Más sobre el viento y Manos de piedra


Recién publiqué mi relato, ese donde advertía que no eran cosas de viento, y como suelo hacer lo pregoné a los cuatro vientos (valga la), por esas redes que nos conectan enredándonos y que a mí se me antojan más aéreas que subacuáticas. También lo colgué en el muro de mi feis, porque me gusta que los míos sepan que no me paso las tardes muertas y se vea lo mucho que tecleo. Algunos, amigos, conocidos o parientes, hasta me leen y yo, así, gano lectores, mientras ventilo lo que voy escribiendo.

 Y así fue cómo mi relato le llegó a uno de mis parientes argentinos, Luli, que es de los que leen, antes de opinar si le gusta, le divierte, le asombra o le entristece. Tengo que puntualizar que en persona no nos conocemos, pero yo suelo ponderarle las fotos de sus nietos, no por dar coba, sino porque son muy divinos, ellos. La nena, además, apunta maneras de actriz de carácter.

Sí, siempre que me leen por allá a mí me sube la moral, por qué negarlo. No en vano la literatura, o quizás la aventura, yo la asocio con esas tierras, no lo puedo remediar, y no solo por lo mucho que supuso para mí el descubrimiento cortazariano, sino por otros mitos familiares, ya arraigados en la tribu mucho antes de que yo naciera.

La Argentina, como se sabe, fue mucho tiempo la única salida honrosa para combatir la pobreza que asolaba los montes asturianos, aledaños de Babia. Embarcarse entonces en el puerto de Gijón era casi como apuntarse hoy a un viaje al espacio. Una odisea de la que podías regresar, hecho un indiano, o perderte por la Pampa. Había entonces pocas oportunidades y tanta valentía como desconocimiento. Algunos de mis antepasados cruzaron pues el charco y regresaron sin fortuna, como mucho un reloj de cadena o más bien las manos colgando, aunque, eso sí, algunas palabras nuevas y ciertas costumbres de ultramar; otros, más espabilados o afortunados, no regresaron y se volvieron, de a poco, argentinos.

Hoy, sus descendientes, de una parte y otra del charco, todavía nos comunicamos y vamos viendo cómo las familias van medrando y nos gusta sacar parecidos, aires de familia que, acá o allá, fueron quedando. A veces, un gesto, una mirada, una risa que sorprende, mirá vos. A veces, nada; si acaso, figuraciones nuestras, que somos algo dados a fantasear, cafeteando. Cosas de la raza le decimos, ahora que estamos todos y por suerte bien entreverados.

Pues a lo que iba, que Luli me envía un mensaje privado, no sin antes decirme lo lindo que le pareció mi relato (nosotros, los del lado de acá, somos más ásperos). En su mensaje dice, textualmente: “Más sobre el viento. Hace muchos años aquí en Mar del Plata, vino a hacer una pelea el famoso Manos de piedra Durán, un muy afamado boxeador de la década de los 80. Ya estaba bastante mayor para boxear, sin embargo, seguía. Un periodista le preguntó: ¿Ya no está viejo para pelear? Él lo miró fijo y respondió: El viento es viejo y aun así sigue soplando. Esta frase me encantó, es por eso que la comparto siempre. Cariños.”

A mí la frase de Durán directamente me entusiasma, así que le pido permiso para tomarla prestada. Él me dice: “Pero ni que hablar, aparte no es mía, es de todos”.

Claro ahora me toca saber algo de ese tal Manos de piedra… Y leo que tuvo una vida de película que, de hecho, y cómo no, se llevó a la gran pantalla, y que también se escribió un libro con la biografía de esa gran estrella panameña que salió de la miseria y ejerció no sé cuántos empleos antes de subir al ring, que ganó no sé cuántos combates, que noqueó a no sé cuántos contrincantes, que conoció más victorias que derrotas, que se agenció no sé cuántos autos de lujo, que peleó con el “Roña”, con el “Locomotora” y hasta contra un caballo, hasta que dijo “no más”…

Pero de todos esos datos de una vida tan dura como bien peleada, yo, igual que Luli, me quedo con esa frase suya bien grabada; esa respuesta, casi gancho verbal, que le dio al periodista cuando este le preguntó si no estaba ya viejo para pelear y cómo él, Roberto Durán, boxeador pero no atontado, le soltó eso de que el viento también era viejo y aun así seguía soplando.

(Por cierto, mañana, 16 de junio, es su cumpleaños. Por muchos años, Manos de piedra.)

 

 

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Cosas de viento


A veces, el viento tiene mala fama. Como cuando arrancó de cuajo el viejo tilo, que se nos quedó patas arriba como un animal malherido y hubo que cortarle las raíces, que imploraban al cielo, y trocearle el tronco con la sierra eléctrica en unas rodajas tan gruesas como ruedas de los Picapiedras, que para transportarlas las echamos a rodar por la pendiente. Daba gusto verlo en pie con sus hojas en forma de corazón, tan brillante el haz y el envés tan mate, pero le sopló un mal viento y le llegó la hora. Así fue.

Peor lo de la abuela cuando, de nena, se le quemó la aldea una noche de mucho aire y desde entonces apenas basta un soplo para incomodarla, tanto que ella ni le dice viento, sino “airón” y al decirlo suena como si nombrara lo monstruoso. “Parece que se va a levantar” y tuerce el gesto y se ajusta la pañoleta o “esta noche no pegué ojo por culpa de él”. “No, si sigue así, habrá que retejar… Ni se os ocurra salir afuera, a ver si os cae algo encima, una teja, una rama o un canalón, cualquier cosa puede daros en la cabeza”.

Ya sé, los hay indomables, menudos son. Conozco la sensación de amparo al encontrar refugio cuando le da por ventar a lo loco, como un ventilador descontrolado que los ángeles pusieran a tope; el susto de la galerna que te pilla a traición, te zarandea y te destempla. Y ¿qué me dices de la tramontana? Esa sí que se las trae, levanta dolor de cabeza, y encrespa los ánimos. Se cuenta que a algunos hasta los enloquece…

Una vez vi cómo unos contenedores de basura caminaban solos por una calle desierta y asolada, que en estos páramos cosas así pasan. Y, entonces, también las noches se desvelan, el aullido del viento que no cesa, el bandeo de los picaportes, pum, pum, pum. Pero luego va pasando, luego ya pasa, y llega la calma. Y apenas si quedan señales, papeles y hojarasca, mucha faena para barrenderos y algunos requiebros para las aseguradoras, pero ya pasó… Reina luego el silencio de lo quieto.

Y, vale, por qué no recordar aquel viaje cuando el cierzo bandeaba los automóviles, obligándolos a hacer eses por esa autopista como si los conductores anduvieran borrachos, invadiendo casi la calzada de las adelfas, tanto que fue imposible salir a repostar, despeinándonos como después de topar al oso si, en vano, intentábamos abrir las puertas del coche. Pero en seguida se me viene la risa loca, el fin del trayecto de cuando llegamos a salvo.

Tal vez, me quedo con los buenos, como ese tan delicioso, el aire de las castañas… Pero qué sabré yo de miedos, si me embeleso con el molinillo de viento, ese que mis vecinos colocaron en el balcón y al que se le ven todos los colores del arco iris cuando está quieto y cuando gira se vuelve amalgama y nos advierte del levante. Tampoco de vientos en popa, ni calmosos ni frescachones, qué sé yo de navegación.

Ya no sé si seguir nombrando los vientos, todos los vientos, el viento entero, aunque pena me da callarme palabras como alisios o gregal; dejar atrás al lebeche y su calima; no mentar el poniente; pasar del mistral o del siroco que nos trae ese polvo del desierto; cómo olvidarme del solano, del viento blanco… Suerte que del ábrego (el de las castañas) y del levante (el del molinillo de mis vecinos) ya dije. Y del cierzo. Pero me callé el etesio y ni media del maestral.

Sí, todos estos, y alguno más que no recuerdo o que desconozco por lejanos, caben en nuestra rosa de los vientos, cada uno en su punto de partida, su punto cardinal. Todos con su porqué. En su momento preciso, como resultado de aleatorias combinaciones entre temperaturas y presiones, vaya usted a saber de tales misterios… El mío, de siempre, el que prefiero, es el del Sur. Le dicen sosegador, y le gusta anunciarse con nubes naranjas el día antes. Bah, ya se sabe, en este mundo cada cual cuenta el viento cómo le sopla.

Y así, cuando golpea las persianas de la galería donde el sol da de mañana o cuando tamborilea los vidrios de las habitaciones que dan a la calle que nortea; si te levanta las faldas te voltea el paraguas; no se le tenga en cuenta. Cosas de la atmósfera, efectos especiales de allá arriba en los cielos. No, no. No son cosas de viento, aunque pareciera…

 

De una escalera al cielo


Subió los diez pisos hasta la azotea.

Consiguió colarse en el edificio de su infancia y vio otros apellidos, desconocidos, en los buzones.

Pero en el primer rellano, el mismo olor a peluquería; esa voz de la vecina del segundo; huellas siempre sucias en el tercero; en el cuarto, la nena al piano; en el suyo, ¿ladridos del perro, muerto?; aquellas macetas del sexto; después el olor a sopa; ese corazón grabado en la barandilla del octavo; chicles pegados en los escalones del noveno.

Los últimos peldaños y de bruces con el cielo.

Y ahí donde los pájaros, estaba él, todavía niño, alzando su cometa al vuelo.

Lecturas para momentos


Yo creo que para escribir hay que leer antes, durante, y hasta después, todo todo lo que se pueda. Todo y hasta más, mucho más. Pero esta no es una creencia propia. Es de cajón.

Casi siempre pasa que ya se es buen lector cuando un buen (¿buen?) día se pone uno a escribir, aunque las cosas no tienen por qué pasar necesariamente así. Hay quien se pone a escribir sin haber leído demasiado, más allá de esas lecturas recomendadas por los profesores de literatura en el bachiller, y no pasa nada, solo quiere decir que le quedan muchos años por leer, por ser un escritor todavía joven. Tampoco los apasionados de la lectura lo hemos leído todo todo. Ni mucho menos. Leer es una afición que se torna casi infinita, máxime ahora que tantos y tantos libros se añaden a esas interminables listas de pendientes que se van formando, desde los clásicos hasta esa última novedad con la tinta todavía fresca… Huy, cuánto infinito…

De todos modos, no me gustaría plantear aquí la lectura como una obligación que produzca zozobra, inquietud o desazón. No, las cosas pasan por otro lado, no es: oh, cuánto me queda por leer, no sé si podré con todo, es que no tengo tiempo, etcétera. No. La lectura es ante todo un placer y, como tal, tenemos el derecho, la libertad, de catar ese manjar, o de abstenernos. Con esto, seamos flexibles. Hay épocas para todo; yo, que leo como una posesa, estuve años sin abrir un libro, un momento contra-cultural, un momento del que no me arrepiento. Ahora, vivo otro momento, un momento en el que los libros me llenan las tardes y me ayudan a conciliar el sueño. Un momento en el que no puedo pasarme sin lectura. Un momento del que tampoco me arrepentiré, lo sé.

También es que ando con la escritura y en el aprendizaje incluyo los libros como parte esencial (esos libros que me han fascinado desde niña, a pesar de mi etapa crítica).

Y es que, como aprendices de escritores, sí tenemos la obligación de leer todo cuanto caiga en nuestras manos, de estar al tanto de lo que se publica (en la medida de nuestras posibilidades, pues el panorama es tan vasto que tomarse esa tarea al pie de la letra da más vértigo que sosiego). Sí, la lectura es un compromiso consustancial al oficio. No queda otra; como dije antes, es de cajón.

Cada cual tiene su manual de instrucciones sobre qué leer en cada momento, aun no siendo del todo consciente de por qué una misma lectura nos cautiva en un momento y nos fastidia en otro.

En mi caso, si estoy escribiendo y estoy bien metida en mi texto, prefiero releer libros ya leídos, de esos pocos que sí admiten una segunda lectura o en otras palabras libros de mis favoritos. No es fácil dar con estos libros tan sumamente fabulosos que permitan esa segunda oportunidad pero los hay. Cada cual tendrá los suyos. Como el argumento no me es desconocido, puedo releer el libro sin dejarme arrastrar por la trama y puedo abandonar su lectura a las pocas páginas porque la historia, ya conocida, no me absorbe, dejándome así tiempo para concentrarme en lo mío.

En esos momentos en los que no estoy escribiendo nada, más allá de mi blog o de algún relato, entonces me permito leer cualquier libro, sin manías. Es cuando descubro otros escritores, otras voces, otras historias y me dejo llevar sin importarme que no pueda dejarlo hasta tener la vista agotada; me lo puedo permitir. Tampoco ahí selecciono géneros: narrativa, teatro, ensayo, poesía, todos me valen. Antes anotaba las reseñas de mis lecturas en fichas (soy muy antigua) pero ahora Goodreads me lleva la cuenta.

¿Y para corregir? Pues en ese trance, poesía. Solo poesía. Poemas que me ayudan a centrarme en las palabras, en el peso de las palabras. Y en su ritmo. Poesía y mucho flamenco del bueno, también. Y otras músicas, a veces. Pero ese es otro cantar…

Aparte, están los estados de ánimo… Si muy de bajón descarto historias oscuras o tenebrosas (algo que, no obstante, suelo vigilar siempre antes de irme a dormir porque soy de carácter algo impresionable y prefiero apartar tormentos y sordideces por evitar las pesadillas). Si me siento medio vacía, desecho historias facilonas y busco anclajes más profundos, me río con Cioran o me atrevo con algún ensayo. También por ahí una obra de teatro me puede ubicar, nunca se sabe.

Para afrontar el rechazo, los rechazos, todos los rechazos, nunca nunca leo las obras de otros, que más talentosos o afortunados que yo, hayan llegado a la meta y estén arañando el cielo con las manos. Evitar las comparaciones que, en esos instantes de frustración, solo inducen al rencor, una emoción poco creativa. No, para esos instantes de fracaso acudo a los grandes grandes de verdad, a los inmensos inmortales, y entonces comprendo que no pasa nada, que solo es que me falta muchísimo por aprender, tanto que hasta suerte tengo de que todavía me quede ese camino tan largo que recorrer.

Y, mientras, también unos tuits por aquí, algunos artículos vuestros por allá; leer leer, siempre palabras. Leer… hasta las etiquetas del champú y los ingredientes de la caja de las galletas. Todo me vale, y lo bueno y lo regular y lo menos bueno. Todo… hasta que mis ojos aguanten.

P.S. de última hora: cuando hay que documentarse antes de escribir algo, entonces toca leer todo todo sobre el tema, o un poco de todo (tampoco exageremos).

 

 

Capítulo 10 Cada mochuelo en su olivo


Un columpio se balancea bajo el enorme cedro. La selva no se calla, pero se encoje. Denise camina derrengada, cargando un abultado fardo. Ya no puede con su cuerpo, demasiados años. Hace camino con otras mujeres. Vuelven del mercado donde han ido a vender cosas y a comprar otras. Les gustaría ir cantando o pararse a descansar, pero las rutas no son seguras.

Un mirlo se posa sobre la tumba de la familia de Patricia. La madre y la abuela tuercen el gesto, mientras el padre se saca un as de la manga ¿o es un diamante?

El cuidador del zoo, ya jubilado, vuelve sobre sus pasos, no sea que se haya dejado la puerta mal cerrada. Un marinero reumático se revuelve en la tumba, el esqueleto de su gato le hace cosquillas. Una portera centenaria olfatea el pasillo del asilo donde la lejía ya no huele como la de antes. Celia le da cuerda a un reloj mientras recuerda un sueño que se le escurre. Unos gitanos le venden cobre al chatarrero.

Valdés dirige a unos ángeles en el trapecio. Lucio echa cuentas de la alfalfa por comprar y se queda prendado de la palabra “alfalfa”.

El gafitas de la bata blanca endereza un dibujo abstracto colgado en la pared del laboratorio. La veterinaria le cura las heridas a un tigre albino. En el folleto de la exposición, Max está que se sale.

Una bibliotecaria pide silencio, mientras forra libros nuevos. Cada día nos mandan menos, piensa. Los medios celebran el segundo aniversario del 15 M, ¿o es el tercero o el cuarto? Y nadie lleva la cuenta… El tiempo vuela, el desierto sube.

Alicia le prepara una fiesta de bienvenida a Josep, mientras Manu corretea con el perro por el parque. Mauricio firma el cuadro, Bailarina y clown, y se pregunta por qué le habrá dado por pintar escenas de circo, si a él el circo no le va demasiado… Fuster le pide a su secretaria que embale el cuadro del mono que está en el escaparate y que acaba de venderse.

Estrella estrena su pañoleta de gatos. Crespo cuelga fotos en la red para su nueva tienda de trapos, lucyenelcielocondiamantes.com. Hay que expandirse, piensa. Lucía pondera a una clienta lo bien que le queda un abrigo de garras. Le sienta de miedo, le dice. Guadalupe corrige unas redacciones. Tema: ¿Querer es poder? Alguien que pasaba por ahí le saca una foto a la pintada de un mono.

Patricia revisa el inventario de sus esculturas, antes de enviárselo a un cliente que parece estar muy interesado en su colección.

Yo releo la carta que acabo de escribir, en francés, para que mi abuela vea que no olvidé la lengua que ella nos enseñó, para que salgáis al mundo sin complejos, nos decía.

Barcelona, 20/06/2014

Querida familia,

Espero que todos estén bien de salud, como yo lo estoy. Hace tiempo que no llamo y pensaréis que me olvidé de vosotros. Todos los días os recuerdo, solo que pasé tiempos difíciles, pero ya pasó y por fin tengo trabajo. Dicho así parece fácil, pero es un milagro. Os cuento…

Gracias al amuleto de la abuela, conocí a una señora, nacida en nuestra tierra en tiempos de los belgas. Se llama Patricia. Cree que la abuela Denise fue su niñera. Fue ella quien me dio trabajo y alojamiento. La foto que os mando es suya, de cuando era pequeña, por si acaso la abuela la reconoce. Dejadle las gafas del primo para que pueda verla. 

Os quiero mucho. Samuel Sidibé

P.S. Pronto envío dinero.

Doblo la hoja y pongo las señas. Cierro el sobre y le doy un beso. Qué lejos queda mi gente, tanto que me parece imposible que les lleguen mis cartas, pero esta tiene que llegar, pues esta noticia le alargará la vida a la abuela, eso creo. Caminando hacia Correos, miro mi sombra tan alargada y le doy vueltas al sobre, orgulloso de ver al fin mis señas en un remite. Si me atreviera, me pondría a bailar de lo feliz que me siento, pero me contengo y me fijo en el sello que es la estampa de un chimpancé rascándose el cogote y pienso que dios es grande y que he tenido suerte, mucha más suerte de la que nunca me atreví a soñar.


Entro en el lavabo para retocarme; quiero que mi Pancracio me encuentre presentable; yo ya sé que pegué un bajón estos últimos tiempos, por cosas de la edad; de hecho, he decidido retirarme de la pista, aunque siga en el circo, pero adiós trapecio y contorsiones, que tengo la espalda rota. Me dedicaré a la videncia, eso es más tranquilito, sí, a leer los posos del café, a echar las cartas, que todo eso a la gente le va mucho y no castiga tanto el cuerpo. No se lo he dicho todavía a nadie, ni siquiera a los Valdés; tampoco a mi Pancracio, ya lo haré, ya, cuando él vuelva y me pueda cubrir el hueco. Ah, qué poco queda de Beibiyén… No somos nada. Tengo muy mala cara, pero es que encima anoche no pegué ojo sabiendo que hoy me esperaba este viaje en tren. Ja, quién lo diría, toda una vida dando tumbos y ahora me desquicia un viaje en tren, Madrid-Barcelona, que son tres horas, que se pasan en ná, si este tren va volando, que parece que acuchilla el paisaje, pero, ya ves tú, saber que me iba de viaje, así sola, me tenía desquiciada. Que yo no quería este tren tan rápido, que con uno de toda la vida iba que chutaba, pero, ea, cosas del chico que me dijo que yo ya había perdido tiempo más que de sobra por los caminos, así que ahora me tocaba elegir entre el AVE o el avión. Lo que más rabia te dé, me dijo, y yo dije que en ese caso el tren. Los del cine le pagan bien, que se lo puedo permitir y que en esto ahora manda él. Madre mía, lo contento que se puso Lucio al ver a nuestro Pancracio en la pantalla… Y anda que los Valdés no se lo podían creer. Les faltó tiempo para darme unos días, tratándose del chico lo que sea, me dijeron. Nuestro Pancracio convertido en estrella, ay, si el abuelo pudiera verlo… Encima ahora se nos ha ennoviado y todo… Ya tengo ganas yo de conocer a esa Julia, ya. Y a esa señora Patricia, también, que le ha dado buena estrella a mi niño. Huy, si ya llegamos. Ahí está, mi Pancracio, ya lo veo esperándome en el andén. Pero… ¡si está hecho un brazo de mar!

