más tarde? Dudo, no sé por dónde empezar, no es como con Celia que sabe el trasfondo (fue su sueño, es su mono). Mejor que se venga a casa y lo vea con sus ojos, decido.

— ¿Te gusta Pintamonas de lema?

—Nunca mejor dicho, Alicia.

Mauricio y yo estamos en ese punto en el que nos da por pensar que todo ya da un poco lo mismo, que nada o casi nada depende del cómo lo hagamos. A veces nos esforzamos y las cosas se tuercen o salen por peteneras. Dábamos palos de ciego medio sin esperanzas y, de pronto, suena la flauta, así que no nos comemos la cabeza y echamos mano de lo primero que se nos ocurre, como ahora con lo de Pintamonas. A un tris de confesar la verdad, todavía no me decido. Así que, Pintamonas, por qué no y casar tus mujeres estilizadas con mis monos, que ni son míos… Ahora sí, ahora voy y se lo cuento. Mauricio quiere verlo. Espero que no se acobarde, le digo. A ver si pasa como con esos niños que te dejan mal con las visitas, negándose a tocar el Para Elisa. Vamos hablando de enriquecer y de que no se sabe nunca de dónde la debes y el tiempo se nos pasa volando y se acerca la hora de ir a buscar a Manu. Nos separamos en las Ramblas donde cojo el metro. Esa tarde merendamos los mazapanes que han hecho en el cole. Están divinos, le digo. Me explica con paciencia todo lo que yo tengo por aprender sobre monos. (Por la sala, ya invadida de dibujos esparcidos, todos de monos, debió de quedarle claro que se han convertido en el tema de mis pinturas.) Lo primero que tienes que saber es que todos son primates, desde un pequeño lémur hasta un gorila, dice. Nosotros también, eso ya lo sabes, ¿no?, me pregunta dudoso. Los monos tienen cola, son más pequeños que los simios y no tienen los brazos tan largos, pero los simios tienen el cerebro mayor, dice. A ver si te enteraste, ¿un orangután es un mono o un simio?, me pregunta. Un simio, creo. Bien, y ¿un babuino? Eso, no sé… Pues un mono, mamá, ¡está claro!, como los mandriles o los macacos, me dice. Ya voy captando, Manu. El perro nos reclama atención; tiene que salir. Los deberes ya los harás mañana, que es sábado, le propongo al niño. O pasado, pospone él… Me pregunta si iremos después a la biblioteca como parece que le prometí. Ya sabes que necesito darle de comer a mi cabeza, dice mientras lucha por atarse los cordones de las bambas.

 

 

 

Capítulo 7 En boca cerrada no entran


Ahora vivo en uno de tapas blandas y no se está tan mal. Sin ser el gran lujo no me quejo, hasta me estoy apoltronando. Claro que en peores garitas, si yo contara todas las incomodidades y estrecheces… Ya me gustaría hacerlo, ya. Pero me lío con los recuerdos, estoy confuso, no soy ni mi sombra.

Echo de menos el verde, rodeado de tanto negro sobre blanco. Además de árboles, también me faltan sonidos, ahora que todo es tan silencioso, tan sin canto de pájaros. No dramatizo, sé que no es para tanto, si hace una eternidad que sufro de nostalgia y debería de haberme acostumbrado. En mis sueños, hay que decirlo, vuelvo al escenario frondoso y eso me basta. Al despertar, me hago cargo y no me achanto: más de lo mismo, pero nunca idéntico.

Ahora, esta otra vida mía, sumándose a las vidas anteriores de mi karma algo sobresaltado, discurre en un decorado urbano.

Me acuerdo poco de mi infancia del zoo, solo de vez en cuando me viene claustrofobia y regusto a cacahuetes. En cambio, sueño mucho que estoy en la pista dando vuelta con el triciclo o en mitad de una acrobacia fallida. Todavía puedo oler el aroma rancio de las palomitas de maíz, eso es morriña del circo. Si cierro los ojos, veo todos los colores del arco iris: rojo, naranja, amarillo, verde, azul y morado y otros tonos más pesados y por ello caídos del espectro, ocres, sienas y grises, colores que yo mezclaba con las manos o con brocha. De la paleta paso al palo de santo, esos caquis que me daban de tentempié al acabar la faena del taller. Es lo que tiene haber vivido una vida de disparates que saltas de recuerdo en recuerdo y tiras porque toca.

Ahora, ya sé, soy un pasmarote que ni siente ni padece. Mi estado tiene ventajas, no paso frío ni calor. Un sinvivir, sin pena ni gloria y de poco sobresalto. Voy tirando. Diría que todo es aséptico, pero no inodoro. Los olores han cambiado y son olor a tinta, papel y pegamento. Olor a hongos. A manos sudadas. En conjunto todo se ve medio desenfocado y algo desteñido. No, no estoy para dar palmas, pero ¿alguien las da? Bah, no echemos leña al fuego.

Ay, el fuego, cuánto me falta, esas barbacoas de sardinas los domingos en el circo. Donde hubo fuego quedan cenizas… También añoro los aplausos, para qué negar, y las canciones en francés. La voz de Beibiyén. Hasta los rugidos de los tigres albinos echo en falta. ¿Qué todo tiempo pasado fue mejor? Puede.

Con los años me estoy volviendo redicho por esas palabras escritas que me rondan y por demasiado tiempo libre para rumiar, que ya solo me faltan unos anteojos para convertirme en erudito. Los refranes se me quedan pegados al paladar y los digo, vengan o no al caso, yo que siempre fui tan parco en palabras, solo gruñidos, después onomatopeyas tipo “ah, eh, oh”, pero eso data de mi prehistoria. Ahora, a falta de todo lo que fui perdiendo, solo tengo palabras. Pasar de los “eh, eh” a los hipotéticos subjuntivos ahí es nada: un salto en el vacío en el que perdí parte de mi animalidad, pero gané en empaque (y en pedantería). Tanto que no sé si me dará por ponerme a escribir…

Si escribiera la historia de mi vida, usaría tinta furtiva. O tinta invisible. Empezaría con esta descripción de la que he meditado cada palabra.

Diría así: “La puerta está entreabierta y el aire la golpea, insistente. Sobre los peldaños de la escalera hay un par de zuecos. No son grandes, serán de mujer. Al entrar, te topas con un albornoz de toalla rojo frambuesa que está colgado de una puerta que deja entrever lo que hace las veces de ducha y retrete. El espacio del baño es tan exiguo que seguro que has de lavarte de perfil. Sin mediar transición, te das de bruces con la cocina, reducida también a la más mínima expresión. Enfrente del fregadero, una mesa, podemos decir multifuncional. En estos momentos, parece servir de tocador, pues hay un espejo redondo, una caja de crema Nivea, pañuelos de papel y una cestita con toda clase de pinturas para el maquillaje. Una boa de plumas rosas se descuelga de la silla plegable, dando un inequívoco toque de camerino. Completan esa sensación de vestuario unas perchas colgadas de los armarios empotrados, con unos tejanos terciados y un suéter rayado que parece un tigre dormido. Una capa, azul y brillante, invade casi toda la diminuta estancia. Está hecha con el mismísimo firmamento, bordado con estrellas plateadas. El destello de las lentejuelas se refleja en un punto del techo, al lado de la litera. Sobre la alfombrilla redonda, unos zapatos de tacón, como los de bailaora, con hebilla. El suelo a veces se tambalea y el hule que lo recubre se queja un poco bajo tus pisadas. Un televisor colgado y una foto de cuando actuaban por Cuenca. En ese espacio no hay nada imprescindible. Cualquier cosa que no se use desde hace más de un año no sirve para nada. A ella desde luego no le da por acumular cosas a lo tonto. Ladra un perro guardián, aunque faldero, atado a los bajos de la caravana mientras dura el espectáculo. Vuelve la contorsionista. Dispone de diez minutos para transformarse en la chica del carrito de los helados.”

Sí, a mi Beibiyén la pondría de vendedora de dulces en los entreactos, así ya algo me caería a mí, que soy un goloso de marca mayor.

Lo bueno que tiene escribir es que puedes cambiarlo todo y no tienes por qué contar las cosas como fueron sino como te hubiera gustado que pasaran. Al menos eso creo. Pero para escribir tendría que perfeccionar mucho mucho. Todavía no consigo leer con fluidez, apenas si entiendo las frases largas y complejas. Soy un principiante. Una cosa es la labia y otra la escritura me digo por no venirme arriba. Las perífrasis me asustan con sus rodeos y no me hago con la ortografía, pero todo se andará, Max. Poco a poco todo se andará. Mientras, me contengo y me limito a coleccionar palabras. Escribir ahora sería papel mojado.

En una revista de divulgación leí –con las dificultades de un escolar– una extraña teoría, El teorema de los monos infinitos. Fue su título lo que me atrajo, Monos infinitos. Un mono pulsando teclas al azar durante un periodo de tiempo infinito podría escribir cualquier libro. Algo así decía el enunciado. Más adelante se contradecía o me lo pareció. Sin duda conjeturas demasiado complicadas para mí, pero me quedó esa imagen estimulante del mono escribidor. Claro que ¿quién dispone de un tiempo infinito? El cuento me dio qué pensar…

Hablar sí hablo para mis adentros y en voz alta cuando estoy solo. Mi dicción no es impecable, pero vocalizo y con la ayuda de un logopeda sé que podría progresar. Yo solo ya mejoré lo mío desde aquellos “eh, eh”, dónde va a parar.

En otra época fui artista, como sabéis, y eso me imprimió carácter. Sin exagerar –no deliremos–, quien tuvo retuvo. De esos años de bohemio conservo una pajarita. Nunca me gustó la ropa y la idea de andar embutido en un traje me oprime el ánimo, pero la pajarita es otra cosa, es un símbolo. Sin tener fobia al disfraz, prefiero andar en cueros, aunque confieso que vestido suelo provocar risas. Entre rejas, guardaba con celo cualquier bayeta que me encontrara y jugaba a ser persona, tapándome. ¿Cuál era la diferencia entre ellos y yo, ir desnudos o vestidos? Bah, una insignificancia. Por eso, me apropiaba de trozos de tela y los defendía a capa y espada y ellos a reírse. Pena que fueran solo trapos y no engañaban a nadie. Ah, si me hubiera encontrado alguna prenda como es debido, otro gallo. Esas eran aspiraciones mías, enjaulado, y mira por dónde se cumplieron. Cuidado con lo que deseas. Valdés me disfrazaba de pies a cabeza y yo sin rechistar. De esa indumentaria solo conservo esta pajarita anudada al pescuezo, antes azul celeste y ahora tan desteñida que ni se sabe. Cuándo en la protectora se empeñaron en quitármela, los reté: la pajarita, no. ¿Por qué borrar la única señal, si el escenario no fue escarnio para mí? Al contrario, hacer reír se convirtió en el más serio de mis oficios.

En ese revoltijo de mi vida, tan llena de sobresaltos, me cuesta zurcir los rotos, hilvanar los remiendos y urdir una trama consistente. Por eso divago.

Pero os hablaba de un libro de tapas blandas… Pues cuando ese libro salió de la imprenta, oliendo a tinta fresca, se lo llevaron a una biblioteca. Allí, le acuñaron páginas al azar. El choque del sello de caucho fue contundente y yo cerré los ojos por miedo a que me tatuaran, pero la bibliotecaria me ahorró el mal trago y se decantó por sellar otras páginas. Mientras hojeaba el libro sí que tropezó conmigo, con mi estampa, y me sonrió. Yo no le enseñé las encías, por si…

Una vez registrado, la bibliotecaria, que me recordaba bastante al personal de la protectora, colocó el ejemplar en el lugar que le correspondía. Aquí cada libro tiene su hueco en su estantería, un sitio para cada libro y un libro para cada sitio. Yo, quieto, parado.

Por aquel entonces, yo todavía no sabía descifrar esos caracteres que me rodeaban, las palabras escritas. Me creía asediado por nubes de insectos y es que la ignorancia siempre fue descarriada. Ahora ya sé que son letras y no bichos y voy aprendiendo cómo suenan. Juego a juntar letras y salen palabras. Una palabra tras otra forma una frase. Las frases se juntan en párrafos. Varios párrafos hacen capítulos. Mi libro tiene varios capítulos, pero todavía no conseguí saber cuál es el mío: están en cifras romanas y a partir del tercer palo me pierdo. Pero todo se andará, Max, todo se andará.

Ahora, al menos sé que soy un dibujo, solo eso, una ilustración recreo del nervio óptico, y también sé que el libro es mi soporte, en cierto modo mi casa. ¿Resurrección o reencarnación?, qué importa.

Sin falsa humildad, pienso que bien podrían haberme elegido para el diseño de portada, pero se decantaron por un garabato que no entiendo, demasiado conceptual para mi gusto. Es un libro de autoayuda, este donde vivo, y se titula: Cómo esconder al animal que llevas dentro. A mí me colocaron en el tema dedicado al control de las emociones en entornos laborales. ¿Caprichos o ironías editoriales?

Sea como sea, yo no parpadeo, ni tampoco me rasco a pesar de los ácaros que campan a sus anchas, respiro hondo y me controlo por mor de la urbanidad, ya no salto ni chillo, no me escapo, no me despiojo ni enseño los dientes a nadie, no aplaudo ni tampoco me aplauden a mí. Ya no me cuelgo de las ramas (de las estanterías sí). Y no hago esas otras cosas que no ha lugar mencionar, la biblioteca es un lugar respetable aunque tampoco se trata de sacralizar pues hay quien escribe unas historias tan promiscuas que habrían escandalizado incluso a los de mi clan en la selva, si supieran leer. ¿Represión? Así es la cultura, dicen. Un plus de inteligencia emocional tampoco sobra, he leído. En fin, que me comporto.

De vez en cuando hay quien hojea el libro y de paso me ojea a mí. A veces se lo toman prestado unos días para casa y de paso me llevan a mí. Al cabo de dos semanas, lo devuelven, y también a mí. Los lectores, ellos son ahora mi público, un público silencioso que ni aplaude ni come palomitas, solo lee lee lee y bosteza bosteza.

Por lo demás, me gusta mi nuevo recinto, esa biblioteca atestada de libros y revistas. En invierno ponen la calefacción a tope y el calor me adormece. Mis huesos, castigados de tanta humedad, se restablecen. En verano, encienden el aire acondicionado. No se le puede pedir a más a una vida- después- de- la- vida. Nunca pediría que me abanicaran ni nada por el estilo. Esto que me ha tocado en suerte, tan parecido a una casa de reposo, es nirvana.

Y el tiempo ¿cómo pasa el tiempo? El tiempo ya no pasa para mí, aunque sé que para los demás no se ha detenido, burlado por la rutina que replica días siempre iguales, a no ser esas pequeñas variaciones de fines de semana que cierran, las noches cuando todos se van y esos días que te llevan de prestado. De lunes a viernes abren por las tardes y los sábados por las mañanas. Yo respeto el horario. Jamás salgo de mi sitio a no ser cuando la biblioteca se cierra y nunca antes de que se hayan ido las señoras de la limpieza. Así que, cuando ellos estudian o buscan en las estanterías, me quedo inmóvil en mi recuadro de la página 167. Si noto que mueven el libro del estante y que lo abren, procuro posar lo mejor que sé, con decoro. Como tampoco es que eso ocurra a menudo, puedo hacerme el muerto el resto del tiempo y hasta dormir (procurando no roncar).

Al anochecer cierran el local y se esponja el silencio. Entonces, salgo del libro y me doy una vuelta por ahí. Entro en los váteres y bebo agua. A veces me baño en el lavamanos con agua templada; ahora que mi tamaño se ha reducido tanto como el de un tití, el lavabo me sirve de bañera; el jabón del dispensador huele a lavanda o a pino y es muy rico enjabonarse y darse un baño de espuma. Después me coloco cerca del secador de manos pero no tanto como para que me aviente por los aires.

Para comer me las arreglo con restos envueltos en papel de aluminio de la papelera a la entrada, normalmente bocadillos o galletas.

Podría desentenderme de estos aspectos tan terrenales, pues ya no tengo necesidades, pero ¿por qué privarme de esos pequeños placeres, mientras pueda? Y por eso de mente sana en cuerpo sano, hago ejercicio a diario; las estanterías me sirven de gimnasio.

Tampoco descuido mi formación. Aquí, entre tanto saber enciclopédico, no faltan recursos para estudiar. Poco a poco, la lectura se ha convertido en mi afición; de momento, me conformo con cuentos infantiles con los que descubro lo muy presentes que estamos todos los animales en las historias para niños. Leo titulares del periódico pero me ponen triste y entonces miro revistas. Pronto pienso leer algún libro y he decidido que será Moby Dick.

A veces pienso en lo diferente que habría sido mi vida de antes, mi vida vida, de haber tenido tanta información como ahora; otras, dudo si no serán solo pájaros en la cabeza. Creo que si Valdés y Beibiyén me vieran, estarían orgullosos de mí, aunque todavía no soy un mono sabio, pero casi. Pena que tanta letra me llegue tarde, aunque mejor tarde que nunca, o eso se dice.

Mi alma se va forjando, episodio tras episodio, como los capítulos del libro en el que ahora encontré refugio. Un libro de bolsillo que cabe en el bolso de una americana, esa es mi casa. Gracias a su tamaño, tan pequeño, me sacan por ahí y salir a la calle me permite escuchar los ruidos del mundo que tanto me gustan.

Ya viene siendo hora de navegar pensé un día, viendo cómo los chavales se pasaban horas muertas delante de las pantallas. ¿Qué sería eso tan interesante que tanto los embobaba? No llegué a descubrirlo, mi estancia tenía las horas contadas.

La encargada de la biblioteca seleccionó libros que estuvieran estropeados para descatalogar. Entre ellos, el mío.

— ¿Cómo lo ves, a ese? — le preguntó en voz baja a su ayudante.

—Un poco manoseado sí que está. Deséchalo. Total…

Bah, total, ya no era gran cosa ni aun flamante, pero además estaba bien roñoso. Esta vez sí que me estampó el sello partiéndome la jeta por la mitad. “Descatalogado”, decía el sello.

Debía de ser un trámite cualquiera, quise engañarme. Pero me dio un pálpito: se avecinaban cambios. Me parecía bien salir de aquel letargo, pero me entró algo de ansiedad: a mi edad ya no se está para zarandeos.

Dejaron los libros descatalogados en una cesta a la entrada. Alguien pilló mi libro. No cunda el pánico, es un préstamo como otro, quise convencerme. Pero el protocolo era otro y sí había motivos para estar alerta. El lector no lo devolvió, por lo que yo tampoco pude volver. Se me leyó en el metro, un invento ese que me pareció una pasada pero solo para un rato: sufro de claustrofobia. Después se me dejó en un banco y me cayó un aguacero. Aun así, a pesar de la cubierta hecha un asco, alguien volvió a adoptarlo y se me puso a secar en el alféizar de la ventana. La mojadura arruinó la cubierta y a mí me arrugó.

A renglón seguido, otras manos, otros bolsillos y así fuimos, el libro y yo, de banco en marquesina haciendo de libro abandonado y de libro encontrado. Qué guay, dijo alguien, intercambiándolo por un Madame Bovary, ajado. Libros liberados. Y yo patrás y palante. Se había acabado el duermevela, por eso mis neuronas se engrasaron como las de un becario.

Estos amos provisionales solían ser jóvenes y eso yo lo notaba por el tacto suave de sus manos. Andaba en vilo entre tanta encrucijadas, tanto azar, pero ellos sonreían al descubrirme entre esas páginas, sería por la pajarita porque con esta cara de susto que se me está quedando ya no sé yo dónde me ven la gracia.

Era primavera y yo estaba en el fondo de una mochila. Su dueña me llevó a una acampada que me recordó al circo. Así que estaba en mi salsa con tantos tambores, menuda algarabía. A estos les pasa como a mí en el zoo, pensé. Recuerdo que gritaban: Democracia real, ya. ¿Democracia?, no conozco esa palabra, pero, si estuviera en la biblioteca, la buscaría en el diccionario. Demasiado tarde para los diccionarios, a los que tanto me había aficionado… También rotulaban carteles y ahí yo tenía que contenerme y no dar mi toque maestro. Los perros que pululaban por ahí me disuadían de salir de mi escondite. Con lo raquítico que te has quedado de un mordisco te zampan, pensé. Las noches refrescaban y se encendían hogueras. Me aficioné a las patatas fritas de bolsa y a los refrescos de cola, también. La tienda de campaña, gran invento, pensaba. Ojalá esto dure siempre…

—Anda, que salimos en la prensa— gritó uno.

—Joder, sí que la estamos liando parda— le contestó otro.

Un día los desalojaron. Yo no llevé ningún porrazo de la policía, por estar dentro de la mochila. ¡Leña al mono que es de goma!, habrían gritado si yo me hubiera asomado. Claro que las páginas del libro me habrían acolchado y las tapas, aunque blandas, habrían hecho de chaleco antibalas. Otros no tuvieron la misma chance y se llevaron palos.

La chica que me había arrastrado a tan insólita aventura huyó despavorida, como huyen las gacelas de sus depredadores, dejando la mochila por ahí tirada entre restos de la batalla, con el libro y conmigo dentro, tembloroso y encogido. La vi alejarse, sálvese quien pueda, sin mirar atrás con sus zancadas de bailarina. Alguien le gritó: Julia, espera, pero ella no debió de oír porque no esperó.

Después, los hombres de la limpieza barrieron la plaza y retiraron los escombros con palas. Regaron y fumigaron, por las pulgas, dijeron que había plaga, y yo, de oírlos, empecé a rascarme, sin reparo ahora que lo daba todo por perdido.

Nunca supe en qué quedó todo aquello. El hombre propone, el sistema dispone…

Sé que al libro lo tiraron en el contenedor de papel, lo normal para un libro viejo. El camión de la basura lo trituró y llevó el engrudo a una planta de residuos. Y así fue cómo se acabó con el libro y como yo me desintegré con él: reciclado como mandan las buenas prácticas. Todo acaba, tarde o temprano, ya se sabe.

Siguió un verano, tedioso… Convertido en pasta de papel, me quedé tirado en aquel almacén. Un espacio desangelado donde hacía un calor infernal, pero esas incomodidades ya no me afectaban. Había pasado a otro nivel, más allá de la conciencia, más allá de la representación gráfica de mi ser. Me dio tiempo de pensar. Repasé los episodios de mi vida.

Imposible rascarse sin manos, ni arrebujarse sin brazos, ni enseñar ¿qué dientes?, ni saltar sin impulso, ni descolgarse ¿de dónde? ¿Coger?, bah. Ni desperezarme puedo. Con lo que queda de mí, que es menos que nada, harán papel.

Papel blanco para… Quién sabe, para tantas cosas sirve el papel: escribir cartas, copiar apuntes, hacer cuentas, dibujar planos, firmar sentencias, redactar contratos, imprimir textos. Papiroflexia. Papel del váter, servilletas. Celulosa, celulosa, mucha celulosa. Papel de estraza, y de regalo. Papel cebolla. Papel pinocho, de seda o de charol. Papel de liar. Papelito que no vales ná.

Saldré a relucir como aquellas misteriosas caras de Vélmez. Traspasaré el papel de dibujo, ese de textura rugosa que tanto me gusta acariciar. Apareceré como un holograma flotando en los cielos nocturnos, azul de Prusia. Me impondré sobre unos paisajes tan encantadores como irreales, mi careto enorme como una estatua de la isla de Pascua. No podrán ignorarme, como nadie puede ningunear a King Kong emergiendo detrás de los rascacielos. Eso será lo que haré.

No soy de los que se rinden.

Capítulo 6 Tanto tienes tanto vales


De Madrid solo conocía el barrio y el polígono y no entendía por qué Lucio decía que de Madrid al cielo. ¿Al cielo?, no jodas, le dije. El domador me explicó que era un dicho por la hermosura de los cielos madrileños. Le prometí que los miraría con atención. Los más soberbios son los atardeceres, aunque los amaneceres no se quedan cortos, dijo.

Lucio decía estas cosas por consolarme, y yo ya me conformaba, ya. Lo que no me apetecía era irme por mucho que los cielos de la capital fueran de película. Los daba por vistos.

Juana lo había decidido así y yo no me atrevía a llevarle la contraria. Es hora de que te saques un certificado, no puedes andar por la vida sin tenerlo. A mí no me disgustaba tanto el hecho de estudiar como el de dejar el circo, pero donde hay patrón.

—Te costará, pero tú puedes.

—A ver si soy capaz…

Al principio, intenté zafarme. No tengo carné, le dije por ganar tiempo, sabiendo que eso no la achantaría. Pues ya va siendo hora de arreglar eso, me contestó tajante.

Andábamos por Palencia y me mandaron en tren a Mieres del Camino, mi pueblo natal. Mi primer viaje en tren y mi primer viaje solo, me sentí mayor. De madrugada bajé a un apeadero medio tapado por la niebla y pregunté por el juzgado. Allí me dieron el acta de nacimiento.

Al leerla, sentado en el banco de un jardín, supe que ya no era “Pancracio, el niño”, sino Pancracio Lorenzo Calvo, nacido un once de noviembre de hacía diez y ocho años y por tanto mayor de edad.

Pasé el día por la villa y comí en una sidrería. Al salir, pillé una mojadura. En una confitería compré pastas y me fui en el tren de la noche. Ahora podría sacarme el carné, algo que hasta entonces no me había parecido imprescindible, pero que a Juana la tenía en vilo. Mira que si descubren que te adoptamos por lo bajini… Menos mal que no te nos rompiste la crisma, porque no sé con qué tarjeta te habríamos llevado al médico. Suerte, nadie había dudado nunca de que ella fuera mi madre. Delante de los demás la llamaba “mama”.

Podrás sacarte el permiso de conducir, me dijeron los Valdés cuando les enseñé mi documento con la foto esa en la que salgo con cara de asustado. Yo ya conducía sin él, como los demás del circo, pero tenerlo era un plus.

Ya no tienes excusa, me espetó Juana. Lo he arreglado todo con Estrella para que vivas con ella. Esa parte del plan me gustó, al menos no me meterían de interno como hacían con sus hijos otras familias.

 Y así pruebas la otra vida. Nunca se sabe, igual te gusta insinuó Juana. Yo no cambiaría la errante por nada, pero ella insistía en que no se podía decir de esa agua no beberé.

Te apuntaremos a una escuela de adultos para que eches el graduado, o como se llame eso. Pero ¿cuánto tiempo?, le pregunté. Depende de ti, de si te aplicas, pero échale un par de años por lo bajo. A mí tantas temporadas me sonaron a eternidad, pero callé.

Los veranos te vuelves con nosotros y así no pierdes de entrenar. Al menos es algo, pensé.

Pasé las últimas semanas con el muermo a cuestas, despidiéndome de todo y de todos, como si me fuera a la guerra.

¡Ya verás qué bien te lo pasas, chico!, la vida de la corte tiene sus intríngulis, me animaba Lucio, y me guiñaba el ojo con picardía. Palabras como “intríngulis”, que no entendía, me sonrojaban al intuir que el domador se refería a cosas de chicas.

¡No seas tonto!, me decían los hijos de Valdés, los años pasan volando. Más quisiéramos todos que estarnos quietos un tiempo. Además, hoy en día, ¿adónde vas sin estudios? Mira cómo a los nuestros los hemos mandado a estudiar. Ya tendréis tiempo de coger el relevo y entonces ya no quedan fuerza para nada, todo son responsabilidades, problemas. Aprovecha ahora que puedes, me decían ellos que habían asumido la dirección del circo desde que faltaba el viejo.

Juana me notaba el reconcome, pero fue inflexible. Es lo que toca, repetía tenaz, ocultando la pena que sentía por quedarse sola. Mientras, te arreglas el carromato del abuelo para que vivas a tu aire, a la vuelta. Eso era un incentivo, pensé, no porque me agobiara compartir el suyo, pero ya tocaba.

Saber que mi casera era de los nuestros me quitaba un peso; nunca había vivido con personas de los otros. Para mí, solo existían dos tipos de personas, nosotros y el público. Así de simple era mi concepto de la gente. Los del circo, los demás.

Después de cuatro cursos esforzándose a tope, ya lo tenía, el dichoso título. El primer diploma que entra en casa, señaló Estrella, cuando lo colgué en la pared de la salita.

La estancia no se me había hecho cuesta arriba como había pensado. Me había adaptado a eso de estarme quieto y hasta pensaba que recordaría con cariño esa época, de lo genial que me lo había pasado.

Según llegué con mi bolso de viaje, Estrella me enseñó mi habitación. No es mucho, pero te las apañarás. Acostumbrado a las estrecheces de la caravana, el cuarto me pareció un palacio. Cama turca, silla y perchero, ¿qué más se podía pedir? Las paredes, empapeladas con nuestros carteles, me envolvieron y me sentí en casa.

La ventana daba a una galería, que la casera había convertido en gallinero. Tenerlas me da seguridad, se excusó, pero de esto ni mu, que está prohibido tenerlas en un piso. Sus cacareos me arropaban al despertar.

Te he puesto dos mantas de lana, aquí refresca y el piso no tiene calefacción, solo brasero. ¿Te gusta la tortilla de patatas y los pimientos verdes fritos?

Me apunté a la escuela del barrio. En secretaría les extrañó que no tuviera certificado escolar. ¿Sabrás leer y escribir, al menos?, porque si no tendrás que matricularte en las clases de alfabetización. Se me vino a la cabeza la expresión de Valdés corrigiendo mis deletreos…

Estaba mirando la lista del material y los horarios, cuando se me acercó un chaval. Así que seremos compis, me soltó a bocajarro. Me llamo Crespo (pronunció, “Crejpo”). ¡Mola que seas del circo!, dijo, dejando claro que estaba al tanto de las explicaciones que les di en ventanilla.

Me fijé en sus tatuajes y lo seguí como si nos conociéramos de toda la vida. Me llevó a una librería que los vendía usados, donde compramos por casi nada un lote de libros de texto. Ando tieso, se justificó.

A mí me haría falta una mochila y algo de ropa, tú no sabrás de un sitio barato, le pregunté. Sin casi darme tiempo a acabar la frase –le habría explicado que quería causar buena impresión el primer día y que me hacía una ilusión enorme tener una de esas mochilas del cole– me prometió que me llevaría a lo más de lo más, y no eran trapejos de los chinos, puntualizó. Te puedes maquear por nada. Si hasta los pijos le compran cosas de marca, que está de moda eso del vintage, como le dicen ahora a lo viejo. Todo es de segunda mano, ¿no te importa? Mis abuelos fueron traperos de los de toda la vida, pero la Lucía, mi hermana, que es una espabilá, le cambió el nombre. Ella dice que le dio un giro al negocio, el caso es que se está forrando.

Anduvimos por callejuelas hasta que llegamos a Lucy en el cielo con diamantes. En la tienda, que olía a guardarropía, me puse mis primeros vaqueros de marca. La chica, con tanto desparpajo como su hermano, me hizo probar no sé cuántas prendas como si jugara a las muñecas. Todo te queda que ni pintado, chico, vaya cuerpazo tienes, me dijo, cuando salí del probador. Por el trapecio, le dije. Al final me quedé un par de camisetas, una sudadera, una cazadora y unos pantalones. La mochila fue regalo de la casa. Cuando venga Juana en invierno, le enseñaré la tienda, me prometí. Seguro que encuentra algo de su gusto entre tanta ropería. A Estrella le compré una pañoleta con unos gatos estampados, para que fuera guapa a ese comedor solidario del que tanto hablaba.

Crespo y yo quedamos en vernos en clase y nos despedimos como colegas con un “nos vemos”.

Aquella noche forré los libros con papel y los marqué con mi nombre completo. Los hojeé por saber si no me habría pasado al apuntarme directamente al curso sin pasar por un preparatorio. El caso era que nunca había ido a la escuela, aunque, gracias al abuelo, supiera leer y escribir. Cuando él faltó, Juana recogió el testigo y me impuso unas horas de estudio. Los libros los heredaba de los chicos Valdés cuando volvían del internado. Las matemáticas se me resistían, pero el mago Niebieski me echaba una mano. También me enseñaba inglés. Un profe nativo es un lujo, según decían. No sé por qué le decían así si el mago era polaco, pero por lo visto había pasado varias temporadas actuando en teatros de suburbios londinenses. La poca geografía que sabía me la había aprendido sobre la marcha, los pueblos españoles no tenían secretos para mí (sobre todo sus carreteras secundarias y también los descampados). En una rifa de feria me tocó una lámpara con el globo terrestre que, al encenderse, iluminaba los continentes y, como decía Lucio, “los siete mares”, aunque creo que en esto se equivocaba pues eran más de siete, que yo los había contado. Lo que prefería era el dibujo artístico, pero eso no cuenta, me decían los nietos del director. Bueno, algo contará, les replicaba, pero ellos insistían en que era una maría, como la educación física. Pena, pensé, sobre todo por la gimnasia con la que podría destacar. Para el castellano, nadie como Lucio, decretó Juana. Y el domador me enseñó el secreto de las oraciones y todo lo que él sabía de nuestra lengua a la que adoraba casi tanto como a sus elefantes. Me defenderé, pensé. Lo que no sepas, pregúntalo, que nadie nace aprendido, me recomendó el domador.

Pero al día siguiente estaba como un flan y no pude ni desayunar.

Gracias a que me senté con Crespo, que estaba en su salsa (era repetidor empedernido y de los que se hacen a todo).

La profesora se nos presentó como Guadalupe. Tenía aspecto joven y a Crespo le pareció un pelín roquera. Y eso en una profe era valor seguro, según dijo él (yo qué sabía).

Nos fuimos presentando por turnos. Éramos poco más de una docena. Algunos ya tenían una edad y dijeron que eran parados de larga duración. Otros habían dejado de estudiar para ponerse a currar y, ahora, con eso de la crisis, se encontraban sin oficio ni beneficio por lo que habían decidido sacarse la ESO. Los más, entre ellos Crespo, lo habían dejado por falta de afición, ¿o dijeron ambición? Algunos de los desertores se justificaron con dislexia o hiperactividad. Yo nunca había oído hablar de esas cosas y deseé no padecer ninguna de esas enfermedades, que llamaron síndromes y que impedían rendir en los estudios.

Cuando me tocó, me expliqué como supe y noté que me miraban con curiosidad.

Les faltó tiempo para ponerme mote. Perejil me apodaron (por la rama que se les pone a las figurillas de San Pancracio). La profe fue la Lupe y Crespo se descargó la sintonía de una cantante portorriqueña, un poco por fastidiarla cuando le sonaba el cacharro a destiempo. Pero ella, en lugar de entrar al trapo, nos hizo copiar la letra y analizarla –morfológica y sintácticamente–. Y amenazó con secuestrar móviles. Guadalupe era así, poca broma y mucha letra.

Me lo cantas en clave rapera, decía cuando alguno se trababa en una explicación ya fuera de mates, sociales o lengua. Los raperos son los rapsodas de nuestro tiempo, explicó, claro que hubo que buscar “rapsodas”, pero para eso estaba el diccionario al que acudíamos cada dos por tres por resolver dudas. En eso del vocabulario a veces me sentía poseído por el espíritu de Lucio que me soplaba las definiciones de algunas palabras, un tanto rebuscadas, lo que no dejaba de sorprender a la profe. A mis compañeros, viniendo de mí, ya nada les pillaba desprevenidos. Pareces brujo, me decía Crespo, achinando los ojos y moviendo la cabeza. Parece que no te enteras de ná y estás en todo…

Me gustaban las clases. Quién lo hubiera dicho, si eres un empollón, me decía Crespo por provocarme. Solo soy aplicado. Mi ventaja era que no estaba quemad, no había sufrido ese fracaso que a ellos los había empujado abandono escolar, como lo llamaba Guadalupe. Tener colegas de mi edad, algo normal para ellos, a mí me servía de aliciente.

Me agencié una estantería, que encontré tirada al lado de un contenedor, para mis libros de clase y otros, usados, que pillaba en lo de compraventa. También me hice socio de la biblioteca; me estaba aficionando a leer.

Los deberes solía hacerlos en la mesa de la cocina, mientras Estrella trasteaba.

No todo eran obligaciones, también hubo diversión. Algunas noches salíamos a pintar vallas. Crespo había sido muy grafitero, pero lo estaba dejando, lo que no le impedía recaer de vez en cuando para estampar su firma. La mía era un mono, que de tanto repetirlo ya me salía a la primera. Es una pasada, me decía Crespo cuando lo veía acabado. Le gustaba tanto que le pinté uno en la puerta de su habitación.