— Juana, qué alegría verte, estás como siempre.

—Calla, mentiroso, que estoy destrozá.

Nos abrazamos y salimos de la estación atropellándonos con preguntas. Mi reino por un café, Pancracio, que vengo destemplada. Nos lo tomamos de camino, me propone.

—Así que tu chica es bailarina, ya es un primer paso.

—Sí, sí, y es buena bailando. Ya verás cómo se adapta a lo nuestro.

De pronto el escaparate de una esquina me llama tanto la atención que me paro, mientras él sigue alabando a su chica. Es el cuadro de un mono, un mono disfrazado de ángel. Me acerco por verlo mejor. Supongo que todos lo monos son muy parecidos, pero este, la verdad, es igualito al nuestro, ese que tan bien amaestró el abuelo. Niño, ¿qué habrá sido de nuestro Max? le pregunto a mi Pancracio, y le pellizco el brazo, suave, como solía hacerle de más pequeño para que me hiciera más caso.

 

Capítulo 9 Arrieros somos y en el camino


El autobús va devorando kilómetros. Los pasajeros deben de dormir o intentarlo; no se oye nada, a no ser el ruido del motor. La noche es oscura, sin luna, y solo de vez en cuando se ven los destellos de los faros de otros vehículos atravesando la autovía en dirección contraria. Me aflojo los cordones de las zapatillas para estar más cómodo. Quisiera echar una cabezada, desconectarme y que así se me acorte la distancia, pero estoy inquieto y no lo consigo. Me arrellano en el asiento y me tapo con la cazadora. Cierro los ojos y trato de planear cómo me las arreglaré al llegar a Barcelona. Llevo un poco de dinero que fui ahorrando de los últimos bolos en el rastro, poca cosa para como está la vida, así que tendré que estirarlo hasta el día de la prueba. Si no la paso, siempre me quedará el plan B, recoger mi caravana del polígono y engancharme para la temporada de verano.

No sé por qué tienes tantas prisas. Aquí puedes quedarte el tiempo que quieras. Un plato de cocido no te va a faltar, ya lo sabes, me repetía Estrella, arrastrando las zapatillas. Qué se te ha perdido a ti por Barcelona, no paraba de preguntarme mientras me ayudaba a guardar la ropa en la bolsa. Solo quiero probar, le respondía. Si la paso, serán un par de meses como mucho, ya verás, le decía. Volverás, me preguntaba. Claro que sí. Dónde voy a estar mejor que en nuestro circo, la tranquilizaba. Además esto de la película nos conviene, Estrella, nos dará publicidad. Ah, eso sí, reconoció la buena mujer, ladeando la cabeza.

Después de esos cuatro años de estudiante en los que solo pisé la pista los meses de verano, pensé que ya tocaba moverme, aunque mis pasos me habrían llevado de vuelta al circo, ¿dónde si no? Desde luego que yo nunca habría pensado en una película, pero fue Lucía que se enteró de esa prueba por la red y no le hizo falta esforzarse mucho para convencerme: parecía hecha a medida. Así que, al acabar el curso, me saqué un tique solo de ida y me subí al bus con mi bolsa de deporte. Y aquí estoy, viendo como el bus se traga los kilómetros. Estrella, la pobre, me despidió desconsolada, estoy tan acostumbrada ya a tu compañía, Pancracio, que se me hace un mundo perderte. Y es que la despedida a ella le sonó a definitiva por mucho que yo insistiera en que volveríamos a compartir piso en invierno, si no coincidíamos antes en el circo donde de vez en cuando sus hijos la llevaban a pasar unos días si andaban por Toledo, Segovia o en cualquier otra parte cerca de Madrid. Prometo llamar, si ahora tengo hasta móvil. Siendo así…, se conformó. En la estación nos dimos un abrazo y noté que me metía algo en el bolsillo. Cuando el autocar arrancó, vi que era un billete de veinte euros. Te preparé un bocadillo para el viaje, me dijo, sacándolo envuelto en aluminio de su bolso, así no se te hará tan largo el camino. No solo me dio pena dejar a los colegas, sobre todo a Crespo, también a ella, esa Estrella que ya era casi como mi abuela.

En la estación de Zaragoza, el conductor nos anuncia una pausa de veinte minutos. Algunos viajeros se despiertan pero apenas se remueven y otros siguen durmiendo. Yo salgo a estirar las piernas entumecidas de estar tan encogido y me siento en un banco cerca del bus donde me como el bocata. La noche es fresca, para ser una noche casi de verano. Me subo el cuello de la cazadora. No tengo que agobiarme, me presento a la prueba y punto; si me cogen, bien; sino, también; después de todo, siempre puedo volver atrás, a mi circo, pienso.

Ahora sí que me duermo y cuando despierto estamos en un lugar perdido entre bancos de niebla y yo no tengo ni idea de por dónde vamos. Una mujer se sentó a mi lado sin que yo, que iba dormido, me haya dado cuenta. Estamos por Lérida, me dice, como si yo se lo hubiera preguntado. La miro. Ah, le digo. Es alta, tanto que sus piernas chocan con el respaldo del asiento delantero. Me pregunto si será albina… Por sus rasgos parece negra, aunque tiene la tez pálida, pero no tiene los ojos rojos como eso albinos que he visto en fotos ni lleva gafas de sol. Es extraña, negroide pero blanca. Su acento parece extranjero, quizás francés.

— ¿Vas a Barcelona? — me pregunta.

—Sí. ¿Usted también?

Me dice que vive allí y que ya falta poco para llegar. Rebusca en su bolso y saca un termo. Me convida a café. Nada me apetece más recién despertado que tomar café, así que acepto. Me recuerda esos viajes de antaño de los que nos hablaba Valdés, cuando intimaban con otros pasajeros y nadie probaba bocado sin antes invitar a los demás, aunque fueran desconocidos. ¿Gusta?, se decía entonces al compañero de turno. El café está rico. Ella lamenta no haber traído azucarillos, pero le digo que me gusta así, negro y amargo, y no se lo digo por cumplir, es así cómo a mí me gusta el café. De reojo me fijo en cómo va vestida. Tiene clase, sería una posible clienta de Lucía. Quedamos en silencio y aprovecho para mirar el paisaje por la ventanilla. Es la primera vez que viajo por esas tierras. Esa montaña es Montserrat, me dice, y añade que es mágica. A mí me parece un escenario de cartón piedra.

Al poco nos acercamos a la ciudad y ella dice: Voilà, Barcelona. Yo, por esa palabra, me acuerdo de nuestros leones a los que siempre mandamos en francés, Couchez !, En place ! Ella recoge sus cosas y yo me ato las zapatillas. Miro la ciudad, una ciudad grande, como Madrid pero diferente. No sé nada de los cielos de por aquí, pero veo pintadas parecidas en las vallas y eso me hace sentirme bien. Ella me dice que no la cambiaría por nada, esa ciudad. Yo le digo que es la primera vez que vengo. Me pregunta si de visita. No, por trabajo, le digo. Los jóvenes ahora lo tenéis mal, me dice. Al llegar a la estación la ayudo a sacar su equipaje del maletero y recojo mi bolsa. Me dice que soy muy amable y nos despedimos.

Encuentro una habitación cerca de la estación. Es interior, pero limpia y barata. Me quedan unos días antes de la prueba y sin perder tiempo me pongo en un parque con los malabares y paso la gorra. Son tantos los turistas que no me cuesta recaudar unas monedas. Hacer malabares no es demasiado original, un juego al que se han aficionado muchos chavales que lo hacen estupendamente, pero yo soy un profesional y eso la gente lo nota, así que en seguida reúno un corrillo. El dinero extra lo añado a mis fondos para gastos, como cargar el móvil que es un gasto que nunca antes había tenido. Por supuesto, llamo a los míos. El primero a Crespo que me cuenta sus nuevos planes. Me estoy asociando con la Lucy, que no da abasto, la tía. Hemos pillado un bugata para recoger la ropa, llevarlas a la tintorería y esas cosas. Ahora soy un emprendedor, nada menos… Es lo que toca, Perejil, seguir la tradición familiar, que la cosa no está para inventos. Le digo que me parece lo mejor y que se concentre en eso de la moda. Siempre seré un friki, me dice, pero yo no acabo de entender qué quiere decir con eso de friki. Crespo se ríe de mí y me dice: Y tú me lo preguntas… Antes le decíamos “estar colgado”, ahora es que somos más modernos. En tu caso, Perejil, aplícate el cuento por pintoresco, macho. En el mío está claro que más que ser original es que ando siempre a la última pregunta, ando pelao, pero cuando vuelvas por aquí me encontrarás montao, ya verás, ya, cómo me las gasto, vas a flipar, que lo mío son los bisnes, ya sabes, el compraventa. Pero solo de trapos y limpios, ¿eh? Me gusta hablar con Crespo, aunque sea por teléfono. Me divierte su jerga, su ritmo y cómo se ríe de sí mismo.

No pienso mucho en la prueba (casting, diría él); estoy bastante seguro de mis capacidades; no soy un creído, pero conozco el oficio lo suficiente como para no sentir miedo escénico; si no paso, será porque no tenía que ser, no por no estar a la altura.

Hoy me pinté la cara por probar unos maquillajes nuevos que compré en una tienda donde venden esos potingues y otros artículos para teatreros y así de paso darle una nota de color a mi espectáculo callejero. Estoy pasando la gorra cuando reparo en la señora del autobús. A pesar del maqueo, ella me reconoce y charlamos; se alegra de verme; mi número le ha gustado; parece impresionada de mis habilidades. Me invita a cenar en una pizzería que hay cerca y yo acepto. Al verla he sentido como si viera una cara conocida, la primera desde que llegué a la ciudad. Pedimos unas margaritas y vino de la casa.

—No nos presentamos en el bus… Me llamo Patricia.

—Yo, Pancracio.

Quiere saber dónde he aprendido esos juegos malabares y yo le cuento algo de mi vida del circo. Ella me escucha y se diría que está entusiasmada. Se define como una gran admiradora de nuestro mundo y eso me da pie a contarle más historias. Pide postres y me pregunta si la habitación que alquilé es decente. Casi sin oír mi respuesta me ofrece su casa. No quisiera abusar, le digo. Tengo sitio de sobra y tú te ahorras un dinero. Sería un honor que aceptaras mi invitación, me dice con sus extrañas erres. Un poco aturdido acepto. Queda por aquí, me dice mientras caminamos.

Un edificio regio con el suelo de la entrada de baldosas floreadas, las paredes decoradas con guirnaldas, así es de elegante el edificio en el que entramos. Me recuerda una clase que nos dio Guadalupe sobre arte modernista y quiero decírselo, pero no me atrevo. Subimos en un ascensor antiguo, que ronronea y se detiene en el último piso. No te quedes ahí, pasa, me invita. Nunca antes he visto un piso tan amplio (en realidad solo conozco el pisito de Estrella en Carabanchel y el de Crespo en Lavapiés), con razón dijo ella que le sobraba espacio. En las paredes del pasillo hay máscaras. Son africanas, me dice. No te den miedo, protegen contra los malos espíritus, me explica, mientras las roza con la punta de los dedos. En la sala, enorme, me conduce hasta el balcón para que vea las vistas que dan al zoológico.

—Me gusta dormir cerca de los elefantes, son buena compañía para soñar, ¿no crees?

—Igual— le contesto, por decir algo porque yo nunca antes me paré a pensar tal cosa, la verdad.

Cumple sus funciones de anfitriona a la perfección, me enseña la vivienda y mi habitación. Todo es tan lujoso para mí que ni me lo creo. Sin mirar atrás, voy a la pensión a recoger mis cosas y de vuelta llamo a Crespo para contárselo. Se queda alucinado. Parece un cuento, me dice. Esa noche al acostarme pienso en los elefantes y me duermo como un tronco.

Al despertarme tardo un momento en saber en dónde estoy, pero una estatua, de esas africanas, me está mirando y eso de pronto me sitúa. Desayunemos, me propone Patricia, que ha preparado una mesa en la que no falta de nada, ni siquiera zumo de naranja. Todo me sabe a gloria, en especial los gofres que pruebo por primera vez. No te creas, no consigo que me salgan como los que hacía Denise, la cocinera que tuvimos, ella sí sabía de repostería… Y al decirlo se queda pensativa mirando la luz de la mañana que se filtra por el balcón y suspira. Me habla de Denise, de su infancia en el Congo.

Después de ducharme, le hago una llamada a Estrella. Chico, has nacido de pie, llegar y besar el santo y dar con una señora así de estupenda. No te digo que te comportes bien, Pancracito, porque sé que lo harás. Y no te preocupes, que ya se lo digo yo a Juana, que ahora andan por Valencia, en cuanto me llamen hoy mis hijos les doy la voz. Y yo pienso que en cuando pueda le compraré un teléfono a Juana para que no tengan que andarle con recados, pero no se lo digo a Estrella que de tan buen grado hace de mensajera.

Salimos al mercado y le cuento a Patricia mis planes, por si piensa que me vine aquí a buscar empleo a ciegas y que pueda convertirme en un abusón, caso de no encontrarlo. A ella le hace gracia que el escenario de la prueba sea el circo Raluy. Un circo tan poético, dice. Me quedo descolocado con esa palabra, “poético”, que me recuerda a Guadalupe explicándonos la métrica, pero Patricia, que parece leerme el pensamiento, me explica que lo calificó así, de poético, porque no es un espectáculo para nada chabacano, ni vulgar ni estridente. Me describe el encanto de ese circo singular que ha sabido conservar los antiguos carromatos convirtiéndolo en un museo ambulante. Así mismo lo habría ponderado Lucio (incluyendo lo de poético). Me recomienda de paso que tome buena nota de esa filosofía para aplicarla al nuestro. Un artista que sepa manejarse en varias disciplinas para una película que se rodará en el circo es lo que buscan, le explico. Un documental, me pregunta Patricia. No sé, le contesto, decía una película de circo.

Esa tarde, Patricia no me deja salir a la calle con los mazos; quiere enseñarme la ciudad. No puede ser que vengan del mundo entero a verla y tú te quedes sin visitarla. Hoy seremos turistas, declara. Patricia me hace de cicerone, como le hizo Crespo en la capital, aunque sus visitas guiadas son diferentes. Me enseña sus rincones preferidos, desde su barrio hasta el Raval. No escatima en gastos, según me confiesa se lo puede permitir y yo soy su invitado de honor. Nos sentamos en las terrazas como los guiris, cuando el cansancio se apodera de sus pies. Ya tengo una edad, se queja. Comemos en restaurantes, cuando el hambre nos asalta y me hace probar algunos platos del país. Visitamos todo lo que nos pilla de paso, museos y catedrales, acabando el día tan cansados como peregrinos, pero satisfechos de lo mucho que hemos visto, oído y olido. Ser turistas es agotador, reconocemos. Hay tanta gente a nuestro alrededor que marea, pienso. De todo lo que visitamos bien poco podría haber apreciado de no haber sido alumno de Guadalupe. Lo que más me gustó fue esa serie de Picasso, la rosa, que admiré en el Museo y de la que compré unas postales en la tienda para decorar mi caravana, el día de mañana. Me sales más barato que un psicoanalista, me dijo de pronto Patricia, porque esos días además del callejeo nos hacemos confidencias.

En el merendero del zoo, me cuenta su infancia y el mal trago de la huida. Yo, algo de cuando niño sin recrearme en el mal rollo de mis padres. Lo mejor, las risas que nos echamos con los monos. Me quedo parado al ver los dibujos de chimpancés expuestos en las vitrinas. De haber sabido que los chimpancés son capaces de pintar, no dudo que Valdés se habría encargado de que Max se pusiera manos a la obra. Los minúsculos titís me encantan tanto que me llevaría uno de recuerdo. En el zoo no dejo de acordarme de Max y le hablo a Patricia de nuestro chimpancé amaestrado. Ella me dice que, qué curioso, también ellos tuvieron un cachorro en el Congo. Le envío a Crespo una postal de Copito de Nieve y me gustaría hacerles fotos a esas puertas pintarrajeadas que, apuesto, él cazaría con su cámara.

Tomamos unas cañas en la Plaza Real. En este solar estaba un convento de Capuchinos, me dice Patricia, y me acuerdo de Lucio cuando llamaba “mono capuchino” a nuestro Max, porque decía que ese mono sabía gramática parda. Me siento a gusto en cualquier espacio que puedo abarcar con la mirada, espacios abiertos como en el circo, pero en esta plaza, que es una buena explanada, me parece que no todos andan en son de paz, si no ¿por qué tantos furgones de policía? Por aquí hay mucho malaje, me confirma mi guía, que se arranca contándome su mal paso: de joven cometí algo imperdonable, me confiesa; andaba coqueteando con drogas y me apunté a un atraco; se nos fue de las manos y hubo un muerto; lo pagué con cárcel, pero me sigue pesando, date cuenta ¡una vida!, suspira. Mi familia les echó la culpa a mis malas compañías, pero yo sé que fui responsable de habérmelas buscado. Ya ves, yo no puedo decir eso de que no lamento nada… No soy mejor que esos, reconoció señalando a unos tipos que andaban por ahí trapicheando. Después de esta inesperada confidencia, me parece que le cuesta mirarme a los ojos. Yo no soy de juzgar a los demás; la vida es complicada y nos puede empujar al vacío; un mal cálculo en el impulso y nos caemos desde lo alto sin red; un traspiés y se nos echa el tigre encima en plena función; así es la vida. Esto es lo que le digo, mientras atardece y miro el cielo violeta en el que se dibujan oscuras siluetas de palmeras, sin poder evitar acordarme de Lucio, el hombre más rico en palabras que yo conozco y el más aficionado en cielos también.

Esa noche cenamos arroz negro con judías negras, la especialidad de un mesón que está hasta los topes. Noto que Patricia ya no se muestra tan natural. Intento como puedo trasmitirle confianza, pero la noto en vilo. Cuando está nerviosa, se lía con el español y confunde “ser y estar”. Entonces dice cosas como: “Soy hambrienta o estoy ladrona” y las erres se le resisten un poco más de la cuenta. Aprovechando que se va al lavabo, le doy un toque a Crespo para saber su opinión sobre eso que me acaba de confesar  Patricia. Qué fuerte, me dice, pero en seguida me tranquiliza. Tú asegúrate de que no te meta en ninguna secta y que no ande traficando con órganos, que con lo demás se puede lidiar. Que tiene un pasado, ¿y quién no? Tú, tranqui, en tu línea, Perejil. Tampoco te vas a casar con ella, ¿no? Además, si te lo ha contado es porque es de ley, tío. Ya pagó su condena, ya redimió, punto final.

Volvemos a casa caminando despacio. Algunos sin techo se van recogiendo en los cajeros y yo pienso en mi buena suerte de dormir en una casa donde no falta detalle o de poder pagarme una habitación en un albergue, si hiciera falta. Se lo digo a Patricia que sonríe. Las personas acaban arreglándose, dice. Solo algunos casos perdidos se quedan por el camino y yo pienso en mis padres quemándose vivos en la carretera. Lo que está pasando ahora es punto aparte; ojalá cambie porque no hay por dónde, añade. De todo eso vamos hablando cuando se nos acerca un hombre a pedir, para comer. Patricia saca unas monedas, se las da y le dice: Tenga, para comer o para lo que necesite, le dice, y le desea suerte. Esta noche la veo algo desvalida… Pienso en lo raras que somos las personas. Desde la pista, nosotros, los del circo, tendemos a simplificar al público, pensando que sus vidas son planas y sin requiebros. Ahora me doy cuenta de que cada uno arrastra su historia y que no todos cabemos en el mismo saco. Estoy rota, dice Patricia, ¿o dijo “soy rota”?, y se despide con un hasta mañana.

Yo me quedo un rato en la sala, pensando en mis cosas. La luna entra por el balcón y se escuchan los barridos de los elefantes. Me acuerdo de Yuma, de Aníbal y de Colombo y pienso que la palabra “malaje” es propia de Lucio. Después me acuesto. Debo de soñar con Max, es algo que me pasa a menudo. En mi sueño, bastante estrafalario, veo al mono moviéndose con el frenesí del cine mudo, no obstante me parece oír sus chillidos agudos. Max se rasca debajo de los faldones, enseñando los dientes. Se descuelga de una columna del decorado, tan cómico, vestido con enaguas de puntillas y tocado con palmera. Con su desproporcionado brazo coge una sombrilla y, usándola de palanca, salta. ¡Hale, hop! Después se despereza y me ofrece un tremendo bostezo. Se acurruca a la sombra de un árbol pintado en el telón y se arrebuja con su ridículo vestido de damisela. ¡Ese Max! Me despierto riendo.