Callejeábamos y nos pillaba el atardecer por ahí. Entonces, yo solía mirar el cielo que se teñía de colores anaranjados y violetas y pensaba cuánta razón llevaba Lucio en eso de los cielos. No solo por eso lo recordaba, al domador, también cuando tocaban redacciones. Usaba sus palabras, aunque no vinieran muy a cuento. Tienes un vocabulario muy rico, pero no siempre lo usas con propiedad, opinaba la profe. ¿Algún día me dirá “conseguido”? Bah, no creo.

La familia de Crespo me apreciaba; creían que era una buena influencia para su hijo (al que consideraban un poco bala perdida). Algunos domingos me invitaron a comer paella y yo cogía el metro para ir de Carabanchel a Lavapiés donde vivían.

Desde el primer momento, a Crespo, lo consideré mi guía en esa ciudad que se me ensanchaba a medida que la iba conociendo, tanto que tuve que reducirla a mi barrio y al suyo, por miedo a perderme en esa otra inmensidad. El resto, esas barriadas periféricas que atravesaba para llegar a Móstoles, donde teníamos la nave, o esas calles por las que paseábamos al azar, lo borraba de mi mapa mental mirando solo cielos y vallas.

Una mañana de domingo, Crespo me llevó al rastro. En el mercadillo, donde se vendía lo que no estaba escrito, lo conocía a todo quisqui. Por eso le salían chapuzas: descargar furgonetas, cubrir bajas o lo que se terciara. A él no se le caían los anillos, con tal de sacar unos cuartos. Yo me ponía a hacer malabares y llenaba la gorra. De paso les servía de reclamo a los vendedores que se me rifaban. Con la pasta nos íbamos de conciertos, al cine y a tomar cervezas.

Intenté darle algo a Estrella para los gastos de casa, pero ella se negó. Estás en edad de merecer y necesitas las perras para cortejar, me decía. Yo no tengo novia, Estrella, pero ella no se bajaba de la burra. Que si quieres arroz. Era verdad que no tenía ligues, aunque sí alguna admiradora, pero era tímido. Crespo, en cambio, se las sabía todas y su único problema era elegir cuál molaba más.

Y así fueron pasando esos años de estudiante, interrumpidos por los veranos en el circo y los meses de invierno, cuando volvían a Madrid y aprovechaba para ir al polígono donde me arreglaba mi caravana. Crespo a veces me ayudaba, era mañoso.

Cuando se lo presenté, a Juana le gustó. Se rio de sus ocurrencias. Es un hechicero, tiene gancho y nobleza, opinó. Me quedo tranquila sabiendo que me lo cuidas, le dijo, y eso me dio apuro: daba a entender mi poca experiencia del mundo.

Estaba orgullosa de mis progresos escolares, aunque no me lo dijo por si me confiaba. Pero lo supe por Estrella: la profesora le había dado buenos informes. Un alumno educado y estudioso, aprovecha bien las clases. Ya. Que no se duerma en los laureles, debió de contestar Juana.

El último verano me llevé a Crespo al circo, quería enseñarle cómo era nuestra vida. Esto es de puta madre, decidió en cuanto llegó. Estrenamos la caravana que habíamos dejado tan niquelada que no quedaba rastro del ruinoso carromato.

Cuando subí al trapecio se quedó mudo. Tú sí que sabes, me dijo.

Se desternillaba con Lucio, con quien alargábamos las tertulias a la fresca. Los nietos de Valdés se unieron a la pandilla y juntos arrasamos en las romerías.

Incapaz de estarse quieto, mi amigo vendió palomitas en los entreactos y se estrenó en la pista con los payasos. Metió mano en el equipo y nos actualizó la música. Del año pun dijo que era.

Cuando acabó el verano, todos lo despidieron diciéndole que ahí tenía las puertas abiertas. Él sonreía y luego hizo un chiste con las puertas de nuestras caravanas y con el telón de la carpa.

Nos graduamos, pero no como en las pelis americanas. Nos conformarnos con leer apto al lado de nuestros nombres en una lista. Por el título, ya os avisamos, nos dijeron en secretaría.

Entre los compañeros sí lo festejamos y le pedimos a Lupe que se uniera a nosotros. Ella aceptó. Tapeamos, charlamos, bebimos y fumamos. ¡Conseguido!, dije en un brindis que le dediqué por lo bajo a Valdés. Acabamos en un parque donde nos fumamos unos canutos (la profe ya se había retirado). Al principio me resistí, después me reí como un loco y luego me dio bajón. Me habría puesto a llorar, pero me contuve por temor a que Crespo me llamara “niñato”. Él se mostró comprensivo y lo llamó pájara.

Madrid se me acababa… Me daba palo despedirme, aunque volviera a pasar los inviernos. Ya no sería lo mismo.

Al amanecer, Crespo me acompañó a casa. No me lo perdonaría si te pasara algo, Pancracio –solo me llamaba así cuando se ponía trascendente–, que no estás acostumbrado a tomar ni a nada y vas puesto. No sea el demonio…

En el portal me dio un abrazo y sacó una bolsa de plástico de su mochila. Dentro llevaba un móvil que se había agenciado, para que estemos conectados, tío, que no te pierda el rastro, dijo, y esta gorra es de parte de la Lucía. Le di unas gracias muy torpes y subí las escaleras por no ponerme sentimental, pero en el rellano me detuve.

—Ya te llamo, Crespo. Y no te metas en líos, ¿eh?

—Descuida, Perejil. Nos vemos con los turrones.

Por mí ya me habría quedado todo el verano en Madrid, yendo con ellos de terraza en verbena. Esos cuatro años había cambiado mi forma de hablar, me sentía de la peña y ya Crespo decía de mí que era un auténtico, que habían roto el molde cuando nací. Ese Crespo, ¡qué tío!

Pero tenía un plan y mi plan no era apalancar sino irme a Barcelona. Lo hablé con Juana y ella me dijo que le parecía bien, que todo enriquece. De volver hay tiempo, tu sitio no te lo quita nadie, que mientras yo esté, tú no te quedas sin silla. Y yo pensé en el juego de las sillas que hacemos con los payasos.

Capítulo 5 Pintor, que pintas con amor


Mi último día en el circo fue tremendo…

Valdés la palmó.

Llevaba una temporada, el hombre, más para allá que para acá, tan de capa caída, olvidándose de todo y, más que nada, de sí mismo. No se puede llegar a viejo, se quejaba.

Después del invierno en Madrid, donde tenían casa y donde aparcar los carromatos, el director decidió tirar hacia el Norte por empezar la temporada.

Como cada año antes de debutar, llevaron los animales a que los bendijera San Antonio: perros, caballos, elefantes, tigres y leones, todos desfilaron. También yo. Me visitieron con un pulóver a rayas y ya me convertí en la estrella entre los fieles allí congregados, que no pararon de hacerse fotos conmigo. Beibiyén y Valdés, viendo la oportunidad, se decidieron a cobrarles un tanto por derechos de imagen. Esa mañana, al santo se le debió de olvidar bendecir al viejo. Fuera por no ser de su competencia –su especialidad son los animales domésticos–, fuera porque cada año aumentaba la cantidad de mascotas –las había a barrer–, Valdés no gozó de tal protección.

Todavía hacía frío, heladas tenaces y noches gélidas –lo recuerdo y aún me respigo–, a pesar de que los árboles de ribera ya empezaban a verdecer y los pájaros a cantar. El director estaba enfermo, pero eso no lo sabíamos. Cada día que pasaba era un día menos para él. Desmejoraba por momentos.

Una mañana, no salió de su caravana. Preocupados, golpearon su puerta, pero él dormía para siempre.

Se interrumpieron las funciones. Además de propietario del circo, Valdés era querido: siempre había arrimado el hombro cuando hizo falta. A su entierro vinieron familias de toda Europa, gentes con las que había coincidido en otras carpas por esos mundos de dios. Al entierro a mí no me llevaron, ¿cuándo se ha visto un mono en un cementerio?

A mi amo lo incineraron por que al menos siguiera en el circo, aun convertido en un montoncito de cenizas encerradas en una urna.

Esos días Beibiyén y Pancracio me mimaron. Pero era un apaño, yo sabía que no podían hacerse cargo de mí. Lo sabía y eso me tenía en vilo. Preveía un cambio de rumbo ¿hacia dónde? Adivino habría que ser en esta vida…

Al poco vinieron de una protectora para rescatarme. ¿Mi despedida? Miradas y palmadas al aire. Como otras veces no tuve opción. Cerraron la puerta de la furgoneta y con ella el capítulo del circo.

Empezaría así otra etapa, menos azarosa y ya sedentaria; alejado de los escenarios, pero no del arte (detalle que averiguaría después): otro nuevo retal de una vida, la mía, de piezas descosidas.

En el momento de irnos, me sentí como reo camino del patíbulo, por eso les costó un potosí sacarme de la jaula. Hicieron falta engaños y algún zarandeo hasta que lograron empujarme al furgón. Como a un delincuente. Me faltaban las esposas.

No andaban desencaminados en tratarme así, pero eso ellos ni lo sospechaban. El amo se había llevado el secreto a la tumba y Lucio, siempre fascinado por las palabras, esta vez no se había ido de la lengua.

De haber sido expertos como el amo, me habrían puesto música por hacerme salir sin rechistar. Sin necesidad de tantos “venga va, Max”. Pero les faltaba el adiestrador para apuntarles qué canción entendía yo como: “¡Sal, obedece al son que toca, y ya luego comerás!” (Ni un paso en falso, me repetía, de sobra sabía que la ración de pitanza estaba en consonancia con los aplausos recibidos. Con la faena bien hecha.)

Sí, las canciones me marcaban el paso. Las canciones excitan nuestros jugos gástricos; no solo a mí, también a los tigres, camellos y caballos; todos pasamos por ese aro. Trucos para manejarnos al antojo. Viejos trucos, de Paulov le dicen, aunque sean tácticas tan viejas como el hambre.

Para vestirme me bastaba el silbar manso del amo. El amo Valdés siempre silbotea antes de entrar a pista, mientras dispone los cachivaches de la actuación, mientras se va maquillando, por calmarse los nervios, que el miedo escénico no se supera por arte de magia.

La señal de mi entrada a escena, siempre La vie en rose. Con los primeros compases me transfiguraba. Disfrazado de cortesana, me disponía a representar el papel. Mi papel de Max, el hazmerreír.

En cuanto la cantante, a la que nunca la vi ni descubrí dónde se escondía, empezaba su letanía, salíamos bailando el amo y yo. Sobre la marcha, yo me escondía detrás de una lona oscura, donde me iba quitando refajos. El público asistía, perplejo, a esas transformaciones; cambios de vestuario que yo hacía en un abrir y cerrar de ojos. (Eso tiene truco, pero no este lugar para desvelarlo.)

Más ligero de ropa, ejercitaba cabriolas, sin dificultades para mí, y otras no tan, como montar en bicicleta.

La actuación, trufada de ritmos salseros –por eso de gustar a todos–cerraba con Ne me quittes pas. La pena del colofón. (Ese gusto afrancesado de Valdés de cuando, joven, anduvo con los Bouglione por toda Francia.)

El amo, ahora travestido con un vestido rosa chicle y con frufrús, –se habían invertido los roles– me suplicaba con su mímica, algo patética, que yo, por favor, no lo abandonara. En ese momento, yo ya estaba como dios me trajo al mundo. La consigna era que debía largarme, desoyendo sus súplicas. Mofarme de su desconsuelo con un pan y pipa. Ganas locas de salir fuera de pista eran las que me entraban con esa frase, la de “no me quites el pan”, machaconamente repetida, –así la interpreté todo el tiempo–, y se me hacía la boca agua soñando con una hogaza, aun cuando no me cayera esa breva. No me culpen de ignorancia; yo no hablaba francés, carajo.

Y ¿qué sentido tiene ahora recordar ese espectáculo si ya se acabó la fanfarria? A rey muerto ni rey puesto ni ná. Ya no más reflejos condicionados, a partir de ahora todo serán “vengavases”. Palmaditas en el hombro. Pobres animales, qué pena dan. Deberían prohibirlo, dicen. Opiniones las hay para todos los gustos, pienso.

La furgoneta se alejaba y yo chillaba y todavía intentaba fisgar algo desde la ventanilla. La silueta de Bebiyén diciéndome adiós fue lo que vi. Agaché la cabeza como cordero que llevan al matadero, cuando ella ya solo fue un punto en el horizonte del baldío. Y después ni eso, luego nada. Por consolarme y que dejara de aullar, me dieron bananas.

Después, fui recuperando algo el apetito. Parecía reconciliarme con la vida, de a poco se fueron el desasosiego y el insomnio. La tiña y la sarna. Comprendí, debía adaptarme. Cuanto antes.

Las pesadillas con el lanzallamas culebrero se espaciaron. También, la nostalgia de Beibiyén. Pasaba el duelo del amo, pero no su recuerdo… ¿Cómo olvidarlo a Valdés? (Sus ocurrencias, como cuando se empeñó en presentarme como el hijo de Chita, esa mona tan famosa de las pelis de Tarzán. Yo no era la Chita y él lo sabía. Solo un truco para enganchar al público. Como si hiciera falta, que todo les hacía gracia, hasta cuando yo derrapaba a posta con el triciclo. Si me rascaba el cogote: “Parece que piensa”, discurrían. Cuando enseñaba los dientes: “Míralo, si sonríe como nosotros.” Si me descolgaba del trapecio, ya eso lo aplaudían a rabiar. El bravo total. Entonces yo saludaba y les regalaba un mortal, ¡hale, hop! “¡Conseguido!” gritaba el jefe de pista. El rey del mambo, eso era yo, pero no el hijo de Chita –que, además, nunca fue hembra sino macho–.)

Claro que hubo momentos chungos, como la noche de la tormenta, cuando perdí los papeles. Y, peor, la congoja del día siguiente. Os lo contaré, pero que no salga de aquí, tiene delito.

El tipo –el asqueroso de las serpientes– se me acercó con su chulería barata. Yo, chupeteando mi palito del caramelo sin rastro ya de azúcar. Noche cerrada, el calor había amainado. El circo dormía. Se me acercó, digo, y me escupió sin venir a cuento. Me pareció intolerable, ¿cómo se puede ser tan ruin? Me levanté y le enseñé los dientes, que dejara de molestarme. Pero él siguió y me insultó. Mono asqueroso me llamó. De nuevo le enseñé los dientes y hasta gruñí. Él, ni caso. Se creía a salvo por los barrotes y ese fue su error.

Me dio la espalda, repantigándose. Encendió un cigarrillo y me tiró la cerilla encendida, por amedrentarme. Y lo consiguió. Temí por la paja del jergón que a punto estuvo de arder.

Entonces, chillé. Pero nadie salió a auxiliarme. Todos roncaban. Todos, menos él, ese sinvergüenza que no tenía una buena ocurrencia en todo el santo día sino hacerle la vida imposible a mi Bebiyén del alma. Una nube roja me nubló la cabeza. Sin pensarlo (que eso no es lo mío) alargué el brazo. Dicho y hecho. Aprisionado, lo asfixié. Resopló y jadeó. Seguí apretando y sentí que se ahogaba. Oí cómo sus cervicales se rompían, crac, crac. Después, aflojé. Él se desplomó como un saco de patatas y resbaló hasta caer al suelo, y yo entonces ya me calmé. Respiré hondo y me refugié en el camastro. Me tapé los ojos, ojos que no ven. Pero me costó un rato dormirme, hasta que por fin caí en el túnel que todo lo borra. Un sueño sobresaltado y a trompicones. Poco reparador.

Me desperté de madrugada, todavía estresado, y vi por el rabillo del ojo cómo Valdés intentaba arrastrar el cuerpo desmadejado. Viendo que pesaba demasiado para sus pocas fuerzas, buscó la ayuda de Lucio, el domador de elefantes. Y entre los dos lo cargaron en el carretillo y se lo llevaron.

No quise saber dónde. ¿Carroña para los leones? Puede… Esas fieras devoran un cerdo abierto en canal en menos que canta un gallo.

Los días del después anduve en vilo, sí. Ya luego se me fue pasando. Pero no del todo, nunca del todo, a pesar de que su pérdida no era irreparable: nadie lo lloró, a no ser la gilipollas de Gina, con quien andaba de escarceos a espaldas de Beibiyén.

¿Y qué otra cosa podía haber hecho yo, quedarme de brazos cruzados mientras él me humillaba? ¡Hasta ahí podíamos llegar! Ojo por ojo y diente por diente. ¡Cooonseguido!, exclamaría el director –alargando mucho la o inicial–, micrófono en ristre y pidiendo en el acto un aplauso.

En este nuevo paradero, me da por pensar si no me habrán arrestado por haber perdido los papeles. Si fuera así, tampoco hay queja: vivo a cuerpo de rey.

El centro, sin tacha. Patio con árbol, porche y cuarto para dormir o pasar el rato. Limpieza diaria. Comida, de primera: frutas de temporada completan mi dieta (elaborada por nutricionistas). Una pequeña cascada dispensa agua de manantial.

Tal lujo da que pensar. Esto ¿será Jauja o me habré muerto como el amo, y recalé por error en el paraíso? No, no. Todo esto es tan real como la sandía que devoro a bocados. Nadie me apabulla. Recibo cuidados de balneario, masajes y mascarillas de barro. Dicen que pronto mi aspecto lucirá envidiable.

Me gustaría agradecerles tantos desvelos, pero no sé cómo. Lo único que puedo ofrecer: mis numeritos de mono sabio. No te motives, Max, que esto no es la pista, me digo, por cortarme. Por no venirme arriba, que es una tendencia que tengo yo.

En observación, ellos toman notas sin parar. También, fotos. Yo, si me disparan, sonrío como un imbécil, acostumbrado a las de polaroid que hacíamos en los descansos con los niños del público.

Por mi tendencia a la imitación me estoy volviendo tan serio ellos, como mis cuidadores de bata blanca.

Recién, empecé a meditar; quedarme mirando una nube y pensar en los caniches de Valdés (por ejemplo), y después en nada.

— ¿No estará depre? — pregunta la veterinaria.

—Habría que buscarle una ocupación— sugiere el de gafas.

Ay, esos científicos cómo se toman la vida a la tremenda… El gafitas se me presentó con una caja y una carpeta bajo el brazo. Se sentó sobre la piedra, esa en la que da el primer rayo de sol, y me invitó a acompañarlo. Obedecí, como siempre sin rechistar.

Entonces ahora pinto. Al final, yo siempre enredado en el artisteo. Pero, no crean, echo de menos el circo, será que todavía tengo serrín en las venas… Ya, si me preguntaran (pero no preguntan) yo les diría que es todo. El circo es todo. Y es que el que es de circo a esa vida no la cambia por ná. Que no digo que la viva mejor, que no digo que la viva peor, solo digo que no la cambia por ná. Eso digo.

Y mira que yo sí puedo comparar, que tuve siete como el gato. Contando por lo bajo.

En este nuevo asilo, me fumigaron por desparasitarme y también me ducharon. Todo no son más que atenciones. Los nuevos cuidadores, con sus batas blancas, son muy considerados y su hospitalidad, impecable. Con las vacunas me distraen de los pinchazos con cariños, como a un bebé. Frases hechas tipo: “Ya pasó, ya pasó. Buen chico”. ¡Buen chico!, si supieran…

Yo camino medio desorientado y resbalo sobre esos suelos tan encerados como espejos.

Los primeros días, me tienen en observación: minucioso chequeo, con toda clase de análisis. De vez en cuando, fruncen el ceño preocupados. Me embadurnan con pomadas y me aplican cataplasmas sobre tantas pupas que cubren mi cuerpo. Ante semejante desvelo, no sabría si reír o llorar… Entonces sonrío, se me da mejor.

Me darán tiempo para reponerme físicamente. Lo anímico seguirá su curso, más de a poco. Eso dicen. Tratado como un enfermo, mi espíritu se sosiega conforme se van cicatrizando las heridas y repoblando las calvas. Ellos traducirán cualquier indicio como mejoría. La convalecencia dura unas semanas.

Os contaba cómo me volví pintor, ah y me fui por los cerros… Pues en aquella caja que me trajo el gafitas había unos tarros y yo pensé que si serían purés de sabores porque cada tarro era de un color. El chico se sacó unas escobillas del bolso de la bata, que parecían escobas de barrer pero en miniatura. Las papillas no olían a comida, lo comprobé por esa costumbre mía de olfatearlo todo. Más bien a medicamento o a limpiacristales del que usan para mantener la vidriera como el jaspe. El chaval me miró a los ojos como cuando quiere decirme algo importante y me explicó: “Esto es pintura y esto, brochas”. Siempre habla así resumiendo los conceptos, y va y  lo repite. ¿Me tomará por tonto? (No se lo reprocho.) Cogió una brocha y la metió en el mejunje, barrió el papel blanco, como si apartara hormigas detrás de los arbustos. Me acerqué a la libreta, pero no vi insecto alguno. ¿Serían de esos invisibles, tan molestos? El joven de la bata blanca observaba mi reacción. Yo no sabía qué cara poner que no lo decepcionara. Así que, hice lo que siempre hago: imitar. Cogí yo también una brocha y barrí el papel. Después, unos par de saltos y un par de chillidos, ¡hale, hop! Él, exultante, le brillan los ojos y me ofrece su mejor sonrisa. Palmadita en el hombro y galletita de premio, de las de vainilla, mis preferidas. Palmada, galleta; yo sigo. Barrido sobre papel, mordisco de galleta, las migas mezclándose con aquellos colores y su aliento soplándome en la nuca. Ojos pasmados, oh, el asombro: ¡milagro, el mono pinta!

Golpea el cristal para llamar a sus colegas, que aparecen en tropel, y foto va foto viene. La parafernalia habitual, pero a lo loco, que hasta con aplausos me regalaron los oídos ese día. Me vine arriba, no lo pude evitar, y saludé como en la pista. Y ellos, carcajadas y más galletas. Alguien dijo: Parece que la terapia funciona. Hasta la veterinaria se sumó a la algarabía y se puso a pintar, para que viera que sabía hacer más cosas además de pinchar y vendar, pero usó el colorado… ¿Deformación profesional? Eso no me gustó. Gruñí. Tuvieron que tranquilizarme con el color verde, yerba sobre papel, árboles, selva, ya pasó, ya pasó, buen chico…

Aquella mañana de gloria, sin saberlo, había nacido como pintor.

Pronto, me acostumbré a esas sesiones de barrer bichos (invisibles).

En los márgenes de los dibujos ellos anotaban signos que sí parecían insectos, hormigas en hilera que salían de sus lápices.

Agradecido por la nueva rutina que me devolvía a mi habitual disciplina, yo producía sin pausa. A medida que los trazos se soltaban, las manchas cobraban vida –como en esos test– y achinando los ojos podía ver lo que quisiera. (Por ejemplo, la selva en un manchón verde, a mi madre en un borrón pardo, el ojo del amo en una gota negra, la silueta de Beibiyén en un trazo morado o la rueda de la bici de Pancracio en el cerco que dejaba un vaso de agua sucia.)

Me recreaba en esos pormenores y el tiempo se encogía o se estiraba, depende. Mientras, perfeccionaba la técnica, depuraba el estilo y expresaba emociones que creía por siempre anegadas. Pintar me curaba la podrida melancolía y otras heridas que todavía supuraban. Y eso aunque yo ni fuera consciente de que lo que hacía era pintar, ¿no era barrendero de lo invisible, acaso domador de hormigas?

A ratos, me sacaban al patio con los demás y observaban nuestras reacciones. Mezclarse con otros así porque sí y hacerlo sin sin encontronazos no es fácil. Cada cual arrastra su pasado a cuestas y hay ese resabio que degenera en agresividad por un quítame ahí esas pajas. Yo por eso me mantenía a distancia, sin demasiadas confianzas. Las peleas me asustaban, había perdido la capacidad de reaccionar, llevaba demasiado entre humanos. No es que fuera huraño, pero tampoco me mezclaba. Contactos los justos, en el marco de la estricta cortesía, que donde hay confianza da asco. Respiraba hondo si tenía que ser testigo forzoso de alguna pelotera, procurando no inmiscuirme ni que me salpicara, que a mono viejo no se le hace la morisqueta.

Ellos atribuían mi desapego al grupo a un estado postraumático y, gracias a ese diagnóstico, pronto desistieron de integrarme. La verdad, había olvidado cómo era eso del clan… El recuerdo de los míos en la selva, pura algarabía, y el de los compañeros del zoo, hacinamiento. Estaba desentrenado en lo social y me había vuelto descastado.

Evitaba contrariar a la veterinaria; sobre todo, no rascarme en su presencia para que no me sometiera a sus rigurosas desparasitaciones. Poca sarna que rascar era lo que tenía. Intentaba no tener que llegar a enseñarle los dientes por disuadirla. Mi deteriorada dentadura ya no impresionaba a nadie ni era plato de gusto verla.

¿Por qué no me emparejé? No faltaban ocasiones, había donde elegir, pero no sentía el impulso. Desnaturalizado debía de andar o igual me habían castrado para no dar más guerra de la cuenta, ¿fue en el zoo o fue en el circo? Siempre a merced de los demás, ellos dispusieron de mi vida y también decidieron sobre mi sexualidad –supongo que incómoda, por desbocada y cerril–.

Ahora en la madurez, los asuntos de la procreación ya no me perturban. Había perdido la gracia para los rollos sin más –ni siquiera un ahí te pillo como los polvos en la selva, donde follábamos sin juicio, como Pedro por su casa–. Fuera de onda andaba y de paso me ahorraba alguna reyerta. Haya paz, imponía en medio de las escaramuzas, pero ellos siempre compitiendo, a las manos. Cuánta tenacidad. Seguro que a mí, por pasar de todo, me tachaban de extravagante o de tarado. Qué sabrán ellos de amores plátonicos, esos imposibles y sin salida que acaban en agua de borrajas y la cara de tonto que se te queda. También hubo los de juventud, pero ya ha llovido tanto que es agua pasada. Los caballeros como yo no fardamos de amoríos.

¿Cómo pasaba el tiempo libre? Me descolgaba entre las ramas del olivo y meditaba sobre el color plateado de sus hojas. Saltaba entre los recuerdos de mis otras vidas, y así pasaban las tardes. Las noches eran profundas y mis sueños, dulces. El momento más importante de día eran los ratos de pintar, algo que no consideraba ocio sino trabajo. Algunas veces hasta preparaba bocetos, escarabajeando en la tierra con ayuda de un palo, a falta de papel. Así era de concienzudo.

Ser aplasta manchas tampoco estaba al alcance de cualquiera, así que me esforzaba en prepararme lo mejor posible, que para eso era yo el elegido. Me tenían por genio –el que no conoce a dios ante cualquier mono se arrodilla–, y me concedían algunos privilegios, entre ellos la soledad de un recinto convertido en taller.

Me trataban como a un artista, cosa que les agradecía con sinceridad. Aun consciente de la responsabilidad otorgada, ese estatus colmaba mis aspiraciones de paz y tranquilidad. Entre sesión y sesión, me desperezaba o hasta dormía una siesta, arrebujado bajo la manta o a la sombra de tu árbol. Comer cuando me entraba algo de apetito: estaba haciéndome mayor y por lo tanto frugal. A parte de eso, poco más.

Una mañana yo también amanecí muerto.

Abatidos me dieron sepultura. Yo descansé, al fin. (Antes de morir, vi esa luz de la que todos hablan, el túnel, y una película vertiginosa, la historia de mi vida. Todos desfilaron por ahí: mi madre y el clan, los hermanos del cobertizo, la tribu del zoo, la nena de la despensa, todos los del circo y también el público. Por supuesto, los de la protectora. Que nadie faltó a la cita. Ni siquiera faltó el asqueroso, aunque bastante redimido.)

Recopilaron mis bocetos para una exposición. No era un caso único, pero sí peculiar por mi edad avanzada. Según parece, los demás chimpancés, al hacerse adultos, perdían la afición. Mis cuadros, dentro del expresionismo abstracto, poseían, a decir de los expertos, la armonía cromática y la espontaneidad de Basquiat. Ya será menos… Como mucho un Pollock de resaca y un Basquiat muy, pero que muy colocao, y va que chuta. No dejaban de ser garabatos y borrones, fruto del impulso descontrolado, pero los entendidos lo elevaron a la categoría de pintura gestual, lo etiquetaron como “arte bruto” y unas cuantas pamplinas más, martingalas de la crítica siempre en búsqueda de referentes.

Fuera como fuera, la muestra resultó un éxito de un público intrigado por la creación plástica de un animal, siendo inevitables las comparaciones con obras de pintores consagrados, tan abstractos como yo, o más. También la prensa celebró el experimento, como lo hizo en otros casos, cuando ese mono artista apadrinado por Picasso. Y hubo quien se volvió a indignar ante la supuesta farsa, como ya había ocurrido, sin ocurrírseles pensar que yo había embadurnado unas cuantas telas a la manera de cualquier pintor, pero que el mérito se debía a la iniciativa de esos muchachos que me habían incitado. Esos chicos de bata blanca, tan sensibles, que se tomaron la molestia de seleccionar los mejores para la muestra (había mucho tachón indecente).

Se escribieron páginas basadas en las observaciones que habían anotado. Visionaron las películas que protagonicé, cortando y empalmando los mejores fotogramas para un documental emitido por muchas televisiones. Revelaron las fotos en las que salía más fotogénico: yo, pintando; mis dibujos, acabándose; mis cuadros, secándose; los pinceles, desperdigados; la paleta, salpicada; otra vez yo, pero descansando de una sesión. Qué saturación, cuando les da por algo… Con todo ese material gráfico se imprimió un catálogo en papel cuché, como los de las galerías de arte.

Sin buscarlo, había conseguido la inmortalidad. Para la eternidad yaceré bajo una lápida que reza “Max, chimpancé y artista polifacético” y el consabido descanse en paz, condolencia que cumplo a pies juntos, como tierra mojada después de la lluvia, sin saber qué cielo me tocará pisar.

Capítulo 4 Aunque la mona se vista de seda


Me paré delante de su jaula. Me lo quedo mirando, al mono, y él también me mira. Quiere sonreír y le sale su mueca torcida. Creo que me quiere, a su manera. A través de los barrotes nos chocamos las manos y yo le prometo una golosina. Le chiflan las golosinas. Pobre Max, lleva tan mala vida como yo. Pienso eso y él se encoge de hombros. Parece que me lee el pensamiento.

No se me olvida, no, aquel día… Hace un calor insoportable así que voy a la caravana por darme una ducha. Antes de entrar, recojo la ropa tendida que ya está medio acartonada. Dejé las chanclas a la entrada y entré descalza, como hago siempre. La puerta no está cerrada con llave, de día siempre la dejamos así. El ruido del televisor, que retransmite un partido de fútbol, es tan fuerte que retumba. Él, repantigado en el sofá. Ni nos saludamos. Voy derecha a ver si queda algo de agua. No queda ni una gota. Bah, me lavo fuera. Este cabrón ya se la ha gastado toda y ni el detalle de pasar la fregona, pá qué, el que venga detrás que arree. Me pongo el bañador y el albornoz y al apretarme el cinturón de la bata me doy cuenta de lo mucho que estoy adelgazando. De refilón me miro en el espejo y me veo crispada. Y flaca. Pillo el gel y salgo sin decir ni media. Cuesta respirar en medio del secano; el aire manchego es polvo caliente.

La boca de riego queda cerca del entoldado de los elefantes. Los animalones, abochornados por esta canícula, solo comen alguna brizna que van sacando de la yerba empacada. Se los ve desganados, y se balancean cargando ese tremendo peso suyo en una pata y después en otra, y ese balanceo, que ellos hacen para no caer rendidos, a mí me hipnotizó.

Me sacudo y bordeo el recinto, casi rozándolos. Tranquilos guapos, les dije, solo quiero ducharme. A pesar de tener las patas traseras sujetas con grilletes podrían aplastarme con solo dar un paso atrás. No hay nadie cerca de la manguera. Abro el grifó, me quito la bata y me ducho. Después le doy unas voces al domador, pero no me responde. Entonces actúo por mi cuenta y les enchufo la manguera, rociándoles los lomos como cuando lavamos los camiones polvorientos. Los elefantes se estremecen de placer. Yuma, la veterana, se sacude dando a entender que para ella ya está bien. Aníbal, en la gloria. Por hoy basta, les digo. Colombo me mira agradecido. Recojo la manguera y pienso que algún día también yo tendré un porche como ese del domador, el rico del circo.

Me pregunto si habrá acabado el partido, pero al pasar delante de la cochambrosa rulot de los búlgaros escucho el inconfundible aullido de un gol. Camino hacia la mía. Vete por la sombra, me digo, pero qué sombra si no hay en el terreno baldío.

Él sigue tomando cerveza y su mirada ya bizquea. Dejo la puerta del baño abierta a modo de biombo y me pongo camiseta y pantalón corto. Él gruñe algo que interpreto como un “qué hay para cenar”, pero ni le contesto.

Salgo a por agua. Cuando no hay función tocan tareas domésticas. El caso, no parar. Ruego que corra algo de aire y me refresco las manos y la cara mientras lleno las garrafas.

Lucio está tomando algo en su porche, con cara de recién levantado de la siesta. Conversamos y me agradece el gesto de antes con la manguera. Se pone a hablar de sus animales como hace siempre. Me gustan las palabras que usa y que desconozco, palabras como mole, pétreo, marfil, paquidermo, mamífero, alfalfa o mastodonte. Palabras de elefantes.

Cuando vuelvo con el agua a cuestas, él ya se largó dejando la tele encendida y un montón de latas vacías y estrujadas.

Preparo cena en el hornillo. Doblo la ropa y la guardo en el placar.

Me apetece un garbeo, la temperatura de la caravana es asfixiante. De paso, tiraré la basura, pienso. Pillo monedas en el bote y salgo. Rodeo las caravanas. El aire huele a guisos.

Aquí llegamos ayer y al atardecer ya teníamos la carpa montada. Nos acostamos rendidos como siempre después del montaje, pero nadie durmió decente por culpa del calor. Tomaos el día libre, nos dijo el director, y todos se lo agradecimos. Arrastrábamos, además, mucho cansancio por tres funciones diarias. Debutar en la sesión de matiné sería una tontería con esta solana. Le dimos la razón.

El sitio es medio bueno, un terreno bastante decente al que solo faltan árboles que den sombra. El ayuntamiento no tardó en darnos agua y luz, y eso siempre se agradece. Ya ni sé cómo se llama este pueblo, aunque lo habré leído en el cartel de la entrada. A veces pienso en apuntarme los nombres de los sitios y pintar una estrella al lado de los buenos y tachar los de mala muerte para la próxima vez que vuelva, pero nunca lo hago porque nunca sé ni dónde estamos hasta que el director no da la bienvenida al público. En ese momento me esfuerzo en retener el nombre, pero en cuanto me subo al trapecio ya el nombre se me despeña.

Cerca del contenedor fue cuando me tropecé contigo, que ibas en bicicleta.

— ¿Dónde vas, Beibiyén?

—Al pueblo. ¿Te vienes, Pancracio?

Tiré la bolsa al contenedor, torcí el gesto por el tufo y alejé unas moscas molestosas. Me agobian los malos olores, detesto las moscas. La suciedad, ya sabes.

Salimos del descampado y caminamos por aquella carretera perdida en aquella llanura amarilla, tú haciendo zigzags con la bici y yo arrastrando las chanclas. Al pasar delante del cartel te pregunté si sabrías leer el nombre del pueblo, ¿te acuerdas?, y tú me lo deletreaste como pudiste y luego me miraste sonriendo con esa boca que tenías medio desdentada, algo torcida como la de Max.

En la plaza, los viejos tomaban la fresca sentados bajo las moreras. Algunos niños jugaban, tirados a la calle después de tanto calor. Te bajaste de la bici y caminaste a mi lado, sujetándola por el manillar. En un sitio tan tórrido encontraremos una horchatería, pensé. Y en seguida dimos con una.

El local climatizado me pareció el colmo del confort. Nos encaramamos a los taburetes y apoyamos los codos sobre el mostrador. Todo era metálico y daba gusto por frío. ¿Recuerdas aquella heladería? Uno de chocolate en cucurucho, una horchata y una piruleta fue lo que le pedimos a la dueña que nos atendió mientras se secaba las manos en un delantal blanquísimo y pespunteado.  Después de visitar un váter limpio como los chorros del oro, nos dimos aquel banquete que pagué con calderilla. ¿El caramelo es para él? me preguntaste. Qué va. Para Max, se lo he prometido.

Volvimos al campamento caminando despacio. Atardecía. Los lugareños nos miraban con curiosidad, como miran en los pueblos a cualquier forastero, pero a eso nosotros ya estábamos acostumbrados: fuéramos donde fuéramos, siempre éramos extranjeros.