Ya queda menos para el día… Subo al terrado para ensayar; no quiero llegar desentrenado. Le pido a Patricia que me ayude, poniéndose de espectadora y haciendo también las veces de entrevistadora, por ver cómo me las apaño. En mi número junté todas las disciplinas, a no ser el trapecio que no puedo montar en la azotea, por ajustarme lo más posible al perfil que piden. Patricia me dice que está bien empastado. Me ayuda a retocar el vestuario, que me había agenciado donde Lucía. Llevo meses rumiando la muestra que en pocos minutos tiene que realzar mis habilidades de mimo, payaso, malabarista, acróbata y trapecista. Patricia me sugiere unas alas. A modo de atrezo, dice. No acabo de entender para qué, pero me estoy acostumbrando a hacerle caso: es una mujer de mundo, que diría Lucio.

Nos vamos a los Encantes donde podremos encontrar esas alas. Allí, rodeado de quincalleros, me siento como en el rastro. Regateo por unas postales antiguas y les escribo una para Guadalupe y otra para Lucía, mientras nos tomamos un refresco en el chiringuito. Le pido a Patricia que por favor me revise la ortografía: no quisiera meter la gamba, sobre todo con la profe. Me pregunta con sorna si esas mujeres son novias mías. Proseguimos a la búsqueda de esas alas con las que está tan obcecada. En un puesto de disfraces y trajes de gala, por fin damos con las dichosas alas. Patricia insiste en que me las pruebe, pero yo antes pregunto cuánto. El vendedor me pide treinta y me parece mucho; regateo como me ha enseñado Crespo y bajamos a la mitad; entonces me las pruebo. El arnés me viene holgado y el hombre me sugiere que un zapatero me lo arregle a medida. Le saco otros cinco euros de rebaja por la tacha. Patricia está maravillada de cómo me las apaño. Tuve buen maestro, le digo, y le cuento de Crespo. En el puesto de un africano le compro un vestido a Patricia porque veo cómo ella mira y toca esos estampados tan coloridos. Al llegar a casa, le da un aclarado y se lo estrena; le queda que ni pintado. A falta de maniquí, le colgamos las alas a una escultura. Los agujeros se los haré yo mismo con una punta y un martillo y así me ahorro el remendón. Patricia me llama apañado. Mentalmente me apunto las palabras “plumaje” y “marabú”, para regalárselas a Lucio. Ya tengo toda una colección de palabras nuevas para él.

El día de la prueba no estoy nervioso, solo tan alerta como para salir a pista. Llego con tiempo de sobra, tanto que creo haberme equivocado con las señas pues soy el primero, a una oficina del paseo Colón, que es donde nos han convocado. Relleno mi ficha y entrego las cintas de mis actuaciones, esas que Juana y Lucio me han ido grabando. Cuando me llega el turno para la entrevista me hacen preguntas, algunas bastante personales que contesto como puedo y también me graban. Para ver cómo das, me dicen. No tengo ni idea de si lo he hecho bien, mal o regular, tampoco si soy de los que enamoran a la cámara. Cuando salgo y veo a los demás aspirantes esperando en el vestíbulo, me siento poca cosa: todos lucen un aspecto más cuidado que yo, dan la impresión de ser carne de gimnasio… Suerte haber obedecido a Patricia en lo de ir al peluquero. Hay que sacarle partido a ese pelo rubio ceniza, insistió.

Vuelve a las dos, me dicen. Colgaremos la lista de los que hayáis pasado para convocaros a las pruebas físicas. Me doy una vuelta por las Ramblas donde me entretengo con las estatuas humanas, como un turista cualquiera. Consulto el reloj del móvil, impaciente por saber si habré pasado el primer filtro. Aleluya, estoy en la lista con otros tres. Nos esperan a las ocho de la mañana del día siguiente en la carpa de los Raluy, que nos dicen está estacionada en el muelle, bajando las Ramblas hacia el mar.

La tarde se me hace larga y Patricia, que nota mi ansiedad, me pide ayuda para limpiar el polvo de su colección de estatuas. No hay como ocuparse en algo para que el tiempo pase más deprisa, me dice. Te contaré la historia de mis esculturas. Como ya te dije, son africanas. Te preguntarás qué pintan aquí. En realidad, nada. Son herencia de mi padre, pero no me pertenecen como tampoco le pertenecían a él, aunque comerciara con ellas. Algunas tallas son antiguas, otras no tanto. Todas son valiosas por sagradas. Es por eso que no deberían estar aquí encerradas, ni tampoco en un museo, sino entre sus gentes, allí donde les fueron robadas. Podría pensar que quien roba a un ladrón, en este caso mi padre, tiene cien años de perdón, pero a mí no me lo lleva la conciencia. Por eso, pienso que tendría que venderlas y hacer un donativo a sus legítimos dueños. Cada día me pesa más no haberlas devuelto cuando todavía tenía fuerzas para hacerlo. Lo curioso es que él ni siquiera era mi verdadero padre, pero me dejó a mí este embolado, en vez de dejárselas a mi hermano. Nunca supe si estaba al corriente de que mi madre tuvo un amante congoleño. Mis rasgos me delatan, pero a veces cuanto más cerca, ya se sabe… Tú que pareces honrado, ¿qué harías?, Pancracio. Lo que saques, dáselo a Payasos sin fronteras, le digo sin pensármelo. Eso, algo así o quizás Médicos sin fronteras, ¿no te parece más serio? Hum, no sé, prefiero las risas a las tiritas…

De buena hora voy al solar del circo. En cuanto veo la carpa y los carromatos me siento en casa. Rodeo el recinto sin adentrarme. Falta media hora, tiempo de sobra para curiosear. Las caravanas son de madera, de las antiguas, aunque pintadas y decoradas con primor. En una de ellas reconozco una copia de un Picasso rosa, de los que vi el otro día en el museo. Cuánto daría por que lo viera Valdés, todo esto le entusiasmaría. No encuentro las jaulas; este debe de ser un circo sin fieras, pero con hay una caballeriza. Unos empleados, que andan faenando, me observan. Les explico que vengo a la prueba. Creo que son polacos, pero me entienden porque me indican el carromato donde nos esperan. Les doy las gracias, en polaco como me ha enseñado Niebieski y ellos se ríen. Llamo a la puerta y me dicen que pase. Llegas pronto, muchacho, pero siéntate que no tardarán. Son los hermanos Raluy, los reconozco de haberlos visto en fotos. Me presento y les digo que trabajo para los Valdés. Para mi sorpresa, han conocido al abuelo. Eso me relaja. Cuando llegan los de la productora ya casi se me ha olvidado que me están examinando. Vamos hacia la carpa y cuando apartan la lona, aspiro el olor a serrín húmedo y debo de poner la misma cara que Crespo al fumar sus cigarrillos, porque uno de los Raluy me pregunta si tengo mono de circo. Le sonrío y le digo que un poco, que llevo un tiempo apartado, por estudios y eso. Encienden los focos y empieza el espectáculo. Hago todo lo que me piden, como lo haría Max, ni más ni menos. Te llamamos con lo que sea, me dicen, y uno de los dos hermanos me acompaña a la salida y me desea buena suerte. Saluda a los Valdés de mi parte, me dice.

Al volver a casa, compro sardinas, flores y vino para la comida. Qué celebramos, quiere saber Patricia que está leyendo la prensa en la terraza. Que soy un chico alado, le digo, en tono burlón. Comemos en la azotea y brindamos con Penedés. Yo, poco acostumbrado a tomar y cansado por las emociones, me echo una siesta, como suele hacer Patricia a diario. Lo mejor de este país, dice siempre al despertarse.

Al atardecer, me pruebo las alas y salgo.

— ¿Te vienes?

—Me quedaré leyendo. Eh, chico, y no rompas demasiados corazones…

Hago una llamada a Crespo para comentarle lo de la prueba y lo de las alas. Él me canta su nuevo rap, dedicado a los desahuciados. Lo escucho sentado en un bordillo al pie del Arco de Triunfo. La peña te echa de menos y Lucía ha hecho un conjuro para que llegues hasta Hollywood, me dice de guasa. Bah, bah, con menos me conformo, le digo. Cuelgo. Pillo una bicicleta del apeadero y atravieso la zona pedaleando. Circulo deprisa sorteando los numerosos vehículos. Ni siquiera voy pensando en el tráfico, sino en cómo integrar las alas a mi número. En un momento dado, me subo a la acera por esquivar una camioneta que descarga una mudanza y como voy tan abstraído no me doy cuenta de que alguien se me echa encima.

—Lo siento. No te vi venir.

—La culpa fue mía, que salía azotada— dice la chica.

Se agacha para recoger su bolso y yo le recojo unas gafas de sol. Al dárselas, se echa a llorar. Yo, confuso, le rodeo los hombros (con las alas). Entonces sale disparado un hombre de un bar, blasfemando como un energúmeno, pero se queda parado, ¿por las alas? Al verlo, ella se pone a caminar deprisa y yo la sigo, sujetando el manillar con la mano derecha y rodeándola con la otra. Me olvido de las alas, que están resultando de lo más prácticas.

—No creas que lloro por el atropello. Me acaba de pasar una movida que…

—Tranquila. Lo importante es que no te hayas hecho daño.

Y me escucho invitándola a un helado… Ella acepta y vamos caminando hasta dar con una horchatería de la ronda. Aparco la bicicleta alquilada, que de pronto me estorba. Ella se va directa al lavabo y yo pido dos horchatas. No puedo por menos que acordarme de Juana y de aquellos días manchegos, pero este no es momento para nostalgias. ¿Por qué llevas eso?, me pregunta sentándose en el taburete. Ah, las alas… Por probar, contesto sorbiendo la horchata. Tampoco es que pueda darle más explicaciones, ni yo sé qué pinto con unas alas. Le pregunto por qué ha salido de ese bar tan escopetada. Antes, intercambiamos nuestros nombres y ella sonríe al oír el mío. Yo, Julia, me dice. Me parece un nombre exquisito, porque justo le estoy mirando la boca cuando lo pronuncia y me gusta el dibujo de sus labios. Me cuenta que se presentó a una oferta de trabajo porque vio el cartel de “Se busca camarera”. Solo había trabajado un par de veces detrás de una barra, que yo no soy camarera, pero necesitaba la faena y pensé que para poner cuatro cafés serviría. Así que me presenté y el dueño me dijo que podía empezar ya mismo. Al principio de la jornada, todo normal, me enseñó la cocina y cómo funcionaba la cafetera y lo demás. Después de comer se fue, así que me quedé sola. Hubo poca gente, casi nadie. Estuve echando cuentas de lo que les debía a los colegas y me hice cábalas sobre cuánto me pagaría. No se lo había preguntado, llámame lela. Cuando volvió, el tipo parecía otro, me hablaba a voces y se me acercaba con cualquier disculpa y yo empecé a sentirme mal a gusto. Reuní valor y le pregunté lo del sueldo y también el horario. Me dio largas. Que el sueldo dependía de ciertas cosas, me dijo. No lo entendí o más bien no quise porque el tipo me miraba con tanta lascivia que estaba más claro que el agua, ¡un baboso! Yo ya no sabía ni dónde meterme. Si él se acercaba a la barra, yo huía a la cocina y así anduvimos como gato y ratón. En un momento me descuidé y me acorraló en el fregadero y se quiso propasar arrimando cebolleta, ya me entiendes… Yo le di una patada en los cojones y me fui corriendo. No sé cómo acerté a coger mi bolso. ¡Me dio un asco, el asqueroso ese, guarro, aprovechao! Por eso fue que salí como una estampida.

— ¡Menudo cabrón!

—Sí, como no hay curro, hasta el último mono se cree poderoso.

Salimos del local refrigerado y seguimos caminando despacio por alargar el encuentro y eso solo fue el principio porque charlamos el resto de la tarde y se nos hizo de noche. Al principio, fue pura cortesía, me sentía culpable por haber chocado; al poco, me conmovió su llanto; al tomar el refresco, me chocó su relato; cuando se escondió el sol en la Plaza de la Universidad, fueron sus ojos los que me encandilaron; y cuando la vi alejarse hacia el metro me quedé prendado por sus andares de bailarina. Sin saberlo, me estaba enamorándome. Por primera vez. Es decir, sin remedio. De pronto tan en las nubes, que ni sé cómo llegué a casa. Al verme, Patricia me pregunta cómo me ha ido con las alas. Yo la miro sin verla, estoy ido. Bien, bien, le digo, muy bien.

Al día siguiente, mientras desayunamos, me dice sin rodeos que la invite a comer, está tan segura de no equivocarse que solo le falta llamarla por su nombre, Julia.

— ¿Cómo lo sabes?

—Te leo el pensamiento.

De nuevo bendigo a Crespo y las virtudes de su móvil en el que guardé su número. El número de Julia que ya me sé de memoria porque estoy seguro de que será mi número de la suerte. Julia Julia Julia… De pronto, todo es Julia… La llamo y quedamos sin más. Comemos dentro en la sala porque el día se está nublando. A Patricia, le parece una monada, pero eso me lo dice después cuando ella ya se ha ido. Teatro y danza fue lo que estudié, nos cuenta Julia, en los postres. Ya sé que no tiene salida, pero tengo compañeros que acabaron ingeniería y están igual, o peor.

— ¿Vives con tus padres? — le pregunta Patricia.

—No. Ellos se volvieron al pueblo. Aquí, sin curro, ya aguantaban. Yo estoy de ocupa.

Patricia sirve café. No soy anti-sistema, nos confiesa Julia, pero estuve en las acampadas de la Plaza de Cataluña. No sirvió de mucho, ya me lo decía mi madre, no te metas en follones, vas a perder más de lo que ganes. No le hice caso y tenía razón mi madre porque, ya ves, tenía razón, perdí mi macuto, nos dice riéndose. Alargamos la sobremesa y se nos hace tarde, así que la acompaño. Me pesa tener que dejarla en esa fábrica tan destartalada. No te preocupes por mí, aquí también hay buena gente y entre todos nos ayudamos, me tranquiliza.

Desde entonces nos estamos viendo todos los días, aunque por las noches nos separamos. Sigo con mi espectáculo en la calle. Además ahora ella me acompaña, no solo pasa la gorra, también improvisa unos bailes con mucha gracia. Tiene pocas tablas pero le sobra duende y no se le caen los anillos por nada. Cada día, la convidamos a comer en casa. Por decisión de Patricia, se instala en casa. Están a punto de desalojarnos, nos confiesa, así que no se haré de rogar. Mientras tanto, yo sigo esperando la llamada de la productora y por eso consulto mi móvil cada dos por tres. La tarde que pasamos por la fábrica ya medio abandonada a recoger sus bártulos, por fin suena mi teléfono. ¡Conseguido! Me dan el papel y debo presentarme en la oficina de Colón para firmar el contrato. Cuando cuelgo, me pongo a saltar de alegría, ¡mil veces hale hop!

—No se lo digas a Patricia, a ver si también esto me lo adivina…

— ¿Lo dudas? —me dice Julia que en seguida se ha dado cuenta de que nuestra anfitriona nos lee el pensamiento.

Julia recoge sus cosas en una mochila, mientras se despide de sus compañeros, que ya andan planeando otra ocupación. A Samuel, un gigante congoleño que me presenta como “su guardaespaldas”, le deja el hornillo, los cacharros de cocina y su saco de dormir, que ya no le harán falta. Él se lo agradece con una espléndida sonrisa. ¡Cuídala! Buena chica, me dice, y se quita un colgante que lleva atado al cuelo para dárselo.

—Para ti. Da suerte. Porte-bonheur.

—No puedo aceptarlo. Ahora te hace más falta a ti que a mí, Samuel.

El gigante nos cuenta cómo su abuela se lo dio cuando él se vino a Europa, con la condición de que él se lo diera a la primera persona generosa con la que se encontrara. Y esta persona eres tú, le dice a Julia. Siendo así, ella sí lo acepta y se ata el cordel con la figurita de ébano al cuello. Se parece a las estatuas de Patricia, me dice. Le dejamos nuestro número de teléfono a Samuel, por si nos necesita.

En casa, Patricia ha puesto cava en la nevera, para darle la bienvenida a mi chica. Enséñale la casa, Pancracio, que solo conoce el comedor y la terraza. Esto es el Ritz, nos dice Julia, entusiasmada. Cuando Julia sale del baño, donde se estuvo aseando, Patricia repara en su amuleto. ¿De dónde lo has sacado?, le pregunta. Se lo contamos y ella insiste en conocer a Samuel. Parece tan intrigada con la historia del amuleto que no dudamos en llamarlo. Él se muestra bien sorprendido de que nuestra amiga cree haber reconocido el colgante, pero la comunicación no es fluida, así que quedan para aclararlo en persona y en francés. Ese amuleto fue de Denise, estoy segura, nos dice Patricia, y le explica a Julia que Denise fue su aya allá en el Congo.

Sobra decir que esa noche, tan llena de emociones, Julia y yo aprovechamos para intimar, pero del cómo fue nuestra primera noche solo podrían hablar las imágenes de madera, que son mudas, y quién sabe so los elefantes y otros animales del zoo de enfrente, que tampoco hablan.

Por la mañana me presento en la oficina de Colón. Dudo si ponerme las alas, que tanta suerte me están dando, pero pienso que igual queda poco profesional. De camino, aprovecho para anunciarles la buena a Crespo, que se pone como una moto, y a Estrella, que se me pone a llorar. Ya doy yo la voz a los del circo, los llamo ahora mismo. Con todo lo que hicieron por ti es la mayor satisfacción que puedes darles, me dice entre hipos.

En una semana empezamos el rodaje; mientras, ensayaremos con el director en la pista que los Raluy ponen a nuestra disposición. Me dan un guion para que me lo vaya mirando. A pesar de no llevar ya las alas, volando voy y Julia que me espera.

Capítulo 8 Si te he visto, no me acuerdo


De martes

No sé para qué sigo pintando, si no hay manera de colocar nada. Cerré el taller que tenía a dos manzanas por ahorrar el alquiler, así que ahora invado la casa porque esto de la pintura ocupa tanto lugar… Debería dejarlo, pero para hacer qué me pregunto y no encuentro alternativas. ¿Buscar otro empleo? A veces lo intento, pero será que no le pongo empeño porque no me sale nada decente. Abandonar la pintura es tirar la toalla y da rabia después de años con esa cruz a cuestas. Antes me salían clases, algunas ilustraciones, cosas que no eran talmente pintar pero sí del oficio. Más que nada para cubrir gastos. Reconozco que fui pésima en eso de venderme cuando los años de vacas locas; no supe situarme; el mundillo me espantaba; ese tinglado siempre me superó y ahora a buenas horas… No tienes mano izquierda, me diría mi madre. Ni suficiente ambición, me digo yo. Ni fe ni ambición. Y ahí sigo, pintando por costumbre, por no morirme de asco. Los dibujos se almacenan en las carpetas y los lienzos se apilan en los pasillos. La mía es una casa tomada por la pintura. Montar una instalación con ese taller ahora desbarajustado sería una opción, pero ni eso hago. Algunas noches, todavía me apetece salir a pintar a la calle y tampoco lo hago. Los aerosoles, tan tóxicos, se me atragantan, o se me ha pasado el arroz y por qué quemarse los pulmones gratis, buena gana trabajar para el inglés… Además, ahora, está el niño y eso lo cambia todo. Hace  días  vengo retrasando un encargo y eso, dada la situación, es bastante imperdonable, pero es que el encargo es un retrato y los retratos no se me dan. Hoy me dije de hoy no pasa y me puse al lío, pero me puse con recelo y el miedo, ya se sabe, no casa con la soltura. Yo ya sé que la clienta no quedará contenta, lo sé antes de esbozar el primer trazo. Le doy vueltas a la foto de esa desconocida y busco esos bocetos que hice hace días, unos bocetos que ni me convencieron entonces ni me convencen ahora, no por cosas de encaje, que eso está medio resuelto, sino por la sonrisa de la mujer, ya forzada en la foto y que a mí me salió como despectiva. De los ojos ni te cuento. Habrá que echarle un par, no queda otra. La modelo, qué culpa tiene la pobre, es mona, pero poco interesante. Tendré que esforzarme en no cargarle años, un vicio muy recurrente cuando no se tiene maestría en el retrato, así que al tanto. Al poco, suspiro y lo dejo con la excusa de una pausa. Cuando vuelvo de la cocina donde estuve preparando café, me quedo parada: la mujer se convirtió, hopus pocus, en un mono. No entiendo nada. Ahora sí que no se le parece ni a su sombra, aunque tal vez la sonrisa luce más lograda. El primer arrebato es romperlo, pero me contengo y le paso el fijador. ¿Cómo hay que interpretar una cosa así de extraña? Mientras tomo el café, noto que me tiemblan las manos. Esa transformación… en un mono…

Se me viene a la cabeza aquel sueño que tuvo mi hermana cuando éramos pequeñas, el sueño del mono en la despensa. Mirándolo bien hasta se le parece. Con la de vueltas que le di entonces, tantas que conseguí hacerlo famoso entre nosotras. Nuestro mono en la despensa. Hay que decir que yo sí creí verlo cada noche en nuestra despensa, aunque a día de hoy no lo juraría ni pondría la mano en el fuego, pero entonces bien que estuve convencida. Tanto que cada noche abría la puerta de la despensa y le deseaba las buenas noches, un rito secreto que cumplía a raja tabla antes de acostarme. A pesar de no dudar de que hubiera un mono, pues lo veía con mis propios ojos, nunca llegué a soñar con él. Eso no. Sabía que existía y que era más real que otras cosas de las que los adultos intentaban convencerme y que se me escapaban, por abstractas. La primera noche, recuerdo que él me miró asustado; después, al ver que yo no gritaba ni me chivaba, se fue confiando y pasó a mirarme con curiosidad y hasta con familiaridad. No sabría decir cuánto duró aquella visión. ¿Semanas, meses? La portera se quejó del mal olor del patio de luces y eso me pareció una prueba que confirmaba su presencia. Por supuesto, callé. Al poco, dejé de verlo, o me abandonaron las alucinaciones. El caso, la despensa vacía había vuelto a ser un espacio anodino, bastante húmedo y maloliente, en donde guardaban las escobas, el cubo de la basura y cosas sin ningún interés.