Max, arrinconado en la jaula, al vernos se levantó. Le di lo prometido, después de quitarle el envoltorio. Él se relamió, entrecerrando los ojos. Tú, en cuclillas, –estoy viéndote– hacías girar la rueda de la bici tirada en el suelo. Cuando Max se terminó el caramelo, se puso a dar palmas, esa manera suya de darnos las gracias. Ya sabes, cómo era de tan agradecido. Le tiramos un beso y él nos lo devolvió. Siempre hacíamos eso.

De repente, oímos a tu madre reclamándote a voz en grito, como solía, y tú acudiste veloz: era de poca espera, tu madre. Nos dijimos chao y también yo me largué pitando.

A lo tonto me azoté: no había vuelto. Me senté en la escalera y miré cómo los pájaros volaban bajo, cazaban moscas y chillaban. Empezaba a correr un poco de brisa. Como no volvía, cené sola mientras hojeaba un periódico atrasado. Yo tampoco leía muy de corrido. La noche se comió la tarde, y recogí la mesa. Me recosté en la banqueta sin abrir la cama y me quedé roque.

A medianoche me despertaron unos aullidos tan espantosos que me sobresaltaron. Encendí la luz. Estaba sola. Corrí la cortina y miré por el ventanuco. Fuera todo parecía en orden. Bebí un vaso de agua. Vi la cena intacta. No me intranquilicé, acostumbrada a esos desplantes. Plegué la mesa y abrí la cama. Me estiré y dormí a pierna suelta. Soñé contigo, con Max y con los elefantes. Por suerte, no soñé con él. Con él no soñé.

Me desperté con la boca seca. Alguien golpeaba a la puerta. Salí, atusándome el pelo. Pensé si sería él que no atinaba ni a abrir, pero era el director, dando la voz de alarma: amenazaba tormenta. Urgente reunirnos para cavar una zanja, por evitar inundaciones.

—Ahora voy. Pero estoy sola, no sé ni dónde anda…

—Ya, me imagino.

Y se largó apurado, sin entretenerse más en echar pestes contra “el gandul”, como él le decía. Ay, el abuelo ya no está para tanto ajetreo, pensé, pero cualquiera lo jubila… Y ese mangante, ¿dónde coño se habrá metido? Ya me puedo espabilar. Si el viejo dice que va a ser de agárrate mejor hacerle caso, que el viejo nunca habla por hablar.

Pancracio, ¿te acuerdas de las historias que nos contaba el viejo? Esclavos, eso éramos entonces, que ahora os quejáis por nada, ¡qué sabéis vosotros lo que era montar y desmontar un circo de madera! Pues con ese entramado hemos recorrido todos los pueblos de España, claro que entonces los pueblos tenían gente, gente y miseria, sobre todo miseria. El viejo Valdés dedicó toda su vida al circo, de sol a sol y de lunes a lunes y fue un buen director, te aseguro. A ti te adoraba, siempre decía que llegarías lejos. El niño Pancracio llegará lejos, decía. Estaba en todo, aquel hombre. Y no paró hasta que ya no tenía ni por los pantalones, pero él, erre que erre. Lo estoy viendo con ese traje de pana, su camisa de franela hiciera el tiempo que hiciera, que no sé ni cómo aguantaba el calor sin quitarse el chaleco. Lo único que alternaba según fuera verano o invierno era el calzado, alpargatas o Chirucas, y el sombrero, de paja o fieltro. Eso sí, cuando salía a la pista con su traje frac parecía otro. Adiestrando perros era un as, a sus animales solo les faltaba hablar, y con Max, ni te cuento, eso era para verlo.

Pero sigo con el día de la tormenta… Preparé café y me vestí deprisa con el mono de faena. Hoy no tocaba ensayar, pero eso no me importaba pues de sobra confiaba en mi número de contorsión –tanto tiempo ensayan que podría haberlo hecho con los ojos vendados– y no necesitaba entrenar a diario. Tampoco en el trapecio.

Me calcé las katiuskas y pillé unos guantes para no hacerme polvo al echar una mano. No estaba preocupada por su ausencia, solo contrariada. Nunca estaba cuando hacía falta. ¿Dónde andará? ¡Siempre igual ese imbécil! Sabía que solo volvería después de pulir la pasta, segura de que habría arramplado con los cuatro duros que teníamos: el señorito lo necesita para sus golferías.

No se me escapaba que me era infiel a la mínima, pero eso tampoco me desvelaba. Corrían rumores de su último lío con Gina, la benjamina de las hijas de Lucio, esa malcriada. ¿Y qué? Mi sueño, ¿te lo cuento? Que desapareciera de una vez por todas y me dejara en paz. Ese era mi sueño por entonces.

Pero él volvía. Y la pesadilla seguía… ¡Que se fuera ya! ¡Él y sus bichos! Pero regresaba hecho unos zorros y pedía perdón. Hablaba de cambiar. Intentaba engatusarme otra vez. Al poco las malas palabras, los insultos cuando algo se torcía. A la mínima contrariedad, los empujones. Al principio no era así, faltaría. Ya ves, a mi familia ni de pretendiente les había gustado. Pero yo, necia, me empeciné en esa relación, tan absurdo todo que no sé dónde tendría yo la cabeza, hasta acabamos fugándonos. Y ahora ¿cómo habíamos llegado a este punto de pelea diaria? Recordarlo me dio una pereza horrorosa, me sujeté las greñas con un prendedor y salí.

Fuera el aire estaba cargado de esa energía antes de la tormenta. Los hombres enfaenados cavaban un foso para evitar el encharcamiento del terreno, que era arcilloso. Miré al cielo donde los vencejos chillaban histéricos. Encaramados sobre la carpa, los empleados retiraban los focos de la torre de luz para aligerarla y evitar así el desplome de la lona por el peso del agua. Trabajadores y artistas iban y venían en un trajín ansioso, mientras el cielo se encapotaba por instantes y se volvía panza de burro. Impensable celebrar el espectáculo de la tarde; lo importante era ponerlo todo a salvo. Las mujeres nos afanamos en proteger el mobiliario. Los niños cumplían con pequeños encargos. Los animales resoplaban y se agitaban. Todos como pollos sin cabeza y Valdés dando órdenes.

Al pasar delante de la jaula de Max, bien vi que estaba enfurruñado. La tormenta le da miedo, pensé. Cerca andabas tú, fascinado con un hormiguero. Se parecen a nosotros cargando cosas, observaste, y me seguiste. No me importó, tú nunca estorbabas, Pancracio. Y nos pusimos a la cola para recoger las sillas de plástico del público cuando nos cruzamos con Gina. ¿La recuerdas a esa zaina? Se pavoneó y escupió cascos de pipas, ajena al trasiego, mientras me echaba esa mirada tan maliciosa y cargada de intenciones. Si supieras lo poco que me importa, guapa, todo tuyo, te lo regalo y no te arriendo la ganancia, le escupí para mis adentros. Recogí el tendedero, la palangana, las sillas plegables, la mesita y la sombrilla. Cuatro chismes, y los zuecos, que nunca dejábamos a la intemperie. Tú, tan chico y ya tan voluntarioso, me ayudabas como podías.

En agradecimiento te invité a compartir mi comida y no te hiciste de rogar. Recalenté la cena de la víspera, que supo a gloria.

El sopor era inaguantable cuando sonó el primer trueno y la lluvia descargó con una furia impresionante. Resguardados en la caravana, por pasar el tiempo te puse a leer los titulares de un periódico viejo. Nos reímos con los errores que cometías, todavía te trababas. Me está enseñando Valdés y yo lo ayudo con el baño de los perros, dijiste. La lluvia ya era una cortina de agua anegándolo todo.

Entonces caí en la cuenta de que ni siquiera había echado un vistazo al camión de los bichos. Me repugnaban, por eso los borraba de mi cabeza. Podían estarse varios días sin comer, pero ¿cuándo habría sido su última comida? Él era quien se ocupaba de eso, su único cometido que pregonaba hasta la saciedad: Estoy reventado, acaban conmigo. Formaban parte del mismo tándem, el odioso y sus monstruos, el monstruo y sus odiosos bicharracos. Tampoco es que esos hicieran grandes proezas sino estarse aletargados en sus cajas, aquellos sarcófagos transparentes, y consumir luz sin duelo: precisaban del calor de las bombillas para sobrevivir. Él los sacaba a la pista y se hacía el poderoso colocándolos sobre sus hombros; un espectáculo lamentable y viscoso que me resultaba insufrible. Dios me perdone, ¡eran tan asquerosos! Y el olor, esa peste que desprendían… Un tufillo enfermizo que lo impregnaba todo. ¿Cómo no lo había detectado antes? Increíble. Él olía tan mal como sus serpientes. Que el amor fuera ciego, vale, pero que se perdiera hasta el olfato, ¡menudo enajenamiento!

Un relámpago iluminó el cielo y te pregunté si tenías miedo. Tú negaste con la cabeza. Yo sí que tenía, pero procuraba disimularlo. Te di un beso. Te sobresaltaste; no estabas acostumbrado al cariño. La lluvia no paraba de caer. El ruido de la tormenta era ensordecedor, todo rayos y centellas y, aun así, se escuchaban los rugidos de las fieras atemorizadas. Por matar el tiempo me puse a dibujarte cosas en el reverso de esos carteles ya inservibles que guardaba para apuntarme la lista de la compra. Después te tocó el turno a ti. Me asombró la destreza con la que retratabas animales. El del mono te quedó chulísimo y te lo ponderé. Me confesaste, entonces, ese proyecto tuyo de retocar los carteles del circo. Los de ahora están hechos un asco. No molan, dijiste. Cuando sea mayor, lo haré.

Pasaba la tarde y la tormenta devoraba hasta el crepúsculo. Sin noticias del indeseable…

Me dio por pensar que tus padres tampoco daban señales de vida. Claro que con el aguacero cualquiera se atrevía a salir… Y tú, que como Max también parecía que me leyeras el pensamiento, dijiste que te importaba un pepino si no volvían. La verdad que no encontré argumentos para recriminarte. Un par de inconscientes, eso eran tus padres. Queda feo decirlo, pero esa era la pura verdad.

Del color plomizo el cielo pasó a una oscuridad húmeda. La lluvia torrencial amainó. Poco a poco, la gente empezó a salir de sus escondites por ocuparse de los animales y para reparar los desperfectos del temporal.

Te sugerí ir a tranquilizar a tus padres, que supieran que estabas a salvo, y tú me obedeciste a regañadientes. Al poco regresaste diciendo que no los encontrabas y que la furgoneta tampoco estaba en el sitio.

Fuimos a decírselo a Valdés. El pobre andaba coordinando todas las tareas de reparación y no daba abasto. El estado del recinto era catastrófico. Con el terreno convertido en un lodazal se hacía cuesta arriba caminar, los pies se hundían en el barro y al sacarlos pesaban toneladas. Todo hecho un asco, echado a perder.

Nadie sabía de tus padres, nadie recordaba haberlos visto. Eso tampoco era tan raro, ya sabes que los dos empinaban el codo y desvariaban, que tan pronto iban como se perdían por el camino. Pero de eso mejor no te acuerdes; malos para ellos, solo eso.

Al gandul ya ni se lo mencionó.

Esa noche nos acostamos embarrados y tú te me acurrucaste como perro sin amo.

Al día siguiente debutamos con poco público. La función quedó algo recortada por la ausencia de tu padre que hacía de payaso –de verlo de payaso te acordarás, supongo– y sin los reptiles del inombrable.

Al acabar esa función, se convocó quedada urgente para debatir cómo suplirlos. Niebieski propuso estirar su número de magia con nuevos trucos de palomas o cochinillos saliendo de su chistera, de ases en la manga o zanahorias detrás de las orejas, y los búlgaros ofrecieron alargar el suyo con acrobacias más arriesgadas a redoble de tambores en esa búsqueda sin fin del más difícil todavía. Nos apañaríamos. Siempre nos apañábamos.

El director dio su conformidad y nos dispersamos para descansar, todos desanimados por la hecatombe. Por tanto que nos quedaba por recomponer.

Pero Valdés me atajó porque quería hablar conmigo en privado, así que nos fuimos al carromato del abuelo. ¿Te acuerdas de cómo todos le decíamos así, “el abuelo”, nosotros que no éramos sus nietos? Abordó el tema sin rodeos. No era partidario de avisar a la policía (por tantos trabajadores sin papeles y todos los vehículos pendientes de revisión). Al margen, como manda nuestra tradición. A mí esa opción, la de dar parte, ni se me había pasado por la cabeza. ¿Por qué preocuparnos si ya volvería cuando le diera el punto, lo habitual? El director de sobra sabía que esta vez sería diferente, pero se lo calló. En cambio, sí me habló de las serpientes: habría que pensar en ellas. Pero a qué viene tanto agobio, abuelo, si ellas aguantan carros y carretas… Ya se ocupará de darles su comida, aquellos ratones, aquellos polluelos, cuando vuelva, por la cuenta que le trae. Vale, no me hagas caso, niña, estoy cansado. Una cosa sí te quiero pedir: Hazte cargo del chico hasta que vuelvan sus padres a dormir la mona. Cómo no, le dije sin pensarlo. Solo espero que “el otro” no esté demasiado colocado al volver, ya sabes, por el crío… Bah, por eso no has de preocuparte… Como si el rapaz no estuviera curado de espantos… Y siguió un rato calentándose con lo de tus padres. Esos zascandiles, los insultó. Pocas veces lo había visto tan fuera de sí. Cálmese, Valdés, le dije. Temí que le diera algo de tan encolerizado, te lo juro. Desvié el tema hacia el gandul.

—Ese ya no vuelve a darte guerra. Muerto el perro.

— ¿Muerto? ¡Qué dices!

Él me dijo que sí, que muerto, y me pidió que le ahorrara detalles. Yo comprendí que mi deseo se había cumplido. No quise saber más, mejor así sin pormenores.

Volvimos de lleno al asunto de las culebras, la verdadera cuestión, y acordamos darle instrucciones a uno de los empleados para que se ocupara de ellas. Por supuesto di mi consentimiento para ponerlas en venta, yo no quería ni olerlas.

Después salí a buscarte. La noche estaba estrellada, pero sin luna. Tanteé en la oscuridad sorteando cables y mangueras, rodeando algunos charcos, recuerdos de la tromba. Al pasar delante de la jaula del mono, me topé contigo, pobre niño, recostado contra los barrotes. Te desperté y te llevé de la mano, adormilado. Mañana aparecerán, ya verás, te dije. Alzaste los hombros. Nos despedimos de Max que había salido de su rincón y que todavía agarraba el palo de la piruleta que nos mostró como un trofeo, enseñando las encías. Su sonrisa, ya sabes, tan fea que daba risa.

Abrí la puerta de la caravana con temor, aunque ahora sabía que no habría nadie, pero era por la costumbre (tanta que al cerrarla hasta la bloqueé con la silla). Tú, pegado a mis talones, me preguntaste si tenía miedo. Creo que solté una risa nerviosa. ¿Miedo? Ya no. Nos aseamos como gatos y nos metimos en el catre. Me gustó arroparte y a ti te encantó que lo hiciera. Corrí la cortina y apagué la lamparita. Me tomé un vaso de agua y me quedé velando tu sueño. En paz.

Cavilé sobre cuánto podría tirar de mis ahorros, esos que guardaba en el doble fondo del costurero. Por alto, aguantaría hasta la venta de las bichas siempre que el asunto no se eternizara. En la cuenta de la vieja no te olvidé, te ampararía hasta que aparecieran tus padres (sin saber entonces que no ya volverían). Esa posibilidad ni se me pasó por la cabeza, demasiado trastocada por la desaparición, tantas veces deseada, del otro. No me puedo creer que se me haya cumplido, pensé. No sentí ni asomo de culpabilidad, me las había hecho pasar tan putas y ahora yo solo quería una vida nueva. Estuve de dándole vueltas a esa perspectiva. Soñando despierta. Algo que hacía siglos no me permitía.

Fueron días confusos, los días después, tanto que no me percaté de cómo Max andaba de alicaído, tan ocupada con lo mío y con lo tuyo. Porque tú te convertiste en mi responsabilidad y yo no tenía ninguna experiencia en eso de hacer de madre. Además, andaba con la cabeza llena de pájaros por eso de mudarme de piel –como lo había visto hacer a las serpientes–.

Y tus padres, ¿dónde tenían ellos la cabeza? Tanta tardanza ya nos mosqueó, así que Valdés fue a la Guardia Civil por saber de su paradero, creyéndolos en el calabozo.

Los guardias le dijeron que se había encontrado una furgoneta carbonizada con dos cadáveres calcinados. Por las averiguaciones todo indicaba a que eran ellos.

¿Qué si tenían familia? Valdés negó por miedo a que se hicieran cargo de ti los servicios sociales.

Hubo que improvisar un entierro y costearlo entre todos.

Al gandul no se lo enterró, porque no apareció ni vivo ni muerto. Bien pensado eso tendría que haberme extrañado, puesto que Valdés me había asegurado que estaba muerto y bien muerto. No me digas por qué, fue algo que pasé por alto. Notaba, cuando se hablaba del tema, así de pasada, que Valdés daba por zanjado el asunto, y una vez hasta dijo que con ese nos ahorrábamos el nicho y entonces intercambió una mirada sombría con Lucio. Sí, tres bajas en una sola noche, se dice pronto, aunque solo dos bajo tierra, remató el domador.

A ti no recuerdo la versión que te dimos, si culpamos a la lluvia del accidente de tus padres o si no te dijimos ni eso, visto que tampoco preguntabas más por ellos. Ya sabes, además, cómo somos en el circo de pocas palabras, que nos sobra trajín

Desaparecieron tragados por aquella memorable tormenta que hubo de descargar sobre aquel pueblo de cuyo nombre ese sí que me acordaría, aunque quisiera olvidarlo (así lo hubiera narrado Lucio). Pensaba que sería provisional, y ya ves, Pancracio, la de años que nos hemos tirado juntos.

Convertida en dueña de las serpientes, mi herencia, cobré unos dineros por su venta. Viuda oficial, reconozco que no lloré una sola lágrima. Todas las lágrimas, las únicas lágrimas, se las quedó Gina que anduvo ojerosa sin parar de comer pipas de forma compulsiva, dejando a su paso un reguero de cascos pegajosos.

Hice planes para mi nueva vida, algo que no había hecho desde que en mala hora me juntara con aquel tipo. Primero, cambiar la banda sonora del espectáculo que me traía malos recuerdos. Segundo, reciclar el vestuario. Como sabes, me las apaño como costurera y con cuatro lentejuelas transformo un trapo cualquiera en un modelito de pista. Tercero, eliminar las chabacanadas que él me había impuesto: ese cigarrillo que simulaba fumar en boquilla, esas flores de plástico que recogía con el pie y algunos ejercicios peliagudos que me machacaban las cervicales. Quería algo nuevo, mi número hasta a mí me parecía más visto que el tebeo.