Apuro el café mientras cavilo en eso tan raro que acaba de pasarme y en cómo vuelven algunos recuerdos con la persistencia de las manchas de grasa. Eso lo cuentas por ahí y no se lo cree nadie, pensé. Y Celia, ¿qué dirá, mi hermana? Ella sí me creerá, o quién sabe… Lo normal es que se lo crea: después de todo eso del mono fue cosa suya. A parte de ella, a nadie más, no sea que me den por loca (la culpa, yo sé, es de la trementina y de tanto caminar en la cuerda floja). Mejor me callo, como cuando de pequeña oculté la presencia del mono en la despensa. Vuelvo a la cocina y enciendo la radio, por aturdirme y así sentirme menos sola. Abro la nevera y lavo las verduras de la comida. Lo que acaba de pasarme puede interpretarse de muchas maneras, o de ninguna. ¿Lo habré dibujado yo sin darme cuenta? ¿Sufro desdoblamiento? Bah, ya será menos… ¿Una realidad paralela? Soy escéptica con los fenómenos paranormales; necesito una explicación cabal. La demencia llamando a la puerta ¿tan pronto? Quita, quita, la locura ni mentarla. El perro me reclama y acariciarlo me despeja esa nube oscura que planea sobre mi cabeza. Al niño, ni palabra: podría asustarlo. Por cierto que ya es hora de ir a buscarlo, así que me visto una rebeca. Fuera el cielo está algo encapotado. El perro tirando de la correa me obliga a caminar dando bandazos.

Manu sale cabizbajo arrastrando la mochila. El perro se tira hacia él y le lame las manos. ¿Qué tal?, le pregunto. Esta tarde no voy es lo que me contesta. No lo negocio, no tengo ánimos. Demasiado blanda, me dirán. Puede. Después de comer, se queda dormido en el sofá, el perro a sus pies. Recojo un tebeo del suelo y llamo a Mauricio, para quedar. Si quieres te paso un encargo, es un retrato, le digo. Me va de fábula, me dice. No entiende que los retratos me son punto imposible; a él se le dan de maravilla, aunque también a él le pasan cosas extrañas con esto de los retratos: hay veces que se pone a dibujar una cara sin copiarla de nadie, creyendo que es un rostro desconocido, y luego se encuentra con esa persona a la que ya retrató antes de conocerla. Supongo que la pintura encierra misterios por resolver o ¿será la trementina? De momento no le comento nada de lo mío, por teléfono no me parece propio.

Cuando cuelgo, el niño ya se despertó y me llama. Decido tomarnos la tarde libre tal como quiere Manu, total por unas horas no se acaba el mundo; ese horario partido no me cunde y a él se le hace cuesta arriba. No es tanto por darle el capricho como por evitar enfrentarme con lo mío, con ese milagro del mediodía. Por esta tarde libras, pero no te acostumbres, le digo y le pongo la sudadera, mientras él me cuenta no sé qué sueño raro que acaba de tener. Salimos o nos saca el perro con sus prisas. En el rellano unos chicos con credenciales aporrean la puerta del vecino, carpeta en mano. Deben de ser de alguna compañía de gas, siempre igual. Paso sin decir ni mu, no sea que me aborden, aunque si lo hicieran tengo la frase siempre a punto: “Yo no soy la señora de la casa.” La tarde refrescó y un aire medio otoñal remolinea papeles y algunas hojas amarillentas. El perro arrastra a Manu, que se empeña en sujetarlo de la correa. Atravesamos el parque, desierto a esas horas. El niño, todavía con cara de sueño, parece algo apagado, ¿estará incubando algo? El perro se revuelca en la hojarasca. A Manu le apetece columpiarse, pero suave y sin que me des, me dice. Lo dejo a su aire, me siento en un banco y Roco, más sosegado, se tumba a mi lado. Después bajamos por la calle principal del barrio sin encontrarnos todavía a nadie, los comercios no abrirán hasta más tarde. El perro olisquea las esquinas y nos obliga a detenernos por ir marcando su territorio con esas señales que deja, aquí y allá, misteriosos mensajes; el caso es zigzaguear.

Mauricio ya nos espera en su portal, a tocar de la Ronda San Antonio. Se sorprende al verme con el crío. Tarde libre, le explico. ¿Pasamos por la tienda de dibujo?, ando mal de papel. ¿Sabes que han cerrado la de Petritxol?, me dice. ¿También esa?, le digo. ¿Y qué han abierto, otra tienda de moda? No, si a este paso el barrio parecerá un vestidor… Oye, antes de que se me olvide, la foto del retrato. La tía lo quiere en color, le digo, y se la doy en un sobre que él se guarda en la chaqueta. Vamos tomando atajos por evitar que nos arrastre una nube de turistas, que copan las aceras. El niño sigue tan callado que Mauricio me pregunta si le pasa algo. Parece que no está muy fino, le digo. Al llegar a la plaza del Pi, Mauricio se lo lleva de la mano a mirar el escaparate de la juguetes de la esquina, mientras yo entro en Casa Piera a por papel. Lo pido de la marca que suelo gastar, pero el vendedor me dice que ya no les queda género, pues esa fábrica acaba de cerrar. Cuando salgo veo que Manu lleva un soldado de plástico, seguro que se lo acaba de sonsacar a Mauricio y los reto un poco: en casa ya no cabemos con tantos cachivaches. A Manu de pronto se lo ve menos mustio. Mira qué escudo tan chulo, me dice por venderme la moto. ¿Le habrás dado las gracias al tito Mauricio? Sorteamos más nubes de turistas que, más que mirar, van fotografiando cada rincón. Deshacemos el camino, el niño de la mano, el perro de la correa y el tubo de papel bajo el brazo. Al pasar por la calle del Carmen, el chico se queda mirando a un hombre que anda hurgando en un contenedor. Vamos, Manu, lo apuro.

En su casa, también abarrotada de cuadros —aunque solo cuadros, no como la nuestra donde además campan dinosaurios, coches, guerreros y piezas de mecano—, Mauricio prepara café y chocolate a la taza. Este preparado al niño le fascina por su inmediatez, como le fascina todo lo instantáneo, debe de ser por eso de que el tiempo a los críos se les hace eterno, ajenos todavía a nuestras amenazas de caducidad. Le ponemos dibujos animados por entretenerlo mientras charlamos y él, cansado de la caminata, se tumba en el sofá, con los morros embadurnados. Dudo si contarle a Mauricio lo de esa mañana. Me contengo, esperaré hasta ver si el milagro se repite. Le pido que me enseñe lo último que anda pintando y con la taza de café en mano recorremos el taller. Desde el caballete nos mira una mujer. ¿Quién es?, le pregunto. Todavía no la conozco, me dice. Apoyados de cara a la pared un montón de lienzos esperan a que alguien les levante el castigo. ¿Te parece si le doy un toque al tipo de la galería?, le digo. A él le parece bien. Recogemos las tazas en el fregadero y desde la ventana de la cocina, que da a la galería, vemos cómo empieza a llover. Llevaos un paraguas, nos ofrece al irnos.

Manu se espabila según va descargando la tormenta. Me cuenta los dibus con pelos y señales, historias de castillos y dragones y de no sé qué más. No debe de estar incubando nada malo como temí, sino que vuelve a ser el parlanchín de siempre. Nos paramos en el colmado y compro boniatos y manzanas. Justo al llegar al zaguán de casa, arremete la tromba, suerte que ya nos pilla a resguardo. Antes de entrar, Manu salta en un charco, algo que no puede remediar, salpicándome y empapándose las zapatillas. ¡Incorregible! De cabeza a la ducha, le ordeno. Rezonga por no perder la costumbre, pero obedece. Antes, coloca el soldadito nuevo en la estantería con el resto de esa colección. Seco al perro para que no huela tanto a gallina mojada y le echo un ojo al crío por ver si se está desvistiendo. Cierro el grifo de la bañera que ya casi se desborda y lo dejo enzarzado en una lucha de submarinos y patitos de goma; el baño, en seguida convertido en un zafarrancho. Recojo la ropa sucia y le preparo el pijama. Limpio y repeinado, oliendo a colonia Nenuco, se pone a dibujar en la mesa de la cocina mientras yo preparo la cena. Desatado, ya charla por los codos, haciéndome preguntas (es la hora de los porqués…) que yo contesto sin mucha gracia, absorbida como estoy por el misterio del mono. ¿Te gusta mi dibujo?, me pregunta. Me encanta, ¿por qué no lo coloreas?, le digo sabiendo de sobra la respuesta. Manu detesta colorear tanto como hacer caligrafía. A sus lápices de colores los transforma en flechas y rellenar los cuadernos Rubio le parece un castigo. Hora de irse a la cama, recoger el cuarto y preparar ropa y mochila para el día siguiente. Mañana no hay cole, me espeta y, como me suena a trola, llamo a otra madre y compruebo que lo que él quiere es hacer pellas. Lo regaño, poco convencida. Nuestro eterno debate, el para qué ir a escuela. Que por qué no lo dejo en casa o en la biblioteca donde aprende más, mucho más, me camela.  Siempre con el mismo cuento… A veces, ser madre es agotador. Y difícil.

Me ducho y me pongo un chándal. Reviso el contestador y escucho un mensaje de Josep. Dice que está bien y que nos manda un abrazo. Suena lejos, con ese mar embravecido de fondo. Pero es que está lejos, tan tan lejos… Me preparo un té, desenrollo el papel, que no se haga marca y lo guardo en la carpeta. Compruebo a ver si el dibujo del mono sigue ahí. Sí, ahí sigue intacto, el mono sonriéndome, tal como lo dejé a mediodía. Mejor no caer en la paranoia y no buscarle tres patas al gato, o cinco o las que sean. Solo toca ver si el milagro se repite o si fue caso aislado. Mañana veremos, pienso, que ahora ya no son horas de ponerse a dibujar. Enchufo el portátil y abro el correo. Nada pendiente. Le envío un mensaje a Josep. “Nosotros, sin novedad. Cuídate. Muchos abrazos.” Adjunto una imagen con el pie de foto “Tu hijo dibujando”. No le comento nada sobre lo que ya califico como “el milagro del mono”. Josep, tan lejos, no entendería la situación y lo podría acongojar (dado su carácter pragmático, él es muy del tipo de lo que es es y lo que no es no es). Cierro la ventana y me desconecto. Decido que mañana llamaré a Celia. Enciendo la tele y me arrebujo en la manta de cuadros. Sigue lloviendo. Con el mando hago un barrido, pero bajo el volumen por los anuncios, que chillan. No encuentro nada y apago. Antes de dormirme, pienso en esa manía que le agarró a Manuel de negarse a colorear. A mí, de pequeña, me pasaba todo lo contrario. Tú dibujas y yo coloreo, le decía a mi abuelo. Pero él es él y yo soy yo.

De miércoles

Suena el despertador y tengo que hacer teatro con la ayuda de Boris, el imprescindible peluche, para que se levante. Otra vez la milonga de no quiero ir, pero me hago la sueca (aunque a mí me quedaría mejor hacerme, no sé… ¿la islandesa?) Desayunamos y nos tiramos a la calle, Roco como siempre con sus urgencias mañaneras. De vuelta a casa, llamo a la escuela para pedir cita con la maestra, a ver si aclaramos esa desgana del niño… Algunas veces, me pilla sin argumentos y me cuesta horrores arrastrarlo al cole. La tutora tiene libre a las cuatro. Me va perfecto, le digo. Mientras telefoneo me entretengo en dibujar una cara en un bloc. Cuando cuelgo, veo que la cara, que era la de una mujer, se ha cambiado en la un mono. Mi mono.

El milagro se repite, no hay duda. Comprobarlo me reafirma. Llama ya mismo a Fuster, en caliente, me digo. Marco y me atiende su secretaria, que le pasará el recado. Faltaría, para eso te pagan, pienso malhumorada. Debo de estar de suerte: al poco suena el teléfono y yo casi me tambaleo al oír la voz del propio Fuster. Alabado marchante. Quedamos el viernes a las doce. Entonces mismo llamo a Mauricio, al que seguramente despierto. No se lo puede creer, al fin el tipo de la galería nos hace caso. Yo tampoco me lo puedo creer y suelto como un aullido y Roco se pone a ladrar. Segundo café del día, ligerito por la taquicardia, y ya puesta llamo a mi hermana para contarle lo del mono. Necesito decírselo a alguien, con urgencia. ¿Quién mejor que ella?

—Te juro, Celia, es nuestro mono.

—Anda ya, Alicia, no alucines.

Vivimos separadas por mil kilómetros, pero seguimos muy unidas, por telepatía o por teléfono. Con todo, no sé si acaba de creerme. “Dibujé una figura de mujer, me fui a la cocina y cuando volví se había transformado en un mono.” Dicho así resulta increíble. Lástima que Celia no haya presenciado el prodigio y tenga que decirme: “Si no lo veo no lo creo”. ¿Y si se lo grabara con cámara? Yo dibujando un boceto, yéndome disimuladamente, volviendo y oh milagro el dibujo se va mutando… La idea me tienta, sobre todo, por ver cómo ocurre todo cuando yo no estoy mirando, cómo una cara se cambia por otra. Por asistir a esa metamorfosis. Pero no lo hago, al final la tecnología siempre me sobrepasa. A Celia, claro, le suena a cuento chino, ¿a qué si no? Recordamos… ¿Qué tendríamos ocho o nueve cuando lo del mono?, le pregunto. Por ahí andaríamos, me dice. Qué tiempos, los de Bruselas… ¿Te acuerdas de cuando nos mudamos?, me pregunta. Cómo olvidar aquel trago en la aduana cuando requisaron el camión y nos obligaron a desembalar las cajas… Ya y total no encontraron el puto televisor en color, que era lo que andaban buscando y lo único que nosotros no traíamos… Yo bien pensé que el mono se nos hubiera colado y apareciera escondido en el rollo de alguna alfombra. Pero, qué va, si él ya se había marchado mucho antes de la mudanza. Oye, Alicia, no sé por qué te empeñas en llamarle mono, que el de mi sueño no era un mono sino una mona. Bah, y qué más da mono que mona… Bueno, era una mona. Quede claro, me recalca.

Me lavo las manos algo emborronadas más que nada de limpiar la mesa de trabajo, sacar punta a los lápices, lavar pinceles; a parte de las llamadas, hoy no di palo al agua. Como me desvivo por saber si después del segundo intento habrá un tercero (contando el apunte del bloc, ya van tres), pruebo con el retrato imaginario de un joven de labios carnosos, bastante vulgar. Cuando vuelvo del lavabo, un mono me hace morritos. La magia se repite y mis manos vuelven a temblar. Es tan insólito… Nunca dibujar me había resultado tan fácil, es la verdad. Lo extraordinario, además, es que lo hago con destreza, una maestría, tú, que ni en sueños… El trazo firme, el encuadre perfecto, el punto de acabado exacto, no necesita ni retoques, si acaso la firma y ¿qué tal un borrón, así medio aguado, por añadir algo de mi cosecha? Preparo otro papel y ya vamos con el cuarto. Ahora le toca a Josep. Lo copio de esa foto suya que tengo enmarcada al lado del teléfono y no creo nada que mi dibujo le gustara: más bien parece un robot. Me vuelvo a la cocina (ya se está convirtiendo en un rito eso de desaparecer a la cocina, ahora casi es la recámara) y preparo la comida mientras escucho las noticias, resumidas en la corrupción de cada día y no sé qué de unos balones en otros tejados. Mientras se cuece la lombarda, me da tiempo de pedirle al Google imágenes de monos. Guardo algunas en una carpeta que llamo “Documentación monos”. Dudo si imprimirlas, pero desisto: desde que sé que la tinta de los cartuchos es más cara que la sangre humana me cuido de no despilfarrarla. Aso boniatos y manzanas y en seguida un delicioso aroma invade la casa. Saco al perro a pasear y me pongo a pensar, mientras le tiro un palo y él lo recoge y me lo trae, de qué manera aliñar lo que ya preveo que será mi nueva serie, cómo elaborar un discurso que respalde el trabajo (no puedo decir, sin más, que me puse a pintar monos porque me dio por ahí). Detesto toda esa palabrería metafísica, parece más importante lo que se dice de una obra que la obra en sí, pero eso toca, así que habrá que improvisar una lluvia de ideas. O contar la verdad, pero ¿qué verdad? Llegamos a la escuela cuando ya Manu sale.

Comemos y como sobra tiempo coloreamos a cuatro manos un dibujo de una castañera. Porque nunca puedes salirte de la raya, por eso odio colorear, me dice, y porque tantos colores me ponen nervioso. No aprietes tanto el lápiz, le aconsejo. Resopla. ¿Es negra la castañera?, le pregunto al ver que le pinta la cara muy oscura. No te rías, mamá, que me quedó como si fuera un chimpancé. Miro la figura de la castañera con su pañoleta y su falda de retales, pero ya no es la castañera, es el mono. Dejamos los lapiceros y volvemos a la escuela, esta vez sin Roco, que se queda contrariado. No quiero saber si pasó algo más en mi mesa de trabajo, ¿cómo habrá quedado Josep, de mono? Ahora no, después… El cielo nos da una tregua y esta vez no nos mojamos. Con la castañera, ya van cinco, cuento. Despido a Manu y me voy a la cafetería donde pido un té con limón. Cojo un diario y un suplemento dominical atrasado. Ojeo las noticias, tan desalentadoras que desisto. Me entretengo con la revista donde se alternaban comentarios sobre la crisis con reportajes sobre moda, gastronomía y hoteles con encanto, tan irreales como anacrónicos, una mezcla dispar que me provoca una desagradable sensación de vértigo. El doble vínculo. ¿En qué quedamos, nos hundimos o nos vamos de balneario? ¿Mendigar la sopa boba en un comedor social o dejarnos untar la espalda con chocolate? Ay, las dos Españas… Apuro el té y llamo a Josep desde el móvil. Su voz suena cansada. Hace muchísimo frío, dice, pero el trabajo bien. Nosotros todo bien, le digo sin entrar en más detalles. Pronto serán Navidades, ¿tendrás unos días? Creo que sí, ya te lo confirmo. Besos. Besos. Vuelvo a la esquizofrenia del papel cuché y doy con unas fotografías (de autor) que me gustan. No puedo leer el nombre del fotógrafo, me olvidé las gafas de vista cansada. Me adentro en unos ambientes captados con visión de ojo de pez, de tintes desvaídos. Así son las secuencias: una puerta entreabierta dejando entrever el interior de una caravana (visión panorámica), sobre los peldaños de una escalera un par de zuecos de mujer (detalle, primer plano), un albornoz de color frambuesa colgado de la puerta del baño (detalle), una cocina, pequeñísima y muy ordenada (plano general), un tocador con un espejo redondo, una caja de crema Nivea, pañuelos de papel y una cestita con pinturas y maquillaje (plano general), una boa rosa fucsia sobre una silla plegable. (detalle), una capa azul y brillante con estrellas bordadas (primer plano), unos destellos de lentejuelas reflejándose en un punto del techo al lado de una litera (detalle), unos zapatos de tacón, tipo bailaora colocados sobre una alfombrilla redonda (general), un televisor colgado y una foto de grupo en un camerino (detalle), y una mujer en mallas que sube la escalera (plano americano). Como la revista está bastante manoseada, arranco sin más la página y me la guardo en el bolso. No sé para qué. Pago y salgo, dispuesta a reunirme con la profesora de Manu.

Coincide el cambio de clases y las aulas abiertas dejan salir el guirigay de los críos. La tutora, una maestra joven, me espera con los brazos cruzados. Vamos al despacho donde podemos charlar a gusto, me dice, señalándome una puerta del vestíbulo. Ahí nos sentamos y ella saca sus gafas y abre una libreta. Yo no sé por dónde empezar, así que carraspeo.

—¿Quería hablarme de Manuel? —me pregunta arqueando las cejas.

—Sí. Últimamente no hay manera de traerlo a escuela y cada día la tenemos. Era por saber si pasó algo…

—No, nada importante. Solo que es muy cabezota y le cuesta mucho seguir las normas, por ejemplo, se niega a colorear y si yo digo que toca colorear ¡toca colorear!  —dice, elevando un poco la voz—. Entonces, cuando me lo emborrona todo de negro, me veo obligada a castigarle sin patio. Mire esto —me dice enseñándome una lámina que saca de una carpeta que está sobre el escritorio—. Yo me restriego las palmas sudorosas sobre las rodillas y la cojo. Está un poco arrugada. Es el típico dibujo infantil con casa y figuras humanas, un dibujo cualquiera aunque intuyo que el tema de la familia debió de ser impuesto, o al menos sugerido, ya que Manu ahora está erre que erre con castillos y dragones y de ahí no lo sacas. Lo único que choca, para ser el dibujo de un chico, es que está coloreado en gamas de grises, como a carboncillo. Por lo demás, reconozco nuestra calle, nuestra casa, nuestra familia, y veo que tampoco se ha olvidado de nuestro Roco.

—El otoño, tan lluvioso, no es tan raro que lo pinte en grises —digo en voz muy baja.

—Pero podría pintar el cielo de azul, al menos eso, qué le cuesta…

Llegados a ese punto, ¿para qué seguir, cómo explicarle que el cielo no es siempre necesariamente azul? Por suerte suena el timbre y respiramos aliviadas. Me levanto como un resorte, recojo bolso y paraguas, y farfullo algo a modo de despedida. Ella se reajusta las gafas y también se incorpora. No resolvimos nada, me parece… Cruzo el vestíbulo y espero en la entrada a que salga mi niño. Me consuelo pensando que el año que viene ya no le tocará esta relamida, dios, a saber cómo reaccionaría ante un caso de daltonismo. A mi chico lo tendrá que gastar como es y ahí aparece él como una exhalación y nos vamos medio corriendo. ¿Por qué no vino Roco?, me pregunta. Tenía entrevista con tu profe, ¿no te acuerdas? ¿Te riñó?, me pregunta inquieto. Qué va, solo está molesta porque no coloreas. Vamos por la cuesta canturreando Paquito, el chocolatero, que siempre da ánimos. En casa, Roco ya se nos sube por las paredes. Manu se lava las manos y deja la mochila en su cuarto. Pillo unas manzanas para la merienda y salimos al parque. Mientras baja el tobogán me pregunta si me ha gustado su profe. Hum, le digo. Al atardecer lo ayudo con los deberes. Como premio por la tarea que hoy cumple sin rechistar, lo dejo ver una película en el vídeo. Me pide Sopa de ganso, su preferida de los Hermanos Marx. ¡Mamá, mira!, me grita desde el salón, cuando sale su escena favorita. A estas alturas me las sé de memoria, esas cintas que él mira sin descanso. Por suerte ya no imita al mudo con sus tijeras, que hubo un tiempo en que recortó cortinas y las trenzas de algunas compañeras, pero eso ya fue en preescolar. Mientras preparo emparedados de queso y ensalada de zanahoria con aceitunas negras, recuerdo que durante el embarazo un amigo me había prestado todas las películas de Chaplin. Estuve viéndola sin hacer otra cosa una semana seguida. ¿Será por eso que Manu lo prefiere todo en blanco y negro o porque está saturado de tanta pintura, de mi pintura que invade el piso? Cenamos, se ducha y se acuesta con el perro. Se me duerme con el cuento a medias. Recojo la cocina a cámara lenta por no despertarlo y me pongo a trabajar otro poco. En el dibujo de Josep, que ahora es un mono mirando con seriedad al frente, anoto un cuatro y lo firmo sin complejos, yo siempre tan escrupulosa con la obra ajena, pero es que estos dibujos, qué caray, son de “mi mono”. Busco la página de la revista que mangué en la cafetería y la aliso con la mano. Enciendo la impresora. Aprovecho mientras para una ducha rápida y luego caliento el agua del té. Entonces miro la fotocopia que la máquina escupió y me quedo de piedra. Otra vez, el mono se ha colado. Hasta en las fotos se me aparece… Contrasto la copia con el original, tipo juego de los siete errores; en la página de la revista no hay ningún mono, solo escenarios de circo y esa mujer subiendo la escalerilla. Guardo la foto en una carpeta que etiqueto como “Fotos monos”. Vamos a por el quinto (sin contar el de la castañera). Copio el careto de Harpo de la portada del vídeo que quedó tirada cerca del televisor. Sorbo té, ya frío. Estoy cansada. Mañana, otro día.

De jueves

Otro día lluvioso. Mientras me visto, el niño descubre el dibujo en mi mesa de trabajo. Mamá, ¡qué chulo te quedó ese chimpancé con pajarita! ¿Pajarita, cómo que pajarita?, me pregunto en voz alta. No sabía que te gustara dibujar animales, pues lo haces bien, opina. Todo es ponerse, le digo con la boca chica. ¿Vamos yendo?, le propongo cogiéndolo de la mano. Al pasar miro de reojo y veo que es un buen dibujo. Un mono con pajarita, ¡dónde se ha visto tal cosa! Nos vamos protegidos con paraguas, el perro sacudiéndose. Al despedirnos le encomiendo que no se agobie, si toca colorear. Nada de correr, si no lo acabas en clase, te lo traes para casa, como el de la castañera. Vale, mamá, me dice. Paso por la plaza de abastos donde compro huevos, verduras y carne de potro para el perro. De postre, dátiles. Afuera, apresuramos el paso por la lluvia que no cesa. En casa, nos secamos, enciendo la radio y preparo café. Llamo a Mauricio para quedar al día siguiente. Sigo sin contarle nada del milagro del mono. Todavía no. Ahora ya sé que no fue un hecho aislado, no fue que estaba en racha, pero decirlo así en voz alta me da miedo por si el mono se me espanta. Con Celia es diferente, no solo por esa confianza total de hermanas sino porque se trata del mono de su sueño, mientras que con Mauricio, a pesar de lo muy amigos que somos, tendría que contarle esa rocambolesca historia de nuestro mono en la despensa. También sé que si no le desvelo el misterio acabará sospechando que esas figuras no son mías. Le pregunto si tiene ya la carpeta preparada y me dice que se lo llevará todo grabado en un lápiz, que está harto de cargar con bártulos. Tienes razón, buena idea. Cuelgo. Preparo otro papel por ampliar el muestrario todo lo que pueda (o hasta donde me lo permita el mono). Dibujo al pequeño Manu de memoria y lo dejo reposar sobre el tablero. Mientras se opera el conjuro, coloco el resto de los dibujos en el suelo, las pruebas del milagro, y busco la palabra mágica “mono” en el diccionario de símbolos. “Fuerza interior, sombra o actividad del inconsciente. Ojo con su doble cara, peligro o ayuda. En China se les concede el poder de otorgar la salud, el éxito y la protección.” La explicación viene en la misma página que “mirada” y “monstruo”. ¿El mono es la mirada del monstruo? Vuelvo al retrato del chico. Y, como era de suponer, se ha mutado. Tratándose de Manu no me sorprende, le cuesta tanto estarse quieto… Esta vez el retratista imaginario se ha superado, tal vez porque la distancia entre infante y simio debe de ser más corta. Rebusco álbumes familiares, que están guardados en la cómoda. Ahí hay material suficiente para unos cuantos retratos, por si el encantamiento se estropea a base de repetir con los mismos modelos. Las cosas me están saliendo a pedir de boca así que debo extremar las precauciones, no matar a la gallina de los huevos de oro. Esbozo más retratos, la familia entera desfila, esto es soplar y hacer botellas, los antepasados volviendo al mono. Manu, entretenido con un mecano, y la tarde se nos pasa en un santiamén. ¿Puedo cenar viendo la tele?, me pregunta irrumpiendo en la cocina donde yo pelo una calabaza. Le digo que sí por lo bien que se está portando dejándome trabajar. Mientras llevo la bandeja, le echo un vistazo de pasada a la mesa. Varias generaciones, hasta la de los bisabuelos, en plena regresión; el mono siempre el mismo. Mi mono. ¡Mamá!, ponen un documental de animales y no te dormirás porque va de chimpancés. Ah, de monos, digo. No, mamá, no es lo mismo monos que chimpancés, dice. ¿No me digas?, digo. No, ¡qué va!, luego te lo explico. Ahora concéntrate, mamá. Vale, Manu, digo, y le obedezco. (A veces también nos toca a nosotros obedecerlos.) Tomo notas en mi libreta. Normal que no te enteres de nada, me reprocha Manu. Es por el doblaje, me excuso, que si no hago algo me entra sueño. Pero esta vez es Manu el se queda dormido. Me sorprenden algunas cosas, como que los chimpancés no saben nadar. Descubro que no todas las tribus son iguales; los hay cazadores, guerreros, hábiles en el uso de herramientas y dominados por machos; otros, más enanos, son vegetarianos, pacíficos, muy promiscuos y mandados por las hembras. Me horrorizo cuando mencionan la relación entre estos animales y el ébola. Apago la tele y llevo a Manu en brazos hasta su cuarto donde lo acuesto, mientras pienso en nuestra avaricia de occidentales y en mi cabeza se me mezclan diamantes, frutas, virus, chimpancés, oro, maderas y murciélagos. Envío el mensaje de turno a Josep y me voy a la cama no sin antes contemplar mi fabulosa galería de retratos, ese árbol genealógico de monos que va desde el sepia a los rabiosos tonos de los años setenta.

De viernes

Preparo la fiambrera de Manu que hoy se quedará en la cantina. En el trayecto al cole, él se empeña en explicarme la diferencia entre monos y chimpancés. Resulta de lo más didáctico. Me pregunta: ¿Eso que dibujas crees que son monos? Le digo que sí. Error, es un chimpancé, me aclara. Se nota a la legua, ¿no ves que no tiene la cola larga? Tienes que estudiar más esos temas, mamá, no tienes ni idea. Tienes razón, Manu. Paso a recogerte por la tarde. Saco a Roco, a escape. Repaso los dibujos y los fotografío. Los cuento, son treinta y tres. Escaneo las fotos y las envió al lápiz digital. En ese pequeño objeto, más pequeño que un mechero, podré transportar todos los monos (que eran el mismo mono) sin necesidad de carpetas. Ni de jaulas. Me arreglo sin esmero, incapaz de ir como un pimpollo, como mucho aseada. Llamo a Mauricio y quedamos en la boca del metro San Jaime, salida calle Argentería, en media hora. Corre una brisa que anuncia frío. Voy pensando en cómo abordar a Fuster, el dueño de la galería Art i Manya, pero desisto, que salga el sol por donde quiera, con esa gente nunca sabes a qué atenerte. Llego puntual y me resguardo de una desapacible corriente bajo el quiosco de periódicos. El semáforo de la Vía Layetana se pone en verde y veo cómo Mauricio con su chaqueta de cuadros rojos y negros cruza el paso de peatones. Nos saludamos desde lejos y al encontrarnos nos damos un abrazo. Estamos bastante emocionados, son meses esperando esa cita. Bajamos la calle Carders, sorteando alguna furgoneta de reparto estacionada en mitad de la calle.

— ¿Café o tila? — me pregunta, irónico. Tenemos tiempo de tomarnos algo.

— Americano, siempre.

Entramos en un bar y pedimos cafés. Qué sea lo que tenga que ser, concluimos. La suerte está echada y depende del puro azar o quién sabe ya de qué. Bajamos Princesa y atajamos para llegar al Borne. En una callejuela perpendicular al paseo, en chaflán, ahí aparece, imponente, el escaparate de la galería. Antes de entrar, respiramos hondo y hasta impostamos la voz. La secretaria nos recibe con cara interrogante. Tenemos entrevista con Fuster a las doce, le decimos. Sin mediar palabra nos indica que pasemos. Cuando entramos en su despacho, “nuestro marchante” está hablando al teléfono. Se despide de su interlocutor y cuelga. ¿Cómo andamos? Sin esperar respuesta, entra en materia.

—Tengo un hueco, ¿tenéis obra?

—Sí— decimos a la vez y dejamos los lápices sobre la mesa.

Tomamos asiento. Se produce un silencio, pasa un ángel o quizás sea un mirlo. Fuster inserta uno de los cacharritos en la ranura de su portátil. Algo de esto es lo que ando buscando, le dice a Mauricio que sonríe con timidez. No lo recordaba así, murmura entre dientes, sorprendido de su propio despiste. Después llega mi turno. Ruego que los monos no se hayan ido tal y como han venido. Me tranquiliza ver que asiente y se rasca el cogote. Todo en orden, pienso aliviada.

—La última serie— me atrevo a decir.

—Es potente, me gusta— sentencia.

Encarrila el discurso. Os propongo una exposición colectiva, para sondear; sin grandes esperanzas, ¿eh? Pensad una idea que aglutine vuestras propuestas. Después de todo son retratos y del hombre al mono tampoco hay un abismo, ¿no? A ver, podríamos organizarla para el mes que viene. No es que se venda, no os engaño, el momento es el que es, pero por intentarlo tampoco perdemos nada. Después se pone a hablar de los rusos, que son los que cortan el bacalao, los únicos que invierten en arte y blablablá. Al menos los cuadros saldrán a tomar el fresco, pienso. Fuster llama a su secretaria para que copie las imágenes y nos coja los datos. Os llamo, dice. Salimos contentos como unas pascuas: hemos encontrado un resquicio. Nos sentamos en una terraza para disfrutar del sol del mediodía y de paso fumar. Charlamos sobre nuestro proyecto, más ocupados en concretar el enfoque que en hacernos cábalas al estilo del cuento de la lechera. Si vendemos algo, bienvenido, y si no, virgencita, que nos quedemos como estamos, dice Mauricio. Después de todo, somos de los que lloramos de un solo ojo, digo. Pedimos un bocadillo y dos vasos de vino para brindar por nuestro futuro éxito en Art i Manya. Ahora pintas monos y salta la liebre, bromea, y se pone a liar un cigarrillo muy concentrado. Me parece raro que todavía no se haya mostrado sorprendido por esa repentina destreza mía, él que conoce mi habitual torpeza con los retratos. ¿Se lo digo ahora o más tarde? Dudo, no sé por dónde empezar, no es como con Celia que sabe el trasfondo (fue su sueño, es su mono). Mejor que se venga a casa y lo vea con sus ojos, decido.

— ¿Te gusta Pintamonas de lema?

—Nunca mejor dicho, Alicia.

Mauricio y yo estamos en ese punto en el que nos da por pensar que todo ya da un poco lo mismo, que nada o casi nada depende del cómo lo hagamos. A veces nos esforzamos y las cosas se tuercen o salen por peteneras. Dábamos palos de ciego medio sin esperanzas y, de pronto, suena la flauta, así que no nos comemos la cabeza y echamos mano de lo primero que se nos ocurre, como ahora con lo de Pintamonas. A un tris de confesar la verdad, todavía no me decido. Así que, Pintamonas, por qué no y casar tus mujeres estilizadas con mis monos, que ni son míos… Ahora sí, ahora voy y se lo cuento. Mauricio quiere verlo. Espero que no se acobarde, le digo. A ver si pasa como con esos niños que te dejan mal con las visitas, negándose a tocar el Para Elisa. Vamos hablando de enriquecer y de que no se sabe nunca de dónde la debes y el tiempo se nos pasa volando y se acerca la hora de ir a buscar a Manu. Nos separamos en las Ramblas donde cojo el metro. Esa tarde merendamos los mazapanes que han hecho en el cole. Están divinos, le digo. Me explica con paciencia todo lo que yo tengo por aprender sobre monos. (Por la sala, ya invadida de dibujos esparcidos, todos de monos, debió de quedarle claro que se han convertido en el tema de mis pinturas.) Lo primero que tienes que saber es que todos son primates, desde un pequeño lémur hasta un gorila, dice. Nosotros también, eso ya lo sabes, ¿no?, me pregunta dudoso. Los monos tienen cola, son más pequeños que los simios y no tienen los brazos tan largos, pero los simios tienen el cerebro mayor, dice. A ver si te enteraste, ¿un orangután es un mono o un simio?, me pregunta. Un simio, creo. Bien, y ¿un babuino? Eso, no sé… Pues un mono, mamá, ¡está claro!, como los mandriles o los macacos, me dice. Ya voy captando, Manu. El perro nos reclama atención; tiene que salir. Los deberes ya los harás mañana, que es sábado, le propongo al niño. O pasado, pospone él… Me pregunta si iremos después a la biblioteca como parece que le prometí. Ya sabes que necesito darle de comer a mi cabeza, dice mientras lucha por atarse los cordones de las bambas.

 

 

 

Capítulo 7 En boca cerrada no entran


Ahora vivo en uno de tapas blandas y no se está tan mal. Sin ser el gran lujo no me quejo, hasta me estoy apoltronando. Claro que en peores garitas, si yo contara todas las incomodidades y estrecheces… Ya me gustaría hacerlo, ya. Pero me lío con los recuerdos, estoy confuso, no soy ni mi sombra.

Echo de menos el verde, rodeado de tanto negro sobre blanco. Además de árboles, también me faltan sonidos, ahora que todo es tan silencioso, tan sin canto de pájaros. No dramatizo, sé que no es para tanto, si hace una eternidad que sufro de nostalgia y debería de haberme acostumbrado. En mis sueños, hay que decirlo, vuelvo al escenario frondoso y eso me basta. Al despertar, me hago cargo y no me achanto: más de lo mismo, pero nunca idéntico.

Ahora, esta otra vida mía, sumándose a las vidas anteriores de mi karma algo sobresaltado, discurre en un decorado urbano.

Me acuerdo poco de mi infancia del zoo, solo de vez en cuando me viene claustrofobia y regusto a cacahuetes. En cambio, sueño mucho que estoy en la pista dando vuelta con el triciclo o en mitad de una acrobacia fallida. Todavía puedo oler el aroma rancio de las palomitas de maíz, eso es morriña del circo. Si cierro los ojos, veo todos los colores del arco iris: rojo, naranja, amarillo, verde, azul y morado y otros tonos más pesados y por ello caídos del espectro, ocres, sienas y grises, colores que yo mezclaba con las manos o con brocha. De la paleta paso al palo de santo, esos caquis que me daban de tentempié al acabar la faena del taller. Es lo que tiene haber vivido una vida de disparates que saltas de recuerdo en recuerdo y tiras porque toca.

Ahora, ya sé, soy un pasmarote que ni siente ni padece. Mi estado tiene ventajas, no paso frío ni calor. Un sinvivir, sin pena ni gloria y de poco sobresalto. Voy tirando. Diría que todo es aséptico, pero no inodoro. Los olores han cambiado y son olor a tinta, papel y pegamento. Olor a hongos. A manos sudadas. En conjunto todo se ve medio desenfocado y algo desteñido. No, no estoy para dar palmas, pero ¿alguien las da? Bah, no echemos leña al fuego.

Ay, el fuego, cuánto me falta, esas barbacoas de sardinas los domingos en el circo. Donde hubo fuego quedan cenizas… También añoro los aplausos, para qué negar, y las canciones en francés. La voz de Beibiyén. Hasta los rugidos de los tigres albinos echo en falta. ¿Qué todo tiempo pasado fue mejor? Puede.