Recuerdo que fue cosiendo unas enaguas cuando rumié sobre retocarme el nombre, ese nombre que arrastraba, tan absurdo. Pero deseché la idea, porque por muy absurdo era lo único que me quedaba de mi madre. El botarate me ridiculizaba con eso, tienes nombre de telenovela venezolana, me decía, solo por el placer de mortificarme. Reconozco que no me hacía falta inventarme un apodo artístico, llamándome así. En eso le daremos la razón, al lanzallamas –también se empeñaba en escupir fuego, con el efecto de un aliento infumable–. Mi madre, que era inglesa, me decía “baby Jane”. Por desgracia tuvo un accidente mortal (hacía de mujer bala), así que fue mi padre el que me crio, y me siguió llamando como se lo había escuchado a mi madre, solo que todo junto como si fuera un nombre, lo que degeneró en “Beibiyén”, con pronunciación a la española. Anunciado en la pista sonaba exótico, para qué negarlo. Con el tiempo tendría que ir quitándome lo de baby y ser solo Jane, como habría querido mi madre.

En el trapecio formaba parte de un trío apodado Los voladores y con ellos mi nombre no salía a relucir. Ahí iba disfrazada de rubia con una peluca que me traía de cabeza, ay que se me cae por muchas horquillas que me clavaba para sujetarla.

Con el tiempo, sí, Jane a secas, o mejor tirar por el camino de en medio y Juana. Pero, qué te cuento, Pancracio, como si importara cómo nos llamamos.

Lo que tal vez sí recuerdes fue cuando te compramos ropa porque te habías quedado con lo puesto. Hicimos una colecta, ya sabes cómo somos de piña los del circo y tiramos hasta el mercadillo. Tú encantado de estrenar aquel chándal rojo, un niño con zapatos nuevos.

Esos días de calma después de la tormenta, el circo se quedó estancado y todos aprovechamos para arreglar asuntos propios; nosotros, adaptándonos el uno al otro, con lo dócil que eras, fue coser y cantar.

El director consiguió vender los reptiles y el circo pudo al fin emprender el camino. Así fue cómo salimos de aquel atolladero y te prometo que respiramos aliviados cuando dejamos atrás aquella calma chicha para seguir de pueblo en pueblo, peinando La Mancha y más allá.

Capítulo 3 Ver, oír y chillar


Me podría haber quedado allí toda la vida, pero me largué. Ni siquiera supe bien por qué. Pero ¿ellos sabían por qué me sacaron del cobertizo para encerrarme en un zoo? Tanto trasiego ¿pá qué? De jaula en jaula y tiro porque me toca. Fugarme del zoo igual fue un intento algo desesperado de volver. Volver a la selva.

Hacía un frío de mil demonios, pero esa no fue la razón. El frío no fue la excusa.

El caso es que me abalancé sobre el cuidador, sin motivo. Lo pillé desprevenido y lo empujé contra la puerta cuando el hombre se salía, con el cubo ya vacío. No tenía nada contra ese pobre hombre: nos daba de comer y limpiaba nuestra porquería. Así que debió de ser un ataque de rebeldía. Un impulso descontrolado, ponte.

El pobre chilló y el cubo se le cayó y rodó como una peonza. No me lo pensé (qué tonterías, si yo no pensaba) y, sin darle tiempo a reaccionar, me puse a correr como un poseso (y eso que correr tampoco no es lo mío). El todavía atinó a cerrar la puerta con llave, por los otros. Y llamó con su silbato, silbó silbó, para dar aviso de mi fuga.

Yo me encaramé al primer árbol y desde ahí observé cómo acudían sus colegas. Él les explicó lo ocurrido, escenificándolo con aspavientos. Hombres desconcertados, daban esa impresión. No me moví de mi escondite, ni respiré (o casi).

Pronto sonaron las sirenas y llegaron varios furgones cargados con más hombres. Estos iban armados. (No los suponía tan puestos en la vigilancia.) Nuestro cuidador, abochornado, se justificaba ante sus superiores que lo tacharon de negligente, cuando ni siquiera había sido un descuido, fui yo quien lo empujé. Él eso lo repetía: que no había podido impedirlo, que no se lo esperaba de mí. Tenía las orejas gachas. Daba pena y los otros también, tan alterados. No había motivo para tal alarma, yo no era más peligroso que un mono con navaja. De momento solo fue una travesura y de pronto se me iba de las manos. Ya me obcequé: pues no me rindo.

Salir… La tentación me daba vértigo. ¿Qué habría más allá del recinto, selva o cobertizo? Ni idea, pero lo desconocido me intrigaba. Cerré los ojos para no seguir viendo cómo se afanaban en la busca. En mi busca. Mientras, procuré pensar en ese paisaje mío que siempre me tranquiliza: la selva. Echar una cabezada y entrar en lo verde por la puerta grande habría sido lo suyo, pero imposible conciliar el sueño por la zozobra. Desde el árbol y entre parpadeos, seguía sus siluetas achicadas. Se veían tan frágiles que me pareció ridículo haber creído tanto tiempo que eran capaces de dominarnos, no solo a nosotros los chimpancés (de relativo buen talante), sino a los leones (más fieros), a las panteras (tan oscuras como impredecibles). Y también al tigre (el más temible). En ese arca de Noé varada, nos hacían convivir entre especies dispares: canguros con ñus o cebras con bisontes. Sin respetar las distancias continentales.

Al oscurecer dejaron de buscarme y ya aproveché para saltar la verja.

El suelo era duro. Los vehículos a todo gas me dieron miedo. Para nada la selva… ¿Hacia dónde ir? Ni idea. Atontado, choqué contra una mujer que gritó despavorida. Su perro me ladró. Yo chillé. Vaya numerito…

Me refugié en una arboleda. Estaba solo. Escuchaba mi respirar agitado. Me encaramé en el árbol más alto y anduve por las ramas, descolgándome. Ese ejercicio me sosegó.

Pronto se acabó el oasis y de nuevo me tocó pisar tierra. Tomé aliento. La cabeza me zumbaba. Me acurruqué. ¿Debilidad? Por mi mala cabeza me había quedado sin cena y ahora lo lamentaba. Buscar algo que llevarme a la boca se volvía urgencia, pero ¿dónde? Hurgué en una papelera y encontré restos. A pesar de su sabor bastante repugnante, me los tragué. No era mucho, pero sí suficiente para engañar el hambre.

Seguí a escape como un fugitivo, escabulléndome. Cuando se hizo noche cerrada, a cuatro patas que me manejo mejor, y a ciegas en la oscuridad. En terreno desconocido.

Tenía sed, el miedo me había resecado la garganta. Buscar agua. Di con agua, pero era tanta que me pasmó.

Entre brumas se mecían bultos sobre unas aguas plomizas. ¿Hipopótamos? Me acerqué a la orilla, por comprender. Bajé unos escalones que se hundían en las profundidades. Y eso, bajar la escalera, se dice pronto, pero eso a mí me zarandeó por dentro. Un sorbo de agua, primero, y luego otros que bebí en la palma de la mano.

Salté sobre uno de los bultos que se balanceaba. No me atacó (no era un hipopótamo). Era una embarcación, pero yo qué sabía. Ojo con el agua que no sabemos nadar, hubiera advertido mi madre; a los hondos, no.

Vi que no estaba solo, por ahí merodeaba un felino. Solo era un gato y se erizó al verme. ¿Tan feo soy? Le enseñé los dientes para que supiera con quién se las gastaba. Escuché pasos de humano y me escondí a lo polizón.

El hombre se subió a la barca. Respiraba con dificultad. Anduvo trajinando y puso el motor en marcha. Aquello zumbó. Zarpamos, sin posibilidad de volver atrás. Cuando ya navegábamos río abajo –aquella infinitud se había estrechado–, el marinero sacó una pipa y fumó mirando al horizonte. Su mascota se le acurrucó mientras maullaba, rastrero. ¿Intentaba delatarme? Su dueño se limitó a acariciarlo con una mano pesada y enrojecida. El felino se calló, resignado, pero siguió moviendo la cola con furia contenida. El viejo se puso a canturrear –los humanos son de parloteo; si están solos, acostumbran a silbar o cantar–. Yo miraba las ondas que se iban formando. Me fueron hipnotizando y casi consigo adormecerme, exhausto como estaba después de esa noche de fatigas. Procuré mantenerme alerta: dormir sería mi perdición. Sentía el alma abandonándome de a ratos y pensé: Voy a marearme. Pero mantuve el tipo.

Por fin aquella pesadilla se acabó y llegamos a buen puerto –un decir–. Seguí escondido hasta que vi cómo el tipo se alejaba, balanceándose sobre sus piernas, abrasadas de reuma (todas estas apreciaciones las cavilo ahora, entonces yo no sabía nada de nada). El viejo entró en la taberna del puerto. De adentro salían unas risas gruesas y estremecedoras. Al cerrarse la puerta del bar fue cuando ya salí de mi escondite. Al gato lo espanté con gestos contundentes, era necio. Tuve que esforzarme.

En tierra firme, anduve vagando más allá del embarcadero, quién sabe cuánto tiempo. Hurgando en las basuras. Asustando a los transeúntes. Huyendo, siempre. Buscando cobijo para dormir. Cuánto agobio. El reto era que no me pillaran.

En medio de tanta incertidumbre, ¿añoré la seguridad del zoo? Creo que no. A pesar de ser una vida regalada, me parecía tan tediosa.

En la calle, más que nada, pesaba la soledad. Soledad que ya había conocido en el cobertizo –si no fuera por aquellos niños–, pero que olvidé en el zoo gracias a la compañía de otros de mi misma especie, ese triste clan encarcelado que formábamos. Todos a una, sí, nos desperezábamos; cogíamos a sabor de boca; nos rascábamos unos a otros; y, cómo no, nos desparasitábamos. A veces, enseñábamos los dientes a aquellos visitantes cuando estos nos trataran con insolencia –de no ser por la valla, más de uno se hubiera llevado un susto–. Sobrellevar todo eso, sintiéndonos observados, era difícil. Se sobreactúa. En ocasiones, de puro hastío, le dábamos la espalda a la vida, comportándonos como los tres monos de la sabiduría: ese trío de uno que se tapa los ojos por no ver, el otro se tapa los oídos por no oír y el tercero se tapa la boca por callar. El alarde de la resignación. Al momento se nos pasaban las rabias. Sin rencores, nos descolgábamos casi como si fuéramos libres.

De cualquier modo, aquel parque era un sinsentido y por eso tuve que fugarme. (Una suposición que saco ahora: entonces ni pensaba.)

La selva, nada que ver con el cobertizo. Ni con el zoo. La selva es otro mundo. La vida, un dejarse fluir, imitar a los mayores, comer y protegerse. Rascarse sin complejos no está mal visto. Saltar para pillar lo que fuera, todo al alcance de la mano. Coger sin tapujos. Sin manías. Las disputas, cuando salen a relucir, se resuelven enseñando dientes. A mordiscos. A zarpazos. Al momento borrón y cuenta nueva, sin resabios. Yo me descolgaba, sin disimular mi torpeza de cachorro, entre aquellos enramados tan fabulosos. Me acuerdo tanto de aquellas ramas. O me caía de bruces y volvía a levantarme como si tal cosa, sin pizca de sentido del ridículo. Eso era la selva. Y su banda sonora: millones de pájaros reclamando y otros sonidos impensables. Claro que había peligros… Por todas partes y a todas horas. Pero estaban los demás al tanto. Nunca te alejes del grupo era lo que me repetía mi madre.

Pero un día me descuidé y esa fue mi perdición. Me lució el pelo por desobediente. Por mucho que chillé, nadie pudo ayudarme. Me habían cazado.

Fue cuando me metieron en la jaula y ¡al cobertizo! No sé cuánto tiempo duró aquel encierro. No pensaba en nada, solo maldecía mi mala pata. Hola, guapo, ¿cómo te va? me preguntaba la nena. ¿Para qué le dices nada, si no sabe ni hablar? se burlaba el niño y me sacaba la lengua. Pero un día los dos dejaron de venir y yo me hundí.

Al poco –¿días o algún otro tiempo que no conocía? –, me sacaron a la luz y me transportaron en un jeep. El sol me cegó después aquel tiempo de penumbra. Del resto no recuerdo bien, entre dormido y desmayado (debieron de pincharme algo para que no diera la lata). Y fue mejor así porque, de haber sabido que viajaba en la bodega de un avión, la habría palmado de puro espanto. (Estas reflexiones son de ahora, que entonces, como ya dije, ni papa. Que entonces yo solo sabía de selva, no selva. Libertad, cautiverio. Madre, no madre. Luz, sombra. Jaula quieta, jaula se mueve. Silencio, ruido. Niños que vienen a verme, niños que ya no vienen a verme. Poco más.)

La impronta del paraíso perdido, selva y hasta cobertizo, se va diluyendo cada amanecer lechoso de esas otras vidas que voy coleccionando, como sueños. Como pesadillas. Recuerdo lo de coger, descolgarme, como si fuera ayer. Pero es recuerdo. Solo eso.

La fuga del zoo, de la que no me arrepiento aunque haya sido un sinvivir hasta dar con el cobijo de esa bendita despensa, fue mi mayor osadía.

Pero poco dura la alegría en casa del pobre y poco me duró a mí el refugio aquel de la despensa. Cuando ya me creía a salvo, me tocó largarme.

Culpa de la portera que mangoneaba el edificio —para eso la pagaban, a la señora—. Andaba mosca, ese tufo era bien raro… ¿Alguien andaba rebuscando en las basuras? ¿No se habrá colado algún mendigo? ¡El colmo! De seguir el hedor, avisaré al propietario del inmueble, advirtió.

Abandonar la despensa ya mismo, decidí de pronto. Lástima, ahora que ya tenía mis rutinas establecidas. Me había encariñado con esa nena de ojos tristes que me visitaba al anochecer, una nena que no decía palabra pero me miraba muy seria y me deseaba las buenas noches y yo se lo agradecía de corazón. Algunas noches me pareció que esa nena, la triste, olía como la niña del cobertizo, pero debían de ser figuraciones mías. Sí, rutinas, rutinas que convertían aquel encierro pasajero en la despensa en algo parecido a una vida. En mis rondas ya tenía localizados los mejores cubos de basura próximos a los restaurantes de lujo o en apuros también revolvía en los del inmueble –de sobra lo sabía la portera–.

Para mí, Bruselas fue esa despensa, un parque vacío a medianoche, el olor a fritanga, los tranvías amarillos. Una contención pasada por agua. La imposibilidad de comerme todas las chocolatinas del mundo. El empedrado de adoquines cuadrados siempre resbaladizos. La lluvia, siempre la lluvia.

Pasaron otros días, ya fuera de mi escondite, otra vez de vagabundo. Y en seguida volvieron a pillarme… Fue que me quedé dormido en un banco del parque, por descuido, y cuando desperté estaba atrapado en una red. Hasta al mono más listo se le cae el zapote. No avisaron a la policía ni me devolvieron al zoo, como temí.

Esa gente me secuestró con idea de venderme.

No les fue tan fácil encontrar comprador y el viaje se nos alargó en un sinfín de carreteras, con paradas en terrenos baldíos o bajo los puentes. Así debimos de atravesar Francia, país que podría resumir en paisajes fragmentados por la ventanilla, pues casi ni me sacaban de la furgoneta. Solo en lugares apartados y por las noches.

A medida que nos acercábamos al Sur, sentía cómo mis huesos se secaban gracias a la tibieza del sol que recalentaba la chapa, pero que yo agradecía. En los improvisados campamentos, nadie se acercaba a mí a no ser para incordiarme. Eso me sorprendía, en especial de los niños. Se ve que estaba mal acostumbrado con los críos: risas y cacahuetes y escondites, eso creía yo que eran siempre los niños. (El feo que me hacía algún mocoso sacándome la lengua nunca se lo tuve demasiado en cuenta ni tampoco las burlas de algunos visitantes del zoo: eran hechos aislados.) En cambio estos niños, desarrapados, tiraban a darme con latas o pedruscos. Y tenían buena puntería. Yo estaba atado con grilletes así que solo podía gruñir y lo de siempre: enseñar los dientes. Aquellas gentes de las furgonetas, siempre de acá para allá, malvivían con desperdicios de los arrabales. A salto de mata. Imagino que yo para ellos no era más valioso que chatarra, un objeto de cambalache cualquiera. ¡Qué bajo había caído!

Finalmente consiguieron venderme a un hombre de circo, que me miró los dientes antes de pagarles cuatro perras. No lo mordí porque supo cómo abrirme la boca y me pasó el guante por los hombros.

Capítulo 2 Más se perdió


Me pillaron.

La rubia de la primera fila se quejó a la profesora: le faltaba la pluma, la que le habían regalado por su cumpleaños, y lloriqueaba.

La profesora nos preguntó si alguien sabía algo de esa estilográfica. Nadie contestó, pero algunas niñas se voltearon por mirarme. No saldremos de clase hasta que no aparezca y más vale que aparezca. Pasó un ángel, o dos. Revisaré vuestras carteras una por una, nos amenazó. Entonces, la chivata de turno, que siempre tiene que haber al menos una, me acusó. Fue ella, la nueva, escupió. La profe me preguntó. No contesté, estaba abochornada. Tu bolsa, me pidió. Buscó y pronto encontró la dichosa pluma. Otras nenas aprovecharon entonces para denunciar otros robos míos y todo salió a relucir: la escuadra de esta, el estuche de esa, el compás de aquella. La maestra me exigió que lo devolviera todo todo al día siguiente. Sin falta, recalcó.

Como era de suponer llamaron a mis padres. Menudo rapapolvo.

Mi madre se lo tomó fatal. No se puso en mi piel, sino puso en lo peor. Serás una delincuente, anunció casi triunfal, como si de pronto hubiera descubierto mi vocación precoz, y esta fuera, qué sé yo, primera bailarina o veterinaria, algo así de qué fardar. Mocosa, te vendría bien una temporada en el internado, dijo. Esclava del qué dirán se mortificaba; qué pensarán de nosotros, ni que te faltara de nada.

Mi padre farfulló que de tal palo (sin concretar a cuál de los dos se refería).