Con los años me estoy volviendo redicho por esas palabras escritas que me rondan y por demasiado tiempo libre para rumiar, que ya solo me faltan unos anteojos para convertirme en erudito. Los refranes se me quedan pegados al paladar y los digo, vengan o no al caso, yo que siempre fui tan parco en palabras, solo gruñidos, después onomatopeyas tipo “ah, eh, oh”, pero eso data de mi prehistoria. Ahora, a falta de todo lo que fui perdiendo, solo tengo palabras. Pasar de los “eh, eh” a los hipotéticos subjuntivos ahí es nada: un salto en el vacío en el que perdí parte de mi animalidad, pero gané en empaque (y en pedantería). Tanto que no sé si me dará por ponerme a escribir…

Si escribiera la historia de mi vida, usaría tinta furtiva. O tinta invisible. Empezaría con esta descripción de la que he meditado cada palabra.

Diría así: “La puerta está entreabierta y el aire la golpea, insistente. Sobre los peldaños de la escalera hay un par de zuecos. No son grandes, serán de mujer. Al entrar, te topas con un albornoz de toalla rojo frambuesa que está colgado de una puerta que deja entrever lo que hace las veces de ducha y retrete. El espacio del baño es tan exiguo que seguro que has de lavarte de perfil. Sin mediar transición, te das de bruces con la cocina, reducida también a la más mínima expresión. Enfrente del fregadero, una mesa, podemos decir multifuncional. En estos momentos, parece servir de tocador, pues hay un espejo redondo, una caja de crema Nivea, pañuelos de papel y una cestita con toda clase de pinturas para el maquillaje. Una boa de plumas rosas se descuelga de la silla plegable, dando un inequívoco toque de camerino. Completan esa sensación de vestuario unas perchas colgadas de los armarios empotrados, con unos tejanos terciados y un suéter rayado que parece un tigre dormido. Una capa, azul y brillante, invade casi toda la diminuta estancia. Está hecha con el mismísimo firmamento, bordado con estrellas plateadas. El destello de las lentejuelas se refleja en un punto del techo, al lado de la litera. Sobre la alfombrilla redonda, unos zapatos de tacón, como los de bailaora, con hebilla. El suelo a veces se tambalea y el hule que lo recubre se queja un poco bajo tus pisadas. Un televisor colgado y una foto de cuando actuaban por Cuenca. En ese espacio no hay nada imprescindible. Cualquier cosa que no se use desde hace más de un año no sirve para nada. A ella desde luego no le da por acumular cosas a lo tonto. Ladra un perro guardián, aunque faldero, atado a los bajos de la caravana mientras dura el espectáculo. Vuelve la contorsionista. Dispone de diez minutos para transformarse en la chica del carrito de los helados.”

Sí, a mi Beibiyén la pondría de vendedora de dulces en los entreactos, así ya algo me caería a mí, que soy un goloso de marca mayor.

Lo bueno que tiene escribir es que puedes cambiarlo todo y no tienes por qué contar las cosas como fueron sino como te hubiera gustado que pasaran. Al menos eso creo. Pero para escribir tendría que perfeccionar mucho mucho. Todavía no consigo leer con fluidez, apenas si entiendo las frases largas y complejas. Soy un principiante. Una cosa es la labia y otra la escritura me digo por no venirme arriba. Las perífrasis me asustan con sus rodeos y no me hago con la ortografía, pero todo se andará, Max. Poco a poco todo se andará. Mientras, me contengo y me limito a coleccionar palabras. Escribir ahora sería papel mojado.

En una revista de divulgación leí –con las dificultades de un escolar– una extraña teoría, El teorema de los monos infinitos. Fue su título lo que me atrajo, Monos infinitos. Un mono pulsando teclas al azar durante un periodo de tiempo infinito podría escribir cualquier libro. Algo así decía el enunciado. Más adelante se contradecía o me lo pareció. Sin duda conjeturas demasiado complicadas para mí, pero me quedó esa imagen estimulante del mono escribidor. Claro que ¿quién dispone de un tiempo infinito? El cuento me dio qué pensar…

Hablar sí hablo para mis adentros y en voz alta cuando estoy solo. Mi dicción no es impecable, pero vocalizo y con la ayuda de un logopeda sé que podría progresar. Yo solo ya mejoré lo mío desde aquellos “eh, eh”, dónde va a parar.

En otra época fui artista, como sabéis, y eso me imprimió carácter. Sin exagerar –no deliremos–, quien tuvo retuvo. De esos años de bohemio conservo una pajarita. Nunca me gustó la ropa y la idea de andar embutido en un traje me oprime el ánimo, pero la pajarita es otra cosa, es un símbolo. Sin tener fobia al disfraz, prefiero andar en cueros, aunque confieso que vestido suelo provocar risas. Entre rejas, guardaba con celo cualquier bayeta que me encontrara y jugaba a ser persona, tapándome. ¿Cuál era la diferencia entre ellos y yo, ir desnudos o vestidos? Bah, una insignificancia. Por eso, me apropiaba de trozos de tela y los defendía a capa y espada y ellos a reírse. Pena que fueran solo trapos y no engañaban a nadie. Ah, si me hubiera encontrado alguna prenda como es debido, otro gallo. Esas eran aspiraciones mías, enjaulado, y mira por dónde se cumplieron. Cuidado con lo que deseas. Valdés me disfrazaba de pies a cabeza y yo sin rechistar. De esa indumentaria solo conservo esta pajarita anudada al pescuezo, antes azul celeste y ahora tan desteñida que ni se sabe. Cuándo en la protectora se empeñaron en quitármela, los reté: la pajarita, no. ¿Por qué borrar la única señal, si el escenario no fue escarnio para mí? Al contrario, hacer reír se convirtió en el más serio de mis oficios.

En ese revoltijo de mi vida, tan llena de sobresaltos, me cuesta zurcir los rotos, hilvanar los remiendos y urdir una trama consistente. Por eso divago.

Pero os hablaba de un libro de tapas blandas… Pues cuando ese libro salió de la imprenta, oliendo a tinta fresca, se lo llevaron a una biblioteca. Allí, le acuñaron páginas al azar. El choque del sello de caucho fue contundente y yo cerré los ojos por miedo a que me tatuaran, pero la bibliotecaria me ahorró el mal trago y se decantó por sellar otras páginas. Mientras hojeaba el libro sí que tropezó conmigo, con mi estampa, y me sonrió. Yo no le enseñé las encías, por si…

Una vez registrado, la bibliotecaria, que me recordaba bastante al personal de la protectora, colocó el ejemplar en el lugar que le correspondía. Aquí cada libro tiene su hueco en su estantería, un sitio para cada libro y un libro para cada sitio. Yo, quieto, parado.

Por aquel entonces, yo todavía no sabía descifrar esos caracteres que me rodeaban, las palabras escritas. Me creía asediado por nubes de insectos y es que la ignorancia siempre fue descarriada. Ahora ya sé que son letras y no bichos y voy aprendiendo cómo suenan. Juego a juntar letras y salen palabras. Una palabra tras otra forma una frase. Las frases se juntan en párrafos. Varios párrafos hacen capítulos. Mi libro tiene varios capítulos, pero todavía no conseguí saber cuál es el mío: están en cifras romanas y a partir del tercer palo me pierdo. Pero todo se andará, Max, todo se andará.

Ahora, al menos sé que soy un dibujo, solo eso, una ilustración recreo del nervio óptico, y también sé que el libro es mi soporte, en cierto modo mi casa. ¿Resurrección o reencarnación?, qué importa.

Sin falsa humildad, pienso que bien podrían haberme elegido para el diseño de portada, pero se decantaron por un garabato que no entiendo, demasiado conceptual para mi gusto. Es un libro de autoayuda, este donde vivo, y se titula: Cómo esconder al animal que llevas dentro. A mí me colocaron en el tema dedicado al control de las emociones en entornos laborales. ¿Caprichos o ironías editoriales?

Sea como sea, yo no parpadeo, ni tampoco me rasco a pesar de los ácaros que campan a sus anchas, respiro hondo y me controlo por mor de la urbanidad, ya no salto ni chillo, no me escapo, no me despiojo ni enseño los dientes a nadie, no aplaudo ni tampoco me aplauden a mí. Ya no me cuelgo de las ramas (de las estanterías sí). Y no hago esas otras cosas que no ha lugar mencionar, la biblioteca es un lugar respetable aunque tampoco se trata de sacralizar pues hay quien escribe unas historias tan promiscuas que habrían escandalizado incluso a los de mi clan en la selva, si supieran leer. ¿Represión? Así es la cultura, dicen. Un plus de inteligencia emocional tampoco sobra, he leído. En fin, que me comporto.

De vez en cuando hay quien hojea el libro y de paso me ojea a mí. A veces se lo toman prestado unos días para casa y de paso me llevan a mí. Al cabo de dos semanas, lo devuelven, y también a mí. Los lectores, ellos son ahora mi público, un público silencioso que ni aplaude ni come palomitas, solo lee lee lee y bosteza bosteza.

Por lo demás, me gusta mi nuevo recinto, esa biblioteca atestada de libros y revistas. En invierno ponen la calefacción a tope y el calor me adormece. Mis huesos, castigados de tanta humedad, se restablecen. En verano, encienden el aire acondicionado. No se le puede pedir a más a una vida- después- de- la- vida. Nunca pediría que me abanicaran ni nada por el estilo. Esto que me ha tocado en suerte, tan parecido a una casa de reposo, es nirvana.

Y el tiempo ¿cómo pasa el tiempo? El tiempo ya no pasa para mí, aunque sé que para los demás no se ha detenido, burlado por la rutina que replica días siempre iguales, a no ser esas pequeñas variaciones de fines de semana que cierran, las noches cuando todos se van y esos días que te llevan de prestado. De lunes a viernes abren por las tardes y los sábados por las mañanas. Yo respeto el horario. Jamás salgo de mi sitio a no ser cuando la biblioteca se cierra y nunca antes de que se hayan ido las señoras de la limpieza. Así que, cuando ellos estudian o buscan en las estanterías, me quedo inmóvil en mi recuadro de la página 167. Si noto que mueven el libro del estante y que lo abren, procuro posar lo mejor que sé, con decoro. Como tampoco es que eso ocurra a menudo, puedo hacerme el muerto el resto del tiempo y hasta dormir (procurando no roncar).

Al anochecer cierran el local y se esponja el silencio. Entonces, salgo del libro y me doy una vuelta por ahí. Entro en los váteres y bebo agua. A veces me baño en el lavamanos con agua templada; ahora que mi tamaño se ha reducido tanto como el de un tití, el lavabo me sirve de bañera; el jabón del dispensador huele a lavanda o a pino y es muy rico enjabonarse y darse un baño de espuma. Después me coloco cerca del secador de manos pero no tanto como para que me aviente por los aires.

Para comer me las arreglo con restos envueltos en papel de aluminio de la papelera a la entrada, normalmente bocadillos o galletas.

Podría desentenderme de estos aspectos tan terrenales, pues ya no tengo necesidades, pero ¿por qué privarme de esos pequeños placeres, mientras pueda? Y por eso de mente sana en cuerpo sano, hago ejercicio a diario; las estanterías me sirven de gimnasio.

Tampoco descuido mi formación. Aquí, entre tanto saber enciclopédico, no faltan recursos para estudiar. Poco a poco, la lectura se ha convertido en mi afición; de momento, me conformo con cuentos infantiles con los que descubro lo muy presentes que estamos todos los animales en las historias para niños. Leo titulares del periódico pero me ponen triste y entonces miro revistas. Pronto pienso leer algún libro y he decidido que será Moby Dick.

A veces pienso en lo diferente que habría sido mi vida de antes, mi vida vida, de haber tenido tanta información como ahora; otras, dudo si no serán solo pájaros en la cabeza. Creo que si Valdés y Beibiyén me vieran, estarían orgullosos de mí, aunque todavía no soy un mono sabio, pero casi. Pena que tanta letra me llegue tarde, aunque mejor tarde que nunca, o eso se dice.

Mi alma se va forjando, episodio tras episodio, como los capítulos del libro en el que ahora encontré refugio. Un libro de bolsillo que cabe en el bolso de una americana, esa es mi casa. Gracias a su tamaño, tan pequeño, me sacan por ahí y salir a la calle me permite escuchar los ruidos del mundo que tanto me gustan.

Ya viene siendo hora de navegar pensé un día, viendo cómo los chavales se pasaban horas muertas delante de las pantallas. ¿Qué sería eso tan interesante que tanto los embobaba? No llegué a descubrirlo, mi estancia tenía las horas contadas.

La encargada de la biblioteca seleccionó libros que estuvieran estropeados para descatalogar. Entre ellos, el mío.

— ¿Cómo lo ves, a ese? — le preguntó en voz baja a su ayudante.

—Un poco manoseado sí que está. Deséchalo. Total…

Bah, total, ya no era gran cosa ni aun flamante, pero además estaba bien roñoso. Esta vez sí que me estampó el sello partiéndome la jeta por la mitad. “Descatalogado”, decía el sello.

Debía de ser un trámite cualquiera, quise engañarme. Pero me dio un pálpito: se avecinaban cambios. Me parecía bien salir de aquel letargo, pero me entró algo de ansiedad: a mi edad ya no se está para zarandeos.

Dejaron los libros descatalogados en una cesta a la entrada. Alguien pilló mi libro. No cunda el pánico, es un préstamo como otro, quise convencerme. Pero el protocolo era otro y sí había motivos para estar alerta. El lector no lo devolvió, por lo que yo tampoco pude volver. Se me leyó en el metro, un invento ese que me pareció una pasada pero solo para un rato: sufro de claustrofobia. Después se me dejó en un banco y me cayó un aguacero. Aun así, a pesar de la cubierta hecha un asco, alguien volvió a adoptarlo y se me puso a secar en el alféizar de la ventana. La mojadura arruinó la cubierta y a mí me arrugó.

A renglón seguido, otras manos, otros bolsillos y así fuimos, el libro y yo, de banco en marquesina haciendo de libro abandonado y de libro encontrado. Qué guay, dijo alguien, intercambiándolo por un Madame Bovary, ajado. Libros liberados. Y yo patrás y palante. Se había acabado el duermevela, por eso mis neuronas se engrasaron como las de un becario.

Estos amos provisionales solían ser jóvenes y eso yo lo notaba por el tacto suave de sus manos. Andaba en vilo entre tanta encrucijadas, tanto azar, pero ellos sonreían al descubrirme entre esas páginas, sería por la pajarita porque con esta cara de susto que se me está quedando ya no sé yo dónde me ven la gracia.

Era primavera y yo estaba en el fondo de una mochila. Su dueña me llevó a una acampada que me recordó al circo. Así que estaba en mi salsa con tantos tambores, menuda algarabía. A estos les pasa como a mí en el zoo, pensé. Recuerdo que gritaban: Democracia real, ya. ¿Democracia?, no conozco esa palabra, pero, si estuviera en la biblioteca, la buscaría en el diccionario. Demasiado tarde para los diccionarios, a los que tanto me había aficionado… También rotulaban carteles y ahí yo tenía que contenerme y no dar mi toque maestro. Los perros que pululaban por ahí me disuadían de salir de mi escondite. Con lo raquítico que te has quedado de un mordisco te zampan, pensé. Las noches refrescaban y se encendían hogueras. Me aficioné a las patatas fritas de bolsa y a los refrescos de cola, también. La tienda de campaña, gran invento, pensaba. Ojalá esto dure siempre…

—Anda, que salimos en la prensa— gritó uno.

—Joder, sí que la estamos liando parda— le contestó otro.

Un día los desalojaron. Yo no llevé ningún porrazo de la policía, por estar dentro de la mochila. ¡Leña al mono que es de goma!, habrían gritado si yo me hubiera asomado. Claro que las páginas del libro me habrían acolchado y las tapas, aunque blandas, habrían hecho de chaleco antibalas. Otros no tuvieron la misma chance y se llevaron palos.

La chica que me había arrastrado a tan insólita aventura huyó despavorida, como huyen las gacelas de sus depredadores, dejando la mochila por ahí tirada entre restos de la batalla, con el libro y conmigo dentro, tembloroso y encogido. La vi alejarse, sálvese quien pueda, sin mirar atrás con sus zancadas de bailarina. Alguien le gritó: Julia, espera, pero ella no debió de oír porque no esperó.

Después, los hombres de la limpieza barrieron la plaza y retiraron los escombros con palas. Regaron y fumigaron, por las pulgas, dijeron que había plaga, y yo, de oírlos, empecé a rascarme, sin reparo ahora que lo daba todo por perdido.

Nunca supe en qué quedó todo aquello. El hombre propone, el sistema dispone…

Sé que al libro lo tiraron en el contenedor de papel, lo normal para un libro viejo. El camión de la basura lo trituró y llevó el engrudo a una planta de residuos. Y así fue cómo se acabó con el libro y como yo me desintegré con él: reciclado como mandan las buenas prácticas. Todo acaba, tarde o temprano, ya se sabe.

Siguió un verano, tedioso… Convertido en pasta de papel, me quedé tirado en aquel almacén. Un espacio desangelado donde hacía un calor infernal, pero esas incomodidades ya no me afectaban. Había pasado a otro nivel, más allá de la conciencia, más allá de la representación gráfica de mi ser. Me dio tiempo de pensar. Repasé los episodios de mi vida.

Imposible rascarse sin manos, ni arrebujarse sin brazos, ni enseñar ¿qué dientes?, ni saltar sin impulso, ni descolgarse ¿de dónde? ¿Coger?, bah. Ni desperezarme puedo. Con lo que queda de mí, que es menos que nada, harán papel.

Papel blanco para… Quién sabe, para tantas cosas sirve el papel: escribir cartas, copiar apuntes, hacer cuentas, dibujar planos, firmar sentencias, redactar contratos, imprimir textos. Papiroflexia. Papel del váter, servilletas. Celulosa, celulosa, mucha celulosa. Papel de estraza, y de regalo. Papel cebolla. Papel pinocho, de seda o de charol. Papel de liar. Papelito que no vales ná.

Saldré a relucir como aquellas misteriosas caras de Vélmez. Traspasaré el papel de dibujo, ese de textura rugosa que tanto me gusta acariciar. Apareceré como un holograma flotando en los cielos nocturnos, azul de Prusia. Me impondré sobre unos paisajes tan encantadores como irreales, mi careto enorme como una estatua de la isla de Pascua. No podrán ignorarme, como nadie puede ningunear a King Kong emergiendo detrás de los rascacielos. Eso será lo que haré.

No soy de los que se rinden.

Capítulo 6 Tanto tienes tanto vales


De Madrid solo conocía el barrio y el polígono y no entendía por qué Lucio decía que de Madrid al cielo. ¿Al cielo?, no jodas, le dije. El domador me explicó que era un dicho por la hermosura de los cielos madrileños. Le prometí que los miraría con atención. Los más soberbios son los atardeceres, aunque los amaneceres no se quedan cortos, dijo.

Lucio decía estas cosas por consolarme, y yo ya me conformaba, ya. Lo que no me apetecía era irme por mucho que los cielos de la capital fueran de película. Los daba por vistos.

Juana lo había decidido así y yo no me atrevía a llevarle la contraria. Es hora de que te saques un certificado, no puedes andar por la vida sin tenerlo. A mí no me disgustaba tanto el hecho de estudiar como el de dejar el circo, pero donde hay patrón.

—Te costará, pero tú puedes.

—A ver si soy capaz…

Al principio, intenté zafarme. No tengo carné, le dije por ganar tiempo, sabiendo que eso no la achantaría. Pues ya va siendo hora de arreglar eso, me contestó tajante.

Andábamos por Palencia y me mandaron en tren a Mieres del Camino, mi pueblo natal. Mi primer viaje en tren y mi primer viaje solo, me sentí mayor. De madrugada bajé a un apeadero medio tapado por la niebla y pregunté por el juzgado. Allí me dieron el acta de nacimiento.

Al leerla, sentado en el banco de un jardín, supe que ya no era “Pancracio, el niño”, sino Pancracio Lorenzo Calvo, nacido un once de noviembre de hacía diez y ocho años y por tanto mayor de edad.

Pasé el día por la villa y comí en una sidrería. Al salir, pillé una mojadura. En una confitería compré pastas y me fui en el tren de la noche. Ahora podría sacarme el carné, algo que hasta entonces no me había parecido imprescindible, pero que a Juana la tenía en vilo. Mira que si descubren que te adoptamos por lo bajini… Menos mal que no te nos rompiste la crisma, porque no sé con qué tarjeta te habríamos llevado al médico. Suerte, nadie había dudado nunca de que ella fuera mi madre. Delante de los demás la llamaba “mama”.

Podrás sacarte el permiso de conducir, me dijeron los Valdés cuando les enseñé mi documento con la foto esa en la que salgo con cara de asustado. Yo ya conducía sin él, como los demás del circo, pero tenerlo era un plus.

Ya no tienes excusa, me espetó Juana. Lo he arreglado todo con Estrella para que vivas con ella. Esa parte del plan me gustó, al menos no me meterían de interno como hacían con sus hijos otras familias.

 Y así pruebas la otra vida. Nunca se sabe, igual te gusta insinuó Juana. Yo no cambiaría la errante por nada, pero ella insistía en que no se podía decir de esa agua no beberé.

Te apuntaremos a una escuela de adultos para que eches el graduado, o como se llame eso. Pero ¿cuánto tiempo?, le pregunté. Depende de ti, de si te aplicas, pero échale un par de años por lo bajo. A mí tantas temporadas me sonaron a eternidad, pero callé.

Los veranos te vuelves con nosotros y así no pierdes de entrenar. Al menos es algo, pensé.

Pasé las últimas semanas con el muermo a cuestas, despidiéndome de todo y de todos, como si me fuera a la guerra.

¡Ya verás qué bien te lo pasas, chico!, la vida de la corte tiene sus intríngulis, me animaba Lucio, y me guiñaba el ojo con picardía. Palabras como “intríngulis”, que no entendía, me sonrojaban al intuir que el domador se refería a cosas de chicas.

¡No seas tonto!, me decían los hijos de Valdés, los años pasan volando. Más quisiéramos todos que estarnos quietos un tiempo. Además, hoy en día, ¿adónde vas sin estudios? Mira cómo a los nuestros los hemos mandado a estudiar. Ya tendréis tiempo de coger el relevo y entonces ya no quedan fuerza para nada, todo son responsabilidades, problemas. Aprovecha ahora que puedes, me decían ellos que habían asumido la dirección del circo desde que faltaba el viejo.

Juana me notaba el reconcome, pero fue inflexible. Es lo que toca, repetía tenaz, ocultando la pena que sentía por quedarse sola. Mientras, te arreglas el carromato del abuelo para que vivas a tu aire, a la vuelta. Eso era un incentivo, pensé, no porque me agobiara compartir el suyo, pero ya tocaba.

Saber que mi casera era de los nuestros me quitaba un peso; nunca había vivido con personas de los otros. Para mí, solo existían dos tipos de personas, nosotros y el público. Así de simple era mi concepto de la gente. Los del circo, los demás.

Después de cuatro cursos esforzándose a tope, ya lo tenía, el dichoso título. El primer diploma que entra en casa, señaló Estrella, cuando lo colgué en la pared de la salita.

La estancia no se me había hecho cuesta arriba como había pensado. Me había adaptado a eso de estarme quieto y hasta pensaba que recordaría con cariño esa época, de lo genial que me lo había pasado.

Según llegué con mi bolso de viaje, Estrella me enseñó mi habitación. No es mucho, pero te las apañarás. Acostumbrado a las estrecheces de la caravana, el cuarto me pareció un palacio. Cama turca, silla y perchero, ¿qué más se podía pedir? Las paredes, empapeladas con nuestros carteles, me envolvieron y me sentí en casa.

La ventana daba a una galería, que la casera había convertido en gallinero. Tenerlas me da seguridad, se excusó, pero de esto ni mu, que está prohibido tenerlas en un piso. Sus cacareos me arropaban al despertar.

Te he puesto dos mantas de lana, aquí refresca y el piso no tiene calefacción, solo brasero. ¿Te gusta la tortilla de patatas y los pimientos verdes fritos?

Me apunté a la escuela del barrio. En secretaría les extrañó que no tuviera certificado escolar. ¿Sabrás leer y escribir, al menos?, porque si no tendrás que matricularte en las clases de alfabetización. Se me vino a la cabeza la expresión de Valdés corrigiendo mis deletreos…

Estaba mirando la lista del material y los horarios, cuando se me acercó un chaval. Así que seremos compis, me soltó a bocajarro. Me llamo Crespo (pronunció, “Crejpo”). ¡Mola que seas del circo!, dijo, dejando claro que estaba al tanto de las explicaciones que les di en ventanilla.

Me fijé en sus tatuajes y lo seguí como si nos conociéramos de toda la vida. Me llevó a una librería que los vendía usados, donde compramos por casi nada un lote de libros de texto. Ando tieso, se justificó.

A mí me haría falta una mochila y algo de ropa, tú no sabrás de un sitio barato, le pregunté. Sin casi darme tiempo a acabar la frase –le habría explicado que quería causar buena impresión el primer día y que me hacía una ilusión enorme tener una de esas mochilas del cole– me prometió que me llevaría a lo más de lo más, y no eran trapejos de los chinos, puntualizó. Te puedes maquear por nada. Si hasta los pijos le compran cosas de marca, que está de moda eso del vintage, como le dicen ahora a lo viejo. Todo es de segunda mano, ¿no te importa? Mis abuelos fueron traperos de los de toda la vida, pero la Lucía, mi hermana, que es una espabilá, le cambió el nombre. Ella dice que le dio un giro al negocio, el caso es que se está forrando.

Anduvimos por callejuelas hasta que llegamos a Lucy en el cielo con diamantes. En la tienda, que olía a guardarropía, me puse mis primeros vaqueros de marca. La chica, con tanto desparpajo como su hermano, me hizo probar no sé cuántas prendas como si jugara a las muñecas. Todo te queda que ni pintado, chico, vaya cuerpazo tienes, me dijo, cuando salí del probador. Por el trapecio, le dije. Al final me quedé un par de camisetas, una sudadera, una cazadora y unos pantalones. La mochila fue regalo de la casa. Cuando venga Juana en invierno, le enseñaré la tienda, me prometí. Seguro que encuentra algo de su gusto entre tanta ropería. A Estrella le compré una pañoleta con unos gatos estampados, para que fuera guapa a ese comedor solidario del que tanto hablaba.

Crespo y yo quedamos en vernos en clase y nos despedimos como colegas con un “nos vemos”.

Aquella noche forré los libros con papel y los marqué con mi nombre completo. Los hojeé por saber si no me habría pasado al apuntarme directamente al curso sin pasar por un preparatorio. El caso era que nunca había ido a la escuela, aunque, gracias al abuelo, supiera leer y escribir. Cuando él faltó, Juana recogió el testigo y me impuso unas horas de estudio. Los libros los heredaba de los chicos Valdés cuando volvían del internado. Las matemáticas se me resistían, pero el mago Niebieski me echaba una mano. También me enseñaba inglés. Un profe nativo es un lujo, según decían. No sé por qué le decían así si el mago era polaco, pero por lo visto había pasado varias temporadas actuando en teatros de suburbios londinenses. La poca geografía que sabía me la había aprendido sobre la marcha, los pueblos españoles no tenían secretos para mí (sobre todo sus carreteras secundarias y también los descampados). En una rifa de feria me tocó una lámpara con el globo terrestre que, al encenderse, iluminaba los continentes y, como decía Lucio, “los siete mares”, aunque creo que en esto se equivocaba pues eran más de siete, que yo los había contado. Lo que prefería era el dibujo artístico, pero eso no cuenta, me decían los nietos del director. Bueno, algo contará, les replicaba, pero ellos insistían en que era una maría, como la educación física. Pena, pensé, sobre todo por la gimnasia con la que podría destacar. Para el castellano, nadie como Lucio, decretó Juana. Y el domador me enseñó el secreto de las oraciones y todo lo que él sabía de nuestra lengua a la que adoraba casi tanto como a sus elefantes. Me defenderé, pensé. Lo que no sepas, pregúntalo, que nadie nace aprendido, me recomendó el domador.

Pero al día siguiente estaba como un flan y no pude ni desayunar.

Gracias a que me senté con Crespo, que estaba en su salsa (era repetidor empedernido y de los que se hacen a todo).

La profesora se nos presentó como Guadalupe. Tenía aspecto joven y a Crespo le pareció un pelín roquera. Y eso en una profe era valor seguro, según dijo él (yo qué sabía).

Nos fuimos presentando por turnos. Éramos poco más de una docena. Algunos ya tenían una edad y dijeron que eran parados de larga duración. Otros habían dejado de estudiar para ponerse a currar y, ahora, con eso de la crisis, se encontraban sin oficio ni beneficio por lo que habían decidido sacarse la ESO. Los más, entre ellos Crespo, lo habían dejado por falta de afición, ¿o dijeron ambición? Algunos de los desertores se justificaron con dislexia o hiperactividad. Yo nunca había oído hablar de esas cosas y deseé no padecer ninguna de esas enfermedades, que llamaron síndromes y que impedían rendir en los estudios.

Cuando me tocó, me expliqué como supe y noté que me miraban con curiosidad.

Les faltó tiempo para ponerme mote. Perejil me apodaron (por la rama que se les pone a las figurillas de San Pancracio). La profe fue la Lupe y Crespo se descargó la sintonía de una cantante portorriqueña, un poco por fastidiarla cuando le sonaba el cacharro a destiempo. Pero ella, en lugar de entrar al trapo, nos hizo copiar la letra y analizarla –morfológica y sintácticamente–. Y amenazó con secuestrar móviles. Guadalupe era así, poca broma y mucha letra.

Me lo cantas en clave rapera, decía cuando alguno se trababa en una explicación ya fuera de mates, sociales o lengua. Los raperos son los rapsodas de nuestro tiempo, explicó, claro que hubo que buscar “rapsodas”, pero para eso estaba el diccionario al que acudíamos cada dos por tres por resolver dudas. En eso del vocabulario a veces me sentía poseído por el espíritu de Lucio que me soplaba las definiciones de algunas palabras, un tanto rebuscadas, lo que no dejaba de sorprender a la profe. A mis compañeros, viniendo de mí, ya nada les pillaba desprevenidos. Pareces brujo, me decía Crespo, achinando los ojos y moviendo la cabeza. Parece que no te enteras de ná y estás en todo…

Me gustaban las clases. Quién lo hubiera dicho, si eres un empollón, me decía Crespo por provocarme. Solo soy aplicado. Mi ventaja era que no estaba quemad, no había sufrido ese fracaso que a ellos los había empujado abandono escolar, como lo llamaba Guadalupe. Tener colegas de mi edad, algo normal para ellos, a mí me servía de aliciente.

Me agencié una estantería, que encontré tirada al lado de un contenedor, para mis libros de clase y otros, usados, que pillaba en lo de compraventa. También me hice socio de la biblioteca; me estaba aficionando a leer.

Los deberes solía hacerlos en la mesa de la cocina, mientras Estrella trasteaba.

No todo eran obligaciones, también hubo diversión. Algunas noches salíamos a pintar vallas. Crespo había sido muy grafitero, pero lo estaba dejando, lo que no le impedía recaer de vez en cuando para estampar su firma. La mía era un mono, que de tanto repetirlo ya me salía a la primera. Es una pasada, me decía Crespo cuando lo veía acabado. Le gustaba tanto que le pinté uno en la puerta de su habitación.

Callejeábamos y nos pillaba el atardecer por ahí. Entonces, yo solía mirar el cielo que se teñía de colores anaranjados y violetas y pensaba cuánta razón llevaba Lucio en eso de los cielos. No solo por eso lo recordaba, al domador, también cuando tocaban redacciones. Usaba sus palabras, aunque no vinieran muy a cuento. Tienes un vocabulario muy rico, pero no siempre lo usas con propiedad, opinaba la profe. ¿Algún día me dirá “conseguido”? Bah, no creo.

La familia de Crespo me apreciaba; creían que era una buena influencia para su hijo (al que consideraban un poco bala perdida). Algunos domingos me invitaron a comer paella y yo cogía el metro para ir de Carabanchel a Lavapiés donde vivían.

Desde el primer momento, a Crespo, lo consideré mi guía en esa ciudad que se me ensanchaba a medida que la iba conociendo, tanto que tuve que reducirla a mi barrio y al suyo, por miedo a perderme en esa otra inmensidad. El resto, esas barriadas periféricas que atravesaba para llegar a Móstoles, donde teníamos la nave, o esas calles por las que paseábamos al azar, lo borraba de mi mapa mental mirando solo cielos y vallas.

Una mañana de domingo, Crespo me llevó al rastro. En el mercadillo, donde se vendía lo que no estaba escrito, lo conocía a todo quisqui. Por eso le salían chapuzas: descargar furgonetas, cubrir bajas o lo que se terciara. A él no se le caían los anillos, con tal de sacar unos cuartos. Yo me ponía a hacer malabares y llenaba la gorra. De paso les servía de reclamo a los vendedores que se me rifaban. Con la pasta nos íbamos de conciertos, al cine y a tomar cervezas.

Intenté darle algo a Estrella para los gastos de casa, pero ella se negó. Estás en edad de merecer y necesitas las perras para cortejar, me decía. Yo no tengo novia, Estrella, pero ella no se bajaba de la burra. Que si quieres arroz. Era verdad que no tenía ligues, aunque sí alguna admiradora, pero era tímido. Crespo, en cambio, se las sabía todas y su único problema era elegir cuál molaba más.

Y así fueron pasando esos años de estudiante, interrumpidos por los veranos en el circo y los meses de invierno, cuando volvían a Madrid y aprovechaba para ir al polígono donde me arreglaba mi caravana. Crespo a veces me ayudaba, era mañoso.

Cuando se lo presenté, a Juana le gustó. Se rio de sus ocurrencias. Es un hechicero, tiene gancho y nobleza, opinó. Me quedo tranquila sabiendo que me lo cuidas, le dijo, y eso me dio apuro: daba a entender mi poca experiencia del mundo.

Estaba orgullosa de mis progresos escolares, aunque no me lo dijo por si me confiaba. Pero lo supe por Estrella: la profesora le había dado buenos informes. Un alumno educado y estudioso, aprovecha bien las clases. Ya. Que no se duerma en los laureles, debió de contestar Juana.

El último verano me llevé a Crespo al circo, quería enseñarle cómo era nuestra vida. Esto es de puta madre, decidió en cuanto llegó. Estrenamos la caravana que habíamos dejado tan niquelada que no quedaba rastro del ruinoso carromato.

Cuando subí al trapecio se quedó mudo. Tú sí que sabes, me dijo.

Se desternillaba con Lucio, con quien alargábamos las tertulias a la fresca. Los nietos de Valdés se unieron a la pandilla y juntos arrasamos en las romerías.

Incapaz de estarse quieto, mi amigo vendió palomitas en los entreactos y se estrenó en la pista con los payasos. Metió mano en el equipo y nos actualizó la música. Del año pun dijo que era.

Cuando acabó el verano, todos lo despidieron diciéndole que ahí tenía las puertas abiertas. Él sonreía y luego hizo un chiste con las puertas de nuestras caravanas y con el telón de la carpa.

Nos graduamos, pero no como en las pelis americanas. Nos conformarnos con leer apto al lado de nuestros nombres en una lista. Por el título, ya os avisamos, nos dijeron en secretaría.

Entre los compañeros sí lo festejamos y le pedimos a Lupe que se uniera a nosotros. Ella aceptó. Tapeamos, charlamos, bebimos y fumamos. ¡Conseguido!, dije en un brindis que le dediqué por lo bajo a Valdés. Acabamos en un parque donde nos fumamos unos canutos (la profe ya se había retirado). Al principio me resistí, después me reí como un loco y luego me dio bajón. Me habría puesto a llorar, pero me contuve por temor a que Crespo me llamara “niñato”. Él se mostró comprensivo y lo llamó pájara.

Madrid se me acababa… Me daba palo despedirme, aunque volviera a pasar los inviernos. Ya no sería lo mismo.

Al amanecer, Crespo me acompañó a casa. No me lo perdonaría si te pasara algo, Pancracio –solo me llamaba así cuando se ponía trascendente–, que no estás acostumbrado a tomar ni a nada y vas puesto. No sea el demonio…

En el portal me dio un abrazo y sacó una bolsa de plástico de su mochila. Dentro llevaba un móvil que se había agenciado, para que estemos conectados, tío, que no te pierda el rastro, dijo, y esta gorra es de parte de la Lucía. Le di unas gracias muy torpes y subí las escaleras por no ponerme sentimental, pero en el rellano me detuve.

—Ya te llamo, Crespo. Y no te metas en líos, ¿eh?

—Descuida, Perejil. Nos vemos con los turrones.

Por mí ya me habría quedado todo el verano en Madrid, yendo con ellos de terraza en verbena. Esos cuatro años había cambiado mi forma de hablar, me sentía de la peña y ya Crespo decía de mí que era un auténtico, que habían roto el molde cuando nací. Ese Crespo, ¡qué tío!

Pero tenía un plan y mi plan no era apalancar sino irme a Barcelona. Lo hablé con Juana y ella me dijo que le parecía bien, que todo enriquece. De volver hay tiempo, tu sitio no te lo quita nadie, que mientras yo esté, tú no te quedas sin silla. Y yo pensé en el juego de las sillas que hacemos con los payasos.

Capítulo 5 Pintor, que pintas con amor


Mi último día en el circo fue tremendo…

Valdés la palmó.

Llevaba una temporada, el hombre, más para allá que para acá, tan de capa caída, olvidándose de todo y, más que nada, de sí mismo. No se puede llegar a viejo, se quejaba.

Después del invierno en Madrid, donde tenían casa y donde aparcar los carromatos, el director decidió tirar hacia el Norte por empezar la temporada.

Como cada año antes de debutar, llevaron los animales a que los bendijera San Antonio: perros, caballos, elefantes, tigres y leones, todos desfilaron. También yo. Me visitieron con un pulóver a rayas y ya me convertí en la estrella entre los fieles allí congregados, que no pararon de hacerse fotos conmigo. Beibiyén y Valdés, viendo la oportunidad, se decidieron a cobrarles un tanto por derechos de imagen. Esa mañana, al santo se le debió de olvidar bendecir al viejo. Fuera por no ser de su competencia –su especialidad son los animales domésticos–, fuera porque cada año aumentaba la cantidad de mascotas –las había a barrer–, Valdés no gozó de tal protección.

Todavía hacía frío, heladas tenaces y noches gélidas –lo recuerdo y aún me respigo–, a pesar de que los árboles de ribera ya empezaban a verdecer y los pájaros a cantar. El director estaba enfermo, pero eso no lo sabíamos. Cada día que pasaba era un día menos para él. Desmejoraba por momentos.

Una mañana, no salió de su caravana. Preocupados, golpearon su puerta, pero él dormía para siempre.

Se interrumpieron las funciones. Además de propietario del circo, Valdés era querido: siempre había arrimado el hombro cuando hizo falta. A su entierro vinieron familias de toda Europa, gentes con las que había coincidido en otras carpas por esos mundos de dios. Al entierro a mí no me llevaron, ¿cuándo se ha visto un mono en un cementerio?

A mi amo lo incineraron por que al menos siguiera en el circo, aun convertido en un montoncito de cenizas encerradas en una urna.

Esos días Beibiyén y Pancracio me mimaron. Pero era un apaño, yo sabía que no podían hacerse cargo de mí. Lo sabía y eso me tenía en vilo. Preveía un cambio de rumbo ¿hacia dónde? Adivino habría que ser en esta vida…

Al poco vinieron de una protectora para rescatarme. ¿Mi despedida? Miradas y palmadas al aire. Como otras veces no tuve opción. Cerraron la puerta de la furgoneta y con ella el capítulo del circo.

Empezaría así otra etapa, menos azarosa y ya sedentaria; alejado de los escenarios, pero no del arte (detalle que averiguaría después): otro nuevo retal de una vida, la mía, de piezas descosidas.

En el momento de irnos, me sentí como reo camino del patíbulo, por eso les costó un potosí sacarme de la jaula. Hicieron falta engaños y algún zarandeo hasta que lograron empujarme al furgón. Como a un delincuente. Me faltaban las esposas.

No andaban desencaminados en tratarme así, pero eso ellos ni lo sospechaban. El amo se había llevado el secreto a la tumba y Lucio, siempre fascinado por las palabras, esta vez no se había ido de la lengua.

De haber sido expertos como el amo, me habrían puesto música por hacerme salir sin rechistar. Sin necesidad de tantos “venga va, Max”. Pero les faltaba el adiestrador para apuntarles qué canción entendía yo como: “¡Sal, obedece al son que toca, y ya luego comerás!” (Ni un paso en falso, me repetía, de sobra sabía que la ración de pitanza estaba en consonancia con los aplausos recibidos. Con la faena bien hecha.)