Me llevaron a un psicólogo que no me entendió, ni fue capaz de sonsacarme nada. Que se me pasaría. Algo tenía que concluir después de la factura que acababa de endilgarles.

Podría inventarme escenas de noticias, pero para qué. Fuera porque no la debíamos, la sangre no llegó al río –no la nuestra–. No hubo más que lo que presencié. El caso, tuvimos que salir por pies. Me ha costado lo mío superarlo. Ahora que soy mayor, puedo contarlo con distancia, sin acallar a esa desquiciada niña que fui.

Bramó la voz: Nos llevaremos primero las tierras; segundo tu casa; tercero tu coche; después a tu mujer. Ah, y también la radio. Y rieron sus risas contagiosas.

Por ese orden. Así fue ese discurso que parecía un mal chiste, además de otras cosas que no entendí o que ya no recuerdo. Pero eso, lo de “primero tu tierra, segundo tu casa y todo lo demás” se lo escuché tantas veces a mis padres que acabé por sabérmelo de memoria. El padre nuestro del miedo.

A pesar de ser tragedia anunciada, el pronóstico resultó aterrador. Amenaza sin escapatoria. Ahora sí, había llegado el temido momento. Mira, aquella calma chicha no podía durar… De sobra se sabía que tarde o temprano tocaba irse, solo que no encontraban el momento. Nunca era el momento. Tantos intereses creados…

No se atreverán, en el fondo no les conviene. Necesitan de nuestras normas, independizados no sabrán organizarse si solo sirven para obedecer, repetían mis padres. El acomodo con tal de posponer lo inevitable. Claro que la situación era desigual, nuestro minúsculo país los había colonizado; su sed de independencia, un secreto a voces. Pero ¿a qué venían tantas prisas? No estaban preparados… El continente se había dividido a golpe de escuadra y cartabón. Al tuntún. A nosotros nos había tocado aquella tierra frondosa y repleta de diamantes. Y fue que nos había tocado la lotería.

¿Y qué? Bastante tenemos con vivir a tantos kilómetros de nuestro país, solían decir, atribuyéndose méritos. Somos quienes ponemos orden y concierto en este tinglado, ¿no les basta? Visto así, parecía incuestionable.

¿La independencia para qué, si no saben nada de civilización? aventuraban con la ceja levantada. Argumentos para acallar malas conciencias; la cantinela de sus cócteles en los que ya no se hablaba de otras cosas.

De eso y del servicio doméstico. De lo muy desobedientes que eran los negros y de su escabrosa tendencia al canibalismo –comentarios que hacían a deshora, sin reparar en el camarero encargado de servirles el ágape–. De contratiempos, como el retraso del correo o de la escasez de ciertos artículos que ellos estimaban de primera pero bien sabía que eran fruslerías. De remedios contra las plagas de mosquitos o de la falta de quinina, imponiéndose lo cotidiano unos minutos sobre los que en seguida pasaban de puntillas, huyendo hacia otras superficialidades. De cómo fulanita se había echado un amante o de cómo mengano se la pegaba a la misma con su secretaria. Trivialidades así salpimentaban esas tertulias. Ah, y la caza, vanidad del círculo masculino, y tantas frivolidades como fueran capaces de cotorrear las mujeres en esos corrillos del desabrido club que integraban.

Apagaron el transistor y mi padre llamó a la embajada. En vano, la centralita debía de estar colapsada. Gritó, rabioso, que era el colmo, y mi madre que ya se veía venir. Nosotros, calladitos. Los criados conteniendo la respiración. El hombre hizo un último intento de telefonear a sus socios. Para atar cabos y no dejar sus negocios al pairo. Esta vez ni siquiera logró establecer comunicación, al parecer habían cortado la línea. Eso lo sumió en la desesperación y, en lugar de pasar a la acción, se quedó bloqueado mirando el auricular.

Entonces mi madre lo zarandeó, pero viendo su estado medio catatónico, se arremangó y se puso ella a organizar un plan de evacuación.

No hay tiempo que perder, declaró. Y empezó el frenesí. Correr o casi volar, escaleras arriba y abajo, abrir y cerrar armarios. Todo con un nerviosismo impropio en ella –derroche de compostura–. El servicio doméstico a cumplir órdenes como quien concede las últimas voluntades a un moribundo. Difícil tarea para estos infelices, pues al instante ella se contradecía. Y los criados daban en loco de no saber si obedecer o largarse. Histérica les ordenaba empaquetar nuestras pertenencias, ay, pero rectificaba en el acto. Al diablo, las cosas, rezongaba, lo importante era salvar la piel. El instinto de supervivencia cómo establece prioridades… Muertos, de nada nos servirán, las putas cosas.

Traté de imaginarnos a todos nosotros muertos, tirados en una cuneta y rodeados de nuestras cosas. Literales que somos de críos. En medio del caos, no habían reparado en la ropa tendida, algo insólito en ellos, maestros del cuchicheo y del tapujo. Obvio, estaban tan asustados como sorprendidos por el repentino giro de los acontecimientos y no sabían ni por dónde andaban. Que todo apuntaba a una inminente revuelta se veía venir, pero no se lo habían tomado en serio; lo terrible aunque inevitable nunca lo queremos para ya, lo aplazamos para un nunca jamás, imposible-que-a-nosotros-nos-pase-eso. De pronto ahí estaba, y se palpaba, la dichosa rebelión. que prometía ser encarnizada. Habían subestimado las señales, no obstante, bien evidentes.

Nosotros, mi hermano y yo, también estábamos impresionados, pero sin llegar a comprender la gravedad de la situación, ¿qué podíamos entender, tan pequeños?

Habíamos presenciado la escena porque jugábamos en la sala al amparo del calor cuando los mayores, que dormitaban con la radio encendida, nos impusieron silencio. ¡Chute, niños, callaos! Obedecimos y oímos el ultimátum. El estupor de los adultos, la súbita palidez de mi madre, fueron más que nada las señales que nos alarmaron.

Al principio creímos que se trataba de un cuento. La voz del hombre de la radio se parecía a la del lobo de esos teatrillos que veíamos en el parque los sábados por la tarde. Por eso no entramos en seguida en pánico. Al ver el impacto que había provocado en los mayores quedamos aturdidos. Amedrentados, nos arrinconamos. Intentar pasar desapercibidos para no entorpecerles el paso. Sobre todo, no molestar. En fin las precauciones que tomábamos a diario y que aquel día extremamos. Escaldados, expertos en hacernos invisibles, así andábamos cada día y ese día hasta dejamos de andar, fuimos del todo invisibles.

A los criados se los veía desconcertados, como ya dije, pero no tan confusos como sus amos. Por lo visto no tenían tanto que perder, ellos; quién sabe si algo que ganar… Así con todo, procuraban satisfacer las atolondradas demandas de la señora. De natural caprichoso, cualquiera le rechistaba… Entamaban un paquete; lo dejaban inacabado; no resolvían. ¿Esto también, señora? preguntaban blandiendo una sombrilla. Ella no atinaba a concretar… Ah, la sombrilla, y dejaba la respuesta en el aire, se largaba a otro cuarto taconeando con furia. Él, el amo, todavía alelado, intentaba asumir la derrota sin pasar a la acción.

Cerraron las ventanas y corrieron los visillos, las mosquiteras y las contraventanas. Todo a cal y canto. La voz de mi madre sonaba ronca. Su rostro, desencajado. Una máscara grosera, su propia caricatura de súbito envejecida. Siempre tan pendiente de su aspecto, tan coqueta ella, si se hubiera visto le habría dado un pasmo… Pero pasaba delante de los espejos sin hacerse guiños ni atusarse el recogido. Sin mirarse.

A pesar de todo, tomaron té, no en el porche como de costumbre. Nada de pastas o mantelitos. Sin aburridos juegos de mesa. Sin canciones, y a pie firme.

No cayeron en la cuenta de que los niños, los últimos monos, no habíamos siquiera merendado. Por suerte la cocinera se apiadó de nosotros y nos preparó unos bocadillos de mantequilla. Los comimos en silencio, acuartelados en una cocina medio desmantelada, mirando de reojo el desbarajuste de aquella improvisada mudanza. Ah, mis niños, mis pobres niños, se lamentaba Denise, suspirando. Mes enfants, mes pauvres petits.

Mandaron cargar el equipaje en el automóvil. Y esa fue la última orden que dieron. Apenas cuatro bultos elegidos no sin repiques. La vajilla de porcelana de Limoges hay que embalarla, ni hablar de dejarla aquí. Fue un regalo de boda, ¿no te acuerdas? No, mi padre no se acordaba y le contestó sin miramientos que qué diablos quería hacer con esos cacharros mundo adelante. Un incordio, llegarían hechos añicos. La perspectiva pareció desarmarla, pero solo un instante. Comer, digo yo que habrá que seguir comiendo, murmuró. Mejor ir ligeros, vete a saber cómo estarán los caminos hasta el aeropuerto fue lo que terció mi padre, persuasivo. Bien pensado, a la mierda la sopera, admitió mi madre en un asombroso arranque de desinterés.

Y eso fue lo que más nos extrañó, lo más insólito de todo aquel follón, que no se enzarzaran en una negociación interminable, que ella cediera sin más, desprendiéndose de su vajilla, esa que, en verdad, solo usábamos los días de fiestas o si había convidados.

¿No pretenderás que deje las joyas? atinó a decir. Descuida, mujer, las joyas, ni muerto. No ocupan lugar y nos sacarán del apuro, la tranquilizó suavizando el tono, tal vez conmovido por el extraño temblor en la voz de su esposa, siempre tan autoritaria.

Quiso saber si ella había cogido los pasaportes. No los encontraba en el cajón de la mesita, donde debían estar. Mi madre lo tranquilizó, la cartera con los documentos estaba a buen recaudo, en su bolso de mano.

Pues no se hable más, que el tiempo apremia, fue lo que él sentenció, sabiendo quizás que esta sería la última frase que diría al pie de aquella escalera imponente. La última que pronunciaría como señor de la casa.

Un minuto, dame un minuto, que solo tengo dos manos, protestaba mi madre, ella que no solía usarlas a no ser para llevar sortijas.

Así anduvieron, apurados; blasfemando y dando portazos; sacando y guardando bártulos; despidiéndose a la francesa de aquella mansión que había sido nuestro hogar; sin permitirse siquiera un instante de melancolía, una mirada hacia el piano todavía abierto en el ángulo oscuro del salón, un acariciar la barandilla de caoba de la escalera; claudicando hasta del vicio que tenían de discutirlo todo, al fin unidos por la desgracia.

El personal doméstico no sabía si despedirse o no. Los pillé confabulando en la cocina, cuchicheaban con los ojos en blanco. Callaos delante de la niña, impuso Denise. La ferme, les petits !

En algún momento también vi que mi padre cargaba su revólver. Sus manos temblaban y eso fue lo que me impresionó, porque verlo enredando con armas era lo normal pero siempre con pulso firme, no con esos temblores.

También vi, a través de una puerta entreabierta, que mi madre gastaba ese minuto que había suplicado, su minuto, en pintarse la boca de carmín. Nunca salía de casa sin hacerlo, fuera donde fuera. Pase lo que pase, ella, genio y figura.

Anochecía. Se oían los sonidos propios de la selva, aunque más acolchados por eso de las ventanas cerradas. Se escucharon tiros y voces, a lo lejos.

Mi hermano, que era un miedoso, se cogió a las faldas de mi madre. Yo me hice la valiente, como si nada… Ecos de cacería, fuegos artificiales, quise imaginarme. Por dentro temblaba.

Al pequeñajo y a mí solo nos dejaron coger lo imprescindible, una muda y un peluche. Atrás dejamos libros y juguetes, si bien el señor de la radio no había mencionado interés por los cachivaches de los niños. ¿Para qué los querían? si jugaban con palos, piedras y neumáticos pinchados, ellos.

A medianoche subimos al auto como fugitivos. Seguían los tiros, el rumor de las reyertas. El lloriqueo de mi hermano.

Denise nos abrazó, pero mi madre, impaciente, interrumpió la despedida. No había tiempo para sentimentalismos. En eso del cariño era como el perro del hortelano.

Fue así como dejé mi casa, mi mundo. Casi ni me despedí de la niñera que nos había criado (mis padres siempre ocupados en sus historias no tenían tiempo para dedicarnos, azotados de fiesta en fiesta, diplomáticamente agotados). Allez, soyez sages… Ahora daría mi reino por unas risas de Denise.

Recuerdo el episodio como una película muda, ritmo acelerado, luz y sombra, susurros de drama. Una pesadilla vertiginosa. ¡Qué cosas, todavía se me aparece en sueños!

El trayecto fue sobresaltado, el coche brincando de bache en bache. Tuvimos suerte, ni nos cortaron la cabeza ni violaron a mi madre, como habían sentenciado. De chiripa.

El resto, las tierras, la casa y la radio quedaron atrás. “Más se perdió” en no sé qué guerra concluía mi padre al referirse a ello.

Llegamos maltrechos, aunque sanos y salvos, al aeropuerto, donde nos encontramos con otras familias tan atemorizadas como la nuestra. Todos nos subimos al cochambroso avión sin reparar en su lamentable estado, pues no estábamos para exigencias. Era nuestro rescate.

Ya habíamos tomado asiento cuando me acordé de los animales enjaulados, sobre todo del cachorro que nos festejaba. ¿Qué sería del monito?

Intenté hacerle la pregunta a mi madre, pero estaba consolando a una señora llorosa y no me hizo caso. Nena, ¿no ves que estoy hablando con esta señora? Supuse que los criados los devolverían a la libertad, al mono y a los demás animales.

A esas fieras las traían hombres negros a quien mi padre pagaba. Muchas veces los vi haciendo el trato. Los blancos no hacían esos trabajos, pero sí los encargaban. Porque no estáis preparados para la selva, diría Denise riéndose. Bueno, tú sí, añadiría acariciándome el cogote. Toi, oui, ma p’tite.

Mi hermano y yo teníamos prohibido acercarnos al cobertizo donde los guardaban bajo llave. Hacíamos caso omiso de la norma y al mínimo descuido entrábamos para contemplarlos; nos fascinaban. Falta que te lo prohíban para que… Sus miradas acorraladas nos daban pena, intuíamos algo turbio en aquel encierro. Por tener pocas diversiones, jugábamos con ellos como si fueran muñecos, respetando los barrotes, sin meter las manos por si acaso. Algunas veces los incordiábamos, es verdad, pero no con malas intenciones, cosa de críos.

Si Denise nos pillaba, nos reñía. Pero burlábamos su atención. Un día tendremos un disgusto, nos advertía. Son animales salvajes, no mascotas. C’est pas n’importe quoi, c’est des bêtes, pas des joujoux !

Pero Denise, la pobre, siempre tan ocupada con las innumerables tareas de la casa, no daba abasto, y aunque nos vigilaba tampoco tenía cuatro ojos. No paraba desde el amanecer hasta entrada la noche, Denise, que se dormía sobre la mesa de la cocina.

Mis padres la levantaban de madrugada al volver de sus cuitas con cualquier pretexto, prepararles un baño o una tisana. Tenían ese cuajo. Y ella, que dormía vestida, se levantaba como si tal cosa, ahora mismo señor, por supuesto señora, les decía arrastrando los pies descalzos. Mais oui, M’sieur, tout de suite. Ça vient Madame ! A sus espaldas les hacía muecas y burlas. Si yo la pillaba, me guiñaba un ojo. No hacía falta que me hiciera mutis porque no me pensaba chivar. A Denise yo la adoraba.

Un día, que llovía tanto como si fueran a ahogarse las casas de nuestra calle, llegó un hombre chorreando. Recuerdo que dejó su paraguas en el paragüero y que se formó un reguero que llegó hasta la mitad del pasillo. Lo recorrí a la pata coja y mi hermano, que era peor que un mono, no tardó en imitarme.

El hombre de la gabardina mojada estuvo hablando con mi padre y supimos que discutían porque sus voces se oían hasta detrás de la puerta cerrada. El hombre amenazó a mi padre con encerrarlo como él hacía con los animales. Tráfico ilegal, especies protegidas, secuestro, gritaba. Se las verá conmigo, acuérdese, y no tardando. A mi padre se ve que esas palabras le resbalaron; no lo amilanaron y siguió con la trata hasta el último día como si aquel hombre nunca hubiera irrumpido en medio del diluvio para chorrearle.

Cuando años más tarde, cuando se vio envuelto en problemas con la justicia por otros tejemanejes, comprendí que sus maniobras de contrabando con los animales habían sido un ensayo para pasar a mayores. (Pero esa es otra historia, que se dice.)

Sus actividades, siempre rentables y sin miramientos, al margen de la ley y de manías morales, estimulaban su carácter aventurero –y de paso pagaba nuestras letras–. Trapicheaba, aunque a mamá le gustaba decir que su marido era un importante hombre de negocios. Ella, con tal de medrar y de aparentar, hacía la vista gorda y de tripas corazón.

Aquella huida fue mi primer viaje en avión y eso, a pesar del acento trágico, fue toda una aventura.

Miraba por la ventanilla, siguiendo el larguísimo río que serpenteaba partiendo en dos la inmensa selva esmeralda. Después, todo se volvió aridez. Luego, el interminable océano plateado, demasiado azul para mi gusto, que me intranquilizó más que la selva, por peligrosa que fuera.

Mi hermano se mareó. Yo, no. Estaba entusiasmada descubriendo el mundo desde esa nueva perspectiva y había acumulado demasiada adrenalina como para vomitar en un saquito de papel. Mi madre se abanicaba con un folleto. Mi padre se quitaba el sudor de la cara con un pañuelo ya sucio. Nunca lo había visto sudar de aquella manera. Con esa pinta de azorados parecían borrachos de los que rondaban por el pueblo los sábados de paga.

Dijeron que había turbulencias, pero no tormenta. Por suerte, lo peor ya pasó, mascullaban…

Creo que lo peor fueron esos soldados que nos apuntaron con metralletas al llegar al aeropuerto. Aunque los negros nunca me habían asustado, reconozco que esos nos miraban mal, que hasta yo me di cuenta, tanto que mi madre agachó la cabeza al pasar como si la hubieran pillado in fraganti y la fueran a castigar.

Después de unas horas, llegamos “al país”, como llamaron a ese paisaje de maqueta. Desde la ventanilla vimos las casas, los campos, los bosques y las carreteras, todo tan ordenado que parecía de juguete.