Sí, las canciones me marcaban el paso. Las canciones excitan nuestros jugos gástricos; no solo a mí, también a los tigres, camellos y caballos; todos pasamos por ese aro. Trucos para manejarnos al antojo. Viejos trucos, de Paulov le dicen, aunque sean tácticas tan viejas como el hambre.

Para vestirme me bastaba el silbar manso del amo. El amo Valdés siempre silbotea antes de entrar a pista, mientras dispone los cachivaches de la actuación, mientras se va maquillando, por calmarse los nervios, que el miedo escénico no se supera por arte de magia.

La señal de mi entrada a escena, siempre La vie en rose. Con los primeros compases me transfiguraba. Disfrazado de cortesana, me disponía a representar el papel. Mi papel de Max, el hazmerreír.

En cuanto la cantante, a la que nunca la vi ni descubrí dónde se escondía, empezaba su letanía, salíamos bailando el amo y yo. Sobre la marcha, yo me escondía detrás de una lona oscura, donde me iba quitando refajos. El público asistía, perplejo, a esas transformaciones; cambios de vestuario que yo hacía en un abrir y cerrar de ojos. (Eso tiene truco, pero no este lugar para desvelarlo.)

Más ligero de ropa, ejercitaba cabriolas, sin dificultades para mí, y otras no tan, como montar en bicicleta.

La actuación, trufada de ritmos salseros –por eso de gustar a todos–cerraba con Ne me quittes pas. La pena del colofón. (Ese gusto afrancesado de Valdés de cuando, joven, anduvo con los Bouglione por toda Francia.)

El amo, ahora travestido con un vestido rosa chicle y con frufrús, –se habían invertido los roles– me suplicaba con su mímica, algo patética, que yo, por favor, no lo abandonara. En ese momento, yo ya estaba como dios me trajo al mundo. La consigna era que debía largarme, desoyendo sus súplicas. Mofarme de su desconsuelo con un pan y pipa. Ganas locas de salir fuera de pista eran las que me entraban con esa frase, la de “no me quites el pan”, machaconamente repetida, –así la interpreté todo el tiempo–, y se me hacía la boca agua soñando con una hogaza, aun cuando no me cayera esa breva. No me culpen de ignorancia; yo no hablaba francés, carajo.

Y ¿qué sentido tiene ahora recordar ese espectáculo si ya se acabó la fanfarria? A rey muerto ni rey puesto ni ná. Ya no más reflejos condicionados, a partir de ahora todo serán “vengavases”. Palmaditas en el hombro. Pobres animales, qué pena dan. Deberían prohibirlo, dicen. Opiniones las hay para todos los gustos, pienso.

La furgoneta se alejaba y yo chillaba y todavía intentaba fisgar algo desde la ventanilla. La silueta de Bebiyén diciéndome adiós fue lo que vi. Agaché la cabeza como cordero que llevan al matadero, cuando ella ya solo fue un punto en el horizonte del baldío. Y después ni eso, luego nada. Por consolarme y que dejara de aullar, me dieron bananas.

Después, fui recuperando algo el apetito. Parecía reconciliarme con la vida, de a poco se fueron el desasosiego y el insomnio. La tiña y la sarna. Comprendí, debía adaptarme. Cuanto antes.

Las pesadillas con el lanzallamas culebrero se espaciaron. También, la nostalgia de Beibiyén. Pasaba el duelo del amo, pero no su recuerdo… ¿Cómo olvidarlo a Valdés? (Sus ocurrencias, como cuando se empeñó en presentarme como el hijo de Chita, esa mona tan famosa de las pelis de Tarzán. Yo no era la Chita y él lo sabía. Solo un truco para enganchar al público. Como si hiciera falta, que todo les hacía gracia, hasta cuando yo derrapaba a posta con el triciclo. Si me rascaba el cogote: “Parece que piensa”, discurrían. Cuando enseñaba los dientes: “Míralo, si sonríe como nosotros.” Si me descolgaba del trapecio, ya eso lo aplaudían a rabiar. El bravo total. Entonces yo saludaba y les regalaba un mortal, ¡hale, hop! “¡Conseguido!” gritaba el jefe de pista. El rey del mambo, eso era yo, pero no el hijo de Chita –que, además, nunca fue hembra sino macho–.)

Claro que hubo momentos chungos, como la noche de la tormenta, cuando perdí los papeles. Y, peor, la congoja del día siguiente. Os lo contaré, pero que no salga de aquí, tiene delito.

El tipo –el asqueroso de las serpientes– se me acercó con su chulería barata. Yo, chupeteando mi palito del caramelo sin rastro ya de azúcar. Noche cerrada, el calor había amainado. El circo dormía. Se me acercó, digo, y me escupió sin venir a cuento. Me pareció intolerable, ¿cómo se puede ser tan ruin? Me levanté y le enseñé los dientes, que dejara de molestarme. Pero él siguió y me insultó. Mono asqueroso me llamó. De nuevo le enseñé los dientes y hasta gruñí. Él, ni caso. Se creía a salvo por los barrotes y ese fue su error.

Me dio la espalda, repantigándose. Encendió un cigarrillo y me tiró la cerilla encendida, por amedrentarme. Y lo consiguió. Temí por la paja del jergón que a punto estuvo de arder.

Entonces, chillé. Pero nadie salió a auxiliarme. Todos roncaban. Todos, menos él, ese sinvergüenza que no tenía una buena ocurrencia en todo el santo día sino hacerle la vida imposible a mi Bebiyén del alma. Una nube roja me nubló la cabeza. Sin pensarlo (que eso no es lo mío) alargué el brazo. Dicho y hecho. Aprisionado, lo asfixié. Resopló y jadeó. Seguí apretando y sentí que se ahogaba. Oí cómo sus cervicales se rompían, crac, crac. Después, aflojé. Él se desplomó como un saco de patatas y resbaló hasta caer al suelo, y yo entonces ya me calmé. Respiré hondo y me refugié en el camastro. Me tapé los ojos, ojos que no ven. Pero me costó un rato dormirme, hasta que por fin caí en el túnel que todo lo borra. Un sueño sobresaltado y a trompicones. Poco reparador.

Me desperté de madrugada, todavía estresado, y vi por el rabillo del ojo cómo Valdés intentaba arrastrar el cuerpo desmadejado. Viendo que pesaba demasiado para sus pocas fuerzas, buscó la ayuda de Lucio, el domador de elefantes. Y entre los dos lo cargaron en el carretillo y se lo llevaron.

No quise saber dónde. ¿Carroña para los leones? Puede… Esas fieras devoran un cerdo abierto en canal en menos que canta un gallo.

Los días del después anduve en vilo, sí. Ya luego se me fue pasando. Pero no del todo, nunca del todo, a pesar de que su pérdida no era irreparable: nadie lo lloró, a no ser la gilipollas de Gina, con quien andaba de escarceos a espaldas de Beibiyén.

¿Y qué otra cosa podía haber hecho yo, quedarme de brazos cruzados mientras él me humillaba? ¡Hasta ahí podíamos llegar! Ojo por ojo y diente por diente. ¡Cooonseguido!, exclamaría el director –alargando mucho la o inicial–, micrófono en ristre y pidiendo en el acto un aplauso.

En este nuevo paradero, me da por pensar si no me habrán arrestado por haber perdido los papeles. Si fuera así, tampoco hay queja: vivo a cuerpo de rey.

El centro, sin tacha. Patio con árbol, porche y cuarto para dormir o pasar el rato. Limpieza diaria. Comida, de primera: frutas de temporada completan mi dieta (elaborada por nutricionistas). Una pequeña cascada dispensa agua de manantial.

Tal lujo da que pensar. Esto ¿será Jauja o me habré muerto como el amo, y recalé por error en el paraíso? No, no. Todo esto es tan real como la sandía que devoro a bocados. Nadie me apabulla. Recibo cuidados de balneario, masajes y mascarillas de barro. Dicen que pronto mi aspecto lucirá envidiable.

Me gustaría agradecerles tantos desvelos, pero no sé cómo. Lo único que puedo ofrecer: mis numeritos de mono sabio. No te motives, Max, que esto no es la pista, me digo, por cortarme. Por no venirme arriba, que es una tendencia que tengo yo.

En observación, ellos toman notas sin parar. También, fotos. Yo, si me disparan, sonrío como un imbécil, acostumbrado a las de polaroid que hacíamos en los descansos con los niños del público.

Por mi tendencia a la imitación me estoy volviendo tan serio ellos, como mis cuidadores de bata blanca.

Recién, empecé a meditar; quedarme mirando una nube y pensar en los caniches de Valdés (por ejemplo), y después en nada.

— ¿No estará depre? — pregunta la veterinaria.

—Habría que buscarle una ocupación— sugiere el de gafas.

Ay, esos científicos cómo se toman la vida a la tremenda… El gafitas se me presentó con una caja y una carpeta bajo el brazo. Se sentó sobre la piedra, esa en la que da el primer rayo de sol, y me invitó a acompañarlo. Obedecí, como siempre sin rechistar.

Entonces ahora pinto. Al final, yo siempre enredado en el artisteo. Pero, no crean, echo de menos el circo, será que todavía tengo serrín en las venas… Ya, si me preguntaran (pero no preguntan) yo les diría que es todo. El circo es todo. Y es que el que es de circo a esa vida no la cambia por ná. Que no digo que la viva mejor, que no digo que la viva peor, solo digo que no la cambia por ná. Eso digo.

Y mira que yo sí puedo comparar, que tuve siete como el gato. Contando por lo bajo.

En este nuevo asilo, me fumigaron por desparasitarme y también me ducharon. Todo no son más que atenciones. Los nuevos cuidadores, con sus batas blancas, son muy considerados y su hospitalidad, impecable. Con las vacunas me distraen de los pinchazos con cariños, como a un bebé. Frases hechas tipo: “Ya pasó, ya pasó. Buen chico”. ¡Buen chico!, si supieran…

Yo camino medio desorientado y resbalo sobre esos suelos tan encerados como espejos.

Los primeros días, me tienen en observación: minucioso chequeo, con toda clase de análisis. De vez en cuando, fruncen el ceño preocupados. Me embadurnan con pomadas y me aplican cataplasmas sobre tantas pupas que cubren mi cuerpo. Ante semejante desvelo, no sabría si reír o llorar… Entonces sonrío, se me da mejor.

Me darán tiempo para reponerme físicamente. Lo anímico seguirá su curso, más de a poco. Eso dicen. Tratado como un enfermo, mi espíritu se sosiega conforme se van cicatrizando las heridas y repoblando las calvas. Ellos traducirán cualquier indicio como mejoría. La convalecencia dura unas semanas.

Os contaba cómo me volví pintor, ah y me fui por los cerros… Pues en aquella caja que me trajo el gafitas había unos tarros y yo pensé que si serían purés de sabores porque cada tarro era de un color. El chico se sacó unas escobillas del bolso de la bata, que parecían escobas de barrer pero en miniatura. Las papillas no olían a comida, lo comprobé por esa costumbre mía de olfatearlo todo. Más bien a medicamento o a limpiacristales del que usan para mantener la vidriera como el jaspe. El chaval me miró a los ojos como cuando quiere decirme algo importante y me explicó: “Esto es pintura y esto, brochas”. Siempre habla así resumiendo los conceptos, y va y  lo repite. ¿Me tomará por tonto? (No se lo reprocho.) Cogió una brocha y la metió en el mejunje, barrió el papel blanco, como si apartara hormigas detrás de los arbustos. Me acerqué a la libreta, pero no vi insecto alguno. ¿Serían de esos invisibles, tan molestos? El joven de la bata blanca observaba mi reacción. Yo no sabía qué cara poner que no lo decepcionara. Así que, hice lo que siempre hago: imitar. Cogí yo también una brocha y barrí el papel. Después, unos par de saltos y un par de chillidos, ¡hale, hop! Él, exultante, le brillan los ojos y me ofrece su mejor sonrisa. Palmadita en el hombro y galletita de premio, de las de vainilla, mis preferidas. Palmada, galleta; yo sigo. Barrido sobre papel, mordisco de galleta, las migas mezclándose con aquellos colores y su aliento soplándome en la nuca. Ojos pasmados, oh, el asombro: ¡milagro, el mono pinta!

Golpea el cristal para llamar a sus colegas, que aparecen en tropel, y foto va foto viene. La parafernalia habitual, pero a lo loco, que hasta con aplausos me regalaron los oídos ese día. Me vine arriba, no lo pude evitar, y saludé como en la pista. Y ellos, carcajadas y más galletas. Alguien dijo: Parece que la terapia funciona. Hasta la veterinaria se sumó a la algarabía y se puso a pintar, para que viera que sabía hacer más cosas además de pinchar y vendar, pero usó el colorado… ¿Deformación profesional? Eso no me gustó. Gruñí. Tuvieron que tranquilizarme con el color verde, yerba sobre papel, árboles, selva, ya pasó, ya pasó, buen chico…

Aquella mañana de gloria, sin saberlo, había nacido como pintor.

Pronto, me acostumbré a esas sesiones de barrer bichos (invisibles).

En los márgenes de los dibujos ellos anotaban signos que sí parecían insectos, hormigas en hilera que salían de sus lápices.

Agradecido por la nueva rutina que me devolvía a mi habitual disciplina, yo producía sin pausa. A medida que los trazos se soltaban, las manchas cobraban vida –como en esos test– y achinando los ojos podía ver lo que quisiera. (Por ejemplo, la selva en un manchón verde, a mi madre en un borrón pardo, el ojo del amo en una gota negra, la silueta de Beibiyén en un trazo morado o la rueda de la bici de Pancracio en el cerco que dejaba un vaso de agua sucia.)

Me recreaba en esos pormenores y el tiempo se encogía o se estiraba, depende. Mientras, perfeccionaba la técnica, depuraba el estilo y expresaba emociones que creía por siempre anegadas. Pintar me curaba la podrida melancolía y otras heridas que todavía supuraban. Y eso aunque yo ni fuera consciente de que lo que hacía era pintar, ¿no era barrendero de lo invisible, acaso domador de hormigas?

A ratos, me sacaban al patio con los demás y observaban nuestras reacciones. Mezclarse con otros así porque sí y hacerlo sin sin encontronazos no es fácil. Cada cual arrastra su pasado a cuestas y hay ese resabio que degenera en agresividad por un quítame ahí esas pajas. Yo por eso me mantenía a distancia, sin demasiadas confianzas. Las peleas me asustaban, había perdido la capacidad de reaccionar, llevaba demasiado entre humanos. No es que fuera huraño, pero tampoco me mezclaba. Contactos los justos, en el marco de la estricta cortesía, que donde hay confianza da asco. Respiraba hondo si tenía que ser testigo forzoso de alguna pelotera, procurando no inmiscuirme ni que me salpicara, que a mono viejo no se le hace la morisqueta.

Ellos atribuían mi desapego al grupo a un estado postraumático y, gracias a ese diagnóstico, pronto desistieron de integrarme. La verdad, había olvidado cómo era eso del clan… El recuerdo de los míos en la selva, pura algarabía, y el de los compañeros del zoo, hacinamiento. Estaba desentrenado en lo social y me había vuelto descastado.

Evitaba contrariar a la veterinaria; sobre todo, no rascarme en su presencia para que no me sometiera a sus rigurosas desparasitaciones. Poca sarna que rascar era lo que tenía. Intentaba no tener que llegar a enseñarle los dientes por disuadirla. Mi deteriorada dentadura ya no impresionaba a nadie ni era plato de gusto verla.

¿Por qué no me emparejé? No faltaban ocasiones, había donde elegir, pero no sentía el impulso. Desnaturalizado debía de andar o igual me habían castrado para no dar más guerra de la cuenta, ¿fue en el zoo o fue en el circo? Siempre a merced de los demás, ellos dispusieron de mi vida y también decidieron sobre mi sexualidad –supongo que incómoda, por desbocada y cerril–.

Ahora en la madurez, los asuntos de la procreación ya no me perturban. Había perdido la gracia para los rollos sin más –ni siquiera un ahí te pillo como los polvos en la selva, donde follábamos sin juicio, como Pedro por su casa–. Fuera de onda andaba y de paso me ahorraba alguna reyerta. Haya paz, imponía en medio de las escaramuzas, pero ellos siempre compitiendo, a las manos. Cuánta tenacidad. Seguro que a mí, por pasar de todo, me tachaban de extravagante o de tarado. Qué sabrán ellos de amores plátonicos, esos imposibles y sin salida que acaban en agua de borrajas y la cara de tonto que se te queda. También hubo los de juventud, pero ya ha llovido tanto que es agua pasada. Los caballeros como yo no fardamos de amoríos.

¿Cómo pasaba el tiempo libre? Me descolgaba entre las ramas del olivo y meditaba sobre el color plateado de sus hojas. Saltaba entre los recuerdos de mis otras vidas, y así pasaban las tardes. Las noches eran profundas y mis sueños, dulces. El momento más importante de día eran los ratos de pintar, algo que no consideraba ocio sino trabajo. Algunas veces hasta preparaba bocetos, escarabajeando en la tierra con ayuda de un palo, a falta de papel. Así era de concienzudo.

Ser aplasta manchas tampoco estaba al alcance de cualquiera, así que me esforzaba en prepararme lo mejor posible, que para eso era yo el elegido. Me tenían por genio –el que no conoce a dios ante cualquier mono se arrodilla–, y me concedían algunos privilegios, entre ellos la soledad de un recinto convertido en taller.

Me trataban como a un artista, cosa que les agradecía con sinceridad. Aun consciente de la responsabilidad otorgada, ese estatus colmaba mis aspiraciones de paz y tranquilidad. Entre sesión y sesión, me desperezaba o hasta dormía una siesta, arrebujado bajo la manta o a la sombra de tu árbol. Comer cuando me entraba algo de apetito: estaba haciéndome mayor y por lo tanto frugal. A parte de eso, poco más.

Una mañana yo también amanecí muerto.

Abatidos me dieron sepultura. Yo descansé, al fin. (Antes de morir, vi esa luz de la que todos hablan, el túnel, y una película vertiginosa, la historia de mi vida. Todos desfilaron por ahí: mi madre y el clan, los hermanos del cobertizo, la tribu del zoo, la nena de la despensa, todos los del circo y también el público. Por supuesto, los de la protectora. Que nadie faltó a la cita. Ni siquiera faltó el asqueroso, aunque bastante redimido.)

Recopilaron mis bocetos para una exposición. No era un caso único, pero sí peculiar por mi edad avanzada. Según parece, los demás chimpancés, al hacerse adultos, perdían la afición. Mis cuadros, dentro del expresionismo abstracto, poseían, a decir de los expertos, la armonía cromática y la espontaneidad de Basquiat. Ya será menos… Como mucho un Pollock de resaca y un Basquiat muy, pero que muy colocao, y va que chuta. No dejaban de ser garabatos y borrones, fruto del impulso descontrolado, pero los entendidos lo elevaron a la categoría de pintura gestual, lo etiquetaron como “arte bruto” y unas cuantas pamplinas más, martingalas de la crítica siempre en búsqueda de referentes.

Fuera como fuera, la muestra resultó un éxito de un público intrigado por la creación plástica de un animal, siendo inevitables las comparaciones con obras de pintores consagrados, tan abstractos como yo, o más. También la prensa celebró el experimento, como lo hizo en otros casos, cuando ese mono artista apadrinado por Picasso. Y hubo quien se volvió a indignar ante la supuesta farsa, como ya había ocurrido, sin ocurrírseles pensar que yo había embadurnado unas cuantas telas a la manera de cualquier pintor, pero que el mérito se debía a la iniciativa de esos muchachos que me habían incitado. Esos chicos de bata blanca, tan sensibles, que se tomaron la molestia de seleccionar los mejores para la muestra (había mucho tachón indecente).

Se escribieron páginas basadas en las observaciones que habían anotado. Visionaron las películas que protagonicé, cortando y empalmando los mejores fotogramas para un documental emitido por muchas televisiones. Revelaron las fotos en las que salía más fotogénico: yo, pintando; mis dibujos, acabándose; mis cuadros, secándose; los pinceles, desperdigados; la paleta, salpicada; otra vez yo, pero descansando de una sesión. Qué saturación, cuando les da por algo… Con todo ese material gráfico se imprimió un catálogo en papel cuché, como los de las galerías de arte.

Sin buscarlo, había conseguido la inmortalidad. Para la eternidad yaceré bajo una lápida que reza “Max, chimpancé y artista polifacético” y el consabido descanse en paz, condolencia que cumplo a pies juntos, como tierra mojada después de la lluvia, sin saber qué cielo me tocará pisar.