Dijeron que era nuestra patria, que se habían acabado las preocupaciones. Mintieron, o se engañaban, siempre tan cínicos. ¿Ilusos, inconscientes? No sabría decir…

Los hombres cantaron el himno nacional y alguien descorchó una botella para brindar. Algunas mujeres lloraron. Por la emoción, justificó mi madre impostando su voz de soprano.

Me puse a canturrear una canción del repertorio de Denise, esa que ella cantaba al hacer la colada, sin saber por qué, supongo que por descargar la tensión acumulada. Mi madre me fulminó con la mirada como hacía cuando me consideraba inoportuna (casi siempre).

Al bajar del chárter todo fue bruma.

Intenté respirar hondo y sentí vaho en vez de aire. Tuve frío y mi madre se reprochó –raro en ella poco dada a la autocrítica– no haber previsto unas chaquetas. En seguida se justificó, se acabó el padecer aquellos calores infernales. Yo estaba acostumbrada al clima ese, al que ella llamaba infernal: el único que conocía, pero ella insistía en tachar aquellas temperaturas de insoportables. Cierto que en el avión echamos en falta ventiladores como los de casa, esos que colgaban de los techos y funcionaban día y noche, hipnotizando con su runrún. Por eso, por no haber ventilación –el aire acondicionado llegó después– fue por lo que llegamos empapados, con la ropa pegada al cuerpo. Por eso y por el terror que les hizo sudar como pollos. Ni siquiera mi madre se había librado, ella también apestaba. Un olor agrio, desagradable, que por una vez le había vencido el pulso a su perfume caro.

Volví a pensar en las bestias que olían a amoniaco y a paja mojada. Qué peste, soltaba siempre el renacuajo de mi hermano, tapándose las narices al entrar en el cobertizo. No van a oler a rosas, encerrados como están, le recriminaba. A mi mono lo adoraba y no admitía la más mínima crítica. Antes habría preferido que mi hermano se metiera con cualquiera de mis muñecas. Pauvre bête ! era mi lema.

Subimos a un taxi y mis padres empezaron a discutir –ya tardaban–. No sabían si ir a casa de la madre de mi madre o a la de mi padre. Se decidieron por la de mi madre. Por la cuenta, tenía más habitaciones, aunque sospecho que, de no haber sido así, ella se habría salido igual con la suya. Era de las que siempre se lleva el gato al agua.

Nos explicó con su voz acaramelada, la que reservaba para los invitados, que por fin conoceríamos a la abuela. Hasta ese momento nunca se me había ocurrido pensar que tuviéramos una abuela.

El auto se detuvo frente a una casa con jardín y nos recibió una señora que era como mi madre, pero arrugada. Por lo visto era la abuela.

Hablaron sobre nuestra forzosa huida. Una situación inaceptable. Inadmisible, exclamaban separando mucho las sílabas.

Desde que salió del coche, mi padre se quedó apartado –y así, se mantendría, siempre disminuido, mientras duró aquella convivencia–. Su suegra, que parecía haberle quitado el aplomo, apenas le dirigía la palabra. El tono de reproche (por cosas del pasado que solo ellos entendían) fue una constante entre ellos, creándose tales tensiones que mi padre acababa largándose dando un portazo. Mi madre se hacía, entonces, la víctima, y la abuela aprovechaba para recriminarle no haberle hecho caso en casarse con un tal René, todo un caballero, un buen partido, no como ese fracasado. Así lo tildaba a su yerno, de fracasado. Un raté.

La casa olía a mantequilla rancia, a apio cocido y al petróleo de la estufa. En la cocina ni rastro de criados. En seguida eché de menos a Denise. Mi hermano la llamaba; primero con su vocecita de malcriado; después con rabia al ver que no acudía; ¡Denise! ¿dónde estás? Denise, ¡ven o te vas a enterar! chillaba el muy infeliz. Pero Denise ya no dijo nunca: j’arrive, j’arrive.

Estuvieron unos días ocupados en bañarnos. Vete a saber qué enfermedades raras traíamos de ese horrible país, decía la abuela. Qué tontería, si teníamos una salud de hierro, habíamos sobrevivido a la hepatitis y a todas las fiebres imaginables.

Aun así, nos llevaron al médico para una revisión y de paso unas cuantas vacunas. ¿Son hermanos? le preguntó el doctor a mi madre. Ella le contestó –muy digna– que por supuesto.

También nos arrastraron de compras para rehacer nuestro vestuario. No teníamos ropa de abrigo. Además, les parecía que no podíamos andar por la ciudad con esas pintas de granjeros, como calificaba la abuela a nuestros atuendos.

A mi hermano todo lo que probaba le sentaba como un guante. Una monada, este niño es una monada, admiró la dependienta de esa fabulosa tienda en la que descubrimos con asombro las escaleras mecánicas.

La niña no es tan agradecida; los tonos beis o marrones no le sientan bien; los oscuros, tampoco; y los vivos la hacen tan vulgar, tan ordinaria, añadía mi madre acongojada. Ese tipo de comentarios eran los que yo escuchaba mientras me probaba no sé cuántos vestiditos y un montón de absurdos complementos que hasta entonces, gracias al clima ecuatorial, me había ahorrado, que si rebecas, que si cardiganes, que si abrigos, que si leotardos… Hasta zapatitos de charol y unas botas de piel, calzado que hasta entonces nunca había usado y que sentí como una garduña en los pies. Un tormento.

Otro día visitamos al peluquero. Esta niña tiene un cabello intratable, protestó al intentar peinarme. Al mocoso le hicieron un corte a lo paje que lo afeminaba, pero del que quedaron muy satisfechas.

Estáis hechos unos salvajes, no paraba de repetir esa réplica arrugada de mi madre. No nos queda nada que pulir, decía. Yo pensaba que solo a los negros se les podía llamar salvajes, por eso me sorprendió. Cuando pienso, qué ideas tan tremendas nos inculcaban…

Sin duda, nuestra abuela nos encontraba impresentables y nos aislaba de su círculo en una especie de cuarentena (de la que, me temo, no hemos conseguido zafarnos nunca, al menos yo).

Mi hermano se adaptó mejor porque era un calco de mi madre. Esas cosas de la genética cuentan mucho, pero yo entonces no lo sabía y me mortificaba pensando no estar a la altura. No tenía ni el desparpajo de mi madre ni la arrogancia de mi padre. Notaba cómo la abuela me observaba con suspicacia y se preguntaba en voz alta que de dónde habría salido yo, tan tosca.

No me gustaba esa abuela. No me gustaba su casa. No me gustaba mi nuevo país. Anduve como alma en pena, enferma de morriña. Por las mañanas amanecía con mala cara y se empeñaban en darme vitaminas, aunque yo era bastante alta para mi edad y no creo que las necesitara para nada, esas vitaminas.

Mi madre decía que era una niña incomprensible, que cualquiera estaría contenta de haber vuelto a casa, a nuestro país, pero yo no, yo siempre tenía que mortificarla. Y cuando decía esto se quedaba muy pensativa. Y suspiraba. Le había salido rana la nena.

Por fin adecentados, una mañana nos acompañaron a la nueva escuela. Se tienen que adaptar, decía. No pueden seguir encerrados. Cuanto antes, mejor. Creo que la agobiábamos porque ya no nos podía encasquetar con Denise.

Cuando entré en la clase todas me miraron. La maestra me indicó un pupitre vacío y me presentó. Entonces una niña me preguntó: ¿De dónde vienes? Le dije que del Congo.

Yo estaba tan asustada como las fieras enjauladas de nuestro cobertizo. Me sentía como un mono de feria. No sabía dónde meterme. No se me ocurrió otra cosa que preguntarles si tenía monos en la cara (pero eso ya fue en el recreo, en clase no levanté la mirada del suelo).

Como a cualquier recién llegada me hacían preguntas. Normal, la novedad. Querían saber. Me enfurecían por estúpidas, esas preguntas. ¿En África teníais casa? ¿Y tele? Yo ni respondía de tan ofendida que me sentía.

Entonces les robaba algo, cualquier chirimbolo sin ningún valor. Por preguntonas, hale. Me lo guardaba en los bolsillos y lo almacenaba en el fondo de mi armario. Mi botín. Insignificancias: una goma mordisqueada; medio lápiz; un prendedor de pelo; con suerte, un bolígrafo. Cosas que no necesitaba, yo que, además, detestaba casi todas las cosas, excepto mi columpio, esa tabla sujeta con una cuerda que se había quedado colgando del árbol. Robar era porque las chicas de la clase me miraban mal; lo hacía cuando sus sonrisas me parecían forzadas o si no entendía algo. Por sentirme tan forastera.

Nos habían educado para ser los jefes y aquí me situaban al mismo nivel de las españolas y las marroquíes (en contra de las que no tenía nada, al contrario, las toleraba mejor), pero eso me descolocaba. Me obsesionaba con indicios maliciosos, y a pillar. Como si con eso yo cambiara algo…

Me pusieron un mote: “Patricia, la ladrona”. Los niños no son nadie endosando sambenitos…

En casa les atosigaba con preguntas, pero me respondían que todo eso era agua pasada. ¿Seguro que no volveríamos nunca? les preguntaba. Ellos, implacables, me contestaban: Nunca más. Y al decirlo espaciaban las sílabas como cuando decían “inadmisible”.

¿Nunca más? Suplicaba una aclaración. Un bufido, me soltaban. Deja de dar la brasa con eso, nena, me decía mi padre. Del agobio me costaba respirar. La idea de la muerte –como final de las cosas– me parecía intolerable. Cuando el árbol cae los monos se dispersan. Así pensaba de mis padres: unos cobardes.

Algunas noches que no conseguía dormir pensaba en la idea de morirme. Denise me había contado algo sobre no sé qué de un paraíso. ¿Y si eso del paraíso fuera volver al Congo? Al final me quedaba dormida y soñaba con mi columpio, y esa idea, la de morirme, se me pasaba.

No te hagas ilusiones con recuperar nada, lo hemos perdido todo, le repetía mi padre a mi madre que se consolaba leyendo su revista preferida, Point de vue (de la que yo recortaba las fotos de ecos de sociedad para pintarles bigotes a los personajes).

 A mí tanta derrota no me caía en saco roto. Aprovechaba para volver a la carga con el mono y ellos decían: Vaya una cosa baladí, un mono…

— ¿Adónde se lo habrán llevado?

—Al zoo. Un día iremos, si te portas mejor.

No debí de portarme del todo bien porque mi padre nunca me llevó. Sí fuimos al de Amberes de excursión con la clase. Allí vimos animales increíbles y monos del mundo entero. Pero al mío no lo vi.

A Denise le envié un par de cartas que me devolvieron con la anotación de “destinatario desconocido o dirección equivocada”, no recuerdo. Imposible, me sabía las señas de memoria y el cartero a ella la conocía de sobra. Eran medio parientes. Supuse que Denise habría abandonado la casa. Desde entonces siempre imaginé nuestra casa deshabitada y a ella vagando por los descampados. No supe más de su destino.

A veces llegué a pensar que ojalá me hubiera escondido en el cobertizo con el mono. Denise se habría ocupado de mí, estoy segura. Va, sors de ta cachette, Patricia !

Se lo dije a mi padre, pero él me contestó que habría sido una idea descabellada. Que no estuviera tan segura sobre la buena voluntad de aquella gente, pues les habría faltado tiempo para malvender todas nuestras cosas, para echarlo todo a perder.

Sí, también al mono, añadió dando el tema por zanjado, y sumergiéndose de lleno en su periódico, Le Soir.

Esos últimos recuerdos de mi tierra me persiguieron mucho tiempo: la casa cerrada, mis juguetes tirados en el cuarto, Denise limpiándose los mocos en el mandil, la voz cortante de mi madre, la oscuridad de la selva, la débil luz de los faros del coche zigzagueando por el camino, mi columpio colgado del inmenso árbol de nuestro jardín. El mono abandonado.

 Qué extraño, los apegos…

Capítulo 1 Los sueños, sueños


Una vez mi hermana soñó con un mono en la despensa. El sueño debió de impresionarla porque al despertar me lo contó.

A mí me fascinó, y en seguida fantaseé con la posibilidad de que esa visión no fuera un sueño, pero ella me pinchó el globo. Yo solía creerme todo lo que me decía, pues me llevaba un año y eso le daba autoridad. Incluso en materia de sueños.

Esa imagen, la de un mono en nuestra despensa, se me antojó tan poderosa que no pude por menos que desmentirle, ¿por qué no podía ser de verdad y no un sueño?; la despensa ¿no era el mejor escondite?

Ay, pero no sé si se escondía o si estaba ahí sin más, atajó para no darme más brío, dejándome a solas con tantos porqués: escondido de quién o de qué, cómo habría llegado hasta nuestra despensa…

Insistí. Pesada me llamó. Pero me dio igual. Quería a toda costa saber más, que hiciera un esfuerzo por recordar. Para eso era su sueño y no el mío. Que le echara sal al cuento, qué le costaba… Que se inventara los detalles de la fábula. Pero nones, ella solo recordaba lo que me había contado ¡y en buena hora! Al abrir la puerta de la despensa se lo había encontrado ahí, y punto.

Entonces le pedí que me lo describiera y reconozco que se explayó un poco más, aunque no tanto como me habría gustado. Pronto se cansó del retrato y desapareció detrás del tazón por no seguir la charla. Siempre tan obsesiva, plomo que soy al querer saberlo todo…

—Anda, cuéntame más.

—Si lo sé, ni te lo digo

Mientras, mi madre trajinaba por la cocina haciendo varias cosas a la vez como suelen hacer las madres. Venga, nenas, que se hace tarde, nos avisó. Mi hermana se quejó, no tengo ganas, pero mi madre la apuró sin contemplaciones. Celia puso cara de asco, y yo remoloneé dándole vueltas a la cucharilla. La leche caliente a mí tampoco me gustaba.

Abrigaos, nos gritó como un soniquete. Abrocharse el anorak, sin olvidar gorro ni bufanda, así embutida cuesta moverse. Recoger la cartera y a la espalda, con torpeza por culpa de las manoplas. Gato con guantes no caza (diría nuestro padre).

Salir a la calle, enfurruñadas, ella por su habitual dolor de barriga, la leche que no le sienta; yo por el agobio de tantas capas de ropa. El rellano oliendo a lejía, como cada mañana.

Fuera el frío nos abofeteó, a pesar de ir embozadas. Atravesamos la calle no sin antes mirar, mi hermana tiene miedo de cruzar hasta por el paso de cebra.

Giramos a la derecha para enfilar la avenida y entonces ya me desentendí hasta del tráfico, cavilando como iba con el sueño, ese sueño que ni era mío pero del que me empeñé en atesorar hasta el último resquicio, inventándomelo ya por suplir ese relato suyo, tan soso.

Y tan enfrascada iba que me quedé embobada en mitad de la calzada y por poco me pilla un tranvía. Alcancé a ver las chispas azules del frenazo que dio en seco, a punto de descarrillar. Mi hermana me agarró de la mano y me zarandeó. Yo, hipnotizada mirando los raíles.

Alicia, ¡ten más cuidado!, ¿en qué vas pensando? No le dije que en el mono de la despensa por no cabrearla más.

Esa mañana imposible concentrarme en clase. Solo pensaba en el mono. Tengo que dibujarlo, decidí para mis adentros. Lo hice en una esquina de la libreta, pero no me quedó bien. La maestra me pilló distraída y, aunque no me riñó, me sacó a la pizarra para que se me quitara la tontería. Lo de salir al estrado y borrar el encerado me gustaba, pero todavía no llegaba a la parte de arriba con el borrador, por enana.

Cuando sonó el timbre busqué a Patricia que ya guardaba sus cosas en el pupitre. Patricia era la nueva, llegó con el curso ya empezado. No era nada popular: no por nueva, sino por haberse ganado fama de ladrona, y a pulso. Como a mí no todavía me había quitado nada, me caía bien. Me parecía especial. Por eso pensé que era la más indicada para compartir mi obsesión del día.

Le enseñé mi dibujo. Qué monada, ¿lo has copiado de algún libro? Le dije que no, que lo había hecho de memoria. Para mí era fácil porque en casa teníamos uno, alardeé. No me creyó y me retó a que se lo enseñara. Otro día, le prometí. Nosotros sí que tuvimos uno, dijo. Yo a ella sí la creí. Y por cómo se puso de mustia entendí lo mucho que lo extrañaba.

A partir de aquel día nos hicimos amigas.

Creo que siempre esperó a que la invitara a casa, para verlo, aunque seguía diciendo que no me creía. De momento yo me limitaba a enseñarle los dibujos del mono, mi tema favorito.

Cada vez te salen mejor, me animaba. Se los regalaba y ella los guardaba en un cuaderno. Para hacer un álbum de cromos, me explicó. Me parecía justo dárselos, ya que ella había perdido su mono –según me contó– y yo en cambio tenía uno. Suerte tienes, me decía Patricia, que a veces dudaba si sería verdad eso de que en la despensa de mi casa había un mono escondido viendo cómo me superaba con las poses del animal, cada vez más logradas.

Una tarde me invitó a su casa para enseñarme su tesoro, esas cosas robadas en la escuela que guardaba en una caja en el fondo de su armario ropero. Puedes coger lo que te apetezca, me convidó. Yo dudé entre un libro de cuentos y una diadema de carey.

No las necesito para nada, esas cosas, dijo. Le pregunté que por qué las cogía, entonces. Por fastidiar, por eso lo hago. En ese momento no la entendí, pero cuando me contó su historia comprendí su rabia. Claro que no me la contó de golpe, sino por episodios sueltos que acabé recopilando, como hilvanamos un relato de aventuras por entregas.

A pesar de que nuestros pequeños dramas poco tuvieran en común, compartíamos desarraigo y también al mono, ese que ella daba por perdido y yo por bienhallado.

Cuando jugábamos en el recreo, inventándonos personajes, las dos sabíamos que volvíamos a nuestros escenarios remotos, el suyo colonial y el mío más montuno, y ese era el punto de unión, sabernos desenraizadas, aunque si decíamos “árbol” cada una veía el suyo, baobab o cerezo, pero no el castaño de Indias del patio de la escuela, al que tardamos en reconocer como nuestro, aunque, con el tiempo, se convertiría en nuestro tótem.

Fueron sus hojas, como manos, las que nos conquistaron, manos verdes de dedos gordos. En otoño, amarilleaban y las recogíamos para convertirlas en abanicos o para fustigarnos. En primavera, le salían flores, llamas blancas. Pena que sus frutos, esas castañas redondas, no fueran comestibles. Como proyectiles, servían, o para guardarlas en el bolso de la bata y acariciarlas. Bolas de madera que cortan la sangre